Oh! Milagro! He vuelto! Creo q este es el fantasma de yo... Ya saben la Univ me tiene atrapada, tiene garras poderosas. Bueno, disculpas por la demora, creo q este es mi récord... tendré que pedir tantas disculpas como días haya tardado multiplicadas por cien... Aki me dice que la última publicación fue el 9 de abril... OO... q horror!! SORRY ME!!

Bueno, respetando vuestra espera, me callo y les dejo con el fic q creo q les interesa más q mis excusas xD.

Sólo diré q espero sus reviews, q debo confesar q eché de menos, tan mal estuve? o me están castigando? xD

Ya! Besos y millones de disculpas por mi récord de demora.


Capítulo 10

LAS LLAVES DE BARBA AZUL

Cuddy miraba hacia el rincón donde había vomitado. Por primera vez su mirada perdida reflejaba algo de concentración. De pie, desde la esquina opuesta, pensaba; no en el dolor, en el daño, en el pasado… Su mirada se volvió despierta, atenta, escudriñante, poco a poco, hasta lograr una hipótesis que le volvió la mirada trémula, volvía a sentir, volvía a tener preocupaciones, nuevas preocupaciones. Volvía a estar en el presente.

—¡House! —gritó agarrándose de los barrotes.

El hombre saltó en su lugar y se puso alerta en la puerta.

—¿Qué sucede, Cuddy?

Cuddy comenzó a toser.

—El vómito… —se veía interrumpida por su tos.

—Cuddy… ¿Te cayó mal la… comida? —House tenía otras sospechas, pero no quería que fuera real, así que la evitó.

—Probablemente. Pero… Me he sentido mal, con malestares…

—Debe ser el mal olor. Nos estamos pudriendo… Mi barba ya mide unos cinco centímetros.

Cuddy miró sus piernas, levantando sus faldas y comprobó que sus vellos igual habían crecido. Soltó las telas y se llevó las manos a la frente que alzaba hacia lo alto.

House oyó el pesado suspiro que exhaló Cuddy. Dio él uno pequeño ahora, no podía evitar lo que no quería todo el tiempo.

—¿Qué temes?

¿Qué temo?

—¿Estar embarazada? —logró sacar a penas la voz, tratando de tragarse el pesado nudo que se le formó en la garganta.

Cuddy echó a llorar.

—No House… —dijo con voz raspada.

—¿No qué? Cuddy, ¡no me vas a decir que no te importa haber quedado embarazada de Fisherman! ¡Y más encima por una violación!

—No es eso, House. No es que no me importe. Al contrario, eso me atemoriza. No querría estar embarazada de Fisherman, pero… —se detuvo en su discurso, llevando las manos a su vientre y acariciándolo, lo contempló y luego lo abrazó con el rostro fruncido, bañándose con lágrimas las mejillas. —Pero sí quiero estar embarazada.

Lo último lo gritó con voz temblorosa y sollozante. Se quedó en esa posición, semisentada, con sus caderas de apoyo en la pared y el tronco hacia delante, abrazada a su vientre y la vista desesperada clavada en algún punto de la pared en el que su mirada acabó turnia. Bajó la cabeza y se resbaló por la muralla, aunque no alcanzó más de unos diez centímetros cuando un sonoro "¡¿qué?!" hizo eco en sus oídos.

—¡Cuddy, por favor, escúchate! Pareces una loca desesperada por tener un hijo, tal cual hace algunos años donde no te importaba quién fuese el adefesio que te ayudara a procrear por un tubito. ¿Ahora, qué? ¿No te importan los medios? In Vitro, desde algún otro útero generoso, de la manera convencional o una violación, ¿todo cuenta con tal de estar embarazada? ¿No tienes dignidad?

—Esa la perdí cuando me metí con Fisherman…

—¿¡Y qué!? Cómprate otra. Esta es la manera: no permitas que el fruto de una violación sea tu esperanza…

—House… —trató de pararlo Cuddy con voz quebrada, temblorosa y muy ronca.

—¿Qué? ¿Me haces callar? ¿No quieres escuchar acaso? Pues, ¿no crees que es algo tarde? Ya has cometido demasiadas tonterías frente a mis ojos y no voy a ser testigo de una más…

—No voy a hacer lo que tú me digas…

—¡Oh, sí! ¡Claro! Aún te queda orgullo.

—¡Nada que ver! Ese se me fue al momento de confesarte todo… casi todo —esas últimas dos palabras las susurró.

—¡Ah, ya! Entonces, ¿por qué razón no seguirás mi consejo? ¿Acaso eres tan fuerte o te encanta tanto sufrir y hacerte la mártir que tendrás a ese hijo y lo cuidarás y le darás todo tu amor y reirás cuando el negrito, que con suerte tendrá tus bucles, diga "papá" y luego, "dónde está papá"? —esas dos últimas frases las dijo imitando burlonamente la voz de un bebé.

Cuddy, en su celda, se secó las lágrimas, que habían marcado surcos en sus sucias mejillas, con el dorso de la mano y el pulgar. Luego se acercó a la puerta y se afirmó de los barrotes.

—House.

La voz de Cuddy le llegó más clara que nunca hace mucho tiempo. Estaba furioso tratando de romper un pedazo de madera de la banca que ya había destrozado una vez, para calmar su ira y de paso concentrar sus dolores, con suerte, en otro lugar que no fuese su muslo.

—¿Qué? —escupió aplicando más fuerza al duro madero.

—No voy a tenerlo…

¿Qué? ¡Dios! Se le producían una suma de sentimientos encontrados. Por una parte estaba feliz porque Cuddy hubiera optado por ella una vez en su vida, pero sentía culpa si es que lo hacía por él, que desechara su anhelo por sus palabras…

—…porque estaba menstruando cuando me violó, y la vez anterior tampoco pudo haber sido —Cuddy hizo una mueca de asco y luego un escalofrío la recorrió.

En el rostro de House se dibujó un claro "qué".

—Cierto… —se respondió a sí mismo, recordando.

¡Qué imbécil había sido! Se descubrió ante Cuddy por no escuchar un poco más, por interrumpirle y no permitirle acabar de confesar ese ápice de orgullo que le quedaba. Ahora era él el desnudado, y no precisamente por la imperiosa necesidad de hacerlo, aunque de verdad sentía cada una de las palabras que le había dicho.

—Cuddy…

—¿Qué?

Se arrepintió.

—¿Qué pasa, House? —insistió.

—No, nada…

—¡Oh! ¡Vamos! Nunca has sido de los que se arrepiente de hablar, aunque hirieras a tu madre sueles soltar todo lo que se te pasa por la cabeza.

—Pero esta vez quiero callar —gritó enrabiado.

—A no ser que sea algo bonito y enternecedor, cosa que no sería novedad que callaras.

—Cuddy, ¿qué te pasa? —inquirió realmente extrañado.

—Nada, House. Sólo me molesta que ni a través de un muro seas capaz de decirme nada que no sea una conversación sobre sucesos.

—¿Y qué más es interesante? ¿Quieres que te hable de mis sentimientos? ¿De cómo me siento ahora? Pues te cuento si quieres oír una dramática historia: me siento como una mierda, no sé si te habías percatado, pero llevamos una buena cantidad de tiempo aquí encerrados, tal vez meses, según mi ábaco de piedra tallada dice que dos meses y una semana, pero no sé si habré olvidado sumar en este tiempo. ¡Me siento pésimo, Cuddy! Así que si quieres oír sobre mis sentimientos, pues endurece tu corazoncito, porque no voy a hablar blando.

—¡Ya! ¡Como quieras! ¡Vete a tu rincón a lamerte la patita, perrito llorón!

—¡Sí! ¡Me la voy a lamer, porque no sabes cómo me duele este muslo al que le quitaste el cuadriceps que tienes como trofeo en tu sala!

Cuddy se pegó un remezón al oír eso. Ambos se habían ofuscado de tozudos que eran por naturaleza, pero además por lo idiotas que les tenía la situación, más ahora que ella al fin había despertado de su largo letargo. House trató de ayudarla en su momento, a su manera, ¿y ella le retribuía el favor así? ¿Haciéndole recordar viejas heridas cuando él intentó sanar las suyas? Dolió. Se tranquilizó. Se calló.

House no le habló más tampoco. Estaba dolido por su actitud y aún sensible por haberle dicho lo que le dijo poniéndose en el supuesto, que no era tal, de que Cuddy habría quedado embarazada de Fisherman. ¡Que patéticamente trágico hubiese sido eso! Por suerte no sucedió, pues sería el colmo. Al parecer sólo estaba enferma, tal vez no estaba comiendo y hoy se le ocurrió comer y la pérdida de la costumbre le hizo tener una reacción de defensa de su organismo.

Durante los siguiente treinta días, según el rudimentario sistema de contabilidad de House, Gordon y Goldsmith les hicieron unas cinco visitas, donde la morfina era la principal protagonista a falta, hace ya tanto tiempo, de vicodín. Lo otro que era prácticamente un simbolismo, era una toalla de manos húmeda que llevaban a cada uno para que se limpiaran la cara.

Nunca había mucho tiempo. Gordon le preguntaba a House cómo estaba, mientras este se pinchaba la morfina y siempre acababa disculpándose por no poder sacarlo de allí. Goldsmith secaba las lágrimas de desesperanza de Cuddy.

—Cálmese —pedía cada vez, posando una mano en su hombro. —Veremos la manera de sacarlos de aquí —repetía rendida ante la desolación de Cuddy, aunque más era su certeza de no cumplir que la de cumplir.

Pero a pesar de que la desesperanza era la protagonista, de que las riñas con House se habían pronunciado, porque no se soportaban escuchándose más de dos frases; sabían que sólo se tenían a ellos y entre ellos, pero aunque las murallas de la dignidad y el orgullo hallan caído destrozándose en el suelo en mil millones y uno de pedazos, quedaba un vestigio de pie, un pequeño pilar que no se derribó y que se alimenta de las rabias, de la desolación, de la angustia, de la decepción, de los dolores y de las heridas que se rasgaban y se abrían y reabrían por no tener otra cosa que hacer; cuando Cuddy se daba cuenta a dónde habían llegado y callaba, pensaba que era mucho mejor todo cuando estas heridas la tenían derrotada, incapaz de entenderlas o de querer entenderlas, ahora era un animal herido, al igual que hace muchos años House, ambos estaban lastimados. Aún y todo, con la ayuda de ese muro de piedra resistente, real, podían tener seguridad de que vivían, porque, de lo contrario, hace rato que alguno habría matado al otro del sólo impulso de cólera que les embargaba en el instante de las peleas, que les hacía patear todo cuanto se cruzara en su camino.

Cuddy no lo soportó más y recordó a alguien que tenía abandonado hace mucho tiempo, mucho antes de esto, tal vez porque estaba muy ocupada con su cargo de directora, porque no lo vio necesario o porque se vio tan alto sin la ayuda de nadie; sin embargo, ahora estaba tan abajo por la intervención de unos pocos; estaba tan abajo, sintiéndose abandonada, no por este ente al que recordó, si no por el mundo, por la confianza, por la amistad… y rezó, oró, imploró, pidió, prometió y juró, todo en medio de lágrimas, retorciéndose por un dolor interno, en el pecho, en el cuerpo… y rezó por salir de allí, oró por recuperar su felicidad, imploró, porque acabaran las peleas sinsentido que sólo servían para dañar, con House, pidió por volver a ver a sus amigos, a Wilson, y prometió no olvidar y juró ese tan cliché "hacer lo que sea" por ver cumplidos sus deseos, que realmente sentía en el alma y corazón, porque ya había conocido el fondo, y era oscuro, y era triste y no valía la pena estar allí.

Esa noche, Goldsmith y Gordon llegaron con un manojo de llaves.

Se oían unos pasos leves acercarse. Una joven de pelo rubio se aproximaba con saltitos ligeros, observando con cautela a su alrededor, empuñando un manojo de llaves en sus manos que intentaban que no sonaran. Un hombre gordo, con parche en el ojo, la seguía de más atrás a paso lento y sin tanta alerta como ella.

House estaba sentado en una ruma de tablas que se había fabricado con el asiento que rompió. Con uno de los maderos se hería la rodilla izquierda. Escuchó gente acercarse y se quedó quieto, atento.

Cuddy estaba casi dormida. Era muy entrada la noche y las deplorables condiciones en que estaban le tenían el organismo deteriorado y cansado, a pesar de hacer prácticamente nada. Hacía frío, se había resfriado, más bien agripado, tenía romadizo. Se limpiaba la nariz con sus ropas, adormilada, cuando unos pasos hicieron tumbos en sus sueños.

Una llave hizo ruido al abrir un candado; luego un hombre corrió la traba y entró. Otra llave hizo lo mismo con otro candado; y una mujer hizo lo mismo que ese hombre para entrar.

—House.

El nefrólogo levantó la cabeza, el hombre frente suyo le extendía una jeringa con morfina. House la tomó y se inyectó ante la severa mirada de Gordon, fija en su rodilla.

—Otra vez te estás haciendo daño.

—¿Qué quieres que haga? ¿Pensar en parajes paradisíacos? Lo siento, conmigo no funciona. No puedo pensar cosas alegres para aliviarme —le devolvió el objeto vacío. Gordon lo escondió entre sus ropas.

—No es que pienses cosas alegres, pero aprende a vivir con tu dolor.

House lo miró furioso.

—¡Oh, sí! Es muy fácil decirlo, ¿no? Dile a la médica de la celda del lado que te saque tu cuadriceps a ver qué opinas luego.

Gordon se enfureció con aquella respuesta y estuvo a punto de coger el madero, que ahora reposaba en el suelo, y darle con él en la cabeza hasta la inconsciencia, sin embargo, se controló y muy calmadamente le tendió un pañuelo azul que extrajo de su bolsillo, House lo miró analíticamente, y resignado lo cogió y se lo llevó a la herida.

—No extirparás el dolor con más dolor, sólo te haces más daño. Busca algo que te haga olvidar el dolor, aunque sea por un rato.

—Bueno, con una pistola sería fácil —se echó hacia atrás con postura cansina.

Gordon rodó el ojo.

—Creí que eras más inteligente.

—Lo soy —alzó las cejas con los ojos a medio cerrar, más calmado.

—Das soluciones estúpidas.

—Sí, bueno. No sé si quiero ponerme al nivel de los demás o será que estar en esta situación no es muy agradable para el cerebro.

Gordon miró hacia otro lado dando un bufido: intentaba calmarse. Ahora preguntó serio:

—¿Cómo está Cuddy?

—No sé. Viva supongo.

Gordon se llevó con violencia la mano a la cara.

—¡No puedes ser así de frío!

—Bueno, ¡no sé! Me separa una muralla. No sé si le faltará una pierna, un brazo, estará calva, más vieja, más flaca, si le habrán salido canas… ¡Oh! Pero tal vez tú podrías ir a verla y contarme —recién en la última oración abrió bien los ojos para mirarlo, antes estuvo igual de relajado que antes y ahora.

Gordon rechinó los dientes, dio un profundo respiro y acercó su mano a la cara de House para tronar los dedos, muy fuerte, y así llamar atención.

—¿Qué sucede? —inquirió con los dientes apretados y abriendo mucho los ojos.

—¿Quieres ir a verla?

House cambió su expresión dura a una consternada, que se decoraba con un brillo especial e indescifrable en sus ojos.

—Eh… —pestañó y lavó ese brillo. —¿Me vas a dejar salir? ¿Por qué?

—Bueno, Udelhoffen no está, se fue a Estados Unidos a buscar a más médicos incautos.

—¿No está? ¿Y Fisherman?

—Él sí está, pero no es lo mismo. El que piensa es Udelhoffen.

House sonrió, pero poco a poco se fue volviendo serio. Una idea se le cruzó por la cabeza, una idea como aquellas que hace tanto tiempo no lograba vivir, esas que sucedían con sus casos al momento de lograr encajar las piezas del puzzle y tener por fin la solución; ahora volvía, no había muerto, seguía aquí y su mente no había olvidado pensar, sólo resultaba que no había tenido la oportunidad de demostrarlo. Seguía siendo él, no por forzosos mandatos de su conciencia, sino porque su esencia resolutiva no se había esfumado.

—Fisherman y Udelhoffen están juntos tras esto.

—Sí, pero… yo creí que ya lo habías notado.

House se puso de pie, arrebatándole la linterna encendida a Gordon; utilizando el muro como bastón.

—No es eso…

—No, gracias. Puedo solo.

Siguió desplazándose como pudo, arrastrando la pierna adormilada. Gordon le acompañó de cerca por si caía.

—Lo de Cuddy fue planeado.

Gordon lo miró muy impresionado.

—N… no lo sé.

House lo miró muy serio, aferrado de la puerta.

—No te lo estaba consultando. Es así —y salió.

—Pero, ¿qué te hace pensar eso? —preguntó saliendo tras él.

—Udelhoffen mandó a Fisherman acá cuando me torturaron. Sonó como si fuera parte de un plan del origen que más te guste, pero el muy perro lo sabía. Lo acordaron.

Y empujó la puerta semiabierta de la celda en que yacía la mujer con la que había estado, hablando, discutiendo, consolando y sobreviviendo sólo de sentimientos que empaparon el muro que los separaba, por el cual corría el sudor de tantas desesperanzas y agonías, tantas tristezas, decepciones y heridas y ahora ya no era obstáculo, pues la llave prohibida le daba la gloria de entrar a esa guarida y de una vez, tras un largo letargo, devolverse el alma, recuperar las palabras, la mente, la vida… a Cuddy.

Al entrar, lo primero que vio fue una cabellera rubia que colgaba desde una nuca que miraba hacia la pared del fondo, pero al sentir el leve chirrido de la puerta se volteó permitiéndole reconocer a Goldsmith. Pero su atención no tardó en evadir esa concentración a otra: Cuddy había inclinado la cabeza para mirar quién había entrado y permanecían en sus ojos vestigios de haber estado sonriendo hace algunos segundos.

Acabo de ver un rostro; no podré olvidar el momento y lugar donde nos conocimos; ella es la chica para mí…

Pero, ¡por Dios! ¿Qué le había pasado a Cuddy? De las partes de piel que se asomaban a su vista podía notar tantas cosas que antes jamás había visto, no lo notó a la distancia que se encontraban, lo notó cuando ella se le acercó sonriente a decirle la frase que haría que él se olvidara de su análisis. Lo que vio de lejos fue la poca higiene reflejada en la piel gris, de olores no sabía, él debía estar tan maloliente que debía de haber acostumbrado a su nariz a la hediondez, por lo que no notó nada; el cabello opaco y pegajoso, ¿cuándo vería de nuevo a Lisa Cuddy en tan tristes condiciones?… Y, sin embargo, no había olvidado sonreír, aunque no era esa antaño limpia, blanca y perfecta sonrisa, pero era hermosa y era sincera… era ella. Aunque la cubierta de este libro no era como la recordaba… sucedió por haberlo abandonado en un rincón de un lúgubre sótano, ¿por qué? Si era un libro de mucho contenido y su cubierta era bella… En la segunda Guerra Mundial se quemaron los libros "peligrosos" y en tantas otras ocasiones que se quería desinformar a la población… La población era él.


Cuddy había oído los pasos y optó por abrir los ojos. No creía que fuera Fisherman o Udelhoffen, pero prefirió estar alerta. Se puso en pie y se acercó a la puerta a escudriñar por la ventanilla. Notó una linterna encendida por un resplandor que se notaba a su lado izquierdo, donde estaba la celda de House.

—¡Ilumíname bien! Se me perdió la llave. Y después espera a que encuentre la otra.

Una voz de mujer. Suspiró. Era Goldsmith y debía de venir con Gordon, pero… ¿por qué a estas horas? No estaba segura de qué hora sería, pero presentía que era tarde.

Se escuchó el estruendo del candado, de la tranca y el leve chirriar de la puerta, pero luego, todo fue silencio.

En seguida oyó ruidos en su puerta.

—Violet —susurró.

Goldsmith soltó una gruesa palabrota.

—¡Violet! —exclamó Cuddy.

—Lo siento. Me asustó —se excusó.

—Lo siento —intentó observar cómo abría el candado, pero como le fue imposible con la oscuridad, prefirió oír el "crac" que le indicaría que se abría la puerta. —¿Qué hora es?

—Cerca de las dos de la madrugada.

Escuchó el anunciante ruido y el otro y el otro. Luego sintió la mano de Goldsmiht sobre su brazo y que la conducía hacia el interior de la celda buscando la banca para sentarse.

—¿Por qué viniste a estas horas?

Goldsmith la sentó y luego ella, ahora la pregunta de Cuddy cambió.

—¿¡Cómo no he podido quedarme aún completamente dormida!?

—Tal vez lo hizo, pero su corazón presentía que algo sucedería y quería tenerla alerta. Algo bueno.

—¿Algo bueno? —trató de buscar su mirada en la oscuridad, aunque sentía la picazón de tener la mirada de Goldsmith fija en ella.

Sintió un tintineo proveniente de algún objeto que se sacudía frente a su nariz, pero que no podía distinguir.

—¿Qué es?

—Adivine.

Cuddy intentó hacer memoria, sabía que ese sonido le había acompañado muchas veces, pero no lo recordaba con claridad. De pronto, en su mente se dibujó el objeto, pero no creía estar segura.

—¿Llaves?

—¡Sí! —exclamó Goldsmith, con timbre emocionado.

—Pero… siempre nos han abiertos las celdas, el problema es que nos han dicho que si ponemos un pie fuera, los guardias nos cogerán y nos matarán.

—Sí, pero Udelhoffen se fue por unas semanas, así que los guardias están dándose un banquete aquí fuera y están más preocupados de que no se coma un trozo de carne de más un compañero, que de quién entra y quién sale. Y de todas formas, Udelhoffen, me dejó a cargo de sus llaves, puedo entrar a verlos, pero sólo a eso.

—Entonces, ¿cómo…? ¡Espera! ¿Dijiste que Udelhoffen te dejó a cargo de sus llaves? Y eso, ¿por qué?

—Bueno, se las pedí, quería saber de ustedes…

—Sí, no dudo que hayas querido saber de nosotros, pero me resulta curioso de que de un día a otro la imagen de maldito que tengo de Udelhoffen me la cambies por la de un hombre bueno. Violet, ¿qué pasó?

—¡Nada! —se puso de pie y se paseó por la pieza. Cuddy suponía que miraba en la dirección correcta. —¿Por qué no es capaz de contentarse con que va a salir de aquí? Yo vengo a darle esa noticia. De la forma que haya conseguido esto no tiene importancia.

—La tiene, porque nos sentiremos comprometidos a compensarte.

—No creo que el doctor House se sienta comprometido.

—¡Pero yo sí!

—Yo no quiero su compensación —volvió a sentarse, ya más calmada. —¿Por qué no deja de preocuparse por los demás, como lo hace el doctor House, y se empieza a preocupar por usted? Sea feliz. El primer paso es la libertad cuando no se tiene.

—No podría aceptarla si…

—¿Si debo arriesgarme? ¿Qué importa? Todos los días hay gente que sube escalones en la sociedad a costa de otros; todas las horas un amigo es traicionado por la ambición de otro; a cada minuto alguien mata a otro para conseguir sus objetivos; y a cada segundo alguien debe ser ayudado para conseguir lo que quiere. Yo la estoy ayudando, no haga que mi esfuerzo sea en vano y movámonos de aquí luego. Tampoco hay tanto tiempo. Tengo una llave de una compuerta prohibida, le pedí a Udelhoffen que se llevara la llave, pero no quiso. Si está en mi poder, no la voy a desperdiciar. Ya investigamos con Gordon qué abría.

—Se están arriesgando demasiado.

Goldsmith buscó su muñeca a tientas, hasta que la halló y la apretó.

—Podríamos no haberlo hecho.

Cuddy se lo pensó un momento, no quería que Gordon y Goldsmith se arriesgaran por ellos, por ella. Pero también, si todo salía como era esperado, estaría tan agradecida… Probablemente, sería bueno, al menos una vez, dejar de estar preocupándose de los demás, como tanto se lo habían criticado, y pronunciar palabras que sí querían ser oídas y convencerse de ello.

—Gracias por ayudarnos.

Un gemido le indicó que Goldsmith sonreía, lo que le hizo sonreír también. La muchacha le agarró fuertemente las manos.

—Saldrá de aquí —exclamó emocionada, en un susurro.

Cuddy también sonrió, contagiada por su voz más que por sus palabras.

—Sí… Espero que sea mejor que lo que hay aquí.

—Cualquier cosa es mejor que aquí —aseguró Goldsmith.

La puerta se abrió y una vez que Goldsmith se volteó para ver quien era, echándose hacia atrás, Cuddy se vio enceguecida por la luz de una linterna.

—¡Gordon! Baja la linterna —regañó Goldsmith.

—No soy Gordon.

—Yo soy —dijo una sombra que venía entrando.

—¿House? —esta vez fue Cuddy, quien se puso de pie y se acercó.

—Sí.

A Cuddy la garganta se le hizo estrecha. Los ojos se le aguaron.

—Goldsmith dice que podremos salir de aquí.

¿Por qué no bajaba la linterna para verlo?

Como si le hubiese leído el pensamiento bajó la luz y pudo ver, gracias al reflejo, las ropas raídas de House y con manchones de sangre: sus tristes condiciones. Y subió la mirada para encontrarse con una larga barba con la que, tal vez, no lo hubiese reconocido a una primera vista de no saber que era él, vio su cabello largo, recogiéndose en leves crespos, su piel sucia, gris, algo entre sudor y frío le pegaba el polvo a sí mismo y un olor algo nauseabundo, tenía razón cuando dijo que se estaban pudriendo, ella no debía de estar mejor. Pero también vio sus ojos, eso ojos azules que resaltaban entre tanta suciedad, estaban limpios, como antes, reflejo de sentimientos amargos y heridas rasgadas, con un odio, como principal protagonista, que jamás había visto, sin embargo, seguían vivos y alertas, inspectivos e inquisitivos, desnudándola entera, leyéndole sus pensamientos como si se tratara de un libro que hojea como y cuando se le da la gana. Era él, era House.

Ambos se quedaron de pie, uno frente al otro, mirándose, inspeccionándose. Cuddy tenía el impulso a flor de piel de estrecharse por sus brazos y empaparle la espalda de lágrimas de emoción y muy dentro de ella, de colmarlo a besos. House tenía el impulso de decirle que le prohibía alejarse de su lado y de abandonar la rutina que sin premeditarlo, les hacía felices cuando estuvieron en el hospital, y mucho más en su interior, que la quería a su lado para siempre.

Pero nadie hizo nada.

Goldsmith miraba con cara de querer ir a meterse en medio y obligarlos a hablarse. Gordon estaba con una sonrisilla apoyado en la pared al costado de la puerta.

—Dices que Goldsmith dice que saldremos de aquí.

—Sí —Cuddy asintió aún con ojos soñadores, pero contenidos, sin moverse de su lugar, demasiado tiesa.

—¿Cómo?

—No estoy muy segura. Habló algo de una compuerta, pero que te explique ella. Violet —y se volteó para llamarla, algo nerviosa.

Goldsmith se llevó las manos a la cabeza, había guardado la esperanza hasta el último segundo, pero no sucedió. A pesar de cualquier cosa que haya pasado, que esté pasando o que pueda pasar, era una chica romántica y estas situaciones jugaban con sus nervios, y es que como, según ella, a la distancia se veía y olía que House y Cuddy no conformaban sólo una buena dupla médica, sino también algo más cerca de un tonto corazoncito relleno y rosa y que algunos flechan, que al conformado de válvulas y ventrículos.

Gordon, por su parte, tuvo que esconder su risa en un estornudo.

—Bueno —Violet se acercó, haciéndose la que tenía jaqueca, para disimular el que la hayan visto con las manos en la cabeza —, cuento corto: tengo una llave que abre una compuerta que está por aquí, así que nadie verá que salen de la celda. Avanzan hasta el final del pasillo, tendrán que subir y avanzar, pero cuando tengan que bajar, quédense ahí y esperen hasta que uno de los dos vaya. En serio, esperen y no se muevan.

—Pero, ¿sería cambiar una celda, por otra? Quiero libertad, doctora Goldsmith —dijo House.

—¿Cómo conoces el camino? ¿Alguno de ustedes ha estado ahí? —preguntó Cuddy, al mismo tiempo que House, preocupada.

¡Que reflejo de sus personalidades!, pensó Gordon y se acercó.

—Doctora Cuddy, Udelhoffen me encerró ahí a atender unos marines que se intoxicaron con unos venenos que no debería tener. Como yo me enteré, y nadie más sabía, me dijo que yo los curara y ni una palabra a nadie. No ponga esa cara, me importa poco si Udelhoffen se desprestigia, ojalá alguien pueda contarlo. Bueno, el asunto es que empecé a explorar y llegué al otro lado de la compuerta. Cuando Goldsmith consiguió la llave —con el resplandor de la linterna, pudieron ver la mirada de soslayo y entre resignada y reprochante que le pegó a la rubia —, abrimos donde Udelhoffen le dijo que no, até cabos y descubrimos un pequeño escape que puedan tener. No es la gran cosa, como dice House es escapar de una celda a otra, pero hay más esperanza de que no los sigan matando. Esas sobras que les dan no son sólo sobras.

—Me imagino —murmuró Cuddy bajando la mirada y ruborizándose levemente al recordar el vómito y pegó una mirada al rincón donde debería estar.

—Muchas explicaciones. Tenemos dos minutos antes de que nos vengan a echar. Vamos —ordenó Goldsmith.

Todos se pusieron en marcha, pero un "no" detuvo a tres en la puerta. La cuarta figura rezagada tenía la cabeza gacha y las manos tomadas: era Cuddy.

—¿Por qué no? —preguntó Gordon.

—Nos puede pasar algo. Les puede pasar algo. Los pueden estar esperando para matarlos. Nos pueden matar. Escapamos sin esperanzas de nada a un lugar que es nada para hacer nada y… No puedo. No quiero morir —y se echó a llorar; con ruidosas lágrimas que ya caían.

Goldsmith empujó a ambos hombres para que la dejaran pasar e hizo un ademán de abrazarla.

—Ya sé que estoy asquerosa —sollozó Cuddy.

—No es eso. Si la abrazo, me ensuciaré y se darán cuenta de que pasó algo raro —le puso las manos sobre los hombros y le buscó la mirada: —Vamos.

—No… Tengo en los genes impresa la prisión injusta, el cautiverio, las torturas, no los viví en carne propia, pero… —levantó la mirada, pero no para mirar a Goldsmith, sino buscando la de House —Yo puedo sobrellevarlo.

House frunció el ceño y se adelantó hasta ella. Gordon había intentado detenerlo posando su mano en su antebrazo, pero House no lo tomó en cuenta y él tampoco quiso hacer más.

—¿Te vas a quedar aquí? ¿Por tu afán de mártir o porque te sientes culpable de los judíos muertos en cámaras de gas antes de que tú nacieras?

—House…

Goldsmith se volteó furiosa.

—¡No la trate así!

—¿Quieres que salga? Déjamela a mí.

Goldsmith se hizo hacia atrás, le tembló la mirada y retrocedió sumisa.

—House, nos podemos morir y… no estoy preparada. Estaba segura de salir, pero…

—Recordaste a tus antepasados, ¡ja! Y ¿qué es eso de no estar preparada para morir? Te estás muriendo en vida, no sé si lo has notado.

—House —lo miró con desesperación —, no quiero.

—Sí, ¡sí quieres! Sólo que sufres de culpa crónica. Si te quedas, morirás podrida sin haber hecho nada por, al menos, darle alguna última emoción, un último sentido a tu vida; si te vas, aunque te maten, habrás hecho algo. No sacas nada con esperar a que te liberen por las buenas, no lo harán, como ese pueblo: estás condenada. Esto tendría que acabar para que te liberen por las buenas, cosa que no va a pasar o te escapas, cogiendo la única opción activa que tienes.

Cuddy bajó la mirada, pensativa, secándose las lágrimas.

—Pero… Muchos, esperanzados en que acabara, lograron al fin salir.

—Esta no es una guerra con un objetivo ideológico de extirpar una raza, de dominar el mundo; es una guerra con fines económicos. ¿Sabes cuál es la principal fuente de ingresos de nuestro querido país?: ¡Las armas, Cuddy! Seguirán habiendo guerras sin fin, Cuddy, el dinero nos hace bestias. Aquí no hay esperanzas de un fin, hay esperanzas de libertad, de escapar de esta mierda, olvidarla y seguir con nuestras normales vidas que olvidan que esto sucede y seamos tan vacíos como antes. ¡De eso hay esperanza! De volver a ser un ciego más, no de que esto acabe. Es por el dinero, no por un ideal. Cuando consigues el ideal, llegas a tu cima, cuando consigues más dinero, más dinero quieres. No esperes imposibles y sé realista. No seas una tonta ilusionada, sé astuta. No eres sólo un alma, eres cuerpo y eso es lo que yo veo: veo la carne, si tu alma se salva no me importa, me interesa que tu cuerpo viva, porque eso es lo visible.

—House…

—Por último, y si no quieres venir te dejo en paz, eres Ana Frank.

Cuddy bajó la mirada. Recordó que Ana Frank murió a dos meses de que Holanda fuera liberada.

—Vamos, Otto Frank.

—¿En serio?

—¿Te arrepientes?

—No. Pero me hubiera gustado ser Peter Van Daan.

Cuddy sonrió espontáneamente, agachó la cabeza, negando. Volvió a subirla para mirarlo.

—Cuando te pases un cepillo de dientes por la boca veremos.

—Pidámosle a Kraler y Koophius que nos traigan pastillas de menta mientras tanto.

Gordon estaba resistiendo las ganas de reír a carcajadas: uno, por lo rápido que cambiaban de tema y tono, y dos, por lo que hablaban. Goldsmith estaba irritada, demasiados nervios, no alcanzarían a escapar, ya habían pasado dos minutos.

—¡Nos podemos mover ya! —gritó exasperada.

House miró a Cuddy y ella a él.

—Vamos —afirmó ella. En sus ojos le daba las gracias a House.

Avanzaron. House con una muy notada cojera. Cuddy lo miraba preocupada, pasos más adelante. House más que cara de dolor tenía una mueca de preocupación. Cuddy lo ignoró, no quería meterse con su orgullo aunque se hiciera la sorda con el suyo.

Gordon cerró los candados de ambas celdas y se aproximó al lugar, en un rincón, donde Goldsmith intentaba abrir la cerradura de la compuerta redonda en el piso.

Era una llave pequeña la que les daría una ventana a una pseudolibertad, del tamaño de la esperanza posible, pero suficiente para sentirse diferente, tal vez libre.

—Gordon, ayúdame —pidió cuando se oyó el "crac" y entregó la linterna a Cuddy. —Yo te aviso —se acercó a la puerta, que estaba muy cerca de donde estaban, miró por la ranura de abajo y sólo vio y escuchó que seguían las risotadas, nada raro. —Dale.

Gordon giró la rueda y luego tiró de ella para levantar la compuerta.

—Entren y sigan el camino. No se detengan hasta el lugar que tengan que bajar y no bajen.

Cuddy asintió a Gordon.

—No te preocupes —afirmó House. —Gracias.

Cuddy miró a House, no tan extrañada como Gordon.

—De nada —dijo consternado.

—Pueden apurar la despedida romántica. Veo sombras que se acercan —advirtió Goldsmith.

—Muchas gracias Gordon, por todo —dijo Cuddy tomándole las manos y sonriéndole. Él le devolvió la sonrisa y el apretón.

—Sí, Ralph. Gracias.

Gordon le dio una palmada en el brazo a House, una vez que soltó las manos de Cuddy.

—Váyanse.

—Gracias Violet.

—De nada, doctora Cuddy, ¡pero váyase!

Saltaron rápidamente, pues Goldsmith se puso de pie a azuzarlos. Gordon cerró la tapa una vez dentro y la joven metió la llave para cerrar.

La puerta se oyó en ademanes de abrirse. Goldsmith se puso histérica.

—Gordon, ¡no puedo sacar la llave! —tironeaba del manojo.

—¿Qué?

—¡Tranca la puerta!

Gordon dio dos pasos, pero la puerta se abrió.

Goldsmith logró sacar la llave, pero sólo la mitad: la había roto.

—¿Qué haces tú aquí? —gritó una voz conocida para Goldsmith, que con el cuerpo de Gordon no podía mirar, mientras se escondía las llaves entre las ropas.

—¿Volvió tan lue… go?

Un tumbo seco dio como respuesta la muerte.

—¿Qué ha hecho Udelhoffen? —gritó Goldsmith acercándose al cuerpo inerte de Gordon, del cual chorreaba sangre del centro de su frente.

—Revisen las celdas —ordenó a los guardias. —Tú, ven conmigo —ordenó a Goldsmith.

—¡No!

Udelhoffen se acercó, la agarró por un brazo y la sacó a la arrastra de allí.

—¡No! ¡Suélteme!

—¡Ven por las buenas o te mato!

—¡Máteme! —rugió con rabia, con los ojos atestados de lágrimas.

—¡Como quieras! —bramó Udelhoffen.

La agarró del cabello y le dio un duro golpe en la nuca con la parte trasera de revólver. Se la llevó hasta su cuarto a esperar que despertara para interrogarla, buscaría una manera de matar el tiempo mientras tanto. Mientras el cadáver de Gordon era desaparecido, mandado a algún lugar donde no despertara sospechas, a algún lugar donde nadie lo reconociera.


House y Cuddy avanzaban iluminados por la linterna, por el estrecho pasillo.

Cuddy no resistió más ese caminar complicado de House.

—Vamos, yo te ayudo. Tú lleva la linterna —se la tendió.

—No, Cuddy.

—Vamos, a penas debes sentir esa pierna. Además ya hiciste algo por mí, déjame hacer algo por ti.

House la miró a los ojos, pero no pudo dejar de notar la suave sonrisa pintada en su rostro. No quería que desapareciera, no estaba muy seguro por qué, pero le hacía sentir vivo. Por él Cuddy había optado por vivir, él no podía fallar; lo necesitaba, la necesitaba. Aceptó. Cogió la lámpara y Cuddy pasó sus manos por su pecho y espalda y se apegó a él, pasando su brazo por sobre sus finos hombros. La sonrisa de Cuddy se amplió al momento que se pusieron a andar. Es sonrisa le dio más vida, pero su cuerpo apegado, brindándole calor en esa fría noche, fue algo que nunca le había parecido más lleno de significado: no estaba solo, había alguien a su lado, apoyándole.

Cuddy no cabía en sí de felicidad. Era tanto lo que un pequeño detalle podía hacer. Su sonrisa quería no ser cómplice de lágrimas que contuvo. Poder volver a tocar un cuerpo, sentir que hay más gente, volver a sentir a House, recordar el alto de esa espalda sólo con un tacto… todo era demasiado tras tanta penuria. Pensar que el hombre que le sacaba de sus casillas, era quien le daba también la sensación de felicidad jamás experimentada. Y es que tal vez influía que… no es que no lo quiera reconocer, pero no quiere hacerlo mientras que él se burle… lo ama. Sólo tres letras acompañadas por un pronombre y era más complicado que decir esternocleidomastoídeo; tal vez tanto como decir paz en lugar de radioactividad.

Llegaron hasta una larga escalera que House subió a duras penas. Cuddy iba atrás de él por si se cansaba, para sostenerlo unos segundos, tarea complicada por la diferencia anatómica. Finalmente, llegaron a la cima, cansados, pero se obligaron a recomponer la respiración en menos de un minuto y continuaron avanzando. Se encontraron con una puerta de la que debieron jalar sin mayores complicaciones, para seguir, y devolverla a su lugar.

Cuddy seguía haciendo de bastón de House y House continuaba sujeto a ella. No estaban dispuestos a detenerse hasta llegar a destino.

Y llegaron, gracias a la linterna no cayeron a la zanja que presentaba una escalera. Prefirieron obedecer y no bajar por ella. Se sentaron como a tres metros de la orilla. House apagó la lámpara. Permanecieron en silencio.

Cuddy estaba apoyada en la pared, a las puertas de quedarse dormida, sin embargo, aún consciente y comentó a House.

—Te agradezco lo que has hecho por mí —le dijo en un susurro, girando la cabeza hacia él, con una tenue sonrisa.

House se sobresaltó y la miró fijo.

—¿Gracias? ¿Por qué? No he hecho nada que…

—Has hecho mucho, House, aunque no lo notes. Dejarme ayudarte a andar a falta de tu bastón fue algo que me hizo bien, pude sentirme útil, pude sentir que aún sirvo.

—Cuddy… Yo no me siento mucho más útil que tú.

Ambos se miraban fijamente en la oscuridad, sabían que lo estaban haciendo.

—Perdóname —soltó House desviando la mirada con ayuda de su cabeza, hacia el lado contrario al que estaba Cuddy.

Cuddy frunció el ceño, extrañada.

—¿Por qué?

Había tantas actitudes de House que no estaba entendiendo últimamente. Sabía que era House, pero muchas palabras no eran del antiguo, sino de uno nuevo, pero que seguía siendo House, lo sabía.

—Yo…

Cuddy estaba tan herida como él, había sufrido tanto o más que él, sentía dolor y agonía, había sido despojada de su felicidad por terceros, de una parte suya sin su consentimiento. Él lo intuyó, pero no lo supo, había venido hasta acá para protegerla, en su interior algo le dictó eso al momento de firmar ese papel; iba a cuidar a Cuddy de bestialidades, pero nunca midió hasta qué nivel llegarían, sin contar que su soberbia pudo más. Ahora estaba en una disputa interna por amarrar a su soberbia y confesarle una parte de su dolor, pero recordaba que entre sus dolores había una diferencia: a él lo lastimó quien amaba en aquellos años y hoy… Si supiera que todo comenzó por una mala respuesta suya, sabría que "la estupidez" de Cuddy, y que derivó luego en abusos, no era más que la consecuencia a ese error suyo. Una estupidez por un error o por otra idiotez. El dolor de ella también comenzó por el mal procedimiento, por el error de quien amó… de quien ama.

—… se supone que te cuidaría.

—¿Y con quién pactaste eso?

—Con mi consciencia.

—¿La tienes?

—Mmm… ¡Ahí está! Eso explica porqué no cumplí.

Cuddy bajó la mirada, ya estaba más despierta, se abrazó a sus rodillas.

—No lo sabías.

—Lo intuí.

—No crees en la intuición.

—Como tú no crees en los procedimientos arriesgados.

—¡Sí creo en…!

Cuddy se interrumpió a sí misma y buscó la linterna que reposaba entre ambos y la encendió: vio que House se sobaba la pierna: ¡así que para allá iba esta conversación!

—¡Te salvé la pierna!

—¡Oh, gracias! No lo había notado. De hecho nunca había tenido una operación tan orgullosa de recordarme que existe. ¿Por qué no me salvaste la pierna? En el peor de los casos me hubiese muerto y en el mejor no tendría este dolor infernal.

—Stacy escogió esta opción, yo no…

—¡Tú se la diste!

—¡Porque debo informar de todos los procedimientos posibles!

—¡Pudiste haberme hecho el favor y callarte! ¿Tan poco confías en ti?

Cuddy se calló, se puso de pie y avanzó hasta la boca del túnel, dejó la linterna encendida y tirada en el suelo. Una de sus manos reposaba en su cadera y la otra en su frente. Trató de contener la tristeza todo lo que pudo, pero las lágrimas eran sentidas y pesadas y cayeron sin aviso. ¿Por qué House tenía que llevar todas sus conversaciones a discusiones así? ¿Y por qué ella andaba tan sensible que acababa llorando? Se secó las lágrimas y regresó. Sólo quería que estuviera vivo.

House ya se recriminaba por lo que había hecho, pero acaso ¿tan jodido era el dolor que, tratando de controlarlo, no podía cerrar su boca? Gracias a la lámpara encendida pudo mirar a Cuddy y vio que estaba dolida, estaba herida y él no hacía más que profundizarle las heridas, pero ella no había sido lastimada por quien amaba… para él eso era suficiente excusa. Sin embargo, al verla darse vuelta, frotándose los brazos de frío, le dieron unas ganas irrefrenables de disculparse, pero ella se sentó de vuelta a su lado, sin mirarlo, y no fue capaz de decirlo.

—Buenas noches, House —dijo ella y cuando iba a tomar la linterna para apagarla e intentar dormir, notó la rodilla rota de House. —¿Qué te has hecho? —inquirió reprendiéndolo, levantando los harapos sobre ella.

—Me dolía la pierna.

Se miraron a los ojos. House intentando parecer víctima, Cuddy no estaba dispuesta a victimizarlo: lo miró muy seria.

—No lograrás dejar el dolor de lado con eso.

—No. Lo haría si tuviera vicodina o morfina, más seguido.

Cuddy lo ignoró y apagó la linterna y se ovilló, sentada, afirmada en la pared para dormir y dijo finalmente, al cabo de unos momentos, cuando ya el sueño la vencía de nuevo:

—Tendrás que buscar otra manera.

—Sí. Gordon me dijo lo mismo.

Cuddy dio un gemido de asentimiento, sin embargo, ya estaba casi inconsciente.

House se echó hacia atrás y estiró sus piernas dispuesto a dormir, mientras pensaba en las palabras que Gordon le había dicho: no extirparás el dolor con más dolor, sólo te haces más daño. Busca algo que te haga olvidar el dolor, aunque sea por un rato. Notó que él y Cuddy habían coincidido en esta afirmación, pero no sabría dónde hallar esa solución, menos ahora que el efecto de la morfina se estaba perdiendo.

Estaba casi dormido cuando sintió un peso sobre su hombro, subió su mano para ver de qué se trataba y reconoció una espalda y cabellos: era Cuddy que se había caído hacia su lado.

La dejó allí. Debía estar cansada y tanto daño debía tenerla afectada. Había abrazado a la fuerza a tanto familiar de pacientes que se le habían colgado al cuello, que permitirle a Cuddy su hombro no debía significar más esfuerzos que aquellos. Aunque la verdad había algo más, debía haber algo en ese brazo que sin darse cuenta le envolvía su fina espalda, en su mentón que se había acomodado en su coronilla para que ella se cobijara en su cuello y en su pecho y su otro brazo reposaba en sus propias caderas sin tensión.

Y sintió paz en medio de la guerra, lo inundó la tranquilidad, había vuelto a despertar, pero ya volvía a apaciguarse. El letargo volvía. El brazo sobre sus caderas se aproximó al otro extremo del cuerpo que envolvía, como una necesidad de que al menos en sus sueños la protegiera, ya que en la realidad se le había escapado de las manos; tal vez un "lo siento" fue esa caricia en su brazo y un "perdóname" ese pequeño apretón hacia él. También un suspiro fue un "gracias" en el más profundo sueño, y es que halló una contestación al método contra el dolor, desde que su cabeza cayó a reposar a su hombro.


I'VE JUST SEEN A FACE (VERSIÓN TRADUCIDA) PERTENECE A 'THE BEATLES'.

Siguiente capítulo: La Tregua.

Delantales Militares es un fic que estuvo a punto de no ver la luz, de hecho se me ocurrió junto con Ojalá, pero lo estuve madurando y meditando, al principio estuve muy segura, pero a la semana siguiente me dio entre cosa y flojera, fue más 'cosa' de todas formas, creía que no gustaría o que podría no sé... al final pensé que daba igual y lo subí. La historia en un comienzo tenía otra estructura, pasarían otros acontecimintos, pero en el camino se fue puliendo y creo que está mucho mejor que la historia original, los únicos capítulos que no me convencen mucho con el 6 y el 7 y tal vez el 8... Este chap creo que vuelve al alma de la historia abandonada en el chap 5. El otro drama es el T y M xD.