Hey! Al fin! Ya me debéis haber olvidado, pues bien, les recuerdo que soy Rowen de la H, para efectos de simplificación Rowen, para los amigos Row, para cierta niña con gran imaginación ni se le ocurra decirme como le tengo prohibido XD... ok... ya empecé a dar pena.

En el chap anterior quería hacer una referencia, lo olvidé, lo hago aquí: sólo por si no lo habían notado la parte de la cerca eláctrica es para destacar la actuación de Hugh Laurie en la película 101 dálamatas de Disney (R) y esa escena en particular... mmm... yap... Eso.

Actualmente me encuentro estudiando esclvizada y todas esas quejas típicas q hacen q suene chistosa la tortura a la q he escapado olímpicmente, pero ya me las quiero ver con un certamen al frente.

Chap 8! No tiene mayores comentarios irónicos, porque puede q echen de menos un "esto es de la época de los trogloditas", pero ya vendrán...

Ok, me marcho, que me matarán si no, es tarde y me tengo q dormir ya si no quiero parecer zombi en clases y no entender ni un rábano.

Ya... acá va:


Capítulo 8

EL MURO DE LOS LAMENTOS

Cuddy resbalaba sollozando por la fría puerta. Se recogía de tal manera que sus rodillas acabaron por ocultar su cabeza, sus brazos las abrazaron y su pelo se convirtió en cortina para sus ojos anegados. Sus manos se fueron a enredar a él, a los gimoteos los obligó a ahogarlos en la garganta y al sudor a enfriarse al intentar calmarse.

Ten fortaleza, Cuddy. Calma. Respira…

Echó la cabeza hacia atrás y estiró las piernas sobre el suelo. Miraba el cielo raso oscuro, apenas nada iluminado, con esa mirada vacía que la caracterizaba desde que cometió La Estupidez.

Y ahora otra.

Es cierto que ésta no era SU culpa, tampoco se le podía calificar de error, ni siquiera sabía si realmente le había ocurrido lo que pensaba, pero el dolor en su entrepierna, el sudor, el mal olor y cierta sustancia viscosa que halló desparramada por sus pechos ahora que había metido la mano entre su chaleco rosa para calmarse el corazón, no hacían más que confirmarle su hipótesis.

¿Cómo calificar este nuevo hecho? No iba a sufrir por ello. Tampoco se arriesgó; de hecho, escapar con House era parte del plan anti-amenaza-de-Fisherman… no creía que fuera tan cierta.

Esto no era su culpa.

¿Cómo llamarlo¿Cómo nombrarlo? No tenía nada que ver con ella esta vez. Ni siquiera se arriesgó¡escapó¿Habrá errado en eso¿Sería su culpa por cobardía? Quería cuidarse… ¡No, no, no! No era culpa suya. Pero ¿por qué la insistencia de su mente en encontrarle el punto donde ella fuese responsable? No era su culpa, no lo era…

No era una estupidez, menos un error, entonces no había más que llamarlo… violación.

No. Ella no tenía la culpa.

Suspiro. Mente en blanco. Siguiente tema:

House¿dónde estás¿A dónde te han mandado¿Qué han hecho contigo? Me dejas sola de nuevo, sé que no acudiría a ti a llorarte mis heridas, porque siempre temo que te burles, pero acudo a otros. Acá no, estoy sola, sólo contigo y parece que ahora ya te has ido, te han sacado de en medio o qué diablos. ¡House!

Una lágrima rodó por su pegajosa mejilla. La vista pegada al cielo raso ahora se hacía cortinas con los párpados. La cabeza se ladea parsimoniosamente hacia su hombro, para acabar de medio lado abriendo los ojos enrojecidos acentuado el azul pigmento de los irises. Las pestañas de techo para carámbanos acuosos y redondos sosteniendo el aluvión que enviaban los lagrimales.

Dolía el poco respeto de Fisherman al haberla usado y desusado, pero era una herida mucho más física que emocional. No había sido despojada de su virginidad, sólo no se le respetó su libre albedrío, su espacio personal, su patrimonio corporal y mental, no fue consultada, ni siquiera fue consciente como para, a ciencia cierta, dar por consumado el hecho. Dolía… sí. Pero que la despojaran de la compañía de su única "familia", por llamarlo de alguna forma, era algo que la tenía desolada.

House era la única persona que en algo la conocía (yo sé que es más que sólo "algo") y si estaba destrozada en ese lugar, lejos de su hogar, de Nueva Jersey, de sus amigos, de todo, y si alguna vez se le ocurrió decir aquella frasecita de "aunque fueses la última persona en el planeta, jamás…", pediría perdón a Dios o quien tuviese que pedírselo, porque ahora House era lo único que le quedaba, que le recordaba que debía ser fuerte y más aún: qué es lo que era antes de "esto". Pero si de desahogarse se trataba, patética o no, y como sola no lo haría, acudiría a él, aunque la ignorase y se sintiese fastidiado, ella se mostraría vulnerable ante él si tuviera oportunidad, porque ya no aguantaba más el suplicio de guardar sus dolores, de ocultar sus heridas, de rasgar las cicatrices prematuras. Necesitaba un hombro confiable si se diera el caso. Sólo estaba House. La última opción de su vida en Occidente, la primera en Oriente donde no existía mejor "sanador", aunque fuese con sus antipatías. Ella lo necesitaba.

No te olvides de mí…

Frase abierta. Tómela Dios, tómela House. Sólo quiere antes de que le gane el sueño sentirse algo consolada. Acompañada…


Abrió los ojos, con un brinco el corazón asustado despertó. Se había oído como un abrir de fauces. Unos aporreos. ¿Por qué se había quedado dormida en tan incómoda posición? Su cuello era víctima de una tortícolis que daban ganas de maldecir. ¡Ay¡Cómo dolía!

¡Pum! Un tumbo seco al suelo. Un ruido como de palmas chocando. Un gemido. Un grito.

—¡Perros!

—¡Cállate!

Un chasquido eléctrico.

Un grito. Un gran grito. Silencio.

—¿Lo mataste? —una voz sorprendida.

Pasos.

—No. El corazón a un late. Está inconsciente.

Y una mujer suspirando aliviada.

Cuddy se levantó y se asomó por la ventanilla agarrándose de los barrotes para dar con la altura necesaria. Dos sombras. El lugar apenas contaba con iluminación, pero sabía perfectamente de quienes se trataba.

—Fisherman, Udelhoffen ¡déjenlo en paz!

—No es House —la voz de Udelhoffen.

—No me importa. ¿Quién les da el derecho para maltratar a otros?

—Cállate —voz cabreada.

—¿Por qué Fisherman¿Me vas a golpear para callarme? Porque al menos no te haces un poquito hombre y me confirmas una cosa¿me violaste?

—No sé si contará si en alguna otra ocasión ya me has consentido.

A Cuddy le embargó la rabia y la impotencia de nuevo. Las lágrimas cayeron solas, no tuvo tiempo ni de pensarlas ni de detenerlas, escapaban de sus ojos con miedo de lo que les pudiese ocurrir si se quedaban allí aguardando a que ella decidiera. Pero… ¡no podía quedarse así! Lloraba sin parar, sin consuelo, su mente no recordaba otra cosa: gritar, golpear, caminar, nada, sólo llorar. Debía decirle algo, pero su condición no la ayudaba.

Oyó un cerrar se fauces.

Llorar sin consuelo, sola…

—¿A dónde se han llevado a House? —preguntó con la voz quebrada.

Había vuelto a Tierra. Lograba canalizar impulsos mentales en parar de llorar.

Se oyó el chasquido de una cerradura.

—A ninguna parte —contestó Udelhoffen.

—¿Qué le han hecho? —insistió.

—Nada que no se mereciera —esta vez habló Fisherman con los dientes apretados.

—Nada de lo que ustedes dos le hagan es algo que se merezca.

—¿Y lo que tú le hagas sí?

Cuddy se quedó callada. El tono de esa pregunta no le gustó, le sonó a que traía una treta oculta bajo la manga.

—Probablemente.

La cerradura presionada a abrirse se escuchó ahora en su puerta. Abrir de fauces. Udelhoffen estaba frente a ella y Fisherman detrás de él.

—Sígueme —ordenó el médico militar.

Ella no se movió.

—¡Que te muevas! —Fisherman la agarró violentamente por el antebrazo y la sacó de la celda.

Cuddy gimió, resistió, pero no duró más de dos segundos su lucha ante la clara desventaja, dio el par de zancadas para no caer y avanzó otro par de pasos ayudada de un empujón hasta el frente de la celda del lado, que Udelhoffen volvía a abrir.

Y el abrir de fauces que dio paso a una penumbra al otro lado de la puerta que sólo distinguía un bulto quieto. Un bulto que, a medida que el portón se iba hacia atrás, permitía ser vislumbrado con la tenue y mezquina luz de la ampolleta frente a ella por el pasillo.

—¡House! —gritó Cuddy dispuesta a socorrerle, pero Fisherman la sujetó por la cintura.

House estaba tendido en el suelo de costado, inconsciente por lo visto. Lo único que pudo distinguir fue que la ropa estaba algo raída, sucia y que andaba descalzo, pero lo más triste y preocupante fue ver un chorro de sangre que le bañaba la cara desde un tajo en su sien.

Un déjà vú más fuerte que los demás la recorrió, uno que llegó a dolerle, todo porque era casi literal; por sí sólo se explicaba casi a la perfección, tan sólo bastaba algo de interpretación, muy poca…

—¡Suéltame!

Fisherman la abrazó más a sí, pero ahora aprisionando sus brazos. Ella no paró de luchar. Observó su alrededor buscando respuestas para House. Observó su interior tratando de hallar respuestas para ella.

Notó que Udelhoffen sujetaba un bastón de descargas eléctricas. Demasiado tarde para preguntar si lo había usado con House. Ya lo utilizaban con ella.

Oscuridad.


—¡Eh¡House¡Despierta!

Las palabras resonaban como cantos infernales de las mañanas en que las madres levantan a sus hijos para que vayan al colegio.

—Ya sé que me oyes. Abre los ojos.

Órdenes. Madre llamando. Querrá castigarle. No… Positivamente: vida. ¿Cuánto tiempo habrá estado dormido? O tal vez cabía preguntar ¿cuánto tiempo habrá estado muerto antes de resucitar?… Abrió los ojos lentamente. ¡Oh¡Maldición! Se vio obligado a cerrarlos. Mamá molestaba para que se levantara de una vez. Luz directa.

—¡Apaga eso! —sus primeras palabras luego de tiempo inestimable de no oír su voz.

Y se apagó la luz. Abrió los ojos. Había un reflejo hacia sus pies. No se había apagado, la habían cambiado de lugar. Miró a su alrededor.

—¿Gordon?

—¡Hasta que despertaste, hombre!

—Somos dos milagros de la vida —comentó sarcástico. Intentó levantarse. —¡Au!

Gordon dejó la linterna en el suelo y le ayudó a volver a la posición horizontal de manera más cómoda.

—¿Qué es lo que me duele a la altura de la sexta costilla izquierda? —preguntó House sobándose el tórax.

—Te han pegado una descarga eléctrica. Además tienes signos de maltrato físico¿intentaron sacarte información a la fuerza?

—Si lo hicieron, no me acuerdo —contestó House llevándose las manos a la cabeza. Luego las empuñó y las bajó a los costados apretando los dientes quejándose de dolor.

—¿Qué te duele?

—La pierna, la espalda y… —House jugó con los dedos de su mano derecha y notó algo viscoso entre ellos. —¿Podrías iluminarme la mano? —pidió al tiempo que se la llevaba frente a los ojos. —Sangre. ¿Qué me han hecho en la cabeza?

—No estoy seguro. Acabo de llegar y no te he visto bien. Uhmmm… Tienes un corte. ¿Dijiste que te dolía la espalda?

—Sí.

—A ver —hizo un esfuerzo al tratar de sentarlo. House se quejó de dolor. —Perdona. Uy —Gordon frunció el ceño preocupado por lo que veía. —Te dieron un par de azotes. ¿Qué fue lo que no quisiste decirles?

—¡No lo sé¡Ay! —exprimió el rostro. Se llevó las manos al pecho —Y ¿mis vicodinas?

—Si Udelhoffen tiene que ver con esto, no creo que las haya querido pasar por alto.

—¡Mejor deja de hacer chistes y dame algo para quitarme el dolor!

Gordon frunció el ceño. Sabía que le dolía y por eso se ponía antipático, pero tampoco lo justificaba con eso. Agarró una jeringuilla que tenía guardada y se la pinchó en la espalda.

—Morfina —informó.

—Estará bien. ¿Tendrás una dosis especial para mi pierna?

Gordon lo miró escéptico y le pasó una jeringa más pequeña para que él mismo se la suministrara. House lo hizo aliviado de que podría olvidar el dolor un rato.

—Lo de la cabeza pudo haber sido un azote mal dado.

—O bien dado. Y hablando de otra cosa¿dónde estoy?

—En una celda, encarcelado.

—¿Esto es obra de Udelhoffen, cierto?

—Sí.

—¿Por qué me odiará tanto? No le he puesto un termómetro por el recto ni nada.

—Tal vez porque haces lo que quieres —Gordon se ganó frente a él.

House lo observó un momento.

—Tú me estás ayudando —notó. —¿Cómo es que has podido llegar hasta aquí? Porque no creo que Udelhoffen te haya mandado a sanarme.

—La verdad es que no. No sé cómo sucedió, pero la doctora Goldsmith se consiguió las llaves y me pidió que la acompañara a buscarlos y ayudarlos.

—No creo que se haya "conseguido" las llaves, precisamente. Y por cierto, "¿buscarlos?".

—Sí, debíamos averiguar dónde est…

—No. ¿Por qué hablas en plural?

—Tú y Cuddy están acá.

—¿Cuddy?

—¿Tan fuerte fue el sopetón que no te acuerdas de ella?

—No… es que… ¿También la han encerrado?

—Y la han golpeado. Goldsmith está con ella.


—¿Doctora Cuddy?

—¿Sí? —ella abrió los ojos lentamente, con expresión cansina.

—¿Se encuentra bien?

—Algo maltratada. ¡Au! —se llevó una mano al vientre.

Goldsmith le inyectó algo de morfina.

—No exageres.

—Tranquilícese, le daré dosis que no la hagan adicta.

Adicta. Adicción. Adicto.

—¿Sabes algo de House?

—Está en la celda del lado. Está muy mal. Por poco y no la cuenta. El doctor Gordon lo está viendo.

—Gordon. ¿Él está bien?

Goldsmith se quedó quieta mirándola fijamente con clara expresión de "está hecha añicos y ¿se preocupa cómo está otro?".

—Sí. Bien —le dirigió una mirada penetrante.

—¿Qué pasa? —preguntó Cuddy que ya estaba incómoda con su mirada.

La uróloga dio un suspiro.

—¿Qué más le duele? —hubo una clara evasión.

—Nada. Y dime¿en qué estabas pensando?

—Nada. Ya me olvidé —se puso de pie.

La verdad es que Cuddy no tenía muchas ganas de seguir insistiendo y como ella parecía no querer hablar del tema, lo dejó. Tenía sus propios problemas como para llenarse con los de otros.

—¿Cuántos días he estado aquí?

—Dos y algunas horas.

—¡Incosciente?

—No. Desde que supimos que los habían traído.

Gordon había oído llegar a Udelhoffen rabiando hasta la sala de atenciones desde el laboratorio. Le observó detenidamente los gestos de ira, le oyó mascullar irascible, escuchó los nombres "House" y "Cuddy" entremedio. Se fue de la sala y le siguió. Le vio dirigirse hasta los guardias de la entrada quienes le dieron salida. Gordon se acercó y les dijo "Udelhoffen quería hablar conmigo¿tienen idea de qué podría tratarse?", ellos le respondieron que "no" y que se marchara luego, si no quería que lo fusilaran en medio del pasillo.

Luego me lo contó y supusimos que no se trataría de nada bueno. Bien, estuvimos alerta. Era de noche cuando oímos ruidos, más bien él y me fue a buscar. Se nos perdieron. Vimos guardias y nos volvimos a las habitaciones. Al otro día Udelhoffen había vuelto con Fisherman. Yo me encargué de Udelhoffen y Gordon de Fisherman para sonsacarles información. Nos preocupamos montones. Gordon pudo, a base de peleas, saber que habían llegado. Yo me encargué de conseguir la llave y aquí estamos.

Cuddy le oía en silencio. Se sentía algo nauseabunda. No quería ser insolente, pero tenía otra preocupación en este momento.

—Violet… Gracias.

La joven sonrió.

—De nada.

Cuddy torció el rostro y agachó la cabeza incómoda.

—¿Qué le pasa?

—¿Sabes dónde puedo ir al baño?

Goldsmith la miró un momento. Se puso de pie y salió. Volvió al minuto y entró con una chata metálica entre las manos. Cuddy la miró interrogante.

—¿Es sólo pipí? —preguntó la joven.

—Sí, pero…

—No me alegue —dejó el urinal en el suelo al lado de ella. —Es lo que hay. No se preocupe que soy médico, he visto miles de orinas, además soy uróloga, no me va a sorprender.

—Pero…

—Sí está menstruando no tengo algo con que… ¡ah, no! Sí, sí tengo —le alcanzó una gasa. —Puede usar una parte para secarse y la otra para dejársela de toalla.

—¿Tan simple lo ves?

—Es simple si ve la funcionalidad básica. Será orina con sangre, algo más olorosa. Nada terrible. Tengo experiencia en olores fuertes y no tengo tiempo, porque ya me debo marchar. Voy a estar afuera, me avisa cuando esté lista —y salió.

Cuddy vio el orinal a su lado, lo tomó con una mano. Las piernas apretadas.

Tú ganas.

Ninguna otra opción. La única. Sólo coger bien el orinal y ponerlo donde debía y hacer lo que correspondía.

—Puedes entrar —dijo, abriéndole la puerta con la chata en las manos. Estaba algo avergonzada.

Goldsmith la cogió mientras le decía:

—Los médicos encontramos todo natural hasta que nos toca a nosotros estar en la otra vereda.

Cuddy miró al suelo. Elevó la cabeza.

—¿Tienes más morfina?

—Sí.

—¿Me la puedes dar?

Goldsmith miró a ambos lados y se la entregó.

—Se la doy, pero cuídela. ¿Para qué la quiere?

—¿Puedo ver a House?

La uróloga sonrió.

—No lo creo. Gordon ya ha salido y debemos irnos. Nos pueden encontrar y no podremos ayudarles más. Ya veremos como sacarlos de aquí. Adiós —y cerró la puerta.

—¿Cómo obtuviste las llaves?

La única respuesta fue la de un golpe metálico al fondo del algún pasillo y luego pasos que se marchaban a la semilibertad.

Cuddy se encaminó hasta la banca de madera a sentarse cuando una voz familiar se hizo presente.

—¿Cuddy?

El corazón le saltó. Volvía a sentir la vida rápida. La sangre que corría y le devolvía los colores. La garganta apretada y los ojos acuosos. Sí, estaba sensible, pero ya no era por ella, ni era dolor, era… ¿felicidad¿Cómo se podía ser feliz en un momento así¿Cómo podía ser el rayito de esperanza la voz de aquel hombre? Estaba loca. Esta situación la estaba volviendo loca, pero era todo lo que tenía de su antigua vida, de aquella en que todo era perfecto, o aquella en que al menos poseía cierto control. Nada más abrir la boca para recuperarla en algo.

—¿House?

—Sí.

Momento de silencio. De largo silencio. De catar el reecuentro.

Ella estaba viva. Se le oía excitada, como si tras arrebatarle el alma se la hubiesen devuelto y hubiese olvidado cómo manejarla. La voz le temblaba y parecía querer llorar. O al menos eso le dio la impresión a Gregory House.

Él le hablaba. Sobrevivió. Se le oía frágil, un hilo de voz. Algo apenas audible, pero lo suficiente para saber que se encontraba allí, que no era una ilusión, que era real, cierto, verídico, tangible… Si Lisa Cuddy pudiera tocarlo sería tranquilidad absoluta.

Ninguno de los dos sabía qué decir. Ella demasiado impresionada, emocionada… Él demasiado dolido, lastimado… tal vez, consternado.

—Cuddy.

—Dime.

Él se afirmó en la puerta y con la mano derecha se agarró de uno de los barrotes de la ventanilla para no caer por la debilidad. Quería estar seguro de que sus palabras fueran oídas por la mujer en la que tiene que haber estado pensando cuando firmó aquel papel que lo comprometió a esto; deseaba tener certeza de que sus palabras llegaran a su destinataria y que las que vendrían de vuelta, para formar aquello que muchos llaman "conversación", él las escucharía con la menor contaminación atmosférica posible.

Ella se pegó a la puerta, alzando la vista hacia la ventanilla, pero sin hacer esfuerzos por mirar a través ella, sólo quería mirar hacia el lugar de donde provenía la voz de sus recuerdos, de su pasado, de su voluntad y de su firmeza.

—Ah… ¿Qué te hicieron?

¿Qué¿Serían sus últimos minutos? Por favor ¡no¿Por qué le preocupaba si le habían hecho algo? No es que le molestara, al contrario, si no fuese porque eran tan dolorosas las palabras que debía pronunciar, aquellas que le dirían certeramente qué fue lo que le pasó; no quería recordarlas, no quería tener memoria de ellas, quería que se fueran en algún tornado del desierto, que las barriera el mar.

Que el mar barra con sus dolores. Que una fuerte ola desprenda un par de rocas y que se las lleve consigo, eso significaría desprenderle de algo y dañarla el propio mar. El mar debía ser un amigo, un confidente, la esperanza última entre tanta tormenta de arena. Humanos imprudentes que rayan la piedra, que apresuran su erosión, que le quiebran y maltratan y luego los pedazos desperdigados, muertos, los patean un rato para luego el mar, en su piadoso vaivén, acabe introduciéndolos en sí para descontaminar la playa, esa a la que todos asisten, que todos ven, esa que es de uso público o de visita general. Y el mar puede hacer suyos esos pedazos y llevarlos a su centro a su fondo, pero la roca de la orilla seguirá herida, y no habrá cura futura, ni recomposición, ni nada, sólo una herida abierta, al rojo vivo, mostrando todas sus riquezas minerales, de tenerlas, o su fosilación a través de los tiempos, de la historia, de la erosión y de las crecidas del mar, toda una historia entre ella y el azul océano, ese que ahora le daba caricias en suaves oleajes para tratar en algún modo reparar un daño que él no hizo, pero del cual se sentía culpable al llevarse a su interior los pedazos quebrados de la roca que algún humano insensible desperdigó.

—N- nada.

Pero temía al mar.

¿Por qué era tan difícil hacer que la roca fuese blanda¿Cuántas marejadas tendría que mandarle encima para lograrlo? Aunque si se lo pensaba dos segundos más, con eso no lograría otra cosa más que erosionarla, dañarla. Jamás que reblandeciera, sólo romperla, lo que significaba destrozarla, desparramarla, botarla, abandonarla… No podía. No ahora, no hoy. No cuando él mismo necesitaba una cueva de rocas que le cobijara y calmara antes de pensar en bajar su marea a niveles declinantes, mortíferos.

—Eres la peor mentirosa que he conocido. Gordon me dijo que te golpearon.

—No me golpearon.

—Entonces¿qué te hicieron?

—Encerrarme aquí.

—¡Oh! Pues mira que yo estoy en unas termas con prostitutas a mi alrededor.

—¿Sí¿Y qué tal es?

Voz vacía. No hay real interés, real sarcasmo. Es fingido sarcasmo, fingida preocupación de seguir la conversación. Lograr hilar frases de dos líneas¿se podrá¿Cómo lo haría el mar para entrar en la roca¿Erosionándola y dañándola directamente o buscando las cavernas subterráneas y de manera indirecta dar a relucir aquellos secretos?

Lisa Cuddy estaba lastimada, eso se notaba aún cuanto un muro les separaba y no les permitía verse a los ojos. House era conocedor de reacciones y ella no era la excepción, con la diferencia que se ha dedicado tanto a su estudio, que puede reconocer el más mínimo quiebre en su voz o el más leve timbre desafinado que le aseguraba que su cabeza estaba embriagada con amargos recuerdos o sentimientos.

—A mí me golpearon. Me dieron shocks eléctricos. Querían matarme, no me importó…

—Lo sé.

—¿Qué sabes?

—Que no te importa.

House esbozó un rictus que pudo haber sido más grande de no ser por la pierna que le estaba demandando atención a desgarradores gritos. Se quejó.

—House¿estás bien? —silencio. —House. ¡House! —se alzó por la ventanilla.

—¿Qué? —gruñó.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Es por la pierna?

—¡Sí! —bramó. —¿Lo tuyo es por Fisherman?

Silencio. House sacó la oreja por entre los barrotes para ver si así podía oír qué sucedía en su vecina celda. Pero nada.

—El silencio otorga —dijo.

Silencio. Cuddy trataba de contener los impulsos por volver a matar su fortaleza que había logrado montar de manera poco eficiente. Cinco segundos.

—¿Cómo está tu pierna?

Pierna. Lo único que le importaba. Mentira. A ella lo que le importaba era eludir el tema trascendental… tal cual él alguna… muchas… la mayoría de las veces.

—¿Puedes estirar tu brazo por los barrotes? Tengo morfina.

Morfina. Tentación. Quería información. ¡Maldita por tentarlo¡Maldita por eludir! Su pierna lloraba en el sufrimiento que le supuso la erosión forzada alguna vez hecha. Odio, rencor. No ahora, no hoy. Cuddy, me abres heridas, me recuerdas heridas. Un muslo mutilado me condena a no olvidar, tus evasivas me ayudan a enojar¿por qué la gente pretende ocultar la verdad? No, no era por la gente, que todos le mintiesen como quisiesen, él lo sabía; pero que lo hiciera Cuddy y más encima tan mal, le hacían creer que la morfina era mejor amiga que la súplica de una información reservada. Pero Gregory House era droga y sonsacar verdades. Lisa Cuddy jamás sería la excepción. Menos con aquel ingenuo carácter que le facilitaba para con él la tarea.

—Dámela —dijo con el brazo ya estirado hacia fuera, todo lo posible hasta su celda. Cuddy hizo lo mismo con una de las jeringas en su mano.

—No te alcanzo.

—Lánzamela.

Cuddy trató de mirar por la ventanita, algo, casi nada vislumbró.

—No te veo.

—Yo tampoco. Sólo lánzamela.

—Esto será cuestión de suerte.

—Será cuestión de mis reflejos. Dale.

Cuddy asintió. Contó hasta tres y lo lanzó.

Se oyó un sonido metálico fuerte, como si hubiesen aporreado la puerta: House la había cogido, pero para asegurarse de que la jeringuilla no escapara de su mano fue que tuvo que dar ese golpe seco. La rodó hasta cogerla con seguridad y volvió su brazo al interior para llevarse el líquido a donde debía ir. Un momento de paz. Suspiró.

—¿Qué te hizo Fisherman? —preguntó, tirando la jeringuilla lejos.

—¿Por qué te maltrataron tanto?

—Por cabrón. Te toca.

—Eso es mentira.

—¡Oye! Más de alguien quisiera ahorcarme por ser como soy.

—Aquí no o te hubieran hecho como a Gordon cuando le dispararon: frente a todos.

—Te olvidas de que nos escapamos, tal vez estaba en sus planes.

—Fue diez días después de eso.

—Está bien. Tú ganas. Pero te contesto si tú me dices qué te pasó a ti.

—No… no es impor… —titubeó.

—¡Cállate! Cuddy, eres mala mintiendo y aún peor en esta condición, así que si te importa, ya sé que el tiempo nos sobra ahora y podríamos tener una absurda discusión de "sí" y "no" eterna, pero lo que quiero saber, lo quiera saber ya.

—¿Por qué lo quieres saber?

—¡Porque eres lo único importante que tengo!… Aquí —gritó cabreado.

House se quería golpear. ¿Cómo no controlar sus palabras? La morfina debió habérsela

inyectado en la lengua y no en la pierna.

Cuddy estaba de piedra. No sabía cómo reaccionar ante esa declaración. Si bien era algo que le hacía ilusión haber oído, no era el momento ni el lugar, menos el motivo por lo que le hubiese gustado escuchar esas palabras. Sin embargo, fuera de sus prejuicios, eran los símbolos que necesitaba articulados en alguna lengua querida.

—Fisherman me… No estoy muy segura, porque estaba inconsciente, pero… él… ¡Ay!

Cuddy quedó con las dos palabras cruciales en la boca, no pudo pronunciarlas. No era su culpa. ¡No era su culpa! Pero sentía sucia la saliva. Tenía asco. Las lágrimas quisieron lavarle la inconsciente incomprensión de que ella era víctima y no parte activa de lo que sucedió. Ni si quiera tenía la certeza… Tal vez por eso el medio de decirlo y mentir una vez más, pero Fisherman ya se lo había confirmado…

House no quiso forzarla. Ya no le iba a suplicar más. Si quería hablar, pues bien, no tenía nada mejor que hacer que escucharla, así que estaba disponible. Pero, probablemente, la táctica de la confesión diera resultado.

—A mí me golpearon —Cuddy lo oía entre sollozos —, porque Udelhoffen me tiene sangre en el ojo. Cuando tú aún estabas inconsciente y Fisherman te vino a dejar acá, yo desperté y traté de recuperar mis vicodinas…

—Eso… ¿es cierto?

—Sí, pero no es la razón por la que me golpearon. Fue para saber si había logrado contar a alguien sobre su "gran arma" y cómo lo había descubierto y todo eso. Y si tú habías hablado… Fisherman volvió, me pegaron un rato de gusto, ya verás como son valientes con un tullido más tullido que de costumbre y atado más encima y luego Udelhoffen dijo algo de "ve una manera de castigar a la otra" refiriéndose a ti y después no supe más, porque caí inconsciente.

—Yo desperté sudada, cansada, Fisherman frente a mí. Me… había violado —y se puso a llorar sin consuelo.

Cuddy pegó un brinco de susto: un ruido metálico, madera, quién sabe qué, pero algo fue aporreado en la celda a su lado.

—¡House¿Estás bien?

La violaron. ¡La violaron! Podría deshacerse en insultos y no sabe porqué, destrozó todo cuanto tenía cerca, todo, hasta a él mismo. No tenía idea de qué era lo que le embargaba al punto de querer asesinar a mano limpia, sin ningún cuidado y de manera tan imprudente, sería capaz de ir a buscar a Fisherman y degollarlo usando como cuchillos sus uñas y sin preocuparse de si hubiese público o no. En serio le hervía la sangre, en serio quería ser animal y trocar su racionalidad por un momento para poder ser una bestia integral.

—House…

—¡SÍ¡Estoy bien! —rugió a todo lo que su pulmón le dio.

Sabía que la había dañado, lo sabía, pues ella no tenía idea de los motivos de su cólera, lo más probable es que pensase que se trataba de su pierna o de cualquier otra cosa, menos de eso que él no comprendía, de aquello que le hacía preocuparse, enfurecerse, desear ser bestia íntegra, todo por un maldito que la había tocado más allá del límite de lo decente y permitido, sin si quiera dejarle defenderse… Dúo de cobardes. Al menos él estaba despierto, pero Cuddy no tenía idea de que podía usar sus músculos para rechazar los manoseos imprudentes de un negro de mierda.

Cuddy se deshizo una vez más. El corazón ya era polvo entre tantas emociones dolorosas. Los ojos tenían fugas de agua y la boca no respondía a cerrarse entre tanto dolorido grito acuoso. Y entre cada cristal derramando, entre tanta sangre mal usada, entre tanto dolor, amargura y desesperanza, encerrada entre tanto mal al alma desaparecida, es que la encuentra vulnerable el sentido grito de House, que no es más que apoyo, que aunque un muro se lo impida saber, ya lo entenderá.

Hubo silencio. Sólo las tripas lo irrumpían y sus dueños las ignoraban cruelmente. Hambre¿qué importaba? Parecía que había llegado una hora del atardecer en la que a House le gustaba hablar, porque le legua se le soltó:

—Cuddy —dijo adormilado, pero procurando ser claro y que se le entendiese.

Ella no contestó.

—Sé que estás dolida, pero… —House se sentía como un idiota¿sería el sueño el que le hacía disparar palabras que luego querría negar? Cabeza fría. Hace sueño. —Quiero que sepas que… yo te vengaré.

Ninguna respuesta, Ni una risita. Nada.

House suspiró. Le estaba desesperando su silencio.

—¡Cuddy…! —iba a gritar de nuevo, considerando la reacción actual: gran error. Cambió el tono: —No tengo nada mejor que ha… Cuddy cuenta conmigo.

Qué difícil… ¡Qué difícil! Dos palabras: "cuanta conmigo", pero que gran suplicio había sido intentar pronunciarlas. Y ahora se sentía comprometido. Ese silencio de Cuddy valía por todas las veces que le había perdonado y que él no… no había sabido aprovechar. Ahora era su oportunidad.

Si Gregory House hubiese sido un poco más persistente, habría logrado percatarse que el silencio de Cuddy no era de orgullosa, era de vencida

Le tenía terror, un miedo inaguantable, pero lo necesitaba, era una de las cosas que le permitían seguir funcionando y que se acentuaban con el hambre; era lo que la había dejado vulnerable a un aprovechado; era lo que hacía que House hablara a través de un muro que les separaba físicamente, pero que les unía aún más que un lazo con un nudo ciego; era el muro que derribó las grandes murallas que auto-construyeron dejando un foso en medio de ellas, que permitió que terceros entraran y les destruyeran el alma y la esencia de sus seres; era la barrera de los sueños que hacían a House hablarle al viento o a la muralla que guardaría su promesa, sus dolores, sus heridas y sus secretos. Secretos como aquel de que la ira irracional desencadenada por un sentimiento que no entendía o no deseaba entender, le hiciera ser bestia.

Lisa Cuddy no hacía más que arroparse por el manto de Morfeo mientras Hosue se comprometía a apoyarla en el destello de alma dulce que se apoderó de él. Todo gracias a un muro que le permitió expresar sus sentire, sus lamentos.


Próx Chap: "El porqué de House y Cuddy"... diría algo, pero le quito la intriga...

Y mil disculpas por la demora, ya avisé que sría así, pero el sentimiento de culpa es más fuerte.

Gracias a las muchísimas personas que me dejaron review en el cahp anterior, disculpen q no las mencionen, pero si mi madre me encuantra muero... xD :S

Gracias por seguir tan fielmente la lectura!