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Capítulo 12
BALAS DE ARENA
House se echó en la cama a mirar el cielo raso, pensando en que quien realmente tenía miedo de que Fisherman entrara a la habitación de Cuddy era él. Le daban unas ganas tremendas de ponerse de pie, como ya la había hecho hace un rato, en una acción casi ridícula ahora que lo pensaba más calmado, ¡entrar y salir de las piezas del uno y la otra! En fin… Daba igual, la cosa es que quería volver a pararse y dirigirse hasta la habitación de Cuddy, para asegurarse que ese patán no fuese a interrumpir su sueño, pero… ¿no será él un patán también?
Se acurrucó por sus sábanas y se abrazó a la almohada, pensando por un momento en el día, en que era Navidad, en que había recibido un obsequio, en que, si él no se hubiera detenido, todo habría llegado más lejos. Pero sentía miedo de esta Cuddy, no porque le asustara, sino porque era diferente, tenía la sensación de que, cualquier paso en falso, podría dañarla y ya era suficiente…
Recién ahí notó que se sobaba su muslo derecho con violencia, intentando calmar el dolor que le estaba punzando más que la sola pierna. Encendió la lámpara del velador y buscó sus jeringas de morfina. Para su sorpresa se halló con un frasco naranja rotulado con la etiqueta de "VICODINA"…
Al bajar la mañana de Navidad a tomar su desayuno a eso de las nueve, Cuddy oyó unos pasos correr hacia ella, pero las demandantes pisadas que venían desde la sala de urgencias, salieron no para dirigirse a ella, sino para dar con un salón aislado, lejos de los comedores, lejos de la gente, era aquel donde se atendían, no a los heridos, sino que a los enfermos. Hasta allá se dirigía Goldsmith, con un arsenal de jeringas, apósitos y medicamentos y una serie de cosas más, que hacían bulto en la caja que cargaba.
Cuddy espero a que se alejara y a paso lento la siguió, cuando vio que entraba por la puerta de los enfermos se detuvo, no quería que la viera aún, no era su turno, y si Goldsmith debía entrar a alguno de los módulos de aislamiento, tardaría unos instantes en vestirse, así que esperó. Cuando ya supuso que había transcurrido suficiente tiempo, se dirigió hasta la puerta que le conectaba a otras dos:
Comenzó a husmear por el vidrio del pasillo de los módulos de aislamiento a ver si vislumbraba una cabellera rubia, pero nada…
—¡El ventilador mecánico! —gritó una voz aguda, desde la sala de enfermos.
Claro. La cabellera rubia estaba por esos lados, o sea que pudo hacer mucho más en el tiempo que ella le dio. Entró de golpe, justo cuando una voz fina, gangosa, pero de hombre decía "¡acá está!" y se oía el arrastrar de las ruedas de un carro.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó Cuddy, mirando con extrañeza al paciente espasmódico, en la cama; había algo en las cosas que le acompañaban que se le hacía familiar.
—No, gracias —espetó Goldsmith sin pensar. —Aún no respira bien.
—Aumentando el oxígeno.
—¡House! —gritó Cuddy, al reconocer, por fin, el bastón de metal confundido por el armazón de la camilla.
La rubia miró la pantalla y comprobó su respiración.
—Ya está bien —dijo Goldsmith, justo cuando Cuddy corría hacia el lugar.
En ese momento, la que más conocía a House en aquella sala, suspiró aliviada y se acercó tranquila a contemplarle vivir.
—¿Qué le pasó? —preguntó Cuddy.
—Se ahogaba —informó la más joven, quitándose los guates quirúrgicos, para cambiárselos por otros. —Pero —prosiguió antes de que Cuddy pusiera cara de lástima, acomodándose otros guantes —llegó, en principio, por intoxicación.
—¿De qué? —se preguntó Cuddy, pensando que lo único que tenía a mano era morfina y eso no lo intoxicaría, precisamente. Y ya no había puesto cara de lástima.
—Hidrocodona.
—¿¡Qué!? ¿¡Y de dónde consiguió vicodina!?
—No sé —contestó llenado una jeringa de cuatro mililitros de heparina. —Pero sólo Udelhoffen pudo haber sido, de ser "alguien" el responsable —ahora le suministraba la inyección al trombocitado: un médico canoso.
—Le tiene que haber echado algo más que sólo hidrocodona. House se ha dado unos banquetes de vicodina que le sientan mejor a cuando se la quitamos.
—Ya hicimos los análisis —aseguró Goldsmith, tirando la jeringuilla a un tacho de basura —, el doctor Watson dijo que sólo era hidrocodona en exceso, ¿cierto Watson? —se dirigió al doctor que la acompañaba.
—Sí —afirmó el colorín, el mismo que la ayudaba hace un rato.
Cuddy miró a House entre furiosa y preocupada, una dando paso a la otra, pero, de pronto, sus rasgos se volvieron analíticos: había algo raro en House, en su piel, era muy posible de hecho. Le abrió un ojo por los párpados, para confirmarlo…
—Está ictérico.
Goldsmith se volteó a verlo:
—¿Y qué otra cosa esperaba? Si se ha dado una sobredosis.
—Sí, tienes razón. Todavía la respiración es superficial, pupilas puntiformes, suda frío… Okay —miró a Goldsmith —, se lo merece por…
—Está despertando —anunció el doctor Watson.
Cuddy se volteó a mirarlo con el ceño fruncido, una vez que la rubia le hubo entregado el frasco de vicodina vacío.
—¡¿Qué pretendes?! ¡¿Producirte un fallo multiorgánico?! ¡Idiota! Creí que ya habías aprendido la diferencia entre tu dosis recomendada y una sobredosis. ¡Un frasco completo! ¿Dónde tienes la cabeza? —y tiró con rabia el pote, que apretaba en su puño, al suelo y, sacudida por la ira, salió de allí.
—¿Qué diablos le pasó? —se preguntó Goldsmith, al verla alejarse.
House rodaba los ojos por enésima vez entre lo que Cuddy le gritaba y la pregunta de Goldsmith, debido que el respirador mecánico no le permitía hablar. Pero ahora, Goldsmith se lo quitaba, aún así no podía hablar bien:
—¿Pue…?
—Cállese y tómese esto —ordenó la rubia, tendiéndole una pastilla y un vaso de agua, que le entregó el doctor Watson.
House apenas podía moverse por el cansancio que sentía, así que Watson lo semisentó en la cama y Goldsmith le metió la pastilla a la boca y el agua.
—Ahora tengamos la chata cerca —dijo Goldsmith, dirigiéndose hasta un rincón de la sala, donde habían de los mecinados urinales metálicos.
—Laxante —susurró House.
—Sí, es lo que hay más a mano por estos lados —explicó Watson.
—Me imagino —rodó los ojos.
—Veo que ya respira mejor, ¿siente alguna dificultad? —preguntó el cardiólogo, colocándole el estetoscopio en el pecho.
—Sólo la de la ventilación, pero por lo demás estoy sanito.
—¡Eh! ¡Watson! ¡Toma esto! —Goldsmith le lanzó el urinario por los aires, desde la puerta, con lo que Watson casi cae sobre House al intentar atraparlo, pero, aún así, sin conseguirlo, resbalando él por la camilla hasta el suelo y la chata metálica dándose contra la pared del lado de la cama de House.
—Oye, Goldsmith, ¿a dónde… vas?
—Se fue —dijo House, con cara desanimada.
—¿Y a dónde fue? Que no ve que debemos acabar el turno o Udelhoffen nos matará.
—Entiendo el miedo, ya que eso no es en sentido figurado.
—Iré a buscar una enfermera para usted.
—¿Y me dejarás solito?
—Veo que ya habla mejor.
—Sí, déjame solito.
—Mejor no molestaré a una enfermera.
—¡Sí! ¡Eso! Tráeme a la bailarina exótica, mejor.
—¿Y que le comience a fallar de nuevo la respiración?
—¿Qué le hicieron a Cuddy?
—Qué le habrá hecho usted.
—Le pedí que me hiciera un baile erótico, pero… ¡Oye! ¿Qué haces?
Watson había recogido ya el urinal y levantaba las caderas y la bata de House para acomodárselo en el trasero.
—Cuando se haga, quédese quieto, mandaré a la enfermera cada una hora —y se marchó.
—Que humillante… —susurró House, imaginándose, desde la visual de tercera persona, su estado.
Y a parte de todo esto, ¿qué había hecho de diferente para que Cuddy se comportara así? Uy. Que miedo, le recordó a su jefa gritándole de esa forma. ¡Aguanta! ¿No fue ella su jefa?
¿Y qué hacía ahora? Sabía que si se levantaba se marearía, vomitaría y cualquier otra cosa terminada en "-ría". Sólo le quedaba dormir, pero si se dormía podría descolocársele la chata y acabar en un desastre, aún era todo demasiado reciente como para poder levantarse. ¿Qué hacer entonces? Pensar, imaginar… ¿Imaginar qué hubiera pasado la noche anterior si…? No era necesario ensuciar esa noche, lo que le sucedía a Cuddy era en serio. Podría imaginarse con Cuddy en otra situación, en otro momento como hacía antes, pero… ¿qué diablos le pasaba que se repugnaba de sus pensamientos? No de pensarse con Cuddy, sino de lo que se le ocurría, ya no podía hacer lo que quisiera con ella en su cabeza, ya no podía, no podía y simplemente, ¡no podía! ¡Que fastidio! ¿Y qué hacía ahora? ¿Llorar estar lejos de Wilson? ¿Llorar por echar de menos a esa banda de incompetentes?… qué va, si sabe que no lo son, pero… Mejor se quedaba mirando el vacío, que si se dedicaba a pensar, se volvería loco de la tristeza, de no poder ser ya el mismo.
—Goldsmith ha hablado conmigo.
—¡Ah! ¡Mierda! —gritó House, sobresaltándose.
Cuddy desde la puerta lo miraba extrañada.
—¿Pasa algo?
—¡Me asustaste! ¿¡Me quieres matar!?
—Tú te quieres matar —dijo acercándose, y sentándose a su lado. —Por más tentador que te parezca un frasco de vicodina, te pido, por favor, que para la próxima te inyectes morfina, creo que aprendiste a suministrártela mejor.
—Bueno, hay que hacerla rendir. ¿Qué te pasó a ti? ¿Y qué hizo Goldsmith para convencerte? ¡Ah! ¡No me digas que te gustan las rubias!
Cuddy le dio un manotazo con el dorso, en el brazo.
—A mi no me pasó nada.
—¡Ah, no, claro! ¿Y quién indemniza a mis tímpanos entonces?
—House —Cuddy se puso muy seria y le cogió la mano. Él la miró en serio también. —No lo vuelvas a hacer, por favor.
House escudriñó su rostro preocupado y sus ojos brillantes, bajó la mirada y se mordió el labio pensativo, finalmente, alzó la vista para mirarla a los ojos, pero ella los había bajado por las lágrimas que comenzaron a resbalar.
—Está bien.
Cuddy se sobresaltó y alzó la vista, ya dejando el gimoteo que no pudo contener.
—¿Me hablas en serio? —preguntó, con un tinte de temblor en su voz.
—¿Me preguntas en serio?
Cuddy miró hacia otro lado y respiró hondamente, para no volver con el diluvio que quería asomarse por sus ojos y dándose coraje respondió:
—Gracias.
House se descolocó un instante.
—De nada.
Cuddy volvió a respirar y le palmeó el dorso de la mano a House, la que él jamás movió de su sitio. Se puso de pie y se balanceó un poco, sopesando si irse o quedarse era la mejor opción.
—Cuddy —ella lo miró, agradeciéndole que le ayudara, por unos segundos, a qué hacer —, ¿qué fue lo que te dijo Goldsmith?
Cuddy lo miró un instante sin saber cuál sería la mejor la mejor respuesta, hasta que la encontró:
—Nada que tú no sepas.
House la miró un momento. Ya sabía lo que era:
—Gracias.
—No tienes porqué darlas —y Cuddy le dio la espalda, para dirigirse a la puerta, pero…
—¿Puedes quedarte? Es que me aburro solo.
—Claro —saltó Cuddy, con voz chillona.
Fue a buscar un taburete plegable, de los que se guardaban al final, y lo colocó en la esquina de la pared que limitaba con la cama de House. Se sentó.
—¿Puedes correrte un poco más al medio? Mira que no te veo allí y si me muevo mucho, puedo vomitarte.
Cuddy hizo caso sin chistar.
—Ahí sí. ¿Y qué me cuentas?
—Que tenemos media hora, porque luego empieza mi turno.
—¡Ya me lo has echado a perder! ¿Alguna manía por no ver a la gente feliz?
—¡Oh! Cállate —dijo, acomodando su cabeza a un costado de su abdomen.
House la observó allí echada: su espalda marcaba una respiración más calmada, su brazo izquierdo era su almohada, su nariz chocaba con sus costillas y su brazo derecho se encaramaba a abrazar su vientre. Y en ese observar y no, House ya había introducido su mano entre sus cabellos negros para darle más paz de la que ya estaba emanando, para él llenarse de ella y quedarse apaciguado de una vez… alguna vez.
—No lo volveré a hacer.
Volvieron a surgir las palabras, esta vez más seguras que antes y, con su otra mano, apretó la que se posaba sobre su estómago. Cuddy levantó su cabeza para mirarlo, e hizo que su mano derecha con la izquierda de House, esta vez, sí pudieran entrelazarse por los dedos.
—Gracias —sonrió Cuddy.
House se concentró en sus labios un momento, esa tenue sonrisa le hizo distraerse, le hizo olvidar el dolor, los malestares… Pero, de pronto, sus labios ya no le miraban, sino que hacia la puerta:
—¡Qué romántico!
Era Udelhoffen quien hablaba y Fisherman de guardaespaldas.
Cuddy soltó abruptamente a House. Él extrañándola tan pronto como se alejó. Ella se puso de pie, desafiante hacia los recién llegados.
—¿A qué vienes? —inquirió, avanzando hasta el otro costado de la cama, en simbolismo, del acto intuitivo, de proteger a House.
—Es un enfermo, lo venimos a ver.
—Vienen a fastidiar. ¿Qué quieren?
—¿No te parece romántico, Fisherman? —preguntó, con mofa, Udelhoffen al ginecólogo.
—Sí. Lisa no hizo eso por mí.
—¡No me llames…!
—¡No la llames Lisa!
Cuddy se volteó un instante a mirar a House: seguía recostado, pero cabreado, mirando a Fisherman como si lo golpeara virtualmente, demostrando sus verdaderas intenciones en su agitación.
Al ver a House respirando tan concentradamente, Cuddy buscó un estetoscopio en uno de los cajones y comenzó a escucharle el corazón y cuando iba a buscar sus pulmones, House le dio un manotazo para que lo dejara:
—No es nada. Sólo me he mareado.
Cuddy se mordió el labio, mirándole preocupada. House la miró calmando su respiración:
—Sácalos de aquí —le pidió.
—Váyanse —mordió Cuddy, girando el cuello para mirarlos amenazantes. —¡Aaah!
¡Crash!
House había cogido a Cuddy por la cintura y la tiró al suelo, produciendo que ésta se golpeara la cabeza con los gabinetes.
—Lo siento —dijo House. —¡Ustedes dos…!
—¿¡Qué pasa aquí!?
House comenzó a tener una crisis respiratoria.
Goldsmith había llegado y discutía con Udelhoffen sobre lo que había hecho recién, pero Cuddy aún no entendía nada: escuchó un golpe de algo metálico que fue botado al suelo en la entrada y hacia fuera. Cuddy se aferró a la cama de House para levantarse con dificultades, cuando por fin alzó los ojos por sobre ésta y por sobre el cuerpo de House, notó por qué aquella reacción de House y los gritos de Goldsmith: una bala estaba incrustada en el metal de la pared y cuando daría las gracias a quien la salvó, advirtió que no respiraba: le abrió la vía y volvió a ponerle la máscara de oxígeno.
—¡Lárguense de aquí! —gritó Goldsmith, iracunda y cerrando la puerta de una patada, haciendo un gran estruendo y luego con el cerrojo.
En ese momento vio como Cuddy cogía la mano de House y lo miraba con ojos aguados. Se acercó a ella y se sentó en la camilla del lado.
—¿Qué sucede? —preguntó la rubia.
Cuddy tuvo que respirar hondo para contener las lágrimas y hablar de modo entendible, miró el cielo raso a ver si allí encontraba la voz que no quería salir. Volvió a bajar la vista hacia el rostro de House.
—Es mi culpa.
Goldsmith rodó los ojos.
—Sí, es su culpa.
Cuddy miró a Goldsmith con pena y soltó la mano de House, se puso de pie, se cruzó de brazos y en dos pasos cortos llegó a cruzarse con la pared, con la bala incrustada: la miró, tocó en orificio con el índice izquierdo, luego posó la palma completa junto con la frente. Tomó aire y dijo:
—Salvó mi vida.
—¡Y él está vivo! —bramó Goldsmith, poniéndose de pie con vehemencia.
Cuddy se volteó gritando y moviendo mucho las manos:
—¡Tuvo una crisis, porque yo me distraje, porque yo no noté el arma, porque él —señalando a House con la palma extendida y hacia arriba —me avisó y yo no lo noté! —miró a Goldsmith respirando agitada, callada. Se llevó las manos al rostro —Lo pude haber matado.
Goldsmith se cruzó de brazos y dio un brusco suspiro, para calmar su ira.
—Sí. Como si le importara mucho morir. Si realmente le interesara, no se habría intoxicado. Además que ya no se muri…
—¡Él se irguió un poco en la cama! ¡El balazo pudo llegarle a él!
—Bueno. Hubiese tenido un bonito recuerdo de su última acción.
—¡Ja! Me dijo que no lo volvería a hacer.
—¿Que no volvería a hacer, qué?
—A intoxicarse.
—¿Y usted le cree? —Goldsmith posó una penetrante mirada sobre ella.
Cuddy miró a House adormilado, con el rostro calmado y e inclinado.
—Sí.
—Entonces, no se sienta culpable.
—¿Por qué no habría de serlo?
—Porque él no pensó en lo que hacía.
—¿De qué hab…?
—La sobredosis le produce debilidad, ¿usted cree que, con todo ese cansancio y falta de fuerzas, hubiese pensando en lo que hacía?
Cuddy la quedó mirando y poco a poco desvió la vista hasta House. Dándose cuenta a medias, le cogió la mano con suavidad y le observó.
—Gracias —susurró.
Goldsmith ocultó su sonrisa en una fea mueca y, con los brazos cruzados, comenzó a avanzar a la salida, pero cuando estaba en la puerta y echó una última mirada a Cuddy no pudo evitar hablar, pues ésta última comenzó a llorar, al fin. Sujetándose de la puerta le dijo:
—Doctora Cuddy —la nombrada se sobresaltó y secándose las lágrimas, dirigió la mirada hacia ella: —, usted no lo ha estado a punto de matar, usted le ha estado a punto de hacer sentir vivir.
Y se fue dejando a Cuddy sumida en la confusión y la melancolía.
Diez minutos pasaron y Cuddy apretó la mano de House para decirle hasta luego: ya era la hora de marcharse a la sala de heridos a hacer su turno.
Estaba cambiando vendajes de un muslo a uno de los militares, cuando Udelhoffen se le acercó por el otro lado de la cama.
—Por eso contrataste a House.
Cuddy lo ignoró y siguió en su labor.
—¿Todos tus empleados estaban allí por lo mismo?
Cuddy siguió callada, pero se puso más brusca.
—Tengo un amigo, Vogler, no sé si lo conoce.
Cuddy se detuvo y lo miró fijo.
—Veo que sí. Él me contó que usted…
—¿Qué? —espetó Cuddy. —¿Qué me acostaba con House? ¿Qué soy débil? ¿Qué podría deshacerse de mí? ¡O mejor! ¡De House! Sin mí, no hay House, ¿cierto? Pues se equivoca —escupió, quitándose los guantes, mientras caminaba hacia la otra cama. Botó lo guantes al papelero y se acomodó el estetoscopio —Y vaya haciendo mejores amigos. Respira hondo —eso último lo pidió a la militar en la camilla, poniéndole el aparato en la espalda.
—Hoy es Navidad, esto irá lento. Aprovéchelo.
—La puntada no tiene nada que ver con esto, siga descansando —dijo Cuddy a la malherida. Ahora se dirigió a Udelhoffen: —Sí, gracias. Me he dado cuenta de lo calmado de esta mañana, cuando usted quiso darle acción pegándome un tiro. Suerte que House estaba ahí, para notarlo y salvarme la vida.
Ahora se cambió a la cama de un quemado con ácido.
—Veo que le está muy agradecida.
—Sí, fíjese —afirmó, con una sonrisa sarcástica —, ¿usted no lo estaría acaso? Que le dejaran seguir viviendo, para matar a otros ¿no le parece algo… digamos, bueno? Aunque, claro, ese será usted, mi labor es otra.
—¿A usted le gusta esta vida?
—¡Sí, me encanta! ¡No sé porqué no la había considerado antes! —espetó irónica. —¿Por qué no me mata ahora?
—Porque yo no he intentado matarla.
—¡Oh, vamos! No se haga el buenito. Además él no va a escuchar, se quemó los oídos.
—¿Ah, no? —Udelhoffen sacó su arma y le pegó un balazo al tipo.
—¿¡Pero qué hace, imbécil!?
—Eliminando la escoria.
—¡Es una persona!
—Era. Ahora, dedíquese a atender a quienes valgan la pena, un soldado sin oídos poco podrá hacer, como los… —apuntó un tipo a lo lejos y le disparó en la cabeza —ciegos y las…
Apuntó a una mujer que Cuddy sabía que estaba embarazada. Entonces, se abalanzó sobre su brazo, para desviar el tiro hacia el cielo raso, pero dio con la pantalla de una lámpara y la bala rebotó dándole al doctor Watson, que se retiraba asustado por los tiros, en un riñón. Cuddy y Udelhoffen se miraron, ella lo soltó y le espetó:
—¿No me diga que también es desechable? ¡Ayuda!
Llegaron Goldsmith y Brown. Comprobaron signos vitales y, cogiendo una camilla, lo trasladaron a la sala de operaciones del otro salón, el de enfermedades, que también tenía un elitismo para los médicos.
—Lauren, vamos —dijo Cuddy, a la mujer que respiraba asustada y con algo de dificultad, empujando su camilla.
—No se la llevará a ningún lado —habló con voz amenazante, Udelhoffen.
—¿Qué? ¿Tan canalla es? ¿Por qué no se va a jugar con su pistolita con su santa madre?, a ver cuánto le aguanta.
Udelhoffen se encogió de hombros:
—No hace falta, ya la fastidié bastante y ella a mi también.
Cuddy empujó a Lauren unos metros más, diciendo:
—Sí que es canalla. ¡Matar a su propia madre! ¿Sabía que hasta los condenados a muerte aman a sus madres? ¿¡Por qué no se hace ver, hombre!? ¡Ay!
Udelhoffen le dio a una de las ruedas delanteras del carrito, haciendo a Cuddy perder el equilibrio y casi botar a Lauren al piso, de no ser porque sus reflejos reaccionaron a tiempo.
—¿¡Usted está loco!? —grito de espaldas a él, sujetando a la embarazada y reacomodándola en la cama, con cierto esfuerzo, mientras hablaba: —esta mañana sólo hacemos turno cuatro médicos, para revisar a los heridos de esta planta y los enfermos de la otra, ¿por qué —ahora se dio vuelta hacia él —no…? —pero Udelhoffen se había acercado y le tenía la pistola casi sobre el pecho, Cuddy se apegó aún más a la cama.
—¿Qué pasa? ¿Le comieron la legua los ratones? Vamos que no pasa nada, siga hablando —la pequeña sonrisilla que tenía, la opacó con su grito estruendoso: —¡Fisherman!
A Cuddy le dio un espasmo, que se agudizó al ver a Fiserman en el umbral.
—Encárgate de ella —ordenó Udelhoffen, señalando a Cuddy con el arma y quitándosela de encima.
Cuddy quiso escapar, pero Fisherman la cogió de alguna manera que quedó en el aire y de espaldas a él. A patadas intentó zafarse, debido a que tenía los brazos aprisionados, trataba de darle con el talón en el lugar que se suponía podría ayudarla a librarse, pero no llegaba. En eso notó que Udelhoffen dispararía a la mujer, por lo que, viéndose más a la alcance de su mano, o de su pie, mejor dicho, le mandó un patada, haciendo que el arma fuera a parar unos metros más allá.
—¿Qué haces, tonta? —bramó Udelhoffen, mandándole un manotazo en el vientre y yendo a buscar su arma.
El manotazo no fue gran cosa, pero Cuddy fingió que fue mucho más grave, encogiéndose en sí de un falso dolor, cosa que hizo creer a Fisherman que ella estaba más débil y no lucharía más, así que la soltó levemente , para bajarla, y eso fue lo que aprovechó Cuddy para darle con en codo en boca y nariz.
Cayó al suelo como un gato y salió corriendo al oír que Udelhoffen ya tomaba el arma, olvidándose por un momento de Lauren. Él intento darle, pero Cuddy ya estaba fuera de su visual, yendo por el pasillo hacia la sala de enfermedades, pero a mitad de camino se detuvo: un disparo y un grito le decían que le habían dado a alguien, sin matarlo, pero produciéndole mucho dolor y recordó a Lauren, quiso volver, pero otro disparo le anunciaba que ya no había nada más que hacer, nada más que llorar, como lo estaba haciendo ahora y debía seguir andando o le tocaría a ella y… no podía dejar solo a House.
—¿Qué fue lo que pasó? —fue la pregunta, casi agresiva, de Goldsmith, apenas entró.
—Udelhoffen mató a Lauren Weber, Phil Harrison y Louis McArthur.
—¿Por qué?
—Porque quiso ejemplificarme quién era útil y quién no —explicó con un tinte de sarcasmo. —¿Cómo está House? —consultó, volteándose a mirarlo a lo lejos, pero justo se abrió la puerta.
—Fisherman, llévatela —ordenó Udelhoffen, entregándole unas llaves al susodicho.
Fisherman hizo una llave con uno sólo de sus brazos, llevándose los de Cuddy hacia atrás. Cuddy intentaba zafarse, pero moverse, le significaban unos dolores horribles en los hombros y otros lugares, que no pudo seguir insistiendo. Entonces Fisherman comenzó a empujarla hacia fuera. Lo último que vio, fue a House intentando quitarse la mascarilla de oxígeno.
Al interior, Goldsmith se había puesto a alegar con Udelhoffen, pero éste le amenazó con el arma, además, Brown le estaba gritando desde el interior de la sala de operaciones, para que fuera a ayudarle. No tuvo más opción que entrar y dejar a Cuddy a la suerte de esta moneda lanzada.
House se estaba ahogando con la mascarilla y por ello se la quitó, sin embargo, no notó absolutamente nada de lo que pasó. Miró a su alrededor y lo único que pudo ver, además de otras camillas con heridos, fue a Udelhoffen.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó con poca voz. Vio el arma —Ah. Ya veo. Vienes a matarme. ¿Lo ibas a hacer mientras estuviera durmiendo? ¡Qué valiente! ¿A dónde está Cuddy?
—Tu novia está viva, tranquilo —dijo, retirándose. Se detuvo en la puerta —¿Qué es ese olor?
—Mi intestino ha hecho un buen trabajo y algo podrido.
—Llamaré a una enfermera.
House lo miró extrañado:
—¿Sólo eso? ¿No habrá una bala de despedida?
—Tengo mejores planes para ti.
—¿Qué hora es?
—Las nueve, las diez de la noche, no estoy seguro —y se marchó.
House se quedó pensativo. Si eran las nueve, a Cuddy aún le quedaba una hora para acabar su turno. Si eran las diez, ¿dónde demonios estaba que no se encontraba aquí, con él?
—Avanza, perra.
—El único perro que veo eres tú, haciéndole caso en todo a su dueño.
Fisherman oprimió los brazos de Cuddy con más violencia y le dio contra la pared, encasillándola entre él y el metal, se acercó a su oído y le susurró:
—Si hacemos el camino en silencio, tal vez lleguemos a destino, sino creo que tendré que devolverme solo —e introdujo su nariz en sus cabellos, a la altura de su cuello.
—Basta… Basta. ¡Basta! —gritó, finalmente, Cuddy, moviéndose como un pez que ha sido sacado recientemente del agua.
—Deja de hacer eso o esto terminará mal para los dos y peor para ti.
Cuddy ya se había dado cuenta y paró, pegando su mejilla a la fría pared. Elevó lo que pudo la mirada, buscando tranquilidad o algo que le hiciera, al menos, recuperar su ritmo cardiaco normal.
—Llévame luego a dónde sea que me lleves. No quiero seguir a solas contigo.
—¿Me tienes miedo?
—Vamos.
Fisherman se separó de ella, mirándola con cierta suspicacia, y luego la tironeó para despegarla de la pared, para así, continuar su camino por esos pasillos penumbrosos, tras una guardia y que los llevaría hasta una segunda, que resguardaba una pequeña puerta metálica, que les daba paso a aquella celda que Cuddy creyó no volvería a ver, pero aquí estaba de vuelta.
—No… —murmuró al ver que Fisherman abría la puerta, que dio a conocer una pequeña celda con una silla, sin soltarla.
El negro le empujó con su brazote en la espalda, haciéndola caer al interior de la prisión y encerrándola rápidamente.
Cuddy sintió el ardor en sus rodillas y manos, también el cierre del cerrojo: se levantó y se acercó a la puerta:
—¡Déjame salir! —gritó, sacudiendo la puerta.
Fisherman acabó de cerrar y se marchó.
—¡Sácame de aquí, imbécil! —gritó, ahora dándole con las palmas a la puerta, aporreándola.
Cuando oyó cerrar la puerta principal, dio el último palmazo a la puerta, ya rendida y no pudiendo hacer otra cosa más que llorar de rabia, de impotencia, de tristeza, de inseguridad, de miedo, miedo a la soledad, a la fría soledad…
House ya estaba limpio y cambiado. Estaba recostado de lado, abrazado a su almohada, un plato de comida a medias sobre el velador y una inyección de morfina lista para cuando comenzara a doler la pierna.
Y ahí estaba tentándolo, el dolor ya era lo suficientemente agudo como para coger la jeringa y el frasco y exagerar la dosis, pero había dicho a Cuddy que no lo haría de nuevo y quería cumplir. Mejor esperaba a que ella viniera a verlo y le aplicara la dosis razonable.
Pero no llegaba. Estaba seguro de que había pasado más de dos horas y no había visto a nadie desde que la enfermera se fue. Cuddy ya debería estar a su lado y no estaba, ¿es que ya se había olvidado de él? Que si era así… Pero también Udelhoffen pudo haberle cargado más trabajo, o, tal vez, le había pasado algo, pero ¿qué?
Se levantó con algo de cuidado, pero no se mareó ni nada, ya estaba mejor, sólo sentía un vacío en el estómago de tanto tomar líquidos y sopitas inocuas, necesitaba comida de verdad.
Pero antes de que pudiera dar un paso en busca de comida o de Cuddy, entró Udelhoffen con la doctora Walt.
—¡Ah! ¡Que bueno que estés en pie! Venía a buscarte, ve a vestirte. Con la doctora Walt, Smith y Taylor irán a atender militares en primera instancia.
House cogió la morfina y se la inyectó mientras le escuchaba y le preguntaba, al finalizar su dosis:
—¿Dónde está Cuddy? —se puso de pie.
—Ya anda en eso.
Sin más miramientos, House se dirigió a su cuarto a cambiarse ropa, justo al momento que Goldsmith y Brown salían arrastrando la camilla de Watson, para ubicarlo en la sala de recuperación.
—¿Qué le pasó? —inquirió House antes de marcharse.
—La doctora Cuddy le disparó —dijo Udelhoffen.
—Él está convaleciente, no puede salir. Y, en realidad, fue usted el que disparó —rebatió Goldsmith.
—Pero la doctora Cuddy desvió mi tiro.
—Porque iba a dispararle a una embarazada.
House se marchó.
Hace una hora…
La aldaba de la puerta se oyó abrirse y Cuddy se levantó del asiento a ver quien la venía a visitar: Udelhoffen y Fisherman venían entrando.
—¿Qué quieren?
—Vamos, muévase —ordenó Udelhoffen, jalándola por un brazo.
Salieron de la prisión y caminaron hasta unas compuertas enormes que, al abrirse, daban a un recinto lleno de tanques, jets y camiones, además de cajas con armas.
Allí, centenares de militares se alistaban para reforzar las tropas que aguardaban en el desierto, porque llegara el veintiséis de diciembre, para que todo regresara a la "normalidad".
Subieron a uno de los camiones, en el que ya habían otros dos doctores y tres enfermeras, Udelhoffen les dio unas instrucciones, con las que Cuddy pudo enterarse que irían a atender a los heridos en el campo de batalla, además les dijo que algo de ropa les llegaría al siguiente día; y se bajó del camión, dejándoles el rumbo bajo el cielo estrellado sólo a ellos.
Ahora ya estaban de camino al lugar en que si no se cuidaban bien, podría ser su tumba.
Cuddy se sentó con las enfermeras, como si intentara protegerse entre su mismo sexo, como si la fuesen a defender, ya que, para colmo, Fisherman iba en la comitiva.
Cuando llegaron, una explosión, que sacudió el camión, les dio la bienvenida. Bajaron a refugiarse en la tienda de campaña, se pusieron sobre su ropa el uniforme que les entregaron y prepararon su botiquín, para salir a buscar heridos, los cuales, si se agravaban demasiado, se derivaban a la base. Cuddy prefirió ser una buena chica y obedecer todas las instrucciones dadas.
Y así pasaron, hasta más allá del año nuevo, durmiendo poco, comiendo mal, hiriéndose, arrancando de las bombas, arrastrando cuerpos, abandonando a los muertos, socorriendo a los sobrevivientes. Tanto House como Cuddy, pero en sectores distintos.
Un día de mediados de enero, Cuddy, junto con una de las enfermeras y Fisherman, se acercaron a atender a algunos marines, demasiado cercanos a la línea enemiga. Era casi un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, separados por las trincheras, las que ellos utilizaban para protegerse de las balas.
—Muerde esto —dijo la enfermera Cooper al herido de bala, entregándole una toalla estrujada en espiral.
Cuddy echó alcohol para desinfectar y Fisherman, con un bisturí, intentó sacar la bala. Al lograrlo, Cuddy contuvo la hemorragia y selló con los puntos y un parche en el hombro. Ahora debían cargarlo hasta la tienda, lo que hicieron con la ayuda de dos de los militares que estaban comiendo a esas horas.
Cuando se lo llevaron, Cuddy se sacudió la pólvora que caía desde la metralleta del militar disparando, sobre ella, al bando contrario. Se lavó las manos con el agua de la botella que le ofrecía la enfermera Cooper, para poder dedicarse a cerrar las heridas de otro muchacho, en su muslo. Cuando estaba cosiendo, Fisherman le picó con una aguja en la mano, la que enseguida guardó.
—¡Auch! ¿Qué haces, idiota?
—Perdón —se excusó.
Cooper miró a Fisherman preocupada y asustada, como si temiera a que le fuera hacer algo a ella o, tal vez, otra cosa…
Cuddy acabó la costura e hizo que el muchacho se aferrara de su cuello, para que se dirigieran a la tienda, pero a mitad de camino, ella cayó al suelo inconsciente.
House estaba viendo las formas de volver a la base, tenía la certeza de que si quería saber algo de Cuddy, ese sería el primer lugar donde comenzar a buscar. Porque perderse en el desierto, sí que era una pésima idea, ya lo había vivido y no dio frutos, no lo volvería a hacer.
Escondiéndose del deber que le habían asignado, llegó a encontrarse con un iraní herido, lo que significaba que había traspasado la frontera de guerra, o viceversa, pero alguien estaba en territorio enemigo. Sin embargo, el hombre estaba herido y él era un médico, así que abrió su botiquín y buscó con qué ayudar al tipo.
—¡No! —gritó este, cuando vio que le quitaría las ropas, para ver qué era lo que tenía. House se quedó quieto, observándolo. —¡Máteme! ¡Máteme! —gritaba en su lengua.
—No —dijo House y lanzó el arma que le ofrecía, lejos y se puso a trabajar, dándole un calmante y algo de morfina tanto a él como al paciente, suponiendo que la causa de querer morir era el dolor.
El hombre se fue tranquilizando, hasta quedar en un estado de serenidad absoluta, gracias a los calmantes. Entonces House se puso manos a la obra, desinfectando, la quemazón producida por la detonación de una granada bajo sus pies, de la cual, por pelos, alcanzó a escapar. Casi caída la noche, logró terminar, no dejándolo en las mejores condiciones, pero sí asegurándose de que sus signos vitales funcionaban como es debido.
—Gracias —dijo el hombre en inglés.
House asintió con la cabeza. Se puso de pie con dificultad y se dispuso a marcharse.
—¡Hey! —le llamó el hombre. —¿Eres americano?
—¿Para compararme con…?
—Tú no matas gente iraní, la ayudas. Salva a mi hijo. No ando en guerra. Soy pobre. Mi hijo muere.
House se quedó pensativo.
—Llévame —dijo House, finalmente, tendiéndole una mano para ponerlo de pie.
El hombre la aceptó y se paró con dificultad, House se aferró a su bastón metálico y el hombre a él, haciendo los más grandes esfuerzos para caminar. De esa forma llegaron hasta la casucha del hombre, tras atravesar un bosque de matorrales resecos.
Al entrar en la casa, la mujer y los niños le miraron raro. Luego notaron el estado de papá y la hija mayor partió a prepararle un baño y dos hijos a buscar agua al poso. En tanto, el hombre hablaba con su mujer, y esta condujo a House hasta la habitación del segundo más pequeño de la familia.
Apenas entrar y ya sabía lo que tenía.
—Está irradiado —contó a los padres. —Probablemente, los americanos andemos dejando desechos radiactivos por ahí. Lo siento, debo irme —y cojeó hacia la puerta.
—Pero, ¿puede hacer algo? —preguntó el padre del niño, olvidándose de sus dolores por un momento.
House se volteó con una mirada de pena, de esas que se confunden con la decepción de no poder hacer nada.
—Lo siento. Pero aquí no tengo cómo. Lo más factible es que ustedes también estén irradiados. Lo siento, pero debo irme ya —y se marchó, antes de tener una posible irradiación, dejando a una familia inocente sumida en la tristeza, la desesperación y la desolación, por culpa de un motivo egoísta, que sólo quitaba vidas, por no saber ocupar los adelantos científicos que para él salvaban vidas. Para los otros, eran el arma perfecta para acabar con la gente más deprisa.
Ahora debía volver a la base, debía reencontrarse con Cuddy, porque no quería llorar solo, porque no quería estar solo, porque no quería morir solo, porque no quería estar sin ella ya más tiempo, porque tenía un mal presentimiento.
Nueva Jersey, 14 de Enero de 2009.
Wilson estaba en su cuarto de hotel, comiéndose una pasta y viendo televisión, cuando sonó el teléfono:
—¿Aló? ¿Hablo con James Wilson?
—¿Aló? Sí, con él.
—Llamo del Princeton General. Eric Harvey.
—¡Oh, señor Harvey! —dejó el plato sobre la mesa del living. —Dígame.
—Bueno, tras la agradable entrevista que tuvimos con usted y viendo su currículo, hemos decidido contratarlo. Puede comenzar desde el lunes.
—Oh, muchas gracias señor Harvey. El lunes, a primera, hora estaré allí.
—En realidad, necesito que venga mañana a firmar su contrato, ¿le parece a las diez de la mañana?
—Claro. Allí estaré, señor Harvey.
—Muy bien. Hasta mañana, doctor Wilson.
—Hasta mañana. Gracias —y colgó.
Llegó el día lunes y le dieron su horario de trabajo y de consultas: tras el almuerzo le tocaba atenderlas.
Despachó a una niña con su madre con una receta de antibióticos. Esperó al siguiente paciente, pero para su sorpresa entró Cameron.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a la chica.
—La pregunta es, ¿qué haces tú aquí?
—Trabajo. ¿Vienes de paciente?
—Vengo a hablar contigo.
—Lo siento, estoy trabajando.
—¡Wilson! —gritó, mirándole con súplica desesperada.
Wilson se calmó y se sentó a escucharla.
—Habla. ¿Qué es lo que quieres?
—Que me digas por qué te fuiste.
—Vogler es el nuevo jefe, puso a la cabeza a un tal George Daroch. ¿Qué iba a hacer yo ahí?
—Quedarte como jefe de oncología.
Wilson rió sin gracia.
—¿Me dirás que nada ha cambiado?
—¡Por su puesto que ha cambiado! Pero si estamos juntos, con los demás, podremos…
—¿¡Juntos para qué, Cameron!? ¡Murieron mis dos amigos! ¡Los dos! ¿Crees que me interesa seguir ahí? Yo sólo quiero olvidar y recuperarme de su partida, porque a mí —tomó aire —no me interesa nadie más en ese lugar.
—¿Ni tus pacientes?
—Los veo morir todos los días, sé que morirán todos los días. Acá es lo mismo, sólo que sin los fantasmas de House y Cuddy revoloteando en mi cabeza, en cada rincón de ese hospital, y más aún si debo aguantar a Vogler.
—Nosotros igual los echamos de menos, también debemos soportar a Vogler…
—Es cierto. Pero sólo sufren por House, porque Cuddy jamás les importó un pito, pero a mí sí —bramó. —De hecho, me pesa mucho más su partida que la de House. Ella no se lo merecía —gimoteó.
—¿Y él sí?
—A él no le importaba —inspiró hondo y suspiró.
Se quedaron en silencio, él recordando los últimos momentos que vivieron juntos, ella pensando cómo continuar la conversación.
—Pero… —Cameron aún no encontraba qué decir —¿Tú crees que ellos…?
—Que ellos, ¿qué? ¿Qué se acostaron? Ojalá lo hayan hecho.
Cameron se paró con violencia.
—¿Qué te pasa? —preguntó Wilson, mirándola extrañado. —¿Te molesta que haya dicho eso? ¿Qué les desee que se sinceren después de millones de años ocultándoselo mutuamente? ¿Qué hayan tenido un último gustito antes de convertirse en polvo? Pues eres una egoísta.
—¿¡Y tú!? ¿No eres un egoísta acaso al olvidarte de nosotros?
—¡Murieron mis amigos, los dos, y ¿quieres que me preocupe por ustedes?!
—¡Quiero que nos ayudes!
—¿¡A qué!? ¿A sobrellevar el dolor? Háganlo solos, ya están grandes.
—No es eso Wilson. Pensamos que si nos ayudamos…
—¿"Pensamos"? ¿No serás tú sola?
Cameron hizo un gesto de resignación.
—Mira Cameron, yo estoy tratando de reconstruir en algo esta herida que tengo, ayúdame tú marchándote y así ayudándome a olvidar el pasado.
—¿Qué pasó con el Wilson de antes, ese comprensivo, compasivo, fiel a sus amigos?
—¿Sutilmente me estás diciendo que soy traidor?
Cameron tomó aire:
—Sí.
—Todos cambiamos.
—House decía…
—¿Qué piensas tú?
Cameron bajó la mirada acuosa, volvió a mirar a Wilson y se fue, cerrando la puerta con suavidad.
