He vuelto.


- ¡Tierra a la vista! - Gritó Usopp.

Luffy y Chopper atravesaron la puerta de la cocina para salir a cubierta veloces como un rayo, gritando de la emoción por la noticia. Nami salió tras ellos. Fijando la vista en el horizonte, se podía apreciar una imperfección que sobresalía del mar. Ella tenía una leve sonrisa en el rostro, por fin las cosas comenzaban a salir un poco mejor. Conforme se habían ido acercando a su destino, el clima cálido de verano se acentuaba aún más, y esa mañana había sido sofocante. La mayoría habían permanecido en la cocina ya que era uno de los lugares más frescos y secos del barco y la pelirroja solo había salido al exterior en situaciones de necesidad, como comprobar el rumbo.

Con las voces de sus amigos de fondo y abanicándose con una mano, Nami se dirigió a todos.

- Bueno chicos, estamos llegando. Vamos a acordar cómo lo vamos a hacer.

Habían terminado de comer y en unos pocos minutos debían volver a reunirse en la cocina para organizar su excursión por la isla de paso. Zoro estaba en el puesto de vigía, intentado serenarse. La comida había sido muy tensa, lo cual esperaba. Todos habían intentado hacer como que no pasaba nada, pero no se les había dado bien. La mala leche de la pelirroja hacia el espadachín podría haberse cortado con una las espadas de él. Había estado todo el rato muy incómodo, y se dio prisa por terminar y poder salir de ahí un rato antes de comenzar a planear cosas.

Estaba afectado, muy afectado. Que ella le hubiese salvado la vida había sido un golpe. Y más aun teniendo que arriesgar la suya propia. A Zoro se le ponían los pelos de punta. Cada vez que hacía alguna expresión facial se acordaba del golpe que se había llevado, Chopper tuvo que darle dos puntos en la ceja y en el labio inferior tenía un corte enorme. También recordaba cómo se quedó petrificado cuando ya estuvo bajo el agua, intentando moverse, helándose de frío. El aire se le acababa poco a poco, y aunque comenzó a entrar en pánico, no pudo hacer nada. Y entonces la vio, con los ojos casi cerrados. Nami nadaba desesperadamente por alcanzarlo. Notó el roce de su mano en el hombro en una de las ocasiones que intentó atraparlo. Y entonces sintió que comenzó a subir. Aun estando en una gran oscuridad y casi sin conocimiento, veía el rostro de Nami al lado del suyo sufriendo.

- Eres idiota - pensó él mientras era arrastrado por la pelirroja. - Te estás ahogando. Y yo también.

Y ahí perdió el conocimiento. Se abandonó a sí mismo, y eso no se lo perdona. Despertó tosiendo toda el agua que había tragado en el césped del Sunny sin entender nada, confuso. Todos estaban encima de él hablándole. Miró a su alrededor y la navegante estaba tumbada a unos metros de él, con los ojos cerrados y la respiración agitada. Al ver que las vendas de ella estaban igual de desastrosas que las suyas y que estaban chorreando, más que el resto a pesar de la lluvia, todo le vino a la mente. Revivió verla intentando sacar a ambos fuera del agua, y de cómo Zoro sólo pudo quedarse inmóvil. Los dos casi mueren ahí abajo y él no puedo hacer nada. Le dieron ganas de gritar. Se levantó y se fue, dejándolos ahí a todos y dando un portazo. No apareció para comer en ningún momento. No quería admitir que no se atrevía a dar la cara.

La tarde del día anterior Sanji fue a hablar con él y le dio una charla sobre que Nami estaba muy cabreada, para variar. Eso se lo esperaba, y no le apetecía discutir. Y tampoco le hacía nada de gracia tener que deberle un favor tan grande. Porque ahora le debía una, le había salvado la maldita vida. Encima todo fue por ser descuidado y recibir un golpe en toda la cara. Que él estuviese a punto de morir ahogado le parecía surrealista, con todo por lo que había pasado. La discusión con Sanji no duró mucho ya que Zoro reconoció que el rubio tenía razón, por algo así lo mínimo que podía hacer era dar las gracias, casi mueren los dos. De eso Zoro era consiente, lo cual le sacaba de quicio. Es que no lo soportaba. Tenía que tirarse al mar precisamente ella. ¿Por qué cojones tuvo que hacerlo? Las discusiones que había tenido no eran un cachondeo precisamente, estaba seguro que si ella hubiese podido le habría cruzado la cara en varias ocasiones. Y lo que le dijo hace unos días a Sanji era cierto: no se fiaba de ella un pelo. Y esto Nami no lo olvidaría nunca. Sería su carta bajo la manga en cualquier ocasión. Porque ella siempre será la que le salvó la vida. Joder, qué mal sonaba. Se le revolvía el estómago cada vez que lo pensaba. Y para mejorarlo todo, a Zoro nunca se le había dado bien las palabras. Tampoco quería que ella pensase que al darle las gracias todo estaba olvidado y que lo tenía comiendo de su mano, como si se llevasen bien. Una cosa no quitaba a la otra, y no iba a dejar que ella tomase el control.

Cuando por la ventana vio que varios salían armando follón de la cocina vio su oportunidad para ir y no toparse con todos a la vez. De tener algo de tranquilidad antes de empezar. Así que bajó del nido del cuervo como pudo. Chopper le había cambiado los vendajes y curado las heridas, pero después de su excursión al fondo del mar algunos movimientos le costaban más que otros, aunque no quisiera admitirlo. Atravesó el césped y se dirigió al pasillo de tablones de madera que conducían a la cocina. Justo cuando doblaba una esquina, tuvo que frenar en seco para no darse de bruces con Nami. Al verla, retrocedió.

-Mierda. - Pensó. Eso no se lo esperaba. No quería encontrársela tan pronto. No a solas.

Zoro estaba alterado sin que se le notase. La navegante, al ver que era él, cambió la expresión por completo y le hizo un repaso de arriba a abajo con una de las mayores caras de desprecio que Zoro había visto. El espadachín tragó saliva, dispuesto a hablar a regañadientes.

- Oye...

Fue cortado por la navegante sin necesidad de que ella hablase. Justo cuando el espadachín abrió la boca, Nami hizo como que no le había oído y siguió andando, pasando por su lado con la vista al frente y sin tocarlo. Zoro siguió con la boca medio abierta, pues iba a continuar la frase, y mirando al sitio en el que había estado la navegante segundos antes. Le había dejado con la palabra en la boca, con lo que le había costado abrirla. Él le iba a dar las gracias, o al menos intentarlo porque con su actitud de mierda no se podía hacer nada, y ella le había ignorado completamente. Por la mente del espadachín pasaron toda clase de insultos. Zoro no estaba acostumbrado a que le toreasen de esa forma. Apretó los puños y comenzó a subirle calor por la garganta, deseando darse la vuelta para ir tras ella y gritarle cuatro cosas. Pero eso solo empeoraría las cosas. Esto también debía hacerlo por sus compañeros, porque no sabía cuánto tiempo aguantarían con el estado decadente de su relación con la navegante. ¿Pero quién cojones se cree que es?, pensó. Maldijo el día en el que se la subió al hombro para traerla hasta allí.

Aguantándose las ganas de darle un puñetazo a la pared, cogió aire y siguió andando hasta la cocina. Franky y Sanji ya estaban allí, charlando. Ninguno le dijo nada al espadachín, pero Sanji le observó de reojo. El rubio estaba al tanto de las cosas que le estaban pasando al espadachín, o al menos creía conocer las que más le habían afectado. Nunca lo había visto así, y aunque se llevasen a matar, Sanji era consciente que él era uno de los pocos o por no decir el único lo suficientemente maduro y sensato del barco para poder decirle a Zoro lo que debía oír. Y Zoro lo sabía, por eso en más de una ocasión había salido el tema de sus problemas, muy a pesar del espadachín. Sanji era experto en cogerlo por banda para ese tipo de cosas. Además de que Sanji entendía que el peliverde no quisiera que ciertos temas los supiesen todos sus compañeros. Eran cosas delicadas, demasiado para el gusto de Sanji. Él creía que su compañero le estaba dando demasiada bola al tema de la cría y al tema de Nami. Pero él solo podía decirle lo que nadie más se atrevía a decir, porque el espadachín no se dejaba ayudar más. Era lo único que podía hacer. Eso e intentar hacer que todo estaba como siempre. Pero Zoro dejaba que Sanji le diese la tabarra en ese aspecto precisamente porque sabía que su genio se la soplaba y que iba a ser sincero. Aunque normalmente terminase más cabreado con el mundo después de mantener una conversación con el rubio, solía darle la razón. Mentalmente, claro.

Se limitó a sentarse en su sitio de siempre y esperar a los demás. Estos fueron entrando a la cocina armando follón y la última en llegar fue Nami, con un mapa entre las manos. Se sentó en su sitio, en frente del espadachín, pero ni se miraron.

- Muy bien, ¿por dónde empezamos? - Dijo Franky cuando ya estuvieron todos sentados.

- ¡Una isla, una isla, una isla!

- ¡Luffy, calla un poco! - Le gritó Sanji.

- A ver, encontré esto. - Dijo la pelirroja extendiendo el mapa sobre la mesa. - Lo he ojeado y la isla tiene un puerto por aquí, - dijo señalándolo con el dedo- así que creo que deberíamos atracar en el lado contrario. Dudo que este barco pase desapercibido en una isla tan pequeña.

El resto asintieron. La pelirroja continuó:

- En esta parte de atrás hay una playa en la que espero no haya mucha gente. Luego hay una especie de bosquecillo y, al atravesarlo, llegas al pueblo. No tiene pérdida.

Todos volvieron a asentir.

- ¿Qué tenéis pensado hacer? - Preguntó Nami, mirándolos.

- A ver, ¿entonces Franky se queda en el barco? - Preguntó Usopp.

El peliazul asintió.

- No tengo mucho que hacer allí. Sólo tenía que comprar cola y un par de materiales del taller, pero te puedo hacer una lista para que lo compres tú por mí, Usopp. Busca una ferretería o algo por el estilo.

El tirador le levantó el pulgar a modo de afirmación.

- Yo tengo que reponer la despensa. No vamos cortos, pero nunca viene mal- Dijo Sanji.

- ¡Yo te acompaño! -Saltó Luffy, con los ojos como platos.

Sanji suspiró.

- ¿Por qué no me sorprende? Que sepas que si vienes conmigo sólo vas a dedicarte a llevar bolsas de la compra.

El capitán asintió enérgicamente.

- Yo quiero ver si encuentro varias plantas... Tengo que ir a herbolarios... Y algún libro también. Y vendas. Muchas vendas, porque vosotros dos me lleváis loco. - Dijo el reno subido de pie a una silla mirando al espadachín y a Nami instintivamente - Zoro, ¿tú vas a hacer algo?

El espadachín se encogió de hombros.

- Turismo, supongo.

Nami tuvo que morderse la lengua. Cada cosa que decía la ponía realmente nerviosa. Habían pasado más de veinticuatro horas desde que ella había arriesgado su propia vida para salvarle el pellejo al espadachín y éste aún no se había dignado a darle las gracias, ni siquiera le había dirigido la palabra. Cobarde. Estaba siendo un desagradecido. No se arrepentía de haberlo salvado, en absoluto. Estamos hablando de dejarle morir ahí, solo y sin poder hacer nada por defenderse. Pero Nami estaba hasta las narices del orgullo de ese tío, y no sabía cuánto tiempo podría aguantar hasta explotar.

- ¿Que vas a hacer turismo? - Soltó Sanji. - Terminarás en lo alto de una montaña sin saber cómo bajar.

Zoro se irguió de repente.

- ¿¡Qué has dicho!?

- ¡Si te vas tú sólo por ahí no nos podremos ir hasta dentro de una semana porque no sabrás cómo volver!

Cuando Zoro se estaba levantando del suelo apretando los dientes, Usopp se puso en medio.

- Venga, venga... Ya está... Relajémonos todos un poquito.

La risa nerviosa del tirador provocó un gruñido del espadachín, que volvió a sentarse en el suelo con peor cara que la que ya tenía.

- ¡Yo con Sanji! - Volvió a gritar Luffy.

- Que sí, mira que eres pesado. Como le metas mano a la compra, te la corto. - Amenazó el cocinero. - Namicilla, ¿vas a venir conmigo tú también?

- Lo siento, pero ya tengo planes. Quiero ir a comprarme algunas cosas e intentar sonsacarle algo a alguien sobre la isla Tsumeniko. Si veis alguna oportunidad de obtener información, no la dejéis escapar. - Sugirió Nami.

- No deberías ir sola.

La voz cortante de Zoro atravesó la habitación. Todos le miraron sorprendidos, sin esperarse esa intervención. Fue la primera vez desde que entraron a la cocina que la pelirroja le miró, echando fuego por los ojos. El peliverde era consciente de ello pero se limitó a ignorarla como ella había hecho minutos antes manteniendo la mirada clavada en la pared.

- ¿Y se puede saber por qué? - Contestó ella.

Zoro, mirando a sus compañeros y no a ella, dijo:

- ¿De verdad me estáis diciendo que os parece buena idea que ella, siendo quien es y con lo que vale ahora su cabeza, vaya sola por una isla sobre la cual no tenemos ni idea? Si el cartel con su foto ha llegado a nosotros, también habrá llegado aquí. - Señaló el mapa con el dedo. Hablaba con calma, como con pesadez. No tenía ganas de discutir y estaba muy cansado- Igual la ciudad está forrada con esos carteles, o igual no. No tenemos ni idea de qué podría pasar. Igual ya hay gente tras ella. Igual está la marina por ahí. Que vaya sola es de locos, a saber quién se nos podría tirar al cuello esta vez.

- Sé defenderme sola.

- Perdona, Nami-san, pero tiene razón- intervino Sanji -no es buena idea. Luffy, ¿por qué no vas con ella?

El capitán hizo un puchero.

- ¿Qué? ¿Por qué?

-Vamos -continuó el rubio- yo puedo encargarme de la compra solo. Haz algo útil. Lo haría yo mismo, pero no me fio de dejarte a ti el tema de la comida, como comprenderás.

- Está bien. - Dijo Luffy y acto seguido apoyó la frente en la mesa, dándose un golpe.

- Os digo que puedo ir sola perfectamente. -Insistió Nami.

- Zoro, tú podrías venir conmigo. - Dijo Chopper.

- Claro. - Respondió el peliverde.

- ¡Tema zanjado! Llegaremos dentro de poco, así que id a prepararos. - Dijo Franky antes de salir por la puerta.

- ¿Yo me quedo solo? - Preguntó Usopp.

- Si lo prefieres puedes vigilar a Luffy. - Dijo Sanji con los ojos encendidos.

- Eh... Mira da igual, me doy yo una vuelta por ahí, si tampoco es para tanto...

Nami los miró a todos con el ceño fruncido.

- Pues muy bien. -Dijo con sarcasmo.

Nami, rabiando, cerró el mapa de un golpe mientras fulminaba a Zoro con la mirada y salió de ahí. Tiene que entrometerse en todo. Ella quería ir sola para explorar por su cuenta, hacerlo a su manera. Se le daba bien obtener cosas de la gente. Pero a juzgar por cómo era Luffy ahora tendría que hacer de niñera, hasta Sanji se lo había dicho a Usopp. Que Luffy necesita vigilancia. ¿Entonces quién cojones iba a acompañar a quién? Estaba hasta las narices de que la gente la menospreciase. Resoplando, fue a su camarote a cambiarse y a prepararse una mochila con las cosas que quería llevar.

Llegaron a la isla y atracaron el barco en la playa de la que habían hablado. Para su suerte, la playa estaba vacía y todo estaba en calma. Era de arena muy clarita, y a varios metros se podía ver cómo curiosamente comenzaban a aparecer árboles no muy altos que formaban el bosque en el que se introdujeron.

- ¡Auch! -Gritó Usopp. - ¿A vosotros también os están comiendo los mosquitos?

Todos negaron con la cabeza.

- ¡Oye, marimo! - Le gritó Sanji a Zoro, que iba el último. El peliverde alzó la cabeza con cara de pocos amigos. - ¡Ten cuidado no vayas a perderte, que cuando tú entras en un bosque todos los árboles te parecen iguales!

Sanji se empezó a reír de su propia broma.

- A VER SI EL QUE NO VA A SALIR DE AQUÍ ERES TÚ. - Le contestó Zoro desde el final de la fila.

Usopp, Sanji y Luffy comenzaron a reírse a carcajadas, casi en el suelo y Zoro no paraba de insultarles por lo bajo. Nami se limitaba a caminar.

Cuando llevaban gran parte del bosque recorrido, vieron como al fondo se empezaba a percibir una luz más clara entre los árboles, indicando su final. También se escuchaba un leve barullo. Luffy al darse cuenta alargó un brazo y se subió a la copa de un árbol.

- ¡Madre mía, pero si casi hemos llegado!

Dicho esto comenzó a saltar de árbol en árbol, acortando camino para llegar cuanto antes.

- ¡Mierda! - Dijeron casi todos a la vez y comenzaron a correr tras su capitán que iba por los aires.

Al ver esto y quedándose atrás, Nami tuvo que correr detrás de ellos sin entender qué estaba pasando. Luffy se bajó del último árbol, quedándose al filo de la poca oscuridad que otorgaba el bosque frente a la ciudad. Justo cuando iba a dar el último paso para salir de ahí Sanji y Usopp se le tiraron encima, quedando los tres tumbados boca abajo en el suelo, con el capitán a modo de colchón.

- ¿¡Pedo qué edtaid hacieddo!? -Intentó decir Luffy con la cara contra el suelo.

- Mira que te conocemos ya. - Dijo Usopp, quitándose de encima de Luffy a la misma vez que el rubio.

Ambos tenían cogido a su capitán por los brazos.

- No tienes remedio. - Dijo Zoro.

La mirada de Nami iba de la cabeza de Sanji a la de Usopp, pasando por la de Luffy. Esos tres se habían puesto a discutir a voces.

- ¿Y se supone que él tiene que acompañarme a mí? - Dijo la pelirroja, y el griterío cesó.

Usopp reaccionó y le cogió la barbilla a Luffy para hablarle muy de cerca, mirándole a los ojos.

- Escúchame bien, Luffy. Tienes que ir al lado de Nami, ¿de acuerdo? - Luffy asintió sin apartar la mirada del tirador. - Y no puedes irte a hacer el cabra por ahí, ni solo ni con ella. No podemos llamar la atención. Hacéis lo que ella diga, la acompañas a lo que necesite y luego volvéis al barco, ¿entendido?

Luffy volvió a asentir y Usopp le soltó. Y todos se separaron con sus respectivas parejas para ir a explorar y a hacer sus recados, alejándose entre ellos bastante para no entrar todos a la vez y por el mismo sitio a la ciudad.

- ¿Crees que Luffy ha escuchado a Usopp? -Le preguntó Chopper a Zoro cuando ya estaban los dos solos.

- Para nada.

- Lo suponía.

Nami y Luffy iban por las calles ruidosas de la ciudad parándose cada dos por tres, pues Luffy se detenía a mirarlo todo con ojos brillantes. Nami estuvo a punto de llevarlo por la oreja varias veces, la estaba sacando de quicio. Al menos la ciudad era bonita. Con edificios no muy altos y muchas tiendas pequeñas, decorado con flores por todas partes. El ambiente también era bueno, había mucha gente en la calle armando follón. En las plazas hasta había gente bailando, con puestos de pulseras, collares y cosas así artesanales. Tenía un olor especial. No parecía que fuese un sitio muy frecuentado por piratas, con niños corriendo por todas partes.

- Oye, Nami... - La llamó Luffy, tirándole de la camiseta.

- Que quieres ahora...

La pelirroja se giró y miró hacia donde él estaba señalando y puso los ojos como platos. En una pared de ladrillo de color uniforme resaltaba el cartel de 'Se busca' con la cara de la navegante. Rápidamente lo arrancó de la pared y lo hizo añicos, mirando a los lados como una posesa para comprobar si alguien la había visto.

- Luffy, si ves otro de esos deshazte de él, ¿vale?

El moreno asintió y continuaron andando. Llevaban así casi una hora y no habían conseguido nada. Nami sabía que la información no le iba a caer del cielo, pero es que no sabía por dónde empezar. En esa clase de ambiente no se le ocurría a quien poder preguntar sin que pudiese sonar muy extraño. Ya aburrida, decidió indagar en calles no tan concurridas, que estuviesen más escondidas, buscando algo más interesante que cafeterías y tiendas de ropa. Conforme se adentraban en los recovecos de la ciudad, la atmósfera llamativa y agradable que habían conocido hace un rato se iba transformando poco a poco en una mucho más lúgubre. Todo era más oscuro, apenas soplaba el viento, y cuando lo hacía olores muy desagradables se les metía a ambos por la nariz.

- Parece que no todo es bonito después de todo...

- ¿Pero a qué leches huele? - Dijo Luffy con voz de pito al taparse las fosas nasales con los dedos.

La pelirroja iba con los ojos como platos, atenta a todo, a pesar de que no parecía haber ni un alma. Los edificios estaban con una capa de mugre enorme y eran bastante más grandes que los del centro. Ventanas rotas, puertas abiertas, ni una planta... No sabía por qué, pero se sentía observada. Luffy iba detrás de ella, tarareando una canción. Hubo un momento en el que pasaron por delante de un callejón y Nami escuchó voces. Giró la cabeza y vio a tres hombres al fondo de la calle que estaban cuchicheando, los cuales se callaron a ver pasar a Nami y a Luffy. Se quedaron mirándola. A Nami se le erizó la nuca y siguió caminando, haciendo como que no había visto no se había percatado, pero a Nami le dio muy mala espina. Decidió separarse un poco de allí y tomar otra dirección. Cuando iban caminando, Luffy dijo de repente:

- Ala, pero qué chulo esto, ¿no?

La pelirroja se giró para ver de qué estaba hablando. Luffy se había parado en frente de un escaparate de una tienda que parecía muy vieja. Nami se acercó para imitar al capitán. El cristal estaba sucio, si pasabas el dedo dejabas un camino limpio entre todo el polvo que tenía. En el escaparate había todo tipo de cosas siniestras: un tarro cerrado con arañas negras pequeñas, ratas disecadas colgadas de una cuerda por el rabo, atrapasueños enormes en las paredes, escorpiones muertos ordenados por tamaño en una tabla de madera, relojes horribles que no funcionaban, dientes en tazas... Nami, con una mueca de asco, se alejó un poco para apreciar mejor la tienda. Había un letrero que seguramente años atrás habría tenido luces en el que ponía La Guarida. Con los gritos de asombro de Luffy de fondo, Nami se puso a pensar, a examinar la tienda más a fondo... Y algo en su cabeza hizo 'click'. En la puerta había un cartel que indicaba que estaba abierta.

- Luffy, voy a entrar.

Luffy le contestó sin apartar la cara del cristal.

- ¿Eh? ¿Para qué? ¿Quieres una rata disecada?

- Tengo la sensación de que aquí podremos enterarnos de algo. Ya sea de la isla Tsumeniko, o de esta. Espérame aquí, dudo tardar mucho. Vigila. Y no te muevas por Dios.

- ¡Vale!

Nami tragó saliva antes de coger el pomo de la puerta, que también estaba lleno de porquería. Al abrirla el sonido de ésta al chocar con unas monedas que colgaban del techo la delató. Cerró tras de sí y se limpió la mano en el pantalón. Sorprendentemente, el interior estaba bastante limpio. Pero apestaba a humedad. Nami no pudo evitar toser.

- ¿Hola?

Dijo ella, adentrándose más en la tienda. No obtuvo respuesta. La sala estaba ocupada por una especie de mostrador enorme y había varias mesas pequeñas con sillones y sofás viejos alrededor. Las paredes estaban cubiertas de estanterías a rebosar de libros y más cosas extrañas que causaban repulsión. Nami comenzó a sufrir angustia. Empezó a agobiarse y le estaba entrando un calor sofocante. Le parecía que la habitación se hacía cada vez más pequeña. Al fondo de la sala había una puerta de madera muy oscura. Se volvió hacia la entrada para comprobar a través del cristal del escaparate que, gracias a Dios, Luffy seguía dotoreando por ahí. Suspiró y cuando se giró de nuevo no pudo aguantar un chillido agudo al encontrarse con una señora frente a ella. Del susto, dio un salto hacia atrás

- ¡Pero señora, no haga esas cosas, por Dios!

Nami no era muy alta y aun así la abuela le llegaba por el estómago. Tenía el pelo largo de un blanco brillante y llevaba puesta una especie de bata negra que le arrastraba por el suelo, así que no se le veían los pies. Era regordeta, de piel oscura y ojos muy claros. Seguramente había sido muy guapa de joven. Un montón de arrugas que le adornaban la cara y el cuello, y de éste colgaba un collar de perlas negras que realmente llamó la atención de Nami.

- Perdona, querida. ¿Te he asustado?

Su voz era muy aguda y cantarina.

- Un poco solo...

La abuela soltó una risilla por lo bajo.

- Dime, ¿qué haces aquí? ¿Quieres comprar algo?

Nami se imaginó por un momento comprando un diente amarillento de los que tenía la vieja por ahí y casi le entran arcadas.

- Eh... No, lo cierto es que no.

- Oh, qué lástima...

La abuela dio media vuelta en dirección a la puerta de la que Nami supuso que había salido.

- ¡No, espere! ¡Quería hablar con usted!

- ¿Hablar conmigo?

- Bueno, con alguien de la ciudad... Y parecía que su tienda llevaba tiempo aquí...

La abuela soltó una carcajada y Nami pegó un bote. La había vuelto a sorprender.

- Chiquilla, tranquila, que ya lo sabía... Yo puedo leer el futuro, ¿sabes?

Nami puso cara de póker.

- Ah, que puede... Claro, cómo no.

- ¿Quieres que te lea las cartas?

- Eh... No, gracias. Preferiría ir al grano. Tenemos varias cosas que hacer. - Nami no creía en esas cosas y no parecía que la abuela estuviese muy cuerda, y menos aun viendo dónde se encontraban. Así que no le interesaba lo más mínimo.

- ¿Ese mono de ahí va contigo?

Nami la miró desconcertada.

- ¿Eh? ¿Mono?

La vieja le hizo un gesto con la cabeza hacia el escaparate. Nami se giró y vio que se refería a Luffy, que estaba haciéndole muecas extrañas a una especie de cabeza reducida.

- Ah... Sí, está conmigo.

Se volvió a girar y la abuela estaba detrás del mostrador subida a una especie plataforma para poder alzar al menos la cabeza sobre éste. Nami no entendía como se movía tan rápido y sigilosamente. Le daba cierto reparo, era muy extraña.

- Bueno, Nami, coge una silla y acércate. ¿De qué quieres hablar?

- ¿Como...? ¿Como sabe mi nombre?

- ¿No te he dicho que sabía leer el futuro? Sabía que vendrías.

A Nami le dieron ganas de salir pitando. No le estaba haciendo gracia ninguna. Tardando en reaccionar varios segundos, fue a coger una silla y la colocó en frente de la abuela.

- ¿Qué le pasa a esta ciudad, pueblo o lo que sea?

La vieja la miró extrañada.

- ¿Qué le pasa?

Nami meditó unos segundos lo que iba a decir.

- Me da la impresión... De que todo lo que se ve es muy falso. Han habido algunas zonas que me han dado escalofríos.

La mujer se encogió de hombros.

- Aunque suene raro, sé lo mismo que tú. Pero creo que por aquí hay mucho desgraciado.

La pelirroja se llevó un chasco. No se esperaba simplemente eso.

- Bueno señora... Si sabe leer el futuro... Sabrá lo que quiero preguntarle, ¿no? -La navegante intentó desafiarla.

La vieja se volvió a reír, cruzándose de brazos.

- Veo por dónde vas, niña... Sé que estás aquí por la isla Tsumeniko. - A Nami se le secó la boca. - Pero si tú me haces las preguntas, conoceré más detalles y terminaremos antes.

- Eh... Bueno... Que sepa que esta situación me está superando un poco... Sí, estoy aquí por esa dichosa isla. Unos compañeros y yo hemos venido a esta isla de paso esperando conocer algo más sobre ella, porque hemos sido incapaces de encontrar nada.

- No me sorprende.

A Nami se le iluminaron los ojos.

- ¿Por qué? ¿Sabe algo?

La vieja se le quedó mirando un instante.

- No deberíais ir. Ninguno de vosotros.

- ¿Por qué?

- ¿No has oído las historias, chiquilla?

- Para mí desgracia, sí.

- ¿Por qué te crees que se sabe tan poco sobre la isla? - La abuela se inclinó hacia a Nami y habló en voz baja. - Porque casi ninguno sale de allí.

Nami levantó una ceja.

- ¿Y cómo es que usted sabe tanto?

La abuela retrocedió y Nami le dedicó una sonrisa triunfante.

- Eso no es asunto tuyo. Tú y tus amigos deberíais volver por donde habéis venido.

- Según usted estaba prácticamente esperándome. Si no hubiese querido mantener esta conversación, ¿por qué no ha cerrado la tienda directamente?

Si las miradas matasen, Nami estaría muerta. La navegante prosiguió, pensando que igual esta sería su única oportunidad de conseguir algo de información.

- Mire... Llevo días machacándome la cabeza. No encuentro nada. Pero nada. Solo tengo un dichoso mapa de la isla. Nos han dicho que todo lo relacionado con ella es muy peligroso y, honestamente, mis compañeros son muy fuertes. Realmente fuertes. Pero yo no. Y yo soy la que nos tiene que llevar hasta allí.

La vieja la miraba sin inmutarse.

- Estoy prácticamente atada de pies y manos. Vamos a ir sí o sí, consiga información o no. Y estoy segura de que ellos no van a ser capaces de descubrir mucho por su cuenta. Si usted me cuenta algo, lo que sea, ya habrán más probabilidades de que pueda sobrevivir.

Seguía mirándola fijamente. Nami usó la última opción que le quedaba.

- Por favor... - Dijo la pelirroja con cara de pena.

La abuela dio un gran suspiro y gritó, llevándose las manos a la cabeza:

- AAHG, está bien.

Nami tenía una sonrisa de oreja a oreja.

- Para empezar, -siguió la vieja- ¿por qué queréis ir?

- Se supone que hay un tesoro.

La abuela dio un golpe al mostrador, volviendo a exaltar a Nami.

- ¡Malditos tesoros! ¡Nunca pueden traer nada bueno!

- Relájese señora - Dijo Nami con una mueca nerviosa.

- Realmente tampoco puedo decirte mucho... Solo que, si llegáis, mantengáis los ojos abiertos. Puede ser la mayor estafa que presenciéis en vuestra vida. No os fieis ni de vuestra propia sombra.

A Nami se le hizo un nudo en el estómago.

- Está bien...

- ¡No estoy de broma, niña! - La abuela se abalanzó sobre Nami, cogiéndola por el cuello de la camiseta. Nami se sorprendió de la fuerza que tenía. - Allí todo os parecerá muy atractivo a la vista. Pero el tiempo pasará sin que os deis cuenta. Y un día os despertaréis enterrados, con la cabeza sobresaliendo del suelo. Es una ciudad oscura.

Con cada palabra que salía por la boca de la mujer a Nami se le agotaban las ganas para ir a ese sitio. Si lo que quería era acojonarla, lo estaba consiguiendo.

La abuela la soltó y volvió a su sitio.

- Si ese tesoro existe, Saltorn lo sabrá. Pero solo podréis acceder a él si tenéis suerte. Sinceramente, espero que no lo consigáis.

Nami asintió enérgicamente.

- Y poco más te puedo decir... Teniendo el mapa ese que dices os será todo mucho más fácil. Si cuando lleguéis allí no ves nada fuera de lo normal... Demasiado normal para la isla que es... Recuerda: "el calor lo despierta todo".

Tras esa última frase volvió a soltar una carcajada. Nami no entendía nada. A esa mujer le faltaba un tornillo.

- También te digo una cosa, si conseguís llegar a Tsumeniko, preparaos para algo malo sí o sí. Se dice que sólo llegan las personas por las que la isla desea ser encontrada. Y eso siempre es por algo. De lo contrario, podríais estar años intentándolo, que no lo lograríais.

- Que... Qué bien.

- ¿Te estoy quitando las ganas de ir, por casualidad? - Dijo la abuela animadamente.

- A mí desde luego. Pero a mis compañeros esto sólo les hará querer ir con más ganas.

- Siempre puedes mentirles.

- Ni me lo había planteado. Son negocios, ¿sabe?

Se quedaron calladas un momento. La pelirroja rompió el silencio:

- Bueno, si no tiene nada más que contarme, creo que debería ir yéndome. - Dijo mientras se levantaba de la silla.

- ¡Espera! ¡Deja que te lea las cartas!

Nami la miró no muy convencida.

- Hace mucho que no se las leo a alguien. Me hace ilusión. Y es lo mínimo que puedes hacer por mí después de todo lo que acaba de ocurrir aquí.

Nami resopló, tenía razón. Se volvió a sentar en la silla.

- Está bien, pero que sea rápido.

- ¡Sí, sí! Tranquila.

La abuela sacó de debajo del mostrados una baraja de cartas con dibujos que Nami no alcanzaba a ver bien y empezó a barajarlas a una velocidad impresionante. Con movimientos hábiles fue colocando las cartas una por una y les daba la vuelta. Eran bonitas, algunas incluso brillaban y tenían colores muy vivos. La vieja dejó un montón más pequeño con las cartas que no había desparramado a un lado y se cruzó de brazos.

- Bueno, dime cosas.

- ¿Yo? No, no. Dispare usted, que yo no tengo ni idea de cómo van estas cosas.

La abuela resopló nerviosa.

- Pues niña, tú me preguntas sobre lo que quieres saber: salud, dinero, familia... Amor...

Esto último lo dijo con una sonrisa pícara. Nami alzó las cejas.

- Amor. Quite, quite. A ver el dinero. - Si la abuela pensaba sonsacarle algo, no lo iba a conseguir.

- ¿Desde cuándo a las niñas no le interesan los temas amorosos?

- Desde que las niñas se juegan la vida por unos piratas.

La mujer soltó una carcajada.

- Me caes bien, chiquilla. ¿Pero estás segura? Puedo decir cosas bastante acertadas si me esfuerzo mucho...

- Que no. Dinero.

- Como quieras...

Cogió una carta del montón y su mirada danzaba entre ésta y la cara de la navegante, que estaba apoyando la cabeza sobre su mano, con expresión aburrida.

- Bueno, el tesoro, ¿no?

La pelirroja asintió.

- Pues mira sí, aquí está tu puñetero tesoro. ¿Contenta? - Dijo mientras tiraba la carta sobre las demás con una pequeña sonrisa.

Nami se irguió en el sitio, como si le hubiese dado un calambre. Parecía que iba a comerse la carta con los ojos.

- Ni se lo imagina

- Demasiado creo yo. Que sepas que puedo hacer adivinaciones, pero igual luego no son lo que uno piensa. Y he oído por ahí que el dinero no lo es todo.

Nami golpeó el mostrador con el puño.

- ¿Voy a conseguir un tesoro o no?

La abuela cogió otra carta. Soltó una risilla aguda.

- Si hija, sí. - Tira la carta sobre el mostrador. - Volviendo a... Al tema del amor.

Nami rodó los ojos.

- Señora usted no es vidente, es una cotilla.

- Veo que alguien te está buscando, chiquilla. ¿Me equivoco?

Nami se quedó blanca. En la misma postura, petrificada. Juraría que hasta dejó de respirar para moverse lo menos posible. La vieja le escrutaba el rostro. Eso para la pelirroja había sido un golpe bajo. Era imposible que lo supiera, a no ser que de verdad fuese una vidente y de las ella no creía en esas cosas. No se lo había contado a nadie, ni lo iba a hacer... Eso era un tema mayor sobre el que no quería pensar siquiera. Prefería huir de la realidad en este aspecto. La mirada y la voz de la navegante se volvió sombría.

- Creí haberle dicho nada de amor.

- Ay, chiquilla, es lo que me dicen las cartas, no puedo hacer nada. -La abuela hizo una pausa, mirándola.- ¿Quieres saber si esa persona te va a encontrar?

Nami tragó saliva, intentando que desapareciesen las ganas de gritar.

- Prefiero que sea sorpresa.

La mujer volvió a coger una carta. La puso en la mesa.

- Muy bien... ¿Qué tal con los Sombrero de Paja?

- ¿Sabe que son ellos? -Preguntó Nami, alterada.

- Tranquila, si quisiera que se supiese que andas con esa banda de piratas en concreto, ya lo habría dicho. ¿Y bien?

- Bueno, sí, supongo que he tenido suerte. Son bastante agradables y me han tratado más o menos bien, quitando algún detalle. Tampoco termino de fiarme, ¿sabe?

- No estás acostumbrada a confiar en la gente.

Nami negó con la cabeza. Continuó hablando.

- No, no tengo facilidad para esas cosas. Pero la situación está... bien. A veces me llego a divertir, cuando solo pienso en el momento de estar con ellos. Son majos. Algunos más que otros, claro.

Si la navegante no soltaba algo al respecto, reventaba. La vieja rio sonoramente, cogiendo otra carta.

- Bueno, bueno... ¿Puede ser que vea tres espadas, por casualidad? - Le dio la vuelta a la carta para enseñársela a Nami y la pelirroja casi se cae de la silla al ver que, efectivamente, en la carta habían dibujadas tres espadas.

- Abuela, está pisando terreno peligroso...

La mujer se percató de que a Nami se le estaba hinchando la vena de la frente. Se volvió a reír y a la navegante casi le da un tic en la ceja del cabreo.

- Pero niña, ¿tú nunca has escuchado la expresión 'los que se pelean se desean'?

A Nami se le pusieron los ojos como platos y decidió que hasta ahí había llegado la conversación. Tenía que pararle los pies a la mujer antes de querer romper algo.

- Bueno señora, -tuvo que carraspear para que volviese a salir su voz normal- si me disculpa, tengo un tesoro que encontrar. - Dijo mientras se levantaba poco a poco de la silla.

- ¿Pero te has enfadado? - La pregunta sonó con rintintín. Nami solo quería salir de ahí.

- Muy gracioso esto de las catas y tal, eh. Pero me da que ha sido suficiente. Igual nos volvemos a ver y todo. Gracias.

Nami estaba a punto de alcanzar la puerta, pero la voz de la señora la paró.

-¡Eh, niña! Espera un momento.

La navegante se limitó a girar el cuello para poder ver a la vieja por el rabillo del ojo.

- ¿Si?

- Una cosa más. Te advierto que es importante. Recuerda esto por tu bien y por el de tus amigos: 'no todos los tesoros son de oro y plata'.

Nami rodó los ojos.

- Adiós, señora.

Nami salió dando un portazo con la risa chillona de la abuela de fondo. Nada más salir buscó con la mirada a Luffy, pero no lo encontró.

- ¿Luffy?

Nada. No se movía un alma.

- ¿Para qué narices me acompaña si luego se va a pirar? - Se dijo así misma.

Con los nervios a flor de piel, Nami continuó con su exploración por la ciudad. Si de paso se encontraba a Luffy, mejor que mejor. Si no, pues ya volverían al barco cada uno por su lado.