Capitulo 24
Antes de que despertara, eché a correr. La sensación de que algo malo pasaba ya empezaba a pincharme en la nuca, como si me estuvieran tocando la moral con una aguja punzante.
Sentía que algo o alguien estaba en apuros, y como si un rayo cayese sobre mi cabeza y me hiciese reaccionar, supe que Eleanor estaba en peligro. Corrí más rápido que nunca, sintiendo una opresión en el pecho, justo donde reposaba mi corazón muerto. Imbécil, imbécil, imbécil… me insultaba todo el rato. ¿Cómo había sido tan estúpido como para irme 3 días sabiendo lo propicia que era ella a meterse en líos? Por mucho que hubiese estado con ese chucho, ella tenía derecho a rehacer su vida de la forma que mejor le pareciese. El rayo de nuevo pegó en mi cabeza y supe que todo era culpa del maldito chucho come personas. Gruñí tan alto que pareció un rugido. Noté convulsiones por todo mi cuerpo cuando llegué a la casa y vi que no había nadie. Mi cara empezó a arder, igual que mi cuerpo. Noté como se expandía, como me crecían extremidades. Rugí (esta vez sí) de la ira y salí –literalmente- volando de la casa, buscando algún rastro.
Seguí el olor hasta el bosque, pero lo capté también en el cementerio de la iglesia. Con cuidado, me posé en la cruz del campanario. Olisqueé el aire. Allí había alguien. Y ese alguien, estaba bajo tierra.
Grité. Arañé. Pataleé. Pero no había forma de salir de aquella condenada caja. Estaba atrapada, y esta vez sí, perdida del todo. El Sr. Todd no sabía dónde estaba. ¿Cómo había sido tan estúpida? ¿Es que nunca podría de dejar de meterme en líos? Desde la vuelta, no hacía otra cosa. Agudicé el oído. Ya se habían ido. Sin embargo, escuché la cruz del campanario chirriar, como si algo o alguien estuviera encima. ¿Sería el Sr. Todd?...
Bajé de un salto al suelo, húmedo por la lluvia que había empezado a caer desde que estuve en la casa. El suelo se ablandó a mis pies ahora desnudos, creando hoyos en la tierra de la forma de mis pies. Me acerqué lentamente al lugar de donde procedía el olor ya tan conocido para mí.
-¿Eleanor?... –pregunté, con una voz demasiado grave que la usual.
-¿Eleanor?... –preguntó una voz de ultratumba al otro lado de la tierra.
Parecía la voz de un monstruo, pero pude escuchar perfectamente el timbre de voz de mi vampiro preferido.
-¡Sr. Todd! –grité-. ¡Sr. Todd! ¡Estoy aquí abajo! –empezaba a quedarme sin aire y cada vez era más difícil respirar.
-¡Sr. Todd! –gritó-. ¡Sr. Todd! ¡Estoy aquí abajo! –empezaba a quedarme sin aire, sus jadeos eran desacordes con una respiración normal y su corazón, apenas un murmullo, iba desbocado.
-¡Aguante! –grité-. Tiene que hacer una cosa. Está a unos 6 metros y es muy difícil que la saque escavando. Tiene que explotar.
-¿Explotar? –dijo ella al otro lado-. ¿Cómo explotar?
-Lo que hizo el otro día en casa. Tiene que crear un agujero en la tierra para que pueda sacarla.
-Bien… apártese…
Me hice a un lado de un salto, apoyándome en mis manos y miré paciente la tierra, buscando algún signo.
Pasaron lo que parecieron años antes de que un débil rayo de luz atravesara parte de la tierra. En un visto y no visto, estaba allí, metiendo el brazo entero buscándola.
Exploté, chillando al notar como todas las astillas de madera y piedras caían encima de mí. Alcé la mano intentando llegar a la superficie. Creyendo que ya estaba perdida, noté como algo duro y suave me agarraba de la mano. Era como de piedra, pero a la vez piel. Tiró de mí, hasta que casi quedé por la altura del pecho descubierta y pude ver a mi salvador.
Aquél no era el Sr. Todd.
Desperté un rato después, sintiéndome nueva y libre. El Rey de la Oscuridad me había convertido. ¡A mí! Y tenía la sensación de que estábamos enamorados el uno del otro perdidamente. Con una sonrisa, me miré al espejo y no vi a nadie. Salté de la alegría. Pero luego paré en seco. ¿Dónde estaba él? Salí a los alrededores, con ansias de sangre. Pero allí solo estaba el rastro de él, en dirección opuesta a la ciudad. Supe enseguida donde había ido. Con un gruñido frustrado salí corriendo en la misma dirección.
Allí estaba ella, de nuevo en mis brazos. Su cara cortada y llena de tierra hizo que casi saltara de alegría. Pero el olor de las recientes heridas provocó que me doliera la garganta.
Ese olor…
No, sí que era él, pero cambiado. Iba… ¿¡Desnudo!? No, de hecho, llevaba pantalones (que estaban rasgados) Se… había convertido… en una gárgola. En una "especie" de gárgola. Tenía largos cuernos doblado hacía atrás. Era bastante más grande de lo normal. Sus manos y pies se habían convertido en garras y era de color negro oscuro. Pero sus ojos eran los mismos. Los de Benjamin, los de Sweeney. Era él, y no tenía duda. Pero desvié mi mirada un poco para echarle una ojeada a las grandes alas (como las de murciélago) que estaban replegadas por detrás. Luego volví a mirarle, y vi en sus ojos esa mirada.
Sangre…
Llegué al cementerio minutos después. Despechada, vi como sacaba a la insulsa ángel de debajo de la tierra y como le miraba con esos ojos, que solo debían pertenecerme a mí. Su transformación hizo que me diese cuenta de que me había traicionado. Con un grito, y sorprendiéndolos a los dos cogí una estaca cercana. Nadie, nadie, me traiciona jamás.
Intenté replegar mi instinto asesino, pero era muy fuerte. Gracias a un grito, me desconcentré y desvié la cabeza, aún agarrando las manos de ella, agachado en la tierra con una rodilla hincada. Leslie…
Sabía que estaba haciendo grandes esfuerzos por no morderme, pero le estaba siendo difícil. De haber podido, hubiese dejado de sangrar con tal de hacérselo más fácil. Un grito nos distrajo. Una muchacha de pelo negro y cara pálida (seguramente vampiro) alzaba una estaca en sus manos, y enseguida supe qué pasaba. Ella estaba enamorada de él, y es más, pensaba matarle.
Pero me sorprendí al reconocer su cara.
¿Esa no era la hermana de Lucy?
Di otro grito y eché a correr.
Observé que venía corriendo a mí, y yo tenía miedo. Por primera vez en mi vida, tenía miedo. En ese lapsus en el que describí lo que sentía, noté como si mil navajas se clavaran en mi pecho. Alcé la mirada. Leslie me había clavado una estaca en el corazón.
Observé aterrorizada como le mataba, con una sonrisa sádica.
-¡NO! –grité, llorando y aferrando más sus manos. Él me dedicó una mirada de profundo pesar, y vi como el brillo de sus ojos empezaba a desvanecerse. Quise alzar la mano pero él me la retuvo reprochándome. Yo la volví a alzar, él ya no tenía fuerzas.
Vi como la ángel intentaba ayudarle y sonreí sádicamente. No hay cosa más cruel que matar al amor de un ángel, porque éste muere en el mismo instante que el otro. Eché a correr resuelta a la entrada, pero los hombres lobo me interceptaron el paso. Craso error. Ahora ellos me matarían.
Alzó la mano, y yo dejé caer mi cabeza, cansado. Noté como volvía a mi forma humana y cerraba los ojos. Ella metió su muñeca en mi boca, y me obligó a beber. Yo ya no tenía fuerzas para hacerlo, pero mordí, y sin quererlo, filtré ponzoña. Poco a poco, fui cayendo en el abismo, para no volver a despertar de nuevo.
Me mordió, y noté como algo entraba en mi organismo y yo misma empezaba a desfallecer. Cerré los ojos, apoyé mi cabeza al lado de la suya, notando como todo mi cuerpo se evaporaba. No volví a despertar.
