[REEDITADO, por una tontera menor...¬¬

Hola! Siento la tardanza, pero me distraje leyendo ff (gracias Satine! encontré la página!), además con un chasco que me pasó: me subieron a "los malos fics y sus autores" por mi fic "ojalá", en los reviews de ese ff están todas las explicaciones... XD, pero no es nada grave... hasta me hace gracia.

Bueno, gracias por sus reviews en el chap anterior a rasaaabe, elena, NessylovesRoger (On&Off... XD), satine011288, Stefi Delacour, kmi17 (aunque está por el primero XD) y a Ak1sA (de quién aún aguardamos su próx. Chap).

Este capítulo, como toda la historia, tiene narrador, pero ahora, al final, tiene una cosa más bien extraña... no quiero adelantar nada, pero ahí se darán cuenta. Sólo les adelanto que soy una malvada y quise jugar con sus nervios ¡¡muajaja!! XD... omítanlo, creo que aún no soy tan mala...


Capítulo 4

CORRER, SANAR, MATAR… SABER

Fueron dos días movidos. Primero, con unos desequilibrados vestidos de negro obligándoles, amenazándoles y extorsionándolos, todo para acabar atendiendo heridos de guerra. Una noche de mal dormir que tuvo por conclusión que no es bueno acostarse ni borracha ni preocupado. Después, una loca velada con su mejor amigo, que ni saben cómo definirla exactamente, tal vez "rara" sea un buen calificativo. Y, una de las razones fundamentales por las cuales no se supo qué había sido aquello último, fue que ya los estaban presionando para montarlos en un auto, llevarlos a una base NN donde, desde un portaaviones despegarían un avión que los traería a la cima de la vesania y la irresponsabilidad y donde, probablemente, sus vidas se tornarían algo diferentes.

Aunque si creían que la carrera se acababa ahora que ya habían aterrizado y podrían de una vez recuperar las horas de sueño perdido que la maldita ansiedad no había reclamado aún, estaban equivocados. Los demás ya lo sabían, sólo a Gregory House le faltaba enterarse.

—Doctor House. Venga por acá.

Fue el saludo que recibió el cojo nefrólogo una vez que sacó el pie del último peldaño.

House no tuvo ni tiempo de reaccionar, pues el militar ya lo jalaba de un brazo, para hacerlo ingresar a través de una compuerta automática (luego de reconocer tus huellas dactilares), hasta un recinto blindado hasta el excusado.

Se soltó del rubio militar quejándose de que él podía sólo y lo siguió hasta la puerta enorme del fondo a la derecha que ya se encontraba abierta:

Era un caos o todos estaban demasiado histéricos. Le pasaron un delantal como los que llevaban todos los médicos, que obviamente no se puso y avanzó hasta donde Cuddy desinfectaba, con una ducha que escupía agua, a un soldado quemado.

El sueño reparador tendría que esperar para otro momento, por lo visto.

—¿Cómo le pasó eso? —preguntó House al herido, mientras se quitaba la chaqueta y se la entregaba al militar rubio.

—House, no le hagas hablar —pidió Cuddy, dejando la manguera sujeta a un gancho para que le siguiera mojando y comenzando a desprender la tela pegada al cuerpo con sumo cuidado.

—Tiene quemado el cuerpo, la cara con suerte se salvó. Puede contestar una pregunta. Y tú ¿qué haces?

—Le enfrío, le retiro lo que no corresponde a piel, para luego desinfectar y vendar —contestó, sin despegar los ojos de su labor.

House echó una mirada a su alrededor: al parecer se habían quemado otros tres soldados junto con éste. A parte, de los nueve que venían en el avión, había por lo menos unos cincuenta médicos más, pero aún así parecían no dar a basto, pues la cantidad de heridos era abrumadora.

—Bueno, si quieres enfriarlo, deberías irte —sugirió House con segundos significados, mientras le ayudaba con la tarea. Cuddy le miró asesinamente, pero continuó en lo suyo. —¡Oiga! —quiso, House, llamar la atención del herido. —No se duerma, hable conmigo. ¿O quiere morir? Vamos. Dígame¿cómo pasó esto?

Cuddy miró a House, pero antes de poder decirle cualquier cosa, el hombre había abierto los ojos y comenzó a hablar a House con dificultad. Ante eso, Cuddy prefirió sólo suspirar condescendiente.

—Una granada —aseguró con dificultad. —No estoy muy seguro de qué pasó. Sólo sé que uno de mis compañeros la tenía en sus manos y luego… la explosión y… No sé —comenzó a llorar. —Ella me mojaba —señaló a Cuddy con la mirada.

—El estúpido que se puso a jugar con el arsenal, murió —aseguró una seca voz que hizo que House y Cuddy se giraran a ver quien estaba a los pies de la cama del muchacho, ahora con más ganas de llorar que antes, pero que intentaba contener.

Allí estaba Udelhoffen, con su aura nada agradable para House.

—Tranquilo… Va a… va a estar mejor —aseguró Cuddy, tratando de convencerse a sí misma de que todo no era tan malo como se veía. Aunque ver al chico de no más de veintitrés años quemado allí, sin poder expresar su sentir con libertad por estar su superior presente y sin contar con el hecho de que el otro chico haya muerto, lo más probable, porque no debió haber tenido ni idea de cómo funcionaban las granadas, no hacían muy alentadores los ánimos ni los días.

—¿Él¡Claro! Muerto ya no tiene preocupaciones¿no, doctora Cuddy? Mejor dedíquese a hacer bien su trabajo y no a decir tonterías —le recriminó Udelhoffen. —Aquí, en la Tierra, tenemos cosas de las cuales preocuparnos. Esta es una noche movida y no precisamente por estos mocosos que sólo están ocupando doctores por andar jugando a los militares. Váyanse a atender a otros soldados que estuvieron sirviendo al país. De estos inútiles, yo me ocupo. Vayan.

House dio un respingo y se fue a buscar a algún herido interesante. La verdad, para él, Udelhoffen no merecía ni su atención ni que le dedicase sus originales frases. Cuddy, por su parte, abandonó parsimoniosamente al muchacho, le costaba hacerlo, notaba una intencionalidad extraña en las palabras de Udelhoffen. Finalmente, Cuddy le dio la espalda y se dirigió hasta donde la doctora Goldsmith, que se veía en apuros tratando de atender a cuatro heridos a la vez.

¡Pum!…

—¡Aaaagh!

¡Pum!… ¡Pum!… ¡Pum!

¡Crash!

Antes de que a la doctora Goldsmith se le cayera el riñón metálico de las manos, antes del cuarto, del tercero y del segundo disparo, antes que algunas enfermeras y doctoras gritaran, antes de los murmullos que suscitaron luego, antes de que House encontrara al paciente interesante, antes de todo, Cuddy ya había volteado a ver el lugar que acababa de abandonar sin la completa convicción, con el primer disparo ya estuvo alerta, su tardanza en reaccionar se debió sólo a que habían muchas camillas desordenadas en su camino hasta el sitio de los sucesos.

—¿¡Qué ha hecho!? —gritó Cuddy, acercándose a Udelhoffen.

—Nada que no solamos hacer —respondió, guardándose el arma entre las ropas.

Y parece que era verdad, pues House, que se dedicó sólo a observar, "a estudiar", notó, que aunque impresionados, todos volvían a sus labores, menos los doctores acabados de llegar.

—¿Suelen matar a sus soldados? —le gritó ya sobre la cara. —¡Que inteligentes! Como disminuyen sus filas de manera tan estúpida.

—Más estúpido sería si los dejáramos vivos. ¿Sabe cuántas guerras se pueden perder por soldados ineptos como éstos¿Cuánto se puede reducir nuestro personal por soldados idiotas como éstos? No se meta en lo que no sabe, hay temas que no son de su incumbencia, doctora Cuddy. Usted sólo mejore a los que valen la pena, ya aprenderá a distinguir.

Y se volteó dispuesto a marcharse, pero Cuddy estaba tan ofuscada, que no midió sus actos y lo jaló por el brazo, para mirarle a los ojos cuando le dijo:

—¿Qué excusa le va a dar a las familias cuando sepan que sus hijos han sido asesinados por los que, se supone, eran sus compañeros?

—Nada. Porque no llegaré a esa parte. Antes les diremos que sus hijos han muerto sirviendo a la patria, en el frente de batalla. Y los ataúdes siempre van sellados. Les hacemos un favor —aseguró con toda la convicción del mundo.

Cuddy le soltó como con asco.

—¿Les mentirán a las familias¿¡Qué clase de ejército es este!?

—Del que no le gusta a todo el mundo. Donde eliminamos la basura y sólo dejamos lo que nos sirve. Y por si abre la boca una vez más —dijo en tono de advertencia, pues Cuddy en aquello estaba —, le cuento que aún me quedan dos balas en mi revólver —le miró fijamente. Cuddy cerró la boca, sus ojos reflejaban la lucha que tenía por no demostrar que estaba muy avergonzada de ella por callar. —Haga su trabajo —ordenó como si echara a un perro con tiña.

Cuddy, resignada, iba camino a ayudar a la doctora Goldsmith, pero Udelhoffen le detuvo antes de dar dos pasos.

—Doctora Cuddy. Las familias están más orgullosas así. ¿Se imagina si devolviéramos vivos a muchachos que han hecho este tipo de tonterías¡Que decepción se llevarían esos padres!

Cuddy (que había volteado sólo la cabeza) tenía la mirada nublada cuando dirigió sus ojos a Udelhoffen. No se atrevió a articular palabra, sólo suspiró y se marchó a "hacer su trabajo". Pero algo hizo que no pudiera, esta vez, avanzar ni medio paso.

—Pero tendrían a sus retoños vivos —la voz de House resonaba desde un rincón, tras una camilla donde yacía un herido quejándose por un dolor en su pierna. —Créame que esos bebés, arrancados del vientre de sus madres para venir hasta acá, no son en estos momentos, precisamente, una alegría para sus familias, más bien son una preocupación… Le doy un consejo —dijo, apoyando los puños en la camilla. Miró al soldado herido en ella y volvió a subirla para mirar al atento Udelhoffen y de pestañazo a Cuddy —: para evitarse esto, lo más sano es que deje que los niñitos crezcan, se desarrollen, formen criterio… así no perderá arsenal tan estúpidamente.

Cuddy estaba sorprendida¿de qué hablaba House? O más bien¿cómo era que estaba diciendo lo que recomendaba? Había oído un tono "¿paternal?" en su voz… No. No lo era: ahora hacía una mueca rara en sus labios, los torcía, miraba la pierna del tipo y parecía recodar viejas heridas… realmente viejas. Lo que debía estar pensando House sería en sus tiempos de niñez. Probablemente, lo que decía lo hacía como recordándose niño y queriendo oír aquello de boca de su padre… ¿Aún le importaba su padre?

House no tomó en cuenta más a Udelhoffen, si deseaba responderle o no, él ya había dicho lo que tenía que decir. Lo primero que hizo fue hablarle al soldado. Udelhoffen se marchaba y había hecho unas señas a unas enfermeras para que retiraran a los cadáveres.

—Le duele la pierna.

—¿Acaso hoy es el día de las preguntas obvias¡Ya cinco doctores me han preguntado la misma estupidez y ninguno ha hecho nada¿Qué no ven? —se le oía muy irascible.

House hizo una mueca divertida torciendo la piel de la mandíbula inferior.

—Upss. Disculpe. Es que la estupidez se pega. ¡Oye, Udelhoffen! —el tipo se volteó quisquilloso. —A este tipo hay que amputarle la pierna…

—¿¡Qué!? —gritó el marine.

—¡Shh! —le chistó House. —Dime —ahora dirigiéndose a Udelhoffen —¿qué hago? Es que va a quedar inútil después que haga la intervención. No creo que pueda ir a pelear paticojo.

—Él será un héroe de guerra, ha estado peleando por la causa que defiende el país. Tú revisa que realmente sea necesario amputarle esa pierna.

—Bueno, si te digo la verdad, no es necesario —el soldado suspiró aliviado. —Pero le da más propaganda que le cortemos la pierna, ahí sí tendrá una gran herida de guerra, una que valdrá la pena.

—Si no se la cortas podemos hacer que vuelva a pelear.

—Lo cojo no se lo vas a quitar en tan poco tiempo. ¿Con quién estudiaste¿Con el doctor Hibbert?

Udelhoffen dio un gruñido y se volteó a seguir andando, pero recordó algo de último segundo.

—Colóquese el delantal.

—No me lo ponía ni en el Princeton, donde realmente era médico, menos lo voy hacer aquí, donde sólo soy un enfermero de militares.

Udelhoffen le miró con odio, pero parece que decidió no discutir más con él, pues luego de esa mirada se marchó.

—¿Me va amputar la pierna? —preguntó el marine, preocupado.

—Si tú lo quieres…

—¡Por su puesto que no lo quiero!

—Pues bien. ¡Como el "general" Udelhoffen no me aclaró nada, voy a sanarle la pierna a este pobre tipo, pero le advierto que con el yeso de cuatro centímetros de espesor que le voy a poner NO VA A PODER LUCHAR¡Le doy por informado, JEFE! —gritó House, con ironía monótona y muy marcada cada palabra.

—¡HÁGALO! —rugió Udelhoffen desde la puerta.

—¡Guau¡Gracias, jefe¡Mi antigua jefa era mucho más difícil de convencer! —miró con la misma ironía que hablaba a Cuddy quien le hizo una mueca tonta, pero irascible. —¡JEFE¡Le aviso que va a requerir un kinesiólogo! No pretenderá que el ejército sea calificado de que no ayuda a sus compañeros¿o sí?

—¡CÁLLATE¡Él luchaba por su país! Todas las atenciones están garantizadas. ¡TRABAJA!

—¡ESO HAGO!

La respuesta de Udelhoffen fue un portazo feroz que dejó a todos murmurando aún más, aún cuando estaban muy ocupados.

House preguntó a una enfermera que parecía llevar varios años allí, pero que no tenía más edad que él ni tampoco había perdido su gentileza, dónde había yeso y una sala de operaciones, pues igual debía hacer unos "retoques".

Cuddy, por su parte, ayudaba a vendar a uno de los heridos a la doctora Goldsmith, que parecía bastante complicada.

—¿Hace cuánto saliste de la facultad? —le preguntó Cuddy, que lo notó, pero más que nada por asegurarse de que era verdad lo que le había dicho House.

—Hace un año y medio —contestó, escogiendo, media nerviosa, un ungüento entre tres.

—Si quieres ensuciarle la herida eso servirá, de lo contrario sólo deja correr agua y después usa algo de alcohol por las orillas, ni se te vaya ocurrir echarle al centro.

Goldsmith se giró sobre su cintura para echar un vistazo a la doctora que le hacía las recomendaciones, mirándola como sintiéndose tonta. Dejó los frascos sobre la mesita y fue a coger una manguera.

—Usted, si mal no lo recuerdo, es la doctora Lisa Cuddy, de Nueva Jersey¿cierto? —preguntó Goldsmith mientras rociaba al hombre que gemía de alivio doloroso.

—Sí —afirmó, vendando la pierna del soldado que atendía.

—¿Usted es la directora del Hospital Princeton-Plainsboro?

—Sí… Bueno, hasta ayer en legalidad—admitió Cuddy con tono de falsa modestia. —¿Por qué lo preguntas?

—Porque me pregunto qué tipo de deudas puede tener la administradora de un hospital o, más bien, de qué tamaño serán. Generalmente, la gente con poder tiene grandes secretos, yo soy sólo una recién egresada.

Cuddy la miró intrigada y molesta.

—Bueno. Lo lamento. No tengo deudas con el ejército ni secretos con los que me pudiera amenazar. No la institución castrense, al menos… —la última frase la susurró para sí más que para la otra doctora.

—Entonces¿por qué está aquí?

—No lo sé. Pero por lo que deduzco, parece que es para cuidar a un crío.

—Pero si no hay niños aquí. Sólo jovencitos.

—Los críos no lo son sólo por su edad.

Goldsmith la miró como si no comprendiera lo que le dijo. Cuddy sonrió ante su expresión y quiso explicarse:

—Bien. Te aviso, porque entre mujeres debemos ayudarnos. ¿Conoces al doctor Gregory House?

—¿El que la defendió?

—¡Él no me defendió!

—Sí, tiene razón… Él la apoyó.

—¡Tampoco me apoyó!

—Parecía como si le estuviese apoyando, como… "ayudando". Usted venía para acá casi llorando y el tipo se metió, como si quisiera defenderla. Debe quererla mucho —dijo con simplicidad, tomando uno de los paños que estaba esterilizando para ponerle al tipo.

Cuddy abrió los ojos como platos. Sus oídos no daban crédito a lo que oía. Además de ver las atrocidades del maniaco de Udelhoffen, de tener como único conocido a House como para hablar cosas más allá del clima que hace¿debía soportar a una mocosa que no comprendía la gran diferencia entre las palabras "querer" y "coincidir"? Mientras no le saliera confundiendo amor con odio… ¡Se volvería loca!

—Yo no venía llorando.

—Dije "casi" llorando"…

—¡No! —tajante negación, luego de un temblor de su cabeza. —Ni "casi".

—Bueno, doctora Cuddy, lo siento. No se ofusque así, yo sólo dije lo que vi.

—Pues tendrás que ir a ver a un oftalmólogo.

Se hizo un momento de silencio en el que Cuddy miraba furiosa concentrada en nada, pero haciendo que trabaja aplicando paños fríos al marine, aunque quien realmente los necesitara fuese ella. Por su parte, Goldsmith le aplicó una inyección anestésica al marine que ella atendía frente a Cuddy, para lograr zurcirle unos puntos sin que gritara formando escándalo. En esta última labor estaba, dando la segunda puntada, cuando quiso retomar la conversación:

—¿Qué me quería advertir sobre el doctor House?

Cuddy la miró con cara de pocos amigos.

—¡Oh!… —musitó dándose cuenta de su reacción estúpida. Sacudió su cabeza para despejarla. —Eh… Sólo ten cuidado. Eres bonita y tienes más de dieciocho, si le llegas a dar mucha confianza créeme que se la tomará muy a pecho —Cuddy pasó de ese paciente a otro, pero que estaba igual cerca de su interlocutora, aunque ahora también quedaba a poca distancia del doctor Watson.

Goldsmith la miró asustada por un momento.

—¿El doctor House… es así? —Goldsmith tenía cara de haber visto a un fantasma.

—Creo que no tengo palabras para explicarlo mejor. ¿Aquí no tienen un departamento para atender los casos de acoso sexual? —Goldsmith la miró con una ceja enarcada. —Tranquila, sólo para que te hagas amiga de ellos, no tienes para qué contestar. Mejor, resuélveme una intriga mucho más sencilla…

—¡Sí¡Eso me podrías resolver tú, Cuddy! —gritó House en su oído, dañándole el tímpano.

—¡Ay¡House! —rugió Cuddy, furiosa volteándose para tenerle enfrente. —¿Para qué gritas?

—¿¡Y tú!?… ¿Qué es eso de que soy un acosador sexual?

Cuddy realizó un gesto involuntario con el cuerpo que demostraba sorpresa. Se volteó hacia la doctora Goldsmith y le preguntó:

—¿Hace cuánto está detrás de mío?

—Eso yo no lo puedo saber… —tartamudeó la chica, con miedo ante tales personalidades.

—¡No me refiero a "eso", sino hace cuánto rato está PARADO detrás mío!

—Ahmmm… ¿Harán unos cinco minutos?

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Él hizo un gesto para que me callara… —aseguró temerosa.

Ahora Cuddy se volteó hacia House, furiosa. Mientras él silbaba haciéndose el distraído.

—¿No ves, acaso, cómo la gente anda corriendo tratando de salvar a los heridos¡O es que estás ciego!

—¡Que repetitiva!

—¡House¿Te preocupa más lo que yo ando hablando mientras trabajo, que hacer TU TRABAJO!

—Ay. ¡Que desagradable! Ya te pareces a Udelhoffen.

Cuddy le miró asesinamente.

—Ahora vuelves a ser tú —admitió House, intimidado ante aquella mirada. —Debo admitirlo, eres mucho más convincente que ese tipo. Oye, pero… ¿¡Qué eso de estar desacreditándome con las futurasss…!?… ¡Candidatas a esposa¡Eso, eso!… ¿Quieres librarte de la competencia? Tranquila, guapa, llevas ventaja…

Cuddy rodó sus ojos y se dirigió a mirar a Goldsmith:

—¿Ves lo que te decía?

La chica asintió.

—¿Ves cómo eres una bruja celosa¡La pones contra mí! No le hagas caso, preciosa. Yo soy un caballero.

—Que blande su espada con la primera que se le cruza —le "completó" la frase, Cuddy.

—¡Hey¡Que traumas a la niña¡Hay menores! —señaló a los soldados.

Cuddy pinchó al que tenía frente a ella con anestésico. Esperó el poco rato que necesitaba para dormirse y le dijo:

—Ya no hay menores. ¡Eres insoportable¿Estás operando?… ¡Bien! Llévate a este tipo, tiene un dislocamiento severo de la clavícula.

—Eso puede esperar un rato. Oye, doctora Goldsmith —la joven doctora elevó los ojos miel, trémulos ante qué podría ser lo que quería el médico. —¿Por qué una niña como tú, que parece no tener idea de medicina, se hizo uróloga? Para contentar a papá pudiste perfeccionarte en pediatría, oncología, geriatría, cardiología… ¿Por qué urología¿Quería vernos "indefensos" acaso?

Cuddy se pegó con la mano el la frente: ella quería saber lo mismo, pero… ¡tan poco tacto para tratar con la gente tenía este hombre!

La mirada inocentona de Goldsmith cambió a una turbia al responder:

—Me iba mal con los chicos, soy muy tímida y quería "conocerlos".

Cuddy no podía creer lo que oía. ¡Dios!… Y ella que pensaba que sólo era House el que se aprovechaba de su trabajo para toquetear a las pacientes… Bueno, en realidad estaban House, Fisherman y ahora Goldsmith.

En los labios de House hubo un esbozo de sonrisa ante aquella respuesta, negó con la cabeza, aún divertido. Goldsmith volvió a lo suyo al ver que los había dejado callados.

—Me voy a operar, jefa —avisó House, echando a rodar la camilla del paciente hacia la sala. —¡Opss¡Digo! Cuddy. No vaya a ser que mi jefe me escuche —se encogió de hombros conjuntándolo con una mueca de gracioso temor. —Operar es lo más emocionante que se puede hacer por aquí.

Cuddy rodó los ojos y le observó marcharse hasta desaparecer por la puerta de la sala de operaciones. Por otra parte, ella tenía otra duda más y no sólo con respecto a Goldsmtih, era con todos los que venían en el avión. Lo pensó un momento, hasta que se atrevió a preguntar, justo para cuando trasladaban a un herido de una camilla a otra:

—¿Cuál es su deuda?

Goldsmith bajó la mirada y la concentró en el pie quebrado del soldado que acababan de trasladar.

—¿Puedo confiar en usted? —dijo a punto de llorar.

Cuddy no se esperaba eso, pero como ya había iniciado ella con todo, decidió por aceptar la confidencia.

—Sí. Dime —y pestañó, mirándola preocupada.

Goldsmith anestesió al marine, esperaron a que durmiera.

—Me enrolé con un paciente en la consulta en el hospital de Michigan, donde trabajo —confesó.

Cuddy no pudo evitar que su mente le recordara el apéndice del código ético que hablaba de aquello. Trató de pensar en algo conciliador y no en una crítica que era lo que tenía más a mano.

—Pero… ¿Dónde está la deuda con los militares?

—Me pillaron in fraganti. Hay evidencia en video que ellos tienen. Y me compraron así. Es… —miró a Cuddy como cerciorándose de que fuese confiable. —Es el hijo de Udelhoffen.

Cuddy la miró como sintiendo profundamente que tuviese tan mal gusto, porque si es de tal palo tal astilla… Aún así supo camuflar esa indiscreta apreciación con algo parecido a la preocupación.

—Pero… ¿Por qué hiciste eso?

—Es que… Sé que suena ridículo y que nadie me creerá, pero él me lo pidió… No le voy a decir más, eso sí. Sólo, tal vez… pueda entender que tuve una razón si le digo… Era minusválido.

A Cuddy se le cayó la mandíbula, pero trató de disimularlo: no era ya por la doctora Goldsmith, era por ella. Porque podía vislumbrar cierta… "¿semejanza?", muy pequeña, eso sí… ¡No¡Ninguna!… ¿Qué estaba pensando?… Dijo que ¿le excitaban los lisiados?… ¡Hey¿A qué quería llegar su mente dándole vueltas a eso?… «¡Dios¡Dame paz un segundo!».

La doctora Goldsmith se había ido a ayudar a unas enfermeras al otro lado de la sala para cuando Cuddy reaccionó. Mientras intentaba reacomodar los huesos del marine, le daba vueltas al hecho de que Goldsmith les debía su trabajo a los militares.

Lo que la distrajo fue un fuerte chirrido de ruedas, se giró y vio que la doctora Walt arrastraba una camilla hasta la sala de operaciones. Se acercó y le dijo:

—Yo la llevo. Usted preocúpese de ver si está bien ese —señaló al marine que ella estaba atendiendo, mientras se preparaba para empujar la camilla.

La doctora Walt sonrió.

—Gracias. ¿En qué la puedo ayudar yo?

—Con el soldado ese.

—Ese es mi trabajo.

—Esto igual. Aunque si insiste… —tenía la posibilidad de verificar cuán ciertas eran las palabras de House. —Podría contestarme¿por qué está aquí?

Toda el aura de simpatía de Walt desapareció.

—Tengo un marido militar, es obvio que esté aquí.

—Como es obvio que violó derechos humanos hace casi treinta años… —murmuró en tono de estudiada sugerencia.

Walt botó el paño al piso con rabia y se acercó a Cuddy apuntándola con un dedo acusador en el pecho:

—¡Eso es mentira! La justicia lo dijo. Sólo los periodistas rojos insisten con aquello. Y ¡déjeme! Que yo llevo eso —y empujó a Cuddy hacia un lado, provocando que perdiera el equilibrio, pero no cayó. Ella se fue arrastrando, a duras penas, al pesado marine hasta la sala de operaciones.

Cuddy le miró pensativa marcharse. Se acercó al tipo que atendía, vio que estaba bien y se dirigió a otro. Mientras hacía lo que correspondía con aquel, ataba cabos en su mente:… "Tal vez ambos violaron derecho humanos. Ahora sólo están pagando el haber sido ayudados en ese entonces… El haber sido considerados inocentes…"

—¿Le ayudo, doctora Cuddy?

La endocrinóloga se exaltó al oír esa voz ronca que le soplaba en el oído y se volteó asustada: a un palmo de distancia quedó del rostro del doctor Fisherman, quien debía inclinarse para alcanzarle en altura… ¡Esta si que estaba buena! De trastornado en trastornado. Sin contar que tenía a un profesional de aquello en casa…

—Ah… No gracias. No es necesario —aseguró caminando hacia un lado para alejarse de él, resguardándose al otro lado de la cama.

—No sea tímida.

—No es timidez. Créame —aseguró comenzando a sacar con una pinza unas espinas que tenía el marine clavadas en su hombro.

Fisherman apoyó los puños en la cama mientras la observaba. A Cuddy le estaba molestando esa mirada tan irritante sobre su corinilla, tal vez en otro lado… ¡diablos!

—Yo creo que sí —afirmó en tono juguetón, con una sonrisa seductora que Cuddy, para su mala suerte, alcanzó a ver y si es que no estaba sonrojada, ahora sí que sentía sus mejillas calientes. —Está sonrojada.

¡Pedazo de patán¡Pedazo de maldito! Hace tiempo que dejó su exceso de hormonas¿por qué ahora no podía controlar el azorarse?… No era un galanete de cuarta como dijo House, era un Don Juan profesional. ¡Maldición! Los hombres se excusan en que no son de hierro… ¡ella tampoco!… Aún así se controló para mostrarse imperturbable, para ser la fría mujer que era en su hospital… ¡Qué diablos! No estaba en el hospital. No tenía ni su título en válido estado, ni sus pasillos, ni sus doctores, ni sus adornos, ni su toque personal, aún menos su oficina, ni ese escritorio que la transformaba y lograba recordarle todo lo que consiguió y era… Aquí no tenía nada de aquello, nada de lo que la hacía poderosa y racional, lo único que había traído consigo era lo más detestable de todo aquel hospital, lo más aborrecible, ese maldito chicle molesto pegado al zapato que no te deja caminar bien ni en paz: House, la única cosa que le recordaba al Princeton… ¿Por qué no pudo ser algo que le reafirmara su poder?… ¡No! El presupuesto sólo alcanzó para el mediquillo que le hacía la vida imposible, que le recordaba que era humana y que podía ser la jefa de todos, menos de él, pues, como fuese, acababa saliéndose con la suya, para bien o para mal, pero ahí él siempre… convenciéndola. Ganándole. Ya lo habían confirmado con el criador de puercos, aunque ella no lo reconocería, pero House… No era lo que le iba a hacer fortalecerse, más bien le hacía sentirse aún más vulnerable.

—Probablemente sea la falta de sueño, me sienta mal —se excusó sin levantar la vista de su labor, pero más concentrada en no perturbarse aún más.

Fisherman le obligó a mirarle a los ojos cogiéndole suavemente por la barbilla. Los ojos de Cuddy estaban temblorosos y brillantes.

—Tiene unos hermosos ojos.

Y él era muy guapo y seductor¡maldición! Un momento. ¿A quién quería serle fiel? Si mal no lo recordaba ella es soltera… tal vez demasiado soltera. ¿Acaso le asustaban las palabras que House le dijo sobre él?… ¡Qué va! Si la llegaba a conquistar, tal vez…

—Eh… ¿Podría soltarme?

"Eres una romántica, Lisa Cuddy", pensaba sarcásticamente.

—Lo siento, pero es que mi tacto no se puede resistir a tan delicada piel —ahora subió hasta la mejilla, donde su pulgar se posó en la comisura de su labio.

¡Qué era esto¿Competencia de empalagosidades?… Okay, punto para House.

—¿No tiene heridos que atender? —preguntó con acidez, quitando ella misma la mano con brusquedad, pero Fisherman se la retuvo en la suya y se la llevó a la boca para besársela.

Cuddy se quedó de piedra. ¿Qué pretendía?…

—¡Hey, hey, hey! —gritó, arrebatándole su mano. —Me gusta que me digan cosas "románticas" y que me las hagan también —¡Dios! Debía buscarse un diccionario que le enseñase a no hacer oraciones con "tantos" sentidos —, pero prefiero que sea cuando no estoy trabajando.

Fisherman sonrió con esa sonrisa encantadora que tenía. Cuddy le miró molesta.

—¿Qué¿He contado un chiste? —gruñó.

—¡Uy! Te sienta enojarte como te sienta el sueño, te ves hermosa. Ya hablaremos otro día, Cuddy —y se marchó un par de camillas más allá a atender a una militar.

¿Había oído bien?… Dijo¿Cuddy? No doctora Cuddy ni nada. Sólo Cuddy. ¿Quién le había dado las atribuciones?

—¿Tú le diste las atribuciones para tanta confianza? —oyó a sus espaldas a… «¡maldición, no!»… House.

Se volteó sorprendida, de verdad la asustó.

—¿Por qué lo dices? —preguntó a la defensiva.

—Porque eso de "Cuddy" a secas no es muy lindo para un primer encuentro entre colegas. Habla mal de ti —¡Ya estaba con los insultos encubiertos! —Me sorprende que la distinguida doctora, única ex directora aquí, no se haga respetar.

—Él se lo tomó por si sólo. Yo no accedí a nada.

—Tampoco te negaste a nada. Eres una descarada, Cuddy. Te vi como le coqueteabas, como te ruborizabas, como te dejabas tocar. ¡Si que eres fácil! Y a mí me la haces tan complicada… —eso último lo dijo para sí.

—¡Si quieres insultarme por qué no dice las palabras como son¡Lo que me quieres decir!

—La ironía es más divertida. Por cierto¿has visto la hora¡Son las seis un cuarto! Hora de que ya nos vayamos a la cama¿no crees? De hecho, todo aquí está controlado ya. Y ¡mira! La casualidad. Ahí viene papi a verificar todo.

Udelhoffen entraba y comenzó a revisar a los heridos. Todo en orden.

—¡Ya están todos curados! Doctores Fisherman, Goldsmith, Cuddy, Walt, House, Watson, Gordon y Brown, sírvanse a seguirme, por favor —ordenó Udelhoffen.

—¿Ves?

Cuddy le fulminó con la mirada.

Todos comenzaron a salir y Udelhoffen esperaba a los citados en la puerta. Aprovechando la masa de gente que salía en tropel en ese momento, House se valió para saciar una duda:

—Cuddy —ella lo miró molesta. Pero él estaba muy serio. —Cálmate. Es que tengo una… llamémosle duda, y no me ha parado de dar vueltas. ¿Te emborrachaste, porque eres judía y te sientes traicionado a tu pueblo?

Cuddy se estremeció entera y se puso a la defensiva. No se lo esperaba.

—¿Cómo me lo dices así?

—Te emborrachaste, porque te querías olvidar el haber aceptado algo con lo que no estabas de acuerdo y, a parte, para olvidar el estar sintiéndote una mierda¿sí o no?

Cuddy seguía con esos tiques temblorosos.

—Me emborraché, porque se me pasó la mano con… —House la miró como el padre que aguarda a que su hijo le diga la verdad —¡Sí¡Soy una basura! —hizo todo lo posible para contener el llanto, pero no puedo controlar su voz quebrada cuando espetó ante un confundido House: —Pero no me arrepiento de haber aceptado —y se fue al encuentro con Udelhoffen.


Periodistas rojos periodistas comunistas. (sólo por si hay dudas)

El "doctor Hibbert" es el doctor de Los Simpson.

¿Qué tal el capítulo?... Les espero en los reviews