Capitulo VII.

Ceremonia de Coronación.

HIMEKO.

Desperté antes de que saliera el sol. Era vieja la madrugada y mi sueño me había abandonado. Miré a un costado de la cama y vi a Souma dormir plácidamente con todo su torso descubierto. Incliné mi cuerpo con precaución hasta salir de ahí. Solté un suspiro extraño, ni siquiera yo misma sabía de qué estaba compuesto, un pequeño escalofrío recorrió mis brazos y me recordó que debía cubrirme el cuerpo, estar desnuda a esta hora no era una buena idea.

Me puse una bata de baño y nuevamente suspiré… Sentía que alguien me había robado el alma mientras dormía y con ello dejaron al descubierto mi fragilidad…

Crucé los brazos a la altura de mi pecho y con paciencia me fui acercando hasta un reloj colgado en la pared, me tomé más de quince segundos mirando la hora, ya al segundo dos la había comprobado pero mi mente divago fugazmente.

Faltaban tan sólo cuatro horas para la ceremonia de coronación, cuatro simples horas para cambiar mi vida completamente… Ella aún no lo sabe ¿Cómo reaccionara? - me pregunté - …

No le he vuelto a dirigir la palabra desde esa noche en que me besó frente a Souma, la evito lo que más pueda y recurro a cualquier excusa para ausentarme en las horas de comida, pero hoy no tendré más alternativa que hablarle y pedirle que asista conmigo a nuestro… matrimonio.

¡Que locura más grande! …

De niña siempre imaginé que me casaría con un hombre bondadoso y sincero, que me amara y yo le amara a él. Luego, cuando llegué a mi adolescencia comprendí que eso no podría ser, pues si bien había encontrado a ese hombre él no sería el elegido por mi padre… Pero… ¡¿Qué se supone que es esto?! Tendré que unirme a una chica sin alma, una mujer malvada, un proyecto de demonio y de uno muy peligroso… que a pesar de todo eso me hace prisionera de mis propios pensamientos. No puedo arrancarla de mi cabeza y con el paso de los días se me hace más difícil mantener la distancia.

¿Y Souma? ¿Qué pasa con él? … Él es mi verdadero amor, ese ángel que la vida me puso para poder soportar tanta soledad. Ahí está… desnudo y sereno en mi cama, me ha regalado una de las noches más apasionadas y románticas que he vivido pero con un muy agrio sabor a derrota. Luego de hacer el amor nos abrazamos llorando, suplicando que el tiempo no pasara y que éste maldito día nunca llegara.

Son tan distintos el uno de la otra. Cuando miro los ojos de Souma sé que nuestro amor es inagotable y, en cambio cuando miró los ojos de Chikane todo es desesperanza, dolor, soledad y oscuridad. Sus ojos están apagados como si realmente fueran las puertas del infierno y no he sido capaz de explicar cuando dan un salto a la inmensidad tornándose desesperantes y absorbentes para mí. Como si en ellos ocultara el secreto del hechizo que provocó en mí. Quisiera saber todo de ella…

Un sutil sonido esfumó mis pensamientos, era Souma que estaba despertando lentamente.

¿Qué haces parada ahí? - preguntó algo confundido y con sus ojos a medio abrir.

Pensaba …

No puedes dormir, ¿cierto? - asentí con mi cabeza. Él se levantó y caminó hasta mi para arroparme con sus brazos – No importa como termine todo esto, Himeko. Si esto acaba hoy o en mil años más. Si muero antes o después que tú. Nada, nada importa… ¿Sabes por qué? - yo le miraba atenta e ilusionada – Porque te conocí y me amaste así como yo te amé… y como nos seguiremos amando hasta que nuestras almas se agoten de esta vida. Con eso me doy por pagado.

Gracias, gracias por estar aquí y amarme – dije luego de reprimir unas rebeldes lágrimas que se alojaron en mi garganta – Contigo todo es más fácil …

Creo haber dado con la palabra adecuada. Realmente con él todo es más fácil, llena mi corazón de nuevas energías las que me ayudan a seguir caminando, aun cuando deseo con toda mi alma detenerme para descansar.

Me propuse serenarme y aprovechar todo lo posible la compañía de Souma, éste sería mi último amanecer como una mujer libre y debía regalárselo a él. ¿Quién más si no?

Esperamos a que los rayos de sol comenzaran a traspasar los límites de las montañas y decidimos tomar desayuno en mi cuarto. Llamé a Otoha para aquella labor y ella rápidamente nos ayudó.

Sigo sintiendo que está molesta conmigo, desde que me vio besando a Chikane su mirada ya no es la misma…

Creo que ya es hora – comenté sumergida en el pecho de Souma.

Aún estábamos acostados, como dos niños asustados sin saber qué hacer.

Himeko, por favor no lo hagas – suplicó aferrando mi cuerpo al suyo. Por dentro sus suplicas destruyeron toda esa voluntad que pensaba tener.

No me hagas esto más difícil, Souma. Sabes que no tengo otra alternativa.

No puedo resignarme, lo intento pero no puedo.

Mi vida desde hoy será absurda y hasta oscura… Pero tú eres la fuerza que necesito.

Prométeme que nunca me dejaras de amar

Te lo prometo – sentencie con todas las fuerzas de mi corazón – Sólo tú serás quien ronde mis sueños más intensos

Y nunca dejare de hacerlos realidad, así debas casarte con el mismo demonio – su última palabra me sonó algo curiosa. Eso teniendo en cuenta que para mí, Chikane, era el mismo demonio.

Con holgada negativa me dirigí hasta el cuarto de baño, donde repetidamente lavé mi cuerpo intentando así en parte sacar el peso de mis músculos, pero al parecer todo partía de mi mente. Cuando salí vi parada a Othoa frente a mí y en sus manos un vestido de alta costura, especial y único para una fecha así.

¿Desea que le de aviso a la señorita Himemiya? – preguntó con mesura.

No, seré yo misma quien le diga – pasé por su lado para recibir la prenda y luego la lancé a mi cama como si se tratara de un enemigo.

Debe estar tranquila, princesa.

Lo sé, pero es algo difícil…

El timbre del teléfono en mi habitación quebró el momento, haciendo que las dos pusiéramos atención en la emergente llamada. Luego de una mirada fugaz que nos dimos ella se acercó y descolgó la llamada.

Palacio real … ¡Señor cardenal! – exclamó Othoa mirando directamente a mis ojos, mientras yo asentía con mi cabeza – Por supuesto, enseguida – ella apartó el aparato de su oreja y me lo ofreció – Su excelencia el cardenal. Princesa – musito por protocolo.

Gracias – mencione tomando la llamada – Cardenal – dije en forma de saludo.

Princesa. La llamaba para informarle que todo está dispuesto, voy en camino – enseguida mi estómago se estremeció, pero logré disimular tranquilidad.

Perfecto, lo espero.

Cuando colgué la llamada supe que todo estaba más cerca de lo que yo misma había pensado. Apenas llegue el cardenal comenzará la ceremonia de coronación y para eso faltaba quizás una hora.

CHIKANE.

El agua que corría por mi cuerpo no lograba calmar el tormento de mi alma ni mucho menos apaciguar el dolor de cabeza. Nuevamente esos sueños extraños me rondaron toda la noche, muchas veces he llegado a sentir que son vividos y reales pero simplemente cuando sale el sol los recuerdo como inofensivos sueños…

Del proyecto Lirio Negro no he logrado averiguar nada. Al parecer mi padre se dio cuenta de que alguien se metió en su caja fuerte, pues ayer le hice una visita y apenas tuve la oportunidad fui en busca de aquella carpeta, pero ya no estaba ahí. Esa es otra prueba de que lo que me esconden es algo grande.

Creo que deberé seguir usando a Amaya por un tiempo, al menos hasta que ella a propia voluntad quiera investigar a su padre y entregarme toda la información.

Salí de la ducha tapando mis ojos con las manos y refregándolos con suavidad. Sequé mi cuerpo y sólo logré ponerme ropa interior y una blusa blanca sin siquiera abotonar antes que Himeko irrumpiera en mi habitación sin anunciarse.

¿Pero qué demonios te sucede? – pregunté neutral mientras la miraba con algo de curiosidad.

Ella quedó absorta, me miraba eternamente confundida y avergonzada. Casi puedo jurar que hasta olvido respirar.

¿Te quedaras para ahí todo el día mirando mi cuerpo o vas a tener la cortesía de decirme a que has venido? – insistí con voz agria para poder acceder a su cordura.

Arréglate, en veinte minutos será la ceremonia de coronación – contestó mirando esta vez mis ojos y dejándome absolutamente sorprendida.

¡Qué estás diciendo! – exclamé sin alzar mucho la voz – ¿acaso te has vuelto loca?

¿No es eso lo que quieres? ¿Por qué actúas como si te molestara?

Porque seguramente, no sé, me hubiese gustado saber que hoy me casaría contigo – Ironicé alzando mis hombros.

¡No le llames así! – regañó – Tú nunca serás mi esposa, ni mucho menos yo la tuya.

No grites – pedí tortuosa – No iré, ni hoy ni en un mes. La ceremonia se llevará a cabo cuando yo lo diga, ¡entiendes!

Al parecer se te olvida quien soy yo. ¡Maldita seas Himemiya! ¡Soy tu princesa y me debes obediencia y respeto! – su tono sólo demostraba toda su impotencia.

Tú nunca serás mi princesa, y te pido por segunda vez… por favor no grites – insistí tocando mi cabeza y apoyando mi cuerpo semidesnudo en la pared.

El cardenal viene en camino – mencionó con un tono venenoso pero agradable para mis oídos – Yo no quiero hacer de esto un show, ni para ti ni para tu grupo de fundamentalistas. Quiero que se haga hoy, en total hermetismo, lejos de las cámaras y las miradas ambiciosas de tus pares – explicó someramente sus razones.

¿Por qué no me avisaste antes? – quise saber.

Ya te lo dije, no quería hacer de esto un show – ella me miró algo molesta pero no por tener que explicarme la situación - ¿Puedes, por favor abotonarte esa blusa? – pidió acomplejada. Yo disimulé una sonrisa antes de aceptar su petición.

No le hubiese dicho a nadie, ¿Piensas que me gustan las cámaras? – retomé el centro de la conversación, mientras abotonaba lentamente mi blusa.

Vamos Chikane, todo el reino sabe que eres el perro faldero de tu padre. Un simple títere – creo que Himeko nunca lograra saber cómo sus palabras lograron molestarme

No vuelvas a repetir eso en tu vida ¿entiendes? – mi voz se volvió gruesa y endemoniada. En mis ojos una amenaza de muerte nacía hacia ella.

Siempre con tus intimidaciones (…) Pero eso eres Chikane, un simple perro con diferentes amos – ella mostró desafío en su mirada y estrechó la distancia entre las dos.

Sentí como mi cuerpo comenzó a temblar de furia, quería simplemente callarle la boca y dejar de sentir toda esta frustración. El hecho que sea ella precisamente quien me recalcara ser un perro faldero hacía que aquellas palabras quebraran mucho más mi ser.

¡Cállate Himeko! – solté un grito desesperado y levanté mi mano amenazando con golpear su rostro, aunque sabía que nunca podría hacerle daño. Ella se espantó un segundo, pero luego volvió con su mirada amenazante.

Por favor, hazlo – suplicó – Prefiero mil veces tus golpes a tus besos.

Nunca te he golpeado y nunca lo haría – murmuré odiándome por lo que acababa de hacer

Deja esa mascara, eres un vil demonio no intentes aparentar algo conmigo – vi en su mirada odio hacía mí.

Puede que tengas razón. Es más, reconozco que tienes razón. Soy un demonio, Himeko. La maldad envuelve todo en mí, pero aun así hago todo lo humanamente posible por no herirte…

Pues no haces lo suficiente… Ahora vístete y prepárate. Terminaremos con todo esto de una vez y comenzaremos con la verdadera guerra.

Yo no quiero una guerra contigo – el dolor en mi cabeza iba subiendo aceleradamente, tanto que mis manos sudaban por completo.

Pero la habrá, apenas los fundamentalistas sepan que has llegado al trono comenzaran a disputar nuestra idea política.

No si lo mantenemos en secreto – comenté sin pensar muy bien lo que decía.

¿Estás bien? – curioseo preocupada acercándose a mí. Al parecer ya estaba perdiendo mi centro de gravedad y comenzaba a balancear mi cuerpo.

Sí, sólo apártate de mí – rugí mareada y avergonzada de que me viera una vez más en estas circunstancias.

La vi dudar, por un segundo pensé que desobedecería mis palabras e insistiría en saber qué era lo que me estaba sucediendo. Pero el tonó de mi voz logró espantarla, por ahora.

¿Para qué quieres que dejemos esto en secreto? De todas formas algún día se lo contaras a tu padre y todo estallará …

Prefiero tener cartas bajo la manga para cuando llegué ese día – mis explicaciones eran vagas al igual que mi capacidad para razonar. El dolor comenzaba a ser insoportable y su presencia sólo aumentaba mi desesperación.

No entiendo tu juego. Pero no creeré ni un segundo en ti

Eso ya lo sé …

Te espero en veinte minutos en el gran salón. No tardes, a menos que quieras ser arrastrada por los guardias.

¿Irónico no? Ahora eres tú la que amenaza con obligarme a ser tu esposa – sonreía de manera idiota a causa del malestar.

Di lo que quieras, prefiero mantener el juego a mi favor. Ah y toma algo para tu dolor, porque aunque deba mantener tus ojos abiertos con unas agujas ¡hoy te casas conmigo! – sentencio con cierta posesividad sobre mí, la cual debo admitir, me gustó.

La vi retirarse de la misma manera en que llegó. Mi corazón comenzó a latir desenfrenado como si un huracán estuviese naciendo en mi interior. Algo en el centro de mi abdomen quería escapar y mi pulso hacia temblar mis manos. Nada de lo que me estaba pasando era a causa del dolor, él aún estaba ahí, pero esto era diferente, comencé a sentir nervios y ansiedad. La noticia tan inesperada que me dio Himeko me dejó absorta y sorprendida. La idea de ser su esposa me inquietaba y yo aún no era capaz de asumir completamente lo que estaba sintiendo.

Comprobé la hora unos segundos y luego fui en busca de algún traje adecuado. Obviamente Himeko no me cedería el honor de vestir como es debido en esta ocasión, osea, con el conjunto militar que me da el cargo de comandante en jefe de las fuerzas militares. Sabía muy bien que yo no tendría ese lugar y que de alguna forma limitarían todas mis atribuciones. Y, sinceramente no me importaba lo único que ahora me preocupa es que mi padre no se enteré y por supuesto, lograr mantenerme en pie hasta el término de la ceremonia.

Me vestí con lentitud, tomando todo el tiempo que fuese necesario. Luego tomé una pastilla aún sabiendo que eso no calmaría mi dolor, bebí mucha agua y miré la puerta que me separaba de mi futuro más próximo. Unas ganas inconmensurables de huir me embargaron, quería escapar y alejarme de toda esta pesadilla que significa mi vida, pero sabía que fuera donde fuera no habría lugar en el mundo donde pudiese encontrar esa paz que tanto añoro.

Caminé y todo parecía ir en cámara lenta, lograba sentir el latir de mi corazón en la cornisa de mis oídos, un sudor helado comenzó a recorrer mi nuca y todo se acrecentó apenas entré en el gran salón.

Lo primero que vi fue a Himeko con una cara indescifrable, sabía que este día no era grato para ella. En su espalada se encontraba Souma, quien fue el primero en percatarse de mi presencia, pude sentir como el odio salía de su mirada. Entre ellos dos estaba el cardenal, con una capa aterciopelada de rojo carmesí diciendo lo que al parecer eran palabras de consuelo para su princesa. También estaba el primer ministro quien es de exclusiva confianza de Himeko y unos cuantos hombres más, todo sin contar a una gran cantidad de sirvientes.

Nunca había estado rodeada de lobos pero seguramente este momento se le asemejaba y mucho. Todos sin excepción dirigieron su vista hacía mí. Nada en esa habitación me deparaba cosas buenas, por supuesto que era yo la invitada de piedra. El silenció eran tan incomodo como amenazador, por un momento sospeche en que todo era una trampa y que alguien atentaría contra mi vida lo que ilógicamente me animó, ese sería un verdadero regalo.

¿Comenzamos? - preguntó el cardenal mirando a Himeko.

Por supuesto – contestó ella sin alegría.

Señorita Himemiya acérquese por favor. No perdamos más el tiempo – el tono de voz del cardenal fue una clara orden.

Me paré junto a Himeko y el cardenal tomó posición frente a nosotras. Parecía que íbamos a celebrar un contrato cualquiera por la poca solemnidad del asunto.

Sólo quiero que juré prometer mantener el orden democrático y respetar las leyes de Japón – continuó aquel hombre.

Eso no le corresponde a usted, cardenal. Es tarea del congreso velar por mi juramento, el cual ya fue hecho – contesté segura sin dejarme intimidar. Por supuesto que él no esperaba esa respuesta.

Podrías ser respetuosa por una vez en tu vida – masculló Himeko entre dientes.

Mi respeto no va dirigido hacía ese hombre, es él quien me debe respeto a mi – dije alzando la voz.

Por favor, no entremos en discusiones peligrosas – el primer ministro actuó como mediador – Y limitemosnos a lo que hemos venido.

Es lo más coherente que he oído este día – aclaré.

Sólo firme este documento, señorita – el cardenal me extendió un gran pergamino bordado en oro por los costados. Me sorprendí de lo rápido que todo esto sería pero también me alegré.

Antes de recibir la pluma miré a Himeko para darle quizás de manera inconsciente la oportunidad de arrepentirse, pero ella parecía decidida. Tomé la pluma y firmé lo más rápido posible.

Ahora es su turno alteza – esta vez el cardenal se dirigió a Himeko.

Ella miró a Souma por un largo momento. Vi como sus ojos se humedecieron a causa de su sufrimiento. Comprendí en ese momento que nunca conocería a dos personas que se amaran tanto como ellos dos y no pude evitar sentir como mi corazón se comprimía.

¿Alteza? - el cardenal intentó captar su atención pero no lo conseguía.

Si quieres le cedo mi lugar – le susurré a Himeko con una mezcla de sinceridad y celos. Ella parpadeó un par de veces y luego giró su mirada lentamente hacía mí.

¿De qué hablas? - se hizo la desentendida.

Lo que oíste. Si quieres le digo al sirviente que se ponga a tu lado – está vez fui más clara.

Te aseguro que sería mucho más honroso casarme con él que contigo. Pero lamento informarte que tus deducciones son erróneas – ella negó cualquier tipo de sentimiento, seguramente para protegerlo.

Él no se compara a mí – aseguré entre dientes.

Y espero que nunca lo haga. Sería realmente penoso que cayera tan bajo – musitó con rabia y tomó la pluma en sus manos. Luego firmó rápido y con desagrado.

Debería decir que bendigo esta unión y el reino de Japón. Pero sólo espero que ocurra para esto último - se sinceró el cardenal.

Ya veo que usted no ama a todo el prójimo – comenté

Créame, sólo Dios puede lo imposible.

Y la fe, según su propia religión – le encaré.

Tener fe en usted es tan absurdo como creer que el mundo algún día este libre de pecado.

La temperatura del ambiente iba in crecsendo con cada segundo que pasaba. No había un alma en esa sala que no me odiara y no deseara partirme la cara, o por lo menos escupir mis zapatos.

Sigamos con la ceremonia – pidió esta vez Himeko.

Un sacerdote de casi la misma edad del cardenal acercó a nosotras las dos coronas que constituirían nuestras nuevas posiciones. Ellas solamente eran simbólicas ya que su gran peso, de más de cinco kilos, hacía imposible llevarlas en la cabeza.

Escuché que el cardenal aclaraba su garganta y seguido a eso una punzada casi insoportable estremeció mi cabeza. Por acto reflejo llevé una de mis manos hasta el dolor y fruncí mi ceño. Lo único que pedía en ese momento era que mi nariz no comenzara a sangrar.

Ni se te ocurra hacer una escena en este momento – amenazó Himeko con gran desden – Si te vas a morir, espera unos minutos más.

No sé si puedo soportar – susurré afectada y con los ojos cerrados.

Es tu problema no el de nosotros.

¿Podemos continuar? - urgió el cardenal

Quisiera un momento, por favor – pedí ahogada y temblorosa

Claro que no. Tú no saldrás de esta sala – sentenció Himeko – ¿Crees que somos ingenuos? De seguro vas a dar aviso a tu padre.

Respiré profundo pues entendí que ellos no confiaban en mí y mucho menos le importaba si estaba en condiciones de seguir en pie.

Me parece demasiado conveniente tu dolor de cabeza justo en este momento – susurró Himeko en mi odio.

Entonces terminemos esto de una vez – supliqué sin poder abrir mis ojos.

Por favor cardenal, continué – ordenó ella. No supe que estaba pasando a mi alrededor sólo me guiaba por lo que mis oídos lograban escuchar.

Por supuesto excelencia. Si fueran tan amables de pararse frente a sus respectivos tronos – Ahora debíamos caminar pero yo no estaba en condiciones de hacerlo, no tuve más alternativa que pedir ayuda.

Himeko, llévame tú … por favor – dije masticando mi propio orgullo.

Deja de actuar – suplicó agotada pero aún susurrando.

No estoy actuando ( … )

Te llevaré sólo porque no quiero retrasarme más – sentí como su mano se depositaba casi a la altura de mi codo y me llevaba de manera rápida hasta donde debía ubicarme. Me costó una enormidad mantener el equilibrio pero al fin lo logré.

Me obligué a abrir los ojos, necesitaba saber lo que estaba pasando. A más de diez metros de mí vi parada a Otoha, ella me miraba diferente a los demás. Podía ver en sus ojos preocupación y supe que si necesitaba de una ayuda sincera ella era la indicada. Luego me percaté de que el cardenal derramaba aceite consagrado de una ampolla con forma de faisán en las manos de Himeko, luego en su cabeza y finalmente en su pecho a la altura del corazón con el cual la ungió. Posteriormente se acercó a mí e hizo lo mismo. Agradecí que no tocará de manera brusca mi cabeza. Luego se nos entregaron joyas de la corona que consagraba toda la "curiosa" ceremonia de la que era partícipe.

Los ayudantes del cardenal nos invistieron con la colobium sindonis a cada una, se nos presentaron las espuelas como símbolo de la caballería. A Himeko se le entregó la espada de quien fuera el primer rey de Japón, seguido de un orbe real, un anillo que representa su matrimonio con la nación y la monarquía. Himeko sostuvo su cetro mientras el cardenal hacía un amago de poner la corona de más volumen sobre su cabeza para que posteriormente se escuchara por todos los presentes lo siguiente "Dios salve a las reinas y la reina Himeko"

Yo, Arzobispo de Japón, seré fiel y honesto, y lealtad y honestidad os juro a vos, nuestra Señora Soberana, Reina de este reino y Defensora de la Fe, y a vuestros herederos y sucesores que lo sean según la ley. Que Dios me ayude – Pronunció con respeto y solemnidad las palabras según el protocolo para su nueva reina, Himeko.

Yo, Primer Ministro y Duque de Kioto, me convierto en vuestro vasallo y devoto servidor en la tierra y, leal y honestamente, os juro vivir y morir en vuestra defensa contra cualquier enemigo. Que Dios me ayude

Seguido de eso vi como Souma se iba acercando con devoción hasta los pies de Himeko, quien no demoró en envestirlo con el titulo de caballero real, mostrándole simbólicamente las escuelas que anteriormente tuve en mis manos.

Yo, Su Caballero Real, me convierto en vuestro vasallo y devoto servidor en la tierra y, leal y honestamente, os juro vivir y morir en vuestra defensa contra cualquier enemigo. Que Dios me ayude – Todos fuimos capaces de notar el peculiar tono de voz con el cual le juró a su reina. Le entrego su corazón con aquellas palabras y quizás ese seria el juramento más sincero nunca antes escuchado.

Por supuesto que ninguno de los tres me juraron a mí, para ellos yo no era su reina y aunque eso claramente me ofendió no me sentía en condiciones de reclamar nada, tan sólo quería un cuarto oscuro donde descansar.

El pequeño y ornamentado grupo de clero que estaba presente hizo una pequeña fila frente a nosotras, inclinando sus cabezas en señal de homenaje y "lealtad".

Comenzó a sonar el himno nacional y Himeko tomó mi mano entrelazándola. Me sorprendí, por supuesto, sentir su contacto me dejó helada por un segundo. Rápidamente comprendí que no lo había hecho por gusto sino porque esta era la parte de la ceremonia en que las dos nos teníamos que retirar de esa manera. Caminamos lentamente mientras ella saludaba a sus fieles súbditos, yo aún seguía disfrutando de la agradable sensación de caminar tomadas de la mano que increíblemente lograba desplazar a segundo lugar el horrible dolor de cabeza que estaba sintiendo, pero poco me duró aquel disfrute.

¡Apenas lleguemos a la puerta me sueltas la mano! - ordenó asqueada de mi presencia.

Si pudiera lo haría ahora mismo – le contesté fingiendo perfectamente frialdad.

No fueron muchos los pasos que dimos hasta llegar a la puerta donde sin escatimar recurso solté su mano y caminé directamente hasta Otoha. Vi como se sorprendió por mi presencia y sus mejillas se ruborizaron.

Alteza – mencionó haciendo una reverencia. Era la primera persona que me trataba por ese "nombre" y había un trasparente respeto.

Necesito de tu ayuda – mencioné algo apresurada.

¿Le duele la cabeza, cierto? - me llamó la atención su perspicacia.

Sí. Podrías llevarme hasta mi cuarto.

Por supuesto – no demoró en contestar.

Sin previo aviso pasé mi brazo por sus hombros y me apoyé en ella, era eso o caer rendida al suelo frente a todas las personas que deseaban mi muerte. Sentí como ella se tensó pero pronto rodeó mi cintura con su brazo y comenzamos a caminar, lenta y pausadamente.

HIMEKO.

Luchaba con todas mis fuerzas para calmar mi corazón. No hubo un segundo en toda la ceremonia en que no estuviese pendiente de Chikane. Temía que algo malo le pasara, podía ver en su rostro lo enferma que se sentía, pero claro, tuve que disimular. Es que no puedo dejarme doblegar por ella, me prometí no caer en su juego y eso es lo que estoy haciendo o al menos lo intento.

Cuando vi que ella pasaba su brazo por sobre los hombros de Otoha algo parecido a celos me invadió y desee haber sido yo quien la llevara lejos de todo esto. De alguna manera buscaré una excusa para ir hasta su cuarto y comprobar como sigue su salud.

Por otro lado el dolor de ver a Souma sufrir aún recorría mi sangre, sé que esto fue tan difícil para él como para mí pero necesitaba actuar antes de que los fundamentalistas. Ahora y sin darse cuenta, Chikane firmó el pergamino donde me cede a mí y al parlamento toda la soberanía del reino lo que al final del día la dejará con las manos amarradas. No tiene ni tendrá la potestad de mando, todo decreto debe ser revisado y firmado por mi para estar legalmente envestido. En conclusión, si los fundamentalistas quieren plasmar su ideología de gobierno sólo podrán hacerlo mediante un golpe de estado y para eso ya estamos preparados.

Alteza, al fin hemos concluido la ceremonia – comentó con entusiasmo el primer ministro.

Sí. Es un alivio saber que todo salió según lo planeado.

Majestad, debo retirarme – avisó el cardenal. Como se trataba de una ceremonia secreta no debíamos levantar sospechas.

Por supuesto cardenal, vaya con Dios – dije a modo de despedida.

Dios la ampare mi reina – dijo él inclinando su cuerpo y preparando las cosas para retirarse.

Volví mi vista al primer ministro para dirigirme a él.

Necesito que ahora te lleves este pergamino y lo guardes bajo siete llaves en el congreso. Ya encontraremos el momento adecuado para sacarlo a la luz.

Por supuesto alteza. Sabe que estoy a sus ordenes.

Por ahora no saldré del palacio. No quiero hablar ni ver a nadie.

Entiendo. Le llamaré en caso de cualquier cosa

Perfecto – dije y miré a Souma indicándole con ella que siguiera mis pasos.

Me retiré de manera rápida hasta mi habitación, al fin todo había terminado y desde ahora mi rol sería completamente diferente. Dejé de ser princesa para ser reina y también dejé de ser soltera. Obviamente omitimos los anillos matrimoniales entre las dos, ningún detalle se nos debía escapar si queríamos mantener esto en secreto, al menos por unos días.

Souma no demoró en llegar a mi cuarto, por supuesto que le dejé pasar inmediatamente.

Mi reina – dijo con cierto dejo de tristeza en su voz. El que ahora me llamara así significaba que el otra valla más nos separaba.

Lo lamento tanto, Souma – le consolé abrazando su cuello. Él de inmediato arropó mi cintura.

Ya no importa. Era lo que tenias que hacer. Sabes que nadie me separará de ti.

¿Es posible que tengamos que sufrir tanto?

No lo sé, pero el camino ya está tomado. Ahora sólo nos resta continuar contra viento y marea – me aparté un poco de él para verlo a los ojos

Erizaste cada bello de mi piel con tu forma de expresar el juramento que me hiciste – le reconocí algo avergonzada recordando el momento.

Creó que me salieron flamas de la boca. Por Dios juró que mataría y moriría por ti, amor.

No quiero que te separes de mí. Le diré a Chikane que sospecho de ella y que por aquella razón tu y yo dormiremos en el mismo cuarto – comenté.

Pero Himeko, ¿no crees que ya sospecha algo? - preguntó colocándose extrañamente nervioso. Yo fruncí mi ceño.

No me interesa si sospecha algo. No tiene manera de probarlo.

¿Por qué no le dices la verdad? - quiso saber

¡Estas loco! ¿Y ponerte en peligro? Eso nunca lo haría – dije rápidamente.

Yo no le temo, Himeko – aseguró

Sé que no le temes – acaricie su rostro – pero yo no te expondré.

Insisto, creo que lo mejor es que se lo digas …

Por primera vez esa idea rondo mi cabeza como una posibilidad. Decírselo me aliviaría enormemente, ya no tendría que fingir frente a ella y así evitaría que lo humillara cada vez que se le pega en gana. ¿Pero y si se lo toma a mal? Que sucedería si ella lo viera como una falta de respeto y quisiera vengarse … No podría soportar que algo malo le pasara a Souma.

Por ahora dejemos las cosas como están – pedí algo cansada.

De acuerdo – dijo besando mis labios - ¿Qué piensas hacer ahora?

Necesito hablar con Chikane (…)

¿Sobre qué? - sentí celos en su voz.

Debo dejarle en claro mis sospechas para que tú puedas dormir todas las noches conmigo – me apresuré en contestar.

¿Y debes hacerlo ahora? - preguntó molesto.

Prefiero hacerlo así.

Eres tan testaruda aveces – mencionó soltando un suspiro yo sólo le sonreí.

Voy a hablar con ella – dije retirándome lentamente de su lado.

CHIKANE

Al fin, alteza – exclamó llena de felicidad Otoha al haber parado una vez más mi hemorragia nasal. Tal como lo hizo aquella vez en que nos conocimos.

Creo que debo sacarme esta ropa – dije aún mareada – está toda manchada de sangre.

¿Si usted desea la puedo ayudar con eso? - noté a pesar de mi mal estado la vergüenza en sus palabras.

Me harías un gran favor – concluí al ver como mis manos no dejaban de tiritar.

Primero le desabotonaré esta blusa – dijo parándose frente a mí.

Me miraba fugazmente cada segundo. Decidió partir desabotonando de abajo hacia arriba con suma delicadeza y paciencia.

¿Estás nerviosa? - pregunté al notar lo evidente.

Algo (…)

¿Por qué? - quise saber, pero ella evitó responder – Yo no te haré daño – dije suponiendo que en cierta manera me temía como todo el mundo.

Eso lo sé, alteza – musito mirando el suelo y dejando de desabotonar mi blusa que ya dejaba ver parte de mi ombligo.

Entonces … ¿Te incomoda estar cerca de mí? Porque si es así te ruego te sientas libre para decírmelo, yo no te lo recriminaré – ella al escuchar mis palabras me miró sorprendida negando con su cabeza de forma casi imperceptible – No quiero que te sientas obligada a estar cerca de mí.

No diga eso, majestad, por favor (…) - algo de desesperación se dejó escuchar en sus palabras.

(…) - la quedé viendo sorprendida pero esperando a que continuara hablando, algo dentro de mí me decía cual era la verdadera razón y extrañamente no me molestaba.

Decirle la verdad sería faltarle el respeto, alteza, y esa no es mi intención.

Tú nunca me faltarías el respeto – tomé delicadamente sus manos entre mis manos con cariño para animarla a seguir. Ella está vez terminó por enrojecer completamente.

Yo … yo – ella mordió su labio notoriamente acomplejada.

¿Tú? - dije lentamente. Echó su cabeza lentamente hacia tras y soltó un suspiro como intentando encontrar las fuerzas que le faltaban.

Yo la amo – confesó con los ojos cerrados para evitar verme a la cara. Fruncí mi ceño, pues nunca espere esa respuesta, pensé que me diría que le gustaba pero ¿amor?.

Pero Otoha – tome su barbilla con las yemas de mis dedos y la obligue a mirarme, siempre con delicadeza. Pues su presencia realmente no me incomodaba, todo lo contrario – Apenas y me conoces – le recordé.

No le mentiría con algo así – sus ojos brillaban de manera impresionante – Y yo ya sabía de usted desde hace muchos años. Es una persona muy conocida en el reino.

Mira tus ojos – dije atraída por ellos, mirándola intensamente – nunca nadie me ha mirado como tú, ni tratado como tú lo haces. Yo no soy una buena persona, Otoha.

Perdóneme, yo no quiero incomodarla …

No me incomodas … Pero no quiero que sufras.

Sé que una persona como usted nunca podría fijarse en mí. Soy una sirvienta y me he desubicado profundamente, le pido mil disculpas – dijo reverenciandose. Algo en ella me recordó a mi misma. ¿Quizás el sentirse despreciada por lo que debe ser mientras que nadie conoce realmente lo que es? Sin darme cuenta me puse en su lugar y sin pensarlo la besé. Quería hacerle entender que no es su posición lo que no le permitirá estar conmigo, sino la maldad que corre en mi sangre.

Sus labios eran tan suaves como sus manos cuando me cuidan. No me incomodo apegar nuestros cuerpos porque en el fondo de mi corazón yo no estaba fingiendo ese momento. Ella me besaba con cuidado pero con mucha pasión, aún sorprendida y tímida a la vez, sentía como uno de sus sueños acababa de hacerse realidad.

Mientras yo disfrutaba besarla, eso hasta que comencé a recordar a Himeko, se me hizo imposible no compararlas. Sí, los labios de Otoha era suaves, pero no podrían compararse jamás a las nubes que tiene por labios Himeko. Tampoco logra ella hacerme sentir ni siquiera un 1% de lo que Himeko me provoca con tan sólo una mirada …

Nos separamos lentamente apegando nuestras frentes, obviamente ninguna de las dos dijo una sola palabra, pero ella no era capaz de ocultar su sonrisa.

Sin decir nada más continuó desabotonando mi blusa, sin ninguna otra intensión que ayudarme a cambiar mi ropa manchada, pero ahora la distancia de nuestros cuerpos ya no era tan grande, quizás sólo tres centímetros nos separaban.

Ella acabó de desabotonar mi blusa y usando sus dos manos comenzó a desprenderla de mis hombros aprovechando de acariciar mi piel con la palma de sus manos, todo con completa paciencia y ternura.

¿Se puede saber qué está pasando acá? - la voz de Himeko logró tensar cada uno de mis músculos.

De inmediato Otoha se aparto de mí y con ella mi blusa cayó completamente al suelo.

Vi en Himeko una mirada que nunca antes le había visto y no supe que decir.

Ya veo cual era tú dolor de cabeza – rugió furiosa acercándose lentamente a nosotras

Majestad, no es lo que piensa – se apresuró a comentar Otoha.

Vete de aquí, Otoha – le respondió ella cortante y sin siquiera mirarla.

No le quedó más remedio que obedecer y salió rápidamente de mi habitación.

No era necesario que le hablarás así – mencionó con pesadez mientras buscaba alguna blusa de repuesto para cubrir mi cuerpo.

¡No quiero que te acerques a ella!

¿Perdón? - musité incrédula – ¿Se te zafó un tornillo acaso?

Ella es muy importante para mí y si le llegas a hacer daño …

¿Me estas amenazando? - quise saber.

Tómalo como quieras …

Ella solamente me estaba ayudando a cambiar mi ropa – fue sólo cuando le dije eso que ella se percató de la sangre en mis pantalones, luego miró la blusa blanca en el suelo mezclada con rojo.

¿Qué te sucedió? - preguntó cambiando su tonó a uno preocupado.

Nada, mi falso dolor de cabeza me hizo sangrar falsamente mi nariz – dije recostándome en la cama y cerrando los ojos algo agotada.

¿Aún te duele? - indagó con suavidad en su voz.

¿Tú qué crees? - respondí cortante.

No es necesario que seas tan árida conmigo – se quejó.

Mejor dime ¿A qué has venido? - quise saber. Mirándola y contemplando sus ojos tan característicos.

Sólo quería recordarte que tú y yo seguiremos durmiendo en cuartos separados.

Eso ya lo sabía …

Bueno, también te informó que desde hoy y para siempre Souma dormirá conmigo en mi cuarto – apenas oí esas palabras salté como un tigre de la cama sin importar el dolor de cabeza.

¿Qué? - escupí con rabia. Ella se sorprendió ante mi reacción.

Lo que oyes.

¿Y por qué dormirá contigo el sirviente? - yo sabía perfectamente la respuesta, pero no podía evitar que la sangre me hirviera de tan sólo imaginármelos juntos.

Por mi seguridad, claramente …

¿Tu seguridad? Por favor Himeko, qué te puede pasar en tu propio palacio.

No sé, dímelo tú.

Ya te dije que no te haría daño – repetí una vez más.

Pues no confió en ti – ella cruzó sus brazos.

Entonces debo aceptar que todos los sirvientes sepan que ¡mi mujer! Duerme en el mismo cuarto con "su caballero de honor" - ironicé

¡No soy tú mujer! Y no vuelvas a repetir esas palabras, tan sólo pensarlo me da nauseas – algo en ese mismo instante estrujó mi corazón.

Se que no lo eres en la realidad, pero si en el papel. Es mi honor el que esta en juego.

¿Tú? ¿Honor? No me hagas reír. Qué honor puedes tener una asesina y una vestía como tú.

Soy una estúpida – comenté en voz alta al saber que sentir algo por ella fue lo peor que me pudo haber pasado. Justamente me tuve que enamorar de la mujer que debería odiar, que para mi mala suerte esta completamente y eternamente enamorada de otra persona y como si fuera poco me odia y aborrece más que a nada en el mundo …

¿Y qué viene ese ataqué de sinceridad? - quiso saber curiosa al escuchar la ofensa que yo misma me proporcioné.

¿Tienes algo más que decir? - contra pregunté para terminar con la conversación.

No – dijo manteniéndose orgullosa

Perfecto, que pases una linda noche entonces.

Ni si quiera son las tres de la tarde – avisó.

Estaba siendo irónica – le aclaré.

Vi que ella me miró algo asustada y de improvisó se acercó a mí, sacando de su bolsillo un pequeño pañuelo para ponerlo en mi nariz mientras me sostenía la cabeza.

¿Qué haces? - pregunté gangosa y molesta.

Tu nariz está sangrando demasiado – dijo algo pálida – ven, recuéstate lentamente.

Vete de aquí – le ordené apartándola bruscamente de mí y comprobando que la hemorragia volvió a resurgir.

No me iré – contradijo – No hasta asegurarme que estas bien – increíblemente sonó sincera y eso sólo me confundió más.

Qué pasa con Himeko, hasta hace unos días podía jurar que sentía algo por mi pero hoy al ver lo enamorada que esta de Souma me ha dejado las cosas claras …. y ahora actúa así.

Dile a Otoha que venga, ella sabe como ayudarme – dije cubriendo mi nariz con mi antebrazo.

Ah, claro. Otoha. Y seguramente yo no estoy capacitada para detener un simple sangrado

¿Cuál es tú problema?

¡Tú eres mi problema! - medio gritó

¿Entonces que haces aquí? ¡Lárgate con tu sirviente y déjame en paz!

¿En paz con Otoha? ¿No?

Con quien sea, pero en paz.

No la llamaré, ni tampoco me iré – ella caminó hasta el cuarto de baño de donde trajo una toalla – Tú elijes Chikane ¿O te dejas cuidar por mi o te cuido a la fuerza?


Mil disculpas por la demora pero el tiempo de verdad que no me acompaña ni me acompañará por otro lapso más.

De todas formas hoy decidí escribir algo aunque sea porque ustedes han tenido una paciencia gigante conmigo y es lo menos que puedo hacer para demostrarles cuanto les agradezco todo.

Como siempre les mando mis cariños a la distancia y quedo eternamente agradecida. Ojala les guste el cap, y nada, pronto (o no tan pronto) estará el nuevo cap. Les prometo que el tiempo que tenga con inspiración lo ocuparé para escribir.

SALUDOS Y ABRAZOS PSICOLOGICOS :D