A la mañana siguiente los guiaron por los túneles durante una largo tiempo hasta que se detuvieron frente a unas enormes puertas. Durante todo el trayecto, Saeth se había mantenido a un lado de Eragon, con la esperanza de que este estuviera entre medio de ella y Murtagh y así evitar una conversación con el chico, y había funcionado hasta aquel momento.

-Ahora puedes montar tu dragón –le dijo un hombre a Eragon -pero no intentes alzar el vuelo. Habrá gente mirando, así que recuerda quién eres y cuál es tu situación.

Eragon desmontó de Nieve de Fuego y montó en Saphira, entonces inminentemente, Tornac y Gorm quedaron lado a lado, al igual que sus respectivos jinetes.

-Saeth… -comenzó Murtagh por lo bajo.

Las puertas se abrieron y comenzaron a avanzar nuevamente.

-Saeth –repitió un poco más impaciente.

-¿Qué?

-¿Estás enojada conmigo por que me marché de Uru'baen?

-¡Me abandonaste! ¡Prometiste que nunca me dejarías, pero lo hiciste! –Rugió Saeth en un susurro -¿Sabes cuanto lloré? –sus ojos brillaron tristemente haciendo que el corazón de Murtagh se sacudiese.

Comenzaron a cabalgar entre una silenciosa multitud que los miraba fijamente, cosa que no ayudó mucho a los nervios de la chica.

-No te abandone –dijo Murtagh con voz profunda –no podía hacerlo, pero tú me traicionaste. Y sin embargo no te culpé por ello.

-¿Qué?

-Me traicionaste. Le dijiste a tu padre dela carta.

- ¿Qué carta? ¡Yo no te traicioné! ¿Cómo podría... –cómo podía traicionarlo si en ese entonces ella lo amaba.

-¿No sabías de la carta?

-¿Qué carta?

Murtagh guardó silencio, al parecer meditando algo. Al levantar la cabeza buscó su mirada -Te había escrito una carta que dejé en tu habitación, en ella te decía que te encontraría en Dauth, que me buscaras allí. Pero se ve que tu padre encontró la carta antes que tú, por que cuando fui a buscarte me encontré con los soldados del rey. Entonces creí que le habías dado la carta él. Durante estos años te busqué por toda Algaësia, pero siempre te desvanecías como el humo.

Saeth se le quedó mirando los ojos llenos de lágrimas ¿Murtagh le había escrito una carta? Todo tenía sentido, su padre la había arrebatado a otro amigo de su lado. Le había arrebatado al hombre que amaba.

-¿Tu… me escribiste? ¿M… me… buscaste? –tartamudeó sin poderlo creer.

-Por supuesto que lo hice, eres mi princesa –la miró con ternura, pero aún así concierta tristeza, como si no pudiera creer que ella no supiera lo mucho que significaba para él -¿Crees que te olvidé así como así? ¿Qué clase de persona crees que soy?

Eragon mientras tanto, ausente de la discusión de sus amigos levantó una tímida mano para saludar a los presentes, sólo silencio le siguió a ese gesto.

Murtagh la miró con emoción contenida mientras respiraba algo agitado.

-Yo te amaba… –una solitaria ovación respondió al gesto de Eragon, Murtagh vaciló y miró hacia otro lado, dudoso, para luego mirarla directo a los ojos, con una intensidad que la chica nunca le había visto, entonces gritó: – ¡Te sigo amando! –Murtagh le tomó el rostro y la besó con fuerza.

Justo en ese instante los aplausos resonaron en bienvenida al jinete de dragón, sin embargo muchos señalaban a la pareja.

Saeth correspondió al beso de Murtagh con pasión, aquella disculpa, aquella explicación del muchacho había sido todo lo que necesitaba, el muro que encerraba sus sentimientos se había derrumbado y ella lo bosó de la forma en que lo había deseado desde hacía tanto tiempo. Se separaron suavemente, sin saber qué decir, aún con los rostros muy juntos.

Eragon los miró sorprendido, luego soltó una sonora carcajada, Saphira le dio un empujón juguetón a Murtagh. Saeth y Murtagh se tomaron de la mano y continuaron cabalgando hasta que los hicieron bajarse de sus monturas, se despidieron de la dragona y continuaron a pie por un estrecho pasillo, completamente ajenos a lo que sucedía a su alrededor. Llegaron frente a unas enormes puertas de cedro donde el hombre calvo los hizo entrar a todos excepto a los guardias.

El lugar era una oficina muy prolija, repleta de estanterías. Al final de la habitación, frente a un escritorio de nogal un hombre los esperaba.

Saeth se quedó helada al ver al hombre, pero la mano de Murtagh sobre su cintura la hizo avanzar.

-Bienvenidos a Tronjheim, Eragon y Saphira –dijo el hombre -Soy Ajihad. Sentaos, por favor. Eragon se dejó caer en un sillón junto a Murtagh y este junto a Saeth, y la dragona se instaló tras ellos con aire protector. Ajihad alzó una mano y chasqueó los dedos. Un hombre apretó el paso desde detrás de la escalera: era idéntico al otro hombre calvo. Eragon miró a los dos con sorpresa y Murtagh se puso tenso, pero la vista de Saeth no se apartaba del jefe.

-Vuestra confusión es comprensible; son hermanos gemelos —dijo Ajihad con una leve sonrisa—. Os diría cómo se llaman, pero no tienen nombre.

Saphira resopló, disgustada. Ajihad la miró un momento y luego se sentó en una silla de respaldo alto, tras el escritorio, al mismo tiempo que los gemelos se retiraban tras la escalera y permanecían juntos. Ajihad juntó los dedos a la vez que contemplaba fijamente a Eragon, a Saeth y a Murtagh, y los estudiaba durante un largo rato sin quitarles la vista de encima.

Tras lo que pareció durar varios minutos, bajó las manos y convocó a los gemelos. Uno de los dos se plantó de inmediato a su lado. Ajihad le susurró algo al oído, y el hombre calvo empalideció de repente y negó con la cabeza vigorosamente. Ajihad frunció el entrecejo y luego asintió, como si acabara de confirmar algo. Entonces miró a Saeth y Murtagh, principalmente al muchacho, y les dijo:

-Al negarse a ser examinados me han puesto en una situación difícil. Se les ha permitido entrar en Farthen Dür porque los gemelos me aseguran que pueden controlarlos y por sus acciones en defensa de Eragon y de Arya. Entiendo que quieran mantener ciertas cosas escondidas en su mente, pero si siguen así no podremos fiarnos de ustedes.

-De todos modos, no se fiarían —dijo Murtagh, en tono desafiante.

El rostro de Ajihad se ensombreció al oír las palabras de Murtagh, y el peligro le brilló en los ojos.

-Aunque hace veintitrés años que esa voz no llega a mis oídos... la conozco. — Guardó un silencio de mal presagio e inspiró profundamente. Los gemelos, que parecían alarmados, juntaron la cabeza y empezaron a murmurar, desesperados—. Entonces provenía de otro hombre, uno que tenía más de bestia que de humano. ¡Levántate!

Murtagh obedeció con cautela repartiendo miradas como dardos entre los gemelos y Ajihad.

Eragon vio como Saeth apretaba los puños cada vez más fuerte con la mirada clavada en Alihad.

-¡Quítate la camisa! —ordenó Ajihad. De un tirón, Murtagh se quitó la túnica—. Ahora, date la vuelta.

Al volverse, la luz cayó sobre la cicatriz de la espalda.

-Murtagh... —murmuró Ajihad.

Orik soltó un gruñido de sorpresa. Sin previo aviso, Ajihad se volvió hacia los gemelos y tronó:

-¿Lo sabíais?

Los gemelos hicieron una reverencia.

-Descubrimos el nombre en la mente de Eragon, pero no sospechamos que este chico fuera hijo de alguien tan poderoso como Morzan. No se nos ocurrió...

-¿Y no me lo dijisteis? —preguntó Ajihad. Levantó una mano para evitar cualquier explicación—. Ya hablaremos de esto. —Se encaró de nuevo a Murtagh—.

Antes he de desenmarañar este embrollo. ¿Sigues negándote a pasar la prueba?

-Sí —contestó Murtagh con brusquedad volviendo a ponerse la túnica—. No permitiré que nadie entre en mi mente.

Ajihad se apoyó en el escritorio.

-Eso implicará desagradables consecuencias, porque si los gemelos no consiguen certificar que no representas una amenaza, no podremos ofrecerte nuestra confianza, a pesar del apoyo (o tal vez, precisamente, por culpa de ese mismo apoyo) que le has dado a Eragon. Sin dicha verificación, nuestros pobladores, tanto enanos como humanos, te destrozarán si se enteran de tu presencia entre nosotros. De modo que eso me obligará a mantenerte encerrado en todo momento, tanto por nuestra protección como por la tuya. Y el asunto no hará más que empeorar cuando Hrothgar, el rey de los enanos, exija tu custodia. Así pues, no provoques esa situación, que podría evitarse fácilmente.

—No... —Murtagh, testarudo, hizo un gesto negativo—. Aunque cediera, se me trataría como a un leproso o a un paria. Sólo quiero irme de aquí. Si me permites hacerlo pacíficamente, nunca revelaré vuestra ubicación al Imperio.

-¿Y si te capturan y te llevan ante Galbatorix? —Quiso saber Ajihad—. Extraerá todos los secretos de tu mente, por fuerte que seas. Y si fueras capaz de resistir, ¿cómo sabemos que no te unirás a él en el futuro? No puedo correr ese riesgo.

-¿Me tendréis prisionero para siempre? —preguntó Murtagh poniéndose tenso.

-No —contestó Ajihad—. Sólo hasta que permitas que te examinemos. Si decidimos que eres de fiar, los gemelos desalojarán de tu mente toda noción de la ubicación de Farthen Dür antes de que te vayas. No correremos el riesgo de que esos recuerdos caigan en manos de Galbatorix. ¿Qué me dices, Murtagh? Decídete rápido, o escogeremos nosotros el camino.

Murtagh habló por fin con palabras lentas y claras:

-Mi mente es el único refugio que no me han robado. Otros hombres intentaron allanarlo anteriormente, pero he aprendido a defenderlo con vigor, pues sólo estoy a salvo con mis pensamientos más profundos. Me habéis pedido lo único que no puedo dar, y mucho menos a esos dos —señaló a los gemelos—. Haced conmigo lo que queráis: antes de exponerme a su invasión, que se me lleve la muerte.

La admiración brilló en los ojos de Ajihad.

-No me sorprende tu elección, aunque confiaba en que tomarías la contraria... ¡Guardias! —La puerta de cedro se abrió de golpe, y entraron los guerreros con las armas a punto. Ajihad señaló a Murtagh y ordenó—: Llevadlo a una habitación sin ventanas y reforzad la puerta. Poned seis hombres en la entrada para que no pase nadie hasta que yo vaya a verlo. Tampoco habléis con él.

Los guerreros agarraron a Murtagh con una violencia innecesaria, y esa fue la provocación que Saeth había estado esperando.

-¡Déjalo en paz! –gritó con los ojos llenos de lágrimas por los recuerdos en su mente.

-¡Saeth!

Ajihad se acercó a ella, pero entonces Saeth desenfundó una daga y le apuntó al cuello con ella, mirándolo con un odio incomparable, con le dolor dibujado un su bello rostro.

Todos en la habitación se pusieron tensos, nadie se atrevía a hacer un solo movimiento, pues estaba claro que la chica no bromeaba.

-¡Debería matarte! –sollozó.

-Saeth, no cometas una estupidez –le advirtió Murtagh –baja el arma.

-¡Tú no entiendes! ¡Él me arruinó la vida, se llevó una parte de mí! ¡Tres años de mi vida dediqué a buscarlo, encada lugar de Algaësia!

Ajihad estudió el triste rostro de la chica y entonces pareció reconocerla. Su rostro adoptó tristeza y culpabilidad.

-Entiendo tu dolor –le dijo con calma.

-¡No! ¡Jamás podrás entender! ¡Me arrebataste la vida cuando asesinaste a Jaru!

Eragon contuvo la respiración, sorprendido, al igual que el resto de los presentes.

Saeth miró a los ojos de Ajihad. Tenía que matarlo, sólo así el mundo estaría en paz. Tenía que hacerlo…

No somos así.

Resonó una voz en su mente. Saeth Apretó aún más la daga contra el cuello del vardeno, pero aún continuaba sin hacer nada, no comprendía que era aquella voz.

Tú no eres así.

-Debo hacerlo –dijo mirando fijamente a los ojos de Ajihad, pero hablándole a la etérea voz en su cabeza ¿Acaso se estaba volviendo loca?

Entonces ¿Por qué no lo haces?

Las lágrimas corrían por el ostro de Saeth. Tenía su venganza servida en bandeja, ya lo había dicho, una vez que lo hiciera ya no le importaría lo que hicieran con ella.

¡Hazlo!

-¡No puedo! –Lloriqueó –No puedo –repitió con voz ahogada. Retiró la daga del cuello de Ajihad y calló de rodillas donde rompió a llorar. Un guardia dio un amenazador paso al frente, pero Ajihad lo detuvo.

-Esta niña ha sufrido demasiado en su vida. No voy a permitir que se la siga tratando de la misma forma –le hizo una seña con la cabeza a Murtagh que se agachó junto a ella.

Saeth le rodeó el cuello con sus brazos y él la alzó en los suyos.

Los guardias los rodearon mirándolos con suspicacia y los guiaron hacia afuera.

Eragon deseó poder ayudar a su amiga y consolarla, pero Ajihad aún no le había permitido que se marchara, y Murtagh sabría cuidar de Saeth.

No hicieron caso de los curiosos cuando atravesaron nuevamente la ciudad, Saeth estaba derrumbada, no había podido vengar a Jaru, después de todo lo que había hecho, no había podido acabar con aquel asesino. Murtagh la consoló en silencio y no dijo nada durante todo el camino. Los guardias los dirigieron hacia una celda que más bien se asemejaba a una habitación.

Murtagh sentó a Saeth en la cama, pero el guardia dijo:

-Ella tiene una celda diferente.

-Ella se queda aquí –respondió Murtagh desafiante. Aquel guardia tendría que matarlo para que dejara a Saeth a solas luego de lo ocurrido.

El guardia vio la decisión en sus ojos y se marchó resignado, de igual forma no veía el problema.

Murtagh se volteó y observó a Saeth.

-Sabes que hiciste lo correcto –le dijo suavemente mientras se sentaba a su lado y le secaba una solitaria lágrima –no habrías logrado nada si matabas a Ajihad.

-No pude hacerlo –dijo sin mirarlo –siempre creí que cuando se me presentara la oportunidad hasta lo disfrutaría… Pero ni siquiera pude hacerlo –decidió omitir la voz en su cabeza.

-Eso es por que no eres una asesina a sangre fría… -Murtagh fijó la vista en la pared –cuando te vi apuntarle con esa daga… tuve miedo… pero no por Ajihad, sino por ti. Temí perder a mi princesa, sabía que si hacías eso perderías esa inocencia que siempre has conservado.

Murtagh le acarició suavemente el rostro. Saeth le retuvo la mano y le dio un beso en ella.

Luego de un momento la chica lo miró directamente a los ojos.

-Nunca te lo he dicho… pero –apoyó su frente contra la de Murtagh –te amo tanto –dijo con voz ahogada.

Murtagh sonrió tiernamente.

-Yo también te amo –acarició los labios de la chica con los suyos, disfrutando de aquel sencillo contacto.

Pride can stand a thousand trials
The strong will never fall
But watching stars without you
My soul cries

Cuando ya no pudo resistir más su deseo la beso con pasión, una pasión íntima y desenfrenada que nunca había sentido. Que ninguno de los dos había sentido.

Heaving heart is full of pain
Oooh, oooh, the aching
'Cause I'm kissing you, oooh
I'm kissing you, oooh

Dejándose llevar por sus sentimientos, Saeth cruzó una pierna por encima de Murtagh y se sentó sobre las de él, aprisionando su torso. Las manos del muchacho se deslizaron delicadamente desde su rostro, recorriendo su espalda, hasta capturar su cintura, mientras que las de ella recorrían su musculoso pecho, buscando deshacerse de la ropa.

Touch me deep, pure and true
Give to me forever

'Cause I'm kissing you, oooh
I'm kissing you, oooh

Murtagh le besó el cuello. Cómo la amaba, cuanto la había esperado. La estrechó contra si lo más que pudo, la quería tener así para siempre, por siempre con él, sus labios acariciando su delicada piel, aprisionando los suyos, expresándole sus sentimientos de una manera que las palabras no podían. Saeth dejó a escapar un leve gemido mientras los labios del chico rozaban su piel.

Aquello hizo que Murtagh la deseara aún más, que la pegara a su cuerpo, que besara sus labios con la pasión de los amantes. Necesitaba hacerla suya, saber que nadie más la tendría. Sus frágiles manos acariciándolo lo volvían loco de amor, de pasión.

Where are you now?
Where are you now?
'Cause I'm kissing you
I'm kissing you, oooh

En aquel ambiente íntimo y delicado se entregaron el uno al otro, sin cansarse de decirse cuanto se amaban, canto se necesitaban y que nunca más se separarían.

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Para los que no sabes la canción es I'm kissing you del soundtrack de Romeo y Julieta.

Aparte de eso no tengo nada que agregar, más que (L) es muy romántico )