Capitulo XI

El mundo entró en un pánico colectivo luego de que la estabilidad política de Asía se viera gravemente afectada por el atentado que sufrió la corona japonesa. Japón desconfiaba de China, pero no tenían pruebas como para poder juzgarlo frente a una organización internacional. De lo que sí había pruebas era de la traición de los fundamentalistas. El primer ministro japonés tenía en su poder una lista con los nombres de cada uno de los que intentaron realizar un golpe de estado y llevar al pueblo a una guerra civil.

Cada político, comandante, general, científicos, jueces y otros cargos importantes fueron tomados prisioneros por el delito de traición a la corona, entre ellos el padre de Chikane junto a todos sus secuaces. Chikane, por su parte, corrió con la misma suerte que cualquier otro fundamentalista, con la única diferencia que a ella la mantenía prisionera en el palacio, en aquellos calabozos antiguos y malolientes.

Todo el mundo tenía sus ojos en Japón y en el pronto e inminente juicio político que realizarían a los traidores. La única condena posible era la muerte y, con ello, el único consuelo para sus ciudadanos, que sólo clamaban por la sangre traidora en sus pies. No había otro método posible, era la ejecución o la ejecución. La única manera de calmar los nervios de los diferentes reinos, pues ninguno buscaba una guerra mundial. La idea era clara, acabar con cada rata del reino y, ya luego, preocuparse de quienes les brindaron apoyo a escondidas.

Desde que Chikane intentase matar a la reina ya había pasado casi tres meses, largo tiempo para una persona esclava de su propia mente. De alguna manera logro controlar sus impulsos de volverse loca, ya no tenía idea si era de día o de noche, no sabía cómo pasaba el tiempo… dudaba de la existencia del tiempo y comenzó a sentirse eterna en aquel vacío lugar… nunca antes una persona había deseado ser más mortal que ella.

Con millones de imágenes bombardeando su cabeza comenzó a armar el rompecabezas de su vida, paulatinamente, con desesperación y confusión, pero lo fue logrando. Empezó a tener un discernimiento claro de qué recuerdos eran reales y cuáles no, y de aquellos que fueron plantados en su memoria como si fuese un simple computador. El horror de su infancia revivió en ella un temor desconocido a la oscuridad, temblaba cada vez que era consciente del lugar donde se encontraba. Tenía la sensación de que en cualquier momento aparecería un científico con ganas de robar su vida, su mente, sus momentos…

El recuerdo de su madre golpeando su pequeño cuerpo tan sólo por llorar y, lo peor, llorar por un poco de su amor. Nunca fue amada por nadie, siempre la trataron como un experimento. La obligaron a odiar, a fingir, ser fría y calculadora… la entrenaron para ser una asesina y no le dieron opción. Ya no había duda, ella era el proyecto Lirio Negro, aquel en que los fundamentalistas depositaron toda su confianza.

Desde hace mucho ya no recibía sus medicamentes y, aunque las primeras semanas los síntomas de la abstinencia obligada casi la matan, al superar aquello supo que entre más lejos de su medicina más cerca está de la realidad.

Del mundo exterior no tenía noticia alguna. Sospechaba que Himeko estaba viva, pues de lo contrario, ella ya estaría bajo tierra. Pero de todas formas necesitaba verla y confirmar que se encontraba bien. Esperaba, en lo más profundo de su corazón que su plan hubiere dado resultado.

"no tenía alternativa, Himeko"… - susurró para su conciencia.

El plan era simple pero doloroso de llevar a cabo. Ese día en que se reunió con su padre, el día en que estaba dispuesta a luchar contra todos por Himeko, entendió que ella nunca podría sobrevivir con ella a su lado. Dejó drogarse por los fundamentalistas, la orden fue una sola… "asesina a la reina y hazte del trono", con el pueblo confundido ellos tomarían el control de cada poder del Estado, legislativo, judicial y ejecutivo…. Y si fallaba, si no daba muerte a Himeko, el amanecer de Japón hubiese sido un rio de sangre. Ellos atacarían Tokio sin preocuparse de guardar apariencias. Ya no tenía opción, debía actuar rápido.

La lucha más difícil fue contra ella misma. Sentía que su mente estaba dividida en dos partes y cada una con poder sobre su cuerpo. Ella necesitaba poner en peligro la vida de Himeko, era la única forma de bajar la guardia de los fundamentalistas y darle una razón al reino para encerrar a cada uno de ellos. Se preocupó de formar una lista con cada nombre de los traidores, lista que hizo llegar al primer ministro. Le ordenó a Amaya que escapara del reino con los documentos que habían estado analizando tanto tiempo y luego fue por su destino.

Sabía exactamente donde clavar el puñal para que Himeko pudiese sobrevivir. En el segundo que lo hizo supo que nunca se lo podría perdonar. El mundo necesitaba un antagonista en esta historia y, ella era perfecta para ese papel.

Ahí, sumergida y ensimismada en sus recuerdos más remotos escuchó un par de pasos apresurados que se acercaban a su calabozo. Se sentó en el camastro duro y helado, estiró sus piernas y apoyó su espalda a la pared, luego simplemente espero a que la puerta se abriera.

Le tomó un par de segundos acostumbrar su visión a la luz que se había encendido súbitamente, refregó sus ojos para acelerar el proceso. Cuando pudo ver la imagen que le regalaba el destino sintió alivio en su alma pero luego, sólo un segundo le bastó, para entender que la angustia hacía acto de soberanía en su corazón.

Himeko…. – susurró sorprendida.

La reina estaba de pie frente a ella con la mirada más fría que había visto jamás. Odio era lo único que trasmitía su cuerpo y por supuesto, sed de venganza. Era escoltada por Souma y dos guardias más, los cuales no demoraron en tomar sus manos y esposarlas sobre una mesa roída por el tiempo, mientras la obligaban a tomar asiento. Por más de dos minutos todo fue completamente silencio, sólo se miraban a los ojos, cada una intentando no perder el control.

Déjenme a solas con la prisionera – ordenó Himeko. Souma hizo un amago de pretexto, pero un rápido gesto de su reina lo detuvo. Lentamente salieron del calabozo – Lindo lugar, perfecto para alguien como tú – mencionó observando las húmedas paredes.

Se vuelve más llevadero conforme pasan los días – comentó Chikane intentando calmar su respiración.

Debo confesar que eres una extraordinaria actriz. Casi me creo todas tus mentiras… no, perdón. Me creí todas tus mentiras – rectificó Himeko sus palabras. Luego tomó asiento frente a Chikane.

Las cosas se salieron del control…

Ya lo creo…

Sé que sonará estúpido, pero no es lo que parece – Chikane buscó el tono perfecto sabiendo que estaba bajo suelo minado.

¿Y qué es lo que parece? – consultó Himeko sin despegar su severa mirada de Chikane.

No me hagas decirlo… No soy capaz de hacerlo – musitó angustiada. No era capaz de sostenerle la mirada y no por vergüenza, sino que por miedo a salir más lastimada. Se dio cuenta de que ya no contaba con aquella coraza que protegía su corazón.

Tu padre está muerto. Él y todos los fundamentalistas fueron condenados a pena de muerte. Quedan algunas ejecuciones, pero es cosa de días para que todos desaparezcan de la faz de la tierra – no pudo evitar estremecerse al comprender la falta de humanidad en sus palabras. Se supone que ese papel sólo le corresponde a ella y no a Himeko.

Supongo que vienes para darme la fecha de mi ejecución – por un lado sintió alivio. Pronto terminaría su infierno.

No, te equivocas. Para ti hay algo especial.

¿Algo especial? – repitió curiosa.

Eres una desgracia de persona, por donde te mire. No podía regalarte la paz de morir, no antes de que pagues todo lo que hiciste.

No me interesa lo que hagas conmigo, Himeko. Sólo me interesa que tú estés bien – la reina soltó una ligera sonrisa al escuchar aquellas palabras. Ladeo su cabeza para analizar a su prisionera y apretó sutilmente su labio inferior.

No es necesario que sigas con tu farsa. Ya se todo de ti. Incluso sé a cuantas personas has matado – Chikane alzó sus cejas sin poder disimular la sorpresa. Rápidamente recobró la poca compostura que le quedaba.

¡Felicidades! – exclamó sin ánimo de herir a nadie – ahora que ya estas al tanto de la bestia que soy, puedes decirme de una vez lo que harás conmigo – cada palabra pronunciada encontró refugio en sus temores más ocultos.

Primero explícame cómo mataste a mi padre, maldita rata – escupió con tanto odio que por un momento creyó que la abofetearía.

No querrás saber aquellos detalles… ¿Qué ganas? Sólo sufrimiento – explicó. Deseaba que todo acabara y que Himeko pudiese superar lo antes posible todo sentimiento negativo, no por ella, sino para que pudiese ser feliz.

¿Qué gano? Pues te diré lo que gano. Gano paz en mi corazón. Gano consuelo para el alma. Gano no seguir imaginando cada maldita noche cuánto sufrió…

Él no sufrió… no físicamente – dijo casi en un susurró sin convicción. La verdad es que no tenía la menor idea de cuánto pudo sufrir el rey, pero no se lo diría.

¡Eres asquerosa! – golpeó la vieja y sucia mesa que las separaba.

Lo sé – dijo ella agachando la mirada.

No tienes idea de cuánto te odio y, de lo que soy capaz en estos momentos con tal de vengar a mi padre.

Lo imagino…

No, no lo imaginas – corrigió Himeko de inmediato con demasiada energía. Luego se formó un extraño e incómodo silencio entre las dos.

¿Cómo lo supiste? – preguntó Chikane pues necesitaba saber.

Tú padre me lo contó todo… el muy estúpido te echó a las hienas con tal de salvar su ya condenado pellejo. Por supuesto que no le sirvió de nada. Aprovechando su desesperación fui capaz de saber todo de ti.

¿Absolutamente todo? – interrogó Chikane. Para nada le sorprendía que su padre hubiese confesado todos sus crímenes, lo que la inquietaba era saber cuánto contó. Si Himeko estaba al tanto de la manipulación mental de la que fue víctima.

Aparte de asesinar a mi padre y muchas otras personas y, querer quedarte con mi reino ¿Hay algo más que deba saber? – notó como los ojos de Himeko demostraron temor a sentir nuevamente la desilusión.

Aunque te lo cuente, no creo que quieras creerme – jugó nerviosamente con sus dedos debatiendo si contarle o no.

Escupe todo lo que tengas que decir, porque ésta será la última vez que nos veamos las caras – un fuerte dolor en su pecho se alojó luego de entender que nunca más volvería a escuchar su voz ni ver su rostro.

Qué más da – mencionó alzando sus hombros – te contaré todo lo que he descubierto de mí. Espero que creas lo que te diré.

Habla…

¿Recuerdas mis dolores de cabeza? – Himeko no respondió nada, sólo la miraba de manera severa e impaciente – Ya sé la razón. Nunca supe muy bien quién era, no tuve la oportunidad de conocerme a mí misma, solo cumplía los deseos de mi padre y su clan… Eso hasta que te conocí.

Por favor no comiences con ello. No te atrevas a decir que me amaste o algo parecido. ¡Tú no sabes amar!- aseguró con un énfasis sádico en su voz.

Claro que no sé amar – reconoció con pausa – fui entrenada para no hacerlo – vio como Himeko frunció el ceño – Desde pequeña mis padres hicieron experimentos científicos conmigo y de alguna manera lograron dominar mi voluntad – Himeko la quedó viendo dubitativa por unos segundos, luego bofó un rugido.

¿Eres estúpida? ¿Realmente crees que me tragaré todo lo que estás diciendo?

Me tiene sin cuidado si me crees o no – mintió y al tragar sintió un sabor amargo, era desilusión.

¿Sabes algo? No vine aquí a escuchar tu triste historia, vine a que me digas ¡qué le hiciste a mi padre! Y por tu bien, te aconsejo que lo hagas – amenazó.

De acuerdo – dijo en medio de un suspiro rebelde – La noche de tu cumpleaños era la fecha en que los fundamentalistas planearon para iniciar el holocausto estatal del reino – notó que Himeko sufría pero no dio tiempo a que ella replicara nada, sólo continuó – Para ello la orden era clara y precisa… yo debía asesinar al rey y al ser tú una mujer soltera reclamar mi lugar en la sucesión junto a ti.

¡Qué asco me das! – rugió con furia.

Uno de nuestros aliados lo citó en su despacho para hablar de un asunto "urgente" – dejó ver que ese urgente realmente no existía sólo con el tono de su voz – Tu padre se presentó ahí y yo sólo terminé por concluir el plan.

¿Qué le hiciste? – preguntó nuevamente perdiendo la paciencia.

Le obligue a saltar desde el balcón – confesó con los dientes apretados.

¡MALDITA, MIL VECES MALDITA! – gritó tan fuerte que Souma no dudo en golpear la puerta del calabozo – ¡No entres! – ordenó Himeko y el chicho comprendió no haciendo nada – Ni siquiera encuentro palabras para describir cuanto te odio.

Entiendo… No puede pedirse otra reacción.

Eres fría y calculadora. Tu alma está podrida de maldad… Maldigo el día en que naciste y el que te conocí – A pesar de su voluntad no lograba controlar el temblor de su cuerpo que encontraba su génesis en el odio hacía Chikane.

Él no quería saltar… Tuve que obligarlo amenazándole con tu seguridad – al decir aquellas palabras miró de reojo el rostro de Himeko y sintió miedo de lo que ella podría ser capaz. En menos de dos segundos la reina abofeteo cada parte de su rostro con todas sus fuerzas. El sonido de la piel chistó agudo y comenzó un ardor en sus mejillas. Chikane quedó con la cara paralizada justo donde la fuerza del golpe la impulsó, no quiso moverse.

¡Quiero detalles! – exigió soltando un llanto desesperado.

No te los daré. Haz lo que quieras conmigo, pero no te los daré. Sólo te hará daño.

No me interesa sufrir, no soy capaz de sufrir más. ¡Dímelo!

¡NO! – gritó Chikane completamente segura – No lo haré. Mátame si quieres, pero no lo haré.

¿Cómo puedes ser así? – consultó la reina aún más desilusionada mientras secaba sus lágrimas.

Himeko entiende… Ya no vale la pena que sigas auto flagelando tu corazón. Y yo no quiero ayudarte con ello.

Tú no quieres ayudarme con nada…

Eso no es cierto. Dejé todo por ti – se armó de valor y estiró una de sus manos para alcanzar la de Himeko, no supo si fueron las cadenas o el rechazo por reflejo el que evitó el contacto.

¿Qué dejaste por mí? Eres asquerosamente mentirosa… Un monstro, ni siquiera te imaginas cuánto me odio a mí misma por haber sentido cosas por ti.

Nada es lo que parece, Himeko …

¿Ah no? – preguntó con ironía – ¿Acaso no mataste a mi padre?

Sí, pero no fue un acto voluntario.

Guarda tus pobres argumentos, porque no me interesa escucharlos.

No sabes lo que daría con tal de sólo devolver el tiempo y resarcir mis errores. Me arrepiento de haber sido tan estúpida y no darme cuenta de la realidad, me arrepiento, también, de no haberte expresado todo el amor que guardo por ti cuando pude haberlo hecho.

¡Cállate! – ordenó en un susurro – no vuelvas a mencionar aquello. Sólo recordar lo cerca que estuvimos me mata el alma.

Perdóname, Himeko – suplicó con el corazón abierto.

Nunca, nunca te perdonaré. Te odiaré hasta el último día de mi vida…

No sabes cómo lo siento…

¿Ahora lo sientes? – sonrió con burla – Ahora que ya estas atrapada como una rata te arrepientes. ¡Eres una cobarde! ¡No vales nada! ¿me escuchas? ¡NADA!

Lo se …

No, ahora lo sabrás – Himeko se levantó de un golpe y se acercó a ella, tanto que sintió como su piel se estremecía. ¿Cuánto crees que vales, Chikane? – susurró acercando sus rostros.

No sé a qué te refieres, exactamente – se sinceró sin poder apartar la mirada de sus ojos – Himeko la abofeteó una vez más y se alejó de ella un par de metros.

¡Souma, hazlos pasar! – ordenó la reina con severidad. De inmediato Chikane puso atención a la puerta. En un momento vio aparecer al chico junto a tres hombres que dejaban mucho que desear en su apariencia.

Cada uno de ellos tenía ropa extraña, no parecían ser del reino. Por sus facciones supo que era asiáticos, pero necesitaba escucharlos hablar para deducir el reino de origen. De los tres, uno era barrigón y mal oliente, con una barba sucia y larga con restos de comida y seguramente alcohol. Otro era más limpio pero no tenía clase. Con sus manos sucias hizo una reverencia a Himeko. Y el ultimo era un hombre que parecía tener educación y algo de dinero, pero para nada de la clase alta… ¿Quiénes son ellos? Se preguntaba mentalmente.

Alteza, quería pedir su permiso para quedarme junto a usted – solicitó Souma con una extraña sonrisa en su rostro.

Concedido – mencionó Himeko. Notó que la reina miraba a aquellos hombres de manera severa y sin una gota de confianza. No eran de su agrado, pero qué demonios hacían ahí – Caballeros, ella es Chikane Himemiya – comentó Himeko con mucha solemnidad para el momento – Una mujer de 18 años, joven y fuerte, muy fuerte. Es bella también, como pueden apreciar – Chikane comenzó a sentir nauseas, algo le decía que todo acabaría mal para ella, peor de lo que algún día imagino – Tiene una excelente educación y buenos modales… Tanto que ella fue mi esposa y, por un pequeño periodo de tiempo reina de Japón – vio como los hombres la miraban como un pedazo de carne en navidad – Yo no entiendo mucho de este negocio y, para nada estoy de acuerdo con él. Pero esta mujer es una rata al igual que ustedes y prefiero que la manada permanezca junta, ¿si me explico? – consultó retóricamente – Ahora la pregunta es sencilla ¿Cuánto me dan por ella? – Chikane la miró de inmediato. Enseguida comprendió que planeaba Himeko y no lograba caer en la realidad.

Alteza – dijo el hombre de barba asquerosa – de haber sabido hubiese venido preparado para la ocasión. Lo que puedo ofrecer por ella son tres mil yenes – dijo con pesar.

¡Yo ofrezco un millón! – gritó otro rápidamente.

No puedo superar aquello, sólo cuento con seis mil yenes – dijo el tercero de ellos, el hombre que ofreció un millón se regocijó.

¿Un millón? – exclamó sorprendida Himeko, luego giró su cuerpo para mirar a Chikane quien estaba sudando helado – ¿Te das cuenta cuánto puedes vales?

Himeko, no hagas esto – le suplicó con temor – No te conviertas en alguien que no eres.

¡Tú me convertiste en lo que soy ahora! – retiró sus ojos de Chikane y volvió con los hombres – Tú, el más asqueroso de todos – dijo refiriéndose al barbón – ¿cuánto vale esa camisa roída? – todos se sorprendieron con la pregunta.

Ni siquiera un yen, alteza – dijo el hombre sin mirarla a la cara.

Dame un botón de tu camisa y te la puedes llevar – dijo con seguridad.

Himeko… - susurró Chikane.

¿Es verdad? ¿Sólo un botón? – consultó el hombre sin poder soportar el asombro.

Es una oferta de pocos segundos. ¿Sí o no?

Sí, alteza. Un placer hacer negocios con usted – masculló el individuo arrancándose un botón con demasiada energía. Souma lo recibió y se lo pasó a Himeko, ésta lo contempló por varios segundos.

Está hecho – dijo al fin – déjenme nuevamente a solas. Souma, afina los detalles con él como estaba planeado, por favor – el chico asintió y junto a los otros se retiraron del lugar.

¿Me vas a vender como esclava? – consultó Chikane con el alma partida.

Ya te vendí – corrigió ella – Es la vida que te mereces. Esta misma tarde te iras a China junto a ese imbécil, y espero que sufras toda tu maldita vida…

Himeko… - susurró Chikane con los ojos cristalinos. Se sorprendió de sí misma, no recuerda la última vez que fue capaz de derramar un par de lágrimas - ¿En quién te convertiste? – preguntó asombrada y temerosa.

Dímelo tú.

Eres capaz de todo con tal de hacerme daño, incluso de transgredir tus valores y la misma constitución – la voz de Chikane apenas y se escuchaba.

Vete de mí reino y no vulvas. Si vuelves te meteré una bala en la cabeza…Y no es una advertencia sino una amenaza. No dudare en hacerlo.

¿Acaso me dejas opción?

¿Acaso le diste alguna opción a mi padre antes de matarlo?

Las cosas no son como tú crees – insistió en ello con suavidad y resignación.

Las cosas son como parecen ser y no perderé mi tiempo en buscar una realidad distinta. Hoy firme mi venganza y mi paz interior.

¿Tú paz interior? – consultó irónicamente Chikane – Con esto tendrás que vivir el resto de tu vida y será un peso que no podrás soportar.

Deja de subestimarme, Chikane – ordenó una alterada reina – Ahora soy otra persona.

Lo que estás haciendo es un delito. ¡No te das cuenta que puedes perder tu corona por ello! – exclamó preocupada.

Quiero arriesgarme. El precio a pagar no es tan alto como la recompensa de saber que serás miserable – Himeko contempló nuevamente el botón en sus manos - ¿Sabes? Yo creo que vales mucho menos que esto – dijo haciendo alusión al objeto en su poder – ¿Qué piensas tú?

Temo que seas descubierta y te juzguen por lo que estás haciendo. Tú no te mereces echar a perder tu vida – mencionó Chikane con una fidedigna angustia por la chica que le robo el corazón.

Debiste pensarlo mucho antes de llegar a mi vida y arruinarla…

Yo al contrario, he sido tan feliz contigo. Sé que la culpa es mía por fingir una careta que nunca existió, sino que fue inventada. De qué me sirve intentar explicar mi verdad si tú no quieres escucharla y, estas en todo tu derecho, pero te lo ruego… Nunca pongas en duda mi amor hacía ti.

¡Cállate! – exclamó sorprendida y rabiosa.

Yo nunca fui lo que querías, pero intente ser mejor para ti. Luche contra mí misma y sólo yo sé cuánto costó. Estoy agradecida de haberte conocido y de haber sacado un par de sonrisas de esa boca. Hasta hoy, nunca logramos odiarnos realmente aún a pesar de que la naturaleza nos hacía ese llamado – sonrió tristemente – siempre con ese juego de amor y odio que solamente me enamoraba cada día más.

Todos esos momentos están borrados de mi memoria – advirtió la reina aún colérica, pero atenta a las palabras de su prisionera.

De la mía no y lucharé cada día para que permanezcan ahí – la miró directamente a los ojos y así se quedaron por un tiempo razonablemente largo para la situación – Fuiste lo más hermoso que me pasó…

Y destruiste mi vida, mi ser y mi ganas de vivir – confesó sollozando. Las palabras de Chikane comenzaban a hacer ecos en su interior.

No me alcanzará la vida para terminar de arrepentirme por el dolor que te causé. Y sé que estúpidamente seguiré soñando con tu amor y lo que pudo ser entre las dos.

Yo te amé como nunca pensé amar. Superé las barreras de lo normal por ti y comencé a tener una vida extraordinaria cada vez que miraba tus ojos – Himeko soltó el llanto que tanto se obligó a suprimir – Pero todo se torció. Ni siquiera pude disfrutar de la magia que pretendiste crear. Magia por la ficción de tu corazón.

No es así, Himeko. Te amé desde la primera vez que te vi. Te deseaba cada noche. Odié a Souma por ser él quien te acompañaba con caricias. Te amo ahora, ahora que me condenas a una vida sin calidad de ser humano… te seguiré amando por siempre, no importa cuánto me odios. Mi amor no desaparecerá.

No harás que cambie de opinión. No gastes energías – aclaró Himeko con la voz temblorosa.

No pretendo eso. Acepto tu condena si ello te sugiere la paz que, insisto, no encontraras de esta forma. Pero lo acepto. Lo que no acepto es que dudes de mi amor.

¡Asesinaste a mi padre! ¿Cómo demonios se supone que no dude de tú falso amor?

El odio te tiene cegada… Espero algún día te enteres de mi verdad y si ese día llega, por favor recuerda que sí me enamoré de ti y por tu amor fui capaz de ser libre de mi propia mente y mi padre.

No quiero y no puedo seguir escuchándote – Himeko se acercó rápidamente a la puerta de aquel calabozo. Dado la espalda a quien fuera la mujer que algún día amo con desesperación pronunció su despedida – Que tengas una horrible vida junto a tus nuevos amos….