Durante todo el viaje a través del desierto de Hardarac, la elfa despertó, y Saeth ni abría la boca, se limitaba a responder asintiendo o negando, y había ocasiones en que ni siquiera hacía eso. Fue agobiante y duro, pero mucho más rápido de lo que pensaban.

Cuando las montañas Beor aparecieron frente a ellos, altas e imponentes como gigantes que se perdían en las nubes, Eragon logró entrar en contacto con la inconsciente elfa, llamada Arya, y esta le enseño el camino hacia los vardenos. Luego él les contó lo sucedido a sus compañeros.

-¿A qué distancia quedan los vardenos? –preguntó Saeth con cierto brillo en sus ojos al mencionar a los rebeldes.

-No estoy seguro del todo –confesó Eragon –Por lo que me ha mostrado, creo que están todavía más lejos que Gil'ead.

-¿Y se supone que lo hemos de recorrer en tres o cuatro días? –Preguntó Murtagh, enfadado – ¡Llegar hasta aquí nos ha costado cinco largas jornadas! Qué quieres, ¿matar a los caballos? Bastante exhaustos están ya.

-¡Pero hemos de intentarlo, porque si no hacemos nada se morirá! Si es demasiado para los caballos, Saphira puede adelantarse volando con Arya y conmigo; al menos llegaríamos a tiempo hasta los vardenos. Y tú podrías unirte a nosotros unos pocos días después.

Murtagh refunfuñó y se cruzó de brazos.

-Claro. Murtagh, el animal de carga. Murtagh, el guía de caballos. Tendría que haber recordado que últimamente sólo sirvo para eso. ¡Ah, y no olvidemos que todos los soldados del Imperio andan en mi busca porque tú no podías defenderte solo y tuve que ir a salvarte! Sí, supongo que aun así debo seguir tus instrucciones y llevar los caballos detrás de ti como un buen sirviente.

Eragon lo miró asombrado.

-Pero ¿qué te ocurre? Te estoy agradecido por lo que hiciste. Sin embargo, ¡no tienes ninguna razón para enfadarte conmigo! Yo no te pedí que me acompañaras ni que me rescataras de Gil'ead. Lo decidiste tú. Yo no te he obligado a hacer nada.

-¡Ah, no; abiertamente, no! ¿Qué otra cosa podía hacer, sino ayudarte contra los ra'zac? Y luego, en Gil'ead, ¿cómo iba a largarme con la conciencia en paz? El problema contigo –dijo Murtagh dándole un empujón a Eragon en el pecho –es que eres tan indefenso que obligas a que todo el mundo te cuide.

Saeth agachó la cabeza esperándose lo que estaba por llegar.

-No me toques –rugió Eragon.

Murtagh rió con un tinte brusco en la voz.

-Y si no, ¿qué? ¿Me vas a pegar? No serías capaz de golpearle ni a una pared de ladrillos.

Se acercó a Eragon para darle otro empujón, pero éste lo agarró por un brazo y le dio un golpe en el estómago.

-¡He dicho que no me toques!

Murtagh se inclinó y maldijo. Luego soltó un aullido y se lanzó sobre Eragon. Cayeron al suelo en una maraña de brazos y piernas y se pegaron mutuamente.

-Chicos… -comenzó Saeth pero ninguno la escuchaba.

Eragon lanzó una patada a la cadera derecha de Murtagh, pero falló y rozó el fuego, con lo que las centellas y las ascuas ardientes volaron por el aire. Los dos jóvenes rodaron por el suelo intentando asirse a algo. Eragon consiguió encajar los pies bajo el pecho de Murtagh y le dio una fuerte patada. Murtagh voló boca abajo hacia la cabeza de Eragon y le aterrizó en la espalda con un golpe contundente.

-¡Suficiente! –gritó Saeth.

Murtagh quedó sin aliento, pero intentó ponerse en pie y se dio la vuelta para encararse a Eragon, mientras boqueaba con fuerza. Cargaron de nuevo.

-¡Basta! –rugió recuperando su antigua fuerza.

Saphira lanzó un coletazo entre los dos, acompañado de un rugido ensordecedor. Eragon la ignoró y trató de saltar por encima de la cola de la dragona, pero una zarpa lo atrapó en el aire y lo soltó de nuevo en el suelo.

Saeth se cruzó de brazos mientras Saphira hablaba con Eragon.

-Saphira no los soltará hasta que arreglen el problema –dijo ella finalmente, luego le lanzó una significativa mirada a Eragon.

El chico revoleó los ojos, pero luego habló:

-Quiere que te pregunte cuál es tu verdadero problema –le dijo a Murtagh.

-Ya lo dije, no quiero ir con los vardenos.

-¿No quieres o no puedes?

-¡No quiero, esperan de mi cosas que no puedo darles!

Saeth apartó la mirada.

-¿Les has robado algo?

-¡Ojalá fuera tan sencillo!

-Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Has matado a alguien importante o te has acostado con la mujer que no debías?

La chica que guardaba silencio junto a Saphira sintió un extraño pinchazo al escuchar aquello.

-No, el problema fue nacer.

La dragona se movió y los dejó levantarse, pero ella y Saeth no dejaron de mirarlos suspicazmente.

-Estás evitando la pregunta.

-¿Y qué? Las razones de mi situación no importan, pero te puedo decir que los vardenos no me darían la bienvenida ni aunque les llevara la cabeza del rey. Ah, tal vez me reciban con amabilidad y me permitan entrar en su consejo, pero... ¿fiarse de mí? ¡Nunca! Y si llegara en circunstancias poco propicias, como las actuales, quizá me pusieran los grilletes.

Saeth sentía su sangre hervir, vardenos… aquel nombre comenzó a resonar en su mente tal como cada noche resonaba en sus sueños, sabía que ese era el nombre escrito en el pergamino de Marthos. El asesino era un vardeno. Las piernas se le aflojaron, así que montó en Gorm por ya no la sostenían más.

-¿Me vas a contar de qué va todo esto? Yo también he hecho cosas de las que no me enorgullezco, así que no te voy a juzgar.

Murtagh, con los ojos relucientes, negó lentamente.

-No se trata de eso. No he hecho nada que merezca semejante trato, aunque sería más fácil así porque podría expiar mi culpa. No... Mi única maldad, para empezar, es existir –Calló y dio una temblorosa bocanada –Mira, mi padre...

Saeth se abrazó a la montura de su fiel Gorm cuando un grito de Saphira traspasó sus débiles defensas: ¡Miren! –gritó la dragona.

Entonces se dio cuenta que desde hacía mucho tiempo que sus defensas mentales eran más débiles que las de su propio caballo, Saphira había podido entrar en su mente sin el menor problema, y no se debía a una cuestión de confianza, estaba débil, pero no físicamente, estaba débil mentalmente.

Escuchó las palabras de Eragon, una columna de urgalos se dirigía a ellos, así que partieron a toda prisa, aquella noche, como tantas otras durmieron mientras cabalgaban y por turnos.

Saeth sin embargo no podía conciliar el sueño, a pesar de lo agotada que estaba.

-¿Estás bien? –le preguntó Murtagh.

Saeth lo miró fríamente y espoleó a Gorm para que se adelantara, no estaba de ánimos para hablar con él, aún no lo perdonaba y dudaba que algún día pudiera hacerlo, al menos sin una explicación o como mínimo una disculpa.

Sin embargo Murtagh ya estaba harto.

-¿Por qué te comportas así? –La miró intensamente –honestamente, te prefiero agresiva, era más divertido. Pero lo que haces… lo que estás haciendo ahora es… cruel.

Silencio.

-Me estás matando con tu indiferencia ¿Dónde está aquella niñita capaz de sonreír incluso viviendo tras los muros de Uru'baen?

Saeth siguió con la vista clavada en la oscuridad de la noche, su rostro apenas se tensó casi imperceptiblemente, pero bajo esa máscara de roca y hierro, a través de su punto débil, sus ojos, se notaba que ocultaba mil emociones, cada una más intensa que la interior.

-Está muerta, Murtagh. Esa niña murió hace tiempo, cuando la abandonaste –no entendía por qué, pero algo le nublaba la vista. Se tocó el rostro y notó que estaba húmedo, hacía años que no lloraba de aquella forma, pero la pequeña princesa, inocente y dulce que había sido años atrás afloraba nuevamente con aquellas gotas saladas, cada lágrima derretía su exterior, dejando sólo su alma desnuda. Dio gracias de que fuera de noche, para que Murtagh no pudiera ver sus lágrimas.

-No hablas en serio –le dijo el muchacho –Saeth…

-No sigas Murtagh –siguió casi en una súplica.

El chico guardó silencio y agachó la cabeza.