Alguien estaba debiendo actualización...
Gracias tanto por reviews, lecturas, favoritos y alertas.
Este es el penúltimo capítulo de Delantales Militares. El próximo será el final, claro que puede venir dividido en dos partes, porque aún estoy meditando cuál de los siete finales que tengo pensados designar.
Espero leer sus opiniones.
Capítulo 14
TROYA
—¿Por qué? —preguntó Cuddy, sin entender nada.
—Haz lo que te digo —terció House, en tono autoritario, buscando con frenesí su morfina y jeringas, que guardaba en una pequeña caja. —¿Dónde la dejé? —gruñó, cogiéndose la cabeza por las mechas. Miró a Cuddy que no se movía y se molestó: —¿Te lo digo en hebreo para que entiendas mejor? Toma la que más te guste para ti y otra para mí, debemos irnos ya.
—¿Por qué?
—¿Tienes cinco años que preguntas "por qué" a todo? Sólo… ¡Ay! —golpeó el cajón. —¡Coge la puta chaqueta si no quieres morirte en serio!
—¿¡Pero, qué pasa!?
—¡Que tenemos una emboscada afuera! ¡Hay muertos a elección! ¡Entraron los iraníes! Y aunque me caigan mejor, sé que yo no a ellos. Por estar aquí me generalizan. Me siento discriminado —ironizó en tono trágico, pero falso. Siguió hurgando en busca de su droga. —Joder, la morfina, ¿dónde se ha escondido?
—¿Estás seguro? —insistió, esta vez más calmada, poniéndose de pie, y torciéndose las manos.
—¡Quédate! —gritó House, harto, girándose con violencia hacia ella. —Quería ayudarte, pero veo…
—Tu caja está debajo de la cama —le interrumpió ella.
House le miró preguntándose cómo sabría eso y a su vez con confusión. Pero le hizo caso y buscó bajo la cama. Y claro que tenía razón, allí estaba su tesoro. Se levantó con ella entre sus brazos y miró a Cuddy que sujetaba dos chaquetas.
—Gracias —le dijo, sacudiendo levemente la caja.
—De nada —contestó ella, tendiéndole una chaqueta. House la recibió. —¿Qué hacemos? Si están afuera, será complicado salir.
—Pero tendremos que hacerlo igual. Prefiero hacer algo por no morirme.
—¿Y luego qué?
—Ahí se verá. Si no solucionamos el primer problema no podremos con el que se supone viene después.
Cuddy agarró con seguridad las manos de House, preocupadas de sujetar sus cosas.
—Te acompañaré.
House sacó sus manos, incómodo.
—No es necesario ponerse cursi, mujer.
Cuddy rodó los ojos por su actitud y cuando ya lo iba a dar por caso perdido, él dijo, con cierta incomodidad:
—Pero igual te lo agradezco —y automáticamente miró hacia cualquier parte, hasta recordar que podría reparar en la morfina.
Cuddy sonrió, pero House nunca podía acabar con algo completamente bueno:
—Pero si nos matan por perder el tiempo, te mataré.
Aunque ese comentario, hasta cierto punto, le causaba más gracia que molestias.
House se puso la chaqueta y ella imitó el gesto, luego él cogió con una mano su caja y con la otra el antebrazo de Cuddy y la condujo hasta la salida. Allí abrió la puerta con cuidado, observando el entorno que les rodearía al salir: nada, sólo una desolada oscuridad, especial para desconfiar, sólo se oían gritos a lo lejos y se veían sombras de bultos humanos desperdigados por el piso, como siluetas de montes desérticos y a lo lejos, el resplandor alentador y peligroso, aquel camino al infierno sin Hades, a las trampas de Perséfone y la caída a la Pena y al Pánico.
—Vamos —ordenó House, tirando de Cuddy, pero ella jaló en sentido contrario. —¿Qué pasa?
—¿No crees que estamos más seguros aquí?
House observó sus ojos inundados en terror, pero él estaba convencido de su respuesta, así que soltó su mano y declarando un seco "no", avanzó hacia fuera.
Cuddy sintió su lejanía y a cada paso parsimonioso que daba él, distanciándose, sentía más y más temor y aquella habitación ya no le parecía tan segura como antes.
House iba saltando una valla de cadáveres, cuya ejecución le llevó a darse un tiempo para sobarse la pierna que comenzaba a demandar con más fuerza su dosis de morfina, ante tanto esfuerzo que su dueño la estaba sometiendo, pero sabía que no era el momento, que debía aguantar hasta llegar a un lugar seguro. Y justo cuando pensaba esto, se odió tanto por haberse detenido, lo había cogido: una mano sobre su hombro, pero un "mejor vengo contigo" le devolvió el alma al cuerpo, cuando reconoció la voz femenina que la emitía.
—Si quieres matarme de un susto, viste a Fisherman de bailarina exótica —regañó House.
No alcanzaron a dar ni dos pasos en su nueva huida, cuando sintieron cañones de armas por la espalda.
—¿Un último deseo? —dijo la voz masculina tras ellos.
—Vivir —gritó House, en tono de fingida desesperación.
—Cómo puede ser que hasta en momentos como estos gastes bromas —le regañó Cuddy, entre dientes.
—No es broma, en serio quiero vivir.
—¿Doctor House?
—¿Quién…? —iba a preguntar Cuddy volteándose, pero otro tipo le grito que no se volteara.
—¿Fisherman? —quiso saber House.
El ambiente se heló, carámbanos parecieron crecer alrededor y aire cordillerano batir las partículas en suspensión en su entorno. De pronto, el negro y un muchacho enclenque estaban frente a ellos, sin encañonarlos.
—¿No nos matarás? —preguntó Cuddy, con sorpresa.
—Pareces decepcionada de ello —le quiso hacer notar House, hablándole entre dientes.
Cuddy le miró furiosa entre la oscuridad, pero luego se resignó.
—No. Hoy tengo ganas de matar iraníes.
—¡Racista! —le acusó House, haciendo notar la paradoja en el asunto.
—Oye Fisherman —comenzó a hablar Cuddy —si no nos vas a matar, que no me interesa por qué, sólo te doy las gracias, ¿qué pretendes?
—Seguir las órdenes de McCollough. Aunque no sea mi jefe directo, manda.
—¿Te has vuelto mormón? —inquirió House.
—¿Qué tiene eso que ver? —saltó Cuddy.
—No sé —asumió, encogiéndose de hombros. —Sólo quería decirlo.
Después de que todos rodaron los ojos, Fisherman pidió que le siguieran.
—¿Quieres que confiemos en ti? —consultó House, cuando Fisherman y su lacayo habían avanzado un par de pasos.
—¿Qué más les queda?
—Confiar en los iraníes —aseguró House. Cuddy le dio un codazo. —¡Auch! ¿Qué? ¿No me digas que vas a confiar más en este tipo que te hizo daño, que en quienes sólo reaccionan al daño que les hemos hecho?
—Pues… creo que en este momento sí.
House se quedó con la boca abierta, ¿qué tenía en la cabeza esta mujer? Cualquiera otra no querría verlo más, pero ella, aquí estaba, confiando, acercándose a él y avanzando. Pero no lo aguantó, no pudo verla realizando tales actos que se le hacía irracionales: la agarró con firmeza por un brazo y la atrajo hacia sí.
—Te quedas conmigo.
—¿Te pertenezco?
House quiso pensar una buena respuesta, por lo que al final nada pudo decir, debido a que comenzaron a subir hombres encapuchados con bombas hechizas en las manos: sin soltar el brazo de Cuddy, se puso a cojear, en dirección opuesta, tratando de salvar su vida, sus vidas; lo mismo hicieron Fisherman y el muchacho que le acompañaba. Pero a mitad de camino, House cayó, haciendo caer a Cuddy junto con él y antes de dejarlo quejarse, Cuddy lo jaló por las axilas, haciendo ganchos con sus brazos, y lo cobijó entre sus piernas y sus brazos, escondiéndose tras la pared de una de las habitaciones con la puerta abierta. Y una detonación unas tres puertas atrás llegó a ellos, salpicando restos de madera, vidrio y de humanos, de los que estabas desperdigados por el piso. Al disiparse la nube de humo, House levantó la vista, oculta entre el cuerpo de Cuddy que no le permitió salirse de entre sus pechos al momento de la explosión, y entonces la vio sangrando por la mejilla y el muslo izquierdos, la chaqueta gruesa le había salvado de recibir cortes por el tórax.
—¿Por qué… me protegiste? —cuestionó House a modo de reprensión, cortándose a tirones un pedazo de la camisa para presionar en su mejilla herida.
—Porque… —se vio interrumpida por la presión, que le hizo hacer un gesto de dolor y llorar —, porque… No sé por qué. Pero, ¿de qué te quejas?
—De que no debieses haber quedado así.
—¡Auch!
House había presionado más fuerte en su mejilla.
—Sujeta ahí —le ordenó, para poder soltar el trapo ensangrentado en su mejilla y hacerse otro jirón en la camisa, para ocuparse del muslo. —Por proteger mi cabeza, te has desecho la pierna, ¿qué crees que importa más en este mundo? —en esa pregunta se lucían los jirones de la broma.
—¿En tú mundo? —ratificó Cuddy con voz y expresión escéptica. —¡Au! Ten más cuidado.
—¿Estos terroristas se fueron? —se preguntó House, ignorando a Cuddy, y puesto a ver por el pasillo oscuro. —Al parecer. Ahora —continuó, mirando a Cuddy —, vamos a entrar aquí y esperaremos. Tenías razón, debimos habernos quedado en la habitación.
Mientras hablaba, presionaba el muslo de Cuddy, quien no podía evitar hacer muecas de dolor.
—Me duele —se quejó, ya no aguantando más.
House se extrañó y le rompió el pantalón por uno de los agujeros que habían hecho lo que sea que le haya saltado y vio astillas de madera incrustadas en su carne.
—Perdón, profundicé tus heridas —dijo House, sin mirarla.
Cuddy le miró, sin quitar su mano de su mejilla, y cogió la mano de House, la que sujetaba el trapo.
—Gracias.
House elevó la vista, consternado.
—¿Por q…?
—Porque sé que vas a sanarme, ahora que tienes tu diagnóstico.
House, tras cerrar su boca, miró hacia el suelo, sonriendo. A penas pudiéndose su pierna, le ayudó a incorporarse y a avanzar hasta el interior de la habitación, cerrando la puerta apenas traspasándola. La sentó con cuidado sobre la desordenada cama, para quitarle el pantalón, sin poder evitar que por su mente circulara el morbo que le generaba la situación, luego, la recostó de costado, con la pierna lastimada hacia arriba y comenzó a hurgar en los cajones a por unas pinzas.
—Cuddy, no dejes de presionar tu mejilla —ordenó House, sin mirarla, pero notando dentro de su rango de visión, que ella estaba soltando el brazo.
Cuddy obedeció.
Aunque entrare quien fuese con una pistola o el arma que fuera y acabara con ambos o sólo con ella, no le importaría demasiado, es un hecho que muerta poco tendría de qué preocuparse, pero ver a House haciendo algo por ella, le era el momento perfecto para dejar de respirar si debía escoger uno, porque además, no tenía muchas esperanzas de que este instante se extendiera por demasiado tiempo.
—Encontré una cuchara —informó House, sentándose a su lado. —Creo que es lo más útil que podré encontrar.
—Está bien —contestó Cuddy, dando un suspiro, mirándolo de reojo.
House se mojó las manos con algo de colonia, igual que la cuchara.
—Esto te arderá.
—Lo sé —y hundió su rostro en la almohada.
House sintió que un atisbo de ternura se apoderaba de su corazón herido y congelado, anclado en un pasado cada vez más borroso. Quiso tocar su hombro, pedirle que se volteara, dejarle ver su rostro con ese ronroneo flojo y caprichoso, y sus rizos ocultando su cara de porcelana.
La sentía quejarse, ahogada por la almohada, bien no sabe si por el alcohol o por la extracción de astillas y sabía que su cara no era como quisiera verla, porque tratar de sanarla, conllevaba la purgación de dolor con dolor, y el dolor estaría allí, latente, ruborizado, avergonzado por hacerla sufrir, aunque sea un poquito, porque en ella, hoy, era todo acumulable.
—Acabé —informó House, yendo a buscar alguna prenda de ropa que le sirviera para vendarle la pierna.
—¿En serio? —preguntó Cuddy, con voz cansina, despejándose los rizos de la frente sudada.
—Sí —afirmó House, calmado, sin mirarla, sacando una camisa limpia. Se sentó a su lado. —Ponte de espalda y flecta un poco las piernas.
Cuddy hizo caso, sintiéndose algo tonta.
—¿Qué pasa? —cuestionó House, mientras vendaba su muslo, encontrando una excusa en su resoplo para dejar de mirar sus piernas.
—¿Qué piensas del suicidio?
House se quedó impresionado por unos segundos, pero luego se controló.
—Que es algo que tú jamás harás —contestó, realizando su labor.
Cuddy dio un suspiro.
—Sí… Pero, ¿qué piensas?
House buscó el gancho que había dejado sobre la cama, para sujetarle la venda. Acomodó sus piernas sobre el catre y se sentó más cerca de ella, para hablar.
—Tuve la oportunidad —comenzó, tras dar un suspiro —cuando niño, cuando joven, hace algunos años y ahora. Creo que no es nada bueno lo que pienso de ello, viendo que aún sigo vivo.
Cuddy hizo esfuerzo para sentarse en la cama, pero sólo logró una inclinación de cuarenta y cinco grados en un primer intento.
—Prosigue —dijo Cuddy, como por llenar el aire.
—Ya respondí.
Cuddy se dio el segundo impulso para, esta vez quedar sentada sobre la cama. Lo miró sin saber muy qué decir, pero, para su alivio tal vez, House preguntó lo mismo.
—Yo… Yo le tengo miedo a la muerte. Ay. Creo habértelo dicho. No… No podría… —balbuceó ella.
—Pues, agradezco a tu cobardía.
Cuddy miró a House a los ojos, y éste estaba dudoso entre verla o no verla, pero decidió encararla y respaldar sus palabras.
House oyó silencio y luego una bombita pulsante le retumbaba en los oídos, creía que venía del exterior y tenía razón, pero sincronizada a ella, había una brotando de su interior, secándole la boca y haciéndole sentir débil. Sintió el calor de un cuerpo pegado al suyo, escuchó el murmullo de un quejido de dolor, algo analógico al perdón en un "gracias a ti, a tu razón", manantial dándole el agua que necesitaba para saciar su sed, para llenarse de la energía que le robaba el pensar, el odiar, el recordar, la soledad, el sentir y hasta el preocuparse, el saberse conocedor del ambiente, queriendo cuidarla y fracasando en el intento, el tratar de perdonarse le quitaba más energías, pero ella se las daba en perdones y cariños que jamás creyó recibir de nadie, que jamás creyó que de alguien lo pudiese sentir así, permitiéndole olvidar que se sentía miserable, permitiéndole amarse a sí mismo y entendiendo el significado de lo que era un "ser querido". Cuddy lo era, sin duda alguna, pero sus besos y sus abrazos, sus caricias y sus escasas palabras le hacían entenderla más como un "ser amado".
Ni una sola palabra salió de sus bocas al separarse, sólo actuaron, sabían que debían salir de ahí. Y lo sabían tanto que se odiaron cuando, al abrir la puerta, los iraníes estaban allí. Habían sentido su andar, sabían que estaban ahí, sabían que los atacarían, que House tendría revancha y podría proteger a Cuddy, que no le saldría barato, que un corte por el cuello y por el brazo le decorarían, tal vez hasta sabían que la herida en la mejilla de Cuddy volvería a abrirse y que se abrazaría a House, para besarle en lo que creía sería su último suspiro; pero lo que no sabían, era que de verdad Fisherman quería eliminar iraníes y que fue quien hizo que ese respiro sólo fuese uno más de todos aquellos que necesitaban para vivir.
—Gracias —dijo Cuddy, confundida, poniéndose de pie y luego ayudando a House, quien agarró un polerón y se lo presionó en la mejilla. —Gracias —le dijo ahora a él, tiritando su voz por el ardor.
—Vamos —ordenó Fisherman, y se echó a correr seguido por el muchacho.
House y Cuddy pasaron por encima de los cadáveres y salieron tras Fisherman.
Un par de pasos más allá, House vio su caja con morfina tirada y la recogió, para continuar su marcha. Su pierna ya no aguantaba más, necesitaba su dosis de morfina. Se detuvo apoyándose en una pared, con la respiración entrecortada, preparó la jeringuilla.
Cuddy sintió un vació en su ambiente, hacia delante no había nada que faltara, pero hacia atrás sí. Al girarse vio a House sufriendo ya demasiado por el dolor crónico en su muslo, por la desesperación de no poder alistar más rápido su dosis y también la ansiedad y la dependencia. "House, vamos" dijo asustada, temerosa de que por culpa de ese músculo ella tuviera que sentirse aún más culpable de lo que de por sí le hacía sentir cada vez que veía a House tragarse sus vicodinas, cada vez que ahora lo veía inyectarse la morfina. Sintió que el alma se le iba al ver la jeringa llenarse con el líquido, sintió el corazón paralizado pensando en su dolor, porque ya sabía qué era lo que significaba estar herido, con la diferencia que ella optó por olvidar.
Si House logró calmar su dolor es cuento de otra historia, una en su subconsciente, porque Cuddy nada más recuerda un ruido fuerte, un temblor, una caída libre y una dura inconsciencia y negro.
Nueva Jersey.
—¿Cómo está? —preguntó Wilson a Foreman, cuando lo vio en la sala de espera.
—Estable.
—¿Y por qué no entras?
—Porque no me corresponde. Ya llamé a Kutner. Están saliendo juntos, así que supongo que…
—Pero a ti te gusta ella —Wilson se sentó a su lado y lo miró como cuando decía verdades a House y quería que las reconociera frente a él, a viva voz.
—¿Cómo va a gustarme? —gruño, frunciendo la nariz.
Pero así como con House le sucedía, en una broma o una pregunta de negación-afirmación, cortaba la conversación que le incomodaba.
—Pues, gustándote.
Foreman le miró incrédulo.
Se quedaron en silencio, un buen rato, hasta que el neurólogo habló, probablemente cuando ya se había calmado de la pregunta anterior, o para que Wilson la olvidara completamente:
—¿Entonces te vas?
Wilson no quiso responder en un comienzo, pero acabó asintiendo.
—¿Por qué lo haces? —insistió Foreman. —House y Cuddy están muertos, si es que lo que quisieras fuese verlos. A no ser que quieras verlos en el Más Allá.
Wilson dio un suspiro y se colocó en pie. Se volteó para mirarlo y decirle, primero iba a ser agresivo, luego no pudo, y el viejo Wilson hizo su regreso:
—Por la… Por la misma razón que tú estás esperando aquí afuera que llegue Kutner a ver a la doctora Hadley.
—Porque ¿House y Cuddy eran novios y tú alguien que se preocupaba?
Wilson lo miró en silencio pasmado. Metió las manos a los bolsillos del delantal y luego soltó una risa seca. Trató de articular su argumento que en su cabeza parecía tan bueno, pero que no lograba parlar.
—¿Sabes, Foreman? Eres como House.
—¡No me vengas con viejos cuentos!
—No, no son viejos cuentos. House aleja de sí todo lo que siente que quiere, no porque no los quiera, sí suena ridículo, pero termina de escucharme; House los aleja porque no quiere llenarlos con su dolor…
—¿A ti no te ha llenado de su dolor?
—Okay —asumió Wilson, rodando los ojos. —He exagerado. Pero no me vas a negar que esto lo haces por tus principios, Foreman, por tu orgullo, porque estás lastimado.
—¿Lastimado de qué? ¡Por favor!
—Te duele querer a alguien que no lo sabe y que se podría morir.
—Wilson, me caes bien, pero hay veces en las que eres realmente insoportable. Ya me largo —espetó, poniéndose de pie. Dio un par de pasos, pero recordó algo: —Por cierto, ¿por qué hablas de House en presente? Está muerto.
—Ah… —Wilson balbuceó. —O- olvido siempre los tiempos verbales correctos cuando quiero decirle a alguien que está en un error, pero que aún puede remediarlo.
—Ahí viene Kutner y Taub. Les diré que le dejen saludos a Hadley —comenzó a caminar hacia ellos.
—Tozudo —murmuró Wilson.
Comenzaron a sonar las alarmas de la habitación de Trece y como ninguna enfermera andaba cerca, Wilson partió a ver que le ocurría. Pero para su sorpresa, todo era el resultado de haberse desconectado de las máquinas.
—Estoy bien —aseguró, al verlo entrar.
—No, no lo estás —Wilson se asomó por la puerta para asegurar que no sucedía nada. —¿Sabes? —consultó con cuidado, acercándose a la cama. —No creo que esto haya sido a causa de tus locuras, creo que es el Huntington, ¿cierto?
Trece se quedó callada, miró hacia un lado y tal cual una terca adolescente no quiso contestar nada.
—Bueno, tú sabrás —dijo Wilson, como para sentirse más aplomado en sus argumentos. —Yo ahora… —Wilson giró la cabeza con brusquedad al sentir que la puerta se habría y entraba Kutner junto a Taub. —¡Oh! Las dejo con ella, chicos, yo me debo ir a trabajar.
—Bien —susurró Kutner.
—Ve —habló Taub, en tono de darle la seguridad y autorización de marcharse.
Wilson salió de la habitación y se dirigió hasta su despacho para hablar con un paciente antes de marcharse a casa a organizar todo para ese viaje que realizaría en algunas horas.
Cameron bajó desde la sala de urgencias hasta el comedor con el fin ingerir algo. Al llegar vio a Chase ya esperándola, para comer junto a ella. Se sonrieron mutuamente y se acercó a la mesa.
—¿Viniste temprano a reservar? —le preguntó sonriente.
—Sí, creí que te atrasarías sacando alguna moneda de algún oído cavernoso —contestó Chase, admirando la manzana verde entre sus manos.
—Yo creí que eras tú el que sacaba monedas.
—De los riñones o del hígado, no malgasto mi tiempo en orificios menores —y le dio una mascada a la manzana que comía.
—Eso tiene una doble intención —murmuró Cameron, acercándose a él, un tanto molesta.
—No. A no ser que quieras verla —y siguió comiendo de su manzana.
—Iré a buscar una bandeja —informó, ocultando su fastidio.
—Te acompaño —saltó Chase, levantándose de la silla, de inmediato. —Te estaba esperando con esta manzana.
Cameron no contestó y sólo se dirigió al mesón con Chase tras suyo.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó Chase.
—No sé, creo que algo de puré y pollo, puede ser. Desde ayer que tengo ganas de comer puré.
—Ah, pues yo comeré lo mismo.
—¿Qué no tienes capacidad de decidir por ti mismo?
—Sí, sí la tengo. Pero en este momento me da pereza.
—Ahí vas tú —comentó Cameron con la ceja enarcada, volviéndose para mirarlo, pero a su vez se percató del televisor.
—¿Qué pasa? —inquirió Chase, al ver que se había quedado pegada en algún punto y poco a poco se giró él también, para mirar lo que ella observaba tan pasmada.
Una de las bases militares estadounidenses en medio oriente ha sido completamente destruida, por lo que se cree un ataque terrorista. Aún ningún grupo subversivo se ha adjudicado el atentado, sin embargo, la Casa Blanca cree…
—¿Será donde debe ir Wilson? —se preguntó Cameron, ensimismada en la nada.
Chase se giró hacia ella con cara interrogante, pero Cameron lo hizo a un lado, para seguir oyendo la noticia y poder verla mejor, aunque fuese sólo al conductor leyendo el comunicado.
… Fuerzas militares de rescate ya han marchado hasta el sitio del suceso, en busca de sobrevivientes. Esperemos que encuentren a más de alguien —agregó el lector de noticias, por su parte. —Cualquier detalle sobre este hecho, será dada a conocer durante el transcurso de la tarde…
—Hay que decirle a Wilson —chilló Cameron, mirando a Chase.
—¿Por qué? Es decisión tomada, no te puedes meter en todo, Cameron.
—Chase, ¿no ves que ya no sería necesario que fuera?
—Y a ti, ¿por qué te interesa que no vaya? —cuestionó el internista, quisquilloso.
Cameron dio un chasquido y se echó a correr.
—Tú ve a su trabajo, yo iré a su casa —le gritó, mientras se marchaba.
—Oye, pero… —Chase se quedó con las palabras en la boca y, aunque rezongando, hizo caso.
Al llegar al Princeton General supo que Cameron había tenido mala suerte, porque al preguntar en recepción por el doctor Wilson le dijeron que estaba en su despacho con un paciente, así que tras averiguar dónde estaría la oficina, se dirigió hasta allá. Al llegar, olvidó cierta norma de conducta, esa de tocar la puerta antes de entrar, simplemente, irrumpió en el despacho del oncólogo diciendo:
—No tienes que ir.
La paciente lo miró extrañada y Wilson con la boca abierta.
—Eh… ¿Me da un minuto? —dijo Wilson, poniéndose de pie y saliendo con Chase de un brazo de su oficina. Tras cerrar la puerta, le espetó: —¿Qué es eso de entrar a mi oficina así?
—Bueno, no estabas haciendo nada malo, ¿qué más da?
—No se trata de eso…
—Wilson, no me interesa el sermón ahora. Vengo porque… —estuvo a punto de decir "por órdenes de Cameron", pero le pareció una jugada en su propia contra —con Cameron hemos visto en las noticias que han bombardeado la base militar a la que piensas ir.
Wilson sintió que algo se helaba en su interior.
—¿Cómo sabes que es esa base? —consultó, levemente alterado, destacando el "esa".
—No tengo la menor idea. Cameron dijo que era.
—¿Y dónde está ella?
—En tu casa, supongo.
—Dame su número de celular.
Chase se lo dictó y Wilson marcó con los dedos temblorosos, sabiendo que si aquello era verdad, de nuevo tendría que revivir todos los fantasmas que significaban el sentir perder otra vez a House y a Cuddy.
—¡Cameron! —gritó al oír que se abría la línea.
—¿Wilson?
—¿Qué has visto? —bramó el oncólogo, a puertas de la histeria.
—La base a donde debías ir, estoy segura, voy escuchando una radio, que estoy segura que cerrarán después de esto, en la que dijeron el mismo sitio que te había indicado House. Wilson, ¡no tendrás que ir!
Wilson comenzó a llorar, tratando de no desarmarse por completo.
—¿¡Qué sabes tú!?
El grito se ahogó en los sollozos que no se podían controlar y el teléfono fue a parar, apagado, a su bolsillo.
Chase miraba la escena consternado y nada más atinó a descansar una mano en el hombro de Wilson para brindarle apoyo, que suponía necesitaba, aunque no tenía idea por qué.
—Oye, si no vas, ¿por qué…?
—Porque House y Cuddy estaban vivos —escupió.
Aunque no en un comienzo y con el rostro fruncido por la incapacidad de dar crédito en un primer instante a aquellas palabras, Chase comprendió todo.
