Tema 06: Escape

No podían regresar. Habían decidido abandonarlo todo. Kouya lo sabía. Su nombre, por el que tanto hubiera luchado en otras épocas,se le había caído al suelo, donde un golpe seco atestiguaba la pérdida, sólo una hora antes.

En cierta forma, se sintió libre. Cuando se dejó caer sobre las sábanas de un hotel en las afueras, respirando con lentitud, le dijo eso a ella abandonara todo, no era sorprendente. Era el Sacrificio perfecto: Siempre entregaba hasta lo último de sí misma.

-¿No tienes miedo, Kouya? Dejaste de temblar.-Comenta la sonrisa dibujada en el rostro que se apoya en sus muslos.

-Estoy contigo.

-¿Y conmigo no tienes miedo de la profesora Nagisa?

-Claro que sí.

Es un gran salto. Yamato se aparta con dulzura y se yergue con gracia felina.

El nombre no lo es todo, al fin y al cabo, se dice sólo una forma de llamarlas. Cero. Sin dolor, en absoluto.

Cuando sucedió, Kouya no lo creía. Por eso se hacía cortes. Quería saber si no estaba soñando en el regazo de la maestra Nagisa.

Luego, la marca en un pecho y las manos de Yamato apartándole las falsas orejas, con las mejillas teñidas en rojo.

-Oh, Kouya...¿Eso te enseñaba la maestra?-Le preguntó con la voz quebrada por la emoción.

Concretamente si, pero a los ojos de Kouya, su primer coito había sido indoloro y abstracto. Algo irreal, una prueba vergonzosa de su condición como Combatiente.

Le pertenecía a Nagisa, su maestra, una cruel guía espiritual sentada entre muñecos y tazas de té imaginario. Se vio según Yamato. Pero Kouya no albergaba ningún deseo por esas épocas.

Aceptaba lo que ocurría y se dejaba arrastrar por la corriente hacia aguas oscuras y desconocidas.

Cuando cruzaron juntas la noche, hasta la puerta del motel, ebrias de inseguridad y pálidas de temor, Kouya se dijo que por primera vez le importaba lo que sucediera con su vida. Porque estaba unida a la de Yamato.

Desde algún punto de vista, subjetivamente, habían muerto y celebraban la reencarnación.

Kouya creía en ésto, inspirada por los rezos y las constantes visitas al templo que Yamato realizaba.

Se habían detenido a pasar la noche.

-No quiero viajar a oscuras. ¿No luce todo mejor de día?-Había susurrado esa joven de cabello dorado y voz ronroneante en su oído. Las frases de Yamato siempre eran así de infantiles. Y sus manos, siempre igual tersas, suaves, dulces. Ni siquiera eso había cambiado desde el escape y el nombre perdido.

Tema 17:Pimienta

Yamato esperaba el bus. Cerca de la parada, había un callejón. Estaba muy distraída , pensando en cómo hacer crecer los senos de Kouya (según luego le comentaría a la misma, algo divertida, a manera de excusa) cuando lo vio: Un bulto beige sobre un bote de basura. O, como le diría, extasiada, ya en la habitación del hotel que habían rentado por esa noche:

-¡El minino más lindo del mundo! Tiene la piel más suave que tú, Kouya. ¿No sientes celos?

-Dirás el pelo. Y no.-Kouya arruga la nariz, con un disgusto ficticio, casi obligada por la circunstancia. – No deberías traer animales aquí.

-¡Pero es tan dócil! Y necesita un hogar feliz. Piensa, Kouya, tú puedes ser la "mamá" y yo la "mami".-Yamato le dedica una sonrisa y acerca el gatito a su cuello, como si posara para una fotografía, promocionando una nueva ley a favor de las mascotas domésticas. Ha ensayado ese espectáculo frente a la vidriera del Hospital Veterinario, donde comprara una correa rosada y un bol amarillo para el nuevo inquilino. -¿Qué nombre le pondremos a nuestro bebé?-Ronroneó Yamato, intentando llamar la atención de una Kouya retraída en sí misma, con el mentón sobre la palma de la mano , y los anteojos sobre un magro acolchado verde.-¿Pimienta? Tú eres la sal, yo el azúcar y él, la pimienta.-Yamato soltó una risa y besó la cabeza del felino de nariz rosada y copioso pelo beige.-Porque si vamos a huir juntas al campo, lo ideal es que fundemos una familia ni bien lleguemos. ¿Qué son dos mamis sin un bebé?

Kouya sacudió la cabeza y resopló.

-Fugitivas, que deben viajar ligeras. Deberías saber de antemano que no podemos llevar animales.

Semanas más tarde, con el gato en la falda, Kouya y ella discutirían de nuevo, sentadas bajo un olmo en un pueblo rural. De lo general a lo particular: Habían viajado toda una semana y las habían obligado a bajar, porque Yamato había supuesto que su "bebé" estaría incómodo en el morral. Luego, había empezado a bromear con Kouya, acerca de amamantarlo.

-Gracias a tu "pimienta" nos quedamos a mitad de la nada.-Farfulló Kouya, sin demasiado resentimiento, resignada como estaba a que eso pasaría tarde o temprano, desde el momento en que montaron viaje con el animal escondido en la ropa.

-Tus pechos son tan dulces a pesar de ser pequeños. ¡Mira, le gustas…!-Le dijo con una sonrisa juguetona, acercando a "Pimienta" a su hombro.

-No…Cállate y aléjalo de mí.-Le había replicado una joven de mejillas
ardientes que hubiera sustituido a su pálida Kouya.

Yamato rió al principio de la broma. Luego, el color se le fue de las mejillas y su rostro se hizo tenso, pálido.

-¿Cómo nos llamaremos ahora?-Le pregunta, con los sentimientos revueltos a flor de piel, sobre todo en el pecho.

Kouya la recorre con sus ojos oscuros, que siempre parecen dos nubes de tormenta, encerrados en un cielo blanco.

-Yamato y Kouya: las enamoradas.-Busca la mano de largos dedos. En el anular, el anillo de matrimonio que le diera la noche en que hicieron el amor por primera vez. Le queda grande y flojo, Yamato debe sostenérselo constantemente, con el dedo pulgar, cerrando la palma, para que no se caiga.

La misma Yamato que siempre cae junto a ella. Siempre sabe que tiene los brazos abiertos por dentro y sentir el calor de su piel, la hace sonreír.

Tocar a Kouya es para ella, tomar un baño caliente, desprenderse de la realidad y sumergirse en un mar que arde en la superficie, hiela más abajo, pero trae paz, esplendor. Amarla a la distancia de un centímetro, es beber alcohol frente a una chimenea, en pleno invierno. Es casi curioso. Cuando le explicó eso, a qué se debía que gustara tanto de sus encuentros, Kouya le dijo lo mismo, a su manera.

-Cuando estoy contigo, quiero vivir. Vale la pena quedarse en el mundo, para sentirte a ti. -En breve, el calor transforma la sentida sonrisa de Yamato en una mueca cargada de picardía.

-¿Incluso si eso implica que trabajemos juntas como granjeras?-Rió, encantada con la respuesta de Kouya y sus labios fruncidos, la respiración pausada y los ojos prendidos del cielo.

Si alguien le pidiera a Yamato que describiera a su amada, probablemente las palabras no alcanzarían para explicar cómo se ve esa persona a la que desea estrechar contra su pecho cada noche antes de irse a dormir, por lo que le resta de vida. Balbucearía incoherencias sobre lo pequeños que son sus senos y divagaría con respecto a sus orejas, antes de quedar embargada por la querencia y muda, completamente sonrojada.

Comprendió de repente lo mucho que le tenía en cuenta cuando renunció a la muerte tras la desaparición de Zero.

Ahora, Yamato abraza de nuevo al gatito (su nombre está entre "Pimienta" y "Kouya Junior", de hecho) y el felino se sacude sus lágrimas de los bigotes.

-Vamos a ser muy felices, bebé.-Le susurra, mirando por sobre el pelaje a Kouya, emocionada.