Capitulo 11
Después de una acalorada discusión con el terco hombre sobre lo maleducado que había sido, decidí seguir con mi tienda, que se había vuelto un caos en mi ausencia. Toby no podía solo e intentaba calmar a la muchedumbre hambrienta, y esta, a su vez, gritaba por la falta de atención.
Nos costó muchísimo volver a tranquilizar a la gente, y cuando lo conseguimos, fue porque casi no había clientes.
¡Maldita la gracia! Ni siquiera tenía la dirección o lo-que-quiera-que-fuese de donde vivían las musas, para poder comunicarnos.
¡La última vez que aviso a este hombre!, pensé. Hay veces que desearía volver al momento de la mina, como si solo hubiese despertado, y morir por fin, de una vez. ¿Por qué todo tenía que ser tan condenadamente difícil?
-¡Sra. Lovett! ¡Empanadas! –grito del mediodía, primero y no último, a mi pesar.
Bajé al sótano y me puse a mi trabajo, cortar. Me había dado cuenta de que los cadáveres llegaban totalmente secos a mi horno. Es decir, sin una gota de sangre en su interior. Seguramente así se alimentaba. ¡Mientras no lo hiciese de mí!
Noté una presencia detrás de mí.
-Me parece bien que se alimente de mis provisiones, Sr. Todd, pero déjeme un poco para mis clientes. Gracias a usted no están de muy buen humor este mediodía –contesté a ciegas. Sabía dónde estaba si estaba a un km a la redonda de donde yo me encontraba.
-¿Cómo sabía que estaba aquí? –me incorporé y me di la vuelta para mirarlo a la cara. Estaba sorprendido, reí-. ¿Por qué se ríe? -me miró ceñudo-.
-Por nada…
-¡Por qué!
-¡Por nada! –dejé de reírme-.
-¡Dígamelo! –se estaba alterando, y sus ojos…-.
-¡Porque es la primera vez que le sorprendo! –intenté calmarle, no quería problemas-.
-Ya lo sabía –entonces quitó su cara enfada y sonrió pacífico. Fui yo quien se sorprendió ahora-. Puedo leer las mentes –y rió él-.
-¿¡Qué!? –pregunté, tapándome la boca horrorizada-.
-Aún no lo domino muy bien –empezó a hojear el lugar, observando con gula la sangre del suelo-, pero estoy aprendiendo. Puedo cambiar el color de ojos a voluntad, correr por encima del agua, aprender idiomas… está madrugada aprendí Japonés.
-¿Japonés?
-Sí… Váyase.
-¿Umm? –dije distraída, pues estaba sacando las empanadas del horno-.
-Si no quiere ver un mal espectáculo, váyase.
Asentí y me fui a la puerta, preguntándome que sería eso del Japonés. Ya sabía que quería decir con lo de que sería una mal espectáculo, que se alimentaría.
Pasó el tiempo, no vi salir al Sr. Todd, pero sabía que no estaba en el sótano. La tarde transcurrió sin problemas. Al llegar la noche, llegó una señora con un perro a la tienda.
-Lo siento, pero los animales domésticos y no domésticos están prohibidos en mi tienda –expliqué claramente-. Si quiere, puede sentarse fuera.
-Una empanada y una cerveza, por favor. No habrá problema con el perro –y se fue a la calle a sentarse-.
Ya eran las 7 y el Sr. Todd seguía trabajando, cada vez más arduamente. Me preocupaba que no saliera. ¡Me preocupara que leyera mentes! ¿¡Y si leía la mía cuando estuviera pensando… algo no muy apropiado!?
-¡Sra. Lovett! ¡La empanada, por favor! –gritó la señora. Con un refunfuño, me acerque a servirla.
-Lo siento, me quedé en el cielo –sonreí agradablemente-.
-No se preocupe –aseguró-.
-Es muy bonita su perra.
-Se llama Dayla –era uno de esos mini perros que se llevan en los bolsos. ¿Cómo se llamaban? ¡Ah! ¡ Chiguaguas!-.
-Es preciosa –sonreí. Acaricié la cabeza del animal, que de pronto empezó a ladrar frenético. Aparte la mano asustada-.
-No pienso leer su mente –susurró una voz a mi oído. Salté del susto-.
-¡Sr. Todd! ¿Qué hace…? –me callé al ver la cara con la que miraba a la perra que acababa de acariciar. Los colmillos de ambos estaban al descubierto. ¡Mucho!
-¡RRRRRRRRRR! –gruñó la perra-.
No sé qué pasó pero al darme la vuelta, queriendo interponerme entre el perro y el Sr. Todd para que parasen de una vez y decirle que se fuera a la sala, que ahora iba yo, la perra saltó del abrazo apretado de su ama y… ¡Me mordió la mano! ¡Justo con la que había tocado momentos antes al Sr. Todd!
-¡Ahhh! –grité del dolor.
-¡Oh, Sra. Lovett! ¡Lo siento mucho! ¡Dayla no suele ser así! ¡No sé qué mosca la habrá picado! Fíjese, si tiene sangre…
Y así era, todo el mundo estaba mirándonos, en silencio. Yo sujetándome la mano y mirándola estupefacta. Para mi horror, un charco de sangre se estaba formando en el suelo. MI sangre. Miré al Sr. Todd preocupada. Él solo miraba el denso líquido que salía de la herida de mi mano, como hipnotizado, mientras sus colmillos crecían y sus ojos cambiaban a la velocidad de la luz a un rojo sangre muy intenso.
