La Entrega
Autora: Lena
Traducción: Kumiko Tsukishiro
Capítulo 3
"Tiene su escondite en un lugar llamado la Citadella. Se encuentra en el desierto, a unos 160 km al Noroeste de Nyccos. Su ubicación es un secreto a voces." Katze presionó una tecla y un mapa apareció en la pantalla. Una ciudad y un área enorme a su alrededor. "Aquí," apuntó con el dedo el diminuto punto en el mapa y con otro botón agrandó la imagen. "Necesitas tener ojo de águila para no perderla, eso dejando de lado el terreno."
El lugar resultó ser una fortaleza circular. Ahora Raoul comprendió por qué le llamaban Citadella.
"¿Entonces estás diciendo que todos saben dónde vive pero nadie hace nada al respecto?" preguntó.
Katze se encogió de hombros. "Es típico. ¿Crees que todos esos gánster andan libres porque la policía no puede dar con ellos? Él le paga a la mitad de las autoridades de la ciudad. Oficialmente está limpio, no hay evidencia en su contra."
Unas horas después de que Daryl le llamara, Katze ya estaba frente a la enorme terminal en su habitación. Al parecer el comerciante conocía bien el nombre del Señor del Crimen. Y las pocas horas de esa tarde le habían servido para saber aún más.
"Parece ser que Guy fue arrestado bajo sus órdenes," continuó Katze. "Su gente intentó atraparlo en la calle, pero el chico les dio una paliza y huyó. Cuando Daryl lo recogió en la estación de policía y sus hombres lo contactaron más tarde, él ya sabía que Guy estaba bajo custodia. Debió enviar a sus compinches a la prisión y fallaron en capturarlo porque llegamos primero."
"Así que secuestrar a sus amigos fue el plan B," adivinó Raoul.
"Eso parece." Volvió a presionar una tecla y la imagen cambio. Un hombre apuesto y de cabello oscuro apareció en la pantalla. "Es él. Su verdadero nombre es Luis Moreno pero supongo que eso no importa. El mundo lo conoce como el Señor del Crimen y es como se llama a sí mismo. También obtuve información sobre sus hombres. Se la envié a Daryl – y esto es lo que obtuvimos. Guy los reconoció como los que lo atacaron. Uno de ellos estuvo envuelto en el secuestro de sus amigos." Apareció otra imagen en la pantalla. "Mane Gavriel, 28 años. Uno de los hombres de confianza del Señor del Crimen. Y hay algo más interesante." Dio otro clic. "Marc Moreno, 22 años. También conocido como Junior."
Raoul frunció el ceño. "¿El hijo del Señor del Crimen?"
"Así es. Al parecer papi está usando a Mane para enseñarle el negocio a su hijo."
Raoul se inclinó hacia adelante y examinó la imagen más de cerca. Aunque el cabello del joven era más claro – sus facciones eran la viva estampa de su padre. Carecía de la belleza noble de su progenitor pero era evidente que su apariencia mejoraría con la edad.
"Entonces, ¿este Señor del Crimen de verdad es tan peligroso?" preguntó Raoul.
"Está inmiscuido en toda clase de asuntos ilegales en Nyccos. O al menos eso se rumora. Pero su especialidad son las drogas. No solo las produce y distribuye, también se dedica a la investigación y desarrollo de las mismas. Sus científicos inventaron la mitad de las sustancias que se distribuyen en el mercado de Nyccos. Es basura de muy mala calidad, si me preguntas."
El Blondie asintió. "Y ahora debemos pensar en una manera de quitar de en medio a este tipo."
"Bueno, como dijiste antes, podemos simplemente ignorarlo y decirle a Daryl que traiga al chico directo hacia acá."
"Lo que significaría desperdiciar tres vidas humanas."
Katze se quedó sin palabras y miró fijamente a Raoul. Los cincelados labios del elite se curvaron en una misteriosa y pequeña sonrisa.
"Sabes, Katze, he estado pensándolo desde hace poco. La verdad es que no tenemos que sacrificar esas vidas. Creo que tengo una idea."
Ya pasaba de la media noche cuando Raoul se unió a Katze en el balcón de la habitación.
"¿Y qué piensas?" preguntó, deteniéndose junto al comerciante.
Katze le echó un vistazo por encima del hombro y sacudió la ceniza de su cigarro.
"Hay una alta probabilidad de que no funcione. Pero también podría ser que sí, así que supongo que vale la pena intentarlo. También puedo enviar a algunos de mis hombres. No entiendo por qué quieres hacerlo tú."
El Blondie entrecerró los ojos, lo que le confería una apariencia algo exasperada. "Por favor, Katze, no me hagas explicarlo otra vez. Ya te lo dije. Las cosas se complicaron más de lo que deberían. No quiero confiarle algo tan importante y peligroso a alguien más. Quiero tener el control de las cosas."
Katze no parecía convencido.
"Sí, claro," espetó. "¿Sabes qué? Empiezo a creer que erraste tu vocación. Debiste ser un mercenario en vez de biólogo. Al parecer te gusta meterte en toda clase de cosas sucias."
El Blondie sonrió, pensativo. "Admito que sería divertido. Alejarse del trabajo, de la ciudad, pasar más tiempo contigo. ¿Qué hay de malo en eso? Katze, ¿sabes cuántas veces en mi vida he salido de Tanagura?"
Katze solo se encogió de hombros, sin ganas de adivinar.
"Dos," dijo Raoul. "Dos veces en mis treinta años."
Las cejas rojas del comerciante se arquearon. "¿En serio?"
"Oh, sí. Y la verdad ni siquiera salí de la ciudad. Mi vida siempre ha sido enfermizamente sedentaria. Crecí aquí, obtuve unos cuantos posgrados y fui directo al trabajo. Cuando el Centro tenía asuntos con otras ciudades, los delegados eran quienes venían a Tanagura, nunca al revés. Cuando eres tan importante como yo," la comisura de los labios de Raoul se elevó burlonamente, "no tienes que preocuparte en ir a ningún lado, siempre vendrán a ti. Para serte honesto, Katze, estoy desesperado por un cambio."
Katze lo observó por un momento. Sí, cuando lo piensas, no era tan sorprendente. Apostaba a que varias personas de Tanagura, elites incluidos, no habrían dejado la ciudad ni una sola vez. Las ciudades eran organismos enormes, cerrados dentro de sus propios límites y prácticamente autosuficientes. Podías pasar tu vida ahí sin la necesidad de salir a otro lado. Y aunque técnicamente no había problema para viajar por aire, miles de kilómetros de distancia entre cada área urbana hacían el aislamiento un prospecto muy probable. Las personas de algunas profesiones específicas tenían que viajar por negocios. Difícilmente alguien lo hacía por diversión.
Katze se permitió una sonrisa. "¿La ciudad sobrevivirá tu ausencia?"
"No soy Iason. Estarán perfectamente bien sin mi. La pregunta es, ¿la ciudad sobrevivirá tú ausencia?"
"Asumiendo que hagamos esto, no me moveré ni un centímetro sin una laptop. Eso será suficiente para que la ciudad sobreviva," el comerciante le guiñó un ojo. "Pero," se giró hacia Raoul con énfasis, "suponiendo que lo hagamos, no dejaré que andes por el desierto luciendo así. No con tu apariencia gritando 'elite'. Y ciertamente no con esas ropas estúpidas. Una semana allá no es lo mismo que una vez en el laboratorio de Kano."
"¿Y qué propones?"
Katze curvó los labios en una torcida sonrisa. "Que si de verdad quieres hacerlo, primero debemos ir de compras."
Todo en la habitación – sin importar del color que fuera – parecía embotado de gris. Los muebles, cojines, paredes, cortinas, hasta la vista por la ventana. Guy se preguntaba si era debido al polvo que flotaba densamente en el aire o al paso del tiempo que hacía que cada color se desvaneciera eventualmente.
Probablemente fueran ambas cosas.
Llegaron a ese lugar casi al amanecer y hasta consiguieron unas horas de sueño. Les dieron una habitación pequeña y barata, típica de un motel del desierto. A pesar de que se encontraban a solo unos kilómetros de la ciudad – las vagas líneas de Nyccos todavía eran visibles en el horizonte – ya no podía sentir la atmósfera urbana. El desierto devoraba casi todos los vestigios de la civilización.
La habitación era austera: una mesa y dos sillas, una cómoda horrible, dos camas y un sillón que en algún tiempo estuvo acojinado con un magnífico terciopelo verde. Ahora solo había un atisbo de verde y la opulencia del terciopelo había sido reducida a una raída y áspera superficie.
Guy se había sumido en el asiento ya hacía un rato y ahora estudiaba a su guardián en silencio – que a su vez, estudiaba la pantalla de la laptop, ocupándose de sus asuntos y sin prestar atención a Guy. El silencio era sobrecogedor. No es que fuera incómodo, a Daryl no parecía importarle, tenía cosas que hacer. Pero Guy estaba – aburrido. Aburrido a muerte y eso que todavía no era mediodía. No podía ni imaginarse el resto del día. Tal vez no fuera una persona muy habladora, pero a veces necesitaba hablar.
"¿Entonces solo vamos a sentarnos y ya?" rompió el silencio, incapaz de seguir callado. "¿Sin hacer nada?"
Daryl levantó su cabeza avellana y lo miró con expresión impaciente.
"No hay nada que podamos hacer por ahora. Estamos siguiendo las instrucciones de Katze. Ahora, por favor, guarda silencio. Tengo trabajo que hacer."
Y volvió a concentrarse en la pantalla.
Instrucciones, claro. Las instrucciones últimamente eran 'moverse lentamente a la Citadella y esperar a que pensemos en algo'. No es que Guy no tuviera un plan. Por supuesto que lo tenía. Solo no sabía cómo echarlo a andar. No sabía cómo deshacerse de la estúpida pieza de metal en su cuello. Por lo que sabía, ese tipo de dispositivos eran bastante complejos. Un cuchillo laser no era nunca una solución en esos casos porque las malditas cosas tendían a reaccionar de forma violenta ante cualquier invasión. Y en las noches – al menos la última noche – Daryl fue lo suficientemente listo para atarlo, de tal forma que no pudiera usar la oportunidad para cercenarle la garganta y robarle el control del collar.
Pero estaba seguro de que pronto se le ocurriría algo. Y entonces dejaría a su celador atrás y se dirigiría a la Citadella por su cuenta y haría el intercambio. Y con eso encontraría la muerte… bueno, ¿acaso eso era algo nuevo?
Se le empezaba a dormir el trasero por estar tanto rato en la misma posición, así que levantó las rodillas y se inclinó de lado. Eso le ayudó por un rato. Ahora no solo tenía el costado dormido, sino que las piernas también. Se estiró otra vez, pero eso solo lo empeoró. Dio un desesperado suspiro. ¡Demonios, estaba harto! Echó un vistazo a su celular que yacía en la mesa, la mera idea de volver a jugar el único juego que tenía lo enfermó. Y la idea de acostarse en la cama no era mejor. No tenía sueño. Y mirar perdido al techo era peor que todo lo anterior.
Se paró de pronto y empezó a caminar de un lado a otro por la habitación.
"¿Puedo salir?" preguntó, impaciente. "Solo al bar del piso de abajo. Para comprarme una bebida."
Pero Daryl solo negó con la cabeza, sin apartar la mirada de la pantalla. "Olvídalo."
"¡Hey, sabes que no puedo escapar!"
"¡Dije que no!" contestó con fuerza.
Un gruñido de frustración salió de la garganta de Guy, pero lo ignoró.
"¿Entonces tienes un juego o algo? ¿Un libro?"
Mierda, debió ocurrírsele antes, cuando estaba en su casa. Tomar algo para su último viaje en la vida. Sí, claro, lo primero en lo que piensas cuando enfrentas a la muerte es cómo mantenerte ocupado mientras llega.
Daryl le dirigió una mirada.
"No, no tengo ningún juego. Ni tampoco un libro. Ni nada." Dijo entre dientes, claramente molesto por la obstinación de Guy. "¿Qué? ¿Crees que estoy para cuidarte? Accedí a perder mi tiempo contigo en vez de ocuparlo en las cosas que tengo que hacer. Esto es suficiente para hacerme enojar. Sin mencionar que tengo que pasar el tiempo contigo. ¡Así que ya cállate! Búscate un lugar en la habitación, de preferencia donde no pueda verte, y trata de portarte como si no estuvieras aquí."
Guy se detuvo, de pronto aturdido por el tono agresivo del joven. No importa lo que haya hecho, hizo que Daryl le gruñera. Como si el mero hecho de su existencia lo molestara.
"¿Por qué me odias tanto?" preguntó en un impulso.
Daryl se estremeció, aparentemente sorprendido por la pregunta.
"¿Qué?"
"Eres demasiado hostil. Parece que me odiaras. ¿Por qué? ¿Qué te hice?"
Las facciones de su guardián rápidamente recuperaron su expresión dura. "Eso no te importa. Pero tienes razón. Te odio. Y te diré algo más. Estaba tan contento cuando me asignaron este trabajo. Estaré complacido de ser yo quien te entregue a Júpiter."
Los fieros ojos de Daryl estaban fijos en él. Guy le sostuvo la mirada por otro rato, pero luego colgó la cabeza y suspiró. ¿Qué se suponía que contestara a algo así?
"¿Qué hay de Júpiter? ¿Te permitirá que hagas esto?" preguntó Katze, observando su cigarrillo mientras lo rodaba en sus dedos.
Raoul se encogió de hombros. "No está en posición de prohibírmelo. Podrá gobernar la ciudad, pero no puede encerrarme aquí."
"Tal vez. Pero definitivamente no le gustará. Un Blondie paseándose en lugares muy inapropiados con una compañía todavía más impropia – estoy seguro que esa no es la forma en la que te imagina. Después de todo, soy cómplice del crimen, ¿no fue lo que dijo?"
Hubo un rato en silencio. Raoul contemplaba pensativo la ciudad frente a él. Frunció el ceño. Sus cejas eran sorpresivamente oscuras para un Blondie – pensó Katze, aunque no era la priemra vez que lo notaba.
"Me permitió tenerte aquí," dijo al fin. "Supongo que no eres completamente un tonto en su opinión." Suspiró y sacudió la cabeza. "No lo entiendo. Creí que sabía cómo funcionaba su cerebro artificial. Todavía no puedo olvidar esa reunión."
Katze lo observó por el rabillo del ojo.
"¿Y el castigo?" se forzó a decir. Se preguntaba si era prudente tocar el tema. Pero la pregunta seguía molestándolo. "¿Qué vas a hacer con eso?"
Raoul se giró hacia él, sorprendido.
"Vamos, Katze. Por supuesto que no voy a castigarte. Creí que lo había dejado claro. Cuando no hay culpa, no hay razón para un castigo. Además - ¿tú?" rió, como si la idea fuera por demás ridícula. "Te lo he dicho muchas veces. Castigaría a una mascota, pero tú simplemente… no encajas en eso."
"¿Y qué hay si te pregunta? ¿Qué vas a decirle? Podrá haberlo dejado a tu consideración pero claramente te sugirió que lo hicieras. ¿Vas a mentirle?"
El Blondie inclinó la cabeza. Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios. "Sabes, Katze, empiezo a creer que suplicas por ello. Acabas de mencionar la palabra 'castigo' por segunda vez en tres días."
Katze hizo una mueca de desagrado. "Por supuesto que no, es solo que… ¡ah!" brincó cuando la enorme mano del elite le dio una nalgada. "¡Hey!"
El cigarro se le resbaló de los dedos y cayó al suelo, girando en el aire. Raoul se cubrió la boca con el dorso de la mano y rio bajito.
"Ahí tienes. Si me pregunta le diré que te azoté, y no será una mentira. ¿Contento?"
Katze le dirigió una oscura mirada, batallando para borrar la sorpresa de su cara. El rubio cabrón solo sonrió.
"Ahora, creo que ya podemos dar el asunto por terminado." Raoul se alejó del balcón y se giró, su mano rozó el hombro del comerciante cuando lo hizo. "Voy a la cama, alcánzame pronto."
Katze asintió en silencio. Cuando el Blondie desapareció, se recargó en el balcón y bajó la vista, sin saber qué esperaba encontrar. Halló una imagen típica de la vida nocturna de Tanagura. Luz mezclada con oscuridad. Luces en las ventanas, flotando en las calles. Suspiró con repentina melancolía. Sí. No estaba a la altura de un castigo, pero era perfecto como un juguete para follar.
Inhaló con placer y exhaló el humo por la ventana abierta, observando cómo desaparecía en el aire caliente. Al menos Daryl no le prohibía los cigarros. Vaya suerte.
El último lugar donde había colocado su molestoso ser era en la ventana. Aparte del lujo de fumar también podía disfrutar de la vista. No es que hubiera mucho qué observar. Estepa, estepa y más estepa. Estepas desiertas. Ni un solo auto llegó al hotel en la última hora. La gente de verdad odiaba dejar la ciudad. No era una sorpresa. Fuera de las ciudades, Amoi era un desierto. Lo único que podían hallar era estancamiento y tiempo perdido.
Después de unas horas admirando las fascinantes imágenes del exterior, Guy comenzaba a aburrirse. Estaba harto de fingir que no existía. Tenía la boca seca. De veras tenía que decir algo. Echó un vistazo a Daryl que seguía trabajando en su laptop. Mierda, ¿cuánto tiempo podía pasar una persona mirando una computadora sin pararse una sola vez?
"¿Y qué es lo que estás haciendo?" preguntó antes de darse cuenta.
"Negocios," gruñó de mala gana, pero sin tanto odio como antes. "Si no puedo atenderlos en persona, al menos hay unos cuantos que puedo manejar por internet."
Y volvió a hacer lo que estaba haciendo. Guy se alegraba de al menos haberle sacado eso. Quizá el joven demasiado-genial-para-hablarle también empezaba a hartarse de la computadora. Sin embargo, estaba determinado a no hacerlo otra vez. Un pequeño logro era suficiente, ¿no?
Volvió a contemplar por la ventana. Estepa, estepa, estepa. El casero estaba sentado en una banca en el jardín, sin hacer nada. Un pájaro negro voló en algún punto del cielo… y luego desapareció. Pasaron cinco minutos. Nada cambió.
"Y… trabajas para Katze, ¿no?" se mordió la lengua, pero era tarde.
"¿Hm?"
Apoyó la cabeza en la pared y dio una honda calada a su cigarro. Katze. Un nombre del pasado. Su sola mención le traía recuerdos. Dulces recuerdos de su tiempo con Riki, amargos recuerdos de su tiempo sin él, tormentosos recuerdos de lo que pasó después…
"Sabes, una vez conocí a un chico que trabajó con él," se resignó a hablar. Si Daryl no quería que hablara, era su problema. No podía prohibirle que abriera la boca, ¿verdad? "Bueno, a decir verdad conocí a varios, pero uno era muy allegado a mi. Aunque supongo que también era cercano a él. Demasiado en sus negocios. Pensaba que trabajar en el mercado negro sería un pase de salida de Ceres. Bueno, lo era de alguna forma. Sí dejó Ceres. Pero a donde fue a parar fue mucho peor. Perdió su orgullo, su honor y su libertad. Se convirtió en la peor basura que habría podido ser en el gueto." Tragó saliva como si las palabras que iba a decir todavía quemaran como el diablo. "Se convirtió en la mascota de un Blondie."
Nunca lo vio venir. En un momento estaba sentado en la ventana viendo el cielo, al siguiente estaba con la espalda clavada en la pared… con el dolor punzando por el golpe. Ni siquiera notó cuando una fuerte mano lo sujetó, lo puso en el suelo y luego lo azotó en la pared.
Los ojos entrecerrados de Daryl brillaban peligrosos en él.
"Nunca jamás te atrevas a hablar así de Riki."
Guy inhaló pesadamente, asustado y sorprendido. Pero todos esos sentimientos fueron rápidamente reemplazados por la sorpresa. Se le quedó viendo a Daryl con los ojos muy abiertos.
"¿Conociste a Riki?"
La mandíbula del apuesto joven se contrajo. Sus labios se apretaron.
"Por supuesto que lo conocí, idiota."
El hombre parpadeó, pero recuperó la compostura rápidamente. Cierto. No era tan sorprendente, Riki trabajaba para Katze, era muy probable que se conocieran. Debió pensarlo antes. Sin embargo, las palabras que Daryl dijo después lo volvieron a tomar desprevenido.
"Lo conocía, ¿y sabes qué? No tienes idea de cómo fue su vida en Eos. No tienes ningún derecho a juzgarlo."
El hombre sacudió a Guy, azotándolo una vez más en la pared, luego se apartó con brusquedad. Su rostro estaba contraído con desagrado, como si el tocar a Guy lo enfermara. El mestizo frunció el ceño, sin comprender.
"¿Cómo puedes saber eso?"
"Oh, vaya que lo sé," una risa amarga salió de la garganta de Daryl. "Conocí a Riki por todo ese tiempo. Desde el momento que dejó Ceres hasta que murió. Maldición, era de mis amigos más cercanos. Y tú lo mataste," le dirigió una mirada acusadora a Guy.
¡Así que es eso! – un pensamiento rápido cruzó por la mente de Guy.
"¿Pero… cómo?" susurró. "Es decir… nadie podría haberlo conocido entonces. Estaba atrapado en la casa del Blondie. Nadie podría conocerlo, excepto el Blondie."
La comisura de los labios de Daryl se curvó burlonamente. "¿Estás seguro?"
El joven se dio la vuelta y se encaminó a su laptop, dejando al sorprendido Guy estampado en la pared. Veía fijamente la espalda de Daryl mientras los pensamientos se arremolinaban en su cabeza. Nadie excepto el Blondie. U otra mascota. O… y entonces lo comprendió. Comprendió qué era lo que le molestaba desde el principio, un vago, casi imperceptible rastro del acento de Ceres en su forma de hablar.
"¿Eras el mueble de Iason Mink?"
Daryl tomó asiento. Su cara era fría e inflexible otra vez. Miró fijamente a Guy.
"¿Eso me hace basura a tus ojos?"
¿Lo era? Una revelación tras otra en la mente de Guy, mientras ataba los cabos. El chico al que ahora contemplaba había sido un mueble. Eso significaba que estaba castrado. Había permitido que los elites lo mutilaran como a un animal. Había lamido los pies de los elites peor que una mascota.
Daryl levantó la cabeza como si hubiera escuchado sus pensamientos.
"Puedes pensar lo que se te de la gana, no me interesa. La cuestión es que tú estás en mi poder, no al revés. Nunca olvides eso."
Guy observó a su guardián por largo rato, mudo, incapaz de moverse. ¿Qué era lo que pensaba? Si tan solo pudiera decirlo. Sabía que debería sentirse contento. Si había algo que odiara más que las mascotas, eran los muebles. Pero al observar al rudo y amenazante hombre frente a él, no podía de ninguna forma asociarlo con un débil y humilde chico en traje de esclavo.
Se detuvieron frente a un enorme escaparate. Un letrero rojo les indicaba que estaban a punto de entrar al 'Midas Fashion'. Raoul le echó un vistazo al maniquí frente a él y este lo observó a su vez con igual escepticismo en sus ojos plásticos. El maniquí traía unos jeans y una chaqueta de cuero. Katze reprimió la sonrisa que amenazaba con salir a flote.
"Bueno, entremos," le dijo al Blondie, agitando el brazo. Cruzó la puerta y escuchó los tranquilos pasos del biólogo tras él.
El encargado de la tienda, un hombre pequeño y viejo de ojos rasgados los veía desde atrás del mostrador y en un segundo estuvo radiante.
"¡Señor Katze! ¡Hola! ¡Qué alegría verlo!" Se apresuró a saludarlo e hizo una profunda reverencia. "Me honra que decidiera visitar mi humilde tienda en persona después de tanto tiempo. Todo está en perfecto orden. No he preparado los libros porque no esperaba su visita, pero lo haré enseguida. Si tan solo pudiera darme unos minutos…"
Raoul observó al enano parlante y con algo de dolor se dio cuenta de que quien inspiraba tanto entusiasmo era Katze. Al parecer el hombre ni siquiera lo había notado - ¡a un Blondie!
Katze dejó que el encargado se arrastrara por un rato, observó su espalda inclinada en reverencia, y luego dijo con un tono cálido y condescendiente.
"Hola Ming, esta vez no estoy aquí para hacer una inspección. Mi amigo y yo queremos comprar algo de ropa. Así que quizá puedas dejarte de zalamerías y empieces a atendernos."
El encargado levantó la vista y al fin observó a Raoul. Instantáneamente sus ojos se abrieron como platos y se le cortó la respiración. Ah, pensó con ironía el Blondie, ahora se daba cuenta.
"Por supuesto, señores, claro que sí," Ming regresó a su lugar detrás del mostrador. "Inmediatamente." Se acomodó el cuello, asumiendo una expresión profesional. "¿Cómo puedo ayudarles?"
Katze se le acercó lentamente. Raoul lo siguió.
"Buscamos algo para este caballero," anunció el pelirrojo, apuntando a Raoul con la mirada. "Algo…" sus ojos lamieron al Blondie de pies a cabeza con exagerada desaprobación. "…casual."
Los ojos del dependiente se abrieron más.
"Algo que un chico típico de Midas vestiría a diario," añadió Katze con firmeza. "Dos pares de jeans, un par de playeras y una o dos chaquetas. Muéstranos lo que tengas."
"¡De acuerdo!" Ming hizo una apresurada reverencia y estaba por irse cuando se detuvo y observó pensativo a Raoul. "¿Qué talla usa, señor?"
El Blondie se encogió de hombros y frunció los labios. "¿Cómo voy a saber? Nunca compro ropa ya hecha."
Por un instante pareció que el encargado estuviera al borde del pánico, pero se recuperó rápidamente y midió a Raoul con mirada experta.
"Muy bien, creo que puedo hacerme cargo."
Y con eso se volteó a los estantes llenos de prendas de todos colores.
Raoul aprovechó el momento para inclinarse hacia Katze y susurrarle al oído.
"Explícame algo, genio. Se sabe que sin una identificación de ciudadano ninguna tienda te ofrecerá sus servicios. Sin embargo, aquí te trataron como si fueras alguna clase de rey. ¿De qué va eso?"
Katze le dirigió una mirada de soslayo. "No esperas que alguien que prácticamente dirige el mercado negro no tenga negocios en un lugar como este."
"Vamos, Katze, ¡venden ropa!"
"¿Y? Los mestizos también se visten, ¿no?"
Raoul parpadeó, sorprendido por la obviedad de la respuesta.
"Hay unas cuantas tiendas en Midas que tienen negocios en el mercado," continuó el pelirrojo. "En esas tiendas no solo me sirven, sino que también me tratan con sumo cuidado (1)"
Sus murmullos se vieron interrumpidos por Ming, quien se les acercó con una montaña de ropa.
"Aquí tienen, caballeros. Lo mejor… que diga, lo más casual que tengo." Colocó las dos pilas en el mostrador. Una – con unos pares de jeans, la otra – diversas camisas de varios cortes y colores, pero definitivamente, muy comunes.
Raoul vio algo que en su opinión parecía más un trapo y sintió que sus labios se curvaban en desagrado. Su alma aristócrata gritaba en protesta. En el mundo de la elite era conocido por su buen gusto. Se le conocía por ser el que siempre seguía la moda. ¿Y ahora se tenía que usar eso? ¡¿Eso?!
"Bien," dijo Katze, contento. "Creo que primero tienes que probártelas."
Raoul se sacudió el disgusto y decidió aferrarse a la prioridad.
Diez minutos después se encontraba frente a un enorme espejo en el probador. Observaba asombrado al joven rubio frente a él. Tenía su misma cara y cabello, pero Raoul no podía dejar de sentir que estaba viendo a un completo extraño. Era como si una fuerza invisible lo hubiera desprovisto de toda su dignidad de Blondie. Hasta su expresión parecía haber sufrido, pese a que trató de acomodar su rostro en su mueca despectiva de siempre. El aristócrata elegante se había ido, reemplazado por un hombre ordinario, uno de tantos que asediaba en las calles cada día. Claro que estaba consciente de que podría ser solo su imaginación. No era su ropa lo que lo hacían un elite, ¿verdad? Aun así se sentía muy incómodo. Sin mencionar que la tela de esos malditos pantalones era insoportablemente tiesa y le picaba la entrepierna. No estiraba bien. No entendía cómo la gente podía usar esa ropa y decir que era cómoda.
Un tranquilo golpecito en la puerta interrumpió sus pensamientos.
"¿Raoul? ¿Puedo pasar?"
Raoul hizo una dolorosa mueca a su alter ego en el espejo y se dijo que tenía que ser fuerte.
"Adelante, pasa."
La puerta crujió al abrirse y Katze entró. El pelirrojo dio un paso… y se detuvo en seco. Al darse vuelta, Raoul notó que los estrechos ojos del comerciante estaban bien abiertos.
"Maldita sea…" murmuró Katze.
"Me veo terrible," adivinó Raoul.
"No, de hecho te ves bien." Hubo una pausa. Luego un ligero gruñido. "Muy bien."
Al estudiar al Blondie, Katze tenía que admitirlo – la imagen era asombrosa. Completamente diferente del hombre al que siempre entretenía. Al fin Raoul lucía… humano. Y uno muy apuesto. Ya no estaba el freak de traje extravagante con esos ridículos picos en los hombros.
La sencilla camiseta verde le quedaba bastante bien y revelaba los bien formados brazos y pecho del Blondie, y resaltaba el verde de sus ojos. Y los jeans… los jeans le quedaban más que perfectos, decidió Katze, echándole un ojo al trasero de Raoul. Respiró y se forzó a apartar la mirada.
"Ten," le dijo, y le pasó dos prendas más. "Escoge una."
Raoul observó las dos chaquetas con el mismo desagrado anterior, pero escogió una sin decir nada y se la puso de mala gana.
Aun mejor, dijo una molesta voz aprobatoria en la cabeza de Katze. La chaqueta de gamuza café claro se estrechaba en la cintura y luego se ensanchaba a mitad del muslo. Asquerosamente maravilloso, dijo la voz y Katze la calló, molesto.
Después de cinco minutos más, ataviado otra vez en su ropa de elite y claramente aliviado, Raoul colocó las prendas seleccionadas en el mostrador. El pequeño Ming lo observó con miedo.
"¿Eso es todo, señor?"
"Sí," respondió el Blondie con severidad.
A su lado, Katze paseó la vista sobre la línea de playeras que colgaban sobre la cabeza de Ming. Formaban un patrón – todas negras, con un colorido estampado al frente. El estampado era atrevido, por decir lo menos, los dibujos casi obscenos. Katze se detuvo abruptamente en una de las prendas. El diseño era simple. Sin dibujos, solo unas palabras. El eslogan, sin embargo, estaba escrito en naranja brillante y resaltaba en el negro de la tela. De pronto una idea cruzó por la mente del comerciante y lo hizo reír para sus adentros.
"Espera," dijo, cuando Ming ya había comenzado a empacar "Quiero una cosa más."
El tendero y el Blondie lo miraron, sorprendidos.
"¿Eh?" preguntaron.
"Sí." Asintió Katze y apuntó a la playera. El encargado y el Blondie siguieron con los ojos la dirección de su dedo. Y lo miraron sorprendidos. Ahora sí que Ming se veía en pánico, mientras Raoul lo fulminó con la mirada.
"No puedes hablar en serio, Katze."
La inscripción en la camiseta decía: 'Que se joda el sistema'.
El comerciante se encogió de hombros. "¿Por qué no? Un poco de humor para tu nueva imagen. ¿Qué hay de malo en ello?"
La mirada de Raoul sugería que Katze sabía muy bien lo que estaba mal.
"No pagaré por eso," la voz baja de Raoul fue casi un silbido.
"Entonces lo haré yo. Considéralo un regalo." Después de estudiar la expresión sombría de Raoul, añadió: "Hey, no puedo forzarte a que la uses, ¿verdad? Bien puedes ignorarla. ¿Cuál es el problema?" Se volteó hacia Ming. "Esta la pago yo, ¿vale?"
El hombrecillo asintió apresuradamente, tomó la profana camiseta y la empacó. Raoul volteó la cara, en señal de desaprobación, pero no dijo nada más.
Cuando todo estuvo pagado y empacado, dejaron la tienda, cargando consigo dos enormes bolsas de ropa. Raoul se detuvo cuando la puerta se cerró tras ellos y miró a Katze.
"¿Ahora qué?" preguntó.
Katze volteó hacia él y le sonrió. "Ahora, mi Blondie, vamos a comprarte zapatos."
Raoul hizo una mueca. Katze trató desesperadamente de no reír aún más. Caminó por la calle, haciendo señas al biólogo para que lo siguiera.
El mundo exterior había desaparecido en la oscuridad horas antes. El techo era mucho más interesante ahora. Al menos ofrecía un complicado sistema de fisuras para estudiar. Daryl estaba hablando con alguien por el comunicador. El volumen estaba muy bajo y desde su lugar, Guy no podía escuchar lo que estaban diciendo pero a juzgar por la voz era Katze.
Daryl se limitaba a responder con una sola palabra. 'Sí.' 'Cierto' 'Copiado'. Pronto la conversación terminó. El mueble presionó el botón y miró a Guy por encima de la pantalla.
"Buenas noticias," le dijo secamente. "Katze tiene un plan. Saldrá hoy de Tanagura, si alguien puede hacer que esto funcione, es él."
Guy levantó la cabeza del colchón. ¿De verdad el hombre háblame-y-te-mato le estaba haciendo conversación?
"¿Qué plan? Preguntó.
"No necesitas saberlo. Nuestras instrucciones no han cambiado. Nos moveremos lentamente a la Citadella. Ellos harán el trabajo de campo, nosotros solo esperaremos el momento indicado."
¿Ellos? Guy arqueó las cejas, intrigado, pero decidió que no haría más preguntas. Lo que rápido empieza, rápido termina, se dijo. Bueno, al menos pudo decir dos palabras.
Dejó caer la cabeza otra vez y continuó observando el techo. Bien, Guy. Esto es lo mejor que puedes hacer por ahora. Tal vez te den la oportunidad de decir… qué serán… diez palabras más antes de que te maten. Quienquiera que 'ellos' sean.
Cruzó las manos sobre su estómago y siguió con la vista la fisura más gruesa del techo quizá por la centésima vez. Sus pensamientos se encaminaron nuevamente hacia tiempos y personas perdidas. Bueno, al menos ahora tenía algo entretenido en qué pensar.
Daryl cerró la laptop y se puso de pie. Empezó a pasearse por la habitación, al parecer preparándose para dormir. Sin querer, Guy lo miró por el rabillo del ojo.
"¿Por cuánto tiempo conociste a Riki?" Las palabras se le salieron antes de que pudiera pensarlo, pero ya no le importaba. Maldición, ya no iba a aguantar la tensión solo porque un eunuco no quería que hablara.
Daryl se detuvo y lo miró. Extrañamente no parecía molesto por la pregunta. Guy se permitió sostenerle la mirada.
"Yo estaba en la casa de Iason cuando trajo a Riki. Estuve con él durante toda su estancia en Eos. Luego Iason lo liberó. Y me reemplazó con otro mueble. Casi al mismo tiempo. Empecé a trabajar para Katze inmediatamente. Riki regresó a Ceres. No nos vimos por un año. Pero luego volvió con Iason. Y casi enseguida empezó a trabajar en el mercado. Desde entonces, hasta el final, nos vimos muchas veces. Hasta trabajamos juntos algunas ocasiones."
"Así que es verdad. Iason lo dejó trabajar en el mercado."
"Sí." Daryl se sentó en la cama, arrugando el pijama en su regazo, como si esperara que Guy dijera algo más. No estaba equivocado.
"Así que estuviste a su lado todo el tiempo. Y yo me devanaba los sesos pensando en lo que le habría sucedido y tú estabas con él."
"Sí," fue la lacónica respuesta.
Guy cerró los ojos e inspiró, sobrecogido por otra revelación en ese día. Ahora todo lo que siempre había querido escuchar aguardaba a solo unos centímetros de distancia en la forma de un guapo… mestizo de cabello color miel. El mestizo era quizá la única persona en el mundo que podía decirle las cosas que ansiaba saber.
De pronto Guy recordó los planes que había hecho por la mañana y descubrió que ya no estaba tan seguro de ellos. De repente escapar ya no parecía tan urgente. Después de todo, ¿qué no dijo el mueble que Katze tenía un plan? ¿Qué la cooperación no funcionaba mejor que trabajar solo? De pronto otra idea parecía mucho más tentadora que volar.
Tanagura 18:00
La van se detuvo y la puerta se abrió. Reo y Kyaru se apresuraron a ella, llevando unas cuantas bolsas de Katze y el equipaje de Raoul.
"Un viaje a la vieja usanza," murmuró el comerciante.
Vio al hombre a su lado echarle una mirada curiosa y le respondió. Raoul. Katze se sentía bastante sorprendido cada que su vista se posaba en el Blondie. Raoul vestía el mismo atuendo que se probó en la tienda por la mañana. Solo que ahora el outfit lo completaban unos tenis. Katze suprimió las ganas de bajar la vista para verlos saliendo por debajo del pantalón porque sabía que empezaría a reírse otra vez. En vez de eso, miró aquellos ojos verdes y sonrió sin motivo.
Solo el cabello de Raoul seguía igual, ya que el Blondie se negó rotundamente a hacerle algo. No, no se lo teñiría y definitivamente no se lo cortaría – ni pensarlo. Tampoco usaría una peluca.
Vale, después de todo no haría mucha diferencia. La razón principal para el cambio de ropa no fue para esconder el hecho de que Raoul fuera un Blondie, sino para evitarle hacer el ridículo en el desierto. Para hacerlo sentir cómodo en el exterior de su lujoso castillo de cristal. A la gente del desierto no le importaban los elites. Se podrían sorprender o incluso ponerse nerviosos si veían uno – eso si es que lo reconocían – pero eso era todo. Katze dudaba que un hombre que se internara en aquel páramo, vestido como una persona normal, pudiera ser tomado como un elite. Incluso si el susodicho era enorme y tenía un largo cabello rubio. Simplemente no encajaba en la imagen. Además, sorprendentemente, como ese nuevo look, Raoul no se veía tan grande.
Finalmente echaron la última maleta en la cajuela de la camioneta y Reo cerró la puerta. Los chicos estaban parados uno junto al otro, sin moverse, echando miradas curiosas a su amo. Raoul solo hizo un ademán con la cabeza. No se molestó en despedirse. Solo les dio la orden de cuidar la casa y los despachó.
Después de que desaparecieran en el elevador, miró a Katze y respiró profundo.
"Así que aquí vamos."
"Sí. Pero escúchame, Raoul, no hacemos esto por diversión. Lo que estamos haciendo no es para entretenerte. Y no será sencillo."
Para sorpresa de Katze, Raoul no parecía necesitar el recordatorio. Estaba serio.
"Lo sé. Créeme, Katze, estoy consciente de la situación." Pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. "Aunque eso no significa que no podamos divertirnos si la oportunidad se presenta."
Katze se preguntó qué clase de diversión podrían encontrar en mitad de la nada, pero decidió que no tenía sentido discutirlo ahora.
"Entonces vámonos," dijo.
"Sí, vámonos."
Entraron al auto y salieron del estacionamiento.
Fin del capítulo 3
