Saeth los vio desde su lugar en las sombras, estaban todos tensos.

-Ha empezado –oyó que decía Arya con expresión apenada.

Despacio, casi en cámara lenta llevó una mano al pomo de Du'Namora, ya no se sentía débil físicamente, pero su convicción menguaba. Llevaba tiempo escapando de su padre y ahora ¿Por qué se colocaba en bandeja de plata a la espera de que la capturaran? De seguro él ordenaría que no la mataran, no, querría tener el placer de hacerlo él, o torturarla para luego obligarla a obedecerlo, y ella no estaba segura de que sus afectos fueran lo suficientemente fuertes como para entregarse a si misma. Se sentía culpable de tener aquellos sentimientos, la hacían sentir una traidora, una cobarde. Jamás le había temido a una batalla, su espada no temblaba, pero al pensar en Urü'Baen… sentía que las piernas le fallaban.

Sacudió la cabeza y fijó su mirada en la oscura boca del túnel entre las prietas filas de hombres y las afiladas estacas. Decididamente no iba a huir, no era esa clase de cobarde, no iba a abandonar a sus amigos.Entonces un hombre gritó:

-¡Los estoy oyendo!

Los guerreros se pusieron tensos y apretaron las empuñaduras de sus armas. Nadie se movía... Nadie respiraba. En algún lugar relinchó un caballo y Saeth se preguntó durante cuánto más duraría su convicción.

Los agudos gritos de los úrgalos hendían el aire a la vez que sus oscuras figuras emergían a borbotones por la boca del túnel. En respuesta a una orden, los calderos de brea se inclinaron hacia un lado derramando el líquido ardiente en la hambrienta garganta del túnel. Los monstruos aullaron de dolor y agitaron los brazos en el aire.

Alguien lanzó una tea en dirección a la brea burbujeante y en la entrada del túnel se alzó una columna anaranjada de llamas grasientas que envolvió a los úrgalos en un infierno. Aquella batalla recién comenzaba y ya era mucho más sangrienta de lo que Saeth había visto nunca, un fuego que hacía tiempo estaba apagado se encendió en sus ojos, el ardor de la batalla comenzaba a hacer efecto en ella, convirtiéndola nuevamente en aquel ser de sangre fría que solía ser.

Pronto llegaron más úrgalos para apisonar la brea y treparon sobre los cuerpos de sus hermanos calcinados para salir del agujero. Como se apelotonaban, ofrecían un sólido muro a hombres y enanos. Detrás de la empalizada que Orik había contribuido a construir, la primera hilera de arqueros tensó los arcos y disparó. Eragon y Arya sumaron sus flechas al mortífero enjambre y contemplaron cómo las saetas se colaban en las filas de los úrgalos.

La hilera de monstruos se tambaleó y amenazó con romperse, pero se cubrieron con los escudos y capearon el ataque. Los arqueros volvieron a disparar, aunque los úrgalos seguían brotando hacia la superficie a un ritmo feroz.

Saeth sonrió al ver cuántos eran, tardaría bastante, pero sería divertido, hacía tiempo que no tenía una buna batalla.

El ejército enemigo formaba una sólida masa de cuerpos que parecía extenderse sin fin, y entre los monstruos se alzaban andrajosos y sombríos estandartes. Mientras el eco de Farthen Dür repetía las notas fúnebres que emitían las trompas de guerra, el grupo de úrgalos al completo cargó con salvajes gritos de guerra.

Se lanzaron contra las hileras de estacas que quedaron cubiertas de sangre y cuerpos inmóviles a medida que la vanguardia chocaba contra los postes. Una nube de flechas negras sobrevoló la barrera para llegar hasta los defensores, que permanecían agachados. Saeth imitó a sus compañeros y se escondió bajo el escudo.

Frustrados momentáneamente por las empalizadas, los úrgalos se arremolinaron confundidos, al tiempo que los vardenos permanecían juntos a la espera del siguiente ataque. Tras una pausa, se elevaron de nuevo los gritos de guerra cuando los úrgalos se lanzaron hacia delante. El asalto era desesperado. El ímpetu llevó a los monstruos a superar las estacas, donde una línea de lanceros los acosó con la intención de repeler el ataque. Los lanceros aguantaron un poco, pero no había manera de detener la ominosa marea de úrgalos que los arrollaba.

Miró a sus compañeros y vio que aún no se movían. Al demonio, si iba a arriesgar su pellejo no iba a quedarse a esperar que una flecha la atravesara. Apartó a unos soldados de su camino y se lanzó corriendo a la primera línea.

Se rompieron las primeras líneas defensivas, y los que iban en cabeza de ambos ejércitos chocaron por primera vez. Hombres y enanos se abalanzaron con un rugido ensordecedor.

Al llegar al frente Saeth lanzó un grito de batalla y acompañada de un gran salto descargó su arma contra el primer úrgalo que encontró. Sin detenerse saltó sobre el cuerpo inerte del úrgalo y dio un giro para esquivar a otro, para luego devolverle el golpe con una precisión mortal.

Levantó la cabeza y vio que la marea de la batalla la había de sus compañeros hasta el punto en que ni siquiera veía a la dragona. No le importó mucho de no ser por que temía que le agarrara uno de sus molestos ataques.

Tres kull se plantaron frente a ella empuñando sus hachas dispuestos a reducirla picadillo. Ella se agachó a tiempo para evitar que el arma de uno de ellos le rebanara la cabeza, y desde el suelo extendió el brazo hacia él y gritó:

¡Jierda!

La cabeza del kull se retorció hacia atrás y su oyó un crujido agudo. Saeth cerró los ojos.

-Ouch –dijo, aún no dejaba de impresionarle el sonido de los huesos al romperse. Sin embargo no había tiempo para eso. Por el rabillo del ojo vio que los otros dos úrgalos se lanzaban contra ella, uno por cada extremo. Negó con la cabeza, sin convencerse de que fueran tan estúpidos y se lanzó hacia arriba haciendo que se chocaran y sus cuernos quedaran enganchados.

Al ver que le sería muy difícil moverse hacia una posición más favorable echó de menos a Gorm, pero había sido decisión suya no llevarlo a la batalla, no se lo perdonaría si su fiel corcel se lesionaba gravemente. A pesar de haber sido un gran caballo de batalla, Gorm era más bien uno de carreras, y en aquel momento no serviría de mucho su rapidez, teniendo en cuenta que ni siquiera ella contaba con mucho espacio para moverse.

Saeth saltó sobre la batalla haciendo hincapié en la cabeza de un sorprendido úrgalo y cayó al suelo con gracia, esquivando el hachazo de otro monstruo corrió en dirección a la pared, recogiendo un arco y todas las flechas que pudo recolectar en su camino.

-¡Arriba! –gritó en el idioma antiguo y se sintió impulsada hacia una salida en la pared donde aterrizó sin producir sonido alguno.

Desde su alta posición Saeth pudo ver el desarrollo de la batalla, se luchaba en tres frentes distintos en Farthen Dür: uno junto a cada túnel abierto. Los úrgalos tenían la desventaja de que sus fuerzas estaban dispersas y, además, les era imposible sacar a todas sus tropas a la vez del interior de los túneles. Aun así, los vardenos y los enanos no podían evitar el avance de los monstruos y, poco a poco, se iban retirando hacia Tronjheim. Los defensores parecían insignificantes contra las masas de úrgalos, cuyo número seguía aumentando a medida que salían de los túneles.

Los úrgalos se habían organizado bajo diversos estandartes, cada uno de los cuales representaba a un clan, pero no estaba claro quién comandaba a todos ellos. Los clanes no se prestaban atención entre sí, como si recibieran órdenes de algún otro lado. Saeth cerró los ojos intentando calmarse, sabía quien era el que impartía las órdenes, era imposible considerar que su padre se presentara él mismo en la batalla, pero sólo había alguien con suficiente cargo militar.

Reprimiendo la imagen del Sombra y sus clases de magia, Saeth colocó una flecha y apuntó hacia un kull especialmente grande. La flecha se clavó directamente en el cuello del úrgalo que calló casi al instante.

La lucha se alargaba infinitamente, hora tras hora. Los vardenos y los enanos estaban exhaustos, pero los úrgalos seguían como nuevos porque no cesaban de recibir refuerzos.

Saeth continuó en su posición en las sombras, lanzando flechas y de vez en cuando fuego, hasta que tuvo que abandonar su posición por que los úrgalos lanzaron sus flechas contra ella, o al menos donde creían que ella se encontraba, cosa que resultó muy acertada.

Con una herida en el brazo izquierdo echó a correr al sentir que la conocida sensación de una fuerza invasiva en su cuerpo, tenía que llegar a un lugar seguro si no quería desmayarse en plena batalla y morir aplastada, ya fuera por los úrgalos, los enanos o los vardenos.

Corrió en dirección a Isidar Mithrim y la dragonera, donde creyó que estaría a salvo. No fue cosa fácil llegar hasta allí, mucho menos si se tenía en cuenta que su instinto no le permitía pasar de largo entre los úrgalos sin acabar a cuanto monstruo se le pusiera en el camino, pero finalmente llegó. EL brazo izquierdo ya estaba completamente cubierto de sangre preveniente de la profunda herida, eso sin contar los numerosos tajos en todo su cuerpo. Un dolor en el costado le indicaba que allí tenía otra herida, pero eso se lo buscaba sola por no haber querido utilizar armadura. Su fuerte en la lucha cuerpo a cuerpo era la agilidad, además de aquella extraña fuerza inexplicable para su tamaño, y la armadura le permitía moverse con la comodidad que quería.

Sus pasos resonaban con un extraño eco, según lo que había oído, allí debían estar los gemelos, pero estaba completamente vacío. Dudó por un instante, extrañamente la sensación se había detenido ¿Significaba eso que se había marchado de la batalla por nada?

Como respuesta a su pensamiento, una explosión rasgó el aire, y un largo bloque del suelo de la cámara se combó y saltó diez metros por el aire. Cuando volvió a caer, las astillas de roca salieron volando. Saeth miró impresionada desde el suelo, pues la onda expansiva de la explosión la había arrojado como si se tratara de una frágil muñequita. Entonces sucedió nuevamente, las fuerzas comenzaron a serle arrebatadas.

-¿Por qué demonios me hacen esto? –gritó en su desesperación, a nadie en particular.

-¿Aún no lo sabes? Me decepcionas Saeth, te creí más inteligente –dijo una helada voz a su lado.

Con las manos apoyadas en el suelo, ella levantó lentamente la cabeza para encararse con el blanco rostro de Durza.

Sombra sostenía su espada y en el otro brazo descansaba un escudo negro y redondo con un emblema carmesí; llevaba prolijos adornos en el yelmo, como un general, y se cubría con una larga capa de piel de serpiente. La locura, propia de quien goza del poder y se halla en la situación idónea para usarlo, le ardía en los ojos de color granate.

-¿A qué te refieres? –dijo intentando ponerse de pie, no soportando estar en una posición tan rebajante.

-Me refiero a que creí que ya habías adivinado lo que te sucedía –contemplando con placer sus muecas de dolor al ponerse de pie.

-¿Has sido tú? –dijo furiosa, mirándolo con los ojos centellantes de ira.

Durza rió.

-No, aún que no niego que lo habría disfrutado –le dirigió aquella sonrisa fría y maligna que ella tanto conocía –no, esto es en parte obra de tu padre. En parte –recalcó –aún que supongo que deberías agradecerle.

-¿Agradecerle? –Saeth soltó una risa nada amistosa mientras se apoyaba en Du'Namora para no caer al piso. La verdad era que no estaba en posición de burlarse ni mostrarse altiva, pero de ninguna manera moriría agachando la cabeza ante Durza.

-Cuando lo averigües lo sabrás –dijo enigmáticamente.

-Mi padre me ha ocultado tantas cosas que un secreto más no me hace daño, es extraño, pero tengo la convicción e que si te mato acabaré con esta extraña enfermedad o lo que sea así que si se acaba, creo que no me molestará no saber a que se debía.

Esta vez le tocó a Durza reír a carcajadas.

-¿Y cómo crees lograr eso?

-No pierdo nada intentándolo ¿Verdad? –Saeth se irguió lo más que pudo sin demostrar ninguna mueca de dolor –Además, si me matas me harás un favor, así no tendré que soportar que me lleves con mi padre.

-No puedo negar que sería un placer acabar con tu molesta vida, pero por el momento tenemos planes más importantes para ti que se encuentran por sobre mis placeres personales.

-¿Tenemos? Valla, no creí que mi padre te consultara sobre sus planes a ti –sonrió con malicia.

Repentinamente vio que una figura se deslizaba por el tobogán del Isidar Mithrim, y no tardó en reconocerlo: Eragon. Saeth cerró los ojos, no se suponía que él debiera estar allí, no era lo suficientemente fuerte como para enfrentar a Durza, ni siquiera ella lo era, al menos no en aquel momento.

Durza le sonrió perversamente al ver la desesperación en sus ojos.

-Parece que tu amigo, el pequeño jinete, nos visita. Será mejor que me encargue de él, y luego te llevaré con tu padre… no pongas esa cara Saeth, una visita familiar no hace mal a nadie –pronunció algo en el idioma antiguo y la chica fue lanzada lejos de la vista hasta estrellarse contra una pared sumida en sombras. Luego todo se volvió negro.