-¿Dónde está mi capa?
Misty de Lacerta contempló las caras de incomprensión de las dos jóvenes que, en teoría, se encargaban del oficio doméstico en su cabaña. En la práctica, él era quien cocinaba y limpiaba, pero ahora que acababan de nombrarlo líder de los Caballeros de Plata sus obligaciones aumentaban y tuvo que forzarse a sí mismo a confiar en las muchachas lo suficiente como para dejarlas lavar su ropa.
Y ahí estaba el primer problema. Podía pasar por alto los errores al aplanchar y fingir ante los demás que el error que volvió rosa todo lo que debía ser blanco impoluto había sido una decisión bien meditada por su parte, pero… ¿dónde estaba la capa?
Tenía que asistir a una ceremonia en el palacio y debía presentarse lo más elegante posible (era el líder de los Caballeros de Plata, después de todo). No podía ir sin su capa.
-Chicas, por favor, ¿dónde está mi capa?
Ambas eran griegas, ninguna hablaba francés, y en ocasiones fingían que su acento era demasiado fuerte como para comprender lo que les decía en griego. A Misty le constaba que no era cierto.
Había días (como ese, por ejemplo) en que tenía la sensación de que nadie lo respetaba, pese a sus logros y su posición dentro de la Orden.
-Estaba en el tendedero -dijo una de ellas, luego de contemplar con desesperación la pequeña montaña de ropa que debería ser blanca y había mutado por sí sola a rosa-. Solo el forro se tiñó de rosado, la tela exterior estaba blanca, hermosamente blanca, como nieve recién caída. Pero ahora no sé dónde está, señor.
Misty suspiró. Acababa de recordar que la muchacha era un tantito cursi.
-Está bien. Iré sin capa esta vez.
Tendría que poner cara de inocencia todo el rato y, si alguien le preguntaba qué había pasado con la dichosa capa, diría que no deseaba provocar que lo confundieran con un Caballero de Oro, una afirmación totalmente ridícula, sobre todo porque Misty todavía no conocía a ninguno. Nadie se lo iba a creer, pero al menos fingirían tragarse el cuento y se burlarían luego a sus espaldas. Podía sobrevivir a eso. Había sobrevivido a cosas peores.
Salió de la cabaña con rumbo al palacio y se tomó un momento para dejar que la brisa de la tarde acariciara su cabello. Tenía que mantenerse calmado. Su habitual expresión soberbia solía ser útil para alejar preguntas indeseables cuando tenía problemas así de ridículos.
Para llegar al inicio de las (interminables) escalinatas, debía pasar cerca de una de las áreas de entrenamiento de los aprendices más jóvenes. Iba con tiempo de sobra, para no acabar corriendo (y sudando) los últimos tramos y se detuvo para mirar un momento a los aprendices más jóvenes, que estaban jugando en ese momento.
Corrían de un lado a otro, pateando una pelota más bien deforme.
-¿Fútbol, otra vez? -preguntó, cuando estuvo bastante cerca de un sujeto de estatura más que respetable, que parecía dirigir a uno de los equipos.
-Ah, hola, Misty. ¿Quieres jugar?
No estaba muy seguro de cuál era la posición de Aldebarán en el Santuario. Había mucha gente por ahí que colaboraba con el entrenamiento de los aprendices, sin tomarse la molestia de mencionar sus títulos y rangos, cosa que molestaba un poco a Misty, que sentía que el orden era algo indispensable para el buen funcionamiento de cualquier organización. Por lo menos, ahora que era uno de los dirigentes, le habían permitido conocer completa la lista de los Caballeros de Plata activos, pero seguía sin saber los nombres de ninguno de los Dorados y de la mayoría de los de Bronce.
Sabía que Aldebarán no era Caballero de Plata y a veces, en secreto, deseaba para sus adentros que fuera de Bronce. Las diferencias de rango le impedirían buscar una amistad más profunda con un Caballero de Oro, pero con uno de Bronce el asunto era diferente.
-Hoy no. Debo presentarme en el palacio. Creo que el Patriarca me encargará alguna misión.
¿Por qué la expresión franca y alegre de Aldebarán de pronto parecía un poquito preocupada?
-Nada grave, espero.
Eso punzó un poco el orgullo de Misty.
-¿Acaso dudas de mi capacidad? -preguntó, resentido.
-No, claro que no. Solo espero que no tengas que hacer nada que oscurezca tu corazón.
El ceño de Misty se frunció todavía más.
-Tus dudas son impropias de un Caballero de Atenea, si es que lo eres -replicó, al tiempo que se echaba hacia atrás el cabello con un gesto elegante.
Aldebarán dejó escapar una carcajada estruendosa.
-¿Qué es lo gracioso? -reclamó Misty.
-Nada, nada. Eso que acabas de hacer… Lo hiciste justo como Afrodita.
-¿El sueco? -Misty se mordió el labio inferior-. ¿Y eso es gracioso?
-No, no, solo la forma en que todo me lo recuerda.
-Oh.
Misty guardó silencio por un rato y fingió estar concentrado en el juego de los aprendices mientras recogía los pedazos de su corazón.
-¿Con qué es lo que juegan? Ese balón no parece… totalmente esférico -dijo de pronto.
-Es una pelota de trapo, Seiya consiguió los trapos viejos, pero no me preguntes dónde. Ese mocoso a veces arriesga el pellejo como si estuviera buscando que alguien lo mate antes de que pueda competir por la armadura de Pegaso.
Misty apretó un poco los puños. Conocía de sobra la tendencia casi suicida del discípulo de Marin, ya que era una de las víctimas habituales de sus bromas pesadas. Entonces, para rizar el rizo del mal día que estaba teniendo, alcanzó a distinguir rosa y blanco entre los colores de la pelota de trapo.
Su capa.
Podría haber armado un escándalo. Podría detener el juego, desarmar la pelota y exigirle a la Maestra del perpetrador un castigo para aquel mocoso malcriado que no debería haber sido llevado al Santuario jamás.
En cambio, respiró hondo.
No quería dar rienda suelta a su peor lado frente a Aldebarán.
Por si acaso alguna vez dejaba de encontrar cosas que le hicieran pensar en el sueco.
-Si me envían fuera, traeré un balón de fútbol de verdad -le prometió a Aldebarán con un tono sereno que lo sorprendió bastante, hubiera creído que la voz le saldría ahogada por la rabia-. Así no tendrán que robar ropa de los tendederos.
-¿De los tendederos? -Aldebarán se alarmó de inmediato-. ¿Eso… es tuyo?
-No importa -mintió con facilidad-. Son cosas de niños.
Logró despedirse de Aldebarán con una sonrisa y siguió su camino.
Algún día se vengaría de ese Seiya.
