Capitulo 14
Mi respiración paró. El dolor se detuvo. El golpe de mi cabeza ya no dolía. Ya no había nada duro debajo de mi espalda. Ahora era… ¿blando? Abrí los ojos. Mi habitación. No recordaba mucho de la noche anterior. Solo sé que sufrí una mordedura de vampiro. Pero… ¿había muerto? ¿Por qué no había podido detenerse ese insufrible-barbero-vampiro, sabiendo que no tenía que hacerlo? ¿¡Y si me había transformado!? Me levanté de un salto y me miré en el espejo. No había nada raro en mi. Mire mi mano, estaba limpiamente vendada. Quité las vendas. La cicatriz de una mordedura estaba impresa en mi piel, pero no era del barbero, si no le maldita perra. ¿Entonces? ¿Qué había pasado? Dudo mucho que descubra nunca si morí aquel día.
Decidí hacer rutina.
En ese momento me encontraba poniendo unas empanadas en su sitio, decorándolas, de forma que quedase todo muchísimo más atrayente para la clientela –si eso era posible-.
Escuché unos pasos y maldije mentalmente.
-¡Alto! –grité, se paró en seco-. ¡Ni se le ocurra acercárseme! –hice un gesto con el dedo y retrocedí-.
-¿Qué ocurre? –preguntó. ¿¡Es que acaso no se acordaba!?-.
-¿Qué qué ocurre? ¿¡Que que ocurre!? ¡Sr. Todd! ¡Creo que con morir 1 vez y media tengo suficiente! –estaba colérica-.
Pareció decepcionarse.
-¿Media? –preguntó de repente.
-No sé si morí anoche, o ayer… ¡o cuando demonios ocurriese! ¡Pero no quiero que se me acerque! ¿¡Me oye!? ¡Ni un centímetro! ¡Si me vuelvo a cortar, si vuelvo a sangrar, no quiero volver a sentir el DOLOR que sentí la última vez! ¡Así que, LARGUESE! –le grité. No podía continuar así, no podía, no podía ¡No podía!
-¿L-lo… siento? –preguntó-.
-¿Es una afirmación o una pregunta? –contesté con ironía-.
-¿Una… afirmación? Lo siento… -repitió-. Yo no…
-Me da igual. Fuera de mi tienda –me di la vuelta y entré en la sala, intentando calmarme y respirar normal.
Cuando me aseguré de que se había ido, volví a mi trabajo, esforzándome lo más que pudiera en bloquearle mi mente. Me concentré en ello, y supe que lo había logrado.
Después de un rato, un hombre entró en mi tienda. Era muy guapo, alto, rubio, pero no parecía rico.
-Bueno días, Sra. Lovett –sonrió el joven. Muy joven, me pareció-.
-¡Buenos días! ¿En qué puedo servirle? –sonreí cálidamente-.
-Una empanada, a ser posible, y una de sus hermosas sonrisas –me tomó la mano y la besó, provocándome un ligero sonrojo. Además de guapo y joven, adulador.
-Siéntese, enseguida le sirvo –le ofrecí, mientras de reojo miraba como se sentaba donde solía sentarse el Sr. Todd, saqué la empanada. La puse en una bandeja y se la dejé en la mesa, para después sonreírle, tal y cómo me había pedido.
-Muchas gracias –me dijo-.
-De nada –y volví detrás de mi mostrador, esperando que no se fuese en mucho tiempo para observar ese cuerpo de Dios Griego que la naturaleza le había proporcionado.
¡Nell! ¿¡En que estás pensando!? –me golpeé en la frente y me concentré en la masa-.
-Sé que seguramente ya se lo habrán dicho –me dijo después de un rato-, pero tiene una de las miradas más hermosas de Londres –le miré abochornada. No todos los días te echan piropos así. Sonreí, aquel chico me caía bien.
-No, no me lo han dicho, aunque me hubiese gustado –contesté, intentando concentrarme en la masa-.
-Es una pena, me parece que su marido no sabe lo que se pierde –dijo casualmente, levanté la cabeza tan rápido que creo que de no estar sujeta a mi cuerpo, habría salido volando-.
-¡Oh, no! ¡No estoy casada! –contesté atropelladamente. Yo creo que él sabía su efecto en las mujeres y se estaba aprovechando de ello. Pero yo no caería, no señor. O al menos no tan fácilmente…
-Oh, vaya, creí que sí, el barbero de arriba…
-Es tan sólo un huésped, mi marido murió hace casi 17 años.
-Lo siento mucho –dijo sinceramente. Yo ya había caído.
-Pero seguro que usted sí tiene novia. Y dudo mucho que a ella le parezca bien que vaya por ahí adulando a otras mujeres tan viejas como yo, y mucho más solteronas… -solté de repente. ¿Desde cuándo usaba yo esas técnicas para sonsacar algo a alguien?
-No, no estoy comprometido –sonreí. Definitivamente, aquel chico me caía bien. No había estado prestando atención a la habitación de arriba, pero ahora, que lo hice, noté lo nervioso que estaba el señor Todd y sonreí-. Bueno, creo que tomaré otra empanada –dijo cuando él terminó-. Y permítame decirle, Sra. Lovett, que no me parece usted una vieja solterona ni nada por el estilo. Y si cada vez que vengo me trata así de bien, creo que tendré que pasarme más frecuentemente…
