Draco
estaba pálido. Muy pálido.
Su tez, de por si clara,
tenía ahora un tono ceniciento, enfermizo.
No había
color en sus mejillas y el rosado de sus labios había
desaparecido. También ellos estaban pálidos.
Sus
manos temblaban.
Pocas veces le había ocurrido algo así,
pero ahora le temblaban las manos con fuerza, mientras sus dedos
pálidos sostenían la carta que llevaba entre
ellos.
Una carta de su padre.
Le quería en casa.
Eso decía la carta.
Decía que debía
volver a casa por motivos personales. Su madre estaba enferma.
Una parte de él gritaba que todas y cada una de las palabras que su padre había escrito en el delicado papiro con la mejor tinta que podía encontrarse en el mercado, no eran más que mentiras. Un mensaje oculto.
Leía una y otra vez las palabras que le explicaban el mal de su madre, pero no podía evitar hacer su propia traducción: Volverás a casa para ser marcado.
Aquella mañana el mundo se le vino encima.
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-¡No dejare que vayas!
-No puedes evitarlo. Si no voy, él mismo en persona vendrá por mi- sonrió levemente, más para tranquilizar a su compañero que por otra cosa- A lo mejor estoy siendo un poco paranoico y es cierto que mi madre esta enferma. En mi familia los hijos tienen una serie de obligaciones para con sus padres.
-Estoy harto de tu familia. No iras, ¿me oyes?
-¿Y que haremos? ¿Me esconderás en tu armario hasta que cumpla 18?
Harry lo miro enfadado.
Su
miedo no había desaparecido, era una constante presencia desde
que esa mañana recibiera la carta, pero conocía bien a
su padre, y también a Harry, y por mucho temor que le
produjese, la mejor solución era calmar a su chico y volver a
casa, rogar que la carta fuese sincera, velar a su madre y regresar
con su griffindor. No habían recorrido un camino tan largo
para errar ahora por un mal presentimiento.
-Lo siento- le dijo con voz suave, en señal de paz- Compréndeme, es mi madre. Me dio la vida y le debo respeto.
-Hace unas horas estabas aterrado, seguro que en cuanto llegases a casa serías marcado como una vaca y ahora quieres irte sin más. No lo entiendo.
Y no lo hacia. La sangre de Harry hervía en
sus venas, y lo único que podía sentir era una furia
intensa que amenazaba con desgarrarle desde lo más hondo de su
cuerpo. Furia.
Furia y miedo.
Draco bajo la mirada. No podía dejar ver el miedo propio y debía convencerle. Tomo aliento para recuperar la calma que ya no tenía y se enfrento a él.
-Cuando recibí la carta estaba aterrado. Me sentí como en esas películas muggles tan malas, en las que todo va bien y de color de rosa pero de repente se viene abajo y ocurre el desastre. Tenía mucho miedo y lo único que conseguí es que tú también lo tuvieras.
Se acerco a él. Le había hablado con sinceridad, porque ambos lo necesitaban. Le tomo el rostro con las manos y le acaricio las mejillas con los pulgares, en una caricia suave pero con un significado tan intimo como cualquiera de los toques que se habían dedicado en sus noches de pasión.
-Ahora que estoy más calmado veo con más claridad. Si mi padre quisiera marcarme me habría dejado algún tipo de aviso. No tiene motivos para desconfiar de mi. Creo que nos estamos precipitando- el moreno quiso apartar el rostro pero Draco no lo dejo. Tampoco dejo que la culpa se mostrara en sus ojos. Ahora no estaba siendo tan sincero, pero no podía hacer nada más- Es mi madre, Harry. No me lo perdonaría si le ocurriese algo y no estaría allí. No quiero dejarte pero tampoco puedo dejarla a ella. Confía en mi, mi amor. Te juro que si al llegar a casa mi madre esta bien, me vuelvo.
-¿Y si es una trampa?
-Me sobrara tiempo para avisar a mi héroe y que venga a rescatarme en su blanco corcel.
Harry lo miro aún no convencido del todo pero
sabiendo que no había nada que hacer. Draco tenia razón
y ya había decidido. Además, en el fondo comprendía
su decisión.
Pero si aquello era una trampa, al que le
sobraría el tiempo sería a él. Le sobraría
para ir a esa jodida mansión y sacar a su chico de allí.
Y por Merlín juraba que haría que Lucius deseara la
muerte en
vida.
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-Harry, tenemos que hablar.
Esas habían sido las palabras de
Ron momentos antes de cogerle del brazo y arrastrarle escaleras
arribas hasta el despacho de Dumbledore.
Se podía decir
que aquel no era un buen día.
Draco había partido
para su casa esa misma mañana. Le había repetido hasta
la saciedad que no tenía que preocuparse, que todo estaba
bien, que volvería pronto y recuperarían el tiempo
perdido. Aun recordaba la sonrisilla maliciosa en su rostro al decir
esas palabras, pero también recordaba la expresión de
sus ojos, y no podía evitar pensar que aquellas palabras
también se las repetía a si mismo. Aquella mañana
había visto miedo en su mirada, y eso era algo impropio de un
Malfoy.
Cuando el tren se alejo, se le formo un nudo en la boca
del estomago, y cada hora que pasaba se apretaba un poco más .
Al llegar al castillo se encerró en su habitación, su
cuerpo sobre la cama pero su mente puesta en Draco. La varita
aferrado a su diestra y los ojos fijos en la ventana. Se había
jurado a si mismo que nada más ver la silueta de una lechuza,
le faltaría el tiempo para llegar a la mansión Malfoy y
sacar a su chico de aquel nido de serpientes. Lucius no pondría
un solo dedo sobre su chico. Ni Lucius ni nadie. Draco le había
dado en unos pocos meses lo que nadie en toda su vida. No iba a
perder eso. No podía. No podía perder esa mirada gris
capaz de reprenderlo cuando hacia una tontería pero también
de derretirlo y fundirlo a su antojo. Un par de ojos tan inexpresivos
en ocasiones pero capaces de hablar más claro que las palabras
cuando se lo proponía. No podía perder esa boca. Esos
labios traviesos capaces de formar la sonrisilla sarcástica
más exasperante de la historia, esos mismos labios cálidos
donde los suyos habían encontrado la réplica perfecta.
Ese cuello pálido, esos brazos delgados que eran su hogar, el
cuerpo esbelto, las piernas largas y los pies con los que enlazaban
al final. El pelo de seda, tan rubio que era blanco. El pelo que
tanto había acariciado con sus manos. Manos. Manos blancas
eran las de Draco. Las mismas que conocían su cuerpo palmo a
palmo, como él conocía el de su amado. No podía
perder eso, como no podía perder la esencia que se encerraba
bajo la bella carne. El muchacho capaz del comentario más
mordaz y de la caricia más intensa. Eso era suyo. Todo él.
Y no iba a perderlo.
Aquel día lo único que pedía
era que lo dejaran tranquilo en su cuarto, esperando el regreso de su
esposo o una señal para ir a buscarlo.
Pero aquel no era
un buen día.
Por eso Ron lo había sacado de la
habitación y por eso estaba perdiendo el tiempo en aquel
despacho en ese momento.
El tema que los miembros de la Orden
querian tratar era un ataque.
Otro ataque. Más muerte y
destrucción.
Sin quererlo las palabras de Draco volvieron a su mente, y con ellas el abrazo y el beso de la despedida que irremediablemente había sabido a poco.
Otro
ataque. Más muertes y destrucción.
Y Draco, su
único punto de apoyo, lejos e incapaz de ayudarle.
-Todo estaba tan bien planeado, ¿cómo pudieron enterarse esos mal nacidos?
Las palabras le llegaron lejanas pero aun así pudo distinguir al dueño de la voz. Era Theodor Nott, un slytherin que había visto la luz de la redención con la orden.
-No puede ser casualidad. Por tercera vez se adelantan a nuestros planes.
-¿A dónde quieres llegar Lupin?
La voz de Snape le había llegado mucho más clara, cansada y exasperada, pero mucho más nítida ahora que comenzar a interesarse por lo ocurrido.
-Un espía- ahora si que tenia los cinco sentidos en el despacho- Ya se como suena, pero pensadlo bien. Nosotros tenemos uno dentro del circulo de Voldemort- la mirada del licántropo se volvió a Snape, el cual se limito a levantar una ceja expectante- Ellos pueden estar usando la misma táctica.
-¿Un espía dentro de la orden?- pregunto Tonks incrédula.
-O lo suficientemente cerca como para conocer nuestros planes.
Harry
miro a sus compañeros, y vio algo que no le gusto nada. Todos
los miembros de la sala se habían mirado suspicaces y con
recelo antes de agachar los ojos y darse cuenta de lo estúpido
de sus actos.
Pero en verdad no era tan estúpido si lo que
había expuesto Remus era verdad.
Hacia tiempo que tantos
ataques frustrados de la orden, así como otros detalles habían
dejado de poder considerarse casualidades, y la idea de un espía
era tan poco descabellada como muy posible.
¿Cómo podía alguien trabajar a ojos vista por la paz cuando su cara oculta era la de un miserable adorador del Lord y su destrucción?
-Quizás el lobo tenga razón. Por tres veces supieron exactamente hasta el ultimo detalle de nuestros planes. Era como si conociesen hasta el número de pasos que daríamos. Cosas así, no se deben a la suerte.
La opresión que crecía en el pecho de Harry no hizo sino aumentar por momentos. La palabra de un espía pesaba como una losa enorme. Snape sabía de lo que hablaba y eso asustaba mucho más.
Un espía. Uno de los que compartían la orden tenia una doble cara: guerrero de la luz, traidor de la oscuridad.
Pero, ¿cómo era posible que ninguno de ellos se hubiese dado cuenta?
El traidor estaba cerca, tanto como para conocer la información de la orden, y tanto como para saber como cubrirse bien las espaldas.
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En
pocas horas habían ideado un plan.
No era complicado, pero
cualquier error sería crucial. Si les salía mal, no
perderían nada a corto plazo, pero mucho con el tiempo.
Habían dado una oportunidad a la idea de Remus. Habían
hablado con otros miembros de la orden no presentes en aquel momento,
y de los que se podían fiar a ojos ciegas. Durante horas
discutieron y buscaron. Durante horas dudaron de todo lo que
respiraba y había estado cerca de ellos. Curioso, pues uno de
los miembros necesito sólo un minuto después de largas
horas para llegar a la solución. Esa persona dio un nombre y
muchos vieron con él al traidor. Otros lo defendieron. Los
mismos que tuvieron que callar cuando las pruebas tomaron tanta
forma, que la forma fue la de la traición.
Ahora lo
único que Harry podía hacer era esperar la señal
para poner en marcha el plan.
Esperaba escondido entre las
sombras, las mismas que cubrían de tinieblas la calle, pero
también aquellas que oscurecían su razón.
El
cuerpo lo tenía frió, pero no por la nieve. Lo tenia
entumecido por la rabia y la frustración. Y la angustia. Pero
no era la angustia del fracaso lo que corroía a Harry. Era el
dolor de la traición. Un puñal invisible. Un puñal
sin medida pero que te llega tan hondo que en realidad no puedes
sentir toda su profundidad. Un dolor sin cura, porque lo que duele no
es la carne. Un vacío tan hondo que le llenaba todo su
ser.
Entre sombras vio lo que esperaba y sus ojos se nublaron
con una ira tan intensa que torno el verde en negro y el dolor en
venganza.
Vio como varios de sus compañeros de la orden
salían de sus escondites y también vio como se
abalanzaban hacia sus presas. Un grupo de cinco hombres con sus cinco
hijos. Cada padre con un retoño. Y entre ellos dos con el pelo
tan rubio que era blanco.
Corrió saliendo de las
sombras y se dirigió hacia ellos. Vio como uno de sus
compañeros apartaba al hijo de un empujón y lo
enfrentaba. No le haría daño. Lo habían
acordado. Tan solo tenia que mantenerle ocupado para que no
interviniera.
Él fue derecho al padre.
Peleo, lucho,
lanzo hechizos, y se defendió, pero cuando llego el momento
dejo que el padre se le acercase. Dejo que estuviese tan cerca de él,
que pudo sentir las palabras malditas que tenían que acabar
con su vida. Y cuando cayo al suelo, vio al padre, pero se volvió
y miro al hijo y creyó escuchar sus gritos. Y cuando cerro sus
ojos sintió de nuevo el dolor, pero no el de la oscuridad que
se lo llevaba sino el de la traición del hombre que amaba. Y a
él fue a lo último que vio, aun con los ojos cerrados.
A su esposo, el mismo que los había traicionado. El mismo que
en la confusión de mortifagos y miembros de la luz se abrió
camino y cuando llego a él se abrazo fuerte, muy fuerte, como
si pudiese asirle a la vida de ese modo. El mismo que lo beso con la
ternura de la vez primera pero el dolor de la ultima. El que tomo su
diestra y apretó su mano. El mismo al que su padre levanto del
suelo y lo llevo de vuelta a casa. El mismo chico de pelo tan rubio
que era blanco.
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Se aparto el pelo de la cara y al hacerlo descubrió que estaba llorando. Miro su mano derecha y vio las alianzas.
Dos anillos.
Debería ser uno, pero eran dos los anillos que lucia en su dedo.
Plata y oro.
Con uno se había
desposado, con el otro se entregaría.
No debían ser
dos- pensó.
Sólo uno. Como uno era ahora él.
