Sólo espero no producir un coma diabético a nadie, pero me avisan antes de que les dé, por favor, en caso de que sientan el patatús...

Uhmm... hace tiempo quería hacer el comentario que si alguien tiene reviews de una tal 'ArteMisa' de las primeras semanas de enero hacia atrás, era yo, en mi fase de anónima xD

Tal vez desaparezca en un bue...en tiempo.

besos, Row.-


Capítulo 11

LA TREGUA

—Doctora Cuddy… Doctor House.

Los aludidos sentían estas palabras retumbar en sus cabezas.

Cuddy sintió que el cuello se le quebraba. Comenzó a despertarse con quejidos, girando el cuello, pero sin quitar la cabeza del lugar que usó de almohada. Se llevó la mano hasta el costado del pescuezo para masajearse. Se le ocurrió elevar la mirada y se encontró con una espesa barba. Se irguió entre asustada y sorprendida.

House había despertado con esa voz que pronunciaba su nombre. Estrujó los ojos para abrirlos de golpe, sintió que algo se movía sobre su hombro derecho, quiso verlo, pero sea lo que haya sido, ya se había quitado. Vio frente suyo a Goldsmith que, con una pequeña sonrisa, le indicaba disimuladamente hacia el lado que tenía que mirar. House rotó la cabeza hacia su diestra y vio que Cuddy lo observaba fijamente, con la mirada trémula y ligeramente sonrojada. House comenzó a sentir tacto en sus propias manos y buscó dónde estarían: se encontró con una torcida sobre el frío piso y la otra al costado de la cadera de Cuddy, la retiró con cierta parsimonia y se alejó de ella.

—No tienen porqué hacer eso. A mi me agrada verles así.

House y Cuddy miraron a Goldsmith con una ceja enarcada, con ganas de zurcirle los labios. La chica borró su sonrisa, incómoda por sus miradas.

—Eh… Bueno. Yo venía a traerles comida, no es mucho, pero creo que estará bien.

Por esas ironías de la vida, justo cuando la rubia dijo esto, las tripas de los otros dos comenzaron a componer una melodía. Ella les tendió las bolsas plateadas calientes que parecían contener algo líquido, lo más probable es que fuese sopa, siempre supieron que era mala, pero no podían regodearse, menos cuando los jugos gástricos eran su alimento en estos momentos.

—Sobró sopa, como siempre. Es lo que pude sacar a escondidas sin que lo notara nadie.

—No te preocupes —sonrió Cuddy.

—Nunca esta porquería me había parecido tan buena —comentó House, chorreándose levemente, provocando que ambas mujeres pudieran sonreír, sobretodo Cuddy.

Goldsmith se abrazó a sus piernas mientras les miraba beber la sopa desde la bolsa. House sintió la picazón de esa mirada antes que Cuddy, por lo que preguntó:

—¿Me estoy chorreando?

—Ahora no… —respondió ella con voz suave.

Cuddy les puso atención.

—Sólo pensaba si… No.

—¿Qué?

—No. Nada.

—¿Qué Violet? —esta vez fue Cuddy, pero mucho más suave que House.

—Es que… Ustedes dos pareciera que se conocen de hace mucho y mucho más de lo que quieren aparentar.

Ambos se miraron extrañados, tras haberla escudriñado a ella antes.

—¿No estarán casados de casualidad?

House casi se atora y Cuddy lo habría hecho de no ser porque la bolsa estaba lejos de su boca.

—¡NO! —rugieron al unísono, mirándola con el ceño fruncido.

Goldsmith se cayó sobre sus cuartos traseros con aquel grito. Se asustó en serio.

—Bien. Lo siento. No quise molestar a nadie.

—Pero lo has hecho —soltó House.

—¿Dónde está Gordon? —interrumpió Cuddy, antes de que Goldsmith hiciera caso a la antipatía de House.

Pero parece que hizo peor, porque la chica se largó a llorar desconsoladamente, aún cuando hizo todo lo posible por no hacerlo.

—¿Qué…? Ay, no —Cuddy creyó entender por qué lloraba.

House se acercó a Goldsmith dejando la bolsa vacía a un lado. Con la mano le apretó el hombro después de pensarlo un segundo.

—¿Gordon murió? —preguntó preocupado, mirándola fijamente.

Goldsmith levantó la mirada acuosa y lo abrazó, no pudiendo contenerse ya más tiempo sin consolación.

—¡Lo mataron! —gritó a su tiempo, mientras el hedor de House le llegaba a la nariz, pero estaba tan necesitada de alivio, que prefirió quedarse allí, aunque sus ganas de alejarse también eran fuertes.

House hizo ademán de echarse hacia atrás, ¿por qué la gente tenía la manía de invadir su espacio personal? En fin, esta era una situación especial, la chiquilla les había ayudado un montón, Gordon fue una de las pocas personas de valor en la base que conoció y, a parte, no cualquiera lo abrazaría en ese estado: le dio unas palmaditas en la espalda.

—Yo no debería hacer esto —dijo alejándose de él, pasándose la manga por la nariz. —Podrían encontrarlos por este descuido mío.

—No te preocupes, House quiere que lo abracen —molestó Cuddy, en estado de letargo, aún aferrada a la pared.

—No me interpretes —House le miró asesino, de soslayo.

—Cállate House —pidió Cuddy, como si se tratara de una molesta mosca.

House se sentó donde estaba antes, afirmado en la pared, con las piernas estiradas y los brazos cruzados.

—Goldsmith, ¿qué hicieron con Gordon?

—No lo sé —respondió con voz acongojada. —Supongo que lo habrán hecho… "desaparecer".

Cuddy miró a House con preocupación, pero este se veía muy concentrado, como en viejos tiempos, pensando, atando cabos, o tal vez sólo meditando alguna pregunta:

—¿Todavía no te descubren, Goldsmith? —la miró fijamente. Ella igual, aunque parecía no ser capaz de aguantarlo mucho rato más.

Primero negó con la cabeza y la boca abierta, el "no" no quería salir, pero luego de tragar, finalmente, salió.

—¿Segura?

—¡House! ¡Déjala! —ordenó Cuddy con voz raspada, a penas pronunciada. Se veía enferma así, afirmada en la pared, de lado y completamente recogida, con esa mirada como si fuera, sino a desmayarse, a quedarse dormida.

—¡Pero es que no creo que sea tan fácil ocultarnos! —gritó House, al tiempo que se volteaba a mirar a Cuddy. —¿Te pasa algo? —se interrumpió a sí mismo, al verla tan enfermiza.

—No. Estoy bien —aseguró con voz tenue, cerrando los ojos.

—Sí, y yo huelo a perfume de Paco Rabanne.

—¿Ah, sí? —alzó las cejas, pero no abrió los ojos. —Pues no lo compraré nunca para obsequiar.

—Oye. ¡Oye! —House la sacudió por un hombro. —¡No te mueras! ¡Te lo prohíbo!

—No me estoy muriendo, sólo… sólo tengo frío.

—¿Cómo? Si la sopa estaba caliente, de hecho, a mí me repuso; a parte que dormiste a mi lado: dos razones para no tener frío.

Cuddy esbozó una sonrisa que se extinguió de inmediato.

Goldsmith se acercó y le tocó la frente con el dorso de la mano.

—Está ardiendo en fiebre.

House también le tocó la cabeza, pero retiró al instante la mano.

—¡Oh! ¡Genial! ¿No tendrás apósitos congelados? Esto le está friendo el cerebro.

—Tendría que ir a buscar.

—Eso será peligroso. Mira, el piso está helado. Cuddy, ponte en el piso boca abajo —Cuddy no reaccionó. —¡Eh! Cuddy, hazme caso —de nuevo ninguna respuesta. —¡Cuddy! —le zarandeó un brazo flácido. Buscó su pulso, pues estaba creyendo lo peor. —Está inconsciente.

Goldsmith la miró.

—Sólo está dormida. Mecanismo de defensa para no sentir las molestias.

—¡Perfecto! —soltó con sarcasmo.

Dio un bufido y se puso de pie, para hacer el espacio suficiente para acomodar a Cuddy en la posición deseada en el suelo.

Goldsmith lo miraba desde la boca del túnel, preparada para bajar la escala, con ojos melancólicos, pero intentando calmar, tal vez para concentrarse en el presente:

—Usted la quiere —afirmó.

House retiró las manos de la espalda de Cuddy como si le quemara; hasta ese momento la masajeaba para entregarle calor.

—En vez de dártelas de doctora corazón, ve si te puedes conseguir mantas, pero si es muy peligroso, olvídalo.

Goldsmith lo miró con cara de pocos amigos.

—Cuídela —dijo, mientras bajaba la escala.

House comenzó a refunfuñar entre dientes, pero no fue hasta que sintió que la rubia ya no bajaba escalones, cuando volvió a hacer entrar en calor las partes heladas del cuerpo de Cuddy. Las piernas, primero, hasta encontrarse con los pies, que parecían haber sido sumergidos en una batea con hielo.

Estuvo largo tiempo frotando los pies de Cuddy, dispuesto a no parar hasta lograr una temperatura adecuada. Pero la ira que le embargaba saber que hayan matado a Gordon, que, obviamente, debió ser Udelhoffen, le hizo llegar a una temperatura un poco más elevada.

Cuando posó de nuevo los pies de Cuddy sobre el piso y se sacó la raída camisa para envolvérselos y así impedir que su trabajo no se evaporara, volvió a sentarse a su lado, abrazándose a sí mismo. Ahora comenzó a sentir frío a través de la camiseta con la que quedó.

Había perdido la noción del tiempo cuando notó que la estaba observando, quizás hace cuánto rato, por suerte estaban solos y no se debía explicaciones más que a sí mismo. Y ahora que notó que la miraba, comenzó a escudriñarla, a fijarse en la mueca casi imperceptible de dolor que se pintaba en su rostro, ensuciado por el deterioro de los días malditos, pasados. Aún así, sabía que era ella, que aunque hubiesen pasado por muchas cosas, sobretodo ella, tenía que ser Cuddy, ¡tenía que serlo! No soportaría la idea de que Cuddy cambiara, de que ya no fuera la misma, aquella jodida directora con la que llegó aquí, porque sabía que esa antipática administrativa, era a quien le debía su trabajo y además era la mujer que lo salvó en muchas ocasiones y en muchos sentidos, en uno de esos sentidos fue la mujer y no la jefa, ni la doctora la que lo salvó. Le debía la vida, el trabajo, la libertad, la reputación… y de nuevo la vida. Una y mil veces agradecido. Jamás una mujer había dado tanto por él; cuando amó fue recíproco, después sólo le pedían y ella sólo le da, le da demasiado, y aunque sabe lo que ella siente por él, no se lo ha pedido, no se atreve, siente que no quiere obligarlo y se lo agradece. Mil y una veces por la libertad…

—¿Hace cuánto rato me estás mirando?

Esas palabras lo sacaron de su ensimismamiento. ¡Oh, diablos! Lo había pillado.

—Desde que te afiebraste, a ver si a tus pómulos palidecían de una vez.

Cuddy se estiró mientras se volteaba para quedar boca arriba.

—Ya me siento mejor. No sé que me… —quería sentarse, pero algo aprisionaba sus pies, miró qué sería —pasó… ¿Es tu camisa? —lo miró, apoyada en su codo.

—No, es de Goldsmith, se la quité en una pequeña pelea.

Cuddy rodó los ojos y se estiró para alcanzarla y quitársela de los pies y, así, llevarla hasta su nariz sin cuidado.

—Tiene tu olor a perfume de Paco Rabanne —bromeó Cuddy, asomando su rostro por entre la tela sucia, con una pequeña sonrisa.

House la miró resignado:

—¡Está bien! Me has pillado —dio un bufido y miró al frente, con los brazos cruzados.

—Gracias —se la devolvió, con una pequeña sonrisa al ver su infantil reacción.

House dio un gruñido y no la recibió.

—Toma.

—Has hecho que mi trabajo se esfumara.

—¿Qué trabajo?

House la miró un instante, con los labios ligeramente abiertos, en expresión meditativa: ella no se había dado cuenta, ni lo había deducido…

—Ninguno —House se acomodó a su lado a mirar el techo.

Cuddy le vio posicionarse a su lado, esbozó una pequeña sonrisa mirando al suelo y también elevó los ojos al cielo raso. Estuvieron un largo momento en silencio.

—¿En qué piensas? —preguntó Cuddy a House, pues ya se había distraído de imaginar el cielo y sus estrellas y se había puesto a mirar de reojo al hombre que parecía muy concentrado en un punto en el infinito.

House no quitó la vista del lugar en el vacío que miraba, mientras respondía lentamente:

—No lo sé. Creo que mi mente transforma esta oscuridad en cielo —se agarró la cabeza. Miró a Cuddy con los ojos embargados de desazón, ella apenó su mirada, tratando de no ser muy obvia. House volvió a mirar al cielo raso oscuro, con tristeza. —Quiero salir de esto o morirme de una vez si no voy a salir jamás…

—House… —Cuddy no sabía cómo comenzar, tanto por aquel impertinente nudo en la garganta, como por el evitar no parecer impulsada por la lástima —, no hables así. Vamos a salir de esto. Confía, ya verás —cogió su mano.

—¿Qué sabes tú? —rezongó él, arrebatándosela.

Cuddy recogió sus dedos, ahora vacíos, y los llevó hasta su pecho, desconsolada. Tenía razón, ¿qué sabía ella? Sólo quiso ocupar las palabras clichés que suele utilizar la gente para tranquilizar al resto, porque parecía que surtían efecto, pero comprobó que no, ni ella las creyó. Pero había otras palabras que le escocían la lengua por soltar, pero no estaba segura de que fueran las mejores, creía que incluso eran peores que aquellas ya dichas, pero todo iba tan triste, que a lo mejor valía la pena intentar, aunque no acabaran de lo mejor. Miró hacia otro lado como buscando valor, sin embargo, al momento de hablarle, le miró a la cara, aunque él no la mirase en un comienzo.

—House… No me puedes dejar sola —House la miró interrogante, ella se puso algo nerviosa y desvió la mirada: —House, yo… yo salí de allí por ti, porque tú me lo pediste… porque tú me convenciste… —tragó saliva y le miró a los ojos con súplica pintada en ellos: —Ahora yo te pido que te quedes conmigo.

House estaba consternado, tenía la boca entreabierta de la sola extrañeza que le producían las palabras de Cuddy, de que le cobrara favores, de que se atreviera a pedirle algo.

Cuddy volvió a desviar la mirada y House la observó suspicaz.

—Me hiciste recordar mi temor a la muerte… Pero si al morirme no estaré consciente, no será igual a si me quedo sola. Temo muchísimo a ambas —volvió a mirarle a los ojos al decir eso último —, no me dejes sola, por favor —los ojos brillaban por las lágrimas que aguantaba, pero entre la oscuridad tendría la suerte de que House no la viese.

Pero la vio… o al menos la sintió gimotear, o al menos eso le hacía pensar el hecho de sentir los pulgares de House sobre sus párpados inferiores y con el resto de sus dedos cogiéndola por las mejillas, para que se girara hacia él.

—Me quedaré contigo —dijo, limpiándole las lágrimas que, ante ese gesto, comenzaron a resbalar —, pero, por favor, no llores.

Cuddy volteó el rostro, separándose de las frías manos del hombre, que en su cara, igual de fría, parecían cálidas. Se limpió ella mismas sus lágrimas, tratando de calmarse.

—Sí… Lo siento —se ovilló en sí misma.

House, al sentirla más calmada, volvió a la posición de antes; a mirar el cielo o a donde estaría, al menos.

—¿Y tú, en qué piensas? —preguntó House, observándola entre la oscuridad, con tranquila curiosidad, pero, en un comienzo, con cierta duda a preguntar.

Cuddy giró su cuello hacia él con una mezcla de extrañeza y suspicacia, que House presintió:

—¡Oh, vamos, mujer! ¿Acaso sólo tú puedes ser amable?

—No… Es sólo que… Nada.

—No te preocupes, ya imagino lo que ibas a decirme. ¡El prejuicio del mundo!

—Ay, no te pongas trágico, hombre —sin querer posó una mano en su pierna, específicamente sobre el muslo, donde estaba la cicatriz del cuadriceps. House dio un gemido de dolor. —¡Lo siento! —saltó Cuddy, llevándose las manos a la boca.

House comenzó a sobarse el muslo, su respiración rápida atravesaba el ambiente. Cuddy buscó la linterna para iluminarle, pero cuando justo oía un quejido parecido a un "no", ya estaba viendo a House, su cara, sus ojos… aguados.

—House… —no pudo evitar que su voz sonara apenada.

—No has visto nada.

Cuddy apagó la linterna y la dejó a un lado.

—Perdón.

—No… Lo de la pierna no es tu culpa.

Cuddy creyó que se pondría violento, pero suavizó la voz al especificar eso último. Pero hubiese preferido que le gritara, porque la invadió una pena tremenda al verle así, al escucharle así: vulnerable.

—Necesitas vicodín —dijo Cuddy, como reemplazo al abrazo que quería darle.

—Pero no tengo.

Volvió a sentarse al lado de Cuddy, tratando de calmar su dolor. Cuddy igual se acomodó a su lado con las piernas estiradas y las manos entre ellas, pero guardando una pequeña distancia.

—Lo siento —repitió Cuddy, con la cabeza gacha.

—¡Que no es tu culpa! —rugió House. Le dieron ganas de disculparse por haber actuado así de agresivo con ella, pero no lo hizo, miró hacia su izquierda, donde el túnel se volvía aún más oscuro, desde donde llegaron.

—Quiero ver cielo y estrellas —dijo Cuddy, tratando de cambiar de tema, respondiendo a la pregunta anterior de House.

—¿En eso piensas?

—Al menos cuando miro el cielo raso.

—¿Por qué?

—Porque cuando logramos escapar fue lo que más llamó mi atención en medio del desierto. Ni la arena en kilómetros ni nada. Ese cielo no se ve en Nueva Jersey. Era hermoso.

—Te ha puesto cursi este lugar —atravesó su mirada por la penumbra hasta ella.

Ella también lo miró, con una sonrisita pícara, intentada de disimular.

—Y a ti sensible. Jamás habías escatimado en tonos de voz.

Ambos volvieron a mirar al frente.

—Andas graciosa.

—Y tú cambiante.

—Tengo sueño.

—Yo también.

Cuddy dio un suspiro y House la miró:

—¿Tienes frío?

—No.

—Mentirosa.

—¿Tú tienes?

—Sí, pero está bien, me alivia el dolor de la pierna. ¡No pongas esa cara de culpabilidad!

—¡No estoy poniendo…!

—¡Oh, sí! Como si no te conociera.

Cuddy sonrió y parece que dio un pequeño gemido que no notó.

—Así me gusta, ¿o era "me gustas"?

Cuddy rió.

—Andas raro. ¿Qué te pasa House?

—Nada. No lo sé. El duende bondadoso de Santa se apoderó de mi cuerpo. Dentro de poco terminaré dándote un regalo.

—Duérmete —le ordenó Cuddy, con esbozos de felicidad, dando un bostezo.

—Sí, ama.

Cuddy se acurrucó en sí hacia el lado contrario al que estaba House y él se quedó en la misma posición, pero con el rostro volteado hacia ella, imaginándola en la oscuridad.

Así pasaron varios días, Cuddy ovillada en el suelo y House a su lado, sentado, pero sin tocarse a la hora de dormir. En las horas de despertar, andaban un poco por el túnel, pero era incómodo por lo bajo del techo, hablaban con Goldsmith cuando iba y trataban de sonsacarle cómo había logrado que no los encontraran, pero la chica evadía o daba respuestas a las que no creían, por la poca seguridad con las que las decía. Entre ellos había una rutina de recuerdos, de conversaciones entre risas y retos, charlas del pasado, de lo que hicieron y de lo que no… y así hicieron más amenos los días.

El baño sería un problema si Goldsmith no hubiera presupuestado las necesidades biológicas como esa y el hambre, en cuanto a la ducha, no podía hacer nada. Pero las enfermedades comunes debían sobrellevarlas en limpio: House bromeó un día, en que Cuddy parecía más acatarrada que de costumbre, con que ya debían de haber creado una buena cantidad de anticuerpos para resfríos comunes y otro tanto para virus mutantes. De hecho, la morfina era la única cosa que Goldsmith podía sacar de los gabinetes sin que se notara tanto, pero tampoco podía exagerar.

—Cuddy, inyéctamelo en la médula, por favor —pidió House un día.

Cuddy le miró, podría haber dicho que no, pero ya se hallaba con House ovillado de lado, en el suelo, en posición fetal, y ella intentando meterle la aguja por entre las vértebras.

Un día, de un mes, que tal vez fuese del mismo año del que estaban allí, llegó Goldsmith con cara de preocupación, mientras ellos recordaban viejos tiempos.

—Tus celos eran un humo que se veía a cien kilómetros cuando esa chiquilla se fijó en mí —reía House.

—¡Hey! No te creas tan interesante —rezongó Cuddy, cambiando las risas por una mueca ofendida, pero ver a House retorciéndose de la risa, le contagiaba. —Yo no me pondría celosa… por ti —replicó, arrugando la nariz —menos por una… niña.

—Hasta hoy no se te quita —molestó.

—¡Cállate!

—Y cuando las dos cruzaron esas miraditas de fuego, peleándose por mí en el estacionamiento…

—No era por ti, ¿no te había dicho que fue a mi casa a acosarme?

—Eso era lo que tú hubieses querido.

—Eso es lo que tú hubieses querido.

—Sí… Y esa sonrisita que me dio. Las muchachitas me quieren como soy, podría no haber sido ilegal…

—Bueno, ve ahora. Ya tendrá dieciocho.

—¡Los celos te corroen, mujer!

—No juegues. Mira que si es por celos, tú me arruinaste citas a tu antojo.

—¡Deberías agradecérmelo! Yo te estaba cuidando. ¿Qué iban a pensar las mentes de los empleados de la decana? No podías acostarte con un tipo que recién venías conociendo.

—No debías fantasear con una menor de edad. Yo y él ya éramos grandes, todo iba bien hasta que tú llegaste.

—Sí, con tu sostén tirado quizás donde y probablemente ni tu tanga estuviera en su lugar.

—House, ¿por qué me trataste como una niña que la vigila su padre de que no se encierre en la pieza con su novio?

—Porque… ¿eres una niña?

—Pero viendo que no eres ni mi padre ni tienes una diferencia de edad conmigo para serlo, tus celos eran de hombre…

—Bueno, soy hombre… ¿Por qué hablamos de celos? ¿Por qué mejor no de cielos?

—Porque los celos tuyos son inexplicables. Eres como el perro famélico que no come ni deja comer.

—Yo te como, ¡no sabes cómo! Lo otro es que sea suicida.

Cuddy le miró molesta, pero no enojada, sino como queriendo decir "eres un crío".

—¡Oh, mujer! No te pongas así, me habría acostado contigo si me hubieras emborrachado el día que te estaba invitando al teatro, pero preferiste a Wilson.

—Tú me hubiese emborrachado primero. Y con Wilson ya estaba comprometida.

—Tú te lo perdiste.

—Sí, claro. Como si tú no hubieses sufrido mi ausencia. ¡Hola Violet! ¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?

Para acabar la conversación llegó Goldsmith, iluminándose con la linterna y portando un rostro afligido.

—Hoy saldrán de aquí —fue lo único que dijo.

House y Cuddy se pusieron en pie rápidamente, con las miradas extrañadas e inquisitivas. Era cierto que aquello resultaba ser todo lo que querían: salir de allí, bañarse, comer como la gente, ver luz… y ahí es cuando caían en la cuenta de que salir de allí, tan sólo significaba trasladarse a una prisión más amplia. Pero la curiosidad y la suspicacia pasaban de eso, éstas estaban preguntándose, ¿cómo demonios había conseguido tal determinación Goldsmith?

—¿C-cómo? —sacó la voz, por fin, Cuddy.

Goldsmith se calló, bajó la mirada y apuntó con la linterna hacia los dos hierros que se asomaban y que eran los pasamanos de la escala.

A House no dejaba de parecerle raro que si la muchacha había estado siempre ayudándolos, cuidándolos, junto con Gordon mientras estuvo vivo, que si desde el día que volvieron les estuvo auxiliando, ¿por qué, en lugar de estar alegre, porque lograran salir de allí al fin, por qué parecía triste, como si fuera la peor resignación a la que tuviera que acceder?

Unos sonidos metálicos le hicieron dirigir los ojos hacia el lugar donde Goldsmith señalaba con la lámpara: allí encontró su respuesta.

—Así que aquí estaban.

House y Cuddy se quedaron de piedra al ver que quien subía era Udelhoffen. Pero House logró reaccionar: dio un paso por delante de Cuddy.

—¿Esto es una especie de traición, Goldsmith? —inquirió House.

Ella lo miró con los ojos llorosos en la penumbra, y volvió a bajar la mirada triste, sin separarse de la pared que le servía de apoyo.

Udelhoffen la miró con una sonrisilla siniestra y luego a House:

—Tranquilo. Yo la seguí. Supuse que habría algo interesante. ¡Y miren con lo que me he encontrado! Un par de fantasmas.

—Un par de zombis sería más específico —se burló House sin real humor, pero sí con mucho sarcasmo en la contradicción.

—Sí, tal vez. ¿Por qué no me dejas ver a la doctora Cuddy?

Cuddy se iba a asomar, pero al oír hablar a House se detuvo en seco.

—Porque debes tener un revólver por allí escondido y no me fío de que no la vayas a convertir en un colador.

—¿Y no tienes miedo de que te convierta a ti en un colador? —preguntó en tono burlón.

—No…

—¡Uy! Que te ha vuelto amorosito la putrefacción —se burló Udelhoffen.

House dio un gruñido.

—Tranquilo, si vengo a hacerles una visita de cortesía.

House rió irónico.

—¿No me crees? Pero si cuando le di alcance a la doctora Goldsmith le dije que por qué no me había contado antes que estaban jugando a las escondidas de mí, si yo los necesitaba abajo trabajando. Ya no hay sólo soldados, sino que también doctores que se han agarrado enfermedades, nadie sabe de dónde y merma nuestro personal, ya he tenido que volver dos veces a los Estados Unidos a buscar doctores. ¿En dónde estuvieron todo este tiempo? —todo lo dijo en el tono más cínico e hipócrita que House o Cuddy le hubieran escuchado.

—Tú lo sabes mejor que nadie —se distinguió la voz de Cuddy, quien salía ya de detrás de la espalda de House.

—¡Doctora Cuddy! Que… diferente que está —ahí seguía mofándose.

Cuddy lo ignoró.

—Bueno —prosiguió Udelhoffen, quitando ya los ojos sorprendidos, de Cuddy —. ¿Bajamos?

House y Cuddy se miraron: suspicaz el primero, preocupada la segunda. Pero ambos sabían que por más que el diablo les vendiera la libertad, al menos la de moverse, firmarían sobre la línea de puntos, desesperados ya de la prisión a la que habían sido condenados, por el mismo demonio que ahora les tendía el bolígrafo, para conseguir sus almas, cayendo en su trampa.

—¿Cuál es la condición? —preguntó House a Udelhoffen, quien comenzó a sonreírse.

—No te preocupes, ya está pagada.

Goldsmith dio un quejido que Cuddy distinguió como un gimoteo lloroso y que logró ganarse la disimulada mirada reprochante de Udelhoffen.

—Bajemos —ordenó el médico militar.


Desde la ducha llovía el agua sobre un cuerpo desnudo que la agradecía. A la par, unas lágrimas caían desde unos ojos castaños que aguardaban a fuera a la mujer que se purgaba al fin de sus pasados meses, que podía quitar, ya de una vez, el rastro físico de todas las heridas y sabía que desde este momento podría pensar diferente, porque ya había logrado algo al ver a su compañero de este último tiempo. Pero la muchacha, que estaba feliz en alguna remota fibra de ella, no podía hacer más que llorar, ahora que aguardaba afuera de la ducha, sentada en una banca de madera, a la mujer de dentro.

Cuddy se jabonaba por enésima vez, cuando un mal presentimiento la embargó. Bajó la presión de la ducha hasta desaparecerla y se dirigió a Goldsmith, a través de la cortina:

—Oye, Violet…

—Dígame —habló, dejando de lado su drama.

—Tú me estás cuidando aquí, ¿quién está cuidando a House?

—Udelhoffen, supongo.

—¿Será sólo él? ¿No estará con Fisherman? ¿No le harán algo?

—¿Quiere que vaya a ver?

—Te hemos pedido mucho, pero te lo agradecería demasiado.

Sin más protestas, los pasos de Goldsmith se oyeron alejarse a través del pasillo, atravesar los baños y llegar hasta la puerta, para cruzar el pasillo y volver a enfrentarse a otra puerta, esta vez a la del baño de varones: se asomó y estaba vacío, sólo se oía la ducha caer al fondo. Entró y notó que uno de los pocos cubículos estaba ocupado por alguien a quien le era necesario; avanzó hasta las duchas y vio que no había nadie en rededor, sólo la ducha del hombre que le mandaron a ver estaba ocupada.

—¿Está bien, doctor House? —preguntó, para hacer su trabajo completo.

—¿Goldsmith? ¿Qué haces tú aquí? ¿Vienes a ver a alguien o era tu secreto?

—¡Soy mujer! —gritó ofendida.

—Okay. Ese chillido me lo dejó claro. Entonces, ¿a quién vienes a ver?

—A usted.

—¿A mí? ¿Por qué? ¿Quieres meterte aquí en la ducha? ¿Te gusto?

—A la doctora Cuddy.

—No, lo siento, ella no está aquí; ya sabes que los travestis son los más convencidos de ser lo que no son.

Goldsmith se molestó más de lo que estaba:

—Veo que anda de buen humor. Venía a ofrecerle morfina, pero veo que ya le han dado.

—Sí, el buen amigo Udelhoffen, me extraña no haber confiado en él antes.

La muchacha abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Va a confiar en él?

—Bueno, me dio morfina y no estaba envenenada, me dio la dosis médica recomendable y sólo un poco más, ¿por qué desconfiaría de alguien que me hace bien?

—Eh… ¿U- usted… habla en serio?

—¡Nunca había hablado más en serio en mi vida!

—La doctora Cuddy debe saber que le han dado algo raro en esa morfina.

—Y a ti te amamantaron con alcohol, ¿no distingue el sarcasmo tu pequeña cabecita de Barbie?

—¡Hey! —Goldsmith se iba a poner a llorar.

—¿Por qué no vas a ver a Cuddy, mejor?

—Vengo de verla.

—Te estaba echando sutilmente.

—Bueno, también me iba.

Y se fue sin oír la última pesadez que debió haber voceado House, por el afán de quedar con la última palabra.

Goldsmith llegó a las duchas de las mujeres, pero no halló a Cuddy donde ella pensaba encontrarla. Se asustó pensando en que, así como ella pudo entrar al baño de hombres, algún hombre, en especial Fisherman, pudo haber entrado aquí, al de mujeres.

—Goldsmith…

Un susto. Un salto. Nada, no fue nada. Sólo malos pensamientos. Estaba envuelta en la toalla, sentada sobre la banca que ella había abandonado.

—¿Cómo está House?

—Bien —contestó cortante.

Cuddy la miró extrañada.

—¿Qué? Si estaba bien. Ni la pierna le dolía.

Cuddy bajó la mirada con el ceño fruncido por la preocupación.

—Esto lo encuentro medio peligroso —comentó.

—¿Y qué más les queda? —espetó la rubia.

Cuddy volvió a mirarla extrañada. Andaba demasiado agresiva.

—¿Te pasa algo?

—Nada. Voy a buscarle ropa, mejor —y partió, dejando a Cuddy, con cualquier palabra que quisiese decir, en la boca.

Mientras la esperaba, Cuddy observó sus manos resecas, sus uñas largas y quebradas, las yagas en sus piernas y en sus brazos, en el largo de su cabello que ya le caía bajo los hombros, y otras cosas más, en las que no pudo reparar en más detalle debido a que Goldsmith ya había regresado.

—No sabía qué traerle, así que le traigo su bolso.

Cuddy la miró asombrada.

—¿Rescataste mi bolso?

—Sí. Le dije a Udelhoffen que en lugar de tirarlas, me las diera, porque me gustaba su ropa.

—¿Lo hiciste por eso o porque pensabas que estábamos vivos?

—En comienzo fue por eso, luego, cuando con… Gordon —casi se le quiebra la voz —vimos todo, pues me sentí bien de haberlo hecho.

—Bueno… Gracias.

Cuddy comenzó a buscar sus utensilios de aseo, su ropa interior y alguna tenida, más el otro par de zapatos bajos que había llevado: todo estaba allí.

—Gracias —volvió a decir.

—No hay de qué —contestó la chica, algo extrañada.

—Espero no estarte causando muchas molestias.

Goldsmith se quedó un momento, un ápice de tiempo, en silencio, suficiente para que Cuddy notara algo raro cuando le dijo:

—Descuide.

—¿No estarás arriesgándote demasiado o comprometiéndote demasiado?

—Ya le dije una vez, que si tengo que morir en esto, lo prefiero a no hacer nada.

—Eso suena como el cliché del héroe.

—Y eso suena como el doctor House.

Cuddy la miró fijo, con un sostén azul vaporoso entre las manos.

Goldsmith se puso seria:

—Si quiere darme las gracias démelas, sino cállese, pero no me ande ni criticando ni cuestionando. Pudo bañarse, va a poder vestirse con ropa decente, va a poder cepillarse el cabello, lavarse los dientes, le guardé su ropa, comerá varias veces al día, podrá meterse en una cama, calentarse y despejarse esa ronquera de una vez. ¿Qué más quiere? ¿Saber la verdad? ¿La verdad de qué? Pues lo siento, no hay verdad de nada. Aprenda a ser feliz con lo que tiene y no se ponga como el doctor House, a buscar tonterías que a nadie, que se ve humanizado al fin, se preocupa de darle importancia, porque somos todos unos egoístas.

—Pero para ser humanizada como tú dices, es que también uno se preocupa y yo me preocupo de que tú estés…

—¡Da igual! Disfrute lo poco que tiene ahora y no me joda el ánimo, tengo que ir a trabajar y no quiero matar a nadie que no pueda defenderse solo hoy —y se fue avanzando mientras gritaba esto y acabó dando un portazo, marchándose.

Cuddy observó el pasillo vacío, escuchando un par de cadenas de inodoro tirarse y la llave de agua abriéndose.

Sabía que algo había hecho Goldsmith que la haría sentir culpable. Tal vez debiera hacerle caso y disfrutar el momento previo al que volviera a ser la misma de antes, o al menos en parte, cuando se enterara. Dio un suspiro y se abrochó el sostén, para luego pasar los brazos por las tiras. Se abrazó a sí misma entre frío y escalofríos: era obvio que nada de esto se consiguió de manera limpia y eso le erizaba los vellos que, ahora, sí podían levantarse, sin capas de suciedad que se los impidiese.


Supieron que el dos de diciembre los sacaron de aquella guarida. De ello ya habían transcurrido veintidós días. Ya era el día de Nochebuena.

Pero una serie de sucesos acaecieron en los días previos. Para comenzar, los enviaron a las habitaciones del final, House ocupó la de Gordon, Cuddy la de enfrente. Udelhoffen dio a House un bastón que se improvisó con el tubo de aluminio de una camilla rota. Cuando les tocó trabajar, los primeros días estuvieron con los marines y no vieron a Fisherman por ningún lado, pero después los enviaron a otra sala a atender, ya no cortadas y quemaduras de todo tipo, sino, enfermedades contagiosas que, sobretodo, se pegaron médicos; un equipo especial se había hecho su uniforme. Pero lo interesante fue lo que sucedió el primer día de aquello, cuando por la madrugada ellos llegaban y Fisherman salía:

—A ti te quería ver —masculló House, abalanzándose sobre él, tirando el bastón al suelo y propinándole un puñetazo.

—¿Qué te pasa, fantasma? —espetó Fisherman, que ya sangraba de nariz.

Cuddy había cogido el bastón metálico improvisado y ya se acercaba a separarlos y a llevarse a House consigo.

—¡Eh! Ven. No creo que a Udelhoffen le guste esto —dijo, jalándolo de un brazo y alcanzándole el bastón.

—Sí… —susurró él, sin mirarla, cogiendo el aluminio por el centro; pero lo dio vuelta, listo para atacar: —Eso fue por la mariconada que me hiciste a mí, está es por la mariconada que le hiciste a Cuddy —y le dio con el tubo, que había sido pulido y engomado en las puntas, pero que aún así, la fuerza con que fue propinado el golpe en el estómago, le dejó recogido en su sitio.

Mientras, Cuddy lo alejaba de allí, antes de que hiciera polvo a Fisherman, para evitar una zurra mayor a la que ya se llevaría por parte de Udelhoffen; ella igual le hubiese reprendido, pero su acción también fue por ella y no sabe cuanto le agradecía que la vengara. Una y mil veces por cuidarla.

—Vamos a trabajar —fue su manera de darle las gracias, además de ayudarle a andar en los primeros pasos.

Las enfermedades habían matado a varias personas, entre médicos, marines, cocineros, mandamases, nadie se salvaba, por lo que todos los sanos andaban con cuidado. Udelhoffen ya había tenido que volver otra vez a Estados Unidos a buscar a más médicos. Por si fuera poco, más y más soldados se herían en guerra.

Pero ya era el día de la tregua. A las doce de la noche de aquel veinticuatro de diciembre cesaban las bombas, las armas y los gritos de guerra, todo se calmaba por veinticuatro horas: sería la Navidad y desde tiempos antiguos la tradición dictaba una noche de paz y de amor en períodos de caos, para los civiles que nada tenía que ver con las ideas de una guerra, que les azotaba con crueldad y sangre fría, matando a sus bebés y a sus ancianos, descuartizando niños, violando mujeres, matando a cuanto hombre y mujer se atreviese a cruzar la línea enemiga. Pero esa noche nadie cruzaría líneas enemigas, todos preferirían estar con sus familias, abrazados, compartiendo un pan y algún brebaje, dándose de regalo la vida, viendo que las condiciones no daban para un presente costoso, a no ser que quisieras recibir una metralleta, para poder continuar al siguiente día con la tristeza de la guerra, con la pena de la devastación, con las muertes, con las almas perdidas, con los mártires, con las viudas, con los gritos, con los huérfanos, con las sangre, con la muerte. Pero las veinticuatro horas del veinticinco de diciembre eran las horas de vida, de paz, de amor. Era la noche en que no se lloraría sobre cadáveres, sólo sobre regazos, aunque esto sólo sirva para la bonita ironía de las metáforas poéticas de los libros, que jamás contarán todo, porque la vida y la muerte son mucho más sencillas y más dolorosas a cómo las relatan, sólo que la bella estilística pesará por sobre lo crudo y directo, porque ambas llegan, pero la primera es más querida que la segunda. He ahí tu explicación House. He ahí la noche de paz y de amor que se anhela y los centenares de días que se desprecian. Una noche que todos agradecen, creyendo o no en ella, porque es la única noche, en épocas de guerra o no, en que, fuera de las frivolidades, lo importante es estar juntos, vivos.

Y la base militar estadounidense no se quedó atrás. Se hizo una modesta cena, para excusar unas sonrisas y un par de brindis; para oír música y villancicos entonarse desde los instrumentos de la banda de guerra, para olvidarse de las heridas, aunque sin despreocuparse de los heridos, así como de las enfermedades y los enfermos. Tras anunciar que los soldados ya se había guardado, llegada las doce de la noche, brindar y fingir alegría, la orquesta comenzó su repertorio con "Noche de paz", para continuar con dos villancicos más y seguir, posteriormente, con melodías doctas.

Cuddy estaba sentada sola, frente a su plato de comida torciéndose las manos. Parecía más nerviosa que de costumbre, comía una que otra cosa de pronto, pero sin mayores apuros, dándole tiempo a cada mascada. De pronto, la música cambió, ya no sonaban tanto las tubas ni las trompetas y el piano pequeño se hizo más audible. Se volteó y notó que la orquesta daba paso a un solo de piano, donde uno de los militares tocaba, poco a poco, los otros comenzaron a introducirse en la melodía y ella oía sola. Hace ya rato, no sabe de qué, pero no se sentía cómoda. Sin darse cuenta, Fisherman estaba sentado a su lado y la sobresaltó.

—¿Qué quieres? —espetó, asustada, saltando en su asiento.

—Bailar, ¿te parece? —le tendió una mano.

—¿¡Qué tienes en la cabeza!? —se puso de pie, alterada.

—¿Qué tiene de malo?

—¡Y preguntas!

Fisherman se paró y la cogió por la muñeca, en medio del salón.

—Vamos, que más da, es sólo un baile.

—Contigo nada es "sólo" eso.

—Pero si no te cuesta.

—¿Estás bebido?

—Vamos, si...

—¡Que ya te dijo que no, imbécil!

Cuddy pegó un grito llevándose las manos a la boca.

—¿Qué haces?

—¡Lo que tú no haces por ti! Que te tenga q estar cuidando siempre…

Sí, tal vez fuese cierto, pero ¿por qué él se sentía responsable de hacerlo? ¿Qué más daba? Se había asustado porque los militares o Udelhoffen pudiesen hacerle algo tras esto, pero vaya que se había deleitado con el puñetazo que le propinó, cuando apareció de la nada.

—Oye, ¿tú de dónde vienes? —preguntó Cuddy, entonces.

Pero House no pudo responder, ocupado en esquivar la mano de Fisherman.

—¡Hey! ¡Hoy hay tregua y no es sólo para los que usan tanques y bombas! —gritó Cuddy, que no quería peleas absurdas.

Es más, parece que nadie las quería, porque se acercaron varios a separarlos, pero nadie después de calmarlos, les dijo o hizo nada más. Sólo los tranquilizaron y siguieron su "celebración de Navidad".

Fisherman se marchó como buen borracho, a la cama o quién sabe si se quedó dormido antes; House se sentó con su plato de guiso al lado de Cuddy, quien permaneció callada mientras él comía. Parecía pensar en qué decir, hasta que encontró tímidas palabras a soltar:

—Ya has golpeado a Fisherman dos veces…

—Sí. Es que me apetece ver a un mapache negro.

—Si… bueno —Cuddy intentó no reír. —Han sido dos veces, por… por mí.

—No te pases. Fueron por ti, sí, pero una fue por mí también. Pero, ¿sabes por qué fueron por ti? Porque no sabes cuidarte sola, ya estamos en una mierda diferente donde, al menos, nos podemos mover y tener algo de acción, haciendo algo…

—House, esta libertad, entre comillas, no es gratis.

—¡Por lo mismo, debes cuidarte! —gritó, arrojando la cuchara al plato vacío. —Y si no eres capaz de hacerlo tú, lo haré yo. No hay mucha entretención por aquí —terminó en tono de excusa.

Cuddy se levantó con violencia, mientras la sala se iba vaciando poco a poco.

—Pues, gracias —espetó.

Cogió el plato de House por hacer algo y se lo llevó hasta el lavaplatos, dejando al hombre estupefacto.

House se quedó allí sentado, mirando el piano corto cuando el andar de Cuddy le hizo encontrarse con él. Los de la orquesta acababan de comer y la sala quedaría sola, sólo con él y Cuddy, quien lavaba los platos por orden de Udelhoffen; cuando ellos se marcharan.

Cuando ya la Navidad parecía haber acabado y la habitación de la comida estaba sola y a oscuras, Cuddy se marchaba tras lavar el último plato, pero la detuvo una música triste y melancólica salida de un piano. Se volteó y vio entre las siluetas, reflejadas por la luz del pasillo, dónde se ubicaba el instrumento, se acercó y vislumbró a House, en cuya cara se pintaban surcos que demostraban su seriedad y molestia por algo.

Cuddy se afirmó en la parte superior del piano y lo escuchaba.

Él no elevaba la vista de las teclas que tocaba, sin real entusiasmo, pero con gran sentimiento, aunque, realmente, no las veía muy claro. De pronto, un suspiro le hizo mirar un instante hacia arriba, allí hizo contacto visual con una mujer que parecía atenta y concentrada en él, en su música, pero se sobresaltó al notar que él la escudriñaba. House volvió a bajar la mirada:

—¿Qué pasa?

—T... t escuchaba.

—¿Por qué?

—¿Que no puedo acaso?

House se encogió de hombros y prosiguió. Era un claro "haz lo que quieras".

Cuddy se quedó ahí parada frente a él, con la vista perdida, oyendo la música, su música. Cuando la melodía se volvió furiosa Cuddy se asustó, observó a House, quien tocaba con los ojos cerrados, buscando una respuesta, al no ver atención, preguntó:

—House, ¿qué sucede?

—¿Suceder? ¿Qué va a suceder?

—¡A ti, hombre! No te hagas el desentendido.

La música ahora era suave, pero triste.

Cuddy prefirió no insistir y comenzó a marcharse. Ahora la melodía parecía un día lluvioso, de esos en que los amantes se dicen adiós.

House se hartó:

Pasó la mano por todas las teclas y le pegó a las últimas con rabia. Eso llamó la atención de la mujer, quien se volteó:

—¿¡Qué te pasa!?

—¡Estoy harto! —gritó, tras haberse agarrado la cabeza.

Se quedaron en silencio, como si House esperara que Cuddy le preguntara por qué, pero ella no quería, sabía que no le gustaban las preguntas y no le iba a cuestionar, porque ahora, por quizás qué motivos, quisiera.

—Cuddy, mi piano...

—House, yo igual hecho de menos mi antigua vida, pero no por eso ando golpeando las cosas… ni a las personas.

—¡Ja! ¡Claro! —House se puso sarcástico en mala vía y con cierta rabia: —Cuando te atacaba alegabas, ahora te defiendo y me reprochas, ¿cómo entenderte?

—No es cosa de entenderme, pero no creo que seas el único que lo pasa mal. ¿Por qué siempre cuando tú sufres algo es más grave?

—Ese bastardo de Fisherman te violó y no me parece un chiste, ¿te parece un chiste que me hayan torturado más que tú, cuando no me querías dar vicodín?

—House, no mezcles las cosas, no tiene que ver...

—Claro, todo para ti funciona en trono a tu cabeza.

—¡Y lo tuyo no es más q tú mismo! No eres más importante q nadie aquí, House, asúmelo, aquí no te admiran, como...

House elevó la mirada con un casi imperceptible brillo de pena. En ese momento, Cuddy se dio cuenta que fue mucho el rato que permitió que los movimientos de su lengua, antecedieran a los de su cabeza. Pensó en pedir perdón, pero no quería a su vez, sin embargo, tal culpa la carcomía que cedió:

—Lo siento.

—Un poco tarde —señaló House con frialdad, poniéndose de pie y dirigiéndose a la salida.

Cuddy tuvo que morderse el labio para no llorar.

—House, yo no... —pero House la ignoró y se marchó. Cuddy dio un suspiro y una sola lagrima escapó de sus ojos —nada. Gracias por preocuparte por mí, por protegerme... otra vez.

Esperó un momento, observando entre la penumbra que la rodeaba, el piano al final de la sala, también aguardó a calmarse. Habiéndolo conseguido, ella igual subió hasta su habitación… no hasta "su" habitación, sino que hasta "su" habitación… Tal vez en inglés se entendería mejor.

No sabe que presentimiento, designio del destino, corazonada, mandato supremo, escritura de libro, impulso o simple y extraña razón la llevó a estar de pie frente a la pieza de House. Parecía una peligrosa puerta que, aún cerrada, le llamaba a entrar con fuerzas tales, que no cabía sentido en ello, pero a su vez con convicción de que algo de correcto había en esta locura y no llano despecho, como la última vez que golpeó a una puerta ajena, dispuesta a atravesarla.

Y allí estaba, dando los toques mágicos que harían que sucediera lo que sea que tuviera que suceder, por la maldita razón que estuviera allí, ya estaba y era ya el momento de saber por qué.

House le abrió la puerta. No se inmutó ni para bien ni para mal, sólo dejó la puerta abierta y regresó en sus cojeantes y metálicos pasos hasta su cama, a volverse a sentar. Cuddy aprovechó: parece que el presentimiento no estaba del todo errado. Ingresó con cierta timidez y lo vio allí sentado.

—Gracias por lo que… —intentó articular, pero la mirada penetrante de House se lo impidió. —¿Qué? —soltó como un corto grito asustado.

House la observó un momento más y bajó la mirada, cerrando los ojos, apoyándose en su bastón, con cierto aire pensativo.

Cuddy observó su pose, levemente incómoda por su silencio. Él volvió a mirarla, inquietante, era como si esperara que ella hiciera algo. Cuddy sintió un escalofrío en su interior, no fue capaz de soportar el ambiente ni el aire un instante más, debía marcharse y se encaminó a ello.

—De lo que quieres huyes y de lo que necesitas no tienes ni idea —dijo, al fin, House, cuando ella se dirigía a salir de la habitación.

Cuddy lo miró fijamente: tenía razón. Aquella vez en que le agradeció las inyecciones, huyó de lo que quería; cuando buscaba desesperadamente espermatozoides para tener a un hijo, no supo lo que necesitaba, realmente. Lo triste de la situación es que ambas hipótesis daban como resultado la misma respuesta, el hombre que tenía en frente: House.

Y ahora otra vez huiría.

Le echó una última mirada triste y House le devolvió una indescifrable, desde la cama.

—Tú tampoco sabes lo que necesitas —y se volteó, dispuesta a marcharse.

Cogió la perilla y escuchó una última frase, junto con el sonido que hacen las camas cuando alguien se acomoda sobre ellas.

—Necesito que tú te des cuenta de lo que necesitas —fue un suspiro, un susurró, un comentario del creer que ella ya no estaba allí.

Se cerró la puerta y Cuddy volvió a su habitación con lágrimas en los ojos, porque huía de nuevo.

En su pieza se tiró sobre la cama boca abajo, sin prender la luz, con los ojos aguados, pero sin más lágrimas derramadas, ¿por qué no era capaz de reconocer todo ahora que nada se lo impedía y que no tenía otra cosa que la distrajera de recordarlo? Necesitaba una ventana, quería mirar cielo y estrellas, tal vez una estrella fugaz apareciera y podría pedirle un deseo: coraje. Justo pensaba en esto, cuando unos suaves golpes llamaron a su puerta. Se sentó en la cama, con una pizca de pavor, pensando que podría ser Fisherman. Desenchufó la lámpara y la cogió, predispuesta a darle con ella en la cabeza; encendió la luz de la habitación y abrió la puerta con la lámpara escondida tras su espalda.

—¿House? —Cuddy comenzó a balancear la lámpara de una mano a otra, bajó la mirada y la levantó, pero sin mirarlo a los ojos. —¿Qué haces aquí?

—¿Qué tienes en la espalda?

—Eh… —Cuddy bajó la mirada para ver cómo hacía aparecer la lámpara por su costado.

—¿Y eso?

—Una lámpara.

—Sí sé, pero por qué.

—Creí que sería Fisherman —explicó nerviosa.

—¿Te ha hecho algo? —House buscaba serio y penetrante los ojos de Cuddy.

Ella sintió la picazón de esa mirada, pero a su vez encontró tan idiota la pregunta, que se molestó:

—¡Bueno! Me violó. ¿Te parece poco?

House se irguió y miró hacia el costado.

—Sí, es cierto. Perdón. Fue una pregunta estúpida.

Cuddy lo miró a la cara y House la sintió, así que, poco a poco, se giró hasta cruzarse con su mirada:

—¿Puedo entrar?

Cuddy no entendió la situación, le pareció extraña y la verdad es que hasta para House lo era.

Cuddy se hizo a un lado.

—Claro. Pasa.

House entró cojeando, afirmado con el bastón improvisado que tenía y avanzó hasta el costado de la cama. Cuddy cerró la puerta y avanzó hasta el velador para posar la lámpara y volverla a enchufar. House la observaba con algo de inquietud. Ella hacía tiempo, se demoraba más de lo real en acomodar el aparto y le preguntaba, más encima dándole la espalda:

—Y ¿por qué has venido?

—No hablo con traseros —contestó él, molesto.

—Pues mientras no acomode e…

—¿¡Puedes dejar eso!?

Cuddy se sobresaltó y se volteó.

—¿Qué quieres? —le miró a los ojos, sólo por estar molesta.

—Que me digas lo que tú quieres.

Cuddy lo miró unos instantes, asustada. Tenía miedo de que él lo supiera, que ya la estuviera leyendo. Necesitaba esa estrella fugaz, pues de su boca ya brotaban palabra absurdas:

—Quiero volver a Nueva Jersey —bajó la vista.

—¿Sólo eso? —inquirió aguda e insistentemente.

—Bueno, volver a ver a Wilson…

No lo miró a los ojos en ningún momento, es más, veía directamente a su cama, así que no notó cuando House abandonó la habitación, sólo se enteró al oír el suave cerrar de la puerta. Sus ojos se aguaron e intentó controlarlo, pero era casi imposible… era imposible.


House tenía rabia de haber sido tan estúpido de creer que alguna vez ella dejaría de ser ella misma y se envalentonaría a, de una vez, decir todo lo que sentía. En eso eran iguales.

Justo iba a cerrar la puerta, cuando se oyó el sonido de un par de violentas manos golpearla, para impedirlo. House abrió, entonces, la puerta y ahí estaba Cuddy, con los ojos brillantes, mirándolo temerosa.

—Entra. No es bueno que te quedes allí parada —ella no tenía cara de querer irse y él no la iba a echar, pero hablar en la puerta no era un buen lugar, por quienes podrían aparecer, sobretodo por Fisherman: Cuddy no querría encontrarse con él y House tampoco.

Cuddy entró, cerrando la puerta, ya que House siguió su camino hasta adentro.

—¿Qué quieres? —preguntó ya sentado en la cama, viendo a la Cuddy que aparecía tímida, por el pasillo.

Ella lo miraba con esos ojos que querían gritar todo lo que su corazón sentía, pero que su boca era incapaz de pronunciar.

—¿Te vas a quedar ahí parada? —preguntó House, harto de silencio. —Dime lo que hayas venido a decirme y luego te largas antes de que aparez…

—Te necesito.

—… ca. ¿Qué?

House se quedó pasmado. ¿Se atrevía?

Cuddy se le acercó, él la siguió con la mirada; ella se hincó delante de él, para alcanzarle altura.

House estaba sorprendido, se le ocurrió un comentario, pero estaría fuera de lugar y prefirió callarse, quería escucharla.

Pero no fue su voz lo que oyó luego, más bien fue un tacto lo que sintió. Cuddy cogía sus manos con temblores y sudor, se le notaba nerviosa, intentaba entrelazar sus dedos con los de él, pero no podía, estaba torpe y se sentía demasiado nerviosa, tanto que acabó por gemir un llanto breve de impotencia.

—¿Qué pasa? —preguntó House, mirándola fijo y sin saber exactamente qué hacer. Es que verla llorar, aunque sea un poco, no es algo de lo que guste.

—House —Cuddy le miró a los ojos y se puso de pie, se sentó a su lado y comenzó a frotarse los brazos y las piernas, nerviosa: no podía.

—Cuddy —jura que intentó ser lo más suave que pudo —, si no tienes nada que decirme más que llorar, te recuerdo que no soy el indicado.

—Sí eres el indicado.

—Suelo dejar a la gente peor.

Se miraron a los ojos.

—Eres lo que quiero…

House se puso alerta.

—… y lo que necesité nunca fue un hijo.

—¡Hasta que lo notaste! —sí, quería distender el ambiente, pero parece que lo hacía mal.

Cuddy tornó seria la vista.

—House. Eres tú.

—¿Que soy yo qué?

Cuddy oprimió los ojos y los dientes.

—¿Tengo que repetirlo? ¡Te necesito!

House la miraba estupefacto. Cuddy se puso de pie, dispuesta a marcharse.

—¿Me necesitas? ¿Y sólo me lo dices?

Cuddy sintió un pequeño jugueteo, de esos antiguos, en aquella frase. Se volteó con un exiguo rictus de viejos recuerdos.

—¿Quieres algo más?

—No.

Cuddy sonrió triste. House la miraba atentamente:

A él le gustaría tanto que ese "no" fuese sincero como el de ella, cuando le dijo que no era sólo el agradecimiento a las inyecciones lo que iba a darle. Pero no podía.

Cuddy tembló por dentro. Había algo que deseaba hacer, pero no se atrevía por miedo a hacer el ridículo. Pero, ¿y qué más daba? La única manera de acabar con ese nerviosismo era hacer aquello que gritaba todo su ser.

Ni House ni Cuddy notaron cuando ambos yacían tendidos sobre la cama, cada cuerpo por su lado, pero la boca de Cuddy sobre la de House, besándose con necesidad. En un beso que ella quiso comenzar, pero que él no aguantó esperar.

Porque era lo que querían. Porque era lo que necesitaban.

Ahora la boca de House estaba sobre la de Cuddy, en un enredado movimiento que acercó sus cuerpos. Cuddy pasó la mano más lejana por la espalda de House y éste la protegió entre sus brazos, aún dejando el grueso de su cuerpo a un lado. Él comenzó a alejarse de su boca con pequeños besos, mientras ella intentaba acariciar su rostro y los alrededores del hombro más cercano, luego se dirigió al torso a desabrochar botones.

Iba bajando por su cuello, cuando todo se echó a perder: quería bajar más allá de su cuello, pero con el beatle azul marino que llevaba puesto, le era imposible, hasta llegar a su cerviz había sido un reto; entonces fue cuando metió su mano por entre sus ropas, tocando su piel, sintiendo cómo subía y bajaba su abdomen, su pecho… Y ahí fue donde sucedió lo que Cuddy no pudo evitar, por más que quiso:

House retiró inmediatamente la mano al sentir el espasmo tembloroso y el quejido asustado de Cuddy. Se giró en la cama, alejándose de ella todo lo que el camino a quedar boca arriba le permitía. Cuddy lo miraba despegarse de ella, con una mezcla de culpa y pena.

—Aún estás traumada —dijo House, mirando el cielo raso y luego a ella, esperando su reacción.

—¡No! —espetó ella, en tozuda negación.

—Ya. ¿Y por eso me recibiste con una lámpara en la mano?

—Debes entender que me asuste un poco de Fisherman, tal vez esté un poco paranoica, pero de ahí a estar traumada, ¡no! ¿Por qué te alejaste?

—Porque no creo que seas de las que deja que el hombre haga todo, o la mujer, o con quien quieras acostarte, se me da, no sé por qué, que eres más de la acción; a no ser, que hayas sufrido un pequeño trauma que no te deja ver el sexo como antes.

—Yo veo el sexo igual que antes. Tú eres el que está raro. ¿Desde cuándo tan respetuoso?

—No es ser respetuoso. Sólo que si voy a tener sexo, quiero tenerlo en serio, no con una niña, sino con la mujer experimentada que eres. ¡Por favor! Parecía como si te estuviera arrebatando tu virginidad.

Cuddy se puso de pie, indignada.

—Me gusta variar —fue su vaga excusa.

—Pues varía el atuendo, pero que se te note la experiencia —él también se puso de pie.

Estaban a corta distancia uno del otro, mirándose directamente a los ojos, sin atisbo de sensibilidad, como en viejos tiempos podían hacerlo.

—¿Para ti iba a ser sólo sexo? —preguntó Cuddy.

House dio un pequeño salto en sí mismo. La miró un instante y se alejó un paso hacia atrás. Ahora Cuddy era la extrañada con su reacción, con esa, pero más con la que vino después: sin motivo aparente, más que el de su pregunta, le cogió la cabeza con la mano que no se ocupaba del bastón y le besó la frente.

—Buenas noches, Cuddy. Ve a dormir —dijo, ya mirándole a los ojos.

Ella se encontraba atónita a causa de ese gesto. Se llevó los dedos hasta el costado de donde se posó ese beso, bajó la extremidad y lo miró con el ceño fruncido:

—¿Por qué?

—Porque es hora de ir a la cama.

—No. ¿Por qué el beso?

—¡Ah! Porque eres una niña.

Cuddy se molestó y prefirió marcharse de una vez.

—¡Hey! —llamó su atención House, cuando ella cogía el pomo de la puerta; se giró sobre su cintura a mirarlo. —Porque te necesito mañana despierta, para que trabajemos juntos.

—¿Sólo eso?

—Bueno. Si quieres te puedes quedar a dormir conmigo, si tienes miedo de que Fisherman se te aparezca por la noche en tu pieza.

Cuddy dio un suspiro y dijo, casi con lástima:

—Buenas noches, House —y cerró la puerta tras de sí.