N/A: Para bien o para mal ha terminado la serie. Aquí les dejo mi aportación para superar la ausencia de nuestras chicas. Muchísimas gracias por vuestros comentarios, me emociona que les esté gustando la historia. No olvidéis decirme qué les parece este capítulo. Gracias por leer ^^
CAPÍTULO 5: Defend your every breath (Defender cada aliento tuyo)
El cuerpo del hombre se desplomó contra la tierra. La hoja de la espada chorreaba la sangre de su nueva víctima. Lexa levantó la mirada y agarró el mango de su arma con fuerza. A su alrededor ya habían tres guerreros listos para enfrentarla. Tomó aliento con dificultad, el dolor de su costado se estaba haciendo cada vez más agudo. Palpó la zona con su mano izquierda sin apartar la vista de los hombres que la rodeaban. Seguía sangrando pero el tallo de la flecha se mantenía firme en el lugar donde estaba clavado. Había procurado partirlo para que no le molestara al luchar, aún así, el dolor le estaba dificultando moverse cada vez más. Lexa fijó su atención en el hombre que ondeaba dos dagas y que dio un paso hacia ella. Era un tipo delgaducho y no demasiado alto, pensó que su fuerte estaría en la flexibilidad y no andaba muy equivocada en ello. Ella suspiró mientras pensaba con rapidez en los posibles movimientos que podría hacer el guerrero a continuación. Eran doce clanes, éste era el número nueve. Miró de reojo a Roan, que se encontraba entre la multitud que rodeaba la arena, estaba segura de que ese sería el guerrero que enviaría la reina Nia para luchar en nombre de Azgeda.
«¿Era tan difícil matarla?» le había dicho su consejero, Titus no podía adivinar cuánto, pero él siempre tendía a simplificarlo todo, igualmente. La gente celeste había cambiado las cosas desde que llegó. Matar a Clarke quizá los salvaría de una guerra con Azgeda, pero agravaría el conflicto con los otros. Así trató de hacérselo entender a Titus, pero él seguía siendo demasiado receloso en cuanto a Clarke. Clarke… Lexa esperaba que estuviera bien lejos de allí, a salvo, con su gente.
En un gesto rápido, Lexa se giró sobre sus talones, alzando su espada y ésta frenó el golpe del arma de su agresor. Sintió, a la vez, una terrible puntada de dolor en su costado que la obligó a emitir un quejido. Sus oponentes sabían que aquella flecha la había herido gravemente. Lo peor es que había sido un error de cálculo de Lexa, no se esperaba que aquella guerrera de sankru fuera capaz de recargar su arco con tanta rapidez. Aun así, herida por aquella flecha, Lexa pudo batir a cinco guerreros más. Los mejores guerreros de cada clan. Sin embargo, todavía nadie estaba dispuesto a admitir el poder de Heda. La reina Nia había calado muy hondo en las mentes de los embajadores de cada clan con sus artimañas.
Su agresor elevó una pierna e impactó su pie en el costado herido de Lexa. Ella apenas tuvo tiempo de girarse un poco para evitar un golpe mayor. Cayó al suelo en un grito de dolor. El hombre asestó un certero tajo en el brazo derecho de Lexa provocando que su arma cayera de su mano. Ella oyó al tumulto que la rodeaba, la gente moverse ansiosa… creerían que era su fin, el final de su comandante. Él hizo un ademán para apuñalarla y darle su golpe final. Se inclinó sobre Lexa y ella apretó los dientes. Su vista se volvió borrosa y el dolor fue insoportable cuando elevó una pierna y le dio una patada en la cara. El hombre se tambaleó hacia atrás y de nuevo Lexa se las arregló para volverlo a patear. Aquello le dio tiempo para alargar su mano, recoger su espada y lanzarla hacia su atacante. El arma atravesó de forma certera el cuello del hombre que se derrumbó sobre el piso mientras se ahogaba en su propia sangre.
Lexa cerró los ojos agotada. Su cuerpo estaba bañado en un sudor frío y el dolor de su costado era demasiado fuerte. Se llevó la mano izquierda allí y notó la sangre empapar sus dedos. Suspiró. Trató de sacar fuerzas de flaqueza, pero sólo pudo ponerse de rodillas. Sabía que iba a desmayarse en cualquier momento. Miró a los dos hombres que serían sus próximos atacantes, ellos observaban algo a sus espaldas, y a pesar de que su visión no era del todo nítida y que su cabeza le daba vueltas, supo que era ella.
—¡Lexa! —gritó mientras empujaba y arremetía contra todo aquel que evitaba su paso.
—Pleni! —le dijo uno de los guerreros agarrándola por la cintura. Lexa vio cómo se revolvió con violencia entre sus musculados brazos tratando de zafarse de él.
—Clarke… —murmuró entre asombrada y temerosa por verla allí.
Lexa apoyó su mano derecha sobre la tierra del suelo y se puso en pie con gran esfuerzo. Presionó con fuerza su otra mano sobre la herida de su costado y tensó su mandíbula aguantando el dolor terrible que atravesó su cuerpo. Estaba segura de que si daba un paso perdería el conocimiento, pero trató por todos los medios de mantenerse allí firme y vio cómo eso provocó miradas de asombro y respeto por su fortaleza.
Clarke aprovechó un descuido y le propinó un mordisco al guerrero que la sostenía. Consiguió librarse de él enseguida.
—¡Soy Wanheda! —gritó—. ¡Maté a todos los de la montaña y puedo hacer eso de nuevo!
Parece que aquellas palabras bastaron para que nadie se atreviera a impedirle pasar. Durante años la gente de la montaña había atemorizado a los terrestres, para la mayoría, Clarke era una especie de divinidad o un demonio al que temer por haber matado a todos en Mount Weather. Fue Indra la única que salió de la multitud y retó a Clarke con la mirada, tratando de intimidarla, pero ella no le hizo caso, sus ojos azules se fijaron en Lexa. Indra buscó alguna indicación en su comandante, quizá que le ordenara detener a Clarke, pero ella no hizo nada. Lexa se mantuvo de pie con las pocas fuerzas que poseía, observando cómo Clarke se acercaba a ella en silencio. Estaba casi a medio metro de distancia cuando se detuvo. Siguió mirándola sin decir nada durante algunos segundos, entonces tomó aire y, sin apartar sus ojos de los Lexa, rompió el silencio:
—Ai don kom op hir na koma yu op —dijo Clarke y acto seguido se arrodilló ante Lexa. Todos los presentes enmudecieron, llenos de asombro por lo que escuchaban—: Ai laik Wanheda, ai liak yu gona. —Clarke miró a los ojos de Lexa y tomó su mano derecha—. Ai badan ai Heda op, ai badan yu op en nou moun.
«Vine a honrarte. Soy Wanheda, soy tu soldado. Sirvo a mi comandante, te sirvo a ti y a nadie más» y al escuchar esas palabras Lexa fue incapaz de moverse siquiera. Sentía su mano temblar, pero Clarke la agarraba con fuerza, con la misma fuerza que aquellos ojos azules la miraban desde abajo. No podía creer que Clarke estuviera allí ni que hubiera hecho aquello. Su corazón latía tan fuerte que le dolía, apenas podía respirar bien…
Entonces, Indra se arrodilló y uno a uno fueron arrodillándose todos los presentes. Comenzó a escucharse un clamor: «Heda… Heda…». Lexa levantó la cabeza y vio a todos honrándole, incluso a la reina Nia y al príncipe Roan. Acarició con su dedo pulgar la mano de Clarke y ella hizo lo mismo. No supo cómo su cuerpo en aquel estado fue capaz de estremecerse ante aquella caricia y alejarse durante un instante del dolor físico que sentía. Volvió su vista a Clarke, a sus intensos ojos azules… Clarke se puso en pie y deslizó su mano sobre el antebrazo de Lexa, sosteniéndolo con fuerza.
—Estás herida —le dijo, Lexa pudo sentir un temblor en su voz—. Dios… Hay que curarte eso.
—Estoy bien, Clarke.
Lexa vio a Titus e Indra acercándose a ella para llevársela de allí. Ella aferró sus dedos al brazo de Clarke con fuerza, no quería irse sin ella. Se aseguró de hacer este gesto mirando directamente a Indra, sabía que Titus podría intentar cualquier cosa y que no le agradaba Clarke. Indra asintió, entendiendo sus deseos. Luego la llevaron hacia la torre y todo comenzó a volverse borroso. Pero entre las tinieblas confusas de su mente, Lexa podía sentir su mano sujetando a Clarke y el hecho de sentirla allí a su lado la llenó de una extraña fortaleza y confianza.
Cuando Lexa abrió los ojos, vio a Clarke al lado de Titus, junto a su cama. Enseguida fue a comprobar su herida y se dio cuenta de que llevaba un vendaje. Al parecer la habían curado.
—Comandante —dijo Titus—. Parece que el apoyo de Wanheda ha servido para retomar confianza sobre su fortaleza.
—Iros de la habitación —le ordenó ella.
Él asintió e hizo un gesto a Clarke para acompañarla hacia la puerta.
—Ella no —dijo Lexa.
Titus se quedó mirando hacia su comandante, pero Lexa le devolvió una mirada molesta que hizo que no contrariara las órdenes de ella. Volvió a asentir en silencio y salió seguido por los guardias que aguardaban en la habitación. En cuanto la habitación quedó para ellas, Lexa suspiró y se acomodó sobre la cama, palpando con cuidado su herida vendada.
—¿Puedo limpiarla? —le preguntó Clarke—. Vuestros métodos son muy… peculiares, no me gustaría que se te infectara.
Lexa la miró y asintió en silencio. Clarke se acercó y colocó una mano sobre su vientre. Eso provocó que Lexa se estremeciera y exhalara aire con bastante fuerza.
—¿Te hice daño?
Lexa negó rápidamente con la cabeza y pudo ver cómo Clarke torcía los labios en una especie de sonrisa, o eso le pareció. El silencio envolvió la estancia mientras Clarke retiraba las vendas y luego traía una palangana con agua para limpiarle la herida. Los dedos de Clarke se movían habilidosos sobre su piel y con sumo cuidado evitaba provocarle dolor al limpiarla.
—¿En qué diablos estabas pensando? —preguntó de pronto sin apartar la mirada de la herida.
Lexa la miró durante algunos segundos, pero la chica celeste continuó con su labor sin volver la vista hacia ella.
—Me dejaste claro tus deseos, Clarke, y yo… La otra opción era matarte. Intentaba buscar la mejor solución para todos. Era lo que tenía que hacer.
Vio temblar el labio inferior de Clarke. Fue muy sutil porque enseguida frunció el ceño y endureció su rostro como si estuviera molesta. No volvió a hablar ni la miró, continuó limpiando con sumo cuidado la herida y toda la piel colindante.
Lexa se incorporó un poco, apoyándose sobre sus codos y siguió mirándola con detenimiento.
—Me alegro de que hayas venido —le dijo.
Entonces Clarke levantó la vista y la miró a los ojos.
—Hice esto por mi gente. Quiero que se acaben los enfrentamientos entre nuestra gente.
—Pensaba que el pueblo celeste odiaba a los nuestros.
—Sólo buscamos vivir en paz.
—Entonces tu pueblo y yo buscamos lo mismo, pero tenías razón en una cosa: tu gente me odia por lo de Mount Weather. Puede que Marcus Kane y Abby Griffin sean de los pocos que puedan ver más allá… pero los demás… tú…
Clarke suspiró de forma sonora. Hundió el trapo con el que limpiaba el costado de Lexa en la palangana y estuvo bastante rato apretándolo entre sus manos.
—Si te odiara tanto te habría dejado morir esta noche —le respondió después de un rato sin desviar la mirada del trapo. Clarke frunció el ceño, todavía evitaba mirarla, pero Lexa pudo ver que había algo atormentando el interior de Clarke, lo notó por la forma nerviosa en la que se mordió el labio—. Roan fue quien me ayudó a… matarte... aquella noche —continuó hablando—. Está claro que te quieren muerta.
—¿Y por qué no lo hiciste? ¿Por qué no me mataste esa noche?
Clarke la miró totalmente perpleja por aquella pregunta, pero enseguida volvió su atención a la herida de Lexa.
—Mis… —Guardó silencio durante unos segundos—. Mis sentimientos me estaban nublando el juicio. Yo… hice una cosa terrible en Mount Weather, pero no podía poner a mi gente en peligro sólo porque te odie.
—Yo creo que fuiste valiente. Hiciste lo que nadie fue capaz de hacer para salvar a los tuyos. No todo es blanco o negro, a veces no hay decisiones buenas o malas, y tienes que elegir.
Clarke pareció indiferente a sus palabras, concentrada en lo que estaba haciendo, sin volver a mirar a Lexa. Ella sentía cierta desesperación por no saber exactamente lo que estaba pasando por la cabeza de Clarke.
—Bueno, yo no elegí esta responsabilidad —le respondió ella mientras volvía a vendar la herida de Lexa.
—No tenemos la posibilidad de elegir muchas cosas. Ni siquiera elegimos existir, pero aquí estamos.
Clarke terminó de vendar la herida, apartó el trapo y la palangana de agua y miró a Lexa.
—Sí, aquí estamos… tú y yo —le dijo cruzando los brazos sobre su pecho, con tono indiferente.
—Si tu gente está dispuesta a unirse a la mía, mantendré el acuerdo que te propuse la primera vez. Quiero una paz verdadera, quiero acabar con las muertes y con el sufrimiento, pero sabes que no será fácil porque nuestros pueblos se odian.
—Lo sé… Será difícil volver a confiar. —Lexa vio la dureza en la mirada de Clarke cuando dijo esas palabras. Todavía no la había perdonado por lo de Mount Weather, quizá nunca lo haría… Tendría que acostumbrarse a la punzada de dolor en su pecho al ver el odio de Clarke reflejado en su rostro—. Deberías descansar —volvió a decir Clarke—. Ya discutirás los acuerdos con el Canciller de Arkadia. Buenas noches —se despidió de forma cortante.
—Adiós, Clarke —le respondió ella mientras la chica celeste abandonaba la habitación sin volver la vista atrás. Ni siquiera supo si la escuchó. Clarke desapareció de su vista súbitamente, al igual que había aparecido esa noche en la arena.
Lexa no se sintió bien después de ese encuentro. Una sensación amarga se apoderó de su garganta y unas ligeras náuseas la invadieron. Se sintió enferma y asustada. Trató de dormir, pero se despertaba a cada rato sin recordar qué había soñado, aunque con la sensación de haber visto a Clarke en ese sueño. Entonces sentía una opresión en su pecho y tenía que tomar largas bocanadas de aire antes de volver a dormirse. ¿Por qué Clarke la hacía sentir de esa manera?
CANCIÓN: Light - Sleeping at Last
