A Akisa, por la conversación del otro día. ¡Sigamos adelante!
La vida puede ser de dos maneras: un jardín lleno de sorpresas; o un ramillete de perfectas flores que han perdido su raíz. Yo me voy por el jardín...
Capítulo 12
TODO EL MUNDO MIENTE
Tras un día completo caminando, ya apenas en los últimos kilómetros, House logró llegar a la base. Estaba deshidratado, pero reunió las suficientes fuerzas, para aporrear el portón de acero, por el que salían los militares a la batalla.
—¡Abran! —gritaba, ya cansado de golpear.
Se sentó a un costado de la compuerta. Ya se estaba debilitando, en medio del desierto, más de lo que pudiera resistir, pero como parece que "Dios le amaba", justo se abrió la compuerta, para dejar salir una nueva comitiva y a McCollough junto con ella.
—¡Hombre! ¡Estás vivo! —exclamó McCollough, impresionado.
—Sí. ¿Tendrás agua?
McCollough ordenó a uno de los soldados rasos que le trajera un bidón de agua, en tanto, él se acercaba a House.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó, hincándose a su lado.
House respiró hondo antes de contestar:
—Me he perdido.
—¿Seguro?
—¡Sí! —gritó cabreado, con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Aquí está el agua, general McCollough —exclamó el cabo, entregándole el botellón.
McCollough se lo recibió y lo abrió para House, pero éste se lo arrebató de las manos, para echarse el agua sobre la cabeza y beberse el resto.
—Vete —dijo, amablemente, McCollough al muchacho, luego miró a House, con preocupación.
House sintió como esa mirada le picaba y se giró, para confirmarle en un tono casi agresivo:
—Estoy bien. No sé cómo, pero estoy bien, sólo algo deshidratado.
El militar consintió esa respuesta y gritó a otro marine:
—¡Eh! ¡Carter! Tú hazte cargo, yo iré después.
—Como ordene, general —condescendió el militar, cuadrándose.
—¿Va a quedarse conmigo? —preguntó House, con un tinte de ironía.
—Sí —afirmó McColluogh. —¿Prefieres que te acompañe aquí o que entremos?
—¿Quiere hablar con un cadáver o con un aspirante a ello?
McCollough esbozó una pequeña sonrisa y se puso de pie. Estiró, luego, la mano para ayudar a House a ponerse de pie, pero éste, testarudo, no quiso recibirla, sin embargo, al ponerse de pie, se tambaleó y no le quedó más que caminar ayudado por el general.
Entraron a la base andando lentamente. House seguía bebiéndose el agua a bocanadas, cogiendo el botellón de modo que su codo funcionaba como palanca. McCollough lo conducía por entre coches, naves, barriles, cajas… hasta que dieron con la puerta, resguardada por militares, que daba con el lugar donde se encontraban, sino los abnegados patrióticos, sí los aspirantes a cadáveres, de verde, de blanco, de gris, de azul cuadrillé, probablemente, todos acabaran diciendo adiós. Pasaron por las cocinas y por la sala de atenciones, sin entrar a ellas, simplemente, siguieron el camino recto, demarcado por las paredes, hasta dar con el recodo que les conduciría a la sala de atenciones para médicos enfermos y las urgencias de cuarentena.
Entraron a la primera puerta y luego a la del fondo, para ocupar una camilla. Había una sola enfermera, atendiendo al doctor Watson, que aún se veía débil.
—¿Los doctores de turno? —preguntó McCollough a la enfermera.
—Tres revisando a los aislados. Dos operando con dos enfermeras en la sala de operaciones de aquí… —se detuvo abruptamente, al perecer esa frase no acaba ahí. Tomó aire, mientras McCollough la miraba fijamente, ella se acercó a él, tras un espasmo que le había hecho recordar su función y cogió a House y lo ayudó a acomodarse en una camilla vacía al lado de Watson. Entonces, se acercó y en voz muy baja dijo: —General McCollugh, ¿podemos hablar… en privado? —agregó ante la mueca que hacía devenir un "dímelo aquí".
McCollough deprimió los hombros y dando un suspiro accedió, pidiéndole a House que lo esperara.
—Difícil que me mueva de aquí en un buen rato. Al menos, no hasta que sienta que mi cabeza deja de tener vida propia.
La enfermera pidió un segundo al general y este dijo que la esperaría afuera. Le llevó dos garrafas de agua al deshidratado.
—Esto es publicidad engañosa —se quejó House, abriendo la botella con cierta desesperación.
La enfermera rodó los ojos y le tendió su brazo, con un vaso sujeto por su mano.
—Estoy deshidratado, no con resaca —dijo. Y sin ni molestarse por coger el vaso, se llevó el botellón a la boca, chorreándose él y la cama.
Haciendo un gesto de irritación, la enfermera salió de la habitación.
House la miró marcharse y luego el vaso sobre la mesita. El vaso le trajo la palabra "modales" a la cabeza y esto a recordar a alguien, pero antes de que pudiera poner su mente en marcha, una voz le distrajo, asustándolo.
—Eres un gato.
Miró a su lado: Watson le hablaba.
—Y tú Lázaro.
—No, no alcancé a ver la luz al final del túnel.
—¿Por qué lo dices en un tono de voz que pareciera que lo lamentaras?
El cardiólogo lo miró con cierta ironía, con gusto a obviedad.
—¡Oh, claro! —balbuceó House, llevándose el botellón a la boca de nuevo, comprendiendo sin más reproches. —Entre la muerte y una vida al lado de Udel-loco no hay mucha diferencia.
Watson sonrió levemente, de modo explosivo.
—Creo que… —bebió más agua —le declararé mi amor eterno para hacer esto más llevadero —esto último se entendió por pelos, porque habló con la boca llena de agua.
Watson lo miró confundido:
—¿Cómo puedes hablar tanta tontería en un momento como este?
—¿Qué tiene de trágico este momento como para poner cara de luto? El Ángel de la muerte no anda cerca para repartirnos bombones, debería ser suficiente… —miró a su contraparte. —Oh, bueno, a ti te llegó uno a tus manos, te lo comiste, pero como vomitaste…
—¿Hablas de Udelhoffen?
—¡No, hombre! De Mengele. Pero debo admitir que son como lo mismo. Aunque Udelhoffen es menos listo: debería darnos caramelos.
Watson rodó la cabeza hacia el otro lado, como haciendo notar su impresión.
House se dio cuenta de que ya era demasiado y se calló. Volvió a beber agua y nuevamente observó el vaso sobre el velador. Sujetó el botellón sobre la cama con una mano y con la otra cogió el vaso, para observarlo más de cerca, con fijación, con inquisición, con un toque minúsculo de cariño.
Watson, al no oírlo hablar, se volteó a verlo: allí le vio pensativo, se atrevería a decir que hasta melancólico.
—¿Sabes algo de la doctora Cuddy? —preguntó House, sin mirarlo a los ojos, dejando el vaso sobre el velador.
—Bueno, ya está bien.
House alzó la vista hacia él con violencia.
—¿Bien de qué?
—Bueno, de…
—¿House?
Ambos miraron hacia la puerta: allí estaba Cuddy, con el pelo cogido, los ojos brillosos, rasguños en las manos, cara y cuello; y su delantal blanco haciéndola parecer doctora en lugar de herida o enferma, distinguiéndola de todos los que estaban allí.
—Estás vivo —balbuceó.
—No te cansarás jamás de decir eso —bromeó House.
Cuddy sonrió y se acercó con cierta timidez.
—¿Qué te pasó en la cara? —cuestionó, intrigado por los rasguños.
—Me caí.
—¿Sobre una mata de agujas? —sugirió con ironía.
Ella negó con la cabeza.
—Me caí sobre la ruma de leña.
—¿Qué hacías en las cocinas? ¿Te aburriste de no filetear? Es más, ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar en medio de Sahara?
Cuddy rodó los ojos.
—Pues volví, ya no me necesitaban allá como acá…
—Hay alguien que le llegará carbón por Navidad.
Cuddy se quedó con las palabras en la boca, mirando a House con expresión que intentaba ocultar su derrota.
—No estoy mintiendo.
—Ya. Doctor Watson, ¿podría decirme qué fue lo que ocurrió con la chica del ex escote? ¿La arañó un gato o una gata?
—La leña —afirmó Watson.
House abrió grandes sus ojos y miró al cardiólogo.
—Watson, ¡deberías apoyarme!
—Me preguntas que con qué se arañó y eso es lo que llegó a mis oídos. No es mucho de lo que uno puede enterarse postrado, ¿sabías?
House volvió a hacer el mismo gesto de "soy un idiota, pero pobre del que ose decir que lo notó".
—Okay. Rebobino con corrección, pero insisto en que deberías ser más curioso; ¿qué llevó a la señorita a introducirse en el lóbrego mundo de las cocinas?
—Pues… —Watson miró a Cuddy y House a Watson.
—No me digas que no tienes ni idea —saltó House, chillando tanto dramática como falsamente.
Los vio como se miraban por un segundo.
—No me corresponde decirlo —dijo, finalmente.
House rodó los ojos y se echó hacia atrás, golpeándose la cabeza con la pared. Cuddy corrió hasta él para verificar que no le hubiese ocurrido nada, pero House, tras dejar revisarse, gritó:
—¡Ya basta! Estoy bien. Déjame con mi agua que es la única sincera aquí.
—¿Quién te ha dicho que no tiene cera? —preguntó Cuddy con ironía.
House hizo una mueca hacia ella.
—Qué aburrida eres. ¿Quién fue el que te disparó? Udelhoffen no me extrañaría, es todo un vaquero, pero no me convence, creo que porque no estaba en tu grupo. Así que nos iría quedando el gato negro, o la pantera sería mejor. Sí, porque ahora que ya no le inflas, probablemente, quiera vengarse de la única mujer que no le aguantó por segunda vez sus mamografías y sus papanicolau, tal vez porque era muy bruto y…
—¡Ya, cállate! Sí, fue Fisherman, pero no fue un disparo, fue veneno. Me regresaron de urgencia. Fisherman está encarcelado por una temporada, porque todo llegó a oídos de McCollough. Udelhoffen me encomendó a las cocinas para que nadie se enterara de a quién le había sucedido, para que no se extendieran más los rumores. Lograron salvarme, pero quedé con algunas secuelas y me he vuelto algo torpe, por eso me caí sobre la leña… tropezándome con mis propios pies. McCollough se enteró de en dónde me tenía Udelhoffen y me volvió a mi labor. En eso estaba cuando llegaste: revisando que todo estuviese en orden con los contagiados, al acabar de darles sus medicamentos vine a verte y…
—Cuddy, cállate. Ya entendí. Sólo ¿estás torpe y te tiene atendiendo…?
—Ha pasado tiempo desde eso. He ido, gradualmente, incorporándome.
Hubo un momento de silencio, en el que Cuddy se torcía las manos y House miraba a un vacío por el suelo.
—Ya. Me voy. Debo continuar mi turno.
House asintió ensimismado. Cuando notó que Cuddy estaba cogiendo el pomo de la puerta se despejó la mente para decirle:
—Eh, Cuddy. ¿No puedes hacer tu turno aquí?
Cuddy esbozó una pequeña sonrisa sin voltearse a mirarlo, en seguida, cuando pudo borrarse el rictus le miró:
—No sería turno, entonces —sentenció, y salió.
House se quedó pensativo y con un atisbo de sonrisa coqueta y melancólica, que se esfumó en gracias, al ver la botella de agua que le hacía compañía y las que aún esperaban por su boca.
Había aún un orden en este universo caótico; parecía que sí saldaba las cuentas. A él sólo le hacía falta recuperar la sangre y la saliva. Sólo le faltaba vencer la metáfora concreta del deshidratado.
Era muy entrada la noche y el turno de Cuddy acababa, pero quienes debían llegar a reemplazarlos, a ella y al doctor Brown, no aparecían. Ni Goldsmith ni Bolt asomaban sus cabezas por esos lados. Brown se hartó y se fue, aún cuando Cuddy se lo impidió. Finalmente, acabó aburriéndose ella y se marchó, dejando avisada a una de las enfermeras. De todos modos, su ida fue sólo para ir a apresurar las cosas: ya estaba dispuesta a aporrear la puerta de la habitación de Goldsmith cuando ésta se abrió, pero sólo para darle una gran sorpresa: Udelhoffen salía muy campante de la habitación. Aún mirándolo con ojos desorbitados, el la ignoró y se fue, Cuddy no pronunció palabra y nada más aprovechó que la puerta estaba abierta para entrar: allí vio a Goldsmith abrazada a las sábanas, cubriéndose el cuerpo desnudo.
Cuddy comenzó a tener una oleada de sentimientos basados en recuerdos, en experiencias y en pensamientos de maldiciones, de una noche y de un día de inconciencia y nada más verla, fue suficiente motivo para que sus ojos le denegaran la tregua del agua, escondiendo la bandera blanca a la pena y a la angustia y enlutándose de cadáveres de minutos antiguos, pasado, creídos olvidados y de mil y una sensaciones que ni idea tenía de por qué se aparecían en ese momento. Y volvía a necesitar de un hombro para llorar, de un amigo, de alguien de confianza, y volvía a sentir la necesidad que creía purgada y arrancada de su lista de síntomas, a su total enajenación de sueños, de esperanzas, de seguridad y de las miles y millones de verdades y mentiras que le ayudaban a vivir mejor.
—¿No me digas que…? —fue todo lo que logró articular, sin siquiera poder acercarse más.
Goldsmith tenía la cara cubierta por el lacio cabello rubio, pero se sentía los ahogados y trágicos gimoteos de rabia.
—No —afirmó, con el ceño muy fruncido.
—Pero entonces…
—Hay errores y errores.
Cuddy comenzó a inundarse de otras sensaciones, pero ahora incluían a House.
Quería preguntar, pero no sabía cómo. Abría la boca y la cerraba; suspiraba, tomaba aire; se inflaba el pecho; y se arrancaba el aire de los pulmones como una daga sin cuidado se desclava y volvía a abrir y cerrar la boca. Tenía a lo menos media docenas de preguntas esperando por ser respondidas, pero ninguna sabía cómo ver la luz sin cegar a nadie.
—¿Tú…?
—Lo consentí —dijo ella con voz ronca. —¿Puede voltearse? —inquirió con cierta violencia, una vez que del suelo había recogido su sostén.
—Claro —balbuceó Cuddy con algo de torpeza, volteándose como sus palabras.
—La gente no cambia —afirmó, mientras se vestía, aún con esa actitud de inquebrantabilidad, que no hacía más que aparentar.
—Violet, yo creo que tú…
—Usted no me conoce.
—Pero…
—Aunque usted no cree en los Aleluya, aún guarda algo de fe, aunque no lo note; usted aún tiene convicciones por las que creer o al menos pensar, porque no la han corrompido con la mentalidad de Udelhoffen —dijo, acomodándose los zapatos.
—¿Me dices que a ti…?
—Yo no he cambiado —la miró a los ojos.
—¿O sea que tú…? —Cuddy definitivamente sentía su seso como una ensalada surtida.
—¿Por qué se hace la sorprendida? —espetó, acomodándose los zapatos. —Me voy a trabajar.
—¡No! ¡Espera! —la atrajo por un brazo y Goldsmith le dedicó una mirada de odio que no supo entender. —¿Desde cuándo? —preguntó tras una pausa.
—Desde hace mucho tiempo.
—¿Desde de lo de su hijo? ¿Es un chantaje?
—No sea tonta, ni se meta en lo que no le incumbe. Mejor vaya a cuidar del milagro que vino con usted.
Cuddy no la estaba escuchando, no al menos con tres cuartos de la mente, que estaban concentrados en la ocurrencia que ahora había tenido:
—¿Ha sido desde que nosotros…?
—¡Deje de molestarme! —gritó, desquiciada. —¡No me arriesgaría tanto por gente que ni conozco!
Se miraron por última vez, Cuddy notando que no podría decir ni una palabra más, Goldsmith con temor, tanto que Cuddy, aún en su letargo, pudo notarlo y pudo notar también que esa carrera que se pegó escaleras abajo encerraba el miedo a algo, y esa mirada trémula parecía temer de sí misma.
Nueva Jersey. Enero 27, 2009.
Wilson salía de las consultas. Había acabado su jornada laboral por ese día y debía volver al hotel, a impregnar de su olor a soledad las paredes del cuarto que lo albergaba, de ensalivar un vaso con su angustia y a sudar la cama que podría transportarlo a mundos felices. Pero nada pudo ocurrir, nada por un tipo de negro parado frente a él, tras dar unos pasos hacia el libro que firmaría para su salida; un tal Kevin Turner se presentó y le pidió hablar con él en un lugar más privado. Aún con todas las aprehensiones que le significaban aquella situación y aquel tipo, accedió, por su costumbre de no saber decir que no.
Llegaron al estacionamiento y subieron al auto negro de Turner, Wilson se sentía en situación similar a la que vivió hace algunos años.
—Me siento como un mafioso —comentó nervioso, sentado en el asiento del copiloto, mirando al frente.
—No se preocupe. No es nada ilegal —dijo Turner, entregándole un sobre sellado.
Wilson rodó los ojos, no creyéndole jamás. Abrió el sobre y vio una carta que leyó con poco cuidado. Creía saber de qué se trataba y sólo buscaba la confirmación a sus sospechas, hasta que la encontró.
—Mis dos amigos murieron en esto.
—Y usted lo hará si no va.
Wilson lo miró, Turner le miraba con las cejas alzadas por sobre sus gafas negras.
—Y si voy también moriré.
—Si quiere puede meditarlo hasta hoy en la noche. El miércoles nos vamos…
—No sea cínico —dio un suspiro. — No tengo nada porqué quedarme… ¿Debo firmar en alguna parte?
—No. No es necesario. Mañana a la media noche lo pasaré a buscar. Prepare sólo lo necesario. Y no le diga a nadie. Ahora salga.
Wilson dio un gruñido.
—Creo que con mis amigos fueron más amables.
—Tal vez. ¿Quiere que lo encañone? —inquirió, señalándolo con una pistola.
Wilson abrió los ojos un poco más que antes y descendió del vehículo.
—Déjelo. Me sé el camino. No necesito una farola —farfulló.
Y apenas cerró la puerta, el tipo arrancó el auto como si se tratara de un delincuente escapando de la policía.
Wilson alzó la vista: Hadley y Foreman estaban allí. Rodó los ojos y cuestionó al cielo del por qué de su presencia. Se acercó como quien no quiere la cosa y ellos también a él, aunque directamente.
—¿Ahora ustedes? —gruñó Wilson, cuando el alcance era inevitable. —Llevo no muchos días trabajando aquí y ya han venido Cameron, Chase, Kutner, Taub y sólo faltaban ustedes dos. ¿Por qué lo hacen?
—A la doctora Hadley la han despedido. Vogler no quiere gente enferma, ya sabes —contó Foreman.
Wilson sintió lástima por ella, se veía ojerosa, triste e ida.
—¿Y qué hacen aquí?
—Yo quería hablar contigo y Hadley venía a ver si conseguía trabajo —informó Foreman.
—Creo que no entraré —dijo Hadley, apoyando la cabeza en el hombro de Foreman, como si se fuera a desmayar.
—¿Te llevo a casa? —preguntó Foreman.
—Por favor —pidió ella.
Foreman le entregó las llaves del coche y le pidió sólo unos minutos para hablar con Wilson. Quedaron en que ella lo esperaría allí.
—¿Están de novios? —preguntó Wilson, que sentía que se perdía de algo.
—Pues no. Pero si estuvieras en el Princeton, te enterarías de muchas cosas.
—No vale la pena cuando estás a las puertas de la muerte.
—¿De qué hablas? ¿De ese auto negro del que bajaste?
—Sí.
—¿Qué harás?
—No puedo decírtelo. Pero ya no vale la pena nada.
Foreman no necesitó más de dos segundos para comprender todo.
—¿Vas a ir al lugar donde fueron House y Cuddy? ¡Estás haciendo más tonterías que Rema Hadley! ¿Sabes qué fue lo último que hizo? Ella…
—¡Foreman! No me interesa. No quiero saber nada. No quiero apegarme a nada de acá antes de irme, no quiero preocuparme por nadie, quiero mentalizarme a lo que voy.
—¿Tanta concentración necesitas?
—Necesito seleccionar mis últimos pensamientos.
Foreman abrió desmesuradamente los ojos:
—¿Vas a morir?
—Quiero escoger en qué pensar.
—Sí, te falta un mártir a quien mimar. Has perdido el norte, Wilson. Yo que tú me doy un paseo por el orfanato o el asilo, tal vez hasta en un prostíbulo encuentres mejor futuro que el que te estás trazando ahora, por la ceguera de esa pena que tienes. ¿Sabes? ¿Por qué no ayudas a una ex colega? Hadley está muy deprimida y el despido no le vino nada de…
—¿Ese no es tu auto? —preguntó Wilson, señalando hacia el lugar desde el cual se había escuchado provenir un estruendo.
Foreman se volteó y vio con alarma su auto destrozado por el maletero.
—¡Ay, Dios! ¿Dónde tenía la cabeza que le pasé las llaves? Hadley ha estado haciendo cantidad de tonterías últimamente.
Mientras se lamentaba, ambos corrían hasta el auto, para intentar ayudarla.
Allí estaba, algo ensangrentada, salvada por las protecciones y el poco espacio que no permitió una velocidad muy mayor. Llegaron los paramédicos al rato y la trasladaron al interior del hospital, Wilson miró a Foreman, resignado a que tendría que quedarse a acompañar a una ex colega, como Foreman se encargó de destacar.
Baase Hospitalaria estadounidense. Enero 28, 2009.
McCollough fue a ver a House al día siguiente, cuando ya estaba recuperado…
—Lo siento. Tuve que ir a organizar los frentes.
House lo miró extrañado, mientras suministraba una inyección antitetánica a un médico que había sido agredido por un marine, que Udelhoffen se encargó de eliminar.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué me da esas explicaciones?
—Te dije que volvería. Creí que las querrías.
House sonrió sin mirarlo y tirando la jeringuilla a un tacho de basura, le dijo en voz baja, muy cerca de su oído.
—Las cambio por un favor.
McCollough lo miró sobresaltado, pero dispuesto a acceder a la petición. Entonces, House se acercó mucho más a su oído y susurró su petición, cerciorándose de que no hubieran moros en la costa:
—Quiero que me ayude a comunicarme con mi amigo, en Nueva Jersey.
—No puedo llevarte a Nueva Jersey sin una autorización, por más que quisiera —explicó, amablemente, el militar, alejándose un poco de él.
—Lo sé. Pero, ¿podría hacer una llamada sin interferencias?
McCollough lo miró cómplice, y revisando su alrededor y asintió a la petición.
Salieron de la habitación y se dirigieron a la sala de telefonía, donde McCollouh cortó ciertos cables para evitar filtraciones, pero advirtiendo antes:
—Como mucho tendrás de dos a tres minutos antes de que llegue alguien a apuntarnos con una escopeta.
House lo detuvo antes de que hiciera nada, para preguntar algo:
—¿Por qué, si es general, no se revela en contra de esto?
—Soy parte de una institución rígida, a la cual debo servir con la mayor reverencia.
—Sin embargo, aquí está, ayudándome.
—Puedo no estar de acuerdo con ciertas cosas y preferir correr el riesgo, pero de forma que no sea evidente, a simple vista, mi traición.
—¿O sea, que está traicionando?
—Estoy ayudándole —y para cortar la conversación, cortó los cables.
House reaccionó de inmediato y marcó los miles de números que necesitaba marcar y que McCollough, de camino, le entregó, para comunicarse con una persona de la cual hace tiempo no tenía noticias y lo único que deseaba era desmentirle lo que suponía, según las palabras de Udelhoffen, lo que todos creían: que estaba muerto.
—Wilson… Vamos hombre, contesta —azuzaba al teléfono, una vez que oyó algunos timbrazos de comunicación.
—¿Aló? —dijo una voz soñolienta al otro lado de la vía telefónica.
—¡James! —gritó House, con el corazón el garganta.
Escuchó como el despertado profería un rezo entre judío y entre palabrotas que él se sabía muy bien.
—¿Quién es el gracioso que me despierta a las tres de la madrugada, para hacerme una broma tan pesada?
—Jimmy, ¿no me reconoces? Soy yo, Greg House, tu mejor y único amigo. ¿Ya te has olvidado de mí?
—No… —dijo Wilson al otro lado del teléfono, con voz temblorosa. —House tenía un sólo amigo. Además está muerto. Oiga, sea quien sea, le voy a colgar.
—Jimmy Wilson, sé que te has casado y divorciados tres veces, que en la universidad tenías una novia por semana; que ocupaste unas entradas que me dieron y que te di, para ver desnuda a Cuddy…
—¡Yo no…!
—… que saliste con una paciente, que le coqueteabas a la contable, que me entregaste a Tritter, pero luego te arrepentiste; que amabas a Héctor; sé, también, que te meabas en los pantalones cuando niño; y que tenías sueños húmedos con tu profesora de francés…
—¿Quién…?
—¡Yo Jimmy! ¿Quién más? El ermitaño del bastón, el que odiaba las consultas, el fanático de Hospital General… por cierto, ¿en qué va la serie? ¿Hay nuevos personajes? ¿Tal vez, bebés?
—Llamas a un amigo para asustarlo y quieres saber en qué va Hospital General… Debes ser House —se hizo un instante breve de silencio. —¡House! —en el grito, las lágrimas y temblores se hicieron palpables.
—¡Oh! Jimmy, no me llores como las nenas.
—¿Pero, cómo quieres que no llore? ¡Estás vivo, idiota!
—Sí, gracias, por tu cariño.
—Oh, si pudiera abrazarte…
—Ya empezamos a salir del clóset, los infortunios te hacen decir la verdad, ¿eh?
—Cállate. Estás vivo… ¡Oh! Que alegría. Y, y ¿cómo está Cuddy?
—Pues, aquí a mi lado haciéndome unos masajes de envidia.
—Sí claro, como si pudieras hablar en esa situación.
—¡Hey! Yo la respeto.
—Me da igual. ¿Está viva?
—Sí.
—¡Aaah! —gritó de emoción, haciendo que House alejara el auricular lo más posible de su oreja.
—¡Deja de gritar como chica!
—¡Me da igual! ¡Están vivos! Ooh… pero que… Un momento. Entonces Vogler…
—¿Vogler? ¿Qué tiene que ver ese orangután?
—Está de director del Princeton.
—¿¡Qué!? Cuddy va a querer morirse.
—No bromees… Yo, yo me fui —comentó Wilson, con un toque de culpa.
—¿Te fuiste?
—Sí, pero… ¿Cuándo volverán?
—Cuando podamos salir con los pies hacia delante, desde un helicóptero de emergencias.
—Iré.
—¿Qué?
—Eso, que…
Y ya no más palabras, no más confirmación: Udelhoffen había llegado y con su singular y querida arma le apuntaba y House no tuvo más opción que cortar antes de que pudiera quitarle el teléfono y conocer información extra.
—No se preocupe de ocultarme con quien hablaba, ya lo sé —e hizo el último movimiento antes de apretar el gatillo.
¡Bang!
Tras un disparo, un golpe seco en la mesa del teléfono y luego al suelo, en tal estrépito, que los vidrios que tenía la cabina, llegaron a temblar.
El arma de McCollough cayó de sus manos al piso, por la fuerza de gravedad, House lo miraba, echándose hacia atrás en la silla, salpicado en sangre, fijamente, con la respiración agitada. Se agachó a comprobar signos vitales, pero nada: habían acabado, a través de un tiro en la cabeza, con el reinado de Udelhoffen.
—Murió en su ley —dijo House, soltando el brazo sin ninguna delicadeza.
McCollough recogía su arma, mientras decía:
—Le he asesinado por la espalda, soy un cobarde.
—¿Y él por atacar gente indefensa no lo es? No me joda.
McCollough miraba con revólver, mientras House intentaba pasar hacia el otro lado del cadáver y justo cuando elevó la vista, vio como el general se apuntaba a la sien, pero en acto reflejo, fue a golpearle la muñeca como sabía debía hacerlo, provocando que el arma cayera al suelo.
—Déjame hacerlo —pidió.
—No sea idiota. ¿Qué clase de ejército sería este si todos se suicidaran? Hagamos algo mejor, hombre. ¿Cómo no se le va a ocurrir nada?
McCollough se agarró la cabeza y tras un momento de desesperada meditación, dirigió su vista al infortunado cuerpo y cerrando los ojos, como intentando esconder la culpa, las lágrimas, la rabia, lo que sea que fuere que pase por la mente de un militar, declaró:
—Escondamos el cuerpo.
House lo miró sin creérselo.
—¿Qué?
—Que escondamos el cuerpo. Es la única manera de que salgamos ambos con vida de esto.
House volvió a mirarlo con expresión confusa, pero tras un rato de pensar, se cuadró ante él y con mano estirada en la frente y hombros rectos, en la "atención firme" expresó:
—Como usted mande, general.
—Mi general —recalcó el militar, con una sonrisa de escape.
—Mi general —se corrigió House.
Una última sonrisa extraña ensombreció el rostro del marine, algo que House notó, pero no quiso averiguar más allá.
—Bien —McCollough se puso serio. —Por aquí hay unos sacos. Lo llevaré esta noche, en mi ida a uno de los campamentos, y lo tiraré en el desierto. Necesitaré que te quites la ropa: toda. Quedó ensangrentada, hay que deshacerse de ella.
—¿Y que me vaya en bolas hasta arriba? ¿No es eso más raro?
—Pues, ¿a quién le podemos pedir ayuda?
—A Cuddy. A la doctora Lisa Cuddy.
—Muy bien. Iré a buscarla y pedirle que te triga ropa. Mientras, ¿podrías meterlo al saco?
—¿A qué saco?
—¡Cierto!
Se dirigió hasta una puerta pequeña, al fondo de lo que quedaba de pasillo y sacó una bolsa grande que entregó a House, para que llevara a cabo la labor. Mientras tanto, fue a buscar a Cuddy.
House abrió la bolsa y la acomodó, pero antes de echar el cadáver de Udelhoffen, lo dio vuelta para mirarle la cara o lo que quedaba de ella, por última vez.
—Estabas más atractivo cuando estabas vivo, aunque nunca fuiste muy bien parecido… Mira que irónica es la vida, te gustaban tanto las balas que moriste por una. A lo mejor yo muera envuelto en algo imposible de resolver, como me gustan los misterios… Pero no hablamos de mí, sino de ti… Bueno, en realidad ya no eres alguien, sino que algo, pero qué más da, ¿cierto? ¡Mira! ¡Que gracioso! Te estoy dando unos instantes de dignidad, antes de mandarte al infierno por encomienda exprés. ¿Por qué no me haces un favor? Tengo un nicho reservado en el infierno, así que, por qué no te vas al cielo, ¿mejor? Aunque si Dante tenía razón, el purgatorio te vendrá mejor o algún círculo bien profundo, pero no me ocupes las orillas del Arqueronte, menos las de la cascada; siempre quise una casa en una rivera. —Lo observó un momento, desde lo alto. — Hasta nunca —gruñó y le agarró por el cuello de la camisa y lo metió, sin ninguna suavidad, ni "humanidad" o "respeto", como exige mucha gente con sus muertos, al saco, usando pies y manos, todo lo que necesitare para llenar la bolsa de huesos y carne en descomposición, aunque físicamente eso aún no ocurriría, espiritualmente, ya lo estaba.
Cerró el saco con un nudo bien apretado y lo tiró a un rincón lejano de la cabina. Se sentó sobre él a masajearse la pierna un rato. No tenía morfina a mano y la espera le hacía ponerse nervioso, por si aparecía alguien que no debía aparecer. Pero, para su alivio, aunque no para el de su pierna, oyó su nombre en la voz de Cuddy.
—Por acá —dijo, para indicarle donde estaba.
Las pisadas de Cuddy llenaron el ambiente. A pesar de que ya no usaba tacones, no había perdido su hipnotizante para caminar.
—Te he traído esto —mostró, elevando los trajes de aislamiento que llevaba consigo. —No he podido subir y aunque hubiese podido, no podría haber entrado a tu habitación. Póntelos —ordenó, arrojándoselos sobre la cara.
—¿Ya te lo han contado?
—Que han encontrado excremento de camello y que lo tirarán en el desierto como obra humanitaria, sí. Pero no sé porqué el planeta debe pagar por las porquerías que no sabe abortar la raza humana.
—Si supiéramos qué vamos a traer al mundo, muchos no estaríamos aquí.
House la miró con algo parecido a la tristeza. Cuddy no supo cómo reaccionar ante esa mirada más que con un brusco suspiro.
—Tu madre…
—Aunque no lo creas, mi familia es mucho más distinta que la tuya. Mi madre poco podía decidir sobre mí, a pesar de que ella me criaba la mayor parte del tiempo, mi padre… Considérate afortunada —y la miró fijamente.
—Ay…
Tuvo suerte de que llegara McCollough, antes de decir cualquier otra palabra que pudiera perjudicar al nefrólogo.
—¿Todavía no te cambias? —gritó a House, en un susurro.
—Me espía una chica —se excusó.
Cuddy rodó los ojos, dando un brusco suspiro y se volteó, para darle privacidad al muchacho.
—Cuida que no mire —ordenó House a McCollough, sacándose los pantalones.
El mayor de los tres rodó los ojos y Cuddy posó sus manos empuñadas en sus caderas, en señal de impaciencia.
Una vez que House estuvo casi listo, con la ropa ya metida en una bolsa aparte, McCollough se echó el cadáver al hombro, para sacarlo por otra puerta a la que ellos no podían acceder. Y así, llevárselo a abandonarlo en algún lugar del desierto, para que se perdiera hasta su alma, si quedare de ella vestigio alguno. Que los gusanos se encargaran de hacer justicia y que la bala sea único testimonio de la muerte en ley más real que ninguna, como muchas hicieron falta, hacen falta y seguirán haciendo falta, porque la realidad no es tan justa como se quisiera, pero nada más que por los mismos que la exigen. Porque nada hicimos…
—¿Qué harás ahora? —preguntó Cuddy, una vez que McCollough se marchó por la compuerta, mirándose las uñas de los pulgares, con las que jugaba.
—Ir a darme una ducha —dijo, parándose a su lado.
—¿Te acompaño? —preguntó, mirándole con ojos trémulos.
House hizo todo lo posible por no gritar lo primero que se le vino a la cabeza y sí lo segundo, por lo que cambió un efusivo "¡claro!", por:
—Udelhoffen ya no produce ce o dos ¿y ya quieres hacer travesuras?
—Me refiero a si te acompaño hasta la entrada, por si necesitas alguna excusa —se explicó, acomodándose frente a él.
—Mmm… —posó el índice en la barbilla pensativo, pero sarcástico —Veamos. No sé por qué será que las únicas excusas que se me ocurren así, son de sexo, ¿estás dispuesta?
Cuddy dio un suspiro, apretó los párpados y respiró aún más hondo, para volver a suspirar.
—Mejor me largo a trabajar —chillo, haciendo muecas con las manos y yéndose, tras reencontrarse con el camino a la salida.
—¡Sí! Eso es lo mejor. ¡De todos modos, en mi casa, siempre te llevaba a la ducha! —aulló, sin moverse de su lugar, hasta sentirla lejos.
Tras quitarse la sangre, después de una ardua batalla a agua y jabón, de, además, otras suciedades, salió, envuelto en su toalla, para vestirse con la ropa que había traído de antemano. Sintiéndose bastante seco, comenzó a ponerse sus prendas con pericia, hasta acabar por las zapatillas, con la toalla se sacudió un poco el pelo y con la mano desocupada cogió el traje que debía ir a botar a uno de los basureros de abajo. Pero al asomarse por la sección de los retretes, se encontró con Fisherman, quien orinaba.
—¿Has visto a Udelhoffen? —preguntó.
—No. ¿Tú no estabas encarcelado?
—Estaba.
House hizo un gesto despectivo y salió.
Luego de tirar el traje, volvió a su labor por algunas horas más, administrando inyecciones, hablando con Watson sobre el diagnóstico de alguno de los que estaban aislados o de alguna tontería.
Llegado el anochecer, según su reloj digital y las nociones que relacionan ciertas horas con ciertos momentos del día, ya acababa su turno y se largó a su habitación lo antes posible, antes de seguir sintiéndose acosado por Fisherman, ¡como si él supiera algo de Udelhoffen!
Pero al llegar a su habitación, Cuddy aguardaba por él en la puerta y no estaba muy seguro de si era cosa de él o no, pero la encontraba más bonita, como si se hubiese arreglado; pero descartó la idea, al pensar en donde estaban, en las circunstancias que los envolvían y en lo que les había tocado vivir. Pero no dejó de parecerle que algo se acentuaba con corona de anomalía.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, abriendo la puerta.
—Quería hablar contigo.
House ahora oía la anomalía.
—¿Qué te pasó?
—Nada. Sólo… ¿puedo entrar? —inquirió, aunque era más una orden camuflada.
House se encogió de hombros y la convidó a pasar.
Él se sentó sobre la cama y ella quedó de pie, frente a él, cogiéndose las manos.
—No te puedo ofrecer cerveza, ni siquiera agua, para que veas cómo anda la pobreza por estos lados.
—¿Y besos?
House se quedó de piedra, ya había descubierto la anomalía, sin cabecearse mucho.
—¡Ya sé que tienes de raro! —gritó, sin poder contenerlo.
Cuddy lo miró sin entender.
—¡Te has desabrochado un botón!
Cuddy se fijó en su blusa y claro que tenía un botón extra desabrochado.
—¡Nada que ver! Se me tiene que haber desabrochado entre tanto ajetreo…
—No. No andabas con ella denantes.
Cuddy dio un gruñido, enojada.
—¡Está bien! Yo me la he desabrochado, si quieres me desabrocho otro —y eso hizo. House se quedó boquiabierto. —¿¡No vas a hacer nada más que quedarte ahí como tonto!?
House trató de encontrarle un sentido lógico a la situación, pero se le hacía imposible o no quería creer que esas fuesen las posibilidades.
—¿Tú no…? —comenzó a articular, sin saber, precisamente, cómo poner el tema en el tapete, sin ser antipático innecesariamente.
—¿¡Yo no qué!? —le terció.
House se puso de pie y se acercó a ella, con parsimonia, mirándola detenidamente, como sopesando los pro y contra de hacer una u otra cosa. Al acabar su trayecto, la tenía arrinconada contra la pared a su merced, sin mostrar atisbos ni arrugas de contradecirle, pero ¡no era lógico! Ver su escote, nuevamente, le hizo odiar a los de su género y de que diera lo mismo la lógica en esas circunstancias para ellos, si pensara como mujer, a lo mejor podría enfriar la cabeza y recordar o pensar en las consecuencias, pero no había muchos ejemplos a seguir en rededor. Pero ella habló:
—Yo no sabía que esto iba… —tartamudeaba, ruborizándose.
House enarcó la ceja, ocultando, a su vez, su alivio de tener una excusa, pero Cuddy le cogió de la camisa, con suavidad, mas él tampoco quiso luchar y la escuchó.
—¿Por qué no dejamos que las cosas pasen y nos olvidamos de intentar detenerlas… —House abrió la boca para reclamar algo, pero Cuddy aún no acababa; tras un rictus, por la interrupción, acabó: —, Greg?
¿Hace cuánto tiempo no escuchaba su nombre de esa forma? Debía de ser hace mucho tiempo, pues para cuando volvió a tener razón de sí, estaba separándose de sus labios para coger el aire que no volvía de inmediato, como él quisiera. Mientras tanto, ella iba deshaciendo uno a uno los botones, dándole besos por la piel que se iba descubriendo. House no halló más remedio en su cabeza que decir:
—No respondo por traumas.
Y la iba a besar de nuevo, pero Cuddy lo quedó mirando seria.
—¿Qué? —se quejó el hombre, que así como seguía la cosa, tendría que ir a buscar una jeringa de morfina, para su pierna que ya no estaba resistiendo.
—¿Por qué echas a perder todo? —le gritó.
—¿Yo? ¿Pero, qué he hecho?
—Preguntar —gruñó Cuddy, dando un suspiro y cruzándose de brazos.
—¿No acabas de decir que deberíamos dejar que las cosas sigan su curso?
—Sí, pero no puedo dejar de ignorar las estupideces que dices.
—Bueno, si son estupideces, ¿para qué las escuchas? Es más, ¿para qué me escuchas? De no haberlo hecho, hace años que esto…
Cuddy había rodado los ojos mientras hablaba y le volvió a besar y House no volvió a perder tiempo en hablar y le sacó la blusa de un par de jalones, ganándole en aquella carrera. Pudo sentir su quejido de derrota en su boca y como queriendo escaparse, decepcionada, él se lo impidió cogiéndole con su lengua. Cuando halló el cierre del pantalón le dio tiempo a ella para quitarle la camisa, pero también fue por su pantalón.
Eso no era motivo de queja, sino de sonrisas y gracias, pero aún y todo, hubo quejas y gemidos; un aporreo, un temblor y ya las bocas sangraban, habiéndose mordido de tan adentro estar y de tal susto llevarse.
—¿Qué fue eso? —preguntó House, limpiándose la sangre con una polera que fue a buscar a su cajón.
Cuddy se encogió de hombros, sin moverse de su lugar, pegada a la pared, el único cambio eran sus manos tras sus caderas. House se acercó y con la parte limpia de la polera inició a quitarle las manchitas de sangre a Cuddy, pero cuando lo iba a comenzar a hacer con saliva, Cuddy se la quitó.
—Yo puedo sola —regaño, yéndose a sentar a la cama.
—¿Después de ese beso, te asquea mi saliva? —inquirió House, más divertido que molesto.
—Obvié el tema de la transfusión de babas.
—¿Te doy vida?
Cuddy rodó los ojos.
—¿Vamos a dejar que todo siga su curso o nos interrumpiremos por eso? —preguntó ella.
House soltó una corta carcajada y seca, sin gracia.
—¿Qué? —espetó Cuddy.
—Será Madre Tierra, porque algo de sabia tendrá.
—¿A qué te refieres?
Pero House la ignoró e hizo como si hablara con alguien en lo alto, algo así como si increpara a Dios.
—¡Pero algún día te acabarás, mundo! ¡Con o sin anticristo!
Cuddy lo miró con una ceja enarcada escépticamente, tanto que tuvo que quedarse quieta en su absoluta concentración.
—¡Déjame ser! ¡Deberías apoyarme! No nos dejan estar juntos, porque saben que entre ambos, sin condones, podemos traer problemas a este mundo.
Cuddy lo miró fijamente, sin saber si reír a carcajadas o dar un bufido de resignación, porque alegar más con él, no.
House miró al suelo, con un pequeño rictus tras mirar a Cuddy. Luego, cojeando, se acercó a la blusa tirada y la recogió para entregársela. Cuddy lo miraba inquisitiva antes de recibírsela.
—Te ves guapa así, pero si salgo a fisgar, puede entrar el gato y comerme la carne.
Cuddy dio un bufido y le quitó la camisa con violencia.
—Ay. ¿Era necesario decir eso? —se quejó, posando la polera a un lado de la cama y buscando, luego, el lado de la blusa.
—Pues, ¿qué más claro?
Y cojeando se apartó de ella, dirigiéndose a la puerta a ver qué sucedía, a qué se debían los golpes, movimientos y gritos que oían desde que se habían separado, de ese beso que no tenía para cuando acabar; exceptuando por eventualidades malditas, que aquí siempre estaban presentes.
Cuddy le miraba desde atrás, acomodarse la camisa y los pantalones y a paso dificultoso desaparecer por el pequeño pasillo antes de dar con la salida; ella, tras abrocharse el último botón y relajando los brazos, sonrió.
Desde la cama oyó mucho ruido cuando House abrió la puerta y luego el portazo, los pasos torpes de House dándose con las paredes y una orden:
—Toma dos chaquetas que abriguen y larguémonos de aquí.
-o-
Gracias por leer... y si comentas mejor xD
