Buenas noches :D

Me disculpo por tener abandonado éste fanfic por tanto tiempo (-_-)

Pero ahora si lo voy a concluir y será con una pequeña historia sobre Número 17 y su esposa. No es una trama desarrollada, pero espero que les guste mi teoría de como fue que el androide conoció a su compañera.

Gracias por su tiempo de lectura y por los comentarios que gusten dejarme.

Atención: Dragon Ball y todos sus personajes son propiedad de Akira Toriyama. Yo solo escribí la historia por gusto y diversión.


Capítulo 8: Interacciones II

******************** Proyecto ********************

Número 17 concluyó su llamada.

Había estado platicando con su hermana acerca de su nueva situación. A grandes rasgos le comentó lo del proyecto del parque MIR con la Universidad del Sur y la asignación de una mujer a su zona de vigilancia. A su hermana le había parecido gracioso que él llamara para pedir un consejo.

Sólo trata de ser amable con ella y no juzgues ni te burles de su forma de ser– había dicho su melliza. –Recuerda lo que te dije hace tiempo, necesitas convivir con otras personas, no debes aislarte.

Eso no sonaba demasiado complicado, pero siendo sincero consigo mismo, no sabía como debía tratar a una zoóloga o mejor dicho a otra mujer. Lamentablemente no tenía referencias en sus archivos de información en cuanto a relaciones sociales y tampoco podía recurrir a sus nulos recuerdos del pasado. Sólo podía obtener referencias de fuentes externas, como, por ejemplo, mirando a otras personas en el parque, en la oficina de vigilancia o viendo películas.

Era una situación extraña para el androide, pero trataría de sobrellevarla. Su hermana le había sugerido comportarse como era, pero con un poco de tacto y amabilidad.

Vamos 17, no es algo del otro mundo. Lo primero que debes hacer es saludar, tratarla con educación y quizás simplemente debas advertirle que tu forma de ser es así, impasible. Explícale que no debe tomarse a mal tu falta de sensibilidad en el trato cotidiano.

Debido al proyecto, sería necesario trabajar en equipo, osease hablar el uno con el otro, aunque no quisiera. Lo más adecuado era mantenerla en su área de vigilancia para facilitar su trabajo y eso implicaba compartir el mismo techo. Afortunadamente la habitación que alguna vez ocupó su hermana, estaba disponible y podría hospedarse ahí por las siguientes semanas.

El androide soltó una exhalación, tal vez no sería tan complicado. Esto quedó confirmado cuando se dio cuenta de que la zoóloga parecía casi tan indiferente como él. Después del escueto saludo a distancia, ella subió al jeep sin decir nada. Durante el recorrido todo fue silencio, mientras él conducía el todoterreno, la mujer se mantuvo observando el entorno y marcando un mapa de la zona.

Número 17 supuso que ella ya estaba planeando donde comenzaría a su investigación. Con un simple vistazo a su comportamiento, podía deducir que era una mujer del tipo que no le molestaba andar en el exterior, recorriendo parajes naturales. Pero realmente no sabía cómo iba a ser su interacción hasta que tuvieran que comunicarse más seguido.

Pero para sorpresa del guardabosques, tan pronto descendieron del jeep, la zoóloga fue la primera en hablar.

–Gracias por esta oportunidad y por permitir que me quede en tu casa– dijo con un tono imparcial pero amable.

Su tono de voz era agradable y él la miró en silencio por un par de segundos antes de hacer un gesto de asentimiento y contestar.

–Puedes llamarme Número 17. Si requieres algo, sólo dime. –

La mujer parpadeó extrañada, pensando que tal vez le había dicho su apodo.

–¿Ese es tu nombre? –

–Si. Excentricidades de los padres– contestó indiferente, después comenzó a caminar rumbo a la casa.

La mujer se encogió de hombros y tomó su equipaje del vehículo para seguirlo al interior del lugar.

–Está bien, como digas. Yo me llamo Daiya. –

Él ladeó levemente el rostro para asentir nuevamente sin decir nada más, mientras la guiaba por la cabaña.

Poco después la mujer ya estaba instalada en la habitación que fuera de Número 18. El guardabosques la puso al tanto de los pormenores del lugar y después salió para hacer su rondín. Daiya se quedó en el cuarto, preparando todo su equipo para empezar el recorrido al día siguiente.

La parte del proyecto que le tocaba a ella, consistía en documentar la existencia de un animal del que poco se sabía. Una especie de bovino salvaje que estaba en peligro de extinción y al cual era prioritario encontrar, clasificar y proteger. Los últimos registros de otros investigadores, indicaban que había algunos ejemplares en esa parte de la reserva MIR. Y probablemente el guardabosques encargado de esa zona podría ayudarla a encontrarlos.

Al día siguiente.

Después de un breve desayuno de conservas precalentadas, el guardabosques y la zoóloga abordaban el jeep para iniciar la búsqueda.

–¿Podrías llevarme a esta pradera? – preguntó ella, señalando una zona en el mapa.

–No hay manadas en ese lugar–dijo Número 17.

–Tengo que ir a estas coordenadas, los registros de mi investigación dicen que ahí podría encontrar a los últimos ejemplares de Minotauro. –

El androide observó los datos que ella le mostraba en su libreta y el dibujo de un extraño toro. En el tiempo que llevaba en el parque MIR, no se había encontrado con esa criatura y no creía que hubiera algún grupo de ellos en su zona de vigilancia.

–¿Que es el Minotauro? – preguntó.

–Se trata de una especie bovina en peligro de extinción por la cacería furtiva– explicó Daiya. –Es importante que lo encuentre, de esa manera el gobierno podría aportar más recursos para el cuidado del parque y posibles estudios de clonación para salvar a la especie. –

Él hizo un gesto de extrañeza, pero decidió que la llevaría a dicho lugar. Después de todo, hoy tocaba recorrer esa parte del parque precisamente.

El recorrido nuevamente fue silencioso, la mujer parecía ensimismada en sus pensamientos, anotando datos, tomando algunas fotos y marcando de nuevo el mapa. Número 17 mantenía fija la vista en el camino, escudriñando de vez en cuando el terreno. Por un instante tuvo la curiosidad de saber algo más acerca de la zoóloga, pero no sabía cómo iniciar una conversación.

Y como si ella hubiera leído sus pensamientos, de nuevo se adelantó en hablar.

–¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? –

Él le dirigió una mirada neutra con sus ojos azules y tuvo una ligera sensación de desconcierto por su pregunta. No era por la información que le cuestionaba, sino porque ella era quien facilitaba el inicio de la conversación y por un segundo no supo como reaccionar. Esto de la socialización era complicado.

–Aproximadamente 2 años– respondió.

–Me imagino que conoces bien tu zona de trabajo, ¿Pero estás seguro de que nunca has notado algo extraño en el área a la que vamos? –

Número 17 volvió la vista al frente de nuevo.

–Lo único extraño son los cazadores furtivos que insisten en meterse a mi plaza de vigilancia una y otra vez– dijo tranquilamente, mientras giraba en una curva.

Delante de ellos se abrió una gran extensión de tierra y arbustos de tonos cálidos. La gran pradera tenía una mezcla de colores verdes, naranjas y amarillos. Un grupo de gacelas corría a lo lejos y algunas parvadas de aves sobrevolaban el cielo.

–Yo me refiero a algún animal esquivo, uno que se oculta tan pronto percibe la presencia de humanos– explicó la mujer.

–La mayoría de los animales hacen eso– alzó una mano y apuntó a lo alto de una colina. –Desde ese sitio podrás tener una vista panorámica del área que buscas. –

Algunas horas después.

Desde lo alto, Daiya había estado observando detenidamente con sus binoculares todo el tiempo. Pacientemente, mirando de un lado a otro por toda la extensión de la pradera, sin dar muestras de aburrimiento. Entonces se enfocó en una parte que colindaba con el bosque. Una figura cuadrúpeda se asomó de pronto y comenzó a caminar rumbo a los pastizales, después otras dos la siguieron. No podía distinguir a las criaturas, pero tuvo un presentimiento.

Número 17 mantenía su distancia dando un rondín cerca, de repente ella lo llamó.

–¡Oye Número 17!, ¿Puedes verlos? – le señaló el sitio para que viera lo que ella notó.

Pero cuando el guardabosques llegó, los animales ya caminaban de regreso a la floresta, desapareciendo rápidamente.

–Yo no veo nada ahí– expresó él, aunque si alcanzó a notar las formas moviéndose entre los arbustos.

–¡Por favor, vamos! – pidió la zoóloga, corriendo rumbo al jeep.

Él suspiró, no tenía planeado desviarse del recorrido, pero no le quedaba de otra. El jefe de seguridad del parque les había pedido a todos los guardabosques que en sus reportes semanales agregaran las actividades de apoyo al personal de la universidad.

Pasaron un rato recorriendo el sitio, no había señales de los animales, excepto algunas huellas de pezuñas. Esto animó bastante a Daiya, quien inmediatamente se puso a fotografiar y documentar.

Es extraño… esos animales se han mantenido bien ocultos por lo que veo– pensó para sí mismo el androide.

Buscaron un poco más sin buenos resultados y como ya anochecía, decidieron regresar a la cabaña.

Una semana después.

El androide estaba aburrido. Los últimos días de convivencia con la zoóloga se habían enfocado en la búsqueda de los misteriosos bovinos en esa zona de la pradera colindante con el bosque. Sus conversaciones únicamente se componían del saludo matutino al desayunar, algunos monosílabos y las peticiones insistentes de Daiya para internarse en el bosque.

La mujer ni siquiera parecía prestar atención al extraño comportamiento del guardabosques, el cual sólo comía una vez al día, siempre estaba en silencio y a veces sus contestaciones eran más escuetas que si estuviera hablando con una piedra. Pero eso no parecía ser un obstáculo para ella. A decir verdad, la joven parecía obsesionada con encontrar a los Minotauros, sin importarle nada más a su alrededor.

–Es suficiente, hoy no pienso ir de nuevo a la pradera– dijo Número 17, sentado en el sofá de la sala mientras revisaba su rifle. –Tengo que ir a vigilar otra zona donde me acaban de informar sobre avistamientos de gente ajena al parque. –

–Pero…– la mujer se levantó de la silla repentinamente, dejando de lado su desayuno. –¡Es importante hacer más recorridos, estoy segura de que estamos cerca de los Minotauros! –

Los ojos azules la miraron con indiferencia. Ella no había dicho nada en absoluto respecto al proyecto que desarrollaba para la Universidad del Sur, sólo sabía que estaba demasiado interesada en los bovinos. Y bueno, tampoco el androide había hecho más preguntas al respecto.

–Me voy, regreso en la noche. No se te ocurra alejarte demasiado y si lo haces, llévate un radio portátil. –

Sin decir nada más y sin prestar atención a la cara enojada de Daiya, salió de la casa y se encaminó al sendero principal. Esta vez haría un recorrido volando, pero primero necesitaba alejarse a pie para que ella no se diera cuenta.

La mujer lo miró desde la puerta, pero no trató de detenerlo. Suspiró lentamente y regresó al interior. Media hora después, salió con su mochila en la espalda, el radio en una mano y las llaves del vehículo en la otra. Ella sabía conducir y aprovecharía la ausencia del guardabosques para tomar prestado el jeep.

Ya anochecía cuando el androide descendió en silencio frente a la cabaña. No había luces encendidas y no estaba su jeep. Se llevó una mano a la frente, frotándose insistentemente la sien, al mismo tiempo que exhalaba molesto.

–No puede ser… ahora tengo que buscarla– gruñó.

No tenía buen humor, ese día estuvo atrapando a los taladores ilegales que deforestaban la zona del lago. Los sujetos no se anduvieron por las ramas en esta ocasión y llevaron armas de alto calibre para atacarlo. En los últimos meses se había enfrentado a la insistencia de los humanos por desafiarlo, a pesar de haberles dado muestras de sus habilidades. Siempre procuraba no sobrepasarse ni matar a nadie, pero hoy, si le hicieron trabajar demás.

Después de algunos minutos de vuelo, llegó a la zona que Daiya había estado recorriendo meticulosamente. Aún había un poco de luz crepuscular así que pudo distinguir las huellas de los neumáticos, las cuales se internaban en el bosque. La mujer no podría haber llegado muy lejos, en esa parte, los arboles eran tupidos y el camino se estrechaba para cualquier vehículo de ruedas.

Descendió y comenzó a caminar enfocando sus sentidos, ya que podía ver y escuchar de forma incrementada gracias a sus implantes cibernéticos. Además, conocía lo suficiente esa zona para no perderse, pero dudaba que la zoóloga pudiera recorrerla con la misma facilidad que él.

No muchos metros adelante, encontró el jeep y las huellas de ella, que aún se notaban claramente, así que las siguió. Casi una hora después y ya con la noche encima, llegó a un claro del bosque. La luz de la luna llena iluminaba lo suficiente, aunque para su vista mejorada era indiferente. Varios metros más allá, pudo distinguir la tienda de campaña y la mochila de la mujer. Estaba cerca y unos ruidos de estática provenientes de su propio radio portátil, se lo confirmaron.

Vaya, esta mujer sí que no se rinde– meditó, después de ver todo el trecho que había recorrido.

Decidió que no la llamaría, porque era probable que estuviera observando algún animal y éste se asustaría al escuchar el radio. Después de un recorrido de 20 minutos más, una barranca no muy profunda apareció ante sus ojos, en el fondo de esta, un grupo de tres bovinos pastaba tranquilamente. Se trataba de unos extraños toros de color morado y cuernos dorados.

–Quien lo diría, en todo éste tiempo no me había percatado de estas criaturas– dijo para sí mismo, consciente de que Daiya había estado en lo correcto.

Entonces escuchó un sonido a unos 50 metros de él. A la orilla del barranco se elevaba un árbol viejo y seco, la zoóloga permanecía encaramada en una de las ramas más altas, observando atentamente a los Minotauros con sus binoculares. De repente, el tronco comenzó a crujir. La mujer alzó la cara para encontrarse con su mirada azul en el mismo instante en que comenzaba su caída al vacío.


Continuará...

Gracias por su paciencia :D