He vuelto x2. Bueno bueno bueno. Este capítulo es muy importante en cuanto a la parte ZoNa. Es un gran avance. He de decir que estoy bastante satisfecha con el resultado de la parte final del capítulo porque me ha costado un montón saber cómo enfocarlo todo para que se puedese captar lo que los personajes quieren decir y lo que sienten. Creo que lo he conseguido, a ver qué tal.
Para escribir esta última parte he estado escuchando en bucle dos canciones que sentía que eran perfectas para esas situaciones. Por si queréis escucharlas mientras leéis el capítulo, os dejo aquí abajo el nombre de las canciones y de qué momento a qué momento escucharlas. A mí al menos me transmite muchísimo leer el cap con esas dos canciones de fondo.
- Eh. - Dijo el espadachín cuando estuvo cerca. (está más o menos por la mitad del capítulo. La canción es Angel, de Theory of a Deadman.)
Eso fue lo que le hizo falta a Nami para querer zanjar el tema. Se giró de golpe y volvió a pararse, ahora a una distancia ligeramente mayor. (No dejéis de escuchar la canción anterior hasta que lleguéis a esto. Está algo más abajo. La canción que usé a partir de estemomento fue King, de Lauren Aquilina. Escuchadla hasta el final del cap).
Repito que esto me ha ayudado a mí a escribir y me ayuda a meterme en la situación a la hora de leerlo. Es una sugerencia, no tenéis por qué hacerlo. También aclaro que solamente la letra de la segunda canción está relacionada con lo que se dice en el capítulo. La primera simplemente me inspiró porque me gusta mucho.
Gracias por los comentarios. Me han encantado. Me alegro de que algunos espéraseis que continuase esto. Aquí os dejo el capítulo.
Luffy se cansó de dotorear el escaparate de la polvorienta tienda pasados unos minutos al ver que todo lo que le llamaba la atención estaba muerto. Intentó escuchar algo de la conversación que se cocía dentro del establecimiento pegando la oreja al cristal, sin éxito. Al ver que Nami se sentó frente a la vieja dedujo que la reunión iría para largo y se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la puerta de la tienda.
- Ah... Pero qué calor... Y qué sed...
El moreno estaba con la lengua fuera y abanicándose con el sombrero de paja. Se estaba empezando a cansar del clima veraniego de ese sitio. El calor sofocante hacía que los olores desagradables se intensificasen y la boca se le secaba al respirar por ella.
- Y qué aburrimiento...
Se dejó caer de lado al suelo y terminó tumbado. Estuvo así casi un minuto, sorprendentemente, mirando la fachada del edificio que tenía delante. Unos metros hacia la derecha, otro edificio hacía esquina, dando lugar a otra calle. Se quedó empanado mirando hacia allí. Una leve brisa de aire caliente hizo que Luffy frunciese el ceño. Vio algo que se movió en el suelo.
De un salto se puso de pie, se colocó el sombrero en la cabeza y fue a ver qué era. Se dirigió a la esquina y pudo ver que lo que el viento había movido era un trozo que se dejaba ver del cartel de 'Se Busca' de Nami.
- ¡Pero bueno! - Exclamó Luffy, cogiendo el cartel y haciéndolo trizas rápidamente.
Suspiró de alivio al haberse tratado solo de eso. Pero, cuando se disponía a volver a su sitio frente a la puerta de la tienda, el rabillo del ojo se le fue sin poder evitarlo a la pared de uno de los edificios de esta nueva calle en la que se encontraba.
- Pero... Pero, ¿CÓMO? - Gritó el capitán, llevándose las manos a la cabeza.
Luffy se quedó con la boca abierta, en el sitio. El edificio estaba cubierto, literalmente, de esos carteles. La cara de Nami llenaba la fachada desde el suelo hasta casi el techo, y el edificio no era precisamente bajo. Luffy corrió hasta llegar a la siguiente esquina, buscando cambiar de calle para comprobar lo que se le pasó por la cabeza. Y, lamentablemente, estaba en lo cierto. Todos los edificios de esa zona estaban igual. Allá donde mirase se encontraba con la cara de Nami con las letras 'Only Alive'. Luffy volvió donde había hecho pedazos el primer cartel, dispuesto a acabar con todos los demás.
Y así continuó calle por calle, siguiendo lo que le había dicho la pelirroja. Deshaciéndose de todos los carteles que veía, aunque para ello tuvo que alejarse. Y mucho.
Zoro se estaba poniendo de los nervios. Había accedido a acompañar a Chopper por la ciudad. Él sabía que el reno necesitaba su ayuda más que nada para llevarle las cosas que fuera comprando. Hacer de mula de carga, vamos. Pero el aburrimiento le estaba matando. Habían entrado a tres herbolarios, cuatro librerías y dos farmacias. Además, que en cada uno de esos sitios habían estado como mínimo media hora. Entre el cabreo que ya traía consigo del barco, el calor y el tema de conversación que llevaban manteniendo desde que se habían separado del grupo, que era todos los asuntos médicos de Chopper, los cuales al espadachín no le interesaban lo más mínimo, el peliverde estaba empezando a agobiarse. Había veces en las que el reno incluso se quedaba hablando solo.
Zoro lo que quería irse a algún lugar para poder estar con él mismo, a su aire. Él era consciente de que si terminaba yendo de aquí para allá seguramente volvería al barco bastante entrada la noche gracias a su pésimo sentido de la orientación. Pero le daba igual. Pasarían la noche allí y posiblemente parte del día siguiente, así que tendría más de veinticuatro horas para volver con sus compañeros. A demás, en la situación en la que se encontraba, cuanto menos tiempo pasase en el barco, mejor. En la ciudad al menos podía estar algo distraído. En el Sunny estar solo era prácticamente imposible y con la suerte que tenía últimamente se volvería a cruzar a Nami mínimo unas cuatro veces más. Y eso quería evitarlo a toda costa. Estaba cabreado porque sabía lo que tenía que hacer, pero no quería hacerlo. Y no querer hacerlo le cabreaba aún más. Se enfadaba por estar huyendo de una cosa así, lo cual nunca admitiría. Y tampoco quería darle las gracias estando cabreado ya que daría la impresión de que es más desagradecido de lo que realmente estaba siendo, pero es que la pelirroja no se lo estaba poniendo nada fácil. Le sacaba de quicio.
Pero Zoro también sabía de que estar los dos con un humor de mierda no iba a ayudar en nada. Y si alguien se merecía estar cabreada, era ella. Esa es otra cosa que no iba a admitir. Se estaba intentando prometer mentalmente así mismo que la próxima vez se tragaría su enfado, soltaría lo que tuviese que decir y adiós muy buenas. Así él habría cumplido, y el problema de su mal genio ya solo le pertenecería a ella.
- ¿Zoro?
Chopper, que caminaba delante de él, se había detenido y estaba mirando al espadachín. Le estaba hablando, pero Zoro ni se había enterado. El peliverde lo miró.
- Zoro, ¿estás bien? -Preguntó el reno.
- ¿Eh? Sí, ¿por?
- Te decía que si te parece entramos ahí.
El espadachín miró hacia donde la pezuña de su compañero señalaba. Era una librería vieja que estaba en la acera de enfrente. A Zoro casi le da algo. Otra más no, por Dios, pensó. El espadachín carraspeó antes de hablar.
- Esto... Chopper. ¿Crees que tardaremos mucho?
- No creo, ¿por qué?
- Eh... Bueno... Si te queda poco para volver... ¿Te importa si yo me voy por ahí? Tengo curiosidad por ver varias cosas, y bueno, quiero pensar en varios asuntos.
- ¡Ah! Claro, claro. No te preocupes.
El reno cogió las bolsas que Zoro había estado llevando.
- Pero... Una cosa, -siguió Chopper- ¿que vayas solo por ahí...?
El espadachín le cortó:
- Ya, ya... No hace falta que lo digas. Si veis que no vuelvo esta noche, no os preocupéis. Ya llegaré.
Chopper asintió, no del todo convencido, y ambos se despidieron mientras cada uno se iba por su lado. Zoro se sintió un poco aliviado. Tampoco le hacía gracia que el reno tuviese que aguantar su mal humor. Estando un poco más tranquilo pero sudando del calor, Zoro decidió irse a hacer una de las cosas que más le gustaban: beber. Lo de curiosidad por ver cosas había sido un simple argumento, buscar uno o varios bares en los que pasar la tarde y 'ahogar sus penas' era su plan principal desde un principio. Al menos esperaba poder estar tranquilo y con lo que tenía pensado beber una de dos: o se olvidaba por completo de sus problemas hasta que se despertase al día siguiente o terminaba todavía más amargado y con peor humor. Por su bien y el de sus compañeros, esperaba que el resultado fuese la primera opción.
Terminó vagando solo, amenazando con la mirada a todo aquel que se le pusiera por delante. Estaba cansado de los murmullos, de los ruidos. Buscaba desconectar, y esa desconexión la encontró dentro de un bar que estaba en lo que parecía un barrio de mala muerte. Al entrar, el olor a alcohol le penetró hasta el pecho.
Tanto el suelo como las paredes eran de madera y una capa de mugre cubría gran parte de los muebles. No era muy grande y la iluminación era una mierda. La limpieza brillaba por su ausencia y había demasiados tíos ahí dentro para la zona en la que se encontraban, lo que hacía que hubiese un exceso de jaleo para el gusto del espadachín. Una nube de humo de cigarro se suspendía sobre las cabezas de todos ellos. Zoro fue en dirección a la barra, haciendo crujir los tablones de madera bajo sus grandes botas. Un chaval bastante joven de rizos rubios estaba limpiando jarras con un trapo que no parecía nuevo precisamente. Zoro se plantó delante de él y éste le miró con cara de aburrimiento sin dejar de frotar el cristal. Estaba masticando un palillo de madera que le asomaba entre los labios. Se quedó mirando durante unos segundos las espadas que Zoro llevaba colgando, pero no mencionó nada al respecto.
- Quieres algo, supongo.
Zoro se sentó en un taburete y sin mirar al chaval, dijo:
- Una cerveza.
- ¿Tienes con qué pagar?
Zoro alzó la cabeza y se le quedó mirando, serio. Metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón y sacó varias monedas. Las puso con un golpe sobre la barra. Eso valdría para pagar varias rondas. El chico dejó la jarra que estaba limpiando y de un barrido con la mano cogió el dinero.
- Bienvenido, entonces.
Le sirvió la cerveza y siguió con su trabajo. El peliverde agradeció que le estuviese ignorando completamente para poder beber a gusto. La cerveza no era lo mejor del mundo, pero era bebible. Mirando de reojo observó que en las mesas había corrillos de hombres: unos gritando y discutiendo, otros jugando a saber qué, algunos estaban en una esquina jugando a los dardos, otros simplemente estaban casi por los suelos de lo que habían bebido. Nada fuera de lo normal y ni rastro de la marina.
Llevaba alrededor de casi una hora ahí metido y ya se había bebido unas siete cervezas. Pero para su desgracia, no iba borracho. Ni se le acercaba. Tenía mucho aguante y hacía falta bastante más alcohol para dejarle medio decaído. Esa era una de las cosas que había conseguido con todos esos años de beber en cantidades bárbaras. Y lo peor era que no conseguía quitarse sus problemas de la cabeza. En un intento desesperado por evadirse, Zoro abrió la boca.
- Oye, ¿por casualidad no sabrás algo de una isla llamada Tsumeniko?
La pregunta iba para el barman. El chaval estaba revisando el dinero de la caja, dándole la espalda a Zoro. Le contestó sin girarse.
- No. ¿Debería?
Zoro negó con la cabeza aun sabiendo que el chico no lo estaba mirando.
- Solo quería probar suerte.
- No tienes pinta de tener mucho de eso.
Zoro ni se molestó en cabrearse, porque era una verdad como un templo. Tampoco le contestó.
La puerta del bar se abrió y dos hombres entraron armando follón. Parecía que llevaban mucha prisa y que estaban buscando a alguien. Decían cosas a un volumen tan alto que Zoro no llegaba a comprender de lo deprisa que hablaban. Fueron dando tumbos entre ellos por las mesas, hasta que llegaron al grupo de hombres que estaban de pie jugado a los dardos. Entre gritos, se dirigieron al que estaba apuntando para lanzar en ese momento.
- ¡Rush! ¡Rush! ¡Rush! Tenemos buenas noticias. -Gritaron los dos.
El supuesto Rush era un hombre alto y corpulento, no muy agraciado de cara, con media cabeza rapada al uno y estaba fumando un puro. Sin dejar de apuntar, les contestó:
- ¿Y vosotros dos qué coño queréis ahora?
- ¡Escúchanos, tenemos novedades que te van a gustar! - Dijo el más alto y delgado de los dos.
- Id a tocarle las narices a otro. - Lanzó el dardo y puso una mueca a modo de queja al casi clavarlo fuera de la diana. Varios de los hombres que estaban jugando con él se rieron por el comentario.
- Escúchanos, por Dios. La hemos encontrado.
Rush estaba jugando con otro dardo que tenía entre los dedos sin quitarle el ojo a la diana.
- No entiendo de qué narices me estáis hablando. Largaos por donde habéis venido, hoy estoy de muy mal humor. - Volvió a lanzar el dardo y falló de nuevo. Le dio un puñetazo a la pared.
Ante la manifestación de violencia, los dos que acababan de llegar se encogieron.
- Nos... Nos referimos a esto. A ella.
Por unos instantes ninguno dijo nada.
- ¿¡Estáis completamente seguros!? - Dijo Rush cogiendo por el cuello de la camisa al más bajo y rechoncho de los dos.
El más alto se puso en medio de ambos, intentando ayudar a su compañero.
- La hemos visto a unas calles de aquí. Y lo comprobamos varias veces, no hay duda de que es la correcta.
Rush se quedó pensativo unos instantes.
- ¿Iba sola?
- ¡Completamente sola! - Dijo el más bajito.
Rush por fin soltó al hombre y giró para hablarles al resto de espectadores.
- Bueno, caballeros... Parece que es nuestro día de suerte. - El resto de hombres sonreían con malicia. - Vamos, tenemos que cobrar una recompensa.
Los hombres comenzaron a vitorear y a animarse unos a otros. Rush cogió otro dardo y lo lanzó, esta vez clavándolo en el centro, justo donde quería. Se dirigió de nuevo a los dos hombres y les dijo más bajito:
- Si resulta que no es ella, vosotros pagaréis las consecuencias.
Dicho esto y con Rush en cabeza, todo el grupo atravesó el bar armando jaleo y desaparecieron por la puerta. Todo se quedó mucho más tranquilo, pero Zoro, que había estado escuchando la conversación, estaba de los nervios. Hacía un rato que no le daba un trago a la jarra que sujetaba en la mano derecha, permaneciendo prácticamente inmóvil. La mirada fija en la barra, agudizando el oído. Se temía lo peor. No podía se ella, ¿verdad? Podía ser cualquier otra. Sería mucha coincidencia. Ni siquiera llegaba a comprender por qué la idea se le había pasado por la cabeza.
Tragando saliva, armándose de valor y pidiendo no ver nada que indicase que sus sospechas estaban en lo cierto, se giró sin levantarse del taburete en el que estaba sentado hacia el lugar donde habían estado esos borrachos. Y menos mal que la jarra que el espadachín había estado sosteniendo ahora descansaba en la barra, porque de otra manera Zoro se la habría cargado sin querer al apretar los puños como lo estaba haciendo en ese momento del cabreo que le estaba recorriendo la columna. En esa esquina ya solo quedaba la diana con la que habían estado jugado y el último dardo que había sido lanzado atravesando como una navaja el cartel de 'Se busca' de Nami.
Zoro volvió a su posición lentamente mientras aflojaba los puños. Suspirando y con una tranquilidad fingida, le dio un trago a la cerveza.
Nami estaba con Luffy. Todo estaría bien. Seguramente ese grupo de gilipollas no serían capaces ni de tocarles un pelo de la cabeza. La pelirroja sabía defenderse, lo había demostrado en otras ocasiones. Ellos solo eran seis o siete...
Le dio otro trago a la cerveza.
No se merecía que fuese a ayudarla. Tenía un carácter de mierda y a él le había tratado como tal. Sí, le había salvado la vida, pero él no había pedido su maldita ayuda. En esta vida uno siembra lo que recoge, ¿no?
Otro trago.
Puede que los pillasen por sorpresa, pero no les iba a pasar nada a ninguno. Si luego lo comentan en el barco Zoro se haría el loco y ya. Incluso podría ser una diversión para Luffy... Luffy...
Cuando el espadachín ya estaba levantando la jarra para beber de nuevo, se detuvo. Luffy. Zoro conocía a Luffy. Todos lo conocían, menos la navegante.
Luffy es incapaz de estarse quieto y no irse por ahí a hacer el imbécil -pensó- pero con ella se habrá quedado, ¿verdad? Luffy era consciente de la situación... Y de que podía ser peligroso...
Zoro dejó la jarra bruscamente.
¿A quién coño quiero engañar?
Soltando un fuerte gruñido y dando un puñetazo a la barra con el que el chaval que seguía pululando por ahí se sobresaltó, saltó del taburete y atravesó el bar a toda velocidad con pasos decididos hasta salir por la puerta.
Gracias a Dios, Zoro localizó a la panda del bar rápidamente, porque él mismo sabía que si no hubiese sido así no los habría encontrado en la vida. Les siguió pasando por las calles silenciosamente, sin que ellos se diesen cuenta. Al principio fue muy sencillo ya que estaban por el centro de la ciudad y la misma gente le iba cubriendo, pero conforme se iban introduciendo en calles menos transitadas, más lúgubres, tuvo que tener más cuidado. Aunque el grupo iba bastante despistado: entusiasmado, gritando barbaridades, riéndose... Zoro no se fiaba un pelo. Pero para él todo eso era un juego de niños.
En esas calles no había ni un alma excepto ellos, y al espadachín le parecía un tanto curioso que Luffy y Nami hubiesen ido a parar ahí. No parecía un sitio que pudiese gustarle a ninguno de los dos. Y a Zoro se le estaba acabando la paciencia. Estaba hasta las narices de todo y de todos. Él solo quería gastarse su dinero con el fin de emborracharse un poco y ahora se encontraba persiguiendo a una panda de lerdos porque, al parecer, iban a por Nami. Ni siquiera sabía por qué lo hacía. Bueno, sí, porque si de verdad buscaban a la navegante y Zoro lo solucionaba no tendría que deberle nada y seguramente a ella se le quedaría una cara de tonta monumental. Y si no se los había cargado a todos ya era porque realmente no estaba seguro de que fuesen a por la pelirroja y se suponía que no podían llamar mucho la atención. No podía deshacerse de ellos así como así.
- ¡Eh! ¡Esperad un momento! - Dijo uno del grupo, haciendo que todos se detuviesen.
Zoro retrocedió en cuestión de milésimas de segundo y se escondió tras una esquina por la que acababan de pasar.
- ¿Qué narices pasa? - Preguntó Rush.
- Me ha parecido ver algo.
- ¿El qué?
- No sé.
Rush le cogió del brazo y le empujó.
- ¡Pues ve a ver!
El hombre que había sido empujado empezó a recorrer la calle a paso lento en dirección hacia el espadachín, el cual aún seguía oculto.
- ¡Pero más rápido hombre! - Gritó otro de ellos.
El que iba explorando aumentó la velocidad mínimamente. Desprendía miedo por las orejas. El peliverde estaba inmóvil, no se le movía ni un pendiente. Cuando el hombre estuvo a punto de alcanzar la esquina se detuvo y Zoro desenvainó una de sus espadas ligeramente con el pulgar. De verdad esperaba no tener que usarla, al menos no todavía. Sorprendentemente, el hombre retrocedió al darse cuenta de que sus compañeros no les estaban observando. Al ver que volvía, los demás le dijeron:
- ¿Había algo o qué?
- No, no... He mirado y no... Habrá sido mi imaginación. - Mintió con una risa nerviosa.
- ¡Siempre igual! No me hagas perder el tiempo. Vamos. - Le dijo Rush.
- Sí, sí... Voy.
Zoro envainó. Al ver que aún seguían parados él tampoco se movió. Dejó la mente en blanco, con la mirada fija en la pared de enfrente. Todavía escuchaba las voces del grupo de fondo, lo que indicaba que no se habían movido del sitio. ¿Pero por qué tardan tanto? Pensó, comenzando a aburrirse. Estaba apoyado de espaldas contra un muro de ladrillos con gotas de sudor resbalándole por las sienes y la espalda. Un gato gris que desfiló delante de él le despertó de su empanamiento. Siguió al animal con la mirada hasta perderlo de vista, y descubrió que unos metros más a su izquierda había otro maldito cartel. Cabreado, se acercó y lo rompió. Estaba harto de esos trozos de papel y también estaba seguro de que los problemas solo acababan de empezar. De los nervios, se asomó para ver qué narices hacía la banda la que seguía y reanudó la marcha al comprobar que ya habían comenzado a caminar.
A Zoro lo parecía que todo lo que hacían era andar en círculos, aunque de su instinto orientativo tampoco podía fiarse mucho precisamente. Se le empezó a pasar por la cabeza la idea de que estaba equivocado y que realmente no estaban buscando a la navegante. Eso no era tan grande como para no haberla encontrado todavía.
En uno de los momentos en los que tuvo que volver a parar para ocultarse, atisbó una fugaz melena naranja entre los callejones. Queriendo comprobar a quién pertenecía, se olvidó del grupo del bar por un momento y recorrió la calle velozmente para ver que, efectivamente, era Nami. Y cómo no, iba sola. Zoro insultó a Luffy mentalmente varias veces. Desgraciadamente esto no le había extrañado en absoluto.
Verificando que nadie le seguía a él esta vez y sorprendido de haberla encontrado antes que esos tíos, decidió que lo mejor sería salir de donde estaba y hacer acto de presencia, muy a su pesar. Si no aparecían y no ocurría nada pues ya se inventaría algo sobre por qué había ido con ella en un principio y se marcharía. Armándose de una paciencia que sabía que necesitaría en poco tiempo, fue hacia ella, que estaba viendo el escaparate de una tienda.
- Eh. - Dijo el espadachín cuando estuvo cerca.
Nami alzó la vista y vio al espadachín reflejado en el cristal de la tienda, quien se encontraba a varios metros de distancia. Puso mala cara y continuó con lo que estaba haciendo.
Zoro se le quedó mirando con mala cara y chistó la lengua. No era momento para cabrearse. La estaba mirando, pero en realidad su atención iba a parar al entorno. Igual tenía suerte y no le tocaba pelearse con nadie, pero no bajaba la guardia aun con las manos en los bolsillos. Mientras, a Nami se le iba erizando el pelo de la nuca. Hacía como que miraba el escaparate, pero tener al espadachín detrás sin quitarle ojo la desconcentraba. El hecho de escucharle arrastrar los pies al aproximarse a ella hizo que se diese un respingo, diese media vuelta y comenzase a andar.
A Zoro le pareció que estaba tratando con un niño pequeño. Manteniendo la distancia, empezó a seguirla. Nami lo sabía y le faltaba nada para empezar a expulsar humo por las orejas. No entendía nada, y que no le hubiese dicho más que un 'eh' de mierda no ayudaba. No pedía demasiado, solo un maldito agradecimiento. No sabía qué coño pretendía el espadachín con esas tonterías.
- ¿A qué estás jugando? - Dijo Nami, girándose de repente y cruzándose de brazos.
Había pillado a Zoro mirando hacia otro lado, sin saber que el motivo era intentar localizar a sus perseguidores, y él aprovechó para hacerse el despistado tratando huir de una discusión inminente.
- ¿Cómo? - Preguntó él alzando las cejas, fingiendo curiosidad.
- Me has oído perfectamente. ¿Qué coño quieres?
- Nada.
A Nami le dio un tic en el ojo.
- Pues siguiéndome no parece que no quieras nada precisamente.
- Yo no te estoy siguiendo.
El espadachín captó algo que le llamó la atención. Con su último comentario sabía que cabrearía a la navegante, pero es que no sabía por dónde encaminar la conversación ya que estaba realmente incómodo. Soltaba lo primero que se le pasaba por la cabeza para tratar de salir de la situación en la que se encontraba. Y, efectivamente, la navegante le estaba diciendo algo realmente mosqueada. Pero él ya no la escuchaba. Su cabeza iba de la entrada de un callejón a otra, de persona a persona. Sabía que estaban por ahí.
Nami, al ver que encima no le estaba haciendo ni caso, alzó el volumen.
- Oye, ¿me estás tomando el pelo o qué?
La respuesta de Zoro fue desenvainar una de sus espadas a una velocidad con la que Nami se esforzó por no soltar un grito aguantando la respiración y dirigir el filo de esta hacia la cara de la navegante. Ella puso los ojos como platos y no pudo articular palabra. La hoja plateada se detuvo a unos pocos centímetros de su fina nariz blanca, no le había tocado siquiera un pelo del flequillo. Sin mover la cabeza por el estado de shock, la pelirroja dirigió los ojos a una bala que había caído al suelo, la cual iba directa a su entrecejo. Tragó saliva. Zoro había detenido su avance con la espada. Para cuando Nami pudo reaccionar, Zoro había bajado el arma y estaba dándole la espalda. Estaban rodeados por un grupo de hombres.
- Por fin hemos dado contigo, eres escurridiza. - Dijo Rush, con una pistola en la mano.
Así que se trataba de esto, pensó la pelirroja. Toda emoción había desaparecido de su cara y lentamente dirigió la mano a su pierna, donde tenía su Clima Tact. Armó la vara en un momento.
Zoro la miró por encima del hombro, sin quitarles ojo a sus atacantes. Dos o tres más se habían unido a los que Zoro había estado siguiendo. Se encontró con una Nami que le miraba de forma muy seria, desafiante. Casi parecía que el enemigo fuese él y no los que les rodeaban.
- Nami, en cuanto puedas, lárgate. -Dijo Zoro.
La navegante mantuvo la calma y no le contestó.
- ¿Te crees que vamos a dejar que se vaya así como así?
- No, la verdad es que no. - Contestó el peliverde.
- ¿Ahora vas de Dios o qué? - Le escupió Nami al espadachín. Él prefirió ignorar el comentario.
Rush soltó una carcajada.
- Su cabeza es muy valiosa. ¿Qué, la quieres para ti solo?
- Pues casi te quedas con nada por intentar volarle esa cabeza que dices que tiene. Tengo entendido que la buscan con vida.
- La tensión del momento. Estos temas me ponen mucho y digamos que uno se emociona.
Todos se empezaron a reír menos Zoro y Nami. Zoro estaba con una expresión neutra y ahora la pelirroja miraba a Rush, al que le estaban dando ganas de clavar un cuchillo en algún sitio.
- Mira chaval, no sé quién eres - siguió Rush – pero si te marchas y nos dejas a solas con ella no te haremos nada.
Zoro tardó unos segundos en contestar.
- La verdad es que ahora mismo no me apetece mucho moverme. Creo que me voy a quedar aquí un rato.
Nami llevaba una mochila a la espalda la cual dejó en el suelo, sabiendo lo que estaba a punto de pasar.
- Como quieras.
Y todos se empezaron a mover. A Zoro no le supuso un esfuerzo quitarse de encima a los primeros que vinieron y a Nami tampoco. Pero eso último él no lo sabía. En cuanto el círculo viviente que les encerraba se abalanzó sobre ellos, Zoro trató de dirigirse a la pelirroja. No podía perderla de vista. Y cuál fue su sorpresa al verla dándole la espalda y asestando golpes a caras y estómagos que iban hacia ella. Más relajado, Zoro se centró en esquivar y golpear mientras no apartaba la vista de los que dejaban ver sus armas de fuego. Zoro y Nami fueron reculando mientras luchaban y terminaron chocándose, estando espalda con espalda. Los dos se pusieron en tensión por sus propios motivos, pero estos giraban en torno a lo que llevaban aguantándose sobre el otro. No habían conseguido comunicarse ni escuchar lo que el uno debía decirle a la otra, y el tacto fue incómodo. Era una tontería que se les cruzó por la cabeza en un periodo de dos segundos, mientras pensaban en sus siguientes movimientos, pero fue como un click en la cabeza de la pelirroja. Queriendo alejarse de él y con un malestar que le subía por la garganta, usó la propia espalda de Zoro para darse impulso y abalanzarse sobre uno de los hombres que se acercaban a ella. Así siguieron por poco tiempo, para Zoro eso fue un paseo. Esos tíos no tenían ni idea.
Cuando Rush se vio solo ya que sus hombres o estaban tirados por el suelo o habían huido, en un acto desesperado, volvió a apuntar a Nami con la pistola.
- ¡Eh! - Gritó, para llamar la atención de ella y del espadachín.
Nami se irguió. Su pecho subía y bajaba debido a la fatiga de la pelea, pero su cara ni se inmutó cuando miró a Rush a los ojos. Zoro estaba a su lado observándola. La templanza de ella era algo a destacar.
- O te largas de aquí o la atravieso. - Le dijo al espadachín mientras que presionaba el martillo de la pistola.
Zoro apareció a su lado en un abrir y cerrar de ojos. Con la espada que estaba usando envainada, se abalanzó sobre Rush con una mano en su cuello y otra en la mano que tenía sujeta la pistola. No se llegó a efectuar el disparo. La pistola ahora yacía a varios metros de distancia de ellos, que estaban en el suelo. Zoro aún le sujetaba el cuello con mucha fuerza y Rush le estaba arañando intentando quitárselo de encima.
- ¿Si te suelto, el que se marchará serás tú?
Rush asintió como pudo y Zoro soltó el agarre. En cuanto vio la posibilidad, Rush se marchó a toda prisa sin mirar atrás. A Zoro verlo irse así le dio vergüenza ajena. Se giró y vio a Nami desmontando su arma y yendo a por su mochila que había quedado a cierta distancia de ellos. Y ahí Zoro volvió a la realidad. Ya solo quedaban ellos dos, y eso le ponía mucho más alarmado que luchar contra ese grupo de aficionados.
Nami se colocó la mochila y se quedó parada, tiesa como un palo, queriendo congelar al espadachín con la mirada. Tras varios segundos así, sin ceder ninguno, Nami resopló y dio media vuelta, queriendo llegar al barco cuanto antes.
- ¿Te largas otra vez? - Dijo el peliverde, desafiante.
Eso fue lo que le hizo falta a Nami para querer zanjar el tema. Se giró de golpe y volvió a pararse, ahora a una distancia ligeramente mayor.
- Tú esto ya lo sabías.
- ¿El qué?
- Deja de hacerte el imbécil. Lo sabes muy bien. Sabías que me buscaban. De otra forma no habrías tenido las narices de acercarte a mí.
- Eso no es así.
- ¡Deja de mentir! Por eso ni me escuchabas, no soltabas más que estupideces y no hacías otra cosa más que guardar las distancias conmigo mirando a tu alrededor – Nami rio para sí- Ya me extrañaba que todo eso saliese de ti porque sí de forma natural. Todo mentira. Eres un mentiroso, ¿y sabes qué más? Un cobarde.
Zoro frunció el ceño. Eso, más que dolerle, le jodió.
- ¿Qué yo soy cobarde?
- No te confundas, ser valiente con las espaditas es muy fácil. Hay otras cosas para las que se necesita valor, y tú no lo tienes.
Nami se giró con la intención de marcharse y Zoro apretó los puños.
- Te acabo de... - salvar el culo.
- ¡Cállate! - Nami no le dejo acabar la frase. En ese último grito se le había ido a voz más de lo que le hubiese gustado. Ahora volvía a mirarlo y le apuntaba con el dedo, advirtiéndole - No lo digas, ni se te ocurra decirlo. Que sepas que todo esto podría haberlo solucionado yo solita. No necesitaba tu ayuda, no la he pedido. Si tú estás aquí es tu problema.
Nami fue bajando el tono poco a poco, calmándose, pero seguía estando fría y cortante como el hielo. Zoro alzó la barbilla. Quería decirle que era una desagradecida. Cuando la estaba buscando para 'salvarla' de los tíos esos, ese era su plan principal. Hacer que probase su propia medicina. Pensaba que eso era lo que quería hacer, pero no podía. No podía soltarle cuatro cosas e irse como si nada. Ni darle un agradecimiento que no fuese real. Ahora se daba cuenta de que no podía hacerlo. Él no era así. No llevaba razón, y lo supo desde que la pelirroja le sacó del agua. Pero no quiso verlo del todo. No había cosa que pudiera reprocharle, no sería justo. Ahora lo había visto, a base de una bofetada que le habían plantado las palabras de ella.
Nami alzó las dejas y dijo con tono irónico:
- Vaya, sueno como una engreída, ¿verdad? ¿A qué te suena?
Zoro apretó la mandíbula. No mostró debilidad en ningún momento, pero no podía devolvérsela. No debía. Esa no era la función de todo aquello.
Nami comenzó a perder los nervios.
- ¿¡Piensas decir algo!? Porque para ponerme a hablar sola como una maldita lunática, me piro.
Zoro sabía que ese era el momento. Ahora o nunca. Debía hacerlo. Era lo que tenía que hacer. Si se empeñaba en ser egoísta y no hacerlo por ella, tenía que hacerlo al menos por él. Así no podía continuar. Y tampoco podía pretender que Nami estuviese agradecida por lo que él acababa de hacer sin ajustar cuentas entre ellos. Lo tenía que hacer. Lo tenía que hacer. Lo tenía que hacer.
Zoro abrió la boca.
- Yo... - le costaba horrores emitir sonido alguno – Lo siento.
Nami quiso encontrar cierta calma después de escuchar eso, pero no lo consiguió. Si hubiesen sido otras circunstancias, en otro momento, de otra forma, tal vez la hubiese ablandado. La navegante era consciente de que seguramente le habría supuesto un gran esfuerzo decirle aquello, y más siendo ella a la que se lo decía. Zoro no tenía pinta de ser de los que suelen pedir perdón. Pero le fue imposible, su frustración no se había desvanecido lo más mínimo.
- ¿Que lo sientes? ¿Qué coño sientes? - Le escupió ella.
Zoro se incomodaba por momentos. Sentía como que estaba jugando con él. Ahora se arrepentía de algunas respuestas que le había dado momentos antes.
- Lo sabes. - Le contestó él.
Nami se llevó las manos a la cabeza.
- ¡Por Dios! Mira, paso.
Volvió a girarse y comenzó a andar con grandes zancadas. Zoro entró en modo de alerta. Mierda, mierda, mierda. No podía dejar que se marchase así ahora que había conseguido comenzar esa maldita conversación. Eso terminaba ahí. Zoro reaccionó y se movió hasta adelantarla y plantarse delante de ella, cortándole el paso. No le iba a dejar con la palabra en la boca de nuevo.
- Siento no haberte dado las gracias.
Lo dijo rápido, para no darle tiempo hablar. Zoro continuó.
- He intentado decírtelo, pero no he podido.
Nami se cruzó de brazos.
- ¿No has podido o no has querido?
- Bueno, hay que tener en cuenta de que esta mañana me has ignorado completamente. No me has dado muchas opciones.
Zoro comenzaba a enfadarse y para Nami eso ya fue el colmo.
- Mira tío, yo no sé qué coño te pasa y qué complejo de héroe llevas encima. Tus paranoias mentales no me interesan, pero yo no puedo más contigo.
La pelirroja intentó rodearlo para reanudar su marcha, pero Zoro la volvió a parar.
- ¿¡Que no puedes más conmigo!? ¿¡Tú!? Perdona, princesa, pero aquí la única que ha liado las cosas desde que llegó eres tú. Si no estás a gusto en mi barco, puedes irte cuando te de la real gana.
- Para empezar, no vuelvas a llamarme así - volvió a amenazarle con el dedo, señalándole muy de cerca – Ah, y no, perdona, pero ahora estamos justos en esto. He hecho un trato con Luffy, tu capitán, así que si tu problema actual soy yo y al parecer eres el único en el barco al que le pasa algo conmigo, ve acostumbrándote porque no me pienso marchar. Y te recuerdo que fuiste tú precisamente el que me trajo a rastras hasta TÚ barco.
Zoro la cortó.
- Seguía órdenes.
- ¡Pero lo hiciste! De no haber sido por ti puede que ni me hubieseis llegado a conocer. Si quieres perderme de vista tendrás que echarme a la fuerza, aunque eso ya has demostrado que se te da muy bien. ¡Y no! ¡No puedo contigo! ¿Qué se supone que esperabas, que con esto todo iba a ser borrón y cuenta nueva? Una cosa no quita a la otra. ¿Pensabas que me iba a lanzar a tus brazos entre lágrimas y te daría las gracias? Yo no necesito que me rescaten, ¿sabes?
- Yo no he dicho nada de eso.
- Pues parece que lo pienses.
- ¿¡Y tú qué sabes sobre lo que pueda pensar yo!? No llevas aquí ni dos semanas y te crees que nos conoces a todos, pero no tienes ni idea.
- ¡Conozco lo suficiente! Aprendo de lo que veo, y eso es lo que tú me has estado enseñando.
Varias personas que pasaban por ahí se les habían quedado mirando. No se habían percatado, pero poco a poco habían ido elevando el volumen hasta prácticamente hablarse a gritos. La mala leche que desprendían era inmensa. Si nadie había dicho nada hasta ahora era porque no se habían atrevido.
- No digas que me conoces, porque no es así.
- Vale, que sí, es cierto. Pero, ¿sabes lo que sí sé? Que muchas de las cosas que te he dicho sobre ti son verdad. Verdades como puños. - Zoro frunció ligeramente el entrecejo - Y tú también lo sabes, por eso estás así de cabreado. No sabría decir si estás enfadado conmigo o contigo mismo.
Zoro estaba frustrándose por momentos por sentirse tan transparente y fue como si el freno de mano que llevaba puesto se hubiese roto.
- ¡Cállate! - Su voz sonó grave, potente. Como un ladrido. Le gritó a un palmo de la cara.
- ¿¡Es que no lo ves!? - De igual manera, en otras circunstancias ese grito hubiese intimidado a Nami. Pero no era el caso. Ahora ella había acortado más la distancia y se encontraba hablándole muy de cerca. - Eres un hipócrita, el más injusto de todos. Lo eres con todo el que te rodea. No sé qué clase de mundo interior puedes tener porque, como tú dices, no te conozco. Pero sé que a pesar de poder salvarles la vida a tus compañeros, puedes herirles. Lo he visto. Tú puedes ir por ahí salvando el culo a la gente pero no eres capaz de admitir que necesitas ayuda de vez en cuando. No dejas que nadie pueda estar para ti.
Cada palabra de la pelirroja era como un puñetazo en la boca del estómago para Zoro. Pero él se mantuvo firme, sin apartar los ojos de la mirada de ella. Parecía que en algún momento alguno de los dos iba a saltar encima del otro a morder.
- Y yo te digo que te lo iba a agradecer esta mañana pero has pasado de mi puta cara.
Ya no se gritaban, no les hacía falta. Sus voces se habían llenado de peso aun con el más bajo volumen.
- Perdona por estar cabreada porque te hayas comportado como un niñato después de jugarme la vida salvando la tuya.
Zoro reaccionó ante eso. Algo se rompió. Fue muy sutil, pero como estaban cara con cara, la navegante lo notó. De otra forma hubiese pasado desapercibido. Pero para desgracia del peliverde, no fue así.
- Oh... Ya veo -siguió Nami. Zoro aguantaba su rabia tragándosela. - ¿No soportas la idea de que alguien pueda preocuparse por ti hasta ese punto? ¿Solo puedes ser tú el héroe? -Nami calló y Zoro vio cómo ella le miraba determinados puntos de la cara, como reparando en algo. - ¿No soportas mirarte en el espejo y verte esa ceja y ese labio rotos porque te recuerdan que me necesitaste? Que yo me jugase la vida por ti casi sin dudarlo, ¿te jode tanto?
A Zoro comenzaban a temblarle los puños. No sabía cómo callarla de una forma que fuese verbal, y no pensaba tocarla. Tampoco iba a huir. Pero no iba a poder seguir escuchándola por más tiempo. Ella continuaba sin apartar la vista de sus ojos. Zoro deseaba que la intimidación que tuvo sobre ella la primera noche volviese en ese momento.
- ¿Qué pasa, es que si me ayudabas ya no ibas a tener que devolverme nada? ¿No podías vivir con un peso tan grande sobre los hombros? ¿Que yo, alguien a quien detestas, te haya salvado la vida? ¿Alguien que se supone que es mucho más débil que tú?
Débil.
- Nami.
- ¿¡Es que te crees que todos a los que has ayudado no se sienten agradecidos!? ¿¡Te crees que no ha habido veces que han querido agradecértelo de alguna forma y tú no les has dejado!? ¿¡Que eres el único que tiene ese privilegio!? ¿¡Que nadie puede preocuparse por ti!? ¡Contesta!
- Nami.- El tono de Zoro era distinto, y también su expresión. Ya no transmitía enfado o rabia como antes. Ahora parecía más cansado que otra cosa y eso hizo despertar a la navegante. Nami tuvo la sensación de que ella le había robado toda la energía. Todo se les había ido de las manos. No supo el qué, pero algo la hizo callar. - Nami, es suficiente.
Era la primera vez que se dignaba a llamarla por su nombre. La navegante, angustiada, dijo una última cosa tras suspirar y sin mirarle:
- No sé qué tipo de problema tienes, pero te digo una cosa: así no vas bien. Te va a ir muy mal a pesar de llevar contigo esas tres espadas. No solo te haces daño tú, sino que también puedes hacérselo a los que te rodean, como has hecho conmigo. Con esto no pretendo darte lástima ni nada por el estilo. Solo te lo pongo de ejemplo para que lo entiendas. Habría sido peor si esto te llega a pasar con alguien del barco que no hubiese sido yo, ya que soy consciente de que, comparándome con vosotros y lo que os une, yo no soy importante. - Nami dio media vuelta y terminó lo que sentía que tenía que decirle dándole la espalda. - Estoy segura de que si necesitas ayuda en algún aspecto, tus compañeros estarán encantados de ayudarte. Pero para eso debes dejarte ayudar. Y dejarte querer. Nadie puede entrar en tu guerra particular si tú no quieres.
Y comenzó a caminar hacia el barco, deseando llegar y tirarse a la cama. Dejó a Zoro allí. Estaba todo dicho. Igual se habían pasado. Zoro supuso que le había dado la espalda en el último momento para darle el privilegio de que ella no pudiese ver la expresión de su cara mientras hablaba. Zoro ya no sabía lo que sentía, si vergüenza, rabia, enfado, cansancio, decepción, arrepentimiento... Estuvo así un rato, mirando a la navegante alejarse, sin poder apartar los ojos de su espalda. Era curioso, en unos quince minutos le había llamado de todo y faltado al respeto de múltiples formas. Pero no estaba enfadado. O si lo estaba, no era por eso. Ni siquiera sabía si era por ella. Ahora sí que tenía un cacao mental impresionante.
Como ambos iban a ir al barco, Zoro espero un buen rato hasta emprender la marcha para no tener la opción de cruzársela por el camino. Tenía mucho que pensar. Entre otras cosas, cómo iban a convivir después de lo que acababa de pasar. Cómo iba a mirar a sus compañeros a la cara después de todo lo que le había dicho la navegante.
Sorprendentemente, esta vez no se perdió de camino al barco. Y era una de las veces que más distraído se había encontrado.
Pues ya estaría JAJA. Tenso, ¿eh? Que sepáis que lo he disfrutado un montón. Y que AHORA comienza lo bueno. Tengo algunas ideas para los siguientes capítulos, aunque igual no son tan largos. Se me tienen que ocurrir algunas cosas más, pero dudo tardar en subir el siguiente. Espero que os haya gustado. Un abrazo.
