¡Hola!Aquí os dejo el capítulo seis. Muchas gracias por leer y espero que lo disfrutéis.
A L3onn: Si, es el mismo niño que salvó él jaja Aquí estoy para resolver dudas o posibles confusiones! jajaja un besito y gracias por tus comentarios ^^.
Ale, os dejo que leáis. ¡Un abrazo a todos!
Las botas negras se estampaban contra el pavimento polvoriento de la ciudad. El aire impregnado del olor fétido de las aguas subterráneas se le introducía por la nariz, teniendo que hacer esfuerzos por no vomitar. Hacía unos segundos estaba con sus compañeros y ahora les había perdido la pista, se encontraba huyendo hacia su barco. No sabía el tiempo que llevaba corriendo al sol. Lo que sí sabía era que debía dirigirse a la costa, pero las callejuelas de la localidad le habían complicado la misión, frustrándose cada vez más por no ser capaz de alcanzar ese aroma salado del mar. No debía dejar que lo alcanzasen, no debía ponerse a luchar. No era el momento.
Corría y corría. Las gotas de sudor le caían por las sienes hasta lograr perderse en el cuello de tela de su camiseta. La saliva la tenía pastosa y trataba de respirar por la nariz, ya que no soportaba tener ese aire tan caliente y denso en el interior de su boca. Maldecía a pleno pulmón cada vez que se topaba con un callejón sin salida, teniendo que volver por donde había llegado. En su carrera intentaba a esquivar a la gente, pero era imposible no terminar dándole un golpe a alguien sin tener tiempo a detenerse a pedir disculpas. Había tenido la mala suerte de que la ciudad estuviese muy concurrida en ese momento. Calles larguísimas con puestos ambulantes que vendían cosas de todo tipo, desde fruta y productos artesanales, pasando por piedras preciosas hasta llegar a cuchillos y otros tipos de armas. Puestos ambulantes los cuales Zoro se veía obligado a saltar o pasar por debajo. Había tirado alguno, teniendo que rodar por el suelo. Sus tres espadas le golpeaban en la cintura con cada paso que daba, y sus tres pendientes resonaban con un tintineo el cual hacía rato que había dejado de escuchar. Sus cinco sentidos estaban puestos en el suelo que pisaba.
La Marina empezaba a ser un verdadero problema. No era la primera vez que se los encontraban formando un grupo tan grande. Aparecieron en un abrir y cerrar de ojos, ninguno los vio venir. Ni ellos ni un grupo de hombres con los que habían estado a punto de comenzar una pelea. Zoro creía haber visto unos doce, pero seguramente no los contó a todos. La discusión había comenzado porque esos tíos se veían capaces de rebanarles las cabezas a todos ellos para obtener la recompensa que se ofrecía por los Mugiwara. A pesar de que los hombres iban armados, la tripulación se los habría cargado rápidamente. Justo cuando Luffy iba a asestarle a uno el primer puñetazo en el estómago, el capitán que dirigía a los marines hizo su aparición, junto con todo su grupo detrás. La razón de la huida era que sabían que estarían buscando el Sunny Go, y si terminaba en manos del Gobierno estarían en problemas. Por ello debían salir de ahí a toda leche. Pero para desgracia de Zoro, eso no estaba ocurriendo.
Hacía unos minutos que no divisaba por ningún lado las conocidas gorras de los marines, pero no se fiaba un pelo. Debía seguir. Debía seguir corriendo y llegar al barco. Cuando giró una esquina se dio de bruces con una chica tan alta como él, la cual terminó en el suelo. Zoro se limitó a pasarla por encima y continuar. El pecho le subía y bajaba a mucha velocidad y sus zancadas cada vez eran más cortas. Siguió hasta que las calles dejaron de estar tan llenar y los edificios de paredes rocosas se transformaron en pequeñas casitas de aspecto hogareño. El asfalto ahora era un camino de tierra. Eso le sonaba, por aquí había pasado horas antes. Se encontraba a las afueras de la ciudad, y sabía que en algún momento ese suelo por el que corría se transformaría en arena de playa, ya que reconocía la brisa que le arremolinaba el pelo. Siguió hasta que no pudo avanzar más. No por cansancio, sino porque había llegado a estar alzándose a los pies de un barranco extremadamente alto. Asomó la cabeza por el filo de éste y comprobó para su alivio que al otro lado estaba la playa. Saltar no era una opción, así que debía buscar otro modo de bajar hasta ahí. No localizaba el barco, pero no debía andar lejos. Cuando iba a girarse para volver a emprender la marcha, oyó un silbido.
Se puso tenso y agudizó los oídos. No movía un músculo. El olor a pólvora se mezclaba con el del mar que tenía en frente. Si le habían alcanzado, estaría muy decepcionado consigo mismo. Lentamente comenzó a girarse en el sitio. Vio que los hombres con los que casi se daban de golpes estaban frente a él. Cada uno estaba en un sitio, esparcidos, aunque el espadachín dudaba que hubiese sido estratégicamente. Catorce. Aunque igual alguno más estaba escondido. Lo que a Zoro no le hizo nada de gracia era que la mayoría llevaban consigo armas de fuego, de ahí la pólvora.
- ¡Pero si es el excazador de piratas, Zoro Roronoa! - Entre los árboles apareció un hombre ya entrado en edad, vestido con una gabardina que le llegaba a las rodillas, la cual no disimulaba la pronunciada barriga suya. Un pañuelo negro le recorría la cintura, de la cual colgaban un par de pistolas y un sable. - ¿Haciendo turismo?
El resto de asaltantes le rieron la gracia, pero Zoro no se movió ni un ápice.
- Podría decirse. ¿Qué queréis? - Preguntó el espadachín con calma.
- Parece que no eres muy listo – el hombre jugueteaba con un chuchillo que tenía en las manos –quiero el precio de tu cabeza. Me gustaría colgarla en la pared de mi camarote, pero el dinero que me van a dar por ella me sabe mejor.
Zoro alzó una ceja. Quería mandarlos a tomar por culo a todos. No podía creerse no haber notado a un grupo tan grande aproximarse hacia él. Estaba tan concentrado buscando el camino correcto que se había olvidado de lo demás, y ahora estaba acorralado. Y llevaba prisa. Analizando la situación a toda velocidad, ganaría. Eso él lo tenía claro. No sabía lo fuertes que podían llegar a ser esos tipos, no le preocupaba. Pero la cuestión no era esa.
El espadachín soltó una risa amarga. Esta vez la única voz que se oía era la suya.
- Eso ha estado bien. Lo siento, pero tengo que irme.
Zoro comenzó a caminar arrastrando los pies, pero tuvo que detenerse debido a que un chaval se le plantó delante con los brazos cruzados. La sonrisa que tenía en la cara a Zoro le pareció de lo más irritante.
- ¿Cómo? ¿Irte? ¿Tan pronto? - Continuó el hombre de la gabardina. - No, no, no, no... Pero si acabamos de empezar.
Zoro escuchó cómo alguien hacía sonar el filo de algún cuchillo, sacándolo de su funda. Sabía desde un principio que irse de rositas no sería posible.
- Creo que no sois conscientes de lo que estáis haciendo. - Dijo el peliverde, mirando fíjamente al único bandido que se estaba dignando a hablar. Aún tenía a menos de un palmo al chaval que le había hecho detenerse, con la misma sonrisa.
- ¿Te crees muy duro? Dicen que al volverte pirata te has... Oxidado. Estás en desventaja. Si no das mucha guerra, lo haré rápido. - Dijo el hombre, son un siseo.
Zoro se le quedó mirando a la cara, con la boca tensa. Ese tío hablaba más de lo necesario. Lentamente, Zoro llevó su mano derecha a su brazo izquierdo y comenzó a desatar el pañuelo que siempre llevaba ahí.
- Por última vez: largo. - Dijo mientras se volvía atar el pañuelo, pero esta vez en la cabeza.
Sus atacantes se limitaron a reírse de nuevo.
- Tsk. - Soltó el espadachín, llevando ambas manos a las empuñaduras de sus espadas.
- ¡Eh, eh! Quieto. - Soltó el de la gabardina de golpe.
Zoro lo volvió a mirar, harto, pero no se detuvo. El hombre continuó hablando.
- Nada de eso. Nada de espadas.
Zoro aguardó por unos segundos. ¿Iba en serio? Parecía una tomadura de pelo.
- ¿Hace falta que te responda a eso? - Dijo el espadachín, desenvainando completamente. Las hojas de las espadas brillaban amenazantes a la luz del sol.
- Creo que no lo has entendido. Tira las espadas. Ahora.
- Sí, sí que lo he entendido. Lo que no entiendo es qué te hace pensar que voy a hacer tal cosa.
El de la gabardina le mostró a Zoro una sonrisa triunfal. Detrás de ellos, entre los árboles, una figura se les empezó a acercar. Se detuvo a una distancia muy prudente. Zoro tardó en darse cuenta de que se trataba de otro de los hombres de la banda que lo tenían rodeado. El espadachín se descolocó al ver que arrastraba a un niño pequeño del pelo. Los toscos dedos del hombre se perdían en el corto pelo azabache del niño. Llevaba las rodillas raspadas y con moratones, y varios hilillos de sangre le salían del cuero cabelludo, bajando por su cuello casi blanco. Amordazado y llorando, el niño llevaba consigo unos ojos como platos que mostraban una expresión de terror, el cual no le permitía moverse más que para temblar. Uno de los ojos, enrojecido y húmedo por el llanto, tenía surcos oscuros a su alrededor. Secuelas de golpes.
Zoro intentó que no se le notase en la cara la sorpresa y mantener la calma.
- Tira las espadas lejos o le rebano la piel del cuello. - Dijo el hombre que sostenía por el pelo al niño, depositando el filo de un cuchillo en la carne pálida de él.
El niño no emitía ningún sonido. Se limitaba a rogarle a Zoro con la mirada. Si el del cuchillo se hubiese aproximado más, con un veloz movimiento de espadas se habría terminado todo. Podría cargárselos a todos en poco tiempo, incluso siendo amenazado con balas. Pero a la distancia a la que se encontraban, Zoro sabía que no llegaría. O era muy lento y la sangre del niño terminaba manchando el suelo, o era lo bastante rápido para alcanzarlos pero lo suficientemente descuidado para llevarse un balazo en la nuca por parte de alguno de los restantes.
- Si eres tan duro como insinúas, te dará igual este contratiempo. - Dijo el de la gabardina, sacando a Zoro de sus pensamientos. - Qué es la vida de un crío a cambio de salvar la tuya, el famoso Zoro Roronoa.
El hombre se relamió los labios y le dedicó una sonrisa arrogante al peliverde.
- Cobardes. - Escupió Zoro.
Muy a su pesar, Zoro envainó y, acto seguido, lanzó lejos sus tres espadas. Le sería imposible alcanzarlas hasta que terminase la pelea. El de la gabardina soltó una carcajada.
- Precavidos. - Le contestó el hombre.
Zoro estudió a sus asaltantes con la mirada, pensando. Tenía el ceño fruncido y con muchas arrugas, pero la expresión no alcanzaba a ser vista debido al pañuelo que llevaba.
- Bueno, ¿qué piensas hacer, desarmado y contra quince hombres? Recuerda, seguimos teniendo al chico. Entrégate y todos estaremos más contentos.
Zoro apretó la mandíbula.
- Advertidos estabais.
Zoro, que había estado erguido en dirección al hombre con el que hablaba, giró sobre sus talones mientras que cogía impulso para así asestarle un cabezazo al chaval que le había detenido momentos antes y que tenía tan cerca, rompiéndole la nariz. Ahora el chico estaba en el suelo gritando, sujetándose el tabique con la mano y la sangre saliéndole a borbotones. Su sonrisa se había esfumado. El resto de hombres comenzaron a moverse entre el sonido de las armas y sus gritos. Y Zoro también.
Con el sonido del primer disparo todos se esfumaron. Zoro no daba crédito a lo que veía. A penas le habían tocado y le costaba moverse. A varios metros, el niño estaba tumbado en el suelo, boca abajo.
Zoro se acercó dolorido.
- Oye, ¿estás bien? - Le preguntó.
No obtuvo respuesta. No se movía. Alterado, Zoro llegó hasta él. Se puso a su altura y le dio varios toques en la espalda, esperando una reacción.
- Oye. - Nada.
Zoro se decidió a darle la vuelta y a sostenerlo en los brazos. Zoro ahogó un grito al ver que la cara del niño no era la que había visto momentos antes. Los ojos llorosos e hinchados habían sido sustituidos por unas cuencas vacías. No tenía nariz, y la boca estaba cosida. Zoro lo soltó de golpe y reculó, cayéndose al suelo.
- Eres débil, Zoro.
El espadachín, confuso, comenzó a mirar enérgicamente a los lados, pues allí no había nadie más salvo él.
- Eres débil, Zoro.
El peliverde comenzaba a ponerse histérico. Sin poder apartar la mirada, vio como el niño o lo que quedaba de él se erguía, sentándose en el suelo, mirando al espadachín.
- Eres débil, Zoro.
El niño le señaló. Zoro no entendía nada. Gotas de sudor frío le caían por las sienes y la espalda. Los árboles de su alrededor comenzaban a crecer más y más, hasta ser tan altos que no dejaban colarse los rallos de luz. Zoro echó un vistazo fugaz para ver que sus espadas ya no estaban donde él las había dejado.
- Eres débil.
Zoro estaba paralizado. La voz resonaba en su cabeza con eco. Se llevó las manos a la cabeza, tapándose los oídos.
- Eres débil.
El niño comenzó a restregar las manos en la tierra hasta llegar a raspárselas. Continuaba, cada vez más rápido.
- Eres débil. Eres débil.
Zoro notó dolor en las palmas de las manos y al mirarlas vio que él también sentía lo que el niño se estaba haciendo a él mismo. Y el dolor se incrementaba conforme aumentaban los movimientos del niño. Arañazos le iban apareciendo en la piel, surcos de sangre cada vez más grandes comenzaban a gotear, cayendo por las muñecas.
- ¡Eres débil, eres débil, eres débil!
La voz cada vez sonaba más fuerte y las palabras se decían más rápido. El niño ya dejaba manchada la tierra de sangre, estaba enloqueciendo. Se escuchaba una risa aguda de fondo, junto con el sonido de la piel del niño restregarse contra el suelo. Zoro se volvió a mirar las manos y estaban completamente teñidas de rojo. Paranoico, intentó levantarse, pero las piernas no le respondían. Quería gritar, pero su voz no salía.
- ¡Eres débil, eres débil, eres débil!
La voz continuaba. Zoro pensaba que le iban a explotar los tímpanos. Como pudo, comenzó a arrastrarse por el suelo. Quería alejarse del niño todo lo posible. Aguantando el dolor, apoyaba todo su peso en las manos para poder recular, dejando un camino de sangre detrás suyo.
- ¡Eres débil, eres débil, eres débil!
Cada vez más fuerte. Un pinchazo le recorrió el pecho y comenzó a toser bruscamente. También expulsó sangre por la boca. Escupió y siguió avanzando.
- Eres débil.
Se sentía mareado.
- Eres débil.
Clavaba las uñas en el suelo, pensaba que iba a desmayarse de un momento a otro.
- ¡ERES DÉBIL!
Se volvió a llevar las manos a los oídos. Este último chillido había sido tan fuerte y agudo que en ese momento el espadachín no escuchaba nada, ni sus propios gritos. El suelo comenzó a resquebrajarse bajo su cuerpo y todo se movía a su alrededor. Echó la vista atrás y vio que el niño había desaparecido. El cuerpo de Zoro desaparecía bajo la tierra, la arena se lo tragaba. Llenándose de ésta misma arena las manos pegajosas y en carne viva, Zoro luchaba por no hundirse. Algo lo arrastraba hasta abajo, era incapaz de mover los pies. Era como nadar en un remolino. Con amplios movimientos de brazos lanzaba lejos la arena de su alrededor, pero ésta volvía con más fuerza que antes.
- 'Y tú empieza a ser más considerado con los demás'.
Esa frase sonó en su cabeza, junto con la voz de la pelirroja, y lo dejó todavía más descolocado. Tenía los ojos fuera de sus órbitas por el terror. No recordaba haberse sentido así nunca. La arena se le empezó a meter por la boca y la nariz, lo cual le impedía respirar y le hizo toser. Unos segundos más tarde, paralizado y notando pinchazos por todo el cuerpo, la arena se le metió en los ojos. Sin poder sacársela para conseguir ver algo, su cuerpo desapareció bajo el suelo. Para él ahora todo era oscuro. Zoro notaba que seguía siendo absorbido, algo seguía tirando de él. La arena comenzó a llenarle las fosas nasales de nuevo. Tosió, y eso hizo que le entrase por la boca. Los pulmones le dolían, se estaba ahogando. La frase volvió a venirle a la mente, junto con sus últimos segundos consciente. Dejó de ser él con las manos abrasándole. Un golpe en la nuca le hizo desvanecer.
Zoro se despertó en el suelo. En cuanto abrió los ojos, inhaló profunda y sonoramente. Se incorporó y quedó sentado. Seguía inhalando, su cuerpo le pedía aire. Aún notaba la arena en su garganta. Se llevó una mano al pecho, donde sentía dolor. Estaba histérico. Paseó la mirada por el lugar con los ojos como platos y vio que se encontraba en el puesto de vigía del barco. Era de noche y la luz de la luna se colaba por la ventana. Sólo estaba él. Se miró a sí mismo y comprobó que únicamente llevaba puestos los pantalones, y tenía el torso empapado en sudor. El pecho aún le subía y bajaba bruscamente. De repente se acordó de la sangre y se miró las palmas de las manos, pero se encontró con que una llevaba el vendaje que le había puesto el reno y la otra no tenía ningún rasguño nuevo, sólo los callos y las cicatrices que ya conocía.
Viendo que realmente todo había sido un sueño, suspiró y se dejó caer sobre el suelo de nuevo, más calmado. Respiraba más profunda y lentamente. Se cubrió los ojos con el antebrazo y se quedó así por un momento, pensando en todo lo que acababa de presenciar y lo real que había parecido. No era la primera vez que tenía una pesadilla sobre el tema del niño, a pesar de que sí lo había salvado y pudo terminar con todos los asaltantes. Pero era la primera tan real y macabra. Se llevó la otra mano a la garganta y se la manoseó. Aún recordaba cómo la había tenido obstruida. Sin poder emitir sonido alguno, y luego notando la grava bajar. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Cuando empezó a ser consciente de la realidad, se dio cuenta de que mucho ruido provenía de cubierta. Aguantó la respiración por unos segundos para agudizar el oído. Se oían estruendos, gritos... Definitivamente no era normal, y menos a esas horas de la madrugada. Se puso de pie y vio la botella de sake que se había subido consigo esa noche y que ahora estaba vacía. Se acercó hasta la ventana y comprobó que frente a él había un buque de la Marina. En ese momento, se escuchó un gran estruendo y el barco se zarandeó, de forma que Zoro perdió un poco el equilibrio. Les estaban disparando con los cañones. Les estaban atacando y él durmiendo, ni se había enterado. Dio un golpe a la pared, se puso la camiseta que estaba tirada en el suelo a toda prisa, cogió sus tres espadas y salió para bajar a cubierta.
Mientras bajaba vio que todo era un caos. Había marines por todas partes. Desde lo alto, pudo observar que no sólo había un barco de la Marina en frente, también otros dos, a izquierda y derecha. Los tenían rodeados y no podían dar la vuelta. Los barcos estaban muy cerca de ellos, tanto que los habían abordado. Y las balas de cañón les darían de lleno, pues de tan cerca Luffy no tenía margen para hacerse un globo y echarlas a volar. Cuando había descendido lo suficiente, bajó el trecho que le quedaba de un salto y sus pies tocaron el césped. Nada más bajar tuvo que deshacerse de dos marines que le iban a atacar a ambos lados.
- ¡Marimo! ¿¡Dónde coño estabas!?
Zoro se giró y a su izquierda vio a Sanji, que no paraba de dar patadas para quitarse a marines de en medio.
- He tenido un pequeño problema. - Dijo Zoro desenvainando para comenzar a 'limpiar' el barco.
- Ya, nosotros también. - Sanji esquivó el puñetazo de uno y lo mandó a volar con sus piernas.
- ¡¿Qué ha pasado?! - Zoro alzaba la voz pues con el bullicio no se oía ni él.
- ¡A Luffy le tocaba vigilar y se durmió! ¡Para cuando dio la voz de alarma ya casi los teníamos encima!
- ¡Pero será idiota! - Zoro hacía movimientos amplios y conseguía eliminar a varios de una estocada.
- ¡Como sea, tenemos que terminar rápido o el barco quedará hecho polvo!
Zoro, aún mareado por la experiencia anterior, no necesitó hablar más y comenzó a defender el barco.
Esa misma noche pero momentos antes, Nami se sobresaltó en su cama al oír un fuerte golpe que provenía del exterior. Segundos después, su puerta se abrió de golpe mostrando a un nervioso Chopper en el umbral.
- ¡Nami! ¡Levanta, corre!
Detrás suyo se veía mucho movimiento.
- Chopper, ¿qué pasa?
La pelirroja aún estaba adormilada.
- ¡Es la Marina, nos han tendido una emboscada! ¡Rápido, sal de aquí! - Dicho eso, Chopper desapareció.
Nami salió de la cama de un salto. Se puso lo primero que pilló, cogió su Clima Tact y fue a reunirse con el resto. Recorrió el barco con la vista y vio que tenían tres buques encima. Marines armados abordaban el barco y algunos ya se encontraban peleando contra los Sombrero de Paja. Nami solo alcanzó a ver a Sanji, Luffy y Chopper, combatiendo en cubierta. Supuso que el resto estarían ayudando de alguna forma. La navegante se percató del olor a pólvora y de la atmósfera tan cálida que había a su alrededor, pero sin una pizca de brisa. Eso era extraño. Mientras bajaba las escaleras para reunirse con ellos, el barco se estremeció junto con un gran estruendo. Nami tambaleó y le fallaron los pies, bajando el resto de escalones rodando. Sentada en el suelo, un hombre con el uniforme de la Marina se le plantó delante, blandiendo una espada. Nami palpó el suelo a su alrededor sin quitar la vista del hombre, buscando su arma, pero no la encontró. Echó la vista atrás y comprobó que al caer su arma se había quedado en el escalón más alto. Cuando volvió a mirar a su atacante, suerte tuvo al echarse hacia atrás rápidamente para esquivar la hoja brillante de la espada, pues esta hendió el aire en dirección a ella. Todo lo deprisa que pudo, giró sobre sí misma y comenzó a subir a gatas los escalones de madera, tropezando con sus propias manos. Algo golpeó el suelo. El marine yacía junto a ella, inconsciente.
- ¡Nami!
La navegante se giró y vio a Franky, quien había noqueado al marine.
- ¡No te quedes aquí! ¡Ve a mi taller, no llegarán hasta ahí!
Nami vio cómo Franky daba media vuelta y se reunía a toda prisa con un grupo de atacantes mayor. La pelirroja recuperó su arma. No iba a esconderse, tenía algo con lo que pelear. Podía defenderse, ya lo había hecho en muchas ocasiones. No tenía miedo. Y debía proteger lo que era suyo. En ese barco también estaban sus pertenencias, y el Gobierno no se las iba a quedar.
A su izquierda aparecieron dos hombres que se dirigían hacia ella a toda velocidad, espadas en alto. Nami aguardó, en guardia. Usando su Clima Tact frenó el avance de una de las espadas. Acto seguido, con un movimiento de barrido a la altura de los pies consiguió derribar a ambos hombres. Con un par de golpes más no se volvieron a levantar. Fue a reunirse con los que estaban en el césped. Se hizo paso a través de golpes y rápidos movimientos. Esquivando, deslizándose.
- ¡Sanji! ¿Qué está pasando? - Gritó Nami.
El rubio, que lidiaba con varios hombres a la vez, al verla se alarmó.
- ¡Nami-san, no debes...!
Sanji no llegó a terminar la frase. Se quedó callado al ver cómo la navegante se deshacía rápidamente de tres hombres que iban hacia ella, dejándolos tirados en el suelo. Nami le sonrió, confiada.
- Ya veo... - Dijo Sanji, más relajado. - ¡Nos hemos despertado y ya estábamos en problemas! ¡Hay que terminar como sea!
Sanji giró sobre sus manos y derribó a todos los hombres que lo rodeaban.
- ¡Franky! - Gritó el rubio. - ¿¡No podemos irnos volando?!
Frnaky, a varios metros de ellos y soltando aire a presión por las palmas de las manos, les contestó cuando no tenía que esquivar algún golpe.
- ¡No estoy seguro de si queda cola, y ahora no puedo revisarlo, como puedes ver! - Franky cogió a un marine por el cuello de la camiseta y lo lanzó, estrellándolo contra una fila de hombres que iban en su dirección. - ¡De todas formas, no podemos usarlo teniendo ese barco delante, está demasiado cerca! ¡Necesitaríamos más espacio para que el barco pueda coger impulso, de lo contrario tanto el nuestro como el de la Marina se estrellarían y quedarían hechos astillas!
- Mierda... - Masculló Sanji en voz baja.
Nami no tenía ni idea de a qué se referían, pero tampoco hizo preguntas.
- ¡Oye! - Gritó Luffy desde un extremo del barco. - ¡Yo puedo ocuparme del barco de enfrente!
Sin esperar respuesta, Luffy alargó un brazo y desapareció en el interior del barco de la Marina. Acababa de poner los pies ahí y ya había marines siendo lanzados por los aires.
- ¿¡Pero cómo va él sólo!? - Gritó Nami, alarmada.
- ¡Tranquila, se las apañará! - Dijo Sanji. - ¡Me preocupa más el barco!
Nami, que estaba cubriéndoles las espaldas a sus compañeros, de repente se quedó parada. Había comenzado a soplar un viento del cual Nami no había sido consciente. Un viento caliente y denso. Hacía más calor de lo normal. El grito de un hombre la devolvió al barco y vio que unos seis marines se dirigían hacia ella. Sin moverse del sitio, Nami se preparó para recibir el golpe con su Clima Tact. Golpe que no llegó. Unos brazos peludos y grandes aparecieron detrás de ella y con un movimiento amplio, mandó lejos a todos los atacantes. Segundos después, Chopper estaba junto a Nami con su forma humana, en guardia. Ahí fue cuando Nami notó la primera gota de lluvia sobre su mejilla.
- ¡Chicos, si antes teníamos que irnos rápido, ahora más! - Advirtió la navegante. - ¡Se avecina tormenta, y no de las pequeñas! ¡Nos va a complicar mucho las cosas!
Nami no obtuvo respuesta, pero supo que la habían escuchado. Del buque en el que se suponía que estaba Luffy comenzaba a salir humo. La lluvia empezaba a caer con energía.
- ¡Nami-san, Chopper! - Dijo Sanji. - ¡Mientras Franky y yo nos quedamos aquí terminando con estos, tenéis que ir al taller y comprobar si queda cola! ¡Chopper sabe para qué es! ¡El marimo y Usopp están en la parte de detrás del barco haciendo lo mismo que nosotros, pero así no vamos a ninguna parte! ¡Id juntos por lo que pueda ocurrir!
Nami y Chopper se miraron entre ellos y asintieron. El reno dejó su forma humana para cambiarla por la de un reno adulto que iba sobre sus cuatro patas, pero con unas astas enormes. Chopper avanzó primero, limpiando el camino de marines para que Nami pudiese seguirle lo más rápido posible. La lluvia llevaba poco tiempo cayendo y Nami ya estaba empapada, temiendo por resbalarse con la madera mojada del barco. Una espesa niebla comenzaba a bajar lentamente.
Cuando avanzaban por un pasillo, fueron acorralados por enemigos que habían aparecido a ambos lados. Serían unos trece, o igual unos veinte. Nami cada vez tenía un menor campo de visión.
- Chopper, ponte a mi lado.
El reno obedeció mientras Nami, con un ágil movimiento de manos, convertía la vara de su Clima Tact en tres varas más pequeñas. Comenzó a rotarlas entre los dedos, y Chopper vio, asombrado, cómo brotaban burbujas de aire rojas y calientes salían de los extremos de éstas. Ascendiendo y juntándose varios metros sobre sus cabezas, una nube negra y espesa comenzó a aparecer. Los marines, igual de sorprendidos que el reno, no podían apartar la mirada de lo que tenían encima. Cuando la nube adquirió cierto tamaño, la navegante cesó los giros y los hombres volvieron a mirarla. Al darse cuenta de lo que acababa de ocurrir, varios de ellos gritaron y retomaron el rumbo hacia ellos. Pero ya era tarde.
- ¡Thunderbolt Tempo! - Gritó Nami, a la vez que lanzaba hacia arriba una burbuja negra con destellos luminosos en su interior.
Un segundo después, relámpagos centelleaban a su alrededor, golpeando a los enemigos que los tenían acorralados. Para cuando los rayos cesaron, los marines yacían en el suelo, echando humo y sin moverse. Nami y Chopper siguieron avanzando y por fin llegaron a la parte trasera del barco. Allí estaban Zoro y Usopp. Zoro estaba más próximo a ellos, con las tres espadas desenvainadas, liquidando a todos los que se ponían a su alrededor con movimientos temibles y brutales. Usopp, en la otra punta, lanzaba cosas que Nami no alcanzaba a ver apuntando a los enemigos. Su invento debía funcionar, pues los marines iban cayendo a su alrededor. La lluvia que caía con rabia junto con un viento feroz golpeaba a la navegante en todo el cuerpo. Dejó de ver a Usopp momentos después debido a la niebla.
- ¡Chopper! - Gritó Zoro. - ¡¿Qué estáis haciendo!?
La navegante y el reno continuaban quitando enemigos de en medio.
- ¡Luffy se ha colado en el barco que tenemos delante para intentar abrirnos paso! ¡Si queda cola, nos vamos dentro de poco! ¡Vamos a comprobarlo!
- ¡Daos prisa! - Gritó el espadachín.
Zoro atravesó con el filo de sus espadas a varios marines más, y le dio un puñetazo a otro que pasaba por su lado, tumbándolo. Nami se llevó la mano a los ojos a modo de visera, pues el agua se le metía en los ojos y tenía que parpadear continuamente. Cuando Nami y Chopper iban a retomar la marcha, una bocanada de viento los echó hacia atrás, obligándoles a parar.
Zoro, que estaba irguiéndose tras terminar un ataque, no lo vio venir. Cuando aún no se había levantado, la vela de mesana que tenían sobre ellos comenzó a moverse por el viento que acababa de soplar. Sin tener tiempo para esquivar nada, la parte de madera que sujetaba la vela al mástil fue en dirección a Zoro a toda velocidad, golpeándole en la cara. Debido al golpe, Zoro soltó las tres espadas, dejándolas caer al suelo y, habiéndolo empujándolo hasta un extremo del barco, medio cuerpo de Zoro quedó colgando sobre el mar.
- ¡Zoro! - Gritó Chopper. Él y Nami lo habían visto todo.
El reno intentó alcanzar a su compañero mientras Nami golpeaba y esquivaba a tres marines que se habían dirigido hacia ellos, pero Zoro se deslizó y cayó al mar, prácticamente sin conocimiento. Chopper, alarmado, buscó a Nami con la mirada. Nami también había visto eso. Corriendo, ambos fueron a inclinarse al lugar en el que Zoro había desaparecido, esperando ver su cabeza fuera del agua. Pero no fue así. No veían nada por culpa de la lluvia que caía sobre ellos. Nami, angustiada, se giró intentando divisar a Usopp, pero con la niebla era imposible. Miró al reno, que aún seguía asomado al mar gritando el nombre de su compañero y un recuerdo de una conversación le vino a la mente.
- Entonces... ¿Si os caéis al mar no podéis salir de ahí por vuestra cuenta? - Preguntó la pelirroja.
Luffy y Chopper asintieron.
Nami se mordió el labio. No había tiempo, y no podían permitirse dudar.
- ¡Chopper! - Gritó ella, sobresaltando al reno. - ¡Avisa a los demás de lo que ha pasado, rápido! ¡Ya no hay tantos marines como antes, así que Usopp se puede ocupar del tema de la cola.
Nami se quitó los zapatos y la sudadera, quedando en camiseta de tirantes y pantalón corto y se subió a la barandilla que les separaba del mar, al borde del barco.
- ¡Nami! ¿¡Pero qué haces!?
A Chopper no le dio tiempo a decir nada más, Nami ya estaba descendiendo en el aire, esperando sumergirse. A pesar de estar mojada por la lluvia, el agua del mar lamió su cuerpo como si fuera hielo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sin pensárselo, comenzó a nadar lo más rápido posible. No veía nada. Aguantando hasta el último segundo, volvió a subir a la superficie. Cogió aire a toda velocidad y volvió a introducir la cabeza en la oscura agua. Todo el bullicio que había estado escuchando sin cesar desde que la habían despertado a gritos, bajo el agua se esfumaba. Todo estaba en silencio, en una falsa calma. Ese silencio la ponía histérica. Nadaba desesperadamente, intentando encontrar alguna pista que le dijera dónde estaba Zoro. La navegante se asustó cuando trozos de madera de alguno de los barcos atravesaron el agua en frente suyo como si fueran balas. Uno segundos más tarde y eso la habría atravesado. Volvió a subir, desesperada por no dar con él. Sabía que le quedaba poco tiempo para poder sacarlo de ahí, eso si no se le había acabado ya. Con otra gran bocanada de aire, volvió a hundirse con fiereza. La garganta le picaba con ganas de gritar por la impotencia. Siempre había sido buena nadadora, pero con todo sumido en la oscuridad le daba la impresión de que no lograba avanzar lo más mínimo. Alargaba los brazos lo máximo posible con cada brazada, y las piernas le ardían de patalear. Cosas que prefería no saber se le metían en los ojos. Otras la golpeaban o simplemente la rozaban, y eso le daba escalofríos.
Cuando empezó a quedarse sin oxígeno, los nervios le dieron un trallazo. Lo veía. Veía su pelo verde, resaltando en el espacio en el que se encontraba. Nadó aún más rápido y con más fuerza. Apretaba los dientes por el esfuerzo. Solo tenía que descender un poco más y volver arriba. No sabía si el aire que le quedaba le iba a permitir cargar con el cuerpo de ella y con el del espadachín, pero sabía que él se estaba ahogando. Alargando los dedos al máximo rozó la tela de la camiseta de él, que ahora era un cuerpo inerte. En un último intento desesperado, Nami se impulsó y por fin consiguió agarrarlo con propiedad. Sin pararse a inspeccionarlo, puso uno de los brazos de él alrededor de su cuello y comenzó a ascender.
Sus pulmones ya estaban al máximo y le quedaba mucho por subir. Sabía que Zoro pesaría, pero sus piernas ya estaban fatigadas por el esfuerzo anterior, cosa que lo hacía todo más difícil. Un poco más, se repetía la navegante en su cabeza. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo, o ninguno saldría de ahí, y a esas alturas no iba a dejarlo caer. Su recompensa sería ver la cara del espadachín cuando le tuviese que agradecer a ella haberle salvado la vida. Su ego no lo aguantaría. La vista se le comenzaba a nublar y la cabeza le pesaba. Oía pitidos. Los párpados comenzaron a pesar sobre sus ojos.
Cuando Nami consiguió sacar la cabeza del agua, tomó aire con demasiada fuerza y le dio un ataque de tos. Con una mano en la espalda del peliverde y la otra sujetándole el brazo alrededor del cuello de ella, ambos llegaron a la superficie. Sus cabezas continuaron mojándose debido a la lluvia, que no había aflojado lo más mínimo. Lo que sí se había esfumado era la niebla.
- ¡Zoro! - Gritó la navegante, zarandeándolo un poco. - ¡Zoro!
No obtuvo respuesta. La cabeza del peliverde colgaba como un peso muerto junto a la cara de Nami. Tenía los ojos entrecerrados y gran parte de su rostro estaba hinchado por el golpe. Se había roto la ceja y el labio, lugares de los cuales comenzaba a manar la sangre de nuevo, siendo arrastrada por la lluvia.
- ¡Zoro! ¿¡Puedes oírme!? - Siguió intentando la navegante, con el mismo resultado. - ¡Zoro, Zoro!
- ¡Nami!
La pelirroja miró hacia arriba y vio a Luffy, asomado al mar. Sin esperar, Luffy alargó el brazo hasta donde se encontraban ella y Zoro. En cuando Nami le cogió la mano, ambos comenzaron a ascender por los aires, siendo tirados por un brazo de goma. El aterrizaje no fue para nada delicado, pero no había tiempo que perder.
- ¡Chopper, cuida de ellos! - Gritó el capitán, volviendo a la carga.
Ya en el barco, Nami pudo soltar a Zoro. Lo dejó tendido en el suelo.
- ¡Nami! ¿¡Pero cómo haces algo así!? - Dijo el reno entre lágrimas, mientras inspeccionaba a Zoro. - ¡Eso ha sido hasta demente!
Nami aún luchaba por recuperar el aliento. Había imitado al peliverde y también se había tumbado, con las piernas y los brazos totalmente estirados.
- Chopper... Anda... Ocúpate de él... Y ya está...
Nami notaba calambres en las extremidades por el esfuerzo y la cabeza le daba vueltas. A ras del suelo, llegó a ver que casi no quedaban marines en el barco, y que de los buques que los tenían rodeados sólo el de uno de los extremos no se estaba hundiendo. Al que primero que se subió Luffy había desaparecido completamente. La navegante giró la cabeza hacia donde estaban Chopper y Zoro. Este último comenzó a toser agua, y al tratar de componerse demasiado deprisa, perdió el conocimiento de nuevo. Nami, más relajada, dirigió la vista al cielo. Las gotas de lluvia se le metían en los ojos, así que optó por cerrarlos, pues volvió a notarlos pesados. Lo último que recordaba antes de casi perder el conocimiento era un estruendo, y de repente notarse mucho más ligera. La lluvia desapareció, transformándose en un viento fresco que le azotó el cuerpo mojado y frío. Abrió los ojos un momento y juraría que estaban más cerca de las nubes. Después de eso, todo volvió a ser turbio, como el mar del que acababa de salir.
No veía, porque no le quedaban fuerzas, pero escuchaba todo lo que ocurría a su alrededor. Cuando Chopper comenzó a decir que debían llevar a Nami a su camarote para que descansara, la pelirroja alzó una mano desde el suelo para que el resto la vieran.
- Estoy bien... Sólo... Necesito unos... Minutos.
No quería que la llevasen a la cama, no quería desfallecer de nuevo. Solo quería estar ahí, con el césped mojado acariciándole la espalda, y con la brisa secándole el pelo. Cuando encontrase las fuerzas para levantarse, iría a darse un baño de agua caliente. Ninguno la tocó, y por las voces que escuchaba, la mayoría estaban allí. También supo que Chopper estaba examinando a Zoro. Dijo que tenía contusiones leves y que había tragado bastante agua, pero que no parecía que hubiese nada grave. La ceja necesitaría algún punto y tendría que volver a vendarle las heridas que ya tenía, pues los vendajes habían quedado inservibles.
Para cuando Zoro despertó, aún mareado, Nami seguía tendida en el suelo y empapada. Nami, casi dormida, escuchó alboroto y, tras entreabrir un poco el ojo izquierdo, vio cómo Zoro desaparecía tras una puerta delante de ellos, con paso firme.
- Sigue siendo un imbécil. -Pensó la pelirroja. - Si le quedan fuerzas para cabrearse y largarse de esa forma, es que está bien.
Después de un baño caliente y varias horas de sueño reparador, Nami ya se encontraba en buenas condiciones. Ese día, Zoro no apareció por la cocina. Nami no lo había visto en todo el día, y eso la cabreaba. Seguro que él estaba al tanto de un pequeño detalle, el cual era que ella había sido quien lo había sacado del agua. Incluso tuvo que verla en el suelo cuando él recobró la conciencia, empapada y agotada. Casi se ahogan los dos. Y ni con esas se había dignado a darle las gracias a la pelirroja. Ante su ausencia en la cena, el tema salió a la luz, cuando aún quedaban algunos en la cocina.
- ¡Es que me parece increíble! - Gritó Nami, dando un golpe en la mesa.
Sanji, Usopp y Luffy estaban con ella. Sanji limpiaba los platos mientras se fumaba un cigarro, y Luffy hacía el tonto tumbado en el sofá.
- Bueno... Ya dará la cara en algún momento... - Dijo Usopp con voz nerviosa, intentando calmar a la navegante.
Nami no podía tener el ceño más fruncido.
- Nami-san –intervino Sanji- Todos te estamos muy agradecidos, y estoy seguro que el marimo también. Después de todo, ahora está en el barco por ti. Pero fue un shock para él. Ya estaba de mal humor por unos... Sucesos que le ocurrieron hace poco. Y esto no le ha ayudado.
Nami dejaba el peso de su cabeza sobre un brazo, apoyada en la mesa.
- Con esto no trato de defenderle -siguió el rubio- Considero que está siendo un imbécil y un mañaco. Ni entiendo ni comparto su postura. Pero así están las cosas. Ya se le pasará y te terminará dando las gracias como es debido. Ya me encargaré de ello.
A Nami le vino a la mente lo que le contó Chopper mientras la curaba, el problema que habían tenido en una de las islas anteriores y cómo había terminado la aventura para Zoro. Ella no le había dado mayor importancia, pero igual el espadachín seguía trastocado. La navegante se dejó caer en el respaldo de la silla y se cruzó de brazos. Le seguía sin parecer una excusa, pues no estaba cabreada con él solamente por no haberle dado las gracias por salvarle. En varias ocasiones su comportamiento le había puesto los nervios a flor de piel los últimos días.
- ¡Nami! - Soltó Luffy de repente, sobresaltando a la navegante. - De momento, te las doy yo por él. Gracias. Por salvar a mi nakama.
Nami se quedó sorprendida ante la gran sonrisa del capitán, tardando en responder.
- No... No ha sido nada. Cualquiera lo hubiese hecho. - Dijo ella, en voz baja.
Luffy comenzó a reír.
- A mí una cosa me parece curiosa –Dijo Usopp.
El resto lo miraron.
- Yo pensaba que la Marina venía a por ella –Continuó, señalando a Nami. - Al tener una recompensa tan alta en tan poco tiempo... Habiendo salido en los periódicos... Y encima, dos días después de ver el cartel con su foto, la Marina planea una emboscada contra nosotros. Parecía encajar.
- Pensé lo mismo –Dijo Sanji.– Por eso la idea era que Nami se quedase en algún taller, para que no la vieran. No llegarían a introducirse tanto en el barco. Pero al ver que también la atacaban...
- Nami, ¿algún marine pareció reconocerte? -Preguntó Usopp.
La pelirroja negó con la cabeza.
- Igual la noticia aún no les había llegado... O yo que se... - Dijo Usopp, pensativo.
A Nami ni siquiera se le había pasado por la cabeza todo lo que estaban diciendo, no le dio tiempo. Desde el momento en el que Chopper habbía entrado en su habitación en su cabeza sólo hubo sitio para pensar en defenderse a ella y al barco.
- No le demos muchas vueltas... Igual fue fallo suyo y ya. Bueno, navegante. ¿Cómo va nuestro rumbo? - Preguntó Sanji.
- Si todo va bien y no nos llevamos más sorpresas como la de hoy, mañana tendríamos que llegar a la primera isla.
- ¡Por fin podré comprar las cosas que me faltan para mi taller! - Exclamó Usopp.
- Pues ahora todos a descansar. - Dijo Sanji.
- ¿Me toca vigilar a mí? - Preguntó Luffy.
Sanji se giró de golpe hacia él.
- No, le toca a Chopper. Tú ya has hecho bastante.
Luffy soltó una carcajada y Sanji le asestó una patada.
- ¡Pero encima no te rías, idiota!
Nami sonrió al verlos tan animados y salió con sus tres compañeros de la cocina, cada uno dirigiéndose a sus respectivos camarotes. A pesar de todo lo que había sucedido ese día, Nami estaba animada. Había sido realmente emocionante. Ahora deseaba irse a la cama y que llegase el día siguiente para poder pisar tierra.
