Capitulo 23


Tal vez no debí decirle "que se fuese a la mierda". Y en aquél momento no sabía que eso, precisamente, iba a hacer.

Cogí mi bolsa, ropa y algunos enseres personales y me fui de nuevo de aquella casa. No soportaba la idea de estar junto a ella, a esa persona que me había traicionado no solo una, si no dos veces. La quería, maldita sea, ¡él la quería!

De la rabia que llevaba dentro, pegó un fuerte pisotón, dejando un bache en la carretera, a medio camino entre Bristol y Plymouth.

Gruñó por lo bajo y siguió corriendo, en dirección a la pequeña casa.

Era curioso, pero ella sabía todo acerca de él, y él no sabía apenas nada acerca de ella. Ni siquiera su nombre.

Cuando finalmente llegué a la casa –fui algo lento- ya amanecía. No estaba cansado, físicamente no al menos.

Entré en la casa. La mujer dormía en el sofá. La observé un rato. Encendí el fuego y me acurruqué en el sillón donde unas horas antes había estado. Poco a poco, la presencia del sol en el cielo me provocó sueño y quedé totalmente dormido.

-Sr. Todd –me llamó una voz-. Despierte, por favor.

-¿Qué sucede? –pregunté somnoliento-. Solo está atardeciendo.

-Sí, lo sé. ¿Quiere beber algo?

-¿Cómo qué?

-No sé… ¿sangre? –abrí los ojos bruscamente, no sabía que los tenía cerrados. Y vi a aquella chica del día anterior.

-La tuya no.

-Vale… -suspiró.

Nos pusimos en marcha aquella misma noche. Yo sentía que algo iba mal, pero no sabía qué, y tampoco quería saberlo.

Me enseñó a elegir víctimas, a no dejar rastros, a ser sigiloso. Me enseñó a combatir contra hombres-lobo (luchando contra lobos normales), y a curar más rápido mis heridas. Aprendí un montón de cosas en dos días. Incluso porqué mis lágrimas eran de sangre y no salinas como las humanas.

Ya amanecía cuando por fin paramos a descansar. Ella estaba agotada, así que la llevaba de vuelta a casa en brazos.

La dejé sobre la cama. Se había dormido en mis brazos cerca de Bristol.

Me senté a su lado, y miré la habitación. Había un diario en la balda inferior de la estantería, segundo libro a la izquierda. Me acerqué y lo cogí, aún sabiendo que era privado. Abrí la tapa y leí su nombre.

Leslie Williams

Ahogué una exclamación. ¿Williams? Ese era… el apellido de soltera de mi difunta mujer… Pero Leslie nunca dijo nada de una hermana. Tal vez… ella también me lo había ocultado.

Abrí por un sitio al azar y la primera palabra que vi fue "Lucy" El corazón que no latía salió de su sitio en mi pecho.

15 de Agosto de 1829

Hoy, Lucy me ha contado que ha conocido a un chico en la ciudad. Está en Londres, para suerte de ella. Me dijo que se llamaba Benjamin Barker. ¿Será guapo? Espero que…

No seguí leyendo, no necesitaba más. Dejé el diario en su lugar y volví a sentarme a su lado. Otra mujer que me engañaba. Otra más que me ocultaba cosas.

Esperé paciente a que despertase, aunque el sol ya volvía a jugarme de las suyas.

5 horas después, en las que estuve observándola todo el rato, despertó.

-Umm… buenos días, Sr. Todd –suspiró, somnolienta. La miré severamente.

-Buenos días, Leslie Williams.

-¿Cómo sabe mi nombre?

-Mi esposa era tu hermana –mascullé entre dientes. Ella tembló-. Tú sabías quién era yo.

-No, yo solo quise no hacerle mal. Yo no quería que se martirizase con que su gente pudo haber matado…

-¡Cállate! –bramé, dándole un tortazo. En seguida me arrepentí. Me senté a su lado y la abracé fuertemente. Noté que temblaba. Exploré su mente por primera vez. Ella me amaba. Me quedé sin palabras. … ¿Otra Sra. Lovett?-. Lo siento… -susurré-. No es la primera vez que me hacen esto…

-Lo sé –sollozó.

Lentamente, y sin previo aviso, me deslicé por su cuello. No es que quisiera matarla o algo, pero había desarrollado por ella un cariño similar al que se tiene por una hermana. Y dado el caso, ella había sido mi hermana política. Ella tembló cuando besé su cuello. Y casi noté como asentía para darme permiso.

Desenfundé mis colmillos y mordí lentamente. Ella pegó un alarido. Estuve a punto de apartarme, no quería hacerla daño, pero ella presionaba con su débil y pequeña mano mi nuca para que siguiera.

Mordí más profundo y noté que ella jadeaba. Esta era la primera vez que mordía a alguien sin afán de alimentarme. Bebí un poco, degustando una sangre dulce que no había probado jamás, y decidí verter el mortal veneno. Poco a poco, noté como la ponzoña se expandía por su cuerpo, rompiendo uno a uno todos los lazos que la unían a la vida. Me obligué a parar. La estaba desangrando. Aquél dulce sabor me tenía pegado a su piel, y ella ya comenzaba a convulsionar y a tirar de mi pelo para que parase. Con un gruñido frustrado me aparté fuertemente y salí volando hasta la pared, la cual se rompió un poco. Ella convulsionaba en la cama, la cual estaba llena de sangre. Me acerqué lentamente tapándome la nariz para no oler nada. Tenía los ojos en blanco, y la boca entreabierta. Se retorcía en dolor, arqueando la espalda y estirando las piernas y encogiendo los dedos. Su piel iba haciéndose cada vez más y más pálida…

-La única forma de acabar el juego –susurró, haciendo que me acercase a escuchar. Ella no parecía consciente y esa no era su voz-, es acabar con los jugadores…

Acto seguido, cayó desmallada.