CAPÍTULO 8: And then you (Y de pronto, tú)
En el horizonte el azul se iba encendiendo. Retazos anaranjados pintaban el cielo de un día que apenas estaba comenzando a nacer. La brisa fresca de la mañana produjo un escalofrío en su cuerpo desnudo. Lexa se abrazó a sí misma mientras un largo suspiro se escapaba de su boca. Se apoyó contra la pared y cerró los ojos. Casi podía sentir las manos de Clarke como un calor persistente que se negaba abandonar su cuerpo. Lexa abrió los ojos de nuevo y se quedó mirando el amanecer tras la gran ventana de la habitación de Clarke.
Un gran pesar la embargó, de pronto, conforme el sol se abría paso sobre el horizonte. Deslizó sus dedos sobre sus propios brazos provocando escalofríos por su piel. El nuevo día ya estaba allí, debía comenzar a prepararse para llevar el cuerpo de Nia a skaikru, pero la mente de Lexa estaba todavía demasiado lejos del lugar en donde se encontraba. Aún pensaba en la noche anterior, era en lo único que podía pensar, y miró con recelo al cielo del nuevo día como si viniera a deshacer todo lo que había pasado en la noche, como si fuera a arrebatarle a Clarke. El corazón de Lexa dio un vuelco al recordar y su mirada se volvió en busca de ella. Allí seguía: su piel blanca y desnuda, sus rizos rubios cayendo sobre su espalda, las sábanas enredadas por sus muslos… Clarke dormía ajena a los pensamientos pesimistas de Lexa. La comandante reprimió un jadeo que quiso salir de su boca, se estremeció al ver de nuevo la desnudez de Clarke, ahora más evidente con la luz de la mañana.
Lexa se apresuró en buscar su ropa para vestirse. Ella estaba a punto de cancelar absolutamente todo y no salir jamás ni de esa habitación ni de esa cama, pero se contuvo. Era la comandante y tenía mucho trabajo que hacer. Salió de la habitación en silencio, sintiendo una opresión en su pecho, como si algo dentro de ella llorara que se alejara de Clarke. Lexa supo esquivar con maestría las miradas curiosas de los guardias que no estaban acostumbrados a verla sin su ropa de comandante a esas horas —Lexa siempre se despertaba antes del alba—, con las heridas y magulladuras visibles de la lucha del día anterior, Lexa confiaba en que no comenzaran a imaginarse motivos más allá de buscar una noche más larga de descanso. Cuando llegó a su habitación fue consciente de la pesadez y entumecimiento de sus músculos. Pensó que aquella noche más larga de descanso —inexistente, por cierto— iba a pesarle más de lo que creía; pero no le importó. Ella sonrió, sabiéndose sola, y luego dejó salir una risa incontrolable. Aguantó como pudo la necesidad irrefrenable de ver a Clarke y trató de serenarse. Si Titus o cualquiera entraba en ese momento en la habitación, pensarían que había enloquecido. Tomó aire con lentitud y salió de nuevo de la habitación. Necesitaba relajarse, calmar el entumecimiento de sus músculos y preparar su mente para, el que suponía, un largo y agotador día.
Lexa se dirigió a su baño privado, dispuesta a pasar al menos una hora de soledad dentro del agua caliente impregnada de sales que la ayudaría a encontrarse mejor. Observó al guardia que dormía en la puerta y esbozó una sonrisa: jamás lo encontró despierto a esa hora. Le caería una buena reprimenda, pero después. Lexa se desnudó con rapidez y se metió en el agua. Sus músculos doloridos agradecieron la calidez de la piscina y ella suspiró de pura satisfacción mientras daba algunas brazadas y estiraba su cuerpo. Apoyó los codos sobre el borde y dejó que su cabeza descansara sobre sus brazos. Cerró los ojos y se concentró en el sonido del agua y el silencio que la rodeaba…
Una respiración.
No todo era silencio, en verdad. Lexa levantó la cabeza, alarmada, y fijó su mirada en el otro lado de la sala. Allí vio unos ojos que la miraban insistentemente.
—¿Siempre eres tan descuidada? —le preguntó la otra persona—. No me extraña que Titus sea tan paranoico con tu seguridad. Entraste y ni siquiera te diste cuenta de que estaba aquí.
Lexa sintió un cúmulo de emociones atravesar su cuerpo. Aunque fue peor cuando vislumbró aquella figura desnuda entrando en el agua. Lexa pensaba que se iba a morir de un extraño ataque allí mismo y tendrían que rescatar su cadáver de aquellas aguas. Creyó que tampoco sería tan mala forma de morir cuando vio la sonrisa de Clarke asomar por encima del agua. Era raro verla sonreír así, era siempre tan seria… Lexa sintió en su pecho una llamarada que la dejó sin respiración.
—No sé los terrestres, pero para los celestes es bastante descortés no dar los buenos días, sobre todo después de haber pasado una noche en la misma cama.
Lexa vio la forma en la que los labios de Clarke se curvaban en una sonrisa pícara. Se sintió tan indefensa y desarmada con su presencia allí que en ese mismo instante Clarke podría hundirla bajo las aguas y hacerse con el poder de todos los clanes sin que Lexa opusiera ninguna resistencia; pero Clarke permaneció a la distancia suficiente de ella, sin invadir su espacio personal y observándola en silencio con aquella maldita y encantadora sonrisa que Lexa estaba empezando a adorar.
—Lo siento, Clarke, no quería despertarte. Hoy tendremos un largo día. —Lexa intentó sonreír pero estaba tan nerviosa que le salió un gesto muy raro.
—No te disculpes por eso, sólo bromeaba… —Luego se quedó mirándola durante unos segundos—. No quería interrumpir tu baño —le dijo con la seriedad volviendo a su rostro—. Te juro que este encuentro ha sido una casualidad. Me desperté, no te vi y pensé que me vendría bien un baño antes de comenzar con este día. En Arkadia dudo mucho de que existan estos privilegios… Quizá esto es pasarme de la raya…¿Prefieres que me vaya?
—No —le respondió impulsivamente y al mismo tiempo agarró su muñeca por debajo del agua—. Bueno, si quieres quedarte… —añadió un poco avergonzada por aquel gesto espontáneo y temiendo que aquello fuera demasiado precipitado para Clarke—. Me gustaría que te quedaras.
Y con esas palabras, la sonrisa encantadora de Clarke volvió a su rostro. Por suerte o desgracia, Lexa no pudo admirarla demasiado tiempo porque Clarke apenas pudo resistirse a besar sus labios cuando le devolvió la sonrisa.
Fue como si la pasión de la noche anterior se quedara dormida y ahora acabara de despertar. Sus manos buscaron el camino de vuelta a sus cuerpos, sus pieles se acomodaron juntas bajo el calor del agua.
—Debes tener cuidado con ese soldado durmiente que tienes por guardia —dijo entre besos Clarke—. Deberías tener más cuidado con tu seguridad en general… podría haber sido una asesina fatal… estarías muerta ahora mismo…
—Según me informa Aden sobre tus habilidades, creo que no tendría que preocuparme mucho.
—¡Ah! —exclamó Clarke mientras se inclinaba hacia atrás—. ¿Qué es eso?
—¿El qué? —preguntó Lexa, mirando a los alrededores.
—Tú… ¿Acaso la terrible comandante de los terrestres tiene sentido del humor?
Lexa ahogó una carcajada en el agua, hundiendo la boca, y Clarke le golpeó el hombro con suavidad fingiendo molestia.
—Soy Wanheda, deberías de tomarme un poco más en serio. —Clarke no pudo mantener el tono serio mientras Lexa continuaba riéndose y esbozó una tierna sonrisa—. No te rías tanto, sé perfectamente cómo desbaratar todas tus defensas —le dijo encarnando una ceja de forma provocadora.
Y Lexa sintió las manos de Clarke bajo el agua, acariciando sus caderas. Tenía razón, sabía cómo desbaratar todas sus defensas. Un pulso acalorado hizo temblar sus piernas y acto seguido los labios de Clarke se estrellaron contra los suyos. Parecía que jamás se iba a cansar de besarla, ni de sentir su piel contra la suya… Daba un poco de miedo aquella sensación que golpeaba su cuerpo al tenerla tan cerca.
—Creo que mis defensas también han salido algo perjudicadas… —murmuró Clarke.
Lexa se rió de nuevo, su suave risa golpeó la cercana boca de Clarke, que trató de besarla de nuevo en mitad de la risa, y aquella sensación fue maravillosa. Un hormigueo recorrió su cuerpo acumulándose en su garganta, en un nudo de emociones que se incrementaba al sentir las piernas de Clarke enredándose sobre su cintura.
—Sólo disponemos de poco menos de una hora, Clarke —le advirtió Lexa con el último atisbo de cordura que le quedaba.
—Perfecto, tal y como me tienes… no creo que necesite más de quince minutos.
Lexa sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Clarke apretó sus piernas alrededor de ella y su garganta vibró en un tenue gemido que hizo que Lexa perdiera la cabeza. Llevó a Clarke contra la pared, la aprisionó con su cuerpo mientras sus dedos vagaban entre sus piernas. Los gemidos de Clarke se ahogaron en el agua y Lexa comprobó que tenía razón, apenas necesitó siete minutos para hacerla temblar de placer entre sus brazos. Después, Clarke se quedó abrazada a ella, como si temiera que Lexa se desvaneciera en el agua. Ninguna dijo nada, hablaron con las manos, dejando algunas caricias dispares sobre sus pieles. Lexa sintió un temor en sus entrañas, no supo definirlo con exactitud, pero sabía que era miedo. Las manos de Clarke se aferraron a su cuerpo y le pareció que Clarke estaba sintiendo lo mismo, pero ninguna rompió el silencio. Salieron del agua, se vistieron y entonces Lexa dijo:
—Nos vemos en el comedor.
Allí comieron con los soldados y después de media hora partieron, junto a una pequeña comitiva, rumbo a Arkadia. Clarke cabalgaba junto a ella y en su rostro volvió a aparecer el mismo gesto hosco de siempre. Sólo sus preciosos ojos azules brillaban de otra forma diferente aquella mañana, o eso le pareció a Lexa en las innumerables miradas furtivas que compartieron. La mayoría del trayecto Lexa se la pasó contándole a Indra todo lo que había que preparar después de que skaikru aceptara unirse a los doce clanes. La mujer aún se sentía recelosa ante esa idea, pensaba que era demasiado pronto para dar ese paso, pero Lexa creía que había que poner fin a las tensiones que existían entre los celestes y los terrestres cuanto antes.
—Me adelantaré a comprobar el camino —anunció Indra antes de alejarse con su caballo.
Lexa asintió conforme. Por fin se quedaba relativamente sola con Clarke y ella le sonrió, como si estuviera adivinando sus pensamientos.
—Tu gente estará orgullosa de ti —le dijo Lexa—. Regresas como un héroe.
—Serás tú quien cumplirá su promesa entregando al culpable de la explosión de Mount Weather.
—Sin todos tus sacrificios esto no hubiera sido posible.
—Y sin tus sacrificios tampoco.
—Eres difícil de halagar. —Clarke se rió—. Has hecho mucho por este momento, no te quites mérito. Has luchado y sufrido, otros se habrían rendido antes.
Clarke se inclinó un poco hacia Lexa, compartiendo con ella un susurro:
—Sólo por la noche que pasamos juntas mereció la pena. —Lexa sintió que sus mejillas comenzaban a arder. —¿Comandante? —le preguntó Clarke en un tono menos privado.
—¿Qué ocurre?
—Te has puesto roja.
Lexa vio la sonrisilla que asomó por la boca de Clarke y ella tuvo que mantener como pudo la compostura para evitar ponerse en evidencia ante sus generales. Fingió una mirada de odio hacia Clarke y ésta casi rompe a reír al verla.
Continuaron el camino en silencio, disfrutando del paseo. Por primera vez desde hace un tiempo, Lexa no se sentía bajo presión ni en alerta. Creía que también Clarke estaba relajada y estaba disfrutando del trayecto. Después de todo, ya se podía empezar a vislumbrar la solución a los conflictos: los hombres de la montaña no existían, skaikru iban a formar parte de la coalición… la soñada paz de Lexa estaba cada vez más cerca y ella sonrió orgullosa.
—¡Heda! —se escuchó el grito de Indra a lo lejos.
Y su sonrisa se borró al instante. Lexa conocía lo suficiente a Indra para saber que ese tono de su voz sólo significaba problemas. Agarró con fuerza las riendas de su caballo y avanzó con rapidez hasta alcanzar la posición de Indra.
—¿Qué ocurre? —le gritó.
Pero en cuanto avanzó por el camino y atravesó la pequeña colina, una llanura de horror se abrió ante sus ojos: cientos de cuerpos yacían tiñendo el verdor del césped de un rojo oscuro de muerte. El campamento estaba destrozado, las tiendas estaban destruidas y algunas de ellas quemadas. Lexa sintió un nudo horrible en su garganta y la impotencia la enervó por dentro. Sus guerreros, su gente…
—¿Quién ha hecho esto? —preguntó con la voz ronca de rabia.
Uno de los guerreros que estaba buscando supervivientes entre los cuerpos miró con el rostro desencajado a su comandante y señaló hacia un punto detrás de ella. Lexa giró su rostro y vio a Clarke, que se había bajado de su caballo, caminando con evidente pavor mientras observaba el amasijo de cuerpos que los rodeaban. El corazón de Lexa casi olvidó cómo latir mientras esperaba que Clarke dijera algo; pero ella se agachó junto a uno de los cadáveres, llevándose una mano a la boca, y luego miró a Lexa con los ojos entristecidos.
—¿Clarke?
—Ha sido mi gente… —respondió por fin señalando una herida de bala en el cuerpo que estaba examinando.
Lexa apretó los puños y se luego se bajó de su caballo. Caminó en silencio entre los cuerpos inertes que habían sido asesinados por skaikru. Su gente jamás iba a perdonar aquella masacre ni siquiera ella podría hacerlo. Habían asesinado al ejército que ella había mandado para protegerlos. Cualquier atisbo de paz se había terminado en ese momento.
—Jus drein jus daun —gritó uno de los guerreros.
—Jus drein jus daun —contestó otro que se quedó mirando a Clarke con rabia.
Ella se levantó con orgullo y le devolvió una mirada indiferente.
—Yo no tengo nada que ver con esto, no sé qué ha pasado —replicó ella, adivinando el odio de sus miradas.
Lexa estuvo a punto de intervenir, pero sus ojos se percataron de un bulto a lo lejos, entre algunos cuerpos. Dio varios pasos hacia allí para ver mejor y observó a una mujer de rodillas con la cabeza agachada. ¿Podría estar viva? Lexa no se lo pensó dos veces y avanzó en carrera hacia allí. Algunos la siguieron al darse cuenta del descubrimiento de la comandante.
Lexa se arrodilló frente a ella y colocó sus manos sobre los hombros de la mujer. Ésta no se movió ante el tacto de Lexa, pero comprobó que estaba viva, con sus ojos azules perdidos en el barro. Lexa apartó los mechones de pelo negro que cubrían parte de su rostro sucio y aquel gesto pareció hacerla reaccionar. Movió su mirada lentamente hacia Lexa y comenzó a parecerle muy familiar aquella cara, pero no logró reconocerla por el aspecto sucio y descuidado que presentaba.
—¿Octavia? —dijo Clarke con un grito de terror mientras se arrodillaba también.
Ésta contrajo su rostro al escuchar la voz de Clarke y varias lágrimas cruzaron sus mejillas.
—No pudimos detenerlos… —balbuceó.
Lexa le dejó espacio a Clarke para que fuera ella la que hablara con Octavia. Se puso en pie y se quedó en silencio junto a sus soldados.
—No importa… ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? —preguntó Clarke con preocupación, alterada—. ¿Qué diablos ha pasado?
—Mataron a Lincoln —le respondió con un hilo de voz.
Aquel pesar que había sentido en la mañana volvió a invadir el cuerpo de Lexa con más intensidad todavía. Clarke echó la vista atrás y una mirada desesperada buscó a Lexa. La comandante retiró la mirada, sintiendo un dolor agudo en su pecho.
—¿Lexa? —la llamó desesperada.
Pero Lexa le dio la espalda, tratando de ignorar el torbellino de emociones que le provocaban las dudas, el dolor de ver a su gente muerta, aquella traición…
—Regresemos a Polis —fue su respuesta y acto seguido, hizo un gesto con la cabeza para que sus guardias se ocuparan de custodiar a Octavia y a Clarke de regreso a casa.
Me dio mucha pena lo de Lincoln sobre todo por lo que pasó en la serie, pero era necesario para esta historia :(
He decido mantener a Titus bien lejos de Lexa en este capítulo. Espero que eso lo compense un poco :D
Anyway, si quieren acosarme para que escriba más rápido o para mandarme a la mierda por no actualizar antes, les dejo esta cuenta de twitter por donde me pueden contactar (ya que por alguna razón no me va bien el sistema de mensajes de esta web): lorentiaz. Tengo los DM abiertos, así que me pueden escribir por ahí y ni hace falta que me sigan :D
CANCIÓN: Greg Laswell - And then you
