Aquí se viene el nuevo capítulo y la entrada a la verdadera acción... XD. Quedó más corto que los anteriores, sobre todo que el anterior... ese chap es mi récord de palabras... Y no os digo más para no echarles a perder la emoción... n.n
Gracias a rasaaabe, emsac13 y Ak1sA, por sus review en el capítulo anterior.
(Subí el "rated" porque como no sé en qué va a parar y tengo unas ideas raras y locas en mente, con las que, probablemente, no quede muy sano. Más derivado por la violencia que por el sexo, de todas formas. Pero no se asunten... ¡ni hagan apuestas! P)
Capítulo 3
TURBULENCIAS
¡DING… DONG…!
Cuddy miró trémula a House con los brazos caídos, pero intentando ocultar todo temor en el gesto autoritario que le hizo para que fuera a abrir la puerta de su casa.
¡Ding… dong…!
—Ya va, ya va —gruñía House mientras se dirigía a la puerta, mirando a Cuddy levemente molesto: —Tú no me des órdenes, ahora no eres mi jefa y no nos mediremos por diplomas burocráticos —y abrió, no dándole tiempo para contestar.
—Supongo que están listos —dijo el hombre negro de siempre, mientras otros dos enormes irrumpían en la casa en busca de las maletas. —Soy Kevin Turner —se presentó al fin, estirándole una mano a House.
—Y yo Bugs Bunny —contestó House, sin recibir la mano y yendo a buscar su bastón tirado en algún lugar de la desordenada sala.
El hombre bajó la mano e insistió:
—De verdad soy Kevin Turner.
—Sí, sí. Bueno, no quería admitirlo… soy el Pato Lucas, pero me avergonzaba reconocerlo, como siempre.
—¿Por qué no…?
—¿Qué importa como se llame? Puede llamarse Speedy Gonzáles, Bill el Pistolero, Jack el Destripador, no me interesa. No es un dato muy relevante. Además, ustedes nunca dicen la verdad, si hay mentirosos profesionales son ustedes¿no se les ha ocurrido hacer unas mentirolimpiadas¡Tendrían clara ventaja!
Mientras discutían sobre la importancia de la identificación y House continuaba en busca de su bastón, Cuddy estaba siendo empujada hacia fuera por uno de los gigantones.
—¡Hey, hey! Si con palabras igual comprendo —le gritó y salió de la casa a paso rápido mientras se ponía un abrigo, para encontrarse con el auto negro esperándolos, vacío.
House y Turner salieron del departamento y se dirigieron hasta el auto, donde Cuddy y los grandotes, que ya habían acomodado las maletas, aguardaban.
House regañó un buen rato, pero aún así acabó sentado entre ambos gigantes en el asiento trasero, Cuddy se fue de copiloto y Turner conducía.
—Ustedes dos deberían hacer menos pesas, me tienen asfixiado aquí —se quejaba House, que se veía muy delgado entre ambos hombres.
—Tú deberías comer más fibra, flacucho —se burló el hombre trigueño a su izquierda.
—Seré flaco, pero tengo cerebro y sé que si comiera igual que ustedes no cabríamos los tres en este asiento. ¿No creen que eso frustraría un poco sus planes?
A los grandotes se les quitó la sonrisa burlona de la cara y no hablaron más. House pintó en su rostro un rictus triunfante.
Llegaron hasta un puerto militar, que se presentaba como una verdadera base. Militares por doquier resguardando los límites del restringido lugar. Una pista para aviones grandes y otra de aterrizaje para helicópteros. Al bajarse del auto vieron un portaaviones más allá de un largo muelle para camiones, francotiradores en distintas torres y una torre de control.
Los cinco entraron a un edificio. Se acercaron hasta una puerta por la que entraron Turner y Cuddy escoltada por el gigante que llevaba su maleta.
—¿Qué ha…¿Ah? —intentó gritar al ver que le volteaban la maleta completa. —¡Deje eso ahí! —pudo decir, muy avergonzada, cuando, luego de revisar algunas de sus cosas, habían encontrado la ropa interior.
—Debemos revisar que no lleve nada que pueda frustrar nuestros planes.
—¿Qué…? Pero…
—Devuélvelo todo a la maleta —ordenó Turner al otro. —Está limpia. —Ahora se dirigió a Cuddy, mostrándole su celular —Sólo esto. No lo puede llevar.
—Pero necesito comunicarme con un amigo…
—Allá pedirá que le comuniquen. Nos quedaremos con esto.
—¿Me lo puede pasar un momento? —pidió Cuddy, con la esperanza de tener la posibilidad que borrar sus contactos, pues no le olía a que simplemente lo fueran a botar.
—No. Salga. La maleta se la haremos llegar cuando corresponda.
—Pero…
—Fuera —esta vez fue el hombre grande, quien la sacó algo brusco y entró el otro tipo con House.
Voltearon la maleta y House se indignó, más que por su ropa, por los frascos de vicodín que se estaban desparramando.
—¡Hey, hey! Que eso es como el agua para ustedes —y se agachó a recogerlos.
—¿Qué son¡Ah! Vicodín —dijo Turner tomando uno de los frascos.
—Sí. Y como me deben haber investigado, deben ya saber de esto… Así que no se haga el desentendido. —Se acercó al tipo cojeando a penas, abrazando varios frascos —Si quisiera que le salve a sus marines, ni se le ocurriría dejarme sin esto —y le puso uno de los frascos a la altura de su nariz.
—Ronald, está todo bien —aseguró Turner haciéndose hacia atrás, para luego voltearse más dignamente.
House se dirigió a guardar sus amadas pastillas a su bolso y se tomó un par de ellas, mirando a Turner con desagrado.
Salieron y Cuddy estaba sentada en la banca de afuera, sola, jugando nerviosa con sus manos. House se preguntaba porqué sería, pero al alzar la vista notó francotiradores desde algunos balcones que apuntaban hacia fuera y a otros militares que la vigilaban desde ciertos puntos estratégicos. Él también se sintió observado.
Ronald se había marchado con su maleta. Los dos hombres se acercaron a la mujer, quien, cuando los tuvo enfrente, se puso de pie.
—Síganme —ordenó Turner.
Ambos caminaron tras él: salieron del edificio y se dirigieron hasta el muelle donde habrán avanzado unos veinte metros, para bajar por una escalera hasta una lancha a la cual subieron, primero, Turner para poder luego ayudar a Cuddy y finalmente House, quien no aceptó ayuda, correteándolos con su bastón.
Cuddy y House se sentaron a un lado del pequeño bote a motor y Turner frente a ellos, para controlar el motor y la dirección.
Mientras iban camino al portaaviones, un jet se oyó sobre sus cabezas y aterrizó en el barco al que se dirigían ellos. Cuando ya no se escuchaba el motor del jet, el radio de Turner se prendió y se oía:
—Nueva Jersey, Kansas, Michigan. Habla P.A. ¿Me escuchan? Cambio.
Turner cogió con la otra mano el radio y gritando por el ruido del motor de la lancha, contestó:
—Aquí Nueva Jersey. Sí te oigo P.A. ¿Qué pasa? Cambio.
—¿Por qué tanta tardanza? Acaba de llegar Pensilvania. ¿Traes a los tuyos, Nueva Jersey? Cambio.
—Nos tardamos con las maletas —justo en ese momento pasó otro jet por sobre sus cabezas. —Ya vamos en la lancha. Estamos como a dos kilómetros, ya vamos a llegar. Y sí, sí están conmigo los sujetos. Cambio.
—Apúrate. Llegó Michigan. Cambio y fuera.
—Como se hacen llamar por los estados para creerse grandes —comentó House al oído de Cuddy, con la boca como trompa, pero sin ningún inconveniente porque alguien más escuchara.
Cuddy hizo como si espantara moscas con la mano, conjunto de un gesto de "no me molestes" y miró el mar negro que iban abandonado.
House tampoco tenía muchas ganas de hablarle en realidad, el motor de la lancha no le dejaba oír ni sus pensamientos y eso no le agradaba. Para expresarse necesitaba oírse sin esfuerzos.
El motor comenzó a bajar sus revoluciones hasta ser apagado y girar suelto e inercialmente. Pararon al lado de una escala que debían subir a manos y pies por unos tres metros hasta llegar a una compuerta.
—Aquí, Nueva Jersey a P.A. Cambio.
—Sí, te oigo Nueva Jersey. ¿Qué sucede? Cambio.
—Di que abran la puerta. Cambio.
—Ya… —la compuerta se abrió y se vieron dos marinos. —¿Está lista? Cambio.
—Sí. Cambio y fuera. Suba —le ordenó a Cuddy, mientras guardaba el radio.
Cuddy le miró como preguntándole si hablaba en serio, pero la insistente mirada le respondió. Se aferró a los fierros y comenzó a ascender hasta llegar arriba, donde los marinos la acabaron por ayudar, sólo un pequeño percance le hizo distraerse de su tarea, detenerse, meditar dos segundos y luego continuar, un grito:
—¡Qué trasero!
—House… ¡Dios!, dame paciencia para no bajar a patearlo…
Luego Turner le ordenó a House subir.
—Pero no me mires el culo —le advirtió el médico. Turner sólo rodó sus ojos y le miró más serio aún.
En acción coordinada de mano izquierda, pie izquierdo, pie derecho y bastón fue escalando hasta llegar arriba donde se afirmó de los sujetadores de los costados, regañándoles a los marinos cuando le jalaron de los brazos por ayudarle. Vio que Cuddy aguardaba al lado de un general militar, canoso y de gran prestancia.
—General McCullough —se presentó con firmeza y amabilidad.
—Doctor House —contestó secamente el médico.
Ante la actitud hostil, el militar pareció descolocado.
—Doctora Cuddy —dijo dirigiéndose a ella —¿tendrían la amabilidad, junto al doctor House, de seguirme?
—Para eso estamos aquí —contestó Cuddy tratando de, a última hora e infructíferamente, controlar el sarcasmo.
McCullough avanzó con su paso firme por los pasillos y escaleras, hasta subir unas dos plantas, donde condujo a los médicos hasta una compuerta que abrió con dificultad, dejando ver en su interior a seis personas, presuntamente médicos, dos de ellas mujeres. Pero de camino hasta allí y a unos cuantos pasos más atrás del general, House le comentaba a Cuddy:
—Que no te intimiden. Si te amedrentas por uno, terminarás lamiéndole el culo a todos. Sólo sé como eres conmigo.
—Mientras estés a mi lado no creas que lo olvidaré, House —le susurraba ella, tratando de no mover los labios y con cierta ironía. —Creo que me sería más fácil si les pusiéramos a todos una bolsa en la cabeza con tu foto. ¡Sería inspirador!
—Sé que te soy irresistible, pero contente.
—¡Nah…!
—¡Oh, jo¿A que te gustaría? —y le picó con el codo, guiñándole un ojo.
Cuddy no le contestó, sólo bufó y le hizo una mueca de que se callara, pronunciada con énfasis en labios y ojos.
Justo para cuando llegaban a la compuerta, vieron por la escotilla abierta de una escalera pasar a un jet y luego le oyeron aterrizar sobre la cubierta.
—¡Mami¡Cómprame uno de esos¿Sí, sí? —comenzó House a irritar a Cuddy, mientras le agitaba del brazo.
—¡Hey, hey! Sólo si te portas bien.
—¡Buh! Que eres injusta. Para ti nunca me porto bien —e hizo un pucherito.
Cuddy rodó sus ojos y dio un suspiro, mientras McCollough trataba de ignorar la escena convidándoles a pasar.
—¡Guau¡Qué fría estancia! —se mofó House mirando a su alrededor: los pisos altos en que estaban sentadas cinco de las seis personas, las paredes, techo y piso de metal, utensilios médicos y otros más bien de reparación y construcción y el modelo anatómico real muerto que estaba sobre una mesa, delante de la sexta persona.
Cuddy le tironeo del brazo para que se controlara.
El general McCollough había cerrado la compuerta, quedándose fuera.
—El doctor House y la doctora Cuddy de Nueva Jersey —presentó el hombre moreno, bajo y de cabello rizado que estaba frente al cadáver, a los otros cinco.
House notó que Cuddy abrió la boca, lo más probable para preguntar una estupidez del tipo "¿Cómo lo sabe?", por lo que le tiró disimuladamente el pelo por la espalda para captar su atención en una mirada de reproche y callarla así.
—Doctor House, doctora Cuddy, yo soy el doctor Udelhoffen, médico militar. Tomen asiento, por favor —señaló los pisos altos donde ya se hallaban los demás.
House le miró con una ceja enarcada y se acercó cojeando, Cuddy más atrás, tapándose la cara al oír a House:
—¿Y eso es todo? Nada de "con ustedes el graaaaan médico de Nueva Jersey y Estados Unidos, el doctor Gregory House". Sólo "El doctor House de Nueva Jersey", creía que serían más ceremoniosos. ¡Estoy en medio del ejército y no saben recibir a sus grandes ciudadanos!… ¡Hey! —exclamó, pues Cuddy lo estaba empujando para que se sentara de una vez. —No me…
—Mucho teatro por hoy, House —susurró cansinamente y lo sentó. Teniéndolo ya a una altura más cómoda para ella, aprovechó para reprenderle con una mirada gélida.
—Mamá. ¿No me comprarás mi jet? —le preguntó para descolocar su mirada y firmeza.
—No —contentó sin ninguna piedad. —Te has portado muy mal.
House hizo un pucherito y Cuddy negando con la cabeza ante el irremediable ex "subordinado" suyo, se sentó a su lado.
El doctor Udelhoffen no pareció ni inmutarse, en cambio, los demás los miraban como bichos raros, porque, a pesar de que habían oído hablar de cómo era Gregory House, era muy distinto tenerlo enfrente y ver todos esos dichos parlándose y realizándose por su creador. Por otra parte, la mujer que le respondía a todo tampoco dejaba de ser menos.
Volvió a abrirse la compuerta y entró McCollough con el último doctor.
—El doctor Stewart Brown de Kansas—presentó Udelhoffen al joven de cabello castaño y dócil, recién llegado. —Y el general McCollough que nos acompañará por ahora. Tome asiento, doctor Brown —convidó al desconocido para él. —Bien —suspiró, mientras McCollugh se quedaba de pie al lado de la puerta, sabiendo que lo que hablarían a él no le incumbía en demasía. —Doctores, acérquense, por favor —House rodó los ojos fastidiado, pero hizo caso. —Este es el cadáver de uno de los soldados muertos recientemente, de un total de cincuenta y tres, por uno de los suicidas palestinos…
—53 personas pueden morir por un ataque kamikaze, no 53 soldados provistos de armas y en zona resguardada —interrumpió House, en ese tono que resulta antipático para quien está siendo reprochado.
Udelhoffen le miró, luego al muerto, a McCollough y prosiguió:
—Los ataques suicidas palestinos se están incrementando y parecen estar mejor estudiados…
House observaba el cuerpo sobre la mesa: es cierto que la población estadounidense es bastante cosmopolita, pero estaba mucho mejor alimentada que este… ¿chiquillo?
—¿Están mandando a niños chicos a pelear¡Esto es un mocoso! —señaló House al cadáver casi raquítico.
—Cállese, por favor —gritó Udelhoffen, perdiendo la paciencia. —Concéntrese en lo que trato de explicar. Quiero que sepan a qué se van a tener que enfrentar allá para que la atención sea lo más rápido posible, ya que apenas lleguen van a comenzar…
—Somos médicos. Para cortaditas, cortadotas y primeros auxilios es que nos apremian en la facultad. Así mejor ni se preocupe de seguir con esto.
—Cállese. Si no nos tardaremos más de diez minutos. Si no quiere poner atención, allá usted, pero sólo espero que no se vaya a echar a ningún soldado por una negligencia estúpida.
Udelhoffen miró a House y viceversa: no había ni una pizca de cariño en esas miradas, pero sí de no dirigirse más la palabra por el momento. Los otros médicos estuvieron todo el rato pendientes de ellos, incluso McCollough les oía preocupado.
House estaba cabreado. El niño con suerte llegaba a los 17, pero estaba tan demacrado y herido que no se podía identificar su raza… ¿iraní¿Iraquí¡Hasta etíope podría ser!… Aunque en una de esas era un hombre de aspecto joven, pero no… no le convencía aquello… ¿Por qué siempre debía ser lo más sucio o falso lo correcto?… Bueno, el ser humano, cuando realmente desea hacer algo, es capaz de usar los métodos más aborrecibles para conseguirlo y esa teoría le resultaba mucho más convincente y cierta que un hombre de aspecto joven.
Udelhoffen explicó un par de cosas sobre quemaduras que House oyó a penas, porque notó que lo que alguna vez le habían dicho en la facultad había sido mucho más útil… o, tal vez, era lo mismo.
La mente de House era un hervidero. A su vez de todo esto: el niño, Udelhoffen, los militares, la guerra, la política… bla, bla, bla… estaba Cuddy que se prestaba para la burocracia y para todo el juego del cinismo, el interés hipócrita… y una cosa que aún no entendía y lo irritaba más que nada, dentro de los mismos factores¿qué diablos hacía ella ahí si era judía¿Iba a ayudar a los que estaban exterminando a su raza?… ¡Que vendida llegas a ser, Lisa Cuddy!
Terminadas todas las explicaciones de Udelhoffen, éste les hizo seguirle hasta la planta alta junto con McCollough, al lugar donde aterrizaban los aviones. Allí les condujo hasta un jet que estaba listo en la pista para despegar y que resultaba más grande que los otros en los que habían llegado los médicos de los demás estados. Subieron la escalera que daba al interior del jet, donde dos hileras de asientos, una frente a la otra, daban nombre al vacío espacio. House se sentó hacia la cola, lo más alejado posible de Udelhoffen, ni siquiera se sentó en la misma fila que él, y Cuddy, aprovechando la gran cantidad de asientos, tres butacas lejos del nefrólogo. Udelhoffen al lado de la cabina de pilotos y los demás doctores, frente a él o a su lado, pero, claramente, más cerca que House.
McColluogh se despidió con una seña ceremoniosa de los doctores y bajó del avión, cerrando la escotilla.
—Abróchense sus cinturones —advirtió Udelhoffen dando unos golpecitos al vidrio de la cabina de pilotos para anunciarles que ya podían partir, una vez verificado que todos le hubieran echo caso.
(House no le hizo caso precisamente, ya se había preparado apenas subió.)
El jet se puso en marcha y sintieron el típico escalofrío en el estómago ante las subidas bruscas.
El viaje se pasaba con Udelhoffen hablando con los otros seis médicos, además de aclarar sus dudas. Cuddy mirándoles sin prestar real atención, sin embargo, House que tenía más pinta de distraído que ella en ese momento, sí había oído con atención la conversación, pues le comentó, una vez que se cambió de silla, a la con la que podía quedar al lado de ella:
—¿Todavía crees que somos los "mejores doctores" del país?
Cuddy pegó un salto y se llevó la mano al pecho. Estaba ida y su voz, aunque susurrante, le causó un susto. Le miró, recomponiéndose, y le preguntó:
—¿Por qué lo dices?
—Te pregunto¿todavía lo crees?
—No sé… Supongo —miró el suelo. Se quedó un rato pegada y volvió a verle a los ojos. —¿Por qué?
—¿No los has oído?
Cuddy negó con la cabeza.
—Mira, te haré un esquema: la regordeta rubia es Donna Walt, neuróloga, casada con un ex general que violó a lo menos media decena de derechos humanos por la década de los 80's.
—¿Cómo lo sabes?
—Dijo que su marido era Edwin Walt.
Cuddy al recibir la información, miró inmediatamente a la mujer: tenía aspecto de creída dama antigua con problemas para demostrar que ya no tenía dinero.
—Disimula —le murmuró House entre dientes, ante la reacción.
—Lo siento —masculló Cuddy, con los dientes apretados, abriendo mucho los ojos al mirarle.
—Mira. El jovencito que llegó al último es, bueno… Stewart Brown, como ya sabemos. Es kinesiólogo. Y trabaja en el hospital militar.
Cuddy pestañó repetidas veces, como descifrando el haber sido engañada, pero quería oír más, por lo que asintió con la cabeza, para que House continuara.
—El tipo con el parche en el ojo es Ralph Gordon, nefrólogo, igual que yo. Odia a los palestinos, óyelo y te darás cuenta. Supongo que le habrán hecho eso. Si es así, entiendo que los odie.
Cuddy le miró molesta, porque entendía que él quería hacer alusión al suceso de su pierna, a recordar a Stacy… y para eso sus oídos no estaban disponibles en estos momentos.
Cuando House comprendió que Cuddy no le diría nada para no seguir su juego, prosiguió con lo de antes.
—La lindura rubia… ¡auch! —Cuddy le había dado un codazo y le miraba asesinamente. —Déjame seguir. Además, te ves fea celosa.
Cuddy lo ignoró como se ignora a un caso perdido y lo dejó continuar.
—Bien. Como decía; la lindura rubia es una desabrida inglesa: Violet Goldsmith y egresó de la facultad hace un año. Es uróloga. Yo encantado me atendería con ella de no ser que me tiene que meter el dedo por el "tú-sabes" y eso duele.
Cuddy giró su cuello bruscamente para dejar su rostro frente al de él, en la mirada de ella se podía leer un perfecto "¿¡qué!?".
—En un año… nadie puede… —fue lo que farfulló Cuddy con la lengua atrofiada. House sólo alzó las cejas en señal de respuesta y prosiguió con la presentación:
—El negrazo-campeón-de-box es el doctor Michael Fisherman, ginecólogo. ¿No te ha atendido alguna vez, de casualidad? —miró a Cuddy, denotando su intención de burla sólo en sus ojos.
—Ojalá lo hubiese hecho —contestó Cuddy, dándole a entender que no tenía porqué tomarse sus burlas malintencionadas a mal y que podía hasta darlas vuelta.
—Mmm… Aunque con esas manazas habría encontrado todo pequeño en ti, yo soy de tamaño normal, te podría subir la autoestima, yo te lo encuentro todo grande —e intentó, infructuosamente, ver por el escaso escote del abrigo.
House lo había conseguido: la estaba fastidiando, aunque igual le daban unas pequeñas ganas de reír. Rodó los ojos al tiempo que le agarraba bruscamente por detrás de la barbilla, para voltearle la mirada curiosa hacia otro lado:
—¿Podrías continuar? —por el lado que se le mirase era una orden, no una petición.
—Eh… Bueno. Aunque si me sueltas podría respirar y tal vez module mejor —Cuddy lo soltó. —¡Veo que te gusta el cotilleo!… —Cuddy suspiró ante ese "sin remedio". —Fisherman parece haber participado en la Guerra del Golfo: preguntó si aún se usaban los F/A-18 Hornet y si esta guerra era parecida a las operaciones "Escudo del Desierto" y "Tormenta del Desierto"… —House suspiró, pues haría un comentario, pero se arrepintió a última hora. Udelhoffen le había echado una mirada muy atenta encima.
—O sea que él está aquí, porque… ¿le gustan las guerras? —sugirió Cuddy con un sonsonete de mofa.
—La razón que sea, menos que sea uno de los mejores doctores del país. No sé si te habías enterado, pero a mí me produjo curiosidad y los investigué lo que pude. Fisherman fue denunciado unas cinco veces por mujeres que se sintieron manoseadas más de la cuenta, el sucio tiene un muy buen abogado. —Se hizo un momento de silencio. House miró a Cuddy quien observaba al ginecólogo con molestia. —¿Aún te atenderías con él?
—Ni con él ni contigo. Es como lo mismo.
—Eso lo que dices, porque eres una amargada.
—Sí, claro… —Dio un suspiro. —Te falta uno para terminar de desencantarme¡vamos¿Quién es el último¿Qué hace? Y ¿qué maldita deuda tiene, que debe estar acá?
House sonrió imperceptiblemente, satisfecho de que Cuddy hubiese caído en la cuenta de cuál no era la razón de porqué estaban allí.
—El pelirrojo, pecoso es Jordan Watson, es cardiólogo. Ha publicado una serie de artículos controversiales. Ha estado callado casi todo el rato y parece tenso con Udelhoffen. Tiene cara de imbécil, pero es interesante. Me da la impresión que está obligado y hasta amenazado aquí.
—¿Y tú y yo en condición estaríamos¿Obligados y…? —preguntó Cuddy con sonsonete burlesco.
—Obligados ambos. Tú amenazada y seducida y yo extorsionado cobardemente.
Cuddy dio un respingo.
—Sin embargo, —comenzó la endocrinóloga —, todos ellos parecen tener cierto cariño por la rama castrense o una gran deuda con ella. Tú y yo ¿qué cuadro pintamos? El de ser un hijo de un ex marine y el de ser una pseudo-judía, pseudo-creyente y menos que pseudo-patriótica.
House se exaltó y la observó mientras ella veía sus rodillas. Ella estaba muy conciente de lo estaba haciendo: estaba conciente que, a pesar de ser médico y que su prioridad era "salvar vidas", era una traidora con su raza, pues al escupir con tanto dolor esos "pseudos", reconocía, aunque a duras penas, la falencia de sus actos. Ella no era la hija que Abraham hubiese deseado. Y así sentía la debilidad de Cuddy, que en esos momentos, con esas palabras, desnudaba, por presión, algunos de sus sentimientos más personales con esta campaña. House se volvió a su asiento por si explotaba en llanto o le ganaban porfiadas lágrimas, él no servía para consolar gente ni menos le gustaba, y aún peor si se trataba de una mujer incapaz de luchar por lo suyo, por lo que cree y que siempre antepone a los otros antes que a ella. ¿Qué importaban los demás si debías estar reprimiéndote de demostrar lo que sientes, de luchar por lo que crees y de hacer lo que quieres?
Cuddy apoyó su nuca en la cabecera del asiento y la rodó para mirar a House arrepentidamente y con insistencia pedía ver sus ojos, sólo con un picoso observar.
House, sintiéndose irritantemente observado, acabó por girar su cabeza hacia ella.
—Olvida todo lo que dije —pidió Cuddy, con algo así como vergüenza, pero sea lo que sea, mucha de ella.
—No lo tomaré en cuenta hasta cuando realmente quieras decirlo —contestó él sin un atisbo de sensibilidad, sólo sequedad y distancia apelativa.
Cuddy suspiró y volvió la mirada al frente. Perdió sus ojos en el vacío y… de pronto se halló saltando sobre su asiento, más bien, sus piernas y brazos elevándose sin su consentimiento, miró a los demás y todos parecían haberse agitado igual que ella. También House.
—¿Qué pasó? —preguntó alterada, directamente a Udelhoffen.
—¿No oyó? Aterrizamos… Bien violento, por cierto. Estamos llegando, doctores. Al Hospital-base Subterráneo Norteamericano.
—Guau. ¡Que nombre! —se mofó House, contándose el chiste a sí mismo, y ocultando una risita en un estornudo.
—Aterrizaje exitoso, aunque forzoso. Pueden descender del avión, doctores.
Se oyó la voz de radio de uno de los pilotos.
Todos se pusieron de pie, pero Udelhoffen se movió primero y les entregó a cada uno una credencial para que se la pusieran de collar.
—Si no andan con ellas, les podrían disparar —les advirtió.
Todos se la colgaron menos House.
—No quiero parecer a la venta —se excusó ante la mirada asesina de Cuddy.
—Y yo no quiero perder mi tiempo testificando tu muerte, así que te la pones.
—No tienes porqué estar ahí.
Cuddy le quitó la identificación de las manos y se la pasó por la cabeza, para dejarla adornando su pecho, lugar donde ella posó su mano con firmeza.
—Ahí se ve bella —«a ver si apelando a su ego no se la quita por capricho», pensó.
—¡En realidad! Debo ser el que mejor se ve con ella —ironizó. —Este color azul eléctrico resalta mis ojos.
Cuddy rodó los ojos con una mueca divertida. Udelhoffen les observaba, como estudiándolos, algo que House notó por segunda vez ya en una sola noche y no le estaba gustando para nada.
—¿Van a bajar o necesitan una invitación especial? —les espetó, pues mientras ellos discutían, él había abierto la escotilla y los demás médicos bajado.
Cuddy desapareció de inmediato, sin embargo, House tardó cinco segundos más. Finalmente bajó, luego de una intensa hostigación entre su mirada y la del médico militar, que sólo se vio interrumpida cuando se notó necesitado de su vista para descender los últimos peldaños...
Un review siempre será bienvenido.
