–¿Sabes que necesito para recuperarme de este día tan tedioso? –, preguntó Zen a la princesa que llevaba en sus brazos.

–¿Qué será lo que necesita el príncipe? – se le escuchó decir de forma curiosa a Yuki.

–Necesito un poco de mi postre favorito – afirmó Zen en un tono muy masculino y seductor.

–Pero amor, ¿acaso no estás cansado? – sabiendo esta lo que eso significaba.

–Para eso nunca estaré muy cansado, pero no querría que fuera una carga para ti, si tú lo estás – dijo mientras reflexionaba si estaba siendo un poco egoísta.

Yuki no tenía la menor intención de negarse a sí misma ese placer, así que solo sonrió y con una mirada coqueta asintió ante la propuesta de Zen.

Llegaron ambos a la habitación, donde pronto pusieron a correr el agua tibia que llenaría la bañera, mientras que de forma casi ceremoniosa Zen desvestía a su princesa.

Al colocarla de pie frente a él lo primero que hizo fue verla de los pies a la cabeza, aquella mujer hermosa que parecía una visión angelical, era suya. No podía dejar de pensar en lo afortunado que era de tenerla. Yuki usaba un vestido blanco sencillo de tirantes, que se había puesto antes de ir a cenar con él.

Con un ligero movimiento de su mano sobre el hombro de ella, dejó caer el primer tirante y acarició de forma delicada aquel hombro desnudo. El segundo movimiento dejó caer el segundo tirante y lo siguiente que hizo fue darle un beso, mientras el vestido sencillo caía al suelo. Aún besándola, con mucha agilidad seguía desvistiéndola, primero el sostén y después lo único que le quedaba.

Al tenerla completamente desnuda la alzó, se le llevó al cuarto de baño y la colocó en la tina. Yuki había logrado con cierta timidez quitarle antes la camisa, pero había fallado en lograr desvestirlo más al sentir como Zen la desnudaba. Él terminó de quitarse su ropa y en cuestión de segundos la acompañó en el agua tibia.

Ahí era cuando realmente notaban como nada del cansancio del día importaba, si lograban estar juntos, si lograban disfrutarse. Entre besos, caricias y gemidos, el tiempo se detenía, y nada existía además de ellos dos.

–Te amo, más que a mi propia vida– con la voz más amorosa y sincera, le expresaba su amor a su princesa.

–Yo también mi amor, mi precioso Zen– contesto Yuki, con voz derretida, adormilada, satisfecha.

A como pudieron, lograron salir de la bañera, secaron sus cabellos, sus cuerpos y cada uno le puso al otro su pijama, para seguir amándose en la cama, esta vez sólo con besos y más abrazos. Hasta la ya muy cercana mañana.

Fin

wow tenía un siglo sin escribir, saludos a todos :)