27. Miedo
Era de noche y el alcohol borraba en gran medida los pormenores del angustioso viaje hasta lo profundo de esa ciudad extraña.
El sonido de la voz de Yamato era hipnótico. No sabía qué contestar, con las bragas húmedas y los pezones ya erectos entre sus dedos. O sí sabía, pero le dolía hacerlo. Cada palabra se la arrancaba entre la sofocación y los temblores.
-¿Quieres coger,querida Kouya?-Susurraba, exánime, los ojos brillantes en la oscuridad. De momento parecían rojos, no color avellana tirando a gris con los días de sol. A penas la había rosado con la rodilla y sentía que iba a explotar, derramándose con toda su vergüenza. No podía pedirlo, aunque lo deseara. Sabía que era incorrecto. Algo no estaba bien. No sentía dolor, pero esa otra cosa era demasiado intensa para su gusto. No podía controlarla.
-Por favor.-Susurró en su oído, abrazándole más fuerte.
-¿"Por favor" qué?-Ella se reía en silencio, mostrando los dientes, hermosos y blancos. Estaba de de humor irónico desde que se fueron del último hotel.
Por la mañana despertó sin las bragas y sola. Yamato le había dejado una nota, porque iba a comprar víveres. Sus cuerpos estaban saciados. Kouya siempre necesitaba dormir y acurrucarse después de eso, en un intento por no pensar en lo que hicieron. Quería volver a ser una niña, pura y asexuada, sin deseos carnales de ninguna índole, que pudiera jugar rayuela con otras jovencitas sin mirar por debajo de sus faldas e imaginarse lamiendo una entrada de diferente color en cada caso, hasta el punto de tener que tocarse, porque eventualmente todas crecían para volverse una muchacha de cabellos castaños, sonrisa angelical y al mismo tiempo diabólica, sin lugar a dudas de origen divino, con algún vestido ajustado, que revelara pezones erectos. Le dolía volver a tocarse, porque sentía su humedad levemente hinchada por la fuerza del orgasmo pasado. Y le daba demasiada vergüenza pedir sexo. Incluso si ya lo habían tenido la noche anterior. Necesitaba más y sin embargo, no quería darle tanto poder consciente a Yamato. Temía-absurdamente, lo sabía, era un temor infundado por las largas clases de su Maestra, a solas-que le traicionara. Tendría que matarla si eso sucedía en algún momento.
