No podía ser que máquinas como él crearan tal tipo de insurrecciones. No había punto de comparación entre ellas y la humanidad - esta última tenía un alma genuina, sin tergiversar, sin ser creada a priori por otros seres inteligentes. Ellos, los androides, no eran más que la creación de tal increíble raza, y no merecían más que un trato de eso, de creación con una finalidad en concreto: ayudar en lo necesario a las personas.

Así que Connor allí estaba, al lado de su compañero Hank: en la torre Stratford, con el objetivo de investigar el ataque habido en ella y conocer más sobre aquello que había pasado.

Ya venía un poco enervado de su charla anterior con Hank. Le había puesto en la mesa el tema de la divergencia, del por qué no había disparado a las dos enamoradas, y realmente le había costado articular respuesta. ¿Cómo responder a las preguntas de Hank si no podía responder a las suyas propias? Connor, objetivamente, parecía ya no conocerse a sí mismo. Le mancaba entendimiento de su propia situación, lo que le provocaba algo calificable de nudo en la garganta.

Connor todavía no había visto el vídeo en concreto que tanta exaltación había ocasionado. Debía ser, suponía, impactante, para llegar a tanta gente y llegarle en tal intensidad. Tenía entendido que el androide que lo había hecho, un tal Markus, tenía buen don del habla y le daba uso. Tendría que evaluarlo él mismo.

(Y quizás le daba reparo el hacerlo. Quizás tenía miedo de que sus argumentos lo convencieran. Pero eso no se lo tenía que decir a nadie.)

Cuando llegó a la parte de arriba de la torre vio que todo estaba bastante en su lugar. Dio alguna vuelta por el lugar, estudiando el panorama tanto como podía para luego poder reportar sus conclusiones debidamente. Pero nada de eso tenía realmente sentido sin haber visto el vídeo en cuestión, así que, tragando saliva, Connor le dio al play.

Delante de él se alzó la imagen de un androide que se había despojado de su apariencia humana. Sin vergüenza de ser lo que era, con toda su real idiosincrasia expuesta al público. Con orgullo, casi, de ser de su condición. A Connor se le comprimió el pecho. Sus ojos de diferente color -alguno no sería el original- tenían una magnitud en ellos que raramente había observado en personas de su alrededor, a las que aparentemente la vida había quemado lo suficiente como para que perdieran traza alguna de vigor. Connor se mordió ligeramente el labio de debajo mientras escuchaba su discurso y lo miraba con atención.

Hablaba con una determinación en la voz casi atípica. Tenía también tonos pacíficos, pero la sutil vehemencia de lo que decía realmente hacía que sus palabras perforaran en quien lo oía. Su expresión era aquella de alguien con las ideas claras, y vaya ideas, Connor no pudo evitar pensar delirante al notar que tenían sentido.

No, Connor.

Su corazón latió más rápido al darse cuenta de la gravedad de los pensamientos que habían pasado por su cabeza. ¿Pero qué te pasa, Connor? Cerró los puños y se recordó a sí mismo que los androides no eran más que máquinas sin sentimientos a disposición de la humanidad. (O eso querían que pensara.)

Su índice de estrés subió. El estar planteándose esa clase de cosas solo hacía que él, un androide diseñado para parar a los divergentes, se acercara más y más a esta última condición y eso tendría repercusiones horribles y no. No. No.

Se tenía que centrar en algo otro.

Se puso, para cambiar, a centrarse en la apariencia del androide.

Era un RK200 que, Connor lo notaba, había dejado atrás la posición esclava desde hacía tiempo. Tenía consciencia de lo que era y de lo que quería, y había un algo en su posado que... Que... En fin. Mismas reacciones físicas del Eden club. Connor cerró los puños, intentando ignorar la ligera avalancha de Thirium que se le venía a la cara.

Las promesas de ese chico, por implausibles que fueran, resonaban dentro de su sistema. Repitiéndose una y otra vez en su mente. Ya no somos vuestros esclavos. Somos una especie nueva, un pueblo nuevo. Y ha llegado el momento de que nos alcemos y luchemos por lo nuestro. Utópico.

Su apariencia -su aura- cautivaba a Connor, y antes de perder las riendas de las circunstancias, algo que sabía que iba a pasar si seguía presenciando tales imágenes, Connor paró el vídeo y se alejó de la pantalla. Había visto suficiente.

Aunque podía bien irse donde quisiera, que esos ojos de sangre y de vida lo seguían en su cabeza. Aquella boca que tal dulce, quimérica prédica difundía.

Markus.