La Mina de las Oportunidades

Capitulo 5


-¿No podéis deshaceros del niño? No lo soporto –me quejé. Si iba a volver, que fuera al menos sin el mocoso-.

-Sweeney… él es una pieza clave –se rió en mi cara-.

-Ya claro –me mosqueé. ¿Es que siempre tenía que estar el niñato en medio?

-Ella llegará ahora. Estará durmiendo –me dijo el ángel-. Notarás cosas en cuanto llegues. No te asustes.

-Yo nunca me asusto –aseguré.

-Tu sabrás. Hay algo que ella no sabe. Y que tu descubrirás enseguida.

-¿El qué? –pregunté-.

-Ahora lo sabrás –me sonrió maliciosamente y todo se volvió negro.


Lo siguiente que sé, es que todo era muy diferente. Tenía los ojos cerrados, pero a pesar de eso, era capaz de tener un mapa en mi cabeza de la habitación. Estaba seguro de que era la barbería. Yo estaba tumbado en mi cama. Gracias a los olores de los muebles, podía situarlos. ¿Olores? ¿Desde cuándo los muebles huelen? Mejor dicho, ¿Desde cuándo puedo olerlos?

Notaba algo espeso en mi boca. Algo denso y de sabor amargo. Por instinto supe que era veneno. Tragué. La viscosidad desapareció. Con mi lengua recorrí mis dientes. Me sorprendió encontrarlos perfectamente alineados, antes no los tenía así. Y mis colmillos… estaban mucho más estirados y afilados. No lo sobresalían un milímetro por debajo de las paletas –lo que es bastante-.

Me toqué la piel. Estaba fría, y dura. Después la cara. Igual, fría y dura, pero al menos era la de siempre.

Entonces, oí como alguien se removía en la cama. Pero conmigo no había nadie más. Abrí los ojos. Era de noche. Mire a mi alrededor. Estaba todo oscuro, sin embargo conseguía distinguir muy bien unos objetos de otros. Me levanté, pero tropecé y me tuve que agarrar al espejo. En cuanto lo hice, en vez de sujetarme, se partió por la mitad y caí al suelo. Sorprendentemente, no me hice ni el más mínimo daño.

Necesitaba algo acuciantemente, y no sabía que era.

¿Había sido todo un sueño? ¿Lo de los ángeles? No, estaba sucediendo todo exactamente igual que me lo habían descrito.

Resolví que lo mejor sería bajar y hablar con la Sra. Lovett, haber si ella notaba cambios.

Cuando llegué a la sala, me sorprendí. Aquella mañana no había bajado. Pero si era de noche… ¿Cuál era? ¿Después o antes de la muerte de Lucy? Pasé de largo al niño lanzándole una mirada asesina y fui a la habitación. Me paré delante de la puerta.

Ese olor…

Había algo detrás de esa puerta que me llamaba. Me exigía que entrase. Me tape los oídos. A ellos llegaban una especie de golpes. Podía oír los corazones de la gente de mi alrededor. Pero no deberían haber solo dos… ¿y el tercero? ¿Y… el mío? Me costó un poco echarlos. Descubrí que si no me concentraba en ellos, que si me concentraba en cualquier otra cosa, estos desaparecían.

Entré despacio en la habitación. Estaba a oscuras, aunque las cortinas estaban descorridas y se veían las farolas. Como había pasado en la barbería, podía ver toda la habitación, cada esquina oscura. Los detalles eran mejores que antes de mi "vuelta".

Lo que me llamó la atención fue el cuerpo de ella sobre la cama. Tenía un resplandor oscuro. Como me había dicho el ángel, estaba durmiendo. Me acerqué y me senté en la cama con cuidado. Creí que se despertaría, pero no lo hizo.

En ese momento se puso bocarriba. Era ella lo que me había exigido que entrase. Mejor dicho, algo que ella poseía, y que ahora mismo recorría su cuerpo por debajo de la piel. Pude oír su respiración, lenta y acompasada. Su corazón estaba tranquilo, iba a buen ritmo.

No pude evitarlo, tuve que agacharme cerca de su cuello. Supuestamente había venido a hablar, no a observarla. Iba a despertarla. ¿Pero cómo? Aquel resplandor blanquecino me tenía atrapado. Su piel relucía de una forma espectacular, pero que no deslumbraba. Se veía como si tuviera 10 años menos, a pesar de conservar la misma figura. Y sus labios estaban curvados en una sonrisa. ¿Cómo soportar la tentación?

Antes de que me diese cuenta, la estaba lamiendo el cuello, ansiando llegar a ese delicioso liquido que se encontraba debajo de la piel. Abrí la boca poco y saqué mis ya preparados colmillos.

Gruñí.

Supuestamente la quería, ¿Por qué hacía esto?

No, ¡no puedo hacerlo!

Salí corriendo de la habitación, asombrosamente sin ningún tipo de ruido. Nadie se despertó. Llegué a la barbería, quite las navajas del cinturón y las deje en la caja. Luego me quité el cinturón y lo tiré al suelo.

No lo necesitaría.

Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que alimentarme, a fin de hacer aquella tentación menos tentativa.


Salí corriendo y bajé las escaleras con una agilidad pasmosa que no sabía que tenía. Recorrí las calles de Londres, que ahora me acogían en una dulce oscuridad, que antes odiaba. La Londres en la que se había convertido me parecía ahora perfecta. Oscura, provocadora, capaz de esconderme de mis victimas.

Busqué un buen bar y me puse a la espera en un callejón oscuro. Me di cuenta de que podía prever los movimientos de la gente. Supe enseguida cuando iba a salir alguien.

10 minutos después, salió un borracho, como tenía previsto. Le llamé desde la oscuridad, y el muy imbécil acudió a la llamada. Mi voz había sido muy sutil y tentadora. ¿Desde cuándo era así mi voz?

Lo cogí por las solapas de la camisa y de un rápido movimiento lo empuje contra la pared más alejada del callejón. Me miró con miedo. Genial.

¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora?

"Abandónate a tus instintos. Ellos te ayudaran" –recordé que me lo había dicho el ángel antes de irme, solo que lo tenía borroso.

Decidí hacerle caso, igual que pasó con la Sra. Lovett, mis instintos actuaron. Me acerqué a su cuello. No porque sea lo "tradicional", si no porque era el lugar de mejor acceso a la sangre. Pude haberme conformado con la muñeca, o cualquier otra parte, pero el cuello era lo que tenía más a mano.

Esta vez no lamí, no sentía esa necesidad, sin más demora ataqué. Mis colmillos se hundieron en la piel. Le tapé la boca para que no gritara. Succioné en la herida con mis colmillos todavía dentro. Escuché como la sangre subía por los orificios y se perdía en mi boca. El sabor a oxido y sal era delicioso, más de lo que nunca hubiese pensado. Supe que si quería convertirlo, podía expulsando el veneno a través de los colmillos, sustituyendo a la sangre. Pero no quise, no lo necesitaba.

Noté como se convulsionaba y después, simplemente, escuché a su corazón dejar de latir.

Seguí de esta forma durante toda la noche. Maté sobre todo borrachos. Cuando empezó a salir el sol, me detuve. Había salido de caza. ¡De caza! Y me había ido bien. ¿Pero porque no me cansaba? Los vampiros no se cansan, recordé.

En ese momento salía otro más. Hice lo mismo, le llamé. Era un hombre joven y tenía dinero, a juzgar por su ropa. Lo llevé al extremo y repetí la operación, pero el muy maldito se movió, y toda la sangre me salpicó encima. Le aplaste el cuello con mi mano. Muerto. Lo tiré encima del montón acumulado.

Tenía que irme. El sol no me molestaba en absoluto, pero no me podían ver con toda esa sangre. Empecé a ir de callejón en callejón. Me costó bastante llegar a mi casa. Tenía un gran sentido de la orientación, pero los callejones eran demasiados y a veces quedaban lejos unos de otros.


Miré al cielo, era casi mediodía. Alguien me cogió del hombro. En un segundo, lo tenía tendido en el suelo, mirándome asustado.

-No sufrirás –le dije-.

Después, lo maté. El último por hoy -me prometí-, por el momento.

Un hilillo de sangre caía por los costados de mi boca. No me importó. La Sra. Lovett ya estaría despierta, debía hablar con ella.

Corrí a la tienda. Dentro no había nadie. Igual había salido. Un momento, ¿done hay mucha sangre? ¡En el sótano! ¡El sótano está siempre repleto de sangre!

Me fui en esa dirección todo ilusionado, cuando paré súbitamente. Ese corazón… lo conocía. Y ese olor…

Miré a las escaleras, ella subía muy concentrada mirando el pastel. La miré con curiosidad. ¿Tan sigiloso era que no me había oído llegar?

Ella levantó la mirada. Noté que su corazón empezaba a latir más fuerte. La había asustado.

Cuando subió el pie, se piso el vestido.

Todo transcurrió a cámara lenta. La vi caer hacía atrás. No podía dejarla caer. No podía dejarla morir.

Baje a toda prisa, con una velocidad que desconocía poseer. Obviamente, si lo hubiese sabido habría llegado antes a casa. La agarré y ella cayó sobre mis brazos. Con el libre, cogí el pastel que caía.

La miré a los ojos. Todo volvía ir a la misma velocidad de siempre.

Entonces, me volvió a pasar. Unas ganas cegadoras de morderla empezaron a nublarme.

-Sr. Todd… -dijo ella. Percibí lo asustado de su voz-.

"Abandónate a tus instintos"

-Sr. Todd… ¿Qué hace?

"Abandónate a tus instintos"

-¡Sr. Todd! –estaba peligrosamente cerca de su cuello, había empezado igual que la otra vez. A lamer, como para preparar el terreno para cuando mis dientes llegasen.

"Abandónate…"

-¡NOOOO! –gruñí y grité. Me aparté de ella y le di el pastel, después salí corriendo a mi barbería.

¿¡Qué me ha pasado!? ¿¡Que he estado a punto de hacer!?