Mis queridas y queridos Huddy's, quisiera hacer un llamado:

estuve revisando la cantidad de fics Huddy's y Hameron's y me di cuenta que sólo les llevamos una ventaja de 11 fics y creo que ahora 10. Esto NO ES un llamado a "pelearnos" entre parings (lo escribí mal, cierto? ¬¬), SÍ ES un llamado a que nos "pongamos las pilas" y nos coloquemos a trabajar en hacer crecer el fandom huddy, no por competir, sino porque debemos demostrarle al tío Shore que es lo que deseamos.

Espero que nos unamos y nos apoyemos en este llamado, para hacer historias huddy's en beneficio de nuestras psiquis. Historias de calidad, cortas largas, da igual, sólo que sigan las instrucciones básicas y que sean Huddy's. c:

Aportemos con nuestro grano de arena.

¡Luchemos por lo que creemos y por lo que amamos!

¡Huddy Rules!

o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Al fin!!! Perdónenme la vida!! Por favooor!!! Sé que no lo merezco, pero... ay...

Bueno, éste será el panorama de ahora en adelante, probablemente. Quizás me demore más con las actualizaciones, es que el lunes empecé con mis clases de derecho y wow!, primera guía: 129 pags oh! que gran recibimiento y más encima el profe es un sarcástico a full xD, pero cuando me diga algo a mí... xD

Bueno. En cuanto al chap anterior le encontré un calificativo: surrealista... xD

En cuanto a actual: creo que es débil hasta antes de llegar al final, donde, si no fuese porque estoy seca, me hubiese puesto a llorar en cierto párrafo... es que me dio penita TT... Lo siento!! Creo que a veces puedo ser mala TT...

Aquí va el déjà vú!


Capítulo 7

DÉJÀ VÚ

—¡Cof, cof, cof!

Cuddy tosía y escupía entre arcadas con las que su garganta se rasgaba y resonaba una ronquera.

House se acercó a ella de cuclillas tratando de protegerse del polvo y la ceniza que caía. Al fin alcanzó su espalda y le pasó el brazo izquierdo por los hombros.

—¡Suéltame! —gritó Cuddy al instante, pues aquel gesto le había recordado una vivencia pasada y que no acabó bien.

House pegó un salto asustado y quedó sentado en sus glúteos, con la pierna doliéndole más de lo debido ante la acción realizada. Comenzó a frotársela con la mano derecha, mientras con la izquierda buscaba uno de los frascos de vicodina que se había pegado al cuerpo con cinta adhesiva, para llevarse un par de pastillas a la boca, en tanto, reñía a Cuddy:

—¿Qué te pasa?… ¡Ay! —el dolor de la pierna no le deja articular bien las palabras.

—Nada. Sólo que… —una tos de perro no le dejó proseguir. Cuando logró controlarla con inhalaciones como de asmático, agregó: —Esto ya pasó —controlando su respiración y sacándose el delantal para limpiarse la boca salivada, fue como le encontró la impresión de darse cuenta que todo había sido un sueño —antes —prefirió no dar más explicaciones y miró al cielo que se oscurecía en su copa, mientras la nube de humo se disipaba.

—¿Sí? —espetó House con sarcasmo y con una mueca de dolor póstuma por su pierna. —Dime¿cuántas veces has estado en un desierto y conmigo a la vez?

Cuddy no supo porqué eligió la segunda opción de contestación. Había barajado dos sentada en sus cuartos traseros, con los ojos llorosos de tanto toser aferrando el delantal a su boca. Primera opción: contestarle con voz tenue "no, no ha sido nada. Lo soñé". Segunda opción…

—¡Tú creas los desiertos a tu alrededor! —gritó ofuscada, sin tener muy claro por qué estaba enojada. —¿Te duele mucho? —preguntó luego, para suavizar su reacción anterior, señalando su pierna con la cabeza.

House la miró medio extrañado medio molesto.

—¿Preguntarme eso te ayuda a no sentirte tan culpable por el tonito de lo anterior? Pues no te contesto —y a duras penas intentaba ponerse de pie.

—¡Ay! No seas crío —se colocó en pie y se acercó a él el par de pasos que les distanciaban. —Déjame que te ayude —dijo a la vez que se agachó para ayudarle a levantarse pasando su brazo por sobre sus hombros, pero él lo rechazó botándola al suelo.

—No —rugió fuerte y claro.

Cuddy lo miró desde el suelo sin entender nada.

—¿Qué te pasa?

—¡Nada! —no pudo mantener su postura desafiante, pues la pierna volvía a dolerle horrores y tuvo que sobarse, pero puso una cara de maldiciones…

Cuddy enarcó una ceja.

—Ya —articuló conjunto de una mueca irónica. —Y ¿te podrás mover solo? Mira que tu bastón está roto —el tono fue el antónimo de simpático.

House la miró desde su posición inclinada mientras seguía frotándose.

—¿A qué bastón haces alusión, miss simpatía?

—Al que te ayuda a no cojear. El otro, no lo sé.

—¿Quieres saberlo?

—¿Quieres dejar de comportarte como un crío? —espetó Cuddy, ya exasperada.

House tomó aire y miró hacia el horizonte que tenía en frente. Se irguió como pudo, dio un paso cojo, se echó otro par de vicodinas a la boca y le dijo:

—El Quijote va en busca de su aventura. ¿Vas o esperas a los molinos?

Cuddy ni se inmutó ante el repentino cambio de actitud de House, pues sus metáforas daban por hecho que seguía siendo el mismo.

—Creo que Sancho le siguió… Vamos.

Y comenzó el rumbo.

House arrastró los pies todo lo rápido que pudo sin su bastón. Cuddy le echaba miradas vigilantes de vez en cuando, preocupada.

Sí, estaba preocupada, pero no se lo iba a demostrar si él no quería.

Avanzaron así los próximos veinte minutos, donde ya se veía la base algo más pequeña y desde donde ya se podía notar un cerco de alambre de púas a unos cinco metros con un letrero que daba hacia el otro lado.

Cuddy comenzó a cavilar: alambres de púas y un letrero, debía significar "campo minado", de ser así tenían una suerte macabra.

Un tumbo la sacó de su ensimismamiento. Se giró asustada, puesto que si sus suposiciones eran correctas… House yacía en el suelo, con el rostro reflejando todo su dolor, las manos en puños, tenso por completo… Nada detonó.

Cuddy se acercó mientras él trataba de llevarse unas vicodinas a la boca, pero ella se las quitó.

—¡Dámelas!

—¡Te has tomado ya cuatro pastillas en menos de cuarenta minutos!

—¿Ah, sí? Pues díselo a mi pierna, las pide a gritos —rebatió mientras se despegaba otro frasco del pecho.

Cuddy observó lo que hacía enojada, pero algo impresionada. Volvió a quitárselas.

—¿Qué te pasa? —bramó. —¿No te doy lástima¿Eh?

—No. Porque eres un adicto. Estás abusando. Y, a ver —le tomó firme y rápido para intentar sentarlo.

—¿Qué te pasa? —espetó, cuando ella le sacó la casaca.

—¡Cállate! —moduló cada sílaba, justo cuando se había agachado para desabrocharle los botones de la camisa.

Ahora sí que House estaba sorprendido, pero aún así no se le quitaba el enojo. El dolor había menguado levemente, pero no lo suficiente.

—¿Qué haces? Me asustas —House usó un tono y una expresión burlescas.

—Te reviso —contestó sin mirarle, pero rodando los ojos al sentir que algo parecido a aquello ya les había sucedido en alguna otra ocasión.

—Y ¿me revisas como doctora o como aduanera?

Cuddy le echó una mirada asesina justo cuando desabrochaba el último botón y bajaba las manos para tirarle la camiseta hacia arriba. House le sujetó firmemente la mano a la altura baja del vientre, ella levantó la vista sorprendida y el par de ojos azules se encontró.

—Usa la imaginación —le dijo House retirando la mano de Cuddy sin mucho cuidado.

La endocrinóloga rodó los ojos, miró hacia un lado tratando de canelar la molestia y el hecho que la situación no podría ser más ridículamente familiar.

—¡House! —le gritó en tono de reproche, abriendo muchos los ojos y con los dientes apretados.

Realmente estaba furiosa. Ella sólo trataba de ayudarle por su bien, pero él no hacía más que dificultar las cosas. Dio un respingo, abrió el frasco de vicodianas que ella tenía y extrajo una de las píldoras.

—Toma —dijo extendiéndole la pastilla en la punta de los dedos.

Él la observó un segundo, como asegurándose de que no le hubiese echado alguna maldición. Estiró la mano bajo la de ella y Cuddy dejó caer la píldora sobre su palma. House miró como la pastillita dio una par de botes imperceptibles y como rodó un tanto, cerró el puño guardándola, atesorándola. Echó un leve vistazo a Cuddy, quien le miraba mordiéndose el labio inferior con preocupación. Llevó la pastilla a sus dedos y la rodó, la devolvió a la palma y se la tragó alzando la cabeza para estirar el cuello. Se mojó el labio inferior cuando saboreaba el rastro dejado por el fármaco. Le dio unos segundos antes de mirar poco a poco, tímidamente, como el niño que se siente culposo, a Cuddy cuyos ojos pudo notar anegados de preocupación. Bajó la mirada.

—House —susurró buscándole la mirada. Él la evitaba. —House, mírame —ordenó firme, pero suave. House comenzó a bailar los irises, alternando entre ella y el suelo. —House, quiero ayudarte… —La miró. —¿Qué pasa? —inquirió observándole con los ojos entre cerrados y él notando que era por su reciente actitud.

—La culpabilidad es contagiosa —fue lo único que dijo en tono semi-sincero. Lo de a continuación fue la ironía de siempre: —¡Oh¡Te he dejado distraerme!

—¿De qué hablas?

—No me refiero a ti, sino a mi pierna. De ti puedo pasar.

Cuddy abrió la boca indignada, pero al no saber con qué rebatir la cerró. House se puso en pie y quiso acomodarse sus ropas, pero Cuddy igual se paró y se lo impidió:

—¡Espérate! —rugió, dejándole apenas abrocharse el tercer botón de la camisa. Se acercó lo suficiente para invadir su espacio personal.

Él la miraba hacia abajo, mentón en cuello como sin mover la camiseta de su lugar comenzaba a tironear todos los frascos que tenía adheridos.

—¡Auch! Soy un pobre lisiado indefenso. ¡Ten piedad! Y déjalas donde estaban —exclamó irritado.

Cuddy puso su mejor cara de "¡me exasperas!". Contó hasta diez saltándose los ocho números de en medio y le levantó la camiseta dejando caer todos los frascos que había desprendido.

—¡Claro! Yo tuve que usar la imaginación y tú me haces… ¡Auch! Soy delicadito —le agarró de las muñecas antes de que continuara despegándole los frascos de vicodina que no había logrado sacar.

Cuddy le miró a los ojos.

—Te has tomado al menos cinco vocodinas desde que nos lanzamos del cañón… —iba a decir algo más, pero House la interrumpió.

—¿El cañón? Eso me recuerda que estamos perdiendo el tiempo aquí. Está oscureciendo y papi va a mandar a que revisen que realmente estemos durmiendo. Movámonos de aquí.

Mientras decía eso, primero la soltó, luego se puso a recoger los potes y echárselos por los bolsillos mirando a Cuddy intermitentemente: recogía, miraba mientras le hablaba. Luego se levantó, sus ojos fijos en los de ella para dar la orden y darse a caminar hacia la verja.

Cuddy, de pura rabia, tiró el frasco que tenía en la mano dando un rugido y le siguió:

—¡Que nos va a seguir¡Debe dar por hecho que somos historia!

—¡Oh, sí! Como tú lo conoces tanto.

—Tal vez no lo conozco lo suficiente, pero creo que me basta para saber que es un imbécil.

—¡Oh! —suspiró con falsa lamentación. —¡Qué lástima que Fisherman no hiciera algo bueno por ti!

—¿De qué hablas? —le gritó tomándole del brazo para detenerlo, pero él se zafó y siguió andando abrochándose la camisa a duras penas. —House¿qué sabes que yo no sé?

—¡Oh! Muchas cosas. Como ser médico, por ejemplo.

House mientras andaba hacía muecas de dolor, la pierna le tenía demasiado mal, pero no quería parar, no iba a parar, tenían que salir de allí.

Cuddy detuvo su marcha. Se rezagó. Ya estaba ahí de nuevo con viejos argumentos infantiles, tal vez no tanto. Suspiró y retomó la andanza.

House jamás paró y ya estaba sobre la cerca de unos diez metros del letrero.

—Yo sólo quiero cuidarte —susurró avergonzada, mirando al suelo. Se dio valor y algo de enojo para volver a pronunciar las palabras en un ladrido: —¡Yo sólo quiero cuidarte! —volvió a caminar.

House, que analizaba los cables del enrejado de púas, se volteó y vio cómo venía acercándose a él a todo el tranco que sus piernas le permitían. Él asomó un rictus que se podría interpretar como burlesco, pero en realidad era la arrogancia del "ya lo sabía". Avanzó hasta el letrero dejándola con el camino hecho, pero sin muelle donde atracar. Cuddy se quedó de pie mirándole por unos segundos hacia donde se marchaba como exigiéndole una explicación. Luego le siguió hasta alcanzarlo.

—¡Oye! —gruñó. —Es cierto. De hecho yo estoy acá por eso.

House se detuvo ante su insistencia, pero no en son amigable.

—Ya¿y desde cuándo obedeces órdenes¡Oh! Cierto. Me olvidaba de tu pasado de administradora de Hospital. Y, por cierto¿no eras tú la que nos mandabas?… ¡Ah, no! De veras que igual tienes un consejo al cual obedecer. Y ¿por qué no lo hiciste con Jimmy¡Oh¿Sabes? Me acabo de dar cuenta de algo: haces lo que quieres que no irrumpa con tu código ético, pero ahora haces caso de un pelafustán sin más, que te dijo que venías a cuidarme. ¿Sabes qué es aún más interesante¡Tu ingenuidad¡Dios! Tan grandota y tan niña. Por cierto también deduje que está de noche y que Hitler debe de haber mandado ya a sus tropas a coger a los judíos y encerrarlos en las cámaras de gas; y cuando digo "judíos" me refiero a "Zhivago" y a "Lara", o sea a "House y "Cuddy" o sea, tú y yo… o ¿yo y tú?… ¡Upss! Eso nos indica que deberíamos haber obedecido al toque de queda cuando dije que debíamos irnos YA de aquí —y comenzó a analizar la verja.

Cuddy se quedó sin palabras, los ojos le temblaban, pero se controló y quiso no darle más vueltas al asunto. No por el momento.

—¿Qué haces? —preguntó suavemente, queriendo cambiar el tema.

—Observó la cerca —espetó House en pleno desarrollo de la acción, jamás tocándolo.

—Ya. Pero ¿para qué?

—Quiero ver si en alguna parte sale el nombre del dueño, tal vez la compre. A ver —alzó la mano hasta el letrero —, veamos qué dice esto —lo giró con un dedo.

Cuddy lo miraba algo preocupada.

—Yo creía que era un campo minado.

—Pues no. Pero debería, sería lo más inteligente. Pero es sólo esta cerca eléctrica y con púas. ¡Guau! "Peligro". Mmm… Creo que las conozco. De echo una se hizo muy amiga de mi entrepierna en mi vida pasada —Cuddy lo miró extrañada. —Buscaba unos perritos manchados —le aclaró haciendo una mueca.

Ella enarcó las cejas haciéndole creer que entendía, pero luego, cuando House se volteó a analizar el alrededor, hizo una gesticulación de no comprender nada.

Cuddy quiso dar a relucir una solución:

—Bueno, podríamos tratar de buscar una parte más baja o alguna cosa sobre la cual subirnos y saltar.

—Ya. Y ¿achicharrarnos nuestros órganos sexuales?

—¡Dije saltar! No pasar una pierna después de la otra.

—¡Oh¡Genial idea! —soltó sarcástico.

Cuddy le miró asesina.

—¡Ah! —House se llevó una mano a la cabeza entre cerrando los ojos. Cayó al suelo ya no pudiendo resistir más el dolor.

—¡House! —gritó Cuddy apenas cayó y se acercó para, tomándolo por los hombros, dejarlo boca arriba y revisar su pulso y respiración: se había desmayado. Le rompió la camiseta a la altura del cuello para liberarle la respiración.

Cuddy estaba asustada. Ya había caído la noche y no se podía ver muy bien la cerca. Alejó a la arrastra el cuerpo de House un par de metros de la verja y se sentó a su lado, sobre sus propias piernas. Le contempló con la luz de la luna iluminándole levemente: su rostro estaba tenso y trató de relajarlo acariciándolo, aunque no notó que lo hacía hasta que la expresión de House cambió: se relajó. Cuddy posó sus manos en puño sobre sus rodillas y le contempló unos segundos con una suave sonrisa: se veía tan bello así sereno…

¿¡Qué rayos estoy pensando!? Pero… es verdad. Tan cierto como…

Los ojos de Cuddy temblaron…

¿Por qué quiero llorar? No puedo¡no debo!…

Exprimió sus párpados y tomó una honda respiración. Alzó la vista hacia la luna creciente…

Ay… ¿Cuánto más debo esperar?

Al fin una lágrima se desahogó.

Algo estaba pasando. El cielo del horizonte morado, lila y rosa, el medio azul marino y el que estaba sobre su cabeza era un bóveda sin final; la fría noche, el viento que se asomaba levantando polvo que se clavaban como agujas que le obligaron a acurrucarse a su lado, la tristeza, la melancolía, la desolación, el dolor, las heridas, múltiples heridas… Tres centímetros, dos…

¡PUM! Y una gran acústica que amplió el ruido del balazo.

Cuddy ahogó un grito al tiempo que erguía su tronco y miró hacia donde se encontraría la base: sólo una sombra se asomaba por el cercano horizonte. Observó que unas luces de alto alcance se iluminaron desde la altura que debería estar el cañón. Se recostó al lado de House con miedo de ser encontrada, aunque por muy de larga distancia que fueran las linternas sería difícil que llegaran hasta ellos. Se apagaron.

—¿Qué me pasó? —la voz de House.

Cuddy se asustó, pero notó que él se llevaría la mano a la cabeza y se la cogió para bajársela y se quedara quieto. House la quedó mirando extrañado.

—¿Qué haces ahí?

—Siempre he estado aquí.

Cuddy se sentó sobre sus piernas. House trataba de omitir el hecho de que todo le pareciera un déjà vú.

—No.

—¡House! —trató de controlar su molestia. House cerró los ojos como si aquel grito le diera dolor de cabeza. —Nos están buscando —le informó.

—Entonces nos tenemos que alejar de aquí —hizo un esfuerzo por levantarse.

—¡Quédate ahí! —moduló cada palabra en la orden recostándolo por los hombros.

House dio un quejido.

—¡Ay! Mami.

—Yo me encargo. Descansa unos minutos. Eres médico, supongo que los sabes: te desmayaste.

—Sí. Okay mami. Me quedo aquí —y se echó a mirar el cielo plagado de estrellas conjugadas en galaxias, tal y cual como no se veían los cielos de Nueva Jersey.

Cuddy se sacó el abrigo y lo amuñó para levantarle los pies a House. Él la observó con el ceño fruncido, mentón en cuello.

—¡Quédate quieto! —le mandó en susurro, acomodando sus pies con cuidado sobre el chaquetón.

House le hizo caso inmediatamente, siguió contando estrellas y luego de que Cuddy acomodara delicadamente sus pies sobre el abrigo y sus manos se alejaron mientras ella se ponía de pie, soltó un "¿gracias?".

Cuddy trató de atravesar la oscuridad para ver la expresión de su cara, pero le fue imposible. Dirigió sus ojos hasta donde estaría y le susurró un incómodo "de nada" y se acercó a la verja.

Se hincó y comenzó a cavar en la arena, para lograr hacer una rampa para deslizarse bajo los alambres sin correr mayores riesgos. En esta tarea estaba, de mangas de un chaleco rosa recogidas, con los vellos erizados por el frío, los pezones encogidos y adormeciéndose; cuando sintió un peso liviano, pero violento sobre sus hombros.

—Ya han pasado los quince minutos. Te lo devuelvo.

House le devolvía su abrigo ya de pie. ¿Trataba de ser amable? Siempre sería él. Cuddy sonrió aunque no lo notara y siguió en lo suyo, dejando el abrigo a un lado. House se hincó a su lado y notó que sus brazos estaban semidesnudos.

—¿No te lo has puesto? —le reprochó él, que tenía su casaca térmica abrochada hasta el tope, mirándola fijamente.

Cuddy sintió que una mirada le picaba y acabó por dejar su labor y girar su cabeza, la luna les iluminaba lo suficiente para verse al metro de distancia que estaban sus caras.

—No. Me incomoda para trabajar.

—¿Y tú eres tonta? No podrás seguir trabajando si te mueres de una hipotermia —House se pasó por detrás de Cuddy para coger el chaquetón, pero al quedar la cara en su cadera notó un olor extraño. Se reincorporó y la miró.

—¿Estás en celo?

Cuddy puso cara de indignación.

—¿De qué hablas?

Le entregó el abrigo y ella lo tomó sin quitarle la mirada.

—Bueno, no. Pero hueles a… ¿cómo decirlo? Mmm… ¿Sangre?

Cuddy se puso colorada y se vio contrariada. House se puso a cavar sin darle tiempo a responder.

—¿Sangre? —Cuddy hizo una mueca y se puso a pensar, sacar cuentas. —¿No me estás leseando, cierto?

—No —contestó tajante mientras, cuidadosamente, despaja ya la parte bajo los cables.

Cuddy se agachó a ayudarle. House notó que seguía sin ponerse el abrigo.

—¡Colócate el abrigo! No tengo un botiquín ni agüitas termales para cuidarte de una hipotermia, así que ¿podrías hacer caso?

Cuddy se exaltó por el tono brusco y volvió a sentarse sobre sus piernas, pero no pudo evitar sonreírse al creer que impregnadas en esas palabras secas había preocupación. Hizo caso y se aferró a la lana.

—Espero que no se me enrede en las púas —comentó volviendo a ayudarle, con una sonrisita.

House dio un gruñido, pero no la tomó en cuenta y cambió el tema, sin parar de cavar.

—¿Estarás menstruando?

—Probablemente. Debo haberme manchado.

—¿No andas con los súper tampones¡Vaya!

—Según mi calendario no ovulo hasta dentro de una semana. ¿No lo notaste?

—Cuatro días más según el mío.

—Mmm… Ese debe ser más preciso.

—¿No presupuestaste que este no era un paseo de noche por las arenillas del desierto, sino una escapada?

—¡Perdóname! Pudiste haberme avisado que no nos encontrarían tan luego y que tendríamos que seguir ocultándonos en el castillo de arena.

—Los castillos de arena son frágiles, se pueden derrumbar —se puso de pie. —Quiero mear.

Cuddy se detuvo un par de segundos para ver su silueta alejarse un poco más allá, pero continuó trabajando luego. El viento cesó y el frío aumentó. Se oyó un chorro golpear la arena. Cuddy dio un suspiro, una pequeña sonrisa. Él volvió.

—¿Te preocupaste de tapar el meado? —le preguntó sin parar, ya habiendo logrado unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, pero que aún faltaba del cerco hacia allá.

—Upss. No. —y regresó.

Ya de vuelta, Cuddy estaba recostada boca abajo en el suelo, despejando la arena de la otra mitad. House hizo lo mismo. Cuddy dio un gemido y se llevó la mano al vientre.

—¿Te llegó una descarga?

—Síndrome premenstrual, así que no me molestes.

—¡Ah¿Ese es el que te dura quince días antes y quince días después?

Cuddy le miró asesina.

Continuaron trabajando. Ella ya estaba cansada, él tampoco estaba mejor. Casi veinte minutos.

—Ya Cuddy. Pasa tú primero —ordenó House sacudiéndose.

Cuddy le miró, se puso de pie, se sacó el abrigo y lo lanzó hacia el otro lado. Se volvió a agachar y se dispuso a arrastrarse por el agujero que habían fabricado. House la detuvo del hombro.

—¿Qué pasa? —consultó asustada y a la defensiva, otra vez esa sensación más surrealista que de situación familiar.

House se arrepintió. Podría asustarla con cualquiera de las opciones que tenía en mente. Optó por otra:

—Yo voy primero.

Gracias por apoyarme, por confiar…

—¿Por qué?

—No preguntes estupideces y hazte a un lado.

Cuddy obedeció sin dejar de quitar su cara de extrañeza, pero sin darle mayor importancia, volvió a llevarse la mano al vientre bajo. House se recostó.

—El desmayo te quitó el dolor de la pierna —comentó Cuddy con tono inocente.

—Así parece —contestó medio ahogado por el esfuerzo de arrastrarse por el suelo.

—¿Te ayudo?

—¡Cállate y espera tranquila! Me desconcentras, nena.

Cuddy suspiró y aguardó.

House atravesó hacia el otro lado, a unos cuatro centímetros del alambre. Pasó.

—No hay nada de púas o electricidad acá abajo. Puedes pasar —y cogió el abrigo de Cuddy poniéndose de pie.

Cuddy sintió que alguno de sus pequeños trocitos desparramados se unía con otro y la recomponía y reconfortaba. Pero fue más de un trocito, fue como si el alma le volviera al cuerpo. House en sus ironías podría ser el pirata bellaco más vil e inhumano, pero a veces se transformaba en un caballero inglés de dulces gestos simples, pero llenadores.

—¿Vas a pasar o no?

—Eh… ¡Sí!

Cuddy se despejó la mente como reprehendiéndose e hizo lo que debía, pero tuvo un inconveniente.

—House, ayúdame, por favor —pidió con tono avergonzado y débil.

—¿Qué pasa?

—Frío… —susurró con voz tenue.

—¡Ay, porfiada! —gruñó House.

Se agachó, le cogió por las manos y la arrastró por el suelo. Cuddy sintió como la arena se colaba por su pequeño escote.

—¡Suéltame! Yo sigo —gritó asustada.

—¡Cállate! No me hiciste caso. Ahora no alegues —y siguió arrastrándola hasta que logró pasarla por completo. La colocó en pie. Ella lloraba, pero intentaba que él no lo notara. —¿Qué diablos te ocurre¡Ah¿Es el premenstrual?

—Debe ser eso —condescendió apagada.

House la tomó firmemente por los hombros. Cuddy lo miró a los ojos.

—Aprende a mentir. Todos mienten¿por qué no puedes hacerlo tú? Con talento¡claro!

—No me siento bien.

House la soltó, le alcanzó el abrigo y comenzó a avanzar.

El hilo que unió los pedazos antaño no tenía un nudo firme y se deshilvanó.

¡La tenían loca las sensaciones de déjà vú!

Se oía viento agitarse, Cuddy se abrigó. Era demasiada la agitación. Miraron hacia atrás: la atmósfera estaba cortada, arremolinada, ya estaba encima. No había qué hacer.

Volar.


Cuando Cuddy abrió los ojos se encontró con una pared de adobe y un calor infernal. Se levantó usando sus brazos como palancas quedando de las caderas hacia abajo apoyada en el suelo. Se deshizo de las frazadas que le abrigaban y se sentó. Su ropa era la misma, sólo estaba sin zapatos ni su abrigo. Estaba muy acolchada en el suelo y sola.

¿House?

Se frotó el rostro tratando de recordar. Tenía mucho frío, se sentía mal, estaba asustada, malestar con House, un torbellino, un golpe, pies en el aire, más frío… Pared de adobe.

Se levantó y se dirigió al agujero de la puerta por el cual se asomaba el sol que debía venir de otra puerta o ventanas.

Allí estaba House tomando una sopa y una señora de piel morena y arrugada sentada a su lado, cardando lana.

—Buenos… ¿Qué hora es? —preguntó Cuddy acercándose a la señora, pero dirigiéndose a House.

—Más de las dos de la tarde, según el reloj de sol que hay afuera —contestó House sin dejar de tomar de su sopa.

La mujer le dijo algo que supuso sería un saludo, por lo que respondió con lo más parecido a las sílabas pronunciadas por ella.

La mujer se puso de pie y le ofreció una silla. Cuddy se sentó dándole las gracias.

asan, asan —dijo House como adulando a la mujer.

La israelí hizo una reverencia con la cabeza. Se acercó con un plato de sopa hasta Cuddy y se lo puso sobre la mesa.

asan —ahora House se dirigió a Cuddy como queriendo persuadirla.

Cuddy lo miró molesta y se dirigió a la mujer.

šukran —moduló Cuddy haciendo una reverencia con la cabeza.

La mujer pareció honrada y se devolvió a su labor.

Comieron en silencio, uno frente al otro, ella algo incómoda, él para nada.

Llegó un muchacho moreno cargando unas hortalizas. Por el tono pareció preguntar algo a la mujer y ella le contestó, pero luego se puso en pie y se lo llevó a fuera.

—¿Cómo llegamos aquí? —preguntó Cuddy en un susurro, cuando se encontraron solos.

—No sé. Me golpee en la cabeza y no me acuerdo que nada más que de ver adobe y vigas de madera. Luego el alba. ¿Qué te parece estar en la casita de Hansel y Gretel?

—Cállate. ¿Dónde estaremos?

—En una casita de chocolate no comestible, Gretel.

—Ya lo sé. Lo que quiero saber es dónde está ubicada la casita, Dorothy.

—No estamos muy lejos de la base, ni tampoco tan cerca, se ve en el horizonte. Si te hubieras levantado temprano lo sabrías Bella Durmiente.

—¿Nos iremos, Cuasimodo?

—Sí, Ana Frank. No quiero que el tío Adolfo te vaya a coger.

—Gracias por querer llevarme al país de Nunca Jamás, Peter Pan.

—Descuida Pulgarcita, yo te cuido.

Cuddy le iría a contestar algo más, pero sabía que si se le ocurría continuarle el juego no acabaría nunca. Se puso a comer.

—Necesito un baño —comentó Cuddy incómoda.

—Pues hay un poso negro como a quinientos metros de la casa¿te sirve?

—Es lo que hay —contestó encogiéndose de hombros, echándose hacia atrás en la silla.

Volvió a entrar la mujer sola y con una kippa en las manos y se le entregó a House, le dijo unas palabras que no entendió, pero cuando ella se señaló la cabeza y luego le quitó el sombrero de las manos para ella misma realizar la acción: ponérselo en la cabeza. Ahí a House ya no le cupieron dudas de qué quería decir. Cuddy sólo miraba la escena.

—Pasas por israelí —le comentó Cuddy.

House hizo un gesto de "qué graciosa, no me molestes".

Ahora la israelí le hizo gestos a Cuddy para que comiera, quien hizo caso y ella se volteó a guardar en unos canastos de mimbre diferentes la lana cardada y la que no estaba lista. Cogió uno y se lo llevó a fuera.

De nuevo solos.

—Mujer pecadora: cúbrete con un velo blanco —quiso molestar House a Cuddy.

—Eso es en Irán. Estamos Israel.

—¿Cómo lo sabes¿Hueles la sangre?

—Es la kippa —explicó desganada.

—Y ¿conseguiste mega tampones? —consultó House, cambiando de tema.

—¿Mega tampones?

—Sí. Después de Fisherman dudo que los "súper" te sirvan.

Cuddy se controló para sujetar bien la cuchara y no dejarla caer estruendosamente sobre el plato casi vacío. No le contestó, se de dedicó a comer.

Le dolió esa frase, no porque le molestara, sino porque le hizo recordar el error, la estupidez en que incurrió por sentirse insegura, por desechar en un segundo todo sentimiento virtuoso hacia el ente que siempre fue inspiración para ellos, porque cada vez que volvían a llenarla lentamente, él mismo se los arrebataba nuevamente con alguna palabra desazonada de dulzura y condimentada sólo de café. Él era el Todo y la Nada. Un ser aborrecible y atractivo. Su corazón y su cruz. Su alegría y su tristeza. Su ángel y su verdugo… Era como si la quisiera hundir en la arena, sin querer o no, ni idea.

Déjà vú.

—¿Cómo se llamará esta sopa? —preguntó por olvidar sus pensamientos y sensaciones, cuando la mujer entró a buscar el otro canasto y volver a salir.

—Kneidlaj de harina de matzá —contestó el muchacho que volvía a entrar cargando un canasto con una gallina que parecía recién muerta para dejarla sobre una mesita al lado del fogón.

—¿Hablas español? —le preguntó House.

—Más o menos —y salió.

Cuddy había quedado helada. Ya era demasiado. Tragar arena, arenilla metiéndosele por los pechos, House "preocupándose", lastimándola luego, la harina de matzá.

La mujer agarró un gran cuchillo y a la gallina por las patas, posándola sobre la mesa y le voló la cabeza.


Se marcharon al siguiente día con las indicaciones para llegar a Eilat. Cuddy se consiguió unas faldas para cambiarse y ambos unos pañuelos para cubrirse la cara del sol. Tendrían un largo trecho por delante.

…O eso creían.

Cuando pasaban por uno de los pueblos áridos bajo el cielo abrasador un dardo dio bajo la clavícula de House.

—¡Idiotas! —gritó con el odio reflejado en la cara, sacándose el dardo de ese lugar con dificultad, soltándolo y cayendo al suelo inconsciente.

—¡House! —Cuddy se hincó a su lado e iba a revisarlo, pero —¡Ah! —un dardo le dio con fuerza en la parte baja de atrás del cuello.

Se sintió mareada, le dolió el piquete, quiso sacárselo, pero no alcanzó para cuando ya se había desparramado sobre el suelo, sobre House.

Y un viento trajo a un grupo de hombres que cargaron los cuerpos en la dirección abandonada.


Cuddy abrió lentamente los ojos. Estaba adolorida, extrañamente sudada… Hizo una mueca antes de parpadear para lavar sus córneas y poder mirar a su alrededor, pero lo primero que vio…

—¿Fisherman?

Ahí, sentado frente a ella, estaba el hombre que le había ayudado a caer en la desolación, en el dolor, todo por un "no" y por un "bien".

—¿Cómo estás? —le preguntó a Cuddy tratando de alcanzar su rostro con su mano, pero ella la esquivó.

—No me toques —escupió entre dientes.

Trató de moverse, pero tenía las manos esposadas a la espalda y luego notó que los tobillos también eran aprisionados por grilletes.

—¿Qué haces aquí? —consultó Cuddy intentando sentarse sobre sus pantorrillas.

—Te acompaño.

—Ya… —claro tono de no creerle. —¿Dónde está House?

Fisherman puso cara de pocos amigos y se levantó y se dirigió hacia la puerta metálica.

Recién en ese momento Cuddy comenzó a analizar su alrededor: metal, metal y más metal. Cuatro paredes de metal y una cama de madera sujeta por unas cadenas, ninguna ventana, sólo una pequeña ventanilla con rejillas a la altura del rostro, pero para ella se notaba era alta.

—Sólo te preocupa ese cojito.

—¿Qué me hiciste? —gruñó Cuddy cambiando radicalmente el tema, pues recién notó a cabalidad que ya no tenía puestas todas las faldas que llevaba cuando salió de la casa de adobe.

Fisherman se volteó y miró como ella se levantaba a duras penas, ayudándose con la pared.

—Tú me amenazaste… —el labio comenzó a temblarle demasiado a Cuddy, los ojos se le aguaron al ver la reacción del negro.

Él se giró hacia ella y la observó altivo.

—Yo no amenazo. Digo y hago —se giró, abrió la puerta y una sombra se vislumbró por ella.

Cuddy quiso ir a golpearle, pero no podía moverse, las heridas eran profundas, las lágrimas quemaban y afloraban sin cesar y los gritos y gemidos no eran suficientes para desahogar su dolor. Gritar, sollozar… Se resbalaba por la pared, sufría, no quería caer, no tanto, no por eso…

La sombra movió el brazo y Fisherman salió, pero antes de que cerrara la puerta, Cuddy volvió a la Tierra.

—¡Maldito¿Dónde está House? —gritó con voz temblorosa dando un par de pasos que se detuvieron al ser cerrada la puerta en sus narices.

—Vamos —oyó ordenar a la voz que debía ser del dueño de la sombra… reconoció a Udelhoffen.

Cuddy comenzó a aporrear la puerta con su cuerpo, a dañarse. Nada le importaba. Estaba dolida, quebrada, sola…

Se asomó por la ventanilla como pudo:

—¿¡A dónde van!? —aulló con la garganta agarrotada. —¡Malditos¿Dónde está House¿¡DÓNDE ESTÁ HOUSE!?

Gritos, sollozos, lágrimas, resbalar, caer, dolor… heridas, grandes heridas. Alma quebrada, alma ida, alma vuelve…

—House…

Sin más, resultó que de caderas abajo ya estaba enterrada y en posición vertical, pero ya no era House quien intentaba ahogarla en la arena, era Fisherman y alguien de brazos cruzados, observando con una sonrisa insana la escena, estaba detrás de él. De House sólo se veían sus pies y sus tobillos sobresalir de la arena, además de su cabeza con un tajo sangrante entre la sien y la mejilla, tirada un poco más allá…

Déjà vú.


Del árabe

hasan: bueno

sukran: gracias

kippa: sombrero israelí para cubrirse la nuca -como el solideo- (ver google para más info xD)

Gracias por sus reviews a: kmi17, aCaae, rasaaabe, Ireth Isilra, dKmps (usa los PM que me haces creer que tengo más reviews xD), Stefi Delacour, NessylovesRoger, oO Capitán Jack Sparrow Oo (tenemos un hombre huddy entre nosotras!!xD), Ak1sA, mery! y Natalia. Siempre estaré muy agradecida de "oírles" y recibir todas sus palabras, así como a quien se anime a dejarme un review :D

Próximo capítulo: "El muro de los lamentos" (espero no cambiarlo :)...)