Miedos
4
…
"Sabemos lo que somos, pero aún no sabemos lo que podemos llegar a ser…"
William Shakespeare
Albus se siente mal. Ha hecho sufrir a su padre innecesariamente y lo lamenta mucho.
Como había estado haciendo desde hace tres semanas atrás, después de que su padre se iba a trabajar, regresaba a la feria y continuaba con los trabajos que el Maestro Riddle le asignaba. Albus se sentía normal entre los gitanos, ya conocía a muchos y todos lo trataban como a uno de ellos, a pesar del poco tiempo trabajando en la feria. Sin embargo, esa noche había ocurrido algo inesperado.
Mientras ayudaba en el show de los titiriteros, escucho una voz que lo dejó helado de pies a cabeza. En la entrada de la feria, gritando su nombre y desesperado, se encontraba su papá. El Maestro Riddle apareció y miró de reojo a Albus antes de acercarse a Harry.
-¿Dónde está mi hijo? –demandó, y Albus solo pudo tragar grueso. No podía moverse, sus extremidades no le respondían. Sabía que estaba en problemas.
-Cálmese. –Habló con voz plausible, el Maestro Riddle.
-¡No quiero calmarme! ¡Solo quiero saber dónde está mi hijo Albus! –Albus al fin pudo moverse, decidiendo que de igual forma debía enfrentar a su padre. Al acercarse, pudo ver las lágrimas que de lejos y a causa de la oscuridad eran invisibles. Su padre estaba llorando de nuevo.
-El chico se encuentra bien. Tranquilícese. –Espetó de nuevo el Maestro Riddle.
-¿Quién es usted? –Harry por primera vez caía en la presencia del hombre frente a él. Pero no fue por mucho, Albus al fin había aparecido frente a su padre y éste se arrojó sobre el para encerrarlo en un enérgico abrazo.
-Lo lamento. –Fue lo único que logró decir Albus. Harry simplemente siguió llorando sobre su cabello. En medio del abrazo, Albus pudo sentir lo caliente que estaba la piel de su padre, estaba con fiebre. Entonces, Harry se desmayó.
El Maestro Riddle fue quien sostuvo al padre de Albus antes de que los hiciera caer a ambos. Lo cargó en sus brazos y se dirigió hacia su tienda personal, pero antes de entrar, dirigió una mirada a todos los que habían presenciado el pequeño drama de Harry e hizo que volvieran a sus asuntos. Riddle llamo a Albus y éste obedientemente lo siguió.
Ya estando dentro de la tienda, el Maestro Riddle recostó a Harry en un diván y le hizo beber algo extraño de un frasco. Albus miraba todo aquello en silencio, no se atrevía a decir nada.
-Sabrás bien que no podrás regresar a la feria, ¿cierto? –Habló con voz profunda, Riddle.
-Lo sé. –dijo Albus, cabizbajo.
-Lo hacías por él ¿verdad? ¿Trabajar? –El Maestro Riddle nunca le había preguntado sus motivos para querer trabajar en la feria, y él nunca sintió necesario dar explicaciones. Pero ahora era diferente.
-Solo quería ayudarlo. –Inevitablemente comenzó a llorar, él solo quería hacer algo bueno por su padre, no era su intención asustarlo o preocuparlo.
-Tus fines eran buenos, pero debiste ser sincero con tu padre. Él estará dormido por unas horas, puedes quedarte acompañándolo hasta que despierte. Luego pueden irse. Tu paga, como siempre, estará sobre mi escritorio. –El Maestro Riddle se alejó hacia la salida de la tienda y desapareció en medio de la algarabía de la feria. Albus se sintió mal por saber que no regresaría a éste lugar, pero su padre estaba primero y no volvería a asustarlo de esa manera. ¡Quién sabe la de ideas que se le habrán ocurrido al pobre!
Así, pues, se quedó vigilando el sueño de su padre hasta muy entrada la noche, cuando en medio del letargo, abrió sus bellos ojos y sonrió al ver a su amado tesoro, Albus.
-Hola, papá. ¿Cómo te sientes?
-Bien, ya no me duele la cabeza. –Harry sonrió. Miro el extraño lugar en el que se encontraban y se le borro la sonrisa al recordar el pánico que sintió cuando regresó a su pequeña cabaña porque no se sentía bien para trabajar y no encontró a su hijo. Había salido corriendo buscando señales de él, unos hombres fueron los que le dijeron que el chico salía todas las noches hacia la feria, a las afueras del pueblo.
-¿Por qué no estabas en casa? –dijo, reprendiendo con su tono de voz las acciones de Albus.
-Hace tres semanas, comencé a trabajar aquí en la feria. Había visto cómo te dejó el idiota esclavista de Malfoy y quería hacer algo por ti. El Maestro Riddle me dio trabajo. –Albus vio como su padre iba a comenzar a hablar contra el hombre y se apresuró a explicarse. –Él no sabía que yo no había pedido permiso. No es su culpa.
-Pero esto es inaudito. ¡Un niño no puede trabajar!
-Ya tengo catorce años, puedo y quiero hacerlo. ¡No soporto verte apresado! –Albus no lo resistió y explotó. Estaba cansado de que no lo tomaran en cuenta y lo creyeran inepto. Podía hacer cualquier cosa si se lo proponía, sabía que podía.
-Es mi obligación…
-¡No! Nunca fue tu obligación. Tú no debes nada, fueron esos majaderos que se hacían llamar tu familia quienes se aprovecharon de ti. Compréndelo de una vez, papá, tú ni siquiera deberías estar vendiendo tu cuerpo. –Albus estaba llorando de nuevo y Harry podía ver que en su tragedia también había arrastrado a su pequeño hijo.
-Lo lamento.
-No, no lo lamentes. Tú no tienes la culpa de nada. Solo, déjame ayudarte. –Hablo fuerte y claro el chico. Quería que su papá entendiera que no se merecía nada de lo que estaba sufriendo.
-¿Cuándo fue que creciste tanto? ¿Dónde está aquel pequeño que corría hacia mis brazos cuando alguna sombra lo asustaba?
-Creció para poder protegerte. –Dijo con una sonrisa, Albus. Harry acarició la mejilla de su hijo y lo abrazo tiernamente. Pasaron así un largo rato, felices de estar en los brazos del otro, sin nadie que les molestara.
-Te amo ¿lo sabías?
-Lo sé. Yo también te amo. –Contestó, Albus. Algo reacio se separó de los brazos de su padre y lo miró fijamente. –Quiero seguir en la feria, por lo menos hasta que se marchen de nuevo. Ya he recogido mucho dinero, lo tengo guardado y planeaba dártelo como sorpresa. –Albus miraba expectante a su padre, sabía que había heredado la misma terquedad y estaba dispuesto a ayudarlo, sea como sea.
Estaban en medio de su batalla de miradas, cuando la tienda se volvió a abrir, mostrando al Maestro Riddle.
-Creí que se habían marchado hace tiempo. ¿Se siente mejor, padre de Albus?
-Harry, y sí. Lamento los inconvenientes y el escándalo que hice antes, ya nos íbamos. –Harry se estaba levantando del diván dispuesto a irse, y llevarse aunque sea a rastras a su hijo. Albus, estaba entrando en pánico, no quería irse y tampoco quería que su padre regresara a ese espantoso lugar, en medio de todo, una idea se le vino a la mente y no esperó ni un segundo a decirla en voz alta.
-¡Pague nuestra deuda, Maestro Riddle! –Gritó desesperado.
-¡¿Qué?! –Esta vez fue Harry el que gritó.
-Si hay alguien al que debamos pagarle una deuda, prefiero que sea el Maestro Riddle que el insufrible de Malfoy. –Se enfrentó Albus a su padre. Ésta era una gran idea, y se preguntó por qué no se le había ocurrido antes.
-¿Qué ganaría yo a cambio? –fue la simple respuesta de Riddle.
-Mis servicios. –Dijo con total determinación el chico. –Mi padre quedaría libre, yo me ofrezco a pagar con mi trabajo su deuda. Pero prefiero la feria a que mi padre siga en ese infierno.
-¡No permitiré que lo hagas, Albus! –Rebatió, Harry.
-¿Prefieres seguir abriendo las piernas a extraños y soportar los insultos y maltratos de Malfoy? –Hablo de frente, el chico. Sabía que estaba siendo rudo, pero de que ganaba esta batalla, la ganaba. Harry quedó helado al escuchar las duras palabras de su hijo, se daba cuenta de que ya no era un niño al que podía defender de las maldades del mundo, y que entendía muy bien todo.
-Acepto. –Riddle sacó a los dos de su discusión y atrajo la atención hacia su persona. –Tú pagarás la deuda, Albus, y tu padre podrá trabajar aquí en la feria. Haremos un contrato y serás libre una vez éste se cumpla. Pero debes aceptar todo lo que implica.
-Lo haré. –Afirmo Albus. Harry ya no decía nada. Su hijo estaba tomando las riendas de sus vidas, cumpliendo de una extraña forma la promesa que hizo cuando tenía diez años, lo estaba liberando.
-Perfecto. Mañana me mostraras el lugar, hablaré con ese tal Malfoy y pagaré la deuda. Por el momento, pueden ir y recoger sus pertenencias, la feria parte en dos días. Ustedes vendrán con nosotros. –Declaró Riddle, siendo lo último que dijo antes de despedirlos. Albus tomo de la mano a su padre y salió de la tienda rumbo a su cabaña para empacar las pocas cosas que tenían.
Algo comenzó a brotar dentro de Albus, era un sentimiento difícil de entender, sentía la euforia y la alegría, también ansiedad. Pronto se alejarían de ese despreciable pueblo que siempre los maltrató, a él y a su padre. Viajarían lejos, con los gitanos, hacia lo desconocido. Descubrirían nuevos mundos y aprenderían nuevas cosas. Sabía que su padre tardaría un poco en aceptar lo que estaba haciendo, sentía miedo, pero era una oportunidad que no se volvería a presentar, era ahora o nunca.
Es ahora. Decidió Albus. ¡Cambiaré nuestro destino!
