Saint Tail se apeaba por la cornisa de la ventana. Había sido fácil llegar a la mansión del millonario y entrar en ella en total silencio. La patrulla encargada de inspeccionar la casa de Koizumi no estaba esta vez en servicio. Como era natural, para la hora que era, todas las luces en la mansión estaban apagadas. Caminó por el salón, con el sigilo propio de un felino, justo para dirigirse al pasillo que enviaba a la bodega del señor Koizumi.
Meimi había avanzado sólo unos pocos metros cuando sus tacones pisaron algo mojado. Casi no podía ver, así que, sacando una lámpara de su chistera mágica, se dispuso a examinar la fuente de la humedad. El terror y la sorpresa le hicieron pegar un chillido muy agudo, casi inaudible.
El señor Koizumi estaba muerto. Tenía dos impactos de bala en la cabeza. Aún llevaba la bata de dormir y las pantuflas. En una mano todavía sostenía un atizador de metal, tal vez perteneciente a su chimenea. Quizás había intentado defenderse de su atacante. Un ruido sacó de su pasmo ala chica. El sonido venía de la bodega.
Caminando lo más rápido que podía sin hacer ruido, la pelirroja se acercó a la puerta. Al abrirla, no vio absolutamente nada fuera de lo normal. Hasta que reparó en un viejo espejo de marco churrigueresco, un mensaje escrito en tinta roja.
"Pagaste por tu osadía Koizumi. Pagaste por ser una rata traicionera y escurridiza.
Policía de Seika, aléjense de nuestros asuntos privados o sufran las consecuencias.
La dama no perdona a aquellos que la desafían.
La dama de escarlata espera junto a la puerta. Demanda su ofrenda de sangre."
801"
La chica mientras leía, no noto al hombre alto y delgado, vestido de borgoña, que entró por la puerta y apunto su pistola hacía ella. Al voltear hacia él, Meimi no pudo evitar lanzar un gemido ahogado.
-¿Quién diablos eres y que haces aquí, mocosa?- le gruñó el sujeto a la aterrada Meimi- Lárgate a menos que quieras que la Dama beba tu sangre-
-1…2..3..!- Las luces parpadeantes y chillonas de los fuegos artificiales llenaron la habitación. El hombre se cubrió el rostro mientras Meimi se escabullía por la puerta, corriendo a toda velocidad. El hombre disparo a través del pasillo a la chica, que afortunadamente no fue herida. Logró dar vuelta a la esquina, justo para esconderse detrás de un pesado librero.-
- Basta de juegos. Deja de esconderte, niñita- El tipo dio un paso, y de inmediato fue derribado al suelo por un fino cordel invisible que Meimi había colocado como trampa.-
-Mocosa estúpida, ahora veras!- rugió el asesino. Levantándose con dificultad, volvió a empuñar el arma y se fue hacía la ventana, por donde Meimi ya escapaba a bordo de sus globos de helio.
Volvió a disparar varias veces. La policía se estaba acercando, las luces de las patrullas y el chirrido de las sirenas aparecieron en la distancia. El sicario solo pudo mascullar y salir corriendo para escapar de la casa, olvidándose de Meimi.
La chica llegó por fin a su casa. Los globos descendieron sin ningún problema en el techo de la familia Haneoka. Justo cuando entraba de nuevo por la ventana de su habitación, se percató de una humedad en el brazo izquierdo. Al encender la luz, observó con horror que una de las balas la habrá rasguñado en el hombro. No era una herida grave, sin embargo la chica se quedó helada. ¿Cómo iba a explicar aquello a sus padres? Y justo como si hubiese leído su mente, en la puerta abierta de par en par, apareció su madre.
-Hija, a donde fuiste?- la severidad teñía cada fibra del rostro de Eimi Haneoka
-N…no, ma..ma yo…no…- gorjeó la chica.-
-Sabes lo que hiciste?- estalló la mujer- ¡Pusiste en riesgo tu vida! ¡Te dispararon por jugar a la detective! ¿En qué estabas pensando, chica boba? Esos tipos pudieron haberte matado, o por lo menos haberte hecho algo peor!- Eimi rugía ahogadamente, para no despertar a su marido.
-Pero mamá…- tenía que ayudar, sabes que soy la ladrona Siniestra y ayudo a…-
-¡Y nada! ¡Estas castigada, jovencita! – siseó la señora Haneoka- ¡Te prohíbo que vuelvas a salir a tus aventuras hasta que esto se solucione!- Si me entero que te involucras de nuevo en esto, yo misma iré por ti tirándote de las orejas!
-Mamá, no me hagas esto!- chilló la chica mientras sus ojos se anegaban.- ¿Por qué?- berreó Meimi poniéndose colorada y apretando los dientes. -Iré aunque no quieras!- susurró rabiosamente.
- Inténtalo y le diré a tu padre tu secreto!- gruñó su madre. No creo que le haga gracia que su querida niña está tonteando por allí, con riesgo de que la maten! Ahora ve a dormir, Meimi.- Y recuérdalo. Nada de volver a salir hasta que esto se solucione. Y es mi última palabra. Voy a curarte. Iré por el botiquín y las vendas- resolvió la mujer.
Meimi chilló de nuevo. Derramó unas cuantas lágrimas de ira e impotencia, y procedió a desvestirse. Con la cabeza gacha, dejó que su madre la curara y la vendara, sin decir una sola palabra.
Que furiosa estaba. No era posible que Seira y su madre le prohibiesen ayudar a las personas. Pero por otra parte, era la primera vez que se enfrentaba con un sujeto tan peligroso y que su vida había estado en un severo riesgo. Lloró en silencio durante un rato, y finalmente durmió, pensando en que Daiki estuviese bien y rezando por el alma del señor Koizumi…
