Una vez que salieron de Teirm, Eragon llamó a Saphira con fuerza. La majestosa criatura hizo su aparición en los cielos y aterrizó provocando una abrupta ráfaga de aire. Saeth le sonrió ampliamente, entonces, al ver sus ojos color zafiro, lo volvió a sentir pero doblemente intenso. Una punzada en la parte trasera de su cabeza que descendía como hielo por su columna vertebral, el dolor fue tan intenso que esta vez gritó con toda fuerza de sus pulmones y cayó de Gorm.

Brom descendió de Nieve de fuego con rapidez, y él y Eragon se acercaron a ella preocupados.

-Saeth ¿Puedes oírme? –le preguntó el anciano.

Ella lo oía pero se sentía incapaz de contestar, la cabeza le abrasaba, le faltaba el aire y todo a su alrededor daba vueltas. Abrió la boca, pero incapaz de llevar aire a sus pulmones, tal vez debido a la angustia o a otra cosa. Repentinamente, entre toda la confusión de dolores, uno cobró fuerza y se destacó, la mano derecha le quemaba. No, aquello era poco, era un dolor imposible de describir.

Un nuevo grito de dolor se le fue arrancado de la garganta y su espalda se arqueó en un acto reflejo. Levantó la mano en el aire, entonces Brom se la examinó retirando la venda con cuidado.

-¡Por todos los dioses! –exclamó por la sorpresa.

La Gedwéy ignasia brillaba al rojo vivo como si fuera de fuego, luego tomó un color violeta justo cuando Saeth caía desmayada sin poder soportar el dolor un segundo más.

En el acto por su mente comenzaron a pasar imágenes de los momentos junto a Jaru, como si aquello fuera un cobijo contra el dolor. Vio sus hermosos ojos lilas y al abrir los suyos se encontró de cara al cielo estrellado.

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Ya comenzaba a hartarse de vivir desmayándose, desde que se había unido a Eragon, Saphira y Brom se había desvanecido más veces que durante el resto de su vida. Quería una respuesta a lo que le sucedía, pero no creía que nadie pudiera dársela. Se sentó y vio que Eragon se había quedado dormido, sentado a su lado.

Le sonrió y se dio cuenta de lo mucho que su amigo le recordaba a Jaru, ambos eran fuertes de espíritu, le ayudaban a seguir adelante, eran puros de corazón y con cierta inocencia que resultaba muy tierna. Lo recostó con cierta dificultad y lo cubrió con su propia manta. Se sentía débil por la fiebre y estaba algo temblorosa, miró su mano, pero la Gedwéy ignasia estaba tan apagada como de costumbre.

-Es bueno ver que estás bien –la sobresaltó la voz de Eragon que se incorporó dando un descomunal bostezo.

-Pero por cuánto tiempo… quisiera saber qué es lo que me sucede ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

-Cuatro días.

Saeth suspiró apesadumbrada. Cuatro días de su vida que había perdido entre la bruma de su inconsciencia. Se rodeó las piernas con los brazos y apoyó la pera en las rodillas.

-Eragon… tengo miedo –clavó en él sus ojos lilas –tengo miedo de perderlos a ti, a Saphira o a Brom.

-No nos vas a perder –le dijo él abrazándola como si se tratara de una niñita indefensa –recuerda que hace tiempo te prometí que no te dejaría.

Saeth asintió satisfecha, pero aún con la predicción de Angela en su mente.

---

El resto del camino a Dras-leona fue largo pero sin mayores percances, pronto Saeth le perdió el miedo a un nuevo ataque o lo que fuera que le sucedía, y para cuando llegaron a la terrorífica ciudad ya casi se había olvidado de ello.

Se alojaron en una posada de mala muerte llamada "El Globo de Oro", aún que la cerveza no parecía ser de tan mala calidad, puesto que Eragon y Brom bebieron más de la cuenta. Al día siguiente Saeth se burló de ellos y su dolorosa jaqueca y los regañó por haber bebido tanto, pero luego de recuperarse Brom propuso que se separaran y buscaran información discretamente. Ella se marchó con Brom que aún no había espantado sus temores de que la chica se desmayara en plena calle, Dras-Leona era mucho más peligrosa que Teirm.

Para la noche consiguieron lo que buscaban, los ra'zac estaban en Helgrind, un lugar perfecto para ellos, el dilema estaba en cómo llegar a ellos, puesto que todos los que se aventuraban allí nunca más regresaban.

Al día siguiente Eragon y Saeth recorrieron la ciudad, Brom no regresaría hasta la noche.

Sus pasos los llevaron frente a la catedral, era un edificio escalofriante.

-¿Crees que podamos entrar? –preguntó Saeth con curiosidad, nunca en su vida había estado en una catedral, y al parecer Eragon tampoco.

-Supongo que no pasará nada si echamos un vistazo.

Con un leve sentimiento de culpabilidad entraron. Sus pasos resonaron con eco en la solitaria catedral, Saeth quiso decir que prefería irse pero no quiso escuchar el impresionante eco que tendría su voz en aquel lugar, así que guardó silencio. Por respeto se inclinaron frente al altar y al darse vuelta vieron algo que los dejó paralizados. Allí estaban los ra'zac, observándolos con las espadas desenvainadas. Cuando un grupo de guardias entró en la catedral Saeth tironeó de la camisa de Eragon y le señaló un vía de escape, un vestíbulo a la izquierda del altar.

Echaron a correr a toda velocidad a través de un pasillo que llevaba a las dependencias del prior.

Repentinamente se toparon con una puerta.

-¡Cerrada! –exclamó Saeth.

Eragon trató de abrirla por la fuerza pero era demasiado sólida.

-¡Jierda! –gritó Saeth y la puerta se hizo añicos.

Corrieron por un nuevo pasillo hasta que llegaron a un jardín rodeado de una alta pared de ladrillos.

-¡Rápido, súbete a mis hombros! –urgió Eragon.

Saeth hizo lo que le decía y logró subir a la pared. Luego él dio un salto y quedó agarrado de la pared con los pies colgando, ella le ayudó a subir y juntos saltaron al otro lado. Recorrieron un kilometro más hasta que se detuvieron exhaustos.

-Brom se reunirá con notros en la posada –le informó Eragon tras un momento en el cual seguramente se habría contactado con Saphira.

Se apresuraron hasta el Globo de Oro donde prepararon el equipaje y Brom se reunió con ellos.

-¿Qué ha sucedido? –preguntó

-Los ra'zac nos sorprendieron en la catedral.

-Corrimos lo más rápido que pudimos pero puede que lleguen en cualquier momento –agregó Eragon –Saphira se reunirá con nosotros fuera de la ciudad.

-Debemos apresurarnos antes de que cierren las puertas. Si ya las cerraron nos será imposible abandonar la ciudad ¡No se aparten de mi!

Iniciaron una nueva carrera montados en Nieve de Fuego, Cadoc y Gorm, esquivando todo lo que se les cruzaba en el camino. Al llegar a la entrada de la ciudad descubrieron que las puertas estaban a punto de cerrarse y delante de ellos se extendía una hilera de soldados con afiladas picas. Brom pronunció unas palabras y los soldados cayeron de lado como si les hubieran cortado los pies. Luego Eragon gritó:

-¡Du grind huildr!

Las puertas se detuvieron con un sonoro chirrido y ellos atravesaron el hueco entre ambas a toda velocidad, entonces Eragon soltó las puertas y estas se cerraron con fuerza.

A mitad de la huída el dolor volvió a atacar a Saeth, soltó un grito de dolor pero se aferró con más fuerza a las riendas de Gorm, no estaba dispuesta a desmayarse.

-Toma a Saeth y monten en Saphira –le ordenó Brom a Eragon.

El chico asintió y ayudó a su amiga a montar delante de él. Sin embargo, al cabo de un rato un fuerte vendaval les obligó a descender. Durante toda la huida el dolor no dejó de acosar a Saeth, pero no pensaba dejarle apoderarse de ella, mucho menos en una situación tan crítica.

Cuando la oscuridad les obligó a detenerse acamparon bajo dos rocas, sin posibilidad de encender una fogata.

Saeth se dejó caer de espaldas, completamente tensionada por el dolor, pero no les dijo nada a ninguno de sus compañeros.

Brom y Eragon hablaron sobre unos espías que los habían delatado, pero ella comenzó a caer poco a poco en la inconsciencia.

-¿Qué sucede? –le pareció oír que Brom preguntaba.

-No lo sé, me había parecido ver algo. Habrá sido un pájaro.

Escuchó un rugido de Saphira que opacó su propio grito de dolor al sentir una nueva puntada, entonces cayó inconsciente justo cuando Eragon caía a su lado.