Disclaimers: Los personajes de Harry Potter pertenece a J.K. Rowling y a los que han comprado parte de los derechos de autor, lo cual NO es mi caso, y sólo los utilizo sin intención de lucro alguno, la trama me pertenece, salvo los personajes, como ya se ha mencionado anteriormente.

¡Hola! Es viernes, y lo prometido, es deuda, estoy aquí con un nuevo capítulo, esperando que sea de su entero agrado, bueno, pues muchas gracias por todo el apoyo que le están dando a la historia, significa mucho, gracias por sus favoritos, por sus follows y sus reviews.

caro, Draco tiene un poco de dinero propio, pero el problema en todo ésto no es Ginny, sino él, la vida a la que está acostumbrado y sobretodo, la promesa que hizo a su padre de que se casaría con la mujer que él le dijera y no se opondría en ningún momento a ello, pero eso ya se irá viendo poco a poco, muchas gracias por tu review :)

Cualquier error que encuentren no duden en decirlo.


Capítulo 14: Londres.

El camino a casa de los Robins no fue tan lejos, la pelirroja no vivía en una distancia muy grande, el rubio observó a la pareja que estaba frente a él, y de reojo observó el lugar vacío junto a él, así sería su vida a partir de ahora, comenzaba a odiarse por negarse a quedar a cenar, pero si su padre se enteraba de qué clase de pocilga había entrado, las cosas no serían para nada buenas.

—Estás más serio de lo normal –musitó Demelza –dime ¿vas a entrar a casa?

El rubio elevó la mirada gris. —No.

Fue lo último que dijo, bajó del carruaje y fue hasta su caballo, después de dar las órdenes más prepotentes que le había dado escuchar en años, se alejó de ahí, sin decir más, el necio, engreído y muchas veces insoportable Draco Malfoy, había vuelto a aparecer.

—Vaya, que cambio –interrumpió Harry, ofreciéndole la mano a la rubia para ayudarla a bajar.

—Es todo un caballero –sonrió ella.

—Lo sé, ahora, mientras más rápido hablemos con su padre, mejor.

—Está tomando esto muy rápido, mi señor, cualquiera pensaría que me ha preñado –le guiñó un ojo.

—No, no es por eso, porque no lo está ¿cierto?

La rubia observó a su esposo, con esa mirada impasible que le había aprendido muy bien a su amigo Draco, durante un segundo vio la duda mezclada con la expectativa felicidad brillar en los ojos esmeraldas del hombre y terminó por sonreír.

—No –negó –o no lo sé, mi señor, usted es el médico.

—Tendré que revisarla –admitió con una sonrisa.

—Seguro que querrá –le guiñó un ojo.

—Señorita –hizo una reverencia el ama de llaves.

— ¿Y mi padre? –soltó en un tono altivo.

—En su despacho, como todos los días a esta hora, señorita.

—Avísele que tiene una visita, que ha venido desde muy lejos para hablar con él.

—Enseguida.

La mirada de Potter fue hasta la mujer, que en cuanto puso un pie en el piso de ese lugar, su rostro había cambiado, tal y como lo había hecho el de Draco Malfoy, como si la encantadora mujer que había conocido en aquél pueblecito se hubiese muerto, y una muñeca frívola hubiese ocupado su lugar.

—Señorita ¿va a querer que le prepare el baño? –interrogaron un montón de mujeres que corrían de puntitas detrás de ella.

—Por ahora no, esperaré a que mi padre pueda atender al señor Potter –soltó –ahora desaparezcan –hizo un movimiento rápido con la muñeca y el abanico golpeó la mano de una mujer.

La mirada del hombre siguió en su mujer, que no dijo ni hizo comentario alguno al respecto a lo que había visto de ella en su forma de comportarse; siguieron en silencio, y alejados, porque no le permitió que se acercara más de lo que ya estaba, y cada uno estaba al otro lado del salón.

—Demelza, querida –salió una mujer de la nada, yendo hasta la rubia y besando la mejilla de manera efusiva –me han dicho las sirvientas que has vuelto, me alegra tenerte en casa de nuevo, nos hacías tanta falta.

—Supongo que sí, Daphne –soltó incómoda.

—Claro que sí, no hay quien más nos haga reír con tonterías como las que dices, como eso de que nos deberían dejar elegir el estatus económico de la persona con quien vamos a casarnos, o igual derechos que los hombres –rió –oh Demelza, espero que no le contagiaras tus ideas estúpidas a mi hermana en tu estadía en la casa de campo.

—No te preocupes, Daphne, es imposible que el cerebro de tu hermana se le pegue un poco de intelecto, buen gusto y…

—Al menos no va a quedarse como una solterona viste santos –bufó.

Harry esperó paciente, a que esa conversación terminara con él siendo presentado a la otra mujer Greengrass, que al parecer, era demasiado parecida a la hermana que habían dejado atrás, su mirada fue de una a otra y dejó la copa que le habían servido para estrechar la mano en cuanto Demelza le llamara para restregarle a la otra mujer que justo ahí, tenía un pretendiente, aunque posiblemente, su rebeldía la haría presentarlo como su esposo.

No ocurrió; Demelza no recurrió a él para rescatarla de los insultos que estaba recibiendo por su forma de pensar, y de inmediato entendió la forma fría en la que había hablado, ordenado y mirado a los demás, con esa altives que tenía cuando la conoció, pero fue perdiendo con el tiempo, ahora la había recuperado, y su corazón lo entendió.

Era una máscara que la cubría, y en ese momento le admiró más, porque en lugar de volverse una arpía realmente, sólo había recurrido a ocultar la parte blanda y buena de ella, por no dejar ni dar el gusto a mujeres de poco carácter, ofenderla como siempre buscaban.

—Oh –Harry fue regresado a la realidad –lo siento, mi señor, no le había visto –sonrió Daphne acercándose a él.

—No se preocupe… ah… señorita…

—Señora –estiró su mano –Daphne Zabini –se presentó.

—Oh, así que usted es la esposa de Blaise, soy Harry Potter.

—Conoce a mi marido.

—Desde luego que sí, lo he tratado por… -se quedó callado –negocios –musitó incómodo.

—Lo imagino, es bastante ocupado, él ha ido por negocios a un lugar cerca, así que he decidido venir a pasar unos días con mis tíos ¿Qué hace usted aquí? ¿Busca hablar con mi tío sobre negocios?

—En realidad –la mirada de Harry se puso en Demelza que negó.

—Demelza, querida –sonrió Daphne –te… molestaría dejar que el señor Potter y yo charlemos.

—No, desde luego que no, se nota que el señor Potter, es una persona demasiado entretenida, debe ser muy interesante charlar con él, así que si me permiten –sonrió, se cubrió los hombros con la pequeña capa y salió del salón.

Harry apunto en su lista mental, reclamarle por aquello, o vengarse de una mejor forma por ello, cuando estuviesen en la intimidad de su habitación; se jaló el cuello de su camisa, de repente, recordar a la rubia, y la suavidad de su piel desnuda debajo de su tacto hizo que se sintiera incómodo de tener una charla en la que estaba poco interesado.

—Señor Potter –un hombre interrumpió a la mujer, que era igual de parlanchina que su hermana menor.

—Sí –le sonrió a Daphne, en disculpa.

—El señor Robins lo recibirá en éste instante.

—Genial, ¿Me disculpa? –sonrió.

—Desde luego, suerte en sus negocios.

—Gracias.

Harry observó la oficina del padre de Demelza, completamente asombrado, una pequeña sonrisa apareció en su rostro, antes de observar al hombre, remontándose a aquella noche, la primera vez que había tenido a Demelza entre sus brazos, tal vez no había sido el primer hombre en yacer con ella, pero esa vez, había sido la más maravillosa de todas, recordaba tenerla contra él, mientras observaban el cielo nocturno, ella encontrando las constelaciones que él jamás había sido capaz de diferenciar, recordó como las había aprendido, en el tercer libro de la derecha del estante junto a la ventana que daba al jardín del despacho de su padre.

La precisión de los detalles de la oficina del padre de Demelza los conocía, porque ella había descrito una vez ese lugar, y la razón por la cuál era su favorito, el olor al puro que su padre siempre fumaba después del té, siempre después, nunca antes, nunca más tarde, siempre después de tomar el té.

—Señor Potter ¿se encuentra bien? –interrogó el señor Robins.

—Sí, sí, lo siento –se giró hasta el hombre, le sonrió y avanzó hasta él.

—Pensé que había dicho que se marcharía de Londres, porque las grandes ciudades le enferman.

—Bueno, de hecho, me fui, justo como lo prometí, pero he vuelto apenas hace unas horas y…

—Ya ha pensado mejor el negocio que le ofrecí la última vez que nos reunimos ¿cierto?

—A nadie le interesan tus negocios, papá, al menos no al señor Potter.

—Mi señora.

Harry se puso de pie como un resorte, ya que se había sentado cuando el hombre rubio y regordete le había hecho la invitación con un movimiento de cabeza.

—Mi querida hija ¿cuándo has vuelto? ¿Por qué nadie me ha avisado? Hubiese salido a recibirte.

—No te preocupes, padre, me han dicho que estabas ocupado, así que he entrado por mi puerta.

—Es por eso que no la hemos visto, es tan sigilosa como un león cazando a su presa.

—Lo supongo –sonrió al verla.

—Espero que no le moleste la presencia de mi hija.

— ¿Por qué lo haría? Su hija es hermosa –admitió embelesado por ella.

—La mayoría de los hombres sólo están aquí por dos cosas, negocios o pedir la mano de mi adorada y única hija, así que comprenderá, que en los negocios, muchos no quieren a mujeres escuchando cosas de hombres, y en el segundo de los casos, ella siempre rechaza cada propuesta, sé que los rechazará justo cuando hace eso.

Harry se giró, ya que no notó cuando había caminado hasta la ventana que tenía la vista al enorme jardín, tenía un libro de tapas azules, y observaba una de las páginas.

—Nunca lo cambias de lugar –musitó la rubia con una sonrisa.

—Siempre lo dejo ahí a propósito para ti –le sonrió y se aclaró la voz, para llevarse el puro a la boca –así que dígame, Potter ¿en qué puedo ayudarle?

—Estoy aquí, porque encuentro a su hija realmente fascinante.

Justo como Demelza lo había advertido, el gesto amable del señor Robins cambio a uno duro, poco amigable, se sacó el puro y le echó una buena mirada a Potter.

—Ya lo he dicho, cuando mi hija rechaza a un hombre toma justo ese libro, y observa una sola constelación –bufó furioso –así que la respuesta es no, no puede tener la mano de mi hija en matrimonio.

—En realidad, padre –Harry volteó a ver a la rubia, que había cerrado el libro y lo había abrazado, era un libro diferente al que el señor Robins pensó que había tomado.

—El señor Potter ha sido tan amable de viajar conmigo y Ginevra hasta aquí, sólo para tu autorización, porque quiere hacer las cosas bien, por ti, y mamá.

—Ya tomaste la decisión –negó –cariño, he estado hablando con Malfoy, y la verdad, los dos vemos más potencial en ti y su hijo que en… Potter.

—No creo que Draco esté de acuerdo en casarse conmigo.

—A Lucius nunca le ha importado la opinión de su hijo, y bueno, yo siempre te he tomado en consideración, pero en ésta ocasión.

—Ya nos hemos casado –contestó ella, tajante –antes de venir y antes de que preguntes sí –el rostro del hombre se puso completamente rojo de la furia –ya hemos consumado el matrimonio, durante todo el viaje.

—Cariño –pidió Harry.

—Tenía que saberlo.

—Demelza Robins…

—A demás a Lucius no le hubiese agradado que su futura nuera hubiese yacido con otro antes que con su precioso hijo, sabes cómo es respecto a las mujeres, sumisas, educadas y estúpidas.

—Entonces tendré que decirle a Malfoy que recurra a la única hija casadera de mi hermana.

Demelza apretó el puño, negó y observó a otro lado, así que Harry la abrazó, depositando un suave beso en su frente para calmarla, sabía que eso la hacía sentir mal por la pobre de Ginevra.

—Entonces, señor Potter ¿ha preñado a mi hija en el camino?

—No papá, el camino ha sido bueno, pero no ha sido cómodo.

—Sólo preguntaba, tu madre se hubiese muerto si te ve caminar al altar mientras vas preñada.

—Lo sé, es por eso que tuvimos mucho cuidado ¿cierto, mi señor?

—No me siento cómodo hablando eso frente a tu padre –admitió.

—Bien, le diré a tu madre, llama a Ginevra, que te ayude a planear las cosas para la boda ¿por qué no ha venido?

—Estaba cansada, ha estado meses lejos de su familia.

—Cierto, invitaré a los Malfoy a la cena de compromiso, ve a comprar algo bonito, también para ésta niña, las quiero hermosas, para que Lucius vea la preciosa princesa que se ha perdido de nuera –besó la frente de Demelza –y tú, bienvenido a la familia –le apretó el hombro y estrechó su mano.

—Gracias, señor Robins.

—Si hubiese sabido que encontrarías al hombre al que le darías el sí en ese pueblo insignificante, te hubiese mandado con tus tíos en cuanto se marcharon.

— ¡Papá! –chilló.

—Sólo bromeo, cariño –besó su frente.

Harry dejó sus cosas en el pequeño baúl frente a los pies de la cama, observó a su mujer, pero no dijo nada, estaba bastante seria, así que fue hasta ella y rodeó su cintura, acercándole a él.

—No se ve muy feliz, mi señora.

—La verdad no estoy feliz de volver –admitió –prométame algo –pidió.

—Lo que usted quiera –besó su frente.

—Haremos las cosas que mis padres quieran, buscaremos la forma de solucionar las cosas de Ginevra, y nos marcharemos de aquí.

— ¿A dónde quiere ir? –sonrió.

—A donde sea –admitió –a una cueva en el bosque, donde sea que pueda ser yo, y no esta fría persona a la que realmente detesto convertirme cuando estoy aquí –Harry sonrió –ya lo había notado ¿cierto?

—Sí –aceptó –usted y Malfoy cambiaron automáticamente al estar en Londres, dos metros antes de que fuera Londres aun eran esas personas con las que conviví todo el verano, ahora, no sé si les conozco del todo.

—No lo haces –aceptó –tengo que admitir que la Demelza Robins que conociste en aquél sitio no es lo que soy en realidad.

— ¿Y esto es lo que eres en realidad? –Cuestionó Harry –una mujer arrogante.

—No soy tan adorable –se alejó del hombre –fui capaz de involucrar a la única persona que ha estado conmigo y para mí sin importar nada en algo que no merece, mancille su honor, y eso, sigue siendo la parte adorable de mi ser.

—Demelza –pidió Harry.

—Soy una mujer fría, calculadora y manipuladora, y eso sigue sin ser un poco a lo que realmente soy ¿comprendes eso? –Se burló –y sé que es mi culpa, por ocultarle todo esto, mi señor…

—Me niego a creer que seas esa persona a la que te refieres, cariño.

—Es que me conoce muy poco, mi señor.

—Te he visto preocuparte por los demás, eso no puede fingirse…

—Claro que se puede ¿ha escuchado cuando le dije que soy manipuladora, fría y calculadora? –sonrió –eso es lo que hacemos, contemplamos a las personas, y sabemos que es lo que quieren, todos son tan básicos que siempre es lo mismo, hay cambios, sí, pero no mucho, me tomó una corta charla cuando nos conocimos saber qué clase de mujeres le interesaban, la razón por la cual se fijó en mí y no en Ginevra –sonrió –eso es lo que hago, desvío la atención de las personas a mi persona, así que la ignoran la mayoría del tiempo, y cuando la mirada de la otra persona va a desviarse porque se ha dado cuenta de que hay alguien más, vuelvo a hablar, otro comentario ingenioso, retomo la atención.

—A usted no le gusta tener la atención de los demás.

—Qué pretencioso admitiría que para eso vive –se encogió de hombros –verá, Draco Malfoy y yo hicimos un pacto, y hay una razón para que nuestros padres piensen que iríamos bien como pareja, y es porque somos iguales.

—No le creo ¿sabe por qué? Si eso fuese cierto, usted no hubiese corrido a ese diminuto pueblo buscando evitar que su prima llegara a él, si fuese como me dice, se habría quedado aquí, esperando con una sonrisa triunfal a que su prima regresara, sólo para echarle en cara que a pesar de huir lejos para tener la ventaja sobre el matrimonio, usted se quedó con él.

—La vida es complicada.

—Sólo dígame una cosa, mi señora –Demelza lo observó –dígame la verdad, por piedad ¿usted realmente me ama?

— ¿Es que lo duda? –cuestionó.

—No es la respuesta que quiero.

—Sí, le amo, más de lo que amé a Remus, más de lo que creí amar a Draco, le amo a usted, más que a nadie en este mundo –hizo una pausa y avanzó hasta él –dígame ¿esa es la respuesta que buscaba?

—No, ha sido mucho mejor de lo que esperaba –admitió, con una sonrisa, acortando el espacio mientras su corazón martillaba ferozmente contra su pecho.

—Tengo que ir a preparar las cosas para nuestra cena de compromiso…

—Aceleraremos todo –informó él –sé que no quieres irte sin solucionar las cosas para Ginevra, así que buscaremos un lugar fuera de Inglaterra, y le pediremos que vaya con nosotros.

—oOo—

Draco Malfoy llegó a la casa de sus padres en Londres, porque la Mansión Malfoy estaba en Wiltshire, pero no parecía preocuparle a su padre, estaba más que cómodo en esa ciudad, mientras lo que él quería era largarse de ahí, sabía que con la mala suerte que tenía, no tardaría en encontrarse con Ginevra, y tendría que ignorarla, como normalmente lo haría con las mujeres de su nivel social.

—Llegas por fin –habló Lucius Malfoy desde el salón.

—Sí, me topé con Demelza en el camino y bueno…

—Oh, eso sin duda ayuda a mis planes –sonrió el varón de cabello largo y rubio platinado.

—No comprendo –frunció el ceño claramente confundido.

—Es pedir demasiado que lo hagas ¿cierto? –Sonrió –he estado hablando con el viejo Robins, sobre la posibilidad de que te cases con su hija, la rubia esa.

—Demelza –contestó.

—Ella, ya sé que la mayoría de la sociedad le señala por sus pensamientos idiotas, pero… su padre ha estado en pláticas con un importante negocio, si eso se da, no tengas dudas que se volverá el más rico de todo Inglaterra, así que nos conviene tener todo ese poder de nuestro lado.

—Por eso quieres que me case con ella.

— ¿Por qué más castigaría a la pobre chica condenándola a casarse contigo? –Se burló –digamos que si en vez de mujer, fuese un hombre y usara todo ese carácter para gobernar sobre las mujeres, lo hubiese querido como hijo.

El joven prefirió omitir comentario alguno, así mismo, dejar en la oscuridad a su padre, evitando comunicarle que Demelza Robins por fin había elegido un marido y no sería él, quiso reír fuertemente de la ignorancia de su padre, pero sólo le dedicó una sonrisa falsa, dio media vuelta y se alejó rumbo a su habitación.

Las mucamas prepararon el baño para él, pusieron su ropa limpia cerca, y le dejaron en paz, como siempre, así que él pudo sumergirse en la tina, casi llena de agua caliente, cerró los ojos un momento, mientras evocaba el recuerdo de Ginevra y él, entregándose uno al otro en esa Casa de Campo, en una bañera, después de su primera vez juntos.

—Mi señor –tocó una de las mucamas, sacándolo de sus pensamientos –la cena está por ser servida, su padre me ha enviado a notificarle.

—Iré en unos momentos –soltó enfadado.

No dijo más, salió de la tina y se vistió, bajó sin preocuparse mucho de su aspecto, al final de cuentas, estaba en casa, al llegar al enorme comedor que él encontraba innecesario a causa de que sólo eran tres personas, observó cómo su madre sonreía encantadoramente.

—Has vuelto –sonrió encantada, poniéndose de pie, yendo hasta él para abrazarlo y besarlo –me hace muy feliz que estés aquí, hijo mío –sonrió.

La cena sirvió para que su padre le diera instrucciones de todo lo que tenía que hacerse cargo, sus largas vacaciones no le iban a dar ni un minuto de descanso, pero había valido la pena cada minuto con Ginevra, además, podía sacarla de su mente cada que estuviese ocupado.

—Así que has vuelto –saludó su amigo Crabbe.

—Sí ¿ha ocurrido algo? –cuestionó.

—No mucho, es sólo que nos sorprende, ya que Kingsley ha estado en la ciudad y comentó que había aceptado el negocio, pero tú no volviste.

—Lo que ocurre es que tomé un poco de tiempo en…

Se quedó callado, Demelza Robins estaba a unos pasos de ellos, pero no iba sola, Ginevra la acompañaba, estaba seria mientras la rubia parloteaba, como siempre, sin preguntarse si la otra persona escuchaba realmente.

—Un momento –pidió, cruzo la calle y se acercó a su amiga, pero con la mirada gris en la pelirroja que se había distraído con el niño que pedía un penique.

—Mi señor Malfoy –sonrió Demelza, el rubio notó como la pelirroja se tensó, pero no lo observó, se dedicó a sonreírle al niño y darle un penique.

—Mi señora –sonrió incómodo –tengo que preguntar si su padre la ha puesto al corriente de los planes que ha estado haciendo con mi padre.

—Es por eso que te acercaste ¿no es así? –sonrió.

—En parte –admitió.

—Quieres una palmada en la espalda por intentar conquistar a la mujer que tu padre quiere para que sea tu esposa ¿puedo saber la razón por la cual quiere eso?

—Es bastante lista, mi señora, sólo hay una razón para que mi padre quiera que me case con usted –la mirada de Draco se desvió a Ginny, que bajó la cabeza aún más.

— ¿Sabe que me casé con Harry en ese pueblo? –interrogó.

—No se lo he comentado.

—Ganando tiempo ¿para qué? –interrogó.

—No estoy listo para casarme con alguien que no me interese –admitió.

—Va a darte tiempo una vez que esté al tanto de mí y mi marido.

—No lo creo, además ¿cuándo lo dejarás saber?

—Mi padre los invitará a una cena en un par de días, de hecho, mientras charlamos, mi señor, alguien de los sirvientes debe estar entregándola.

—Cena de compromiso ¿no es así?

—Sí, tendremos una gran boda y para su deleite, hay cierta señorita que ha sido invitada a esa cena, una que sin duda le interesará.

—Yo no…

—Su nombre es Ginevra Weasley, oh, pero viene conmigo, Ginny –sonrió.

—Mi señor –saludó nerviosa.

—Mi señora –sonrió –luce hermosa –admitió.

La piel de Ginevra se erizó al escucharlo, al verle, ese hombre despertaba todo de ella, y no podía dejar que eso siguiera pasando, eso era Londres.

—Me adelantaré, Demelza, dejaré que el señor y tú, continúen su plática.

—Ha sido un placer –musitó Draco.

—Mi señor –asintió y se alejó de ellos.

—No puedes mirarla –le advirtió Demelza.

—Lo sé –aceptó.

—Ahora sí ¿por qué nuestros padres estaban interesados en nosotros como pareja? Si tuve que correr a evitar que tu padre pensara en mi prima.

—Tu padre tiene uno de los mejores negocios encima, y mi padre quiere ese poder de su lado.

—He estado pensando en una solución ¿crees que funcione?

—No me has dicho la solución.

—Mi padre adora a Ginevra, es como una hija para él, si mi padre la toma bajo su protección, y entre él y Harry, dan un buen dote ¿crees que tu padre?

—No –se burló –el apellido de Ginevra seguiría siendo Weasley, eso no dice nada en la alta sociedad, así que él no lo permitirá.

—Entonces no te gustará lo que diré –admitió –Harry y yo… hemos pensado en la posibilidad de marcharnos de Londres, París –comentó –y llevarla con nosotros.

—No es mi decisión, sino de ella.

—Sabes que una vez que Ginny acepte, no sabrás a donde nos hemos marchado.

—Lo sé, no quiero, pero aun así, tampoco deseo que los chismes lleguen a Londres y la señalen por un error que nosotros pudimos ahorrar.

—Tienes razón –aceptó –hablaré con ella después de la cena, tendrá hasta el día de mi boda pública –Draco sonrió –para tomar una decisión, tampoco la llevaré si ella se niega ¿comprendes?

—Totalmente.

El rubio volvió con sus amigos, que no dijeron nada, suponía que estaban al tanto de los planes que tenían los Malfoy para con él y Demelza, así que sólo sonrieron abiertamente, como para darle su aprobación, como si él, Draco Malfoy, la necesitara, sólo buscaba una sola y era la de su padre.

El resto del día fue aburrida, en aquel pueblo al menos tenía a Ginevra, ella podía quitarle la monotonía a ese lugar, no imaginaba de lo que era capaz de hacer en una ciudad como aquella.

Fue con sus amigos a beber, las mujeres alrededor que estaban con poca ropa por primera vez no le llamaban la atención, posiblemente era muy pronto para acostarse con otra que no fuera ella.

— ¿Te marchas? –cuestionó Goyle.

—Sí, tengo un par de cosas que ordenar –comentó –y mañana estaré ocupado con otras cosas, que no tendré tiempo, si no lo hago ahora, no será nunca.

—Supongo que cuando tengas a tu propio hijo, podrás cargarle el trabajo mientras tú te diviertes –sonrió Crabbe.

—Siempre y cuando sea un varón, sólo un hijo en su familia y te imaginas si sale hembra –se burló Goyle.

Draco se detuvo en la casa de Ginevra, había memorizado todo para poder encontrarla cuando fuera necesario, se escabulló por el jardín trasero y observó por la ventana, ella estaba sentada en uno de los viejos y desastrosos sofás, entre dos hombres pelirrojos que eran idénticos, debían ser sus hermanos gemelos.

La espió lo suficiente como para llamar su atención, así que cuando dijo que saldría a algo, nadie dijo nada, el rubio sonrió cuando la tuvo frente a él, y sin dejarle decir nada, le besó con desesperación.

—Ginevra –murmuró en sus labios.

—Mi señor –lo alejó de ella –usted mismo dijo que…

—Lo sé, sé lo que le dije, pero no puedo estar lejos de usted ¿comprende? Mi cama estaba demasiado fría sin usted a mi lado –buscó sus labios y cuando ésta los rechazó, su nariz fue hasta su cuello.

—En serio…

—No estoy pidiendo que yazca conmigo ahora –informó –sólo que me deje sostenerla así, como ahora lo hago, por favor.

—Si mis hermanos nos encuentran…

—No me importa.

—Claro que le importa –se burló ella –venga.

Draco siguió a la pelirroja sin poner objeciones, el gallinero estaba limpio, y las gallinas estaban cada una en su lugar, acarició el suave rostro de Ginny y sonrió ante la cálida sensación que eso le daba, en un momento, tenía demasiado calor, las mejillas de ella estaban arreboladas, haciéndole sonreír.

—Mi señora ¿Es acaso que está teniendo pensamientos insanos en éste momento?

—Claro que no –soltó ofendida –es sólo que tengo calor.

—Ahora que está en casa, se ha vuelto toda una rebelde –besó su cuello –y me agrada su actitud –admitió.

Los besos se volvieron apresurados, como si quisieran darse la mayor cantidad antes de separarse o que los encontraran y como eso no pasó, Draco supo que podía besarle tranquilamente, quedaron sobre el piso del lugar, mientras sus manos vagaban por el cuerpo de la mujer.

Todo aquello era complicado, primero porque no podían deshacerse de toda la ropa, por si alguien se acercaba, y lo segundo era el tamaño de aquél pequeño lugar, aun así, se las arreglaron, Draco soltó un grave gruñido cuando el calor del interior de la chica envolvió su miembro, no habían estado ni una semana lejos, y él había extrañado eso, sentirse en ella, se empujó lentamente dentro y fuera de su interior, multiplicando las sensaciones de placer, en lo que ella se cubría la boca para acallar la mayoría de los sonidos que lo que el rubio le hacía, le provocaba, sus respiraciones estaban agitadas, y sus ojos brillaban como si en ellos ardiera la más grande de las llamas.