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No hay tiempo, el reloj de arena sigue corriendo, y cada vez queda menos.

Corre desesperado mientras un Megadramon le persigue por el amplio bosque en el que se encuentra. Taichi se había separado de Takeru y Sora una vez llegado al digimundo. Despertó solo sobre una alfombra de tierra y césped. En medio de un bosque. Aturdido busco gritando los nombres de sus amigos, no cabía duda que estaban en el digimundo, pero no les encontró a excepción del digimon que le persigue en ese instante.

Huye y esquiva los ataques por muy poco, solo es cuestión de tiempo para que uno terminé con su vida. Como deseaba que en ese momento Agumon estuviera con él para hacer frente a la amenaza.

Entorna su mirada en busca de refugio y encuentra la entrada a una cueva cercana. Sin embargo, un nuevo ataque de Megadramon impacta a centímetros de donde el corre y cae de espaldas sobre el suelo; golpea su espalda con algo duro y espinoso.

Grita de dolor, un grito desgarrador. No se rinde y como puede se levanta para continuar con su carrera. Ve por su hombro derecho al digimon que sobrevuela su cabeza, no puede evitar sentir que solo está jugando con él.

Emprende la carrera hacia la cueva, pero para cuando el digimon que le da caza se percata de su plan es demasiado tarde. Consigue entrar en la cueva que es profunda, y se introduce hasta el punto que el digimon y sus ataques no puedan hacerle daño, pero no tanto como para encontrarse con un nuevo peligro.

Con falta de aire y sus músculos tensos se recarga sobre la pared y reposa unos minutos. Fatigado sus piernas desfallecen de apoco resbalándose por la pared rocosa hasta quedar sentado en la obscuridad.

Escucha como al fondo el digimon está atacando la entrada de la cueva, planea dejarlo enterrado allí.

Un escalofrió le recorre la espalda al pasar la idea en su mente de quedarse en ese lugar para siempre. No puede permitir que eso suceda. En su mente existe solo un objetivo; Hikari. Salvar a su hermana de lo que sea que le esté ocurriendo.

—Bien, si eso quieres.

Se pone de pie cuando un nuevo ataque hace que un par de rocas caigan sobre la entrada, creando así su tumba.

Cuenta que entre cada ataque el digimon se toma un par de minutos, deduce que lanzará uno nuevo y será su oportunidad para salir corriendo con todo lo que le dieran sus piernas lejos de aquel lugar. Da una gran bocanada de aire, sus pulmones están preparados, sus piernas inyectadas de adrenalina dispuestas a darlo todo y su corazón agitado.

El ataque dio en la entrada haciendo caer pedazos de roca, y solo dejando un pequeño claro por donde pasar.

Con la adrenalina siendo bombeada por todo su cuerpo sale disparado por el pasillo de la cueva, pasa por el claro de entre las rocas y se adentra con gran velocidad en el bosque. El Megadramon no se percata de la huida de Taichi, se encontraba dando un giro para dar un nuevo ataque y esto lo agradece el castaño que empieza alejarse antes de que el digimon se dé cuenta de su ausencia.

Corre y escucha a su espalda que el digimon sigue atacando la cueva. Entre más pone distancia menos escucha el derrumbe de la pared rocosa de la cueva.

Cansado busca un punto donde descansar, y lo encuentra en un punto del bosque donde los arboles tupen como un techo la parte superior del claro. Es como un techo natural. Reposa sobre un árbol mientras piensa que es el paso a seguir.

—Debo encontrar a los otros.

Posa sus manos sobre su rostro.

—Debo localizar de algún modo a Agumon.

Si algo entendió al llegar al digimundo es que este estaba corrompido. Su encuentro con Megadramon, quien le atacó sin razón alguna, le hizo ver que todo estaba mal. Y estaba seguro que ese mal venia de parte de su hermana.

Mueve su cabeza negativamente, no puede permitir que esos pensamientos lo atormenten. Su hermana es un ser de luz, eso debe tenerlo claro y nunca dudar de aquello. Pero la imagen, la última, que tiene de su hermana en la sala de su casa no le ayuda mucho en mantener aquel pensamiento positivo.

Unos ruidos a su espalda lo ponen en alerta, mira por sobre el tronco para ver quien se aproxima. Los arbustos de alto follaje no le permiten ver con claridad quien camina en su dirección, reprime el impulso de preguntar por si son sus amigos. Hacer aquello lo delataría, y si no eran ellos se metería en graves aprietos.

Un nuevo sonido, como una explosión, hace eco por el bosque donde se encuentra. No ubica por donde viene el sonido. Pero aquella explosión no inmuta a los que van en su dirección.

Sospecha que no es buena señal ninguna de los dos sonidos. Las pisadas, y la explosión. Se recarga sobre el tronco mientras su respiración se agita. Debe correr, pero hacerlo solo alertara a los que van por él. No obstante, no le quedan muchas opciones.

Corre una vez más ante la súplica de sus piernas por no hacerlo. Corre pero lo detiene algo por detrás.

Unas manos grandes y grises le toman del hombro y lo empujan hacia atrás, cayendo de lleno sobre el suelo y dañándose sus glúteos. El dolor le recuerda que todo lo que está sucediendo es real, y que no está soñando por más que lo deseara.

—Demonios —se queja, por el dolor.

Alza su rostro para ver quien lo ha detenido, y se encuentra con un Ogremon salvo que de piel gris y no verde como de costumbre. Se cuestiona si es el mismo que conoce, aquel que los perseguía en la Isla File hace tantos años atrás.

El digimon no dice nada y permanece quieto mirándolo como si fuese un robot.

Una nueva explosión pone en alerta al castaño que siente su pecho ser oprimido por los nervios. Algo sucede en las lejanías, y no puede dejar de pensar que se trata de sus amigos; agregando que se encuentra a merced de Ogremon.

—¿Eres tu Ogremon?

Pregunta en un intento por deducir si es bueno o malo, si está detrás de él como el Megadramon de momentos antes.

—¿Ogremon?

El digimon solo permanece en su lugar si expresar nada ni en un gruñido como solía ser. Se limita a verlo como esperando algo. Sus sentidos empiezan agudizarse por los nervios y la adrenalina, y puede sentir que no está solo.

De entre los arbustos una figura definida se aproxima, oculta por las sombras no puede reconocer si se trata de un digimon humanoide o de un humano,

—Sabía que no me podrían dejar partir.

La voz es la de su hermana, y esto le hace recobrar fuerzas.

—Tenían que venir detrás de mí como perros.

Una sonrisa marcada con desprecio martillea en los oídos de Taichi. De entre las sombras que las ramas de los arboles brindan la figura de su hermana se hace presente. Una figura hermosa pero a su vez distorsionada de lo que ella es en realidad.

El cabello sigue de igual de largo cayendo a raudales, pero una pequeña agarrada en un listón rojo como la sangre. Su piel pálida marca con énfasis sus labios rosados carentes de su sonrisa, y sus ojos ennegrecidos alejados del marrón de su antigua belleza.

Caminaba de una forma que le recordó a una serpiente, sensual y mortífera. Su indumentaria consiste en un vestido carmesí envuelta en una túnica negra como la misma noche. En sus muñecas dos brazaletes resplandecen aun con la poca luz que se filtraba, y en cada uno hay una figura que se dibuja como un mal augurio.

Es hermosa, no cabe dudar en la mente de su hermano, pero es una belleza retorcida. No hay luz en ella como antes.

—¿Hikari?

Elle esboza una amarga sonrisa, con toque de burla.

—Hermana, ¿Qué te sucede?

—Tu hermana no existe más, Hikari ha muerto.

Camina a su alrededor, mirándole con sus ojos de cazadora. No le agrada como se siente ante la amenaza que es su hermana, y la lucha interna por no querer verla como un peligroso enemigo.

—Quiero que entiendas, con sangre para que se te grabe en el corazón, que tu hermana no existe más —la voz es aún la de ella, y eso lo pone en conflicto—. Deseo fervientemente que veas como yo, un ser supremo, manipulo ambos mundos y los convierto a mi semejanza.

Ardo en deseo por que veas como yo, la que dices hermana, destruya lo que amas. Para que entiendas que tu hermana, el ser que amas es solo un recuerdo. Destruir lo antiguo para que ames al nuevo yo, quiero que abraces mi nueva existencia como una religión.

—¿Qué locuras dices, Hikari?

—Quiero que te unas a mí.

—¿Qué?

Taichi no da crédito a lo que su hermana dice, a todas las locuras que salen de su boca. Esta aturdido por la presencia deforme de su hermana, pero aún más, se encuentra dolido por aquella negrura que ahora es su ser.

—No entiendo ¿Qué es lo que deseas hacer, hermana?

—Tienes potencial para ser mi lugarteniente —se detiene enfrente del castaño, y sus ojo se clavan como dagas en su corazón—. Juntos podemos hacer tanto.

—No, yo jamás me uniera a nadie que quiera hacer daño —baja su rostro dolido, y agrega—: aunque seas mi hermana.

Hikari, la versión distorsionada, pone una mueca en sus labios. Sus manos se vuelven un puño, su ceño de frunce y su mirada se ennegrece.

Esta molesta por la respuesta de Taichi, y este lo sabe, quería la respuesta afirmativa y creyó obtenerla solo por ser familia. Consiente de la situación, consigue ver dentro de su hermana. Comprende. Existe un reloj que avanza, marca el final de todo, pero puede advertir que aún hay tiempo.

—Es una lástima.

Le da la espalda con desprecio.

—Mátalo.

Dada la orden su hermana se difumina como una luz que se pierde en el crepúsculo del atardecer. Con su partida, Ogremon levanta su garrote de hueso con incrustaciones de metal en forma de punta. No duda en arremeter contra la existencia de Taichi, quien sabe que no puede esquivar el ataque.

Resignado solo espera que el garrote golpe de lleno en su cráneo, haciendo explotar su cabeza esparciendo sus sesos por todo el lugar.

Cierra los ojos esperando el golpe, pero nada sucede. Al abrir los ojos observa como Agumon ha saltado sobre el brazo musculoso del digimon gris, y lo está mordiendo con toda sus fuerzas. Evita que el golpe sea dado, salvando su vida.

—¡Agumon! —exclama, con excitación.

Ogremon sacude con fuerza su brazo lanzando en el proceso a Agumon. Taichi corre para amortiguar su caída, y lo atrapa entre sus brazos.

—Agumon, que bueno es verte.

—Taichi ¿te encuentras bien?

—Contigo a mi lado por supuesto.

Ogremon no les permite continuar. Se lanza sobre ellos que logran esquivar el ataque, que con fuerza a dado de lleno en el suelo creando un gran hoyo.

— Agumon, es momento di que le muestres de que estamos hechos.

—Sí, Taichi.

Agumon brilla con una luz opaca, pero suficientemente brillante para cegar por un momento a su oponente. La luz incrementa en una esfera de gran tamaño, pero cuando se apaga ya no es Agumon quien enfrenta a Ogremon.

Greymon se hace presente, y ataca a su rival.

Se libra una batalla feroz entre el digimon de Taichi y el seguidor de Hikari. Ogremon, en su versión gris, es muy poderoso haciendo difícil la lucha a Greymon. Aun cuando ambos son del mismo nivel. El digimon infectado es superior, y eso lo nota enseguida Taichi quien se lamenta no poder hacer que Greymon pueda pasar al siguiente nivel.

Desde que los emblemas fueron usados en un último acto de salvar al digimundo años atrás, sacrificaron las evoluciones de perfección.

Con fuerza aprieta su mano que sujeta el digivice. Desea poder ayudar a su digimon, que lucha ferozmente contra Ogremon. Transferirle sus fuerzas a través del dispositivo en su mano y que pueda vencer a su rival, que empieza a tomar la ventaja.

—Vamos, Greymon, demuestra quien eres.

En ese instante Greymon y Ogremon se enfrascaban en un combate de fuerza, sosteniendo las manos del otro y empujando. Escuchar los animos de Taichi hicieron que en Greymon una fuerza cobrara importancia, y comenzó arrastrar hacia atrás a su rival.

En un momento Ogremon trastabilla y cae al suelo, lo que aprovecha el digimon de Taichi. Lanza una bola de fuego incandecente al rostro del digimon.

Da de lleno.

El impacto es tal que el mismo Greymon sale disparado hacia atrás, cayendo a unos metros de su compañero. Taichi corre hacia su amigo, que pierde energías y vuelve a ser un Agumon.

—Buen trabajo, amigo.

Ogremon yace a metros de distancia inconsciente por la gran fuerza del poder de Greymon.

—Es momento de irnos.

—Taichi, es bueno volver a verte.

—Amigo.

Acongojado ayuda a su digimon a incorporarse. Se dan un fuerte abrazo que llevan deseando dar desde años.

El tiempo de reencuentro se ve truncado por un gruñido de Ogremon, que inconsciente está valiendo en sí. Los dos se miran y entendiendo al otro salen corriendo por un claro que da hacia unas colinas.

Corren cuando una explosión vuelve a sonar en las lejanías, pero ahora con la visión despejada observaron que en el cielo, hacia el norte, Birdramon lucha con brutalidad contra un Kuwagamon; igual de gris que Ogremon.

—Sora.

—Vayamos ayudarles.

Taichi asiente y emprende la marcha hacia donde su amiga libra su propia batalla.