LA ENTREGA
Autora: Lena
Traducción: Kumiko Tsukishiro
CAPÍTULO 5
Daryl recibió el tercer día de su viaje con el desdichado pensamiento de que ese iba a ser otro día que estaba condenado a pasar con su prisionero. Estaba acostado de espaldas, mirando el techo, sin ganas de levantarse. De pronto un leve movimiento en la otra cama llamó su atención. Volteó en aquella dirección. Guy estaba sacudiendo la cabeza de un lado a otro, un profundo ceño fruncido surcaba su frente. El típico signo de una pesadilla.
Cierto, Daryl rio para sí, tal vez aquellos a quienes asesinó venían a acecharlo en sus sueños.
Se estremeció cuando el pensamiento cruzó por su cabeza y lo descartó de inmediato. Algo en ello parecía no estar bien. Se levantó con un pesado suspiro, caminó hacia su prisionero y le desató la muñeca sujeta a la cabecera de la cama. Sacudió con brusquedad el hombro del mestizo.
"¡Hey, despierta, es hora de irnos!"
Los ojos grises se abrieron abruptamente con una sonora toma de aliento. Daryl notó unas gotas de sudor en las sienes de Guy. Se dio media vuelta, resuelto a no prestarle atención, y empezó a andar de arriba para abajo en la habitación. Sin embargo, y muy a su pesar, seguía desagradablemente enfocado en las reacciones de su prisionero. Por eso escuchó claramente cuando Guy se sacudió una vez más y emitió un angustiado quejido.
"Vaya sueño de mierda."
Guy estaba inquieto desde que se despertó. El ceño fruncido no lo dejó en ningún momento. Se tropezó varias veces con la alfombra o estuvo a punto de tirar algo. Cuando bajaron a desayunar, Daryl notó que la cuchara en la mano del mestizo estaba temblando. Frunció los labios con descontento. Lo último que necesitaba era un prisionero con problemas.
"¿Qué pasa?" preguntó, tratando de mantener su voz neutral.
Guy lo miró asombrado. "¿Huh?"
"Te pregunté qué pasa. Estás temblando. ¿Es por el sueño?"
El joven se estremeció. "¿Cómo lo sabes…?"
"Es fácil darse cuenta cuando alguien tiene una pesadilla."
"Ah, cierto." Guy agachó la mirada y la enfocó en el porridge no tan apetitoso que tenía en el plato. Se estremeció y levantó los ojos. "Sí, es el sueño. Soñé que… soñé que mataba a mis amigos. El Señor del Crimen. Maldición, soñé cómo los mataba. Y créeme, no quieres saberlo."
En ese momento la cara del mestizo estaba casi verde. Daryl lo evaluó con la vista. "No, no quiero."
Eso cortó cualquier atisbo de conversación. Continuaron comiendo en silencio. Pero al parecer no fue suficiente para Guy porque de pronto se recargó en la mesa y habló otra vez, con voz baja. "Este tipo es un monstruo. He visto los efectos de las drogas que fabrica, vi personas morir por consumirlas. Le importa un carajo la vida humana, solo sirve para hacer dinero. Y la forma en la que puede torturar a los que se ponen en su camino..." su voz se apagó dramáticamente.
Daryl inclinó la cabeza. "¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez lo viste torturando a alguien?"
"No, y lo prefiero así. Pero escuché los rumores. Chismes muy detallados. Tiene a un equipo especializado en técnicas de tortura. Saben cómo hacerte sufrir pero sin que te desmayes. Una vez escuché una historia sobre un comerciante de droga que fue lo bastante tonto para intentar engañarlo. Estuvo muerto desde el momento en que la idea surgió en su cabeza. Pero no lo mataron y ya, oh no, claro que no, ellos le…"
Daryl apartó la cuchara abruptamente. "¡Es suficiente! Sin detalles, ¡estamos comiendo, maldita sea!"
Guy bajó la mirada y se quedó viendo la mesa.
"Y el sueño era similar. Cuando pienso en lo que podría hacerle a mis amigos yo…" sacudió la cabeza.
Daryl rodó los ojos. "¡Oh, basta! Tus amigos no representan una amenaza para este Señor del Crimen o como se llame. Ni tampoco se metieron con él. No tiene ningún sentido torturarlos. Si fuera a matarlos lo haría rápido. Pero eso no pasará, ¿de acuerdo? Llegaremos a tiempo. Así que deja de lloriquear."
Se interrumpió de pronto, sorprendido. ¿Qué estaba haciendo? Estaba tratando de consolar a ese bastardo. Trataba de tranquilizarlo y reconfortarlo. Mierda, ¿es que ya había olvidado lo que ese pedazo de basura hizo? No, claro que no, nunca lo haría.
Guy lo veía, escéptico, como si no creyera sus palabras, pero luego suspiró con resignación.
"Tal vez tengas razón." Y después de una pausa, añadió, "sí, creo que tienes razón. Gracias."
Daryl rechazó la idea para sí con incomodidad.
Partieron temprano por la mañana, yendo en dirección al sol que estaba elevándose lentamente atrás del horizonte. Querían avanzar tanto como fuera posible. Entre más cerca de Nycoss, mejor, así tenían más posibilidades de tener éxito en su misión. Katze estaba manejando a máxima velocidad, concentrado en el camino e inmerso en sus pensamientos. Eso no molestaba a Raoul, ya habían pasado el punto en el que el silencio entre ellos era incómodo – si es que alguna vez lo fue. Raoul pasaba el tiempo viendo a través de la ventana, todavía sorprendido por el repentino cambio que dio el mundo a su alrededor en los últimos dos días.
El motor se detuvo cuando el sol estaba en su cénit. Primero tosió, luego emitió un silbido y después se quedó en silencio. El vehículo planeó libremente unos cuantos metros y después se detuvo. Durante un momento Katze permaneció sin moverse detrás del volante, como si no acabara de comprender lo que sucedía. Raoul le echó una mirada inquisitiva.
"¿Qué fue eso?"
El comerciante se mordió el labio. "No lo sé. Pero no me gusta."
"Bueno, a mi tampoco."
Y sin decir nada más, el mestizo descendió del auto. Raoul lo observaba desde el interior. Katze se acercó al cofre. Antes de abrirlo dio un paso atrás y agachó la vista con el ceño fruncido. Sus labios se movieron pronunciando una sola palabra. Luego abrió el cofre, bloqueando la vista de Raoul. Por un rato, el Blondie estuvo sentado, algo confundido y sin saber qué hacer. Después decidió unirse a Katze.
Lo primero que lo golpeó cuando sacó la nariz del placentero interior con aire acondicionado, fue el agonizante y sofocante golpe de calor. Júpiter, estaba muy caluroso. En los desiertos siempre hacía calor, pero este día era simplemente extremo. Bueno, mala suerte. Aspiró una bocanada abrasadora y salió del vehículo.
Al momento de hacerlo entendió porqué el mestizo había agachado la vista. El campo magnético que mantenía al auto sobre el suelo estaba parpadeando con descargas eléctricas. Relámpagos azules se entrelazaban en un baile caótico debajo el chasis y lamían los bordes con golpes de zafiro aquí y allá. Caminó hacia Katze y miró por encima de su hombro hacia el interior del coche. La caja del motor estaba abierta y zumbando, emitiendo soplos de humo.
"Wow." Murmuró.
"Un corto circuito," explicó Katze sin esperar que preguntara. "Los acoplamientos se sobrecalentaron"
"¿Puedes repararlo?"
"Difícilmente. No aquí ni en este momento. No tengo el equipo."
Raoul arqueó las cejas. "¿Y qué hay del campo magnético?"
"Al parecer fue un daño colateral por la falla del motor."
"Nada bueno, ¿eh?"
Katze emitió una risita irónica. "Definitivamente es malo. Y no creo que sea seguro mantenerlo. Espera."
Como si acabara de decidirlo, Katze se dio media vuelta y desapareció en el interior del auto. Raoul lo observó – primero checando algo en el tablero, luego sacando su teléfono y haciendo una llamada. Al parecer nadie contestó porque apartó el celular con brusquedad. Katze volvió a concentrarse en el tablero, presionó algunos botones. Otro movimiento hizo que el Blondie volviera a agachar la vista. Las llantas emergieron lentamente por debajo del auto, poco a poco hasta que estuvieron en el suelo. Luego los descargadores se dispersaron, dejando solo un olor a ozono en el aire. Un momento después Katze estaba de vuelta con él.
"Lo siento, Raoul, pero no puedo pensar en nada más que hacer por ahora. Intenté llamar al motel más cercano pero no responden. Al parecer tendremos que empujar el auto hasta allá. Ahí deben tener herramientas que puedan servirme para arreglarlo."
Raoul miró al comerciante con incredulidad. "No estás hablando en serio. Quieres decir que hay que… ¿empujarlo? ¿Literal?"
"Sí, muy literal. Usando estas manos," Katze levantó las manos para ilustrar el significado de sus palabras. "Y esas," señaló las de Raoul. "¡Hey, no me mires así! ¿Crees que yo estoy muy contento?"
Raoul hizo una mueca. "Está haciendo calor, Katze. Muchísimo. Y… bueno, es humillante. Los Elite no hacen tal cosa."
El comerciante frunció el ceño, había un dejo de irritación en su rostro.
"Los Elite no cogen, Raoul. Los Elite no se adentran en el desierto. Si esas cosas no te causan humillación entonces esto tampoco debería."
El Blondie sintió que una sonrisa amarga se dibujaba en cara. "Creo que de todas las cosas que podrían violar la dignidad de los elite, las placenteras son las menos humillantes."
Por un momento pareció como si el comerciante quisiera rodar los ojos. "Sí, bueno, por ahora nuestra prioridad es la necesidad, no el placer."
"¿No podrías al menos volver a prender el campo magnético? Haría las cosas mucho más sencillas."
Katze sacudió la cabeza. "Mala idea. No lo apagué por capricho. En la condición actual podría fácilmente inducir otro corto circuito y dañar aún más el motor. Una reacción en cadena. Vamos, Raoul, no tiene sentido seguir discutiendo. Usar tus músculos para mover esta cosa es la solución más sencilla." Y mirando al biólogo con divertida solidaridad, añadió. "Hey, eres un Blondie, ¿qué es este pequeño auto para tu fuerza súper humana? Además, no está tan lejos, son solo unos cuantos kilómetros. Vamos a empezar."
Raoul suspiró y se rindió. "De acuerdo."
Iba a ser un largo día.
Ella tenía el cabello rizado y claro, labios rosas. Su corto vestido azul le llegaba justo a las caderas, revelando sus muslos. Los observaba con fascinación, balanceándose de un lado a otro con obstinada persistencia y mordisqueándose la uña. Medía cerca de un metro con veinte centímetros y no tenía más de ocho años. Era una niña, y además ahí en el desierto era algo extremadamente inusual.
Ya les había dicho que su nombre era Mara, información que les compartió de manera gratuita, sin preguntarles si querían saberlo o no. Katze había decidido no prestarle atención. Tenía cosas más importantes de las cuales ocuparse que observar niñas pequeñas, sin importar lo inusuales que fueran.
"Sostenlo así. Muy bien, y no muevas la mano," le indicó a Raoul, quien estaba inclinado sobre el cofre abierto y el motor a medio desensamblar, siguiendo las instrucciones de Katze.
El comerciante acercó la pistola de soldar al tablero principal y empezó a soldar las partes más dañadas con el máximo cuidado. La revelación de cabello claro observó en silencio por otros segundos, pero Katze tenía la sensación de que el silencio no duraría.
Tenía razón.
"¿Qué le pasó a su auto?" preguntó la niña.
Katze suspiró para sus adentros y reconoció que una pregunta directa demandaba una respuesta. Tal vez alimentar la curiosidad de la niña era la mejor manera de deshacerse de ella.
"El motor se sobrecalentó e indujo un corto circuito," respondió, sin importar si la niña entendía.
Los labios rosas se abrieron y la pequeña contuvo la respiración en un silencioso gesto de confusión. Por un rato no dijo nada y solo se limitó a observarlos, mientras tanto Katze soldaba las tres uniones quemadas, estudió el resultado de su trabajo y decidió que se veía bastante decente. Alcanzó las pinzas y se las pasó a Raoul.
"Ahora, sostén arriba este cable. Así," tomó la mano del Blondie y la acomodó en la dirección correcta. "También necesito reparar este."
Raoul se movió, buscando una posición más cómoda para los nuevos arreglos. Unos mechones del que una vez fue majestuoso y ahora era un polviento cabello rubio, se deslizaron de su espalda y cayeron hacia adelante, bloqueando la vista de Katze.
"Tu cabello, Raoul."
"No puedo, estoy sosteniendo las pinzas, tú acomódalo."
Para el comerciante no pasó desapercibido que la manera de hablar de Raoul cambiaba en medio del trabajo manual y la observación lo hizo sonreír para sus adentros. Alcanzó los mechones ondulados y los colocó tras los hombros anchos del elite. Su mirada se posó en la cara de Raoul. Reprimió una sonrisa.
"Tendrás que bañarte. Tienes polvo en todas partes."
El Blondie le dirigió una mirada fulminante. "Mira quien habla. Deberías verte en un espejo."
"Estoy seguro. Bueno, ya habrá tiempo para eso más tarde. Ahora sostenlo, ¿de acuerdo?"
El Blondie asintió y Katze volvió a tomar la soldadora.
"Tienen un auto muy lindo. ¿Vienen de una ciudad grande?"
El mestizo rodó los ojos cuando la niña les recordó su presencia. ¡Al demonio con la chiquilla! Inesperadamente, Raoul salió en su ayuda.
"Venimos de Tanagura," respondió, sin levantar la mirada del motor.
Los ojos de Mara se abrieron como platos. "¡Wow, Tanagura! He escuchado de ella. Escuché que es la ciudad más grande de Amoi. ¿Es verdad?"
"Sí, es verdad."
"Genial. Nunca he visto una ciudad grande, ¿sabes? Nací aquí y nunca he dejado este lugar. Mi papi dice que me llevará a El Camaal cuando sea más grande. ¿Conoces El Camaal? Es la ciudad más cercana, es lo que papi dice."
Hizo una pausa para tomar aire, o quizá esperaba una respuesta. Nadie dijo nada. Bueno, no era necesario, porque ella volvió a hablar.
"Papi dice que las ciudades grandes dan miedo. Hay montones de esas personas clonadas, esas…. Mascotas, y esos enormes y aterradores elites. ¿Conocen a algún elite?"
Raoul emitió un gruñido de indignación. Katze consiguió aguantarse la risa que amenazaba con escapar de su garganta. Oh, maldición….
"Sí, sí los conoce," y señaló al biólogo con la barbilla. "Él es un elite."
No supo qué lo hizo decir eso. Había una parte malvada en él que amaba molestar al Blondie aunque eso fuera estúpido.
"¡Katze!" siseó Raoul.
Pero la niña ya lo había escuchado. "¿Lo eres? ¿De verdad? Pero no te vez aterrador."
"¡Por supuesto que no soy aterrador!" Protestó Raoul. "Es decir, yo no—" pero las palabras se atoraron en su garganta. "Solo ignóralo, está bromeando contigo."
Pero ella no lo escuchó, su pequeña mente estaba trabajando al cien.
"¿Y tú, señor?" preguntó emocionada, volteando hacia Katze. "¿También eres un elite?"
"No, yo no soy un elite," murmuró el comerciante. "Soy la mascota del elite."
"¡Oh, vamos, Katze, tú no eres una mascota!"
"Es cierto," corrigió Katze, "soy el mueble del elite."
"¿Cómo puedes ser un mueble? Eres un hombre."
"¡No eres un mueble, Katze!"
La discusión fue repentinamente interrumpida cuando el sonido de unos pasos se acercó a ellos y una gran sombra se situó en el capó del auto.
"¿Cómo va todo? ¿Necesitan algo más?"
Katze levantó la vista hacia el casero, un hombre con piel aleonada y a mitad de sus treinta. "Si tuviera cinta de aislar que pudiera usar para asegurar el cable."
"Seguro, debo tener por ahí. Esperen," el hombre asintió y volteó a ver a la pequeña niña. "Y tú, señorita, estás molestando a nuestros huéspedes. Tienen trabajo que hacer."
Katze pensó que tal vez debía decir que no, la pequeña no los molestaba, que era una niña agradable y debía dejarla que preguntara lo que quisiera. Pero no se sintió con el ánimo para ello así que solo se quedó en silencio, igual que Raoul. Pero Mara no lo hizo.
"Pero papi," se quejó. "No los estoy molestando. Solo estábamos hablando. Les estaba preguntado por las ciudades grandes…"
"Les preguntarás más tarde. Vamos, cariño. Por ahora no te necesitan aquí." Y con eso tomó la mano de Mara y – gentilmente pero con firmeza – la encaminó al pequeño edificio que sobresalía en el patio. Cuando desaparecieron en su interior, Raoul miró a Katze con reproche.
"No tenías que decir todo eso."
"¿Por qué? Es la verdad. Además, ella no es una amenaza aunque se lo contara a alguien. Solo mírate, ¿crees que alguien le creería? Pensarían que está mintiendo."
Raoul resopló, indignado. "Bueno, muchas gracias. Y no me refería a mi. Me refería a la parte sobre ti. Eso no es verdad."
"¿Ah sí?" Katze fingió sorpresa. "Entonces, si no soy una mascota ni tampoco un mueble, ¿qué soy para ti? Seguramente no vas a decir que soy tu amante."
Terminó de soldar y apuntó la pistola a otro cable.
"Ahora este otro. Sigue igual. ¡Hey, no muevas la mano!"
Raoul se tensó, tratando de mantener su cuerpo en perfecta rigidez, mientras el comerciante continuaba trabajando.
"Bueno," el Blondie retomó su conversación, "algunas cosas no pueden nombrarse fácilmente. No tiene sentido forzarles un nombre."
"Claro," gruñó Katze, pero no dijo nada más.
Siguieron en silencio un rato más. El trabajo estaba casi terminado cuando de pronto algo zumbó muy fuerte cerca de la oreja de Raoul, y aterrizó justo ahí, cosquilleando insoportablemente en la entrada de su ducto acústico. El Blondie se estremeció abruptamente, estampando su mano libre en su oreja. No ayudó el hecho de que su otra mano se movió por el ímpetu. El alambre vibró y la soldadura se cayó.
"¡Mierda!" Katze levantó la cabeza con brusquedad y casi se golpeó con la orilla del cofre. Le echó una mirada fulminante al Blondie. "¡Te dije que no movieras la mano! ¡Mira lo que hiciste!"
"¡Hey, no es mi culpa! Un estúpido mosquito se puso en mi oreja y—"
"¡Oh, un mosquito, un mosquito! Pudiste quedarte quieto unos segundos más. ¡El mosquito no te hubiera comido! Ahora tendré que volver a soldar todo el estúpido cable."
"¡Fue un reflejo, Katze! ¡No lo controlo! Un cable, qué gran cosa. ¡Y además, no me grites!"
El mestizo se llevó las manos a la cadera. Su mirada ambarina perforaba al Blondie.
"¿Y por qué no?"
"Porque- ¡Soy un Blondie! ¡Y soy tu…" Raoul se pausó, de pronto incapaz de continuar.
Katze lo miró, desafiante.
"Sí, exactamente. ¿Eres mi qué? ¡Bien, dilo!"
"¡No tienes respeto!" Escupió al final Raoul.
El comerciante resopló, echando atrás la cabeza.
"Si con eso te refieres a que no te tengo miedo, entonces tienes razón. Con un demonio, no te tengo miedo. ¡Y ni siquiera pienses que alguna vez lo haré! Pero," ahora habló con seriedad. "Sé perfectamente cuál es mi lugar. Me lo dejaste bien grabado en la cabeza hace un tiempo."
"¿Ah sí?"
"Sí," la expresión arrogante estaba de regreso. "Y esa es la razón por la cual yo te digo qué hacer, no al revés. Porque, Raoul, yo sé más de circuitos y cables que tú."
El Blondie parpadeó. Por un momento se mantuvo en silencio, perplejo. Luego levantó los brazos. "¡De acuerdo, de acuerdo! Lo siento. La próxima vez que un mosquito se meta en mi oído lo dejaré que me coma los tímpanos solo para no moverme. Todo por ti, ¿contento?"
Katze hizo caso omiso de la ironía y solo asintió con firmeza, aceptando la respuesta. Devolvió su atención al auto, listo para reanudar su trabajo. Raoul lo observó, y de pronto, antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, estiró el brazo y sujetó el hombro del comerciante. Lo jaló con violencia y lo acercó a él. Pudo ver la cara de sorpresa de Katze antes de ceder a su impulso y estampar sus labios en los del mestizo. Los abrió a la fuerza, casi con violencia, empujando su lengua y explorando su boca. El rígido cuerpo en sus manos se agitó pero lentamente comenzó a relajarse. Raoul se sorprendió cuando de pronto sintió que aquellos labios empezaron a devolverse el beso. No en la forma en que usualmente lo hacían, no con sumisión, con indiferencia, casi con pasividad. De pronto la lengua de Katze estaba enredada con la suya y se retorcían juntas en un abrazo sensual. El corazón de Raoul dio un vuelco. Apretó los brazos por instinto, acercando más a Katze, casi al punto de romperlo, y las manos del comerciante que todavía sostenían la soldadora, lo abrazaron.
Solo después de un largo momento fue que muy a su pesar rompieron el beso.
"Hey, eso fue agradable," murmuró Katze.
Raoul frunció el ceño, indignado. "¿Acaso es tan sorpresivo?"
"No, quiero decir—" el pelirrojo se veía genuinamente asombrado, "muy, muy agradable." Lentamente se separó de Raoul y se aclaró la garganta. "¿Por qué?"
"No estoy seguro. Supongo que quería mostrarte mi área de control."
Una ceja roja se arqueó. "Te lo dije, sé perfectamente bien cuál es tu área de control. Pero—si quieres mostrármelo de esta manera… bueno, no tengo problema." Sacudió la cabeza, todavía algo mareado. "Ahora," su tono firme estaba de regreso y solo un oído muy agudo podía captar el temblor en su voz, "volvamos al trabajo, de veras quisiera terminar ya."
"Dime algo, Daryl," Guy habló en un impulso, apartando la vista de las monótonas imágenes que se movían tras la ventana y la dirigió al apuesto eunuco en el asiento del conductor. "¿Por qué un hombre como tú – un hombre rudo, al parecer de carácter, decidió convertirse en un mueble? Por más que lo intento no te imagino como el lacayo de un Blondie."
Una mirada corta y sardónica se dirigió a su dirección. Daryl rió con sorna y había algo amargo en ese sonido.
"Eso es lo que piensas, ¿eh? Sí, no me sorprende. Mucha gente piensa lo mismo."
Guy frunció el ceño. "¿A qué te refieres?"
"Decidir. Es la palabra totalmente equivocada."
"¿Cómo es eso?"
Daryl cerró los ojos un momento, luego los abrió.
"Nadie de nosotros, los muebles, decide convertirse en uno." Dijo secamente.
Por un largo rato, Guy se quedó atónito mirando al hombre. La simple confesión lo tomó por sorpresa. Toda su vida pensó que convertirse en un mueble era algo voluntario. Después de todo, en Ceres era un secreto a voces que les causaban envidia. Guy sabía que aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta, había muchos en el gueto que darían lo que fuera por volver a su adolescencia para poder escoger ese camino. Durante su estancia en Guardián, había visto a muchos chicos presumir que habían sido aceptados (recordaba que era la primera vez que escuchaba sobre los muebles). Luego desaparecieron y nunca volvieron.
"¿Entonces cómo es que sucede?" preguntó.
Daryl se encogió de hombros. "De la manera usual. ¿Recuerdas los exámenes que nos hacían en Guardián al cumplir los catorce? ¿De IQ y personalidad?" Guy asintió. Sí, lo recordaba con claridad. Era un procedimiento estándar por el que pasaba todo niño. Daryl lo miró. "Maldición, estuvimos ahí al mismo tiempo. Hasta pudimos habernos conocido," murmuró indiferente.
"Guardián es un lugar grande."
"Sí, lo sé. Como sea, probablemente no lo sabes, pero esos son los exámenes de admisión para los muebles. De entre todos los niños escogen a los más listos y con las características físicas apropiadas – complexión, algo introvertidos, muy tranquilos. Después examinan a los seleccionados… físicamente. Y escogen a los más hermosos. Luego nos dicen para qué fue todo eso. Claro que al principio todos están felices. Nos dicen que fuimos los mejores, que viviremos en los lujos de Eos y después de unos años nos otorgarán derechos de ciudadanos. La primera vez que lo escuché… cielos," sacudió la cabeza. "Nunca pensé que algo tan maravilloso podría pasarme. Pero luego nos llevaron a la clínica y solo entonces descubrimos la otra parte. ¿Sabes a lo que me refiero?"
"¿La castración?"
Por un rato Daryl estuvo en silencio. Guy lo miró y notó que las mejillas del hombre se sonrojaron de un rosa suave.
"Sí, eso," dijo tranquilamente. "Dime, Guy, ¿cuándo supiste que los muebles estaban castrados?"
El mestizo frunció el entrecejo, intentando recordar. "Vaya, no lo recuerdo. Creo que siempre lo supe."
"No, eso es imposible. En Guardián se mantiene en secreto. Incluso si algunos niños escuchan sobre los muebles, nadie nunca habla de la castración. Tuvo que ser en otro lugar," hizo una pausa, como para ver si Guy tenía algo qué decir, pero el mestizo se mantuvo callado. "Fue una sorpresa. El maravilloso sueño desapareció y se convirtió en una pesadilla. Muchos empezamos a rogarle a esas personas que nos llevaran de regreso al gueto. ¿Crees que no lo hice? Suplicamos, lloramos, de no haber sido por el sedante que nos dieron creo que nos habríamos puesto histéricos. Pero no les importaba lo que nosotros quisiéramos. Y entonces lo hicieron, nos cortaron – uno por uno."
Volvió a guardar silencio. El zumbido del motor del auto era el único sonido en aquella vastedad. Después de un rato volvió a hablar.
"Luego nos llevaron a un centro de entrenamiento donde procedieron a meternos en la cabeza lo afortunados que éramos. Que era un privilegio servir en la ciudad de los elite y que nuestra mayor recompensa – convertirnos en ciudadanos – era un honor mucho más grande. Claro que funcionó. Después de un tiempo empezamos a acostumbrarnos a nuestra nueva… condición. Después de todo, ya no había nada que pudiéramos hacer así que empezamos a ver el lado bueno de nuestra situación. La mayoría de nosotros siguió el entrenamiento con diligencia, determinados a convertirnos en los mejores y más leales sirvientes. Fin de la historia."
Guy se quedó sin palabras, viendo a Daryl sin parpadear. Estaba vagamente consciente de que tenía la boca abierta, intentaba decir algo pero no encontraba el qué, también sabía que su intensa mirada podría hacer sentir incómodo al otro hombre. Finalmente se obligó a dar la vuelta. Maldición, estaba temblando. Todo este tiempo había despreciado a los muebles. Era tan sencillo hacerlo. ¡Era tan cómodo! Eran mestizos que abandonaron su orgullo, eran traidores y la personificación de aquello en lo que Guy no quería convertirse. Eran el mejor ejemplo de aquello contra lo que había peleado, empezando por su lucha personal con Iason Mink. Y ahora resultaba que su imagen de ellos era solo una ilusión. Guy veía por la ventana y de pronto se sintió enfermo.
"No sé qué decir," murmuró. "Creo que… lo siento. No lo sabía."
Escuchó una risa irónica del otro lado.
"Sí, claro. ¿Cómo podrías saberlo? Ahora tengo que decir 'no importa'. Esa es la línea, ¿no es así?" Pero el tono de voz de Daryl decía algo totalmente diferente. "Y solo para tu información," añadió, "Riki tampoco tuvo muchas opciones cuando Iason lo tomó como su mascota. De hecho no tuvo ninguna."
Guy se giró hacia el en un impulso. "¿Me contarás sobre eso? Por fin la historia completa. ¿Por favor? De veras me gustaría escucharla."
Daryl entrecerró los ojos, su pecho se hinchó con una profunda respiración. Se tomó un momento antes de contestar.
"En la noche. Cuando hayamos llegado a nuestro lugar. Algo breve. Contarte toda la historia tomaría años. Pero, sí, lo haré."
Guy asintió con entusiasmo. "Gracias. De veras lo aprecio."
El comerciante frunció los labios y rodó los ojos. "Deja de agradecerme. Me siento raro si viene de ti."
Estaban muy agotados para continuar su viaje ese día. Además, aunque todavía faltaban dos horas para la puesta del sol, ya era muy tarde para irse. Así que pidieron una habitación en el hotel (la más costosa, por supuesto) y subieron inmediatamente, sin detenerse a cenar.
Cuando la puerta se cerró, Raoul volteó su cara polvosa y grasienta hacia Katze. El comerciante suspiró, adivinando lo que le aguardaba.
"Lo sé, necesitas sentirte como un Blondie," dijo, antes de que Raoul pudiera abrir la boca.
"Bueno, definitivamente necesito un baño."
Eso era cierto, el Blondie se veía horrible. Tenía la cara cubierta de polvo y grada, su cabello estaba en una condición lamentable – despeinado, con los mechones sudados y sucios pegados a su frente y cuello. Su playera alguna vez verde, estaba ahora arrugada y con dos enormes manchas de sudor debajo de sus brazos y otras en la espalda y el pecho. No es que eso demeritara la belleza del Blondie. Contrastando con todo lo que ahora constituía el penoso estado de Raoul, era aún más sorprendente.
Al mirarlo, Katze solo era más consciente de su propia y precaria condición, que – ahora estaba seguro – era deplorable. Maldición, no estaba menos polvoriento y grasiento, y seguro estaba más cansado. No importa lo exhausto que Raoul estuviera, podría de verdad darle un respiro esa noche. No es que Katze se lo fuera a pedir. No. Simplemente se dio la vuelta y se encaminó a la puerta de lo que creía era el baño.
La abrió y se detuvo en el umbral, barriendo la habitación con la mirada. ¡Oh, maravilloso! Se giró hacia el Blondie… y lo encontró de pie justo detrás de él, mirando por encima de su hombro.
"No hay bañera, Raoul," lo dijo pese a que Raoul ya debía haberlo notado.
Solo una estrecha cabina en el hueco de una de las paredes. Ni siquiera había espacio para una bañera.
"Bueno," murmuró el Blondie. "Tendremos que conformarnos con esto."
Desempacaron sus artículos de baño, se desvistieron y entraron en la ducha. Permanecieron bajo el vapor del agua caliente, esperando unos momentos hasta que desapareciera la primera capa de mugre y polvo de su piel. Una vez que se fue, Katze se sintió tan refrescado que la idea de ocuparse del Blondie le pareció algo soportable. Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Raoul dijo:
"Ahora lava mi cabello."
El comerciante asintió en silencio y alcanzó el shampoo. Miró la cabeza dorada. Estaba… muy alta.
"Sabes, vas a tener que agacharte, así me lo harás más sencillo."
"De acuerdo."
Raoul se puso en cuclillas en la esquina de la cabina. Ahora estaba muy abajo, así que Katze se arrodilló detrás suyo, encontrando la distancia más cómoda. Examinó la voluminosa masa de cabello y la enorme cantidad de polvo con la mirada y suspiró. Sí, tenía que admitir que Raoul tendría problemas lavando todo eso él solo, ciertamente era más fácil que alguien más lo hiciera.
"Definitivamente tienes que hacer algo con tu cabello," murmuró, poniendo una gran cantidad de shampoo en la cabeza del Blondie.
Era una tarea difícil y aunque Raoul siempre decía lo mucho que disfrutaba que Katze le lavara el cabello, esta vez se mantuvo en silencio. Los pocos suspiros que dio parecían más de alivio que de placer, y una vez que el comerciante terminó de enjuagar los mechones dorados, también se sintió aliviado.
Raoul se levantó y giró hacia él.
"¿Puedes continuar con el resto?" Katze de veras esperaba que el Blondie ya no requiriera sus servicios.
"Sí, por supuesto."
"Entonces yo…" señaló la puerta de la cabina y se encaminó a ella, considerando que era suficiente explicación para el Blondie.
Raoul lo tomó del brazo. "¿Y a dónde crees que vas?"
"Bueno, como ya no me necesitas pensé esperarte hasta que terminaras."
"Oh, vamos, Katze, aquí hay bastante espacio para los dos, no tienes que irte. No quiero que te vayas. Y además," examinó la cabeza de Katze con la mirada, "tu cabello también necesita una lavada."
"Puedo hacerlo después."
"¿Por qué? Yo puedo hacerlo."
Por un momento Katze pensó que había escuchado mal. "¿Q-Qué?"
"Dije que yo puedo hacerlo. Lo hiciste por mi, ahora yo lo haré por ti. ¿Qué tiene de raro?"
Katze abrió la boca.. y luego la cerró, sin poder hablar.
"Raoul," dijo despacio, "ciertamente no hablas en serio. Es decir, soy un mestizo. Tú eres un Blondie. No quieres…"
"Sí, sí quiero." La mano que lo sostenía con firmeza, lo acercó. "No me vengas con eso, Katze. No después de hoy," siseó el Blondie, pero había un tono juguetón en su voz. "Ahora, de rodillas."
Katze necesitó otro momento para comprender lo que le pedía, luego lentamente, saliendo de su incredulidad, se puso de rodillas, asumiendo la misma posición que Raoul hace un momento. Escuchó al biólogo hincarse a su espada y tragó saliva. Era imposible. ¡El Blondie quería servirle! Pero la agradable sensación del shampoo en su cabeza y el suave roce de los dedos de Raoul le indicaron que no solo no era imposible, sino que era muy real. Así que cerró los ojos y asimiló las sensaciones que estaba seguro no volvería a experimentar otra vez.
Cuando después de unos minutos Raoul terminó, se sintió – relajado, casi adormilado. Se levantó lentamente. Raoul estaba sonriendo.
"Ahora puedes lavarme, ¿cierto?"
Katze asintió ausente, inconsciente de las resoluciones anteriores. Alcanzó el jabón y empezó a frotar lenta y cuidadosamente el hermoso cuerpo. Casi se atragantó con su respiración cuando Raoul tomó otro pedazo de jabón y empezó a hacerle lo mismo.
"Raoul…"
"Shh, no discutas," susurró el Blondie.
Así que no lo hizo. No, no tenía la mínima intención de hacerlo. Sus párpados se desviaron hasta la mitad del cuerpo del Blondie, su visión se tornó borrosa, pero no necesitaba ver mucho. Solo estaban las suaves y lánguidas manos de Raoul sobre él, y su cuerpo extraordinariamente espléndido frente a él, brillando con el jabón y a su alcance. Y Katze lo tocó, delineó aquellas maravillosas líneas de sus músculos, saboreando la sensación de aquella resbaladiza piel perfecta. Sentía que estaba tocando la más hermosa obra de arte viviente. Por primera vez durante su historia con Raoul, por primera vez durante todos aquellos meses cuando pudo tocar el cuerpo desnudo del Blondie en la cama o en el baño, estaba genuinamente excitado. Y, para su sorpresa, sabía perfectamente cuál era la razón.
Vio la cara del Blondie – una mínima sonrisa curvándose en sus labios – y controlado por un impulso, se acercó más. Las manos de Raoul lo abrazaron, masajeando su espalda, y él hizo lo mismo. Tardaron unos minutos más, enredados en un abrazo casual, sus pechos chocando, sus labios rozando el hombro o cuello del otro, con sus manos apenas recordando lo que deberían hacer.
Finalmente cerraron la llave del agua y Raoul susurró en el oído de Katze.
"Eso fue muy agradable, gracias. Ahora salgamos."
Así lo hicieron, sin romper la atmósfera entre los dos. Tomaron las toallas y comenzaron a secarse el uno al otro. Frotando los brazos de Raoul por encima de la toalla y sentirlo hacer lo mismo, estando tan cerca, era como abrazarse otra vez y Katze saboreó el pensamiento.
"¿Te sientes refrescado?" murmuró el Blondie.
"Seguro que sí. ¿Qué hay de ti?"
"Como un recién nacido."
Katze rió. "Definitivamente te ves mucho mejor."
"Igual que tú. Ahora," la voz de Raoul cobró firmeza. "Ya que estamos limpios y frescos, creo que deberíamos bajar a comer y tal vez hacer algún progreso en nuestra búsqueda."
La investigación los llevó a ningún lado y regresaron con nada. A pesar de ello, Raoul no estaba decepcionado.
"Aunque supieran algo, no nos lo dirían," recordó las palabras que Katze dijo en la mañana. "No estarán dispuestos a hablar contigo, más bien se pondrán en contacto con el Señor del Crimen para decirle que algo anda mal. De una forma u otra – tan pronto como nos crucemos con alguien que sepa algo, estoy seguro que ellos vendrán a nosotros. Solo tenemos que mantener los ojos abiertos."
Raoul aceptó su fracaso con tranquilidad y, una vez de regreso en la habitación, se fue de inmediato a la cama sintiendo que merecía un buen descanso. Katze tampoco sentía ganas de desvelarse en su laptop, así que se le unió al cabo de unos minutos. Se metió bajo los cobertores quedando frente a Raoul, y el Blondie felizmente lo abrazó. Un gruñido de placer escapó de la garganta del biólogo, siempre se sentía tan bien abrazar a Katze. Pero le sorprendió cuando después de un rato el comerciante le preguntó confundido:
"¿Te pasa algo?"
"¿Por qué habría de pasarme algo?"
"Bueno, es que," el pelirrojo se aclaró la garganta, "no vas a… ya sabes."
"¡Ah, eso!" Raoul soltó una risita cuando se dio cuenta de lo que hablaba el mestizo. Sí que debía estar cansado para que se le olvidara algo tan obvio. Lo consideró un momento y decidió que su cuerpo necesitaba unas largas horas de sueño. "No, Katze, estoy demasiado agotado después de todo lo que pasó hoy."
El cuerpo tenso del comerciante de inmediato comenzó a relajarse en sus brazos, provocándole a Raoul una conocida punzada de dolor, la que ignoraba con practicada naturalidad.
"Entonces dime, Blondie," le dijo Katze, cambiando a una posición más casual, "después de hoy, ¿todavía te entusiasman los desiertos?"
Raoul cerró los ojos, decidiendo que era tiempo de flotar lentamente al país de los sueños.
"Demasiado caliente, demasiado seco y demasiado polvo," murmuró. "Pudimos pasar el día sin todas esas complicaciones. Sin embargo, si no fuera por ellos tampoco habrían pasado las cosas agradables."
"Oh," de pronto Katze sonó avergonzado. "Creo que los dos estábamos algo… afectados por el calor."
Raoul abrió un ojo. "¿Por qué crees que me afectó el calor?"
"Bueno, nunca me besas así, nunca con tanta… pasión."
El Blondie rio. "Creo que me enojó que estuvieras dándome órdenes. Pero – ¿es por eso que respondiste con tanto entusiasmo?"
Katze emitió un gruñido mitad confusión y mitad ofendido. "Sabes, resultó que después de todo sí puedes besar, y bastante bien. A toda buena acción – buena reacción, simple dependencia."
"¡Oh, muchas gracias! Hoy estás siendo muy amable conmigo," Raoul pretendió estar ofendido. "¿Pero sabes algo?" se levantó, apoyándose en su codo, pensando que el sueño podría esperar unos minutos, "tal vez esté muy cansado para tener sexo, pero definitivamente estoy bien para practicar besarnos. ¿Qué te parece?"
Otro gruñido. Esta vez sonó desconcertado. Raoul sintió que su duelo verbal había terminado y se felicitó por haber ganado.
"Ven aquí, Katze," ordenó suavemente y sin esperar a que el comerciante lo obedeciera, jaló el delgado cuerpo hacia él. Acarició la cicatriz de su mejilla y peinó su flequillo rojo. Su corazón se derretía cada vez que miraba la cara de su mestizo de tan cerca.
Se inclinó sobre los labios del comerciante. No intentó escaparse, nunca lo hacía. Al principio sintió la resistencia inicial, pero luego siguió como lo había hecho antes, abriéndolos con su lengua, explorándolos, y pronto la tensión cedió hasta que finalmente la lengua de Katze – al principio vacilante, después con firmeza – se enredó con la suya. Raoul se estremeció cuando sintió la mano de Katze posarse en su costado. ¡Oh, Júpiter, el comerciante no tenía que hacer eso!
En un reflejo jaló más cerca al mestizo, sus manos empezaron a explorar el flexible y bien formado cuerpo, moviéndose arriba y abajo del brazo de Katze, hacia su costado, su pecho, sus caderas, su… Katze se quejó y se alejó.
"No. Déjame."
Pensó que el comerciante no intentaría escaparse, pero no podía estar seguro, nunca antes lo había tocado en ese lugar en particular. Era extraño pero quería hacerlo. Poco a poco, el cuerpo de Katze volvió a relajarse, la fuerza en sus muslos empezó a desvanecerse, dándole mejor acceso a Raoul, y la mano en el costado de Raoul volvió a acariciarlo.
"Eso es," murmuró Raoul en la boca del mestizo, aunque casi fue un murmullo inarticulado.
Sus manos se volvieron más osadas, explorado los - ¡Sí! – duros testículos, deslizándose sobre el pequeño muñón del que una vez fuera su pene. Por otro momento, esta vez muy tangible, Raoul se sintió satisfecho de que la mutilación de Katze no le resultara en absoluto desagradable. Por el contrario, era bastante interesante.
Finalmente Katze también apartó la mano y el Blondie se dio cuenta – sintiendo un enorme nudo en la garganta – que se dirigía a su entrepierna. Lo tocó, primero con curiosidad, acariciando los testículos, rodeándolos y luego por el largo de su pene como checando si estaba erecto. Y estaba dolorosamente erecto.
"Sí, por favor, hazlo, Katze," susurró a través del beso, su voz amortiguada por la excitación.
Los dedos de Katze se curvaron lentamente sobre su erección y frotaron arriba y abajo, el pulgar masajeaba la punta. Raoul quería gritar. Profundizó el beso y siguió trabajando en los testículos del mestizo. Siguieron así por un rato, pero pronto se dio cuenta que quería… necesitaba más. Y quería tener las manos libres para abrazar a Katze.
Se puso encima, poniendo al comerciante de espaldas y apartando sus rodillas. Katze rompió el beso.
"Dijiste que estabas muy cansado," susurró.
"Tú me llenas de energía."
"Oh, cierto."
Pero no estaba molesto. Apartó la otra pierna y deslizó sus brazos por la espalda de Raoul en silenciosa aceptación. El Blondie entró en él apresuradamente, sin ningún problema y empezó a moverse. No podía dejar de besar a Katze, sus bocas estaban pegadas. Por primera vez escuchó al comerciante gemir con sus movimientos y eso llenaba su cuerpo con frías y calientes oleadas de excitación.
Las manos de Katze viajaban de su espalda a sus brazos, bajaban a sus nalgas. Estaba volviendo loco a Raoul. Se vino tan fuerte como nunca antes. Después se deslizó en las sábanas y sin soltar al mestizo se quedó dormido.
Se sentaron en una mesa bajo la tenue luz de una lámpara. Solo la parte del centro de la habitación estaba iluminada, lo demás estaba en sombras. Un cenicero con unas cuantas colillas y la cajetilla de cigarros de Guy estaban sobre el mantel manchado de aceite que cubría la mesa. El humo flotaba densamente en el aire pese a que habían abierto la ventana para que entrara aire fresco. Daryl estaba en su segundo cigarro. Era algo sorprendente que hubiera aceptado el cigarro que Guy le ofreció y por alguna razón eso alegró al mestizo. También era interesante descubrir que su custodio fumara. Guy no estaba seguro de cuántos cigarrillos se había fumado pero en definitiva eran más de dos.
Afuera estaba oscuro y después del insoportable calor del día, la brisa fresca de la noche era reconfortante. Guy se recargó en su silla, cerró los ojos y escuchando la voz que sonaba muy suave, se sintió casi… bien. Se sintió tranquilo. Era la sensación más extraña y sorpresiva. Casi podía olvidar el infierno en el que se encontraba y el hecho de que en unos días encontraría su fin. No es que le importara mucho permanecer con vida, aun así, el sentimiento de felicidad que lo invadió fue sorprendente.
Resultó que Daryl era un buen narrador. Guy casi podía ver las imágenes en su cabeza, casi podía escuchar las voces de hacía unos años. Casi podía ver a Riki y sus dificultades con el Blondie. Tal vez – tal vez eso era lo que le provocaba esa sensación. Quizá solo le reconfortaba saber que su antiguo amante no se había rendido a la primera. Que al menos intentó pelear.
Pero había algo más. Abría los ojos de vez en cuando para observar al castrado con cabellos avellana que estaba frente a él. Daryl no lo veía, su mirada estaba distante, fija en su cigarro o en el desafortunado mantel de la mesa, así que Guy se sentía cómodo con su mirada. Sus pensamientos tomaban giros muy raros. El hombre frente a él era su única conexión con Riki. Era su recuerdo de Riki. Podría decirse, de alguna retorcida manera, que era Riki. Y ahora, sabiendo que no se había entregado por voluntad propia a esos bastardos de Eos, era más fácil de aceptar. Ahora Guy no podía despreciarlo por lo que era, y extrañamente, eso lo alegraba.
Su Riki – el mestizo sacudió la cabeza. No, no tenía sentido, estaba cometiendo un grave error. Pero de alguna forma, ahora estaba mucho más consciente de la belleza de Daryl. Los rasgos del comerciante eran perfectamente regulares, su barbilla grácilmente afinada y sus ojos delicadamente rasgados que le daban sus rasgos un toque exótico. Sus brazos delgados y finamente cincelados estaban cruzados en el respaldo de la silla en la que se sentó por detrás. Era completamente diferente a Riki, ambos – física y mentalmente, Guy sabía que no se trataba de un asunto de parecido. Pero de alguna forma, al mirarlo, no podía deshacerse de la idea. Su única conexión con Riki. Casi como Riki.
Katze enredó el último mechón en la gruesa masa de cabello dorado, dejando un mechón al final, y apretó la liga. Miró la cabeza de Raoul por el reflejo del espejo.
"¿Y bien? ¿Qué te parece?"
El Blondie estaba observándose, luego su mirada se posó en Katze. Sus labios se curvaron casi imperceptibles.
"Sorprendentemente no está nada mal. Me gusta. ¿Y a ti, te gusta?"
Katze se aclaró la garganta. "Sí, nada mal, nada mal."
Nada mal. Eso era un gran malentendido. Era como llamar a Iason Mink, o a Raoul en este caso, lindo. Era como llamar travieso a Riki el Oscuro. La cara del Blondie, ahora finalmente expuesta, estaba coronada con la gruesa coleta de mechones dorados. Algunos más cortos colgaban en la frente de Raoul y en los costados de su cabeza. La vista era abrumadora. Bueno, no era la primera vez que Katze se quedaba sin respiración contemplando al hombre al que ahora había empezado a llamar 'su Blondie', pero esta vez había algo verdaderamente sorprendente. Al fin la imagen se sentía… completa. El nuevo peinado encajaba perfectamente con la ropa, formando una imagen absolutamente adorable. No había nada más que añadir al look de Raoul para hacerlo parecer más humano. Y por mucho que Katze apreciara y admirara la apariencia anterior del Blondie, ahora definitivamente la amaba."
Su mano se levantó por su cuenta y tomó algunos de los mechones que quedaron sueltos en el cuello del Blondie. Al hacerlo sus dedos rozaron la piel de porcelana, contuvo la respiración, luchando por mantener su mano bajo control cuando lo que deseaba era cambiar el toque casual por uno más íntimo. La mirada de Raoul sobre él se intensificó.
"¿Qué estás haciendo?"
"Err.. nada." Velozmente se apresuró a acomodar los mechones en su lugar. "Estaban en tu cuello, iban a hacerte cosquillas."
Los hermosos labios se curvaron más. Con malicia. "Tú me estás haciendo cosquillas, Katze."
"Lo siento." Maldición, se estaba sonrojando. Después de todos esos meses, incluso después de la noche anterior, todavía le avergonzaba mostrarle afecto al Blondie. Terminó rápido su trabajo y apartó la mano. "Ya, listo. Ahora puedes llevarlo así o ponerte una gorra. Ya no va a molestarte. Y esos tipos ya no deberían molestarte."
Raoul se levantó del banco y volteó hacia él, echándose la trenza sobre el hombro. Estaba sonriendo cuando se encontró con la mirada de Katze. "Gracias," dijo simplemente.
Katze no supo porqué pero su corazón comenzó a latir con fuerza.
Fin del capítulo 5
