Cuando se es un infante y se visita por primera vez el distrito turístico Higashiyama, en la ciudad japonesa de Kyoto, es inevitable que la imaginación termine volando tan alto como las famosas cometas niponas en forma de peces o aves. Esa zona de caminos estrechos y sinuosos, con casas de madera y tiendas ancestrales, hace sentir a los visitantes como fieros samuráis o delicadas geishas. Pero no era el caso de una niña en particular.
La preciosa chiquilla de largo cabello negro y piel de porcelana no se veía alegre aún con los dulces que sus padres le habían comprado durante el paseo. Definitivamente ella había estado intentando disfrutarlo, tomando fotos de los cerezos en flor y los pintorescos teatros de marionetas todas las veces que quiso. Pero había algo en su mente que no se borraba, y era eso lo que le ensombrecía el hermoso paseo.
La habían tildado de "gaijin".
Cualquiera, al verla, habría supuesto que se trataba de una jovencita local, o una visitante de Tokio, o de cualquier otra ciudad del país. No era ese el caso. Melanie había nacido en San Francisco, Estados Unidos, de padres también nacidos en aquella tierra lejana. Su linaje era aún el de la ancestral familia Yawara de Kyoto, a quienes sus padres había recurrido al caer en desgracia el negocio familiar. Por ese motivo cruzaron el Pacífico y se habían rebajado a ser apodados como se acostumbra en ese país a los "no tan japoneses".
Fue por haber sido llamada "gaijin" por un grupo de niños molestos que perdió su compostura y terminó agarrándose a golpes y envuelta en llanto. Ellos se burlaban una y otra vez de su pobre conocimiento del japonés y sus intentos fallidos de portarse como una local. Al saber eso, sus padres pudieron haberla castigado, pero dado el motivo de su reacción, decidieron mejor llevarla de paseo.
Luego de un rato juntos, recorriendo los puestos y las exhibiciones al aire libre, la pequeña empezó a extrañar su hogar. Ese lugar que, aunque no era como el maravilloso Japón, era un lugar donde no era considerada una extranjera... Aunque todavía le dijeran "asiática".
Buscó en su celular un disco de Mick Swagger. Ese que tanto le gustaba.
"¡Cool!", se dijo a sí misma, y la música le puso de buen humor, sin necesidad de todos aquellos engreídos que la rodeaban y la menospreciaban. Quiso estar lejos de ellos. Y aprovechando que sus padres se distraían, se separó de ellos y se retiró de la parte bulliciosa a una zona más tranquila.
Bajó por unas estrechas gradas rodeadas de árboles que serpenteaba en medio de una casas viejas. La música en sus audífonos era tan estridente, y el ambiente tan solitario, que podía imaginar a dos ninjas apareciendo y sosteniendo una batalla estilo anime.
Bueno... Casi se le cumplió.
En el momento en que las guitarras y la batería en sus audífonos alcanzaban nuevas alturas, la niña tuvo que frenar al pasar frente a ella, surgiendo de entre los árboles, un hombre volando de un lado al otro de las gradas, girando sin control como lo haría una hoja en el viento. Esa mágica visión la dejó boquiabierta. Así como la sorprendió ver a continuación una elegante figura femenina en la misma trayectoria, y dejando la vibrante estela de su larga cabellera roja.
Esa mágica visión le pareció eterna, a pesar de solo haber durado un segundo.
Dirigió la mirada hacia su derecha, donde el pobre fulano estaba tirado en el suelo tras los árboles, mientras la mujer, vestida como una turista extranjera y usando gafas oscuras, lo tomaba de la camisa y le decía en japonés algo como: "Dame eso. No te pertenece." El maltrecho sujeto le dio un sobre abultado, y la mujer lo tomó de inmediato.
Al echarlo en uno de sus vestidos, algo pareció llamar su atención: giró la vista y se encontró con la mirada perdida de la niña. El hombre también la descubrió, y aprovechó para lanzar un grito de ayuda.
—¡Guarda silencio! —le ordenó de forma amenazante ella al sujeto. Pero fue muy tarde. El grito atrajo a dos oficiales de policía cercanos.
La mujer alcanzó a hacer que el hombre perdiera la conciencia con un golpe y lo empujó hacia un lado, dejándolo oculto entre los arbustos.
—Pequeña, ¿qué fue lo que pasó? —preguntó uno de los policías mientras se aproximaba. Melanie dio la espalda a la mujer y los observó en silencio.
La mujer se veía indefensa ante la escena.
—La pobre señora se cayó. Pero ya se levantó. Está bien —respondió Melanie en el mejor japonés que pudo en ese tenso momento.
—¿Eso fue todo? —le preguntó el otro policía. Ella asintió en silencio.
—¡Estoy bien! Discúlpenme por haberlos preocupado —dijo la mujer haciendo una reverencia.
El segundo policía contestó de inmediato: —Descuide. Estamos a su servicio.
Y procedieron a retirarse.
Al verlos lejos, la mujer habló a Melanie, haciendo otra reverencia.
—Ojousama, le agradezco infinitamente su ayuda. Y disculpe por haber actuado con tal violencia ante sus ojos.
Empezó a adentrarse entre los árboles. Melanie quiso decirle algo, pero no lograba hallar las palabras. En su silencio la vio quitarse la peluca roja y dejarla caer, descubriendo un peinado serio, casi aburrido, y un cabello de un color negro simplón.
No pudo decirle nada. Pero no la dejó ir.
Años después, y a miles de kilómetros de distancia, una Melanie mucho mayor dejó caer su escultural cuerpo sobre una elegante cama de hotel. Se veía agotada, pero sonreía de forma triunfal. Vestía una blusa corta que dejaba al descubierto su abdomen y unos jeans muy ajustados, además de lucir un cabello recortado y teñido de color rojo.
—¿Logró lo que pretendía, ojousama? —preguntó la mujer de aquella vez, ahora vestida con la elegancia de una ejecutiva, sin dejar de ver por la ventana el paisaje de San Francisco.
—Sí... Quizás no lo notaste, Nobuko-san, pero la muy torpe de esa chica me confió varios de sus secretos de diseñadora.
—La confianza no significa mucho para usted.
—¡Al contrario! Te equivocas. Desde que te vi en Kyoto supe que debía confiar en ti.
—Usted no vio algo de lo que me enorgulleciera.
—Yo sí vi algo admirable. Algo muy distinto a mí, quien no tenía nada y no recibía el más mínimo respeto. Aun así, tan magnífica como estuviste... Me llamaste "ojousama".
—Ví sus prendas costosas. Eso fue todo.
—Mis padres siempre me vistieron bien. Querían que dirigiera su negocio de ventas y cosas así. Yo prefiero crear. Que tú me llamaras así me hizo lo que soy ahora... Crear lo que soy ahora.
—Entiendo. ¿Y hasta cuándo volverá a ser quien fue?
—Nunca —fue la respuesta casi cortante de la chica. Sentándose, prosiguió: —Mizuki Yawara es todo lo que quise ser: una japonesa de verdad, glamurosa, admirada por lo que es, y que siempre será mejor que las que la rodean... Menos tú. Jamás seré tan genial como tú.
—Siempre hay alguien superior a uno. Y no me refiero a mí. Algún día encontrará a alguien a quien no logrará superar, por más que lo intente.
—Sí, sí... Claro.
La mujer giró hacia la chica.
—¿Ya ha pensado cómo actuaría frente a esa situación?
Melanie se quedó en silencio un rato. Por fin contestó:
—Tendré que cambiar. Ya cambié una vez. Hasta tú cambiaste, dejando el crimen. Lo haré si es necesario para salir victoriosa.
—Dijo un gran sabio que el arte de la vida es un constante reajuste de nuestros alrededores. Usted deberá cambiar, pero hágalo bien.
—Tal vez. Pero no creo que ese día llegue. En fin... ¿Qué te parecería ir a Chicago? Habrá un evento de moda ahí. Una diseñadora novata que me cree su amiga me invitó. Tiene varios trabajos que puedo copiar.
—No piense en eso ahora. Debe descansar.
—Está bien. Dormiré un rato. ¿Y tú?
—Saldré a tomar algo. Regreso pronto.
Nobuko salió de la habitación. Al cerrar la puerta, la sonrisa de Melanie se borró.
—Nadie es mejor que yo —comentó. Se dejó caer otra vez, más despacio y menos triunfal que la vez anterior.
