Tema 04:Café

Después de una extraña e inquietante llamada de Cero, la maestra Nagisa pidió café a su secretaria. Era muy tarde y la joven se extrañó una décima de segundo.

-¿Qué? Puedo pedir lo que yo quiera. Más aún si voy a desvelarme trabajando. ¡Rápido, tonta!-Le había chillado, infantilmente.

Esas chicas, pensaba más tarde, frente a una taza caliente…Si les atrapaba, ¡vaya, la penitencia que les daría!

Siempre fingían ser puras e inmaculadas, con ese par de orejas falsas. Kouya, siempre con su ropa impecable. Y Yamato, exhalando una cantidad apabullante de perfume masculino.

Un sorbo demasiado amargo y una mueca de disgusto en una boca pincelada de rosa pastel.

No podían esconderse por mucho tiempo. A lo sumo, irían a correr contra las faldas de sus padres adoptivos. Nagisa revisó las cuentas de la tarjeta de crédito de Kouya. Nada. Le pidió a su secretaria que buscara la manera de entrar en la cuenta de Yamato para averiguar dónde pudiera haber ido.

Lo último que esa muchacha pagó con su tarjeta de crédito, fue una cena para dos, aparentemente. Y una suite matrimonial en un hotel de relativo lujo.

El escritorio de Nagisa tiene una foto de ese par, cuando las orejas eran verdaderas y ella aún no deseaba más que afecto filial de Kouya.

Ambas tienen diecinueve años. Nagisa recuerda esa edad, cuando los hombres la perseguían y no viceversa. Ahora la Maestra suspira y sacude la cabeza. Ritsu y ella se hubieran llevado de maravilla de haberse conocido entonces. De seguro, lo hubiera arrastrado a la acera correcta.

Tema 23:Cartas

Aoyagi Ritsuka se ha catalogado como una de esas personas que temen olvidar a las otras con las cuales ha compartido los momentos más importantes de su vida. Momentos difíciles pasados durante la pubertad en un hospital psiquiátrico. Todavía un año después de conocer a Soubi, esas inquietudes no menguan, a pesar de dispersarse. Cuando encuentra un e mail de Cero en su correo electrónico, no puede menos que cortarse su aliento. ¡Cero! La Escuela de las Siete Llaves. No los olvidó a ellos, pero ese maravilloso par de jovencitas se las habían arreglado para desaparecer de su mente, al igual que de la ciudad, según rumores escolares que a penas si llegaron a sus orejas (las cuales siguen allí, aunque a Soubi le pese).

El tono de Yamato es juguetón pero no pierde esa tierna forma del de una muchachita fina tirada a menos por determinadas circunstancias. Es la clase de carta (electrónica o no, tiene la impresión de que es igual que un papel trazado a mano) que Ritsuka sabe que se escribe a sabiendas de que se está fuera de lugar al hacerlo (pero descubriéndose el corazón con divagues pasajeros acerca de su amante y recriminaciones agraciadas contra la maestra que las volvió Cero), una vez que se dilapidaron todos los contactos y las relaciones construidas cotidianamente. Un último bocado a la ciudad en la que han crecido. Como Ritsuka mismo, que se vio tentado de mandar alguna fotografía suya y de Soubi a sus viejos amigos de la otra escuela. Por otra parte, su sensei le ha dicho en más de una ocasión que ser un adulto no significa perder tus orejas, sino aprender a ponerle punto final a ciertas situaciones y sobre todo lo demás, a despedirse con suavidad de cada etapa, conscientes de que los recuerdos de cada una, vivirán dentro de ti hasta el día en que mueras, a pesar del desgaste de la memoria con la edad. En realidad, es a Soubi a quien ha tenido que repetirle eso al hartazgo.

"Enamoradasbajocero" es el usuario con el que designaron esa cuenta compartida que Yamato dice haber convencido a Kouya de crear, a fuerza de configurar un servidor exclusivamente para intercambiar e mails con Ritsuka. (Éste último no puede menos que sonrojarse al pensar en tantas molestias. "Tontas" murmura pasionalmente, entre dientes, entrecerrando los ojos, alzando una delgadísima ceja, torciendo los labios resecos por el aire de invierno. De todos modos,¿no le había dado el número de su teléfono celular a Yamato? ¿No batallaron porque ella insistió en que le gustaba que fuese un buen muchacho con Soubi?) Se dieron nombres nuevos. Yamato le dijo que comparten el mismo apellido y que, claramente, siente que han contraído matrimonio. Sin embargo, sobretodo por Kouya, deja que los habitantes del pueblo las vean como hermanas.

Oh, eso no significa que debajo de nuestras sábanas pretendamos no querernos. Y luego la pregunta: si ellos (¿Él y Soubi?) hacen lo mismo. Ritsuka se muerde el labio y masculla (antes de darse cuenta de que está solo y no es necesario replicar en palabras) una protesta. Lo común para él es que nadie note que son pareja. Soubi parece evitar el contacto que lo indique, en público. Cuando piensa "sólo en público", no puede evitar sonrojarse y fastidiarse.

Hay una foto adjunta (el corazón de Ritsuka no puede evitar galopar con más alegría una remanencia de su anterior obsesión por "coleccionar recuerdos" que luchan por extinguirse, a pesar de que se ignoran desde el otoño pasado) y no tarda en abrirla. No es tan difícil darse cuenta de que son ellas. No cuando menos para Ritsuka, que las ha visto desde la parte más oscura de su expresión. Sin embargo, son dos niñas, juntas en un marco (animado con gnomos azules y rosados, que se persiguen mutuamente, y luego se mezclan, juntándose y desapareciendo entre los colores afines) pequeño, a penas unidas por un velo de picardía y complicidad. Podrían pasar como mejores amigas, primas lejanas, conocidas de toda la vida... la palabra "amante" aparece como un condimento tal vez demasiado fuerte para el plato, en teoría. No obstante, es delicioso.

Por eso está implícito. Ritsuka se pregunta si es así como se sienten sus amigos al verlo temblar ante la mano de Soubi tocándole un hombro. Es tiempo compartido, manos, caricia, suspiro: todo aquello acumulado por encima de la espalda de las parejas. La mirada de Kouya no enfrenta el enfoque de la cámara (ubicada en el teléfono de Yamato, apuntando a ambas; sentadas bajo un árbol, como en una canción infantil) sino que se desvía y cae al suelo, avergonzada.

Yamato tiene los brazos enredados por encima de los hombros de su pareja. Si tus ojos son subjetivos, puedes suponer que los suyos se relajan al contacto de la piel de Kouya. Que un calor recorre sus venas desde la punta de sus dedos hasta los labios que están curvos en una sonrisa de no poco picante en cuanto a ardores abstractos.

Es la primera vez que Ritsuka recibe noticias de ellas y no sabe qué hacer al respecto. Cuando apaga la computadora y deja su habitación para ir a encontrarse con Soubi, piensa en cómo va a decírselo. Las hojas secas suenan bajo sus pies. ¿Qué haría Seimei en su lugar? A su lado, su dulce hermano era un duro amo. Tal vez, ni siquiera consideraría necesario contarle nada. Si al fin y al cabo, Yamato y Kouya no existían ya de nuevo, como Cero al menos. No son ya amenaza alguna para ellos dos. Para nadie, de hecho, si ya ni son Combatientes.

Las enamoradas. No era un mal nombre. Algo meloso, tal vez.

Una pareja de palomas acurrucadas miró a Ritsuka. En el reflejo de sus vacíos ojos oscuros, el muchacho se llevó las manos a la nuca y decidió que no era malo tener una reserva, cuando menos, en especial en lo que se refiere a la vida privada de cada quien.