Iniciar desde cero

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A primera hora del día, el Maestro Riddle estaba frente a la desvencijada cabaña de Harry y Albus. El chico no supo cómo es que dio con su casa, él nunca había mencionado donde vivían. Se vistió con lo mejor que tenía y le prohibió salir a su papá. Se negaba a dejarlo ir a ese horrible lugar que lo tuvo en cautiverio desde que era muy joven. Su padre fue obediente, pero solo porque él tampoco quería ir, ni ver como explotaría Malfoy al saber que ya no sería dueño de su persona.

Albus ya había visitado aquel asqueroso lugar, estaba en uno de los barrios más concurridos de aquel pueblo, todo lo malo se escurría o arrastraba por aquellas calles y nadie que no supiera a lo que iba allí, se atrevería a entrar. Albus se sentía a salvo con el Maestro Riddle, porque sin saber cómo, tenía la corazonada de que a su lado nada le pasaría. Se dirigían allí porque Malfoy no regresaba a su casa hasta el mediodía, contando las ganancias de la noche.

El burdel Narciso Blanco, solo era uno de los tantos negocios sucios que tenía Malfoy, él era prácticamente el dueño del pueblo y por más que todos supieran en lo que andaba metido y todas sus fechorías, así lo respetaban y nadie se atrevía a decir ni jota. Las personas simplemente callaban, y los que sufrían, eran aquellos iguales a su padre, que no tenían ni voz ni voto en ese pútrido lugar.

Cuando entraron al lugar y el Maestro Riddle prácticamente exigió ver a Malfoy, nadie pudo contra el aura que emanaba el hombre, era como si no se le pudiera oponer o intentar detenerlo. Un Malfoy muy enojado los atendió, y no se creyó que estuvieran en nombre de Harry Potter, el chico al que había estado esclavizando por tanto tiempo. Al principio se negó, pero el Maestro Riddle, pudo ver Albus, era muy bueno usando las palabras. A regañadientes, Malfoy los hizo pasar a su oficina.

Albus supo desde el inicio que no sería fácil tratar con el hombre, él tipo estaba convencido de que su padre nunca lograría pagar su deuda. El Maestro Riddle simplemente pidió la cantidad exacta del dinero que se debía, con todo e intereses. Albus realmente nunca supo cuánto dinero era, y dependiendo de lo que pagara el Maestro Riddle, era lo que él tendría que pagar después, con su trabajo. La cantidad fue estúpidamente exorbitante. Según Malfoy, por los intereses acumulados durante años. Los miró con una sonrisa petulante, denigrando el que Albus solo fuera un chiquillo y el Maestro Riddle, un cirquero. Sus propias palabras.

Por ese motivo, cuando el Maestro Riddle tomó de su abrigo una bolsa de cuero y comenzó a contar la cantidad de dinero que pedía Malfoy, Albus recordaría el rostro desencajado y estupefacto por el resto de su vida. El Maestro Riddle le hizo firmar un documento corroborando la deuda saldada y la libertad de Harry Potter. Y en el momento preciso en el que la tinta tocó el papel, Albus sintió caer las cadenas de su padre, y otras ser puestas sobre él, pero como había dicho antes, prefería mil veces servir al Maestro Riddle que al idiota de Malfoy.

Estaban por irse, cuando la voz de Riddle lo detuvo, le pidió que lo esperara cinco minutos fuera de la oficina, había una última cosa que quería hablar con el Señor Malfoy. Albus supo que la mirada que poseía el Maestro Riddle no presagiaba nada bueno, y siguiendo sus órdenes esperó fuera de la oficina. Albus contó cinco minutos exactos antes de que la puerta se volviera abrir. El rostro del Maestro Riddle era de satisfacción pura, pero el chico no se atrevió a preguntar qué es lo que había hecho, tal vez al pasar de los años, tendría la valentía suficiente para averiguar lo que hizo en esos cinco minutos a solas con Malfoy.

Mientras salían de los barrios bajos, de regreso a la cabaña junto a su padre, Albus no pudo ocultar la felicidad de saber que ya nada los ataba a ese pueblo. Si Riddle notó algunos de sus pensamientos reflejados en el rostro, no dijo nada. Caminaron todo el trayecto en un cómodo silencio.

Lo primero que hizo Albus al ver a su padre fue tirarse sobre él y abrazarlo. Le susurró al oído que era libre, como temiendo que todo fuera un sueño y de pronto despertara. Su padre lloró, ya no de dolor, sino de alegría. Salieron de la cabaña, sin voltear atrás ni una sola vez. Harry tomó la mano de su hijo, se permitió ser guiado por él, ese niño que contra todo pronóstico había cumplido su promesa, lo liberó de una carga que nunca le perteneció y ahora los encaminaba a un nuevo comienzo, a una nueva vida.

Desde cero.