19 de Septiembre 1996

- Ni se te ocurra decirlo, Ron.

El pelirrojo miró con resentimiento a su amiga y dio un mordisco a la salchicha. Si volvía a decirle que ya tenía la edad legal para hacer magia fuera de Hogwarts emplearía todos sus esfuerzos y tiempo para ejercer ese derecho sobre él con un montón de hechizos que había aprendido a lo largo de los años y de los que sus amigos no tenían ni la menor idea.

Lo cierto es que ella no notaba ninguna diferencia. Había pasado los primeros once años de su vida sin saber si quiera que la magia existía y las épocas que pasaba en casa cuando tenía vacaciones no echaba de menos el poder usar su varita como lo hacia en Hogwarts. Estaba demasiado inmersa en los libros y estudiar y descubrir cosas nuevas. Aunque en el fondo entendía que Ron tuviese ganas de hacerlo cuando sus hermanos mayores, sobre todo Fred y George, utilizaban la magia para las bromas de las que muchas veces era víctima.

Harry estaba más callado de lo normal aquella mañana. Hermione le observó de reojo tras su edición de El Profeta. No la había quedado otro remedio que asumir que Harry no iba a abrir su corazón y desvelar cuán grande era su pena por la pérdida de Sirius. Tal vez Ginny tenía razón y lo único que quedaba era esperar a que sucediese el milagro y Harry les dijese a ella y Ron lo que sentía estos días. Lo que si le resultaba raro o más aliviador aún, era el hecho de que Harry no parecía tan triste como esperaba. Sí, de vez en cuando le descubría con la mirada perdida y una expresión de nostalgia que le partía el corazón. Y todas esas ocasiones había querido decirle que podía hablar con ella de cualquier cosa. Al fin y al cabo ella era una de sus mejores amigos.

- ¿Todo bien, Hermione? –preguntó Harry.

Ella apartó el periódico de su vista y le miró confusa. Ron bufó.

- Es la edad, amigo. Ya empieza a chochear.

Hermione apretó el periódico entre sus manos y lo arrugó sin preocuparse. Harry se atragantó con el zumo de calabaza y estuvo a punto de escupirlo a través de la mesa. No podía reír por la tos.

- Te vas a ahogar –dijo Ginny divertida.

Acababa de llegar al Gran Comedor y golpeaba a Harry en la espalda. Su amigo abrió los ojos de par en par y se puso rojo como un tomate. Entonces Hermione tuvo una revelación, una de muchas. Le acercó un vaso de agua y él lo cogió y bebió con cierta dificultad. Hermione tenía esa sonrisa que ella misma reconocía como "sonrisa sabelotodo" que Ron tan lucidamente bautizó hacía dos veranos.

Ginny se movió hasta ella y se sentó a su lado.

- Feliz cumpleaños.

Abrazó brevemente a su amiga y le alcanzó un paquete envuelto en papel de regalo azul. Nada de plumas moviéndose frenéticamente sobre pergaminos como el de Ron y Harry. Abrió el regalo. Por su forma pudo adivinar que era un libro y no se equivocó.

- El Sueño de una Noche de Verano de Shakespeare –dijo Hermione en voz baja y acarició con la yema de los dedos las letras doradas en relieve.

- ¿Otro libro muggle? –preguntó Ron.

Ginny sonrió y asintió.

- Es perfecto –dijo Hermione.

- Cualquier libro lo es –comentó Ron.

Recibió una mirada acusadora de su amiga y agachó la cabeza. Ron y Harry habían unido esfuerzos y ahorros y le habían regalado un libro titulado "Mujeres que hicieron historia en el mundo mágico." Era un gran regalo y esa misma tarde empezaría a leerlo, pero el regalo de Ginny era algo más romántico. Tal vez esa no era la mejor descripción para algo que te da una amiga, sin embargo, lo encontraba muy adecuado.

- Bueno¿cuándo son las pruebas para el equipo, Harry? –preguntó Ginny.

- Er, el próximo sábado por la mañana.

- Va a ser divertido –dijo ella y miró a Hermione con complicidad.

De hecho iba a serlo. Tenían entendido de que se presentaría prácticamente toda la casa Gryffindor, incluso algún alumno de primer año. Todos conocían la historia de Harry, el buscador más joven del siglo y el único en entrar en el equipo en su primer año cuando las reglas establecían que solo estaba permitido a partir de segundo. Querían emular a su héroe o pensaban que si él lo había logrado, no veían porque ellos no. Hermione no era una eminencia como Ron en cuanto a Quidditch se refería, pero no creía que nadie tuviese la especial habilidad de Harry para volar como lo hacía. Era instinto natural y muy pocos lo poseían. Eso y que lo que experimentaba cuando estaba volando en su Saeta de Fuego era algo que no muchos sentían. Libertad. Y Harry era una de esas personas que la merecían por encima de todas las cosas y la valoraba de un modo que casi nadie podía entender.

Septiembre 1996

Ron era como todos los chicos. Ni más especial ni menos insufrible. Tuvo ganas de pegarle cuando Lavender Brown le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Tal vez él no había reconocido por completo las intenciones de su compañera, pero Hermione sí. Y sabía perfectamente lo que pretendía. Hasta le había preguntado una noche si Ron seguía soltero. ¿Si Ron seguía soltero? Entonces rió porque le parecía demasiado absurdo y Lavender había hablado como si Ron fuese el soltero de oro del colegio y hubiese desbancado a Harry de semejante puesto. Tal vez debería contarle a su mejor amigo que ya no era el soltero más codiciado de todo Hogwarts. Alguien se alegraría de que Ron fuese el objetivo número uno de una de las chicas más guapas de la casa Gryffindor. Porque ella no lo hacía.

Maldito Ron.

La prueba estaba siendo un completo desastre. Muchos eran alumnos de primero como habían previsto y otras eran niñas que solo habían ido para poder ver de cerca a Harry. Sonrió al verle completamente desquiciado. Harry tenía una paciencia infinita para ciertas cosas, pero la estaban poniendo al límite de maneras insospechadas. Hasta se había presentado gente de otras casas. Elegir a las cazadoras fue fácil. Harry solo había hecho pasar la prueba a Katie Bell y Ginny porque no sería justo que entrase en el equipo sin hacerlo. No paraba de gritar y discutir con la gente que no había logrado formar parte del equipo y que no se molestaban en fingir su indignación.

-Está claro por qué ha elegido a esa pequeña Weasley.

Hermione se inclinó hacia adelante. Cormac McLaggen. Era un chico bastante corpulento, de séptimo año, y por lo poco que había visto, demasiado pretencioso. El chico que estaba a su lado le miró y no dijo nada al respecto.

- Es la hermana pequeña de su mejor amigo y siempre ha andado detrás de Potter. Tal vez quiera algo con ella ahora que es tan popular entre los chicos. No sé si me entiendes.

El otro chico tosió nervioso y guardó silencio de nuevo. Hermione apretó los puños. Antes muerta que McLaggen en el equipo.

- Espera a cuando salga Ron Weasley. Potter solo le deja hacer la prueba porque es su amigo. No es la mitad de bueno que yo.

Hermione inspiró y expiró. Inspiró y expiró. No podía perder los nervios porque un patán con menos cerebro que un mosquito estuviese insultando a sus amigos. Ella no se dejaba llevar por impulsos y no le iba a dar ese gusto a un engreido y estúpido como McLaggen. Daba igual que le acabase de conocer y que no estuviese bien dejarse llevar por la primera impresión –porque ella siempre sufría por la primera impresión que tenía la gente de ella,- con él podía saltarse las reglas.

- El año pasado tuvimos demasiada suerte. Sus hermanos mayores todavía eran buenos, pero ellos…

Bien pensado, antes muerto McLaggen que en el equipo.

Ginny se acercó junto a Katie Bell y Demelza Robbins.

- Pobre Harry –dijo Ginny y se sentó a su lado.

- Hmmm.

- Y pobre Ron. Pensé que habría menos gente al final, pero está visto que Harry atrae a las masas –comentó con una risita.

- Hmmm.

- ¿Hermione?

Ginny le pasó una mano por la cara. Lo cierto es que estaba demasiado ocupada en pensar como librarse de McLaggen. Porque tenía que hacer algo o se arrepentiría durante el resto de su vida. No es que fuese a hacer trampa, pero una persona como él no merecía formar parte del equipo. Y qué decir que Harry no merecía aguantar a un guardián semejante y que Ron no entraría en el equipo y se quedaría destrozado durante semanas. Entre las muchas cosas que sentiría.

Harry volvió a gritar a la gente que no estaba contenta con el resultado de su prueba. Ginny rió.

- Harry no ha perdido la capacidad de gritar como un energúmeno. Le va a quedar una voz de lo más sexy después de hoy.

- ¡Ginny!

- Por fin. ¿En qué demonios estabas pensando?

- Solo estaba concentrada.

- Ya.

Observaron el resto de las pruebas de los golpeadores y Ginny y las otras dos cazadoras bajaron de nuevo al campo para ayudar con las de guardián. McLaggen las siguió. Hermione le echó una mirada asesina y se frotó las manos. La estaban sudando. Después de probar a varios chicos fue su turno. El aspirante a guardián subió hacia los postes de gol sin dudar y las tres chicas se colocaron a una distancia prudente.

Hermione sacó su varita de su bolsillo interior y la trató de esconder de la vista del resto de la gente que veía. Era ahora o nunca. Ya había parado cuatro de los cinco penaltis y no podía dejar que el destino decidiese sobre el último. Vio a Ginny volar a una velocidad endemoniada hacia el chico y dijo la palabra que esperaba lo cambiase todo.

- Confundus.

Y ocurrió. McLaggen se echó hacia el lado contrario y Ginny marcó. Cerró los ojos y cuando los abrió de nuevo McLaggen estaba atravesando a Ginny con la mirada. Ahora solo quedaba que Ron hiciese lo que tenía que hacer. Ella confiaba en él. Harry y Ginny también lo hacían y había demostrado que era un guardián fabuloso.

Se tapó la boca con las manos al verle subir a su Barredora 11 al borde del colapso. No le recordaba tan nervioso en mucho tiempo.

-¡Buena suerte!

Al mismo tiempo que Harry miraba a las gradas ella lo hizo a su espalda. Lavender Brown sonreía de oreja a oreja con su pelo rubio ondeando en el viento. Inspiró y expiró.

Siguió con sus ejercicios de relajación mientras veía parar a Ron un penalti tras otro. El último volvía a lanzarlo Ginny y Hermione sintió que se le paraba el corazón cuando lanzó. Ron la paró y a ella la volvió a funcionar el cerebro y el corazón al mismo tiempo.

Harry se refrenaba para no pegar saltos de alegría y Hermione pudo ver que McLaggen estaba más que descontento con que Ron le hubiese ganado. Bueno, mejor eso que tener que lidiar con ese idiota el resto del año.

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Hermione podía ser la bruja más inteligente y brillante de su generación y de todas las que fuesen a venir, pero ella no era ninguna tonta. Puede que el hecho de que ella estaba allí arriba lanzando penaltis contra los aspirantes a guardián pareciesen hacerla ignorar el resto de cosas que pasaban a su alrededor. Tal vez sí. Pero cuando la persona contra la que lanzabas se tiraba en la dirección opuesta en el último segundo, era cuánto menos, sospechoso.

Fuera como fuese, se alegraba infinitamente de que Ron fuese de nuevo el guardián de Gryffindor. Rió para sí misma al pensar que jamás habría imaginado que el sucesor de Oliver Wood sería su hermano. El siempre inseguro y "segundón" Ron. Por supuesto que para ella no lo era, pero no se le escapaba lo que algunos pensaban sobre la relación de Harry y su hermano. Había tiempos en los que relucía el orgullo Weasley y solía pensar que era Harry Potter el que tenía suerte por haberse encontrado en el camino de Ron. Aunque le costase reconocer que cuando supo que eran amigos no pensaba más que en su suerte porque si era amigo de su hermano, la conocería, se enamoraría de ella y serían felices para siempre.

Lo que agradeció fue que hubiese dejado de fantasear con El Chico Que Vivió.

Entre otras cosas porque ahora tenía un novio, Dean Thomas, que estaba sentado a su lado en la Sala Común, triste y decepcionado porque no había entrado en el equipo. Ella no le diría que en parte estaba contenta y aliviada de que así fuese. No sabía cómo explicarle a un chico de apenas dieciséis años que ella necesitaba tener cosas que solo fueran suyas y no "nuestras".

- Anímate, Dean.

- Hmmm.

Si no decía nada es que estaba más enfadado que triste y no tenía ganas de discutir con él. No lo habían hecho aún y no quería que la primera discusión con su novio tuviese como protagonistas el Quidditch y Harry. Sobre todo Harry.

En ese preciso instante hizo acto de presencia junto con Ron y Hermione. Ella murmuraba algo sobre Hagrid y parecía más nerviosa de lo habitual. Subieron a sus dormitorios y cinco minutos después se sentaron en una mesa que había en un rincón.

Si Hermione había utilizado algún hechizo en McLaggen nunca lo reconocería. Por la tranquilidad de Ron tuvo claro que su hermana no tenía ni la menor idea de la pequeña mano que le había echado su mejor amiga. Mucho menos que lo que le había motivado a ayudarle no era solo ese sentimiento amistoso. Ya se veía dando órdenes al mismísimo Harry Potter durante todo un día. Veinticuatro horas como su esclavo.

Dean se fue a dormir media hora después. Le dio un pequeño beso en los labios y un "buenas noches" antes de irse. Ella se quedó esperando. La Sala Común se fue vaciando poco a poco y al final solo quedaban los tres amigos, unos alumnos de segundo y séptimo año y ella.

Hermione fue la primera de desear buenas noches a sus dos amigos y subir las escaleras. Ron bostezó sonoramente.

- Me muero de sueño –anunció.

- Ve subiendo. Solo me quedan unos centímetros para terminar –dijo Harry.

- Está bien.

Harry por fin se quedó solo. Ginny dejó la revista con la que se había estado entreteniendo sobre la mesa y se levantó. Caminó casualmente hasta donde estaba Harry. No quería darle la impresión de que había estado esperando todo ese tiempo para poder hablar con él a solas. A pesar de que era exactamente lo que había hecho. Confió en que Harry fuese igual de ingenuo que Ron en ese aspecto.

Él terminó su redacción y levantó la vista. Frunció el ceño al verla.

- ¿Acabas de venir? –preguntó.

- No. Estaba aquí cuando llegasteis –contestó ella.

- Oh. No te había visto. Perdón.

Ginny sonrió amablemente y se sentó frente a él.

- ¿Y qué es eso tan importante que te ha mantenido aquí cuando Ron y Hermione ya se han ido a la cama? –preguntó ella divertida.

- Quería terminar una redacción para McGonagall.

- Creo que es la primera vez que te veo no dejar algo para el día siguiente. A Hermione la habrá dado un yuyu.

Harry soltó una carcajada y Ginny olvidó por unos segundos el motivo por el que estaba allí. Claro, Hermione.

- Las pruebas han sido todo un espectáculo –tanteó el terreno.

- Pensé que no acabarían nunca.

Él se pasó las manos por el pelo y lo enredó más.

- Ron estaba muy nervioso¿verdad? Menos mal que McLaggen ha fallado.

- Si llego a tener que aceptar a ese energúmeno en el equipo, dimito.

De pronto Harry se quedó paralizado y miró con suspicacia a Ginny. Se aclaró la garganta. Ella entrecerró los ojos y sonrió triunfante.

- Así que es cierto.

- ¿El qué? –preguntó con voz aguda.

Ginny sintió ganas de reír.

- Vamos, Harry. Ya has visto como McLaggen se ha tirado en dirección contraria. Aunque dudo mucho que hubiese parado ese penalti.

- No se lo dirás a Ron¿no? –preguntó con aprensión.

- Me encantaría arruinarle la vida a mi hermano. Claro que no.

- ¿Entonces?

- Hoy han ocurrido dos hechos importantes. Primero, mi hermano es el guardián de Gryffindor y segundo, se ha demostrado que Hermione está loca por él.

Harry abrió la boca estupefacto y la miró con los ojos tan abiertos que parecía que iban a salírsele y chocar contras los cristales de sus gafas. Ginny se reclinó en su silla.

- Va a pasar antes de lo que tú previste Harry, y entonces, yo ganaré la apuesta.

- Los dos son demasiado orgullosos como para hacer nada antes de Navidades.

Harry cogió su libro y el pergamino y se levantó de la silla. Ginny le siguió y se pararon donde las escaleras se dividían.

- Por cierto, espero que Dean no se haya molestado por no entrar en el equipo.

- Y por eso te estaré eternamente agradecida, Harry Potter.

Con esas palabras Ginny giró hacia los dormitorios de las chicas.

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Harry vio como Ginny subía las escaleras y cuando dejó de verla, a los pocos segundos, sonó una puerta que se cerró. No entendía por qué a Ginny le alegraba tanto que Dean no formase parte del equipo. Al fin y al cabo lo lógico era su novio y lo lógico era que cuanto más tiempo pasasen juntos, mejor. Claro que jamás había entendido las acciones y motivaciones que se escondian tras las mismas del sexto opuesto.

Tampoco comprendía por qué Hermione había ido contra todos sus principios y mil normas que seguramente sabía de memoria y recitaría sin problemas. Eso sin contar con las cuestiones morales que ella alegaría para no utilizar un encantamiento o maldición en contra de alguien por muy beneficioso que fuese. Pero sinceramente, no le importaba en absoluto que Hermione tuviese remordimientos y confiaba plenamente en que jamás lo utilizaría contra Ron. No le había mentido a Ginny al decirle que habría dimitido como capitán si no hubiese habido otro remedio y McLaggen fuese el nuevo guardían.

Por otra parte, no cabía duda de que Ginny tenía razón. Hermione estaba loca por Ron.

Hizo una mueca de disgusto. Aunque lo había visto venir desde cuarto año, era raro pensar en ellos de ese modo. Ron y Hermione como pareja. Sus dos mejores amigos posiblemente enamorados. Pero de igual manera, no era capaz de pensar en nadie mejor para ninguno de los dos. Simplemente le parecía imposible.

Cuando se acostó, Ron ya estaba dormido y roncaba profundamente. Cerró los ojos y pensó en que más le valía a Ron portarse bien con Hermione después de lo que había hecho por él.

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Uno, dos, tres, cuatro…

- ¿Has visto que bien juega? Es mucho mejor que Oliver Wood.

Cinco, seis, siete…

- Es tan alto y atractivo…

Hermione podía escucharlas a través de las cortinas cerradas de su cama. Estaba empezado a perder los estribos. Si volvía a oir a Lavender Brown admirar las únicas cualidades que, según ella, tenía Ron –las cuales se limitaban a que era buen jugador de Quidditch, alto y atractivo-, infringiría otra norma antes de que acabase el día.

Era increible. Estaba celosa. De todas las personas de Hogwarts que menos podrían haber causado semejante sentimiento, nunca pensó que Lavender Brown pudiese provocarlos. Y no porque fuese mucho más guapa que ella, con el pelo más liso, rubio y cara más perfecta. Tenía bastante claras sus prioridades y jamás le había preocupado que alguien pudiese parecer mejor que ella fisicamente. Tal vez porque sabía que la belleza era algo relativa y que en comparación con su compañera de cuarto, era la persona más inteligente del mundo. Porque aunque las comparaciones fuesen odiasas, tratandose de alguien que llevaba una hora alabando a su mejor amigo como si fuese un adonis, era reconfortante saber que era mejor en algo.

No es que Ron no fuese todo eso que Lavender decía. Lo cierto es que era una mínima parte de las cosas que Hermione admiraba en él y que con el tiempo le habían hecho caer rendida. Finalmente había aceptado que ella, Hermione Granger, estaba enamorada de su mejor amigo, Ron Weasley. Porque era alto, atractivo y buen jugador de Quidditch. Pero sobre todas las cosas, Ron era una de las personas más valientes y leales que había conocido jamás. Le hacía reir, y era orgulloso, inteligente aunque no le gustase estudiar. A pesar de que consiguiese sacarla de sus casillas con una facilidad pasmosa más veces de las que querría. En el fondo, era otra de las multiples razones que le habían llevado a sentir lo que sentía por él. Y ya no se preguntaba por qué Ron y no Harry si los dos eran sus mejores amigos y en las historias de amor que su madre le contaba cuando era pequeña el héroe siempre se quedaba con la chica. No lo hacía porque Harry no provocaba en ella nada más que amistad y porque Ron también era un héroe. En la sombra, pero héroe al fin y al cabo.

- ¿Sabes cuándo son los entrenamiento?

De nuevo la voz de Lavender.

- No lo sé. ¿Quieres ir a verlos? –preguntó Parvati.

Las dos rieron y Hermione echó un hechizo silenciador.