Los siguientes días ingresaron en el valle, seguidos de cerca por los úrgalos que habían visto. Durante aquel día, Saeth y Murtagh vieron desde lejos cómo Eragon, montado en Saphira, lanzaba piedras a los kull.
Se reunió con ellos, descendió de Saphira y echó a correr a su lado, cada minuto contaba, y los kull les pisaban los talones.
-He visto que Saphira y tú lanzabais piedras. Muy ambicioso. ¿Se han detenido los kull o han dado media vuelta? –preguntó Saeth sin sonreír, ya había olvidado su última sonrisa honesta.
-Siguen ahí detrás, pero ya casi hemos llegado al final del valle. ¿Cómo está Arya?
-No ha muerto todavía –contestó Murtagh con brusquedad respirando con breves jadeos. Sus siguientes palabras fueron engañosamente tranquilas, como las de un hombre que escondiera una terrible cólera – ¿Hay algún otro valle más adelante o un desfiladero por el que me pueda escapar?
Saeth lo miró, era sabido desde hacía tiempo que la última intensión de Murtagh era reunirse con los vardenos, ella sabía por qué. Pero en aquel momento pensó en cómo la recibirían a ella siendo hija de Galbatorix, de seguro no mejor que a él. La única razón por la que no había desertado era, por un lado Eragon y Saphira, no quería abandonarlos, y por el otro, una razón mucho más poderosa, encontrar al asesino de Jaru, luego se podría morir en paz, no importaba lo que os vardenos hicieran con ella, si podía vengar a su dragón. Pero por un momento se preguntó si en verdad pensaba así.
-Está muy oscuro –empezó a decir Eragon con evasivas, y se agachó para esquivar una rama baja –o sea que tal vez se me haya escapado algo. Pero... no.
Murtagh soltó una imprecación, detuvo el paso de golpe y tiró de las riendas de los caballos hasta que se detuvieron también. Saeth se detuvo también seria, estaba cansada de los constantes choques entre los muchachos, puesto que estos solían amenazar con una pelea fuerte.
-¿Me estás diciendo que no puedo ir a ningún otro lugar más que a donde están los vardenos?
-Sí, pero sigue corriendo. ¡Los úrgalos se nos echan encima!
-¡No! –Respondió Murtagh, iracundo, y acusó con un dedo a Eragon –Te advertí que no podía llegar hasta los vardenos, pero tú me pusiste entre la espada y la pared. Eres tú quien conoce los recuerdos de la elfa. ¿Por qué no me dijiste que era un camino sin salida?
Tras aquella descarga, a Eragon se le pusieron los pelos de punta.
-Sólo sabía adonde teníamos que ir, pero no conocía lo que había por el camino. Si decidiste venir, no me culpes a mí.
Murtagh siseó entre dientes al tiempo que se daba la vuelta con furia.
-¡Saeth! –la chica lo miró sobresaltada, había estado meditando sobre sus dudas – ¿Por qué tú también vas con los vardenos? Si para mi son amenazantes, pera ti son un peligro mortal.
-Tengo mis razones Murtagh… -dijo la chica, luego de que cumpliera su venganza ya nada importaría, todo se volvería en paz, esa era su esperanza.
-¿Por qué estás peleado con los vardenos? –le preguntó Eragon a Murtagh, completamente tenso –No puede ser una cuestión tan terrible para que la mantengas en secreto incluso ahora. O sea que ¿prefieres enfrentarte a los kull antes que revelarla? ¿Cuántas veces hemos de pasar por esta situación hasta que te fíes de mí?
Hubo un largo silencio.
-Murtagh –dijo Eragon, muy serio – si no quieres morir, hemos de llegar hasta donde viven los vardenos. No me dejes caer en sus manos sin saber cómo van a reaccionar ante tu presencia. Bastante peligroso será ya sin que haya sorpresas innecesarias.
Por fin Murtagh se volvió hacia Eragon. La respiración del joven era rápida y agitada, como la de un lobo acorralado. Esperó un poco y luego dijo con voz atormentada:
-Tienes derecho a saberlo: soy... soy el hijo de Morzan, el primero y el último de los Apóstatas.
Saeth soltó un suspiro, no había creído que lo haría, pero lo había echo, le había dicho a Eragon quién era.
-¿Eres el heredero de Morzan? –preguntó Eragon mientras se llevaba la mano hacia Zar'roc con disimulo.
Saeth jugueteó inquieta con las riendas de Grom, una cosa era que estuviera furiosa con Murtagh, otra muy distinta era permitir que él y Eragon se mataran entre ellos.
-¡Yo no lo escogí! –gritó Murtagh con el rostro contraído de angustia. Se arrancó la ropa con gestos de desesperación hasta que consiguió quitarse la túnica y la camisa para mostrar el torso desnudo – ¡Mira! –pidió, y le enseñó la espalda a Eragon.
Indeciso, éste se acercó y agudizó la vista en la oscuridad: en la piel bronceada y musculosa de Murtagh, se veía una cicatriz blanquecina y rugosa que iba desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda: era el testamento de una terrible agonía. Saeth conocía aquella cicatriz muy bien, durante toda su vida lo había considerado el símbolo de Murtagh.
Sintió una pequeña sacudida de una olvidada compasión, aquella que había sentido la primera vez que había visto aquella cicatriz.
-¿Lo ves? –preguntó Murtagh con amargura. En ese momento el joven hablaba rápido, como si lo aliviara haber revelado por fin su secreto –Me la hicieron cuando sólo tenía tres años: durante una de las muchas borracheras de Morzan, pasé corriendo por delante de él, y me lanzó su espada. Mi espalda quedó traspasada por la misma arma que ahora llevas tú, el único objeto que yo esperaba recibir en herencia, hasta que Brom lo robó junto al cadáver de mi padre. Supongo que tuve suerte... Había un sanador cerca y evitó mi muerte. Tienes que entender que no amo al Imperio ni al rey. No les debo ninguna lealtad a ellos, pero tampoco pretendo hacerte ningún daño a ti.
Las palabras de Murtagh eran casi una súplica desesperada.
-Entonces a tu padre... –dijo con voz temblorosa –lo mató...
-Sí, Brom –contestó Murtagh.
Se volvió a poner la túnica con expresión distante.
En ese instante resonó el sonido de una trompa a sus espaldas.
-¡Vamos, no hay tiempo para esto, los úrgalos se nos echan encima! –tuvo que interrumpir Saeth echando a correr, pero un dolor horriblemente familiar la hizo detenerse –No de nuevo –farfullo agarrándose la cabeza.
-¡Saeth! –gritó Eragon cuando la chica calló al piso de rodillas.
-¡Corran! –les gritó furiosa, no estaba dispuesta a dejar que murieran por su "incapacidad"
-No te quieras hacer la heroína –dijo Murtagh y la alzó en brazos para luego montarla en Tornac.
La chica montó correctamente y abrazó el cuello del corcel para no caer, luego se desvaneció.
