Octubre - Noviembre, 1996
- ¿Qué le has hecho a Ginny?
- ¿Perdón?
Harry frunció el ceño y observó la mirada inquisidora en la cara de su amiga. Por un momento no supo de qué hablaba. Hasta que recordó la pequeña discusión de la noche anterior.
- No sé a qué te refieres –con un poco de suerte Ginny no le habría dicho nada.
- Acaba de pasar justo detrás de ti y te ha mirado… Bueno, te ha mirado como si estuviese a punto de lanzarte una maldición o algo parecido.
- ¿Ha pasado por aquí?
Se giró y señaló el espacio que separaba la mesa de Gryffindor de la de Ravenclaw en el Gran Comedor.
- ¿No te has dado cuenta?
Harry se encogió de hombros. Hermione entrecerró los ojos y negó con la cabeza.
- ¿Entonces qué le has hecho? –insistió.
- ¿Y por qué supones que yo he hecho algo¿Y si fue al revés? –preguntó a la defensiva.
- Porque si Ginny te hubiese hecho algo es posible que tú no le dieses ni la menor importancia.
- ¿Qué quieres decir?
Odiaba que Hermione dijese cosas así. Siempre lo hacía cuando sabía algo que nadie más conocía y lo utilizaba para demostrar sus razonamientos. No entendía por qué suponía con tanta facilidad que él no se enfadaría con Ginny y ella sí tenía todo el derecho a hacerlo. De hecho, si había discutido con Ginny en el primer lugar era porque realmente le importó lo que le dijo.
- Lo que quiero decir, Harry, es que nunca te ha importado mucho lo que pase con Ginny, así que no veo por qué debería impórtate ahora.
Necesitó unos segundos para comprender hacia donde iba su amiga. No es que Hermione pensase que a Harry no le importaba Ginny de un modo amistoso. Sospechaba que sí le importaba y por algún extraño motivo quería que Harry lo confesase. Decir que sí se preocupaba por lo que Ginny pensase de él o que ella también podía herirle si se lo proponía era fácil. Sin embargo, la sonrisa sabelotodo que hacía brillar los ojos de Hermione con excitación le aconsejó que no tenía por qué seguirle el juego.
- Si tan interesada estás en saber qué pasa con Ginny, pregúntale a ella. Estoy seguro de que estará encantada de decirte lo insensible, egocéntrico y egoísta que soy.
Ella se limitó a sonreír de oreja a oreja y le miró de un modo que Harry interpretó como "gracias, eso era justamente lo que necesitaba." Se hubiese abofeteado a sí mismo.
- Conozco a Ginny y si ha dicho todo eso sobre ti es que está enfadada de verdad. Así que sea lo que sea, Harry, pídele perdón.
--------
- Se supone que Venus tiene que estar alineada con Plutón en la octava casa de Júpiter.
La frente de Ginny golpeó suavemente el libro de Astronomía que descansaba en el suelo frente a ella. Cuando era más pequeña creía en el destino, en que todo estaba escrito en las estrellas y los planetas. Le bastaron apenas tres clases con Trelawney para dejar de creer en todo eso y convencerse de que las cosas, en gran medida y por lo general, ocurrían sin más. Daba igual que las estrellas se alinearan formando la cabeza de un grindilow porque no tenía ningún sentido para ella y dudaba que eso fuese a cambiar en nada su destino.
Mordisqueó el final de su pluma con aburrimiento. Luna no dejaba de hacer anotaciones. No resultaba extraño que la joven sí creyera en ello. Al fin y al cabo, pensaba que todo era posible, incluso lo que solo existía en su mente.
- Esto es una estupidez –dijo Ginny con desgana.
Luna pestañeó lentamente.
- Pienso que es como la magia –contestó con la tranquilidad que la caracterizaba.- Crees en la magia, pero no puedes explicar de dónde proviene o por qué algunos poseemos ese don y otros no.
- Pero la magia existe porque podemos verla y sentirla.
Si había algo que Ginny disfrutaba era conversar con Luna. Hermione y ella eran las únicas amigas que tenía que no estaban interesadas solo en los chicos. Luna siempre suponía un reto y en ocasiones conseguía convencerla sobre alguna de sus descabelladas ideas. La mejor amiga de su hermano estaba llena de consejos que no siempre le gustaba oír pero que acababa siguiendo en mayor o menor medida porque rara vez se equivocaba y a veces sentía que era la hermana que nunca tuvo.
- Imagina que eres un muggle, Ginny –frunció el ceño.- Entonces no creerías ni en la magia o el destino porque no puedes probar su existencia por el simple hecho de no verlo.
- Mi padre dice que hay muchos que sí que creen en ello.
Luna sonrió complacida.
- ¿No te parece genial?
- ¿El qué¿Creer en algo que no existe?
- Tienen fe. Y tú crees en la magia aunque muchos no lo hagan. Así que¿por qué no creer en otras cosas aunque sean imposibles para ti? Es como creer en las personas. Confiar en que lo que te están diciendo y hacerlo sin condiciones.
Ginny echó un rápido vistazo a todas las predicciones que había inventado. No era muchas y todas bastante malas.
- No me gusta la idea de que mi destino esté escrito. Es como si no tuviese voluntad sobre mis actos.
- Como si alguien moviese los hilos –añadió Luna en voz baja.
Asintió con la cabeza.
- Supongo que el destino está escrito, aunque nadie lo haya predecido. Pero depende de nosotros al final, de las decisiones que tomemos. Porque uno no sabe lo que le depara el futuro y no puede asegurar si eso era lo que estaba predestinado a hacer.
Ginny no pudo más que observar a su amiga con admiración. Era una de las personas más inteligente que conocía y a veces sentía que el mundo entero se estaba perdiendo tanto al ignorarla o maltratarla por ser tan diferente. Algunas veces tenía que controlarse demasiado para no lanzar una maldición a cualquiera que hablase mal de Luna Lovegood. Nadie la conocía y todos la juzgaban.
Notó una gota chocar con su mano. Miró hacia el cielo. No se había dado cuenta de lo oscuro que estaba todo.
- Creo que va a llover –anunció.
- Es posible que esas nubes entren en conjunción con una corriente de aire caliente y se produzca una tormenta –bromeó Luna con ensoñación.
Ginny soltó una carcajada y empezó a recoger sus cosas antes de que dicha tormenta descargase toda su furia en sus pertenencias. Las dos amigas bajaron las escaleras de la Torre de Astronomía charlando animadamente sobre el próximo partido de Quidditch y la próxima clase de Herbología.
--------
No era posible que su libro de Runas Antiguas hubiese desaparecido sin más. Sus libros no tenían patas y se escondían de ella. Sus libros no se perdían en un montón de trastos y ropa usada. Los libros de Hermione Granger podían estar orgullosos de una dueña escrupulosa y metódica. Trató de recordar la última vez que lo vio y los sitios en los que había estado y llevado el libro consigo. No era tan fácil perder un libro que pesaba tanto sin darse cuenta. No aparecía en su dormitorio así que bajó a la Sala Común.
Lo buscó por debajo de las mesas, entre los cojines y todos los rincones en los que podía estar. Pero no lo encontró. Empezaba a desesperarla la posibilidad de tener que buscarlo por todo el castillo. Y no quería ni pensar en las caras de Harry y Ron si se enteraban. Estarían riéndose durante días. Chicos, pensó furibunda.
- ¿Buscas esto?
Ginny sostenía el maldito libro entre las manos y enarcaba una ceja con autosuficiencia. Hermione se lo quitó de las manos y quiso castigar al libro.
- ¿Dónde demonios estaba?
- Deberías tener más cuidado con tus pertenencias, Hermione –contestó Ginny, quien obviamente lo estaba pasando muy bien a costa de su amiga.
Entonces decidió cambiar el rumbo de la conversación y de la futura burla. Después del susto que se había dado no estaba para que nadie la tomase el pelo.
- Y tú deberías de tener cuidado a la hora de elegir con quién discutir –comentó misteriosa.
Ginny entrecerró los ojos estudiando la expresión satisfecha de Hermione. Luego puso los ojos en blanco unos segundos.
- Yo no fui buscando pelea –se defendió.
- Lo imagino. Últimamente Harry está un poco susceptible.
- ¡Ja! –Ginny se dejó caer en un sofá y Hermione se sentó a su lado.- ¿Últimamente? Hermione, es tu mejor amigo. Harry es como Ron. Cualquier cosa que les digas les hace estallar. En serio, a veces me pregunto si de verdad son chicos
Hermione rió pero le dio un golpe en el brazo para reprobar el comentario de su amiga. Estaba completamente de acuerdo con ella, sin embargo sentía que tenía que defender el honor de sus dos mejores amigos.
- Obviamente Harry no me ha contado nada, pero deberías hablar con él. No sé, pedirle perdón- Ginny hizo ademán de levantarse y la paró con las manos.- Estoy segura de que Harry también debería pedírtelo, pero él no lo va a hacer. Porque nunca ha discutido contigo y entre tú y yo, las palabras no son lo suyo.
- No me digas.
- ¿Lo harás? –rogó con voz suave.
- Solo con una condición.
- ¿Cuál?
- Que le pidas de una maldita vez a mi hermano que te acompañe a esa fiesta de Navidad de Slughorn.
Hermione tragó saliva y cerró los ojos. Después oyó la risa de Ginny y por un segundo le sonó malévola, como la de las brujas de los cuentos muggles. Al final siempre salía ella perdiendo. No tenía remedio.
--------
Si Hermione quería que le pidiese perdón lo haría. No es que lo fuese a hacer porque se lo había ordenado. Había hecho un trato con ella. Era lo más parecido a un Juramento Inquebrantable. Se sentó en las escaleras frente al retrato de la Dama Gorda y esperó. Cinco minutos, diez, veinte, media hora. Cuarenta minutos y a Harry Potter se lo podía haber tragado la tierra.
No tenía ni la menor idea de por dónde empezaría. De hecho Hermione le había dicho que cada vez que había discutido con su hermano y amigo, nunca lo habían hablado. Por una razón u otra, y siempre jugaba un papel importante que se tratase de una cuestión de vida o muerte, acababan haciendo las paces. Pero ninguno pronunciaba las dos palabras mágicas. Y ella iba a tener que comerse su orgullo y pedirle disculpas.
Casi una hora después le vio aparecer por las escaleras. Cabizbajo y con el pelo más alborotado de lo normal. Se preguntó por qué la magia no podría hacer algún tipo de milagro por semejante maraña de pelo azabache. Una voz juguetona le contestó en su mente que entonces no estaría la mitad de guapo que ahora. Se levantó de un brinco y bajó los escalones a trompicones.
- ¡Harry!
El chico levantó la cabeza aturdido. Se metió las manos en los bolsillos y siguió subiendo las escaleras. Ginny tuvo ganas de darle un puñetazo y seguir con su camino. Otra voz, la de Hermione, le dijo que debía hacer lo correcto.
- ¡Ey, Harry! –insistió.
- ¿Sí? –preguntó con apatía.
En ese momento supo que el menor de sus problemas era Voldemort. Si seguía con esa actitud ella misma se encargaría de mandarle a San Mungo para que compartiese habitación con Lockhart.
- Quería hablar contigo sobre lo de ayer. Er, verás, quería pedirte perdón –se quedó en silencio esperando algún tipo de respuesta. Resultó que Harry era más obtuso de lo que creía.- Todo lo que dije, en fin, no lo decía en serio. Solo me enfadé y dije lo primero que me vino a la mente. No lo pensé bien. Así, discúlpame por favor.
Terminó con una educación que haría llorar de orgullo a su madre.
- Gracias.
No podía matarle. Su madre la mataría después. Simplemente tenía que contenerse.
- De nada, supongo.
Le miró durante unos segundos con la esperanza de que él se disculpara. No tendría mucho sentido seguir enfadada con él si ella le había pedido perdón. Pero se sentía cada vez más ridícula y las ganas de pegarle todo lo fuerte que pudiese se agudizaban a una velocidad pasmosa.
- Eh, bien. Pues adiós.
Por supuesto que no espero a que él se despidiese. No se sentía tan estúpida desde hacía mucho tiempo. Empezó a bajar las escaleras con paso rápido pero sin correr. Tampoco iba a hacerle creer que estaba huyendo porque se sentía incómoda y estúpida. Se suponía que era él quien debería sentirse como un estúpido.
- Espera, Ginny.
Iba a resultar que solo era un chico muy lento para ciertas cosas. Se dio la vuelta con aire casual.
- ¿Quieres algo Harry?
- Yo también dije cosas que no sentía realmente. Así que te pido perdón. Creo que fui un poco injusto.
- No te preocupes, Harry. Yo ya lo he olvidado.
Eres una idiota, pensó. Harry sonrió con evidente cansancio y se despidió con la mano. Ginny se quedó parada observando hasta que desapareció detrás del retrato. Dio un golpe con el pie en el escalón y quiso gritar como una loca. Debería haberle hecho besarle los pies y hacerle rogar por ser un completo imbécil cuando ella tan solo intentaba razonar y apoyarle a pesar de todo. Y lo único que había hecho era seguir siendo una niñita que dejaba que Harry Potter se saliese con la suya.
--------
Ya estaba hecho. Hermione Jane Granger había cumplido con su promesa. Había tardado más días de lo previsto porque nunca parecía el momento adecuado o porque Ron siempre lo estropeaba con algún comentario inoportuno. Una clase llena de plantas que querían asesinarles fue un marco ideal para pedirle una cita. Y ahora estaba riéndose como una tonta mientras botaba en la cama. Miró el techo con admiración. ¿Por qué no se había dado cuenta antes de que el techo fuera tan bonito?
La puerta del dormitorio se abrió para relevar a Lavender Brown y Parvati Patil. Entraron cuchicheando algo que no le importaba en absoluto y se callaron cuando advirtieron la presencia de su compañera de cuarto.
- Hola chicas –saludó afable.
La dos la miraron con cierto recelo.
- Hola, Hermione. ¿Todo bien? –preguntó Parvati amigable.
- Estupendamente.
Si seguía sonriendo así le iba a doler la cara durante días. Las dos amigas se sentaron en la cama de la gemela Patil.
- Hermione¿puedo hacerte una pregunta? –dijo Lavender con calma.
- Claro.
- ¿Sabes si Ron Weasley tiene novia? Te lo pregunto porque tú eres su amiga ¿no? Y seguramente lo sabrás…
Hermione abrió la boca y fue a contestar que sí, pero no lo hizo. Por mucho que tuviese una cita, o lo más cercano a una cita con Ron, no tenía claro si eran novios. De hecho no lo había pensado hasta ese momento y la simple idea le hacía sentirse serena y feliz. Aún así no podía contestar lo que realmente deseaba.
- No.
--------
No sabía cómo su pierna había acabado enroscada a la altura de su muslo. La fría piedra se le clavaba en la espalda y contrastaba de una manera deliciosa con sus manos. Quemaban cada parte de su cuerpo, cada pequeña parte de piel que mostraba o que encontraba debajo del borde de su camiseta. El corazón le palpitaba en el pecho a punto de salirse y sentía un cosquilleo que le llegaba hasta las puntas de los dedos que hundía en el pelo corto y negro. Dean mordió su labio inferior y Ginny suspiró a medio centímetro de su boca. Necesitaba aire.
Si su familia supiese lo que estaba haciendo encontraría un colegio de magia exclusivo para chicas y la mandaría allí hasta que tuviese edad para encerrarla en casa con un cinturón de castidad como complemento de vestuario.
-¡Eh, eh!
Estaba metida en un buen lío. Se separaron y giraron las cabezas. Lo que vio era aún peor. Ron y Harry.
Merlín, era su peor pesadilla.
N/A: quiero pediros disculpas a todos los que seguis esta historia desde el principio, hace meses, cuando empecé a publiacarla. Me he retrasado más de lo humanamente perdonable en actualizar con este quinto capítulo y sé que sonará a excusa barata, pero he descubierto que mis momentos de inspiración siempre se dan por la noche cuando estoy frente a una libreta. Esto no supondría mayor problema si no me costase tantisimo pasarlo a ordenador después. Por varios motivos que se resumen en mi eterna e infinita vagancia y porque me sentía más motivada a seguir con lo que tenía que a repasarlo.
Por suerte, con el siguiente capítulo no tendreis que esperar tanto porque una parte de lo que era este en principio ha sido excluida porque si no se alargaría demasiado y practicamente cubre la mitad del próximo. Podeis imaginaros que el Capítulo 7 estará cargado de mucha de la angustia adolescente típica del corazón roto, canarios asesinos e incipientes amoríos. Es posible que algunos encontreis algo de lo que habeis pedido en vuestras reviews pero ya de antemano os pido que seais benevolentes conmigo y entendais que no controlo del mismo modo a un personaje que otro.
