Siento muchísimo haber tardado tanto, pero me ha sido imposible subir antes. Gracias por esos comentarior que me habéis dejado, de verdad que hacen ilusión. Aquí os dejo el primer capitulito, a ver si os gusta. Cualquier cometario es bien recibido. Un beso muy grande.


Era medianoche, y todo estaba sumido en una inquietante calma. En el castillo del reino de Weatheria solamente se oía el lejano romper de las olas contra las rocas, una suave brisa lo acunaba todo. El interior del castillo era siniestro. Si prestabas atención, podías notar en la nuca los ojos clavados de los retratos colgados en la pared. Y ella lo notaba. Un sudor frío le recorría la espina dorsal cada vez que debía pararse en una esquina para comprobar que no hubera nadie montando guardia. Había luna llena, y la luz que ésta proyectaba se veía reflejada en la cabellera naranja de la joven. Era el único atisbo de belleza que podía encontrarse en tal la respiración agitada y el pulso disparado, Nami se deslizaba sin ser vista. Los años le habían ayudado a adquirir experiencia en ese aspecto. Corría sin ser escuchada. Cuando llegó ante una gran puerta de madera, se detuvo. No sin antes comprobar que no había ningún guardia cerca, agarró el pomo de la puerta con la mano temblorosa y abrió la puerta lentamente. No la abrió mucho, lo suficiente para poder echar un vistazo. La estancia era un adinerado dormitorio. En el centro de la habitación oscura, había una cama de matrimonio en la cual Nami pudo comprobar que yacían durmiendo dos cuerpos. Las sábanas subían y bajaban a un ritmo constante, y los ronquidos retumbaban en las paredes. A pesar de que no la veían, Nami les dedicó una sonrisa ladina antes de volver a cerrar la puerta con cuidado.

Y de vuelta a los trotes. Intentaba calmar su jadeo, pero la adrenalina le subía por la garganta y le golpeaba las orejas. Llevaba mucho tiempo preparando lo que iba a ocurrir esa noche. Se encontraba en un cuarto piso y debía llegar al segundo. Cuando se disponía a bajar unas escaleras se vio obligada a parar en seco, pues había escuchado un murmullo. Reculó y se ocultó tras la esquina que acababa de girar. No podía hacer mucho más salvo cruzar los dedos, ya que los pasillos eran demasiado largos como para cruzarlos hasta la otra punta sin ser vista y tampoco habían muebles entre los que se pudiese esconder. Aguantó la respiración por unos segundos para hacer el menor ruido posible. Dos guardias subían por las escaleras que ella debía bajar. Nami tragó saliva. Relajó los músculos al ver que los guardias iban hacia otro pasillo. Esperó unos instantes a que el murmullo se hiciera lejano y salió de su escondite. Bajó las escaleras a toda prisa, y antes de darse cuenta, en un suspiro, había llegado a su primer destino: su habitación.

Ya dentro, lo primero que hizo fue cerrar la puerta. A ciegas tanteó la pared con la mano, buscando el interruptor de la luz. Tuvo que llevarse la mano a la boca para ahogar un grito pues en cuanto hubo visibilidad se encontró con que no estaba sola. Sentada en una butaca junto a una estufa había una chica de pelo rosa, vestida con las características ropas de las sirvientas del castillo.

- ¡Joder, Lola! - Exclamó Nami.- Qué susto me has dado. Esto no se hace. ¿Qué haces aquí?

Lola se levantó rápidamente.

- He venido a hacerte entrar en razón.

La pelirroja la miró alzando las cejas.

- Nami. No lo hagas. -Imploró.

Nami se tomó unos segundos antes de contestar.

- Lola, hemos tenido esta conversación muchas veces. -Nami comenzó a moverse y sacó de debajo de la cama una bolsa de viaje, la cual depositó sobre un pequeño escritorio de madera. - No voy a quedarme más. No puedo hacerlo.

-¿No puedes o no quieres?

-¿Acaso no querer no tendría que ser razón suficiente?

Lola suspiró.

-Vale, muy bien, te vas. Y luego, ¿qué? ¿Crees que vas a ser super afortunada, que te van a llover las oportunidades? ¿Que un príncipe azul irá a rescatarte? -Nami había comenzado a moverse y sacaba ropa de un armario abierto de par en par para luego meterla en la bolsa de viaje. Lola puso los brazos en jarras.- ¿Crees que tu vida a ser mucho mejor al otro lado de esa alta puerta de metal que da al exterior?

-¡Pues no lo sé! -Explotó Nami.- Esa es la cuestión, que no lo sé. Y si no salgo de aquí no lo sabré nunca. ¿Qué más dará que no me tope con esas oportunidades? ¿O que no haya un príncipe? Yo no quiero que me rescaten de nada. Nunca me ha hecho falta y menos ahora.

-Nami, el mundo es cruel. Y la gente es egoísta.

- Pues yo lo seré aún más si hace falta. Más cruel y más egoísta.

Al ver que la conversación no iba por buen camino, Lola decidió bajar el tono.

- Nami, sé que ahora lo ves todo negro... Pero aquí tienes un techo, comida y gente que te quiere. Tus padres... ¿Qué dirán?

Nami se quedó en el sitio y miró a su amiga a la cara.

- No me sueltes que mis padres van a estar llorando todas las noches si me voy, porque no es verdad. Y lo sabes. - Alcanzó con la mano una chaqueta negra que estaba tirada en la cama y se la puso. - Y me quieres tú. No hables en plural.

- Es que no sé qué más decirte. -Lola se pasó una mano por la cabeza. Tenía un tono angustiado. -Tengo miedo Nami. Claro que sé que tu situación aquí no es agradable, y también soy consciente de cómo te han tratado todos estos años. Pero temo que te equivoques, que te lleves una desilusión. Eres muy ambiciosa y piensas a lo grande, lo cual admiro. Pero me preocupa que eso te pueda condicionar y que te estanques.

Nami miró a su amiga con ternura y se acercó a ella para abrazarla.

-Entiendo que tengas miedo, yo también lo tengo. -Le susurró a Lola al oído mientras le acariciaba la cabeza.- Nunca he podido vivir nada fuera de estas paredes. Y eso solo me hace tener más ganas de moverme. De huír. Me están ahogando, Lola. - Nami rompió el abrazo y cogió a su amiga por los hombros.- Sabes que esto es por mi bien, aunque te cueste admitirlo. -Dijo con una sonrisa.- Me las apañaré. Me llevo varios mapas que he estado perfeccionando estos últimos meses. Y también un libro sobre el clima del Grand Line, por lo que pueda pasar. Solo me queda conseguir un Log Pose, pero será fácil.

Nami se empezó a poner unos vaqueros largos negros que había sacado del armario.

-¿Te hace falta dinero? -Preguntó Lola.- Porque tengo ahorrado un poco, puedo dejártelo si...

- Lola. - La cortó Nami.- Tranquila, está todo pensado.

Nami se volvió a agachar para sacar algo que estaba bajo la cama. Tras tantear a ciegas unos segundos, sacó un pequeño saco marrón, el cuál lanzó a Lola. Su amiga la miró con cara confusa y Nami le indicó con la cabeza que mirase en su interior. Lola abrió la boca del asombro al ver que dentro de la bolsa lo que había era un montón de joyas de todos los tamaños.

- Pero... Nami... ¿De dónde has sacado esto?

- Mamá y papá. -Contestó, guiñándole un ojo.

-¿Lo has robado?

- Podría decirte que lo he cogido prestado... -Nami le tendió la mano para que Lola le devolviese la bolsa.- Pero estaría mintiendo. No se lo pienso devolver.

Lola le dedicó a su amiga una mirada de reproche, pero cerró la bolsa y se la devolvió. Lo que le quedaba a Nami para estar preparada era abrocharse en la pierna la correa donde llevaba su Clima Tact.

- Al menos llevas eso. -Dijo Lola echando un vistazo al arma de su amiga.

Nami sonrió a modo de respuesta.

- ¿Cuál es tu plan?

- Pues... Llevo meses vigilando a los guardias. Esquivarlos será fácil. Y cuando consiga escalar el muro que rodea el castillo, iré directa a la costa. Espero que haya al menos un pequeño bote que robar.

- ¿Y si te terminan pillando antes de que salgas?

- No pasará.

-¿Y si pasa?

Nami resopló.

- Mira, viendo la situación, vamos a intentar pensar en positivo.

- Está bien, perdona.

Ambas se sonrieron. La pelirroja dirijió la mirada hacia un reloj que había en la mesita de noche. Marcaba la una de la mañana.

- Bueno, debería ir yéndome. -Dijo mientras se ponía la capucha de la chaqueta.

Lola se acercó rápidamente y se abrazaron.

-Prométeme que tendrás cuidado. -Pidió Lola.

-Te lo prometo. Y te escribiré.

-¿Cómo sabré que la carta es tuya?

-Lo sabrás. -Nami rió.- Solo procura estar pendiente de interceptar el correo.

Nami se echó un último vistazo en un espejo que había en la habitación. Estaba más pálida y delgada de lo normal. Se colocó detrás de la oreja unos mechones naraja que se dejaban ver bajo la capucha. Ésta solo le dejaba a la vista media cara. Se echó la bolsa de viaje al hombro y se encaminó hacia la puerta de la habitación, con Lola detrás.

- Ten cuidado tú también. -Dijo Nami antes de poner la mano en el pomo de la puerta. -Seguramente vendrán a interrogarte en cuanto vean que me he ido.

-Tranquila, tengo experiencia cubriéndote. -Contestó Lola con una sonrisa tranquilizadora.

-Gracias Lola. - Nami se limipió una lágrima con el dorso de la mano. - Por todo.

Ambas amigas mantuvieron sus miradas centelleantes sobre la otra, sonriendo. Era una despedida por mucho tiempo. Justo cuando Nami iba a girar sin mirar el pomo de la puerta, ambas cambiaron sus expresiones. Lola abrió la boca, pero no fue su voz la que se oía. Un grito se había escuchado desde algún rincón del pasillo. Voces, pasos. Ellas, petrificadas, seguían mirándose con los ojos como platos. Ninguna se atrevió a respirar siquiera. Nami pudo tragar saliva cuando se percató de que el sonido de zapatos contra el suelo que resonaban por el pasillo iban sin rumbo. No, no las habían descubierto. Todavía. Una sirena comenzó a escucharse. Lola se llevó las manos a la boca por el asombro y Nami se quedó helada.

-No puede ser...

Lola actuó rápido y apagó la luz de la habitación, dejándolas a oscuras. Cada vez había más movimiento por el castillo. Nami abrió lentamente la puerta, lo justo para poder ver por una rendija lo que sucedía. Una luz roja bailaba por las paredes de los pasillos al ritmo de la sirena de alarma y guardias armados iban armando jaleo de un lado para otro. Cerró la puerta y se giró hacia su amiga.

- Alguien ha entrado en el castillo. -Nami se llevó las manos a la cabeza. - Venga, no me jodas... Tenía que ocurrir justo esta noche.

- Igual puedes sacarle partido a la situación.

Nami miró a Lola con una mueca interrogante.

-Espera a que no veas a nadie y sal pitando. Y si alguno te pilla, quítate la capucha. Mejor que te hagan volver a tu habitación a que te fusilen porque crean que el infiltrado eres tú.

- Me preocupa más el hecho de no saber quién es nuestro visitante.

- Nami, si te encuentran, pide ayuda. Grita, lo que sea. Pero no seas imprudente.

- Vale. - Volvió a abrir la puerta para vigilar. - De verdad, tenía que ocurrir justo hoy. Esto lleva meses muerto y justo la noche en la que me voy tienen que colarse una panda de idiotas. Maldita mi suerte.

Cuando vio que los guardias habían ido a sus respectivos lugares y que el pasillo estaba despejado, habló:

-Vale Lola, me voy.

-Suerte.

Se dedicaron una última mirada fugaz ya que no había tiempo que perder. Nami respiró hondo, y cogiéndose la capucha con una mano para que ésta no se moviera del sitio, comenzó a correr. Tenía las manos heladas y la cara ardiendo. Llevaba la bolsa pegada al cuerpo, temiendo que pudiera desprenderse en algún momento. Necesitaba llegar al jardín antes de que la situación se descontrolase más.

Lo que fueron minutos le parecieron segundos, rebosaba adrenalina. Volvía a desenvolverse en su arte del sigilo. Ella lo veía todo, pero nadie la veía a ella. Cuando iba por la mitad de un pasillo, un guardia apareció de la nada.

Nami paró en seco y se puso a recorrer el espacio con la mirada. Imposible. Esos pasillos eran demasiado largos como para intentar huir, y no había nada para esconderse.

-¡¿Quién anda ahí?! - El guardia se había detenido delante de ella y la apuntaba con su rifle. - Las manos donde pueda verlas. Y déjate ver.

Nami chistó la lengua y se quitó la capucha.

-Señorita Nami. -El guardia se relajó y bajó el arma. -¿Qué hace aquí? Debería estar en su habitación. Alguien se ha infiltrado en el castillo y pueden ser peligrosos. - El hombre se acercó a Nami con paso firme.

La mente de Nami comenzó a funcionar rápidamente. Estatura media, delgado. No muy mayor, unos treinta. Bien, no sería complicado.

- Es que... Todo esto me ha pillado en el primer piso y me he asustado. Estaba buscando a alguien que pudiese acompañarme a mi cuarto. -Nami le dedicó una sonrisa.

- Está bien. Vamos, la acompañaré.

Nami sonrió más ampliamente. Cuando el guardia se colocó a su altura, Nami no se movió.

-¿Ocurre algo, señorita Nami?

- Podría decirte 'lo siento', pero no es verdad.

Antes de que el guardia abriese la boca, Nami armó su arma en un fugaz movimiento y le asestó un golpe en la nuca. Al hombre, atacado de improviso, no le dio tiempo a reaccionar. Ahora yacía en el suelo, inconsciente. Nami le dio unos toquecitos con el pie. Al ver que no reaccionaba de ninguna forma, se volvió a colocar la capucha y, tras comprobar ambos lados del pasillo y devolver su arma a su estado original, volvió a la carga.

Dobló una esquina y bajó las escaleras que conducían al primer piso pegada a la pared. La cabeza le dolía debido a la estridente sirena. La luz roja tampoco ayudaba, ya que a veces la sombra de Nami danzaba por las estancias. No paraba de escuchar carreras a toda prisa por cada recoveco. Voces, gritos. Todo era un caos. Se las ingenió para llegar al primer piso sin ser vista.

Cuando tuvo la oportunidad, echó un vistazo al jardín por una ventana. Los guadias se habían apelotonado ahí. Muchos estaban tirados en el suelo. Unos con magulladuras y otros con algún resto de sangre. A Nami le entró un escalifrío y se obligó a continuar. Lo estaba consiguiendo, pero tanta gente en el jardín iba a ser un problema. Las paredes no la dejaban calmarse. Necesitaba aire para pensar con claridad. Llegó un momento en el que todo el jaleo provenía del exterior, los pasillos volvían a estar en calma. Trotando, giró otra esquina y comenzó a atravesar un pasillo más largo que el resto, lleno de ventanas abiertas con cortinas. Al final de éste estaban las escaleras que conducían a la planta baja. Quedaba poco.

La brisa que se colaba por las ventanas le lamía la piel del cuello, que estaba cubierta de sudor. El flequillo lo llevaba pegado a la frente. Solo escuchaba su propia respiración agitada, no había nada más. Y eso le ponía de los nervios.

De repente, un sudor frío le recorrió la espalda y su intuición le dijo que parase en seco. Pero no vio nada, ni delante ni detrás suyo. Tragó saliva y continuó andando con cuidado, alerta. Había sentido algo.

- Buenas noches, Princesa.

Eso no había sido producto de su imaginación. Nami volvió a detenerse, con los ojos como platos y el corazón en un puño. Había sido una voz masculina, grave, potente. Y no alcanzaba a ver de quién se trataba. Comenzó a girar sobre si misma como una loca, pero nada. Como podía estar pasándole algo así. Como último recurso, comenzó a correr de nuevo. Iba por la mitad del pasillo, un poco más y podría lanzarse escaleras abajo. Pero algo la hizo volver a detenerse ahogando un grito. O más bien, alguien. Con los puños temblándole, Nami no podía apartar la vista.

- Me parece que hasta aquí ha llegado.

La voz provenía de un hombre que se encontraba agachado sobre la repisa de una ventana a varios metros de ella. Nami pudo verlo a través de la cortina, y se maldijo por no haberse percatado antes. Él bajó de la repisa de un salto y, con paso lento, se colocó delante de ella. Se observaban desde la prudencia de la distancia. Nami no lo había visto antes. Era alto y fuerte. Iba vestido de negro, y calzaba unas imponentes botas. Su rostro era afilado, al igual que su nariz, y portaba un singular pelo corto de color verde. Pero lo que dejó a Nami con la boca seca eran las tres espadas que llevaba con él.

Nami intentó tranquilizarse.

-¿Qué quieres?- Preguntó ella con voz firme, y lo único que hizo él a modo de respuesta fue mirarla fijamente. De repente, un recuerdo cruzó su mente. - ¿Has sido tú el que le ha hecho eso a los guardias?

Él se limitó a sonreir de forma siniestra y a Nami se le puso la piel de gallina por miedo a correr la misma suerte que los guardias que yacían en el jardín. Ella, altiva y manteniéndole la mirada, empezó a deslizar la mano por su pierna hacia su arma.

- Yo que tu no haría eso. -Dijo el hombre, con una sonrisa de medio lado y cruzándose de brazos.

-Mierda. -Pensó Nami.- Tiene razón. No tengo ninguna posibilidad contra este tío. Y encima va armado. Con tres malditas espadas. ¿Pero de dónde coño ha salido?

¿Qué iba a hacer? ¿Gritar por auxilio? Ni de broma. Estaba muy cerca de conseguir lo que quería. Y al parecer todos los guardias estaban en el jardín, así que no serviría de mucho. El infiltrado tenía vía libre y él lo sabía. Necesitaba salir de ahí, y cuando él dio un paso hacia ella, sus nervios se dispararon. Nami dio media vuelta, dispuesta a correr, pero no pudo dar ni cinco pasos porque casi se da de bruces contra el chaval. Se había movido con una velocidad increíble y volvía a estar delante de ella, pero esta vez a una distancia mucho más corta.

-¿A dónde va, su alteza? -Dijo él con sorna. - Viendo que quería escapar, la ayudaré a llegar al exterior.

- ¿Quién coño eres? -Preguntó Nami, retrocediendo.

-Pero menuda lengua. -Él rió.

No, no iba a pedir ayuda. No iba a volver a su habitación, y si tenía que salir de ese castillo arrastrada por los pelos por ese bruto, así sería. La lucha no estaba en sus planes, era obvio que ese tío era mucho más fuerte que ella. Y ya había demostrado que era rápido, pero igual algo desesperado le daba un par de segundos para salir de esa situación. Ya no había sitio para el miedo.

- Que te jodan. - Igual no fue lo más inteligente, pero los nervios le pudieron a la pelirroja. Se dio una bofetada mental por no haber hecho caso a Lola y actuó lo más rápido que pudo. A esa distancia tan corta, asestarle un puñetazo en la boca del estómago al peliverde fue fácil. Mientras él se encongía por el impacto, Nami echó a correr. De refilón pudo ver la expresión de asombro del peliverde.

- Pero serás... -Él, recuperado ya por el golpe, pues lo que le había descolocado había sido el factor sorpresa y no el dolor, observó a la pelirroja huír.

Nami quería gritar. No sabía de dónde había sacado la fuerza de voluntad para hacer eso, pero le había otorgado unos segundos de escape. Aunque el alivio le duró poco. Sintió una brisa en la nuca y supo que lo volvía a tener detrás. Una patada de él la desestabilizó y la hizo rodar por el suelo. Fue más un choque que un golpe. Dudaba realmente de si había llegado a golpearla. Y eso la cabreó más. Antes de darse cuenta, unas manos robustas la estaban cargando como si fuera un saco de patatas.

- Pues hasta aquí ha llegado. - Dijo él mientras se colgaba la bolsa de viaje de Nami al hombro.

Nami comenzó a patalear y a dar puñetazos, pero él ni se inmutaba.

-¡Bájame ya!

-Em... No. -El peliverde había comenzado a caminar tranquilamente con ella al hombro. La escena resultaba hasta cómica.

-¿¡Pero de qué coño vas!? -Su respuesta la había mosqueado y aumentó la cantidad y potencia de los golpes. Él simplemente apretó su agarre.

El hecho de haber golpeado a ese bestia y continuar ilesa le había permitido sacar algo de coraje. No, ya no estaba asustada. Es más, ese tío la estaba sacando de quicio.

-¿Qué coño vas a hacer conmigo? - Nami continuaba forcejeando. - ¿Vas a venderme o algo por el estilo?

Nami notó la vibración de la risa de su secuestrador en el vientre. Fue casi como un ronroneo.

-No caerá esa breva.

Nami no podía creérselo. Y encima él estaba de cachondeo. Ese imbécil le acababa de joder el plan de su vida y encima se reía en su cara. Con toda la rabia que pudo le asestó un puñetazo en la espalda. Él soltó un quejido.

-Oye, me estás empezando a tocar las narices.

-¿¡Que yo te estoy tocando las narices a ti!?

-Mira, si continúas gritando como una posesa, tus amigos los guardias nos van a pillar. Y a juzgar por cómo te he encontrado hace un momento, diría que no te hace mucha gracia esa idea.

Nami se mordió el labio con rabia. Él llevaba razón.

-Imbécil.

Él solamente sonrió. El sonido de las botas del chico resonaban en las paredes. Nami, al ver que la situación no tenía arreglo se relajó un poco y bajó el tono.

-¿Vas a matarme?

Su secuestrador suspiró.

-¿No crees que si quisiera hacerte daño, ya te lo habría hecho? Pensaba que era más inteligente, magestad.

Nami ignoró ese último comentario.

-¿Vas a violarme, verdad?

Él volvió a reir. En ese momento, un sonido familiar para la pelirroja le llegó a los oídos. Era el de un Den Den Mushi.

- Estate calladita un momento, anda. - Dijo el peliverde mientras sacaba el caracól de uno de los bolsillos de sus pantalones. A modo de respuesta, Nami le asestó otro puñetazo.

Él la ignoró con una mueca de dolor y descolgó la llamada. Antes de que pudiese decir nada, una voz masculina sonó por el otro lado de la línea:

-¡Marimo de mierda!

-Hombre Sanji, ¿qué tal? -Contestó el que llevaba a Nami al hombro.

-¡Déjate de gilipolleces! -La voz sonaba muy irritada. Nami estaba con todos sus sentidos en la conversación. No sabía de qué iba todo aquello ni qué iba a pasar con ella, y sí que es cierto que podría aprovechar e intentar soltarse con la llamada a modo de distracción, pero aún pensaba que ese chaval seguía siendo una vía de escape. - ¿¡Se puede saber para qué ideamos un plan si luego vas a continuar haciendo lo que te salga de las narices!? ¡Te has vuelto a perder, inútil!

-Oye, ricitos de oro, tranquilízate.

-¿Dónde coño estás?

- Quedamos en cinco minutos en el lugar por el que hemos entrado. Volvemos al barco.

-¿Qué dices? - Se escuchó un ruido por la otra línea.- ¡Luffy!, ¿¡quieres estarte quieto!? -La voz resopló. -En fin... Eh... Ah, si, ¿que qué estás diciendo?

- Que nos retiramos. -El peliverde miró a Nami y le dedicó una sonrisa torcida. - La misión ha sido todo un éxito.

Nami volvió a pegarle.

-¿Cómo que un éxito? Espera, ¿te refieres a...?

-Si. -Le cortó.- La tengo. Está conmigo.