Capitulo 12


Discutir con esa mujer siempre era emocionante. ¡Nunca sabes con que argumento saldrá! ¡Ni con que la habrás enfadado! Total, que cuando terminó la pelea –en la que, por supuesto, ganó ella-, me subí a mi tienda.

Había mucha gente en la tienda, y parecían una muchedumbre hambrienta. Casi casi, y nos comen a nosotros. No sé por qué, pero desde que volvimos de la mina, tengo más facilidad para esto del sarcasmo.

"-¿¡Es que todavía no ha aprendido que hay que ser más respetuoso con la gente!? ¡Benjamin lo hubiera sido!

-¡¡YO NO SOY BENJAMIN!!"

Aquella frase había sido la última, después, cada uno nos fuimos por nuestro lado.

¿Cómo se atrevió a compararme con Benjamin?

¡La última vez que aviso a este hombre!, pensó. Bueno, sí, estaba espiándola. ¡No es un pecado! Jejeje, no hacía falta que me avisase esta mañana, yo ya sabía lo que pasaba abajo hacía tres siglos.

Me dispuse a trabajar. Sangre caliente subía a mi habitación y no iba a perderme ni una gota. Discutir me daba hambre.


Tiempo después supe que bajaba al horno. Bien, necesitaba hablar con ella de una cosa… mi alimentación.

-Me parece bien que se alimente de mis provisiones, Sr. Todd, pero déjeme un poco para mis clientes. Gracias a usted no están de muy buen humor este mediodía –contestó sin darse la vuelta. ¿Cómo demonios sabía dónde estaba yo?

-¿Cómo sabía que estaba aquí? –me extrañé. Se levantó y me miró. No sé porque, pero empezó a reírse.-. ¿Por qué se ríe? -arrugué el ceño-.

-Por nada…-susurró, intentando, sin resultados, dejar de reírse-.

-¡Por qué! –me estaba poniendo nervioso-.

-¡Por nada! –dejó de reírme-.

-¡Dígamelo! –pero yo tenía una baza a mi favor. Empecé a hurgar en la mente de ella, hasta que encontré el motivo. Osea, que se reía por haberme sorprendido. Ahora aprendería. Poco a poco cambié el color de mis ojos-.

-¡Porque es la primera vez que le sorprendo! –se puso nerviosa. Al parecer quería calmarme-.

-Ya lo sabía –sonreí. Fui yo quien la sorprendió ahora-. Puedo leer las mentes –dije naturalmente y empecé a reírme. Su cara era un poema, jajaja-.

-¿¡Qué!?

-Aún no lo domino muy bien –expliqué, observando el lugar (motivo por el cual realmente había venido), observando la sangre y notando como me llamaba. Bébeme… Bébeme… Bébeme…-, pero estoy aprendiendo. Puedo cambiar el color de ojos a voluntad, correr por encima del agua, aprender idiomas… está madrugada aprendí Japonés –intentaba centrarme en la conversación, pero empezaba a ser difícil, y si a eso le sumamos la cercanía de ella, pues…-.

-¿Japonés? –preguntó, sin entender-.

-Sí… Váyase –orndené-.

-¿Umm? –dijo distraída, pues estaba sacando las empanadas del horno. ¿¡Es que siempre tenía que hacerse la tonta o qué!? ¿¡Por qué demonios siempre se quedaba cuando más peligro corría!? ¡¡Podía ser peligroso para ella!! ¿¡Es que no se daba cuenta!?-.

-Si no quiere ver un mal espectáculo, váyase –me impacientaba-.

Asintió y se fue a la puerta. En cuanto desapareció, me lancé al suelo (como un perro) y empecé a beber. Cuando no quedó mucho –es decir, nada-, seguí con los cuerpos.

Después de eso, me di una ducha y me limpié, para luego seguir trabajando. ¿Se engordará por beber tanta sangre?


Ya eran las 7 y yo seguía trabajando, a mi bola.

Me preocupaba que no salga. ¡Me preocupa que lea mentes! ¿¡Y si lee la mía cuando esté pensando… algo no muy apropiado!? –escuché en su mente. ¿Así que piensa cosas no muy apropiadas, eh, Sra. Lovett? –pensé yo. Decidí bajar a averiguar algo más. Joe, otro cliente. Tendría que esperar a averiguar eso de la Sra. Lovett.

-Es preciosa –dijo la Sra. Lovett. Llegué justo cuando ella acariciaba la cabeza del animal, que de pronto empezó a ladrar frenético. Ella apartó la mano, y yo, sin darme cuenta, empecé a gruñirle como la vez anterior delante de la calle. ¡Que por cierto, era el mismo perro… perra!-.

-No pienso leer su mente –susurré en su oído. Saltó del susto, lo que me hizo gracia-.

-¡Sr. Todd! ¿Qué hace…? –se calló, al ver la cara con la que miraba a la perra que ella acababa de acariciar. Los colmillos de ambos estaban al descubierto, pero yo ganaba claramente-.

RRRRRRRRRR! –gruñó la perra-.

Pude evitarlo, pero me distraje al saber que la Sra. Lovett estaba pensando en llevarme a la sala, y claro, cuando la perra saltó del abrazo apretado de su ama y mordió la mano que antes me había tocado a mí, supe que no le caía bien a la perra.

-¡Ahhh! –gritó del dolor. Me alarmé y dejé de mirar a la perra, para concentrarme en la mano de ella, pero… ese olor…

-¡Oh, Sra. Lovett! ¡Lo siento mucho! ¡Dayla no suele ser así! ¡No sé qué mosca la habrá picado! Fíjese, si tiene sangre… -así que la perra del demonio tenía nombre. Muy bien, Dayla, tu y yo ajustaremos cuentas algún día… ese delicioso olor… otra vez…

El olor a la sangre. A la sangre de ELLA. Todo se nubló en mi mente. Todo se volvió de un precioso rojo sangre y… ya no recuerdo nada más.

Lo siguiente que sé, es que estaba en una prisión, encarcelado. Sentado en una esquina, con ese fresco olor todavía pegado en mis agujeros nasales e impregnando mi camisa.

Agité la cabeza intentando recordar. ¿Qué había sucedido?

-¡Monstruo! –gritó el de la celda contigua. Mi compañero de cuarto estaba desangrado, en el suelo.

Imágenes desagradables llenaron mi mente. La Sra. Lovett en el suelo, yo a su lado, BEBIENDO su sangre.

-Oh, Dios… que he hecho… -susurré, secándome las lágrimas-.

No sé si aún estaba viva, si había conseguido detenerme. No sé cómo había llegado hasta aquí, ni como me habían conseguido traer, ni como no había podido detenerme. No sé si conseguí no transformarla y no matarla. No lo sé. Solo sé, que ahora entendía mi condena. Quería morirme, matarme. Quería suicidarme y acabar con todo. No merecía seguir viviendo, con ese crimen a mis espaldas.

Nunca sabré si consiguió salvarse, porque una figura apareció delante de mí, borrando todo dolor y sufrimiento de mi mente.