Él había sido su salvación. Como cuando alguien te indica el camino cuando estas perdido; como cuando encuentras lo que buscabas y que había estado ante tus ojos todo el tiempo.

Mucho tiempo atrás había dejado de comportarse como un niño mimado-ombligo del mundo-maestro en las mil y una maneras de insultar.
Siempre había sido frío, solo que ahora no se dedicaba a aterrorizar todo lo que tenia a su alcance.
Él siempre decía que eso lo había fascinado: su cambio.
Nadie veía posible algo así. ¡Por Dios! Un Malfoy nace y muere tan orgulloso como Malfoy, porque Malfoy es orgullo y el orgullo tiene los ojos fríos. Como un Malfoy.

Pero así fue. Había cambiado.
No fue algo espectacular. Fue poco a poco. Un proceso. Comenzó por dejar de insultar a los sangre sucias como la Granger y cuando quiso darse cuenta era ya casi como un alumno más.
Y no le importaba.
Ni siquiera el pobretón o el mismísimo Potter eran ya capaces de despertar su ira. Todo el mundo se fue dando cuenta del cambio, solo que mientras unos lo achacaban (sin atreverse a decirlo muy alto) a que pronto seria marcado -destino que nadie dudaba dado su apellido-, otros creían que lo que realmente ocurría es que estaba en un proceso de observación, como un cazador ante su presa.
Sólo una persona parecía ver más allá. Harry Potter, con sus grandes lentes redondas, estudiaba a Draco cada día. Desde comienzo de curso ese chico ocultaba algo. El día en que lo vio junto al anden, para coger el tren que les llevaría al último curso de Hogwarts, comprendió que si en algún momento había echado de menos a su enemigo, bien podía hacerlo entonces porque su "adorado" Némesis había desaparecido. Malfoy ya no era el mismo. Estaba junto a su padre, altivo como siempre, pero había algo extraño entorno a él, como si no estuviese cómodo. No al menos como otros años, cuando se acercaba orgulloso a su progenitor y miraba por encima del hombro a todos los que osaban pasar por el mismo lugar en donde sus puros pies estaban posados. No ahora. Daba más bien la impresión de querer salir corriendo y esconderse en uno de los vagones. Como si el prepotente sangre limpia se avergonzara de sí mismo; como si por primera vez en su vida prefiriese ser invisible ante los demás.

En realidad no era algo tan evidente, pero Harry lo sabia. Lo percibía. Los demás no se daban cuenta, ni siquiera Malfoy padre, pero él lo sabia.
Durante muchos años habían sido enemigos y el único modo de sobrevivir a tu rival es conociéndole. Había cruzado con el heredero de los Malfoy más palabras que con muchos de sus compañeros de casa, aunque es cierto que "esas" palabras que cruzaba con el slytherin no eran las que quería para sus compañeros.
Aunque todo, incluso eso, había traído algo bueno. Había aprendido a defenderse, a no poner la otra mejilla, a insultar, ser insultado y volver a insultar. A levantarse después del golpe, y que nadie puede hacer tanto por ti como tú mismo. Y eso se lo debía a Draco. Era como si cada pelea hubiese tenido su lección, y el maestro de cada una de ellas había sido el slytherin.

Si, Malfoy ya no es lo que era- solía decirse a sí mismo. Pero si lo pensaba bien ya durante el curso anterior Draco había dado muestras de rareza. Quizá el cambio no había sido tan rápido como todos pensaban. Quizá tampoco como creía él. Quizá había sido lento y gradual, y ahora podía verlo en muchas de las acciones pasadas del slytherin.

Su curiosidad siguió aumentando.
Poco a poco, con cada día que pasaba, había ido observándole y poco a poco había ido creciendo su interés hacia el rubio.
Poco a poco se fue acercando a él.
Sus primeros encuentros no habían sido más que tímidos saludos, no por vergüenza, sino más bien por el pasado que les precedía. Tantos años de odio no podían borrarse de la noche a la mañana, y a ambos les resultaba chocante que en vez de malas palabras, la boca se les llenase ahora con un saludo más o menos amistoso a su rival. Y sin darse cuenta aquello paso a ser tan normal como tiempo atrás lo habían sido los insultos. Harry descubrió que el rubio sabía saludar y por lo que parecía también sabía ser amable cuando quería. También había descubierto que poco a poco crecía su curiosidad y un algo en su interior que lo hacia alargar cada encuentro que tenían, aunque sólo fuese para preguntar que clase tenia en ese momento, y que ya sabía de sobra, pues la tenían los dos juntos. No podía evitar hacerlo, y a Draco nunca pareció importarle.

Poco a poco fueron conociéndose, pero conociéndose de verdad, dando paso de encuentros fugaces en los pasillos, a charlas cortas en la biblioteca, y cuando quisieron darse cuenta ya eran capaces de mantener una conversación civilizada durante minutos.
Pasaron las semanas y con ellas parecieron marcharse las diferencias del pasado y poco a poco fue llegando una amistad, que también poco a poco fue creciendo.

Y así fue como iniciaron una tregua al odio.

Él siempre parecía interesado en todo lo que Draco hacía, por pequeño que fuera, y Draco, aunque no estuviera dispuesto a admitirlo nunca, lo había admirado siempre, desde el mismo momento en que el moreno rechazo su mano aquel día tanto tiempo atrás.

Ni que decir tiene la sorpresa general cuando los dos enemigos paseaban juntos, o hablaban, o compartían bromas, o cuando Harry invito a Draco a la mesa de Gryffindor a cenar un día, y el rubio acepto rodearse de los mismos leones a los que siempre había despreciado.

No paso mucho tiempo antes de que Harry se diese cuenta que no sólo era amistad lo que les unía. Lo difícil seria que Draco se diese cuenta, o mucho mejor como hacer que el slytherin comprendiera.