26. Oro y plata

Tras una larga carrera desde el callejón, sorteando cada clase de obstáculos, la visión más inesperada nos dio la bienvenida al llegar a los camerinos: Leni parecía estar esperándonos a ambos desde hace un rato.

—¡Aquí estás, amiga! —exclamó la japonesa, haciendo un énfasis muy irritante en la última palabra. Asumió una pose arrogante, y el hecho de verla acercar su mano al bolso rosa me hizo entrar en alerta.

—¡Cuidado! —exclamé yo, y me puse frente a la mujer, con los brazos extendidos, viéndola fijamente a los ojos. Ella quedó quieta, pero manteniendo la sonrisa tenebrosa que ya había dejado de ser graciosa.

—Hola, Lincoln —escuché decir a mi hermana, pero seguí sin dejar de mantener a raya a la mujer con la mirada.

—Leni, esta maniática pretende hacerte daño otra vez, así como hizo a Stuart. ¡No lo permitiré! —le respondí, todavía sin voltear a verla.

La japonesa rió un poco: —¿Daño? Con suerte arreglo tu estúpida cara, niña.

—¡Cierra la boca, enferma! —le contesté, cada vez más furioso.

Fue entonces que Leni dijo: —Lincoln.

Y lo hizo en un tono suave que me hizo girar la vista y encontrarme con su rostro. Ella sonreía. Verla con sus ojitos entrecerrados y con una suave curva en sus labios me contagió la misma serenidad que ella mostraba. La paz que Leni emitía, aun frente al odioso espectáculo que tenía enfrente, me recordó lo que de verdad me importaba en el mundo. No era la ridícula Yawara, sino ese ángel de cabello dorado por quien haría lo que fuera. Hasta dejar de pelear.

Giré hacia ella, y la admiré en su vestido tubo blanco, a la vez que noté como se sonrojaba un poco.

—¿Y qué opinas? ¿Te gusta como me veo? —dijo juntando un poco las rodillas.

—Claro que sí. Tú siempre sabes cómo lucir maravillosa.

—¡Gracias, Linky! Estaba pensando… ¿Qué te parece si después de que todo esto pase salimos los dos solos, como lo íbamos a hacer la otra vez? Una cita. No te molesta que la llame así, ¿o sí?

—¿Por qué me molestaría? Será una cita muy divertida, te lo garantizo.

La mujer reaccionó tras escucharnos.

—¡Ewww! ¿Ya se oyeron? ¿Acaso se les olvida que son hermanos? ¡Si siguen así voy a vomitar!

La vi de reojo, y con una sonrisa burlona le dije: —Creo que alguien por aquí no sabe qué es el amor.

Leni le comentó sorprendida: —¿Eso pasa? ¿No sabes lo que es el amor, Melanie?

La mujer respondió con un tono más irritado: —Ya dejen de llamarme así. Mi nombre es Mizuki. ¿No lo entienden, idiotas?

—Mis hermanas me dijeron que Melanie es tu nombre verdadero. ¿Por qué lo cambiaste?

—Eso no te importa, tonta.

—¡Claro que me importa! Cuando me contaron todo, y que habías cambiado tu nombre, empecé a darme cuenta de que algo muy malo te había pasado. Quiero saberlo.

Se notaba un interés verdadero en la voz de mi hermana. Pero a la asiática solo parecía irritarla más.

—No lo sabrás jamás. Además, no hay nada de malo en cambiar si es para llegar a ser "épica". ¿Agarras la onda?

Esa frase no me sonó muy japonesa. Inclusive la asocié con cierta zona de mi país.

—Un momento… ¿Eres californiana?

Ella pegó un brinco. Tras balbucear un par de palabras japonesas, negó torpemente con la cabeza. Prueba suficiente para mí.

—¿Japón queda en California? No creí que quedara tan lejos —comentó Leni con inocencia, y eso hizo enfurecer a la mujer.

—Cierra el pico, tonta. ¡Me tienes harta! Tú, Lincoln, será mejor que te hagas a un lado. Esto se pondrá feo. Y al decir la palabra "esto" me refiero… —prosiguió mientras sacaba un recipiente pequeño de su bolso —...al rostro de Leni.

¡Iba a arrojarle algo a Leni! Decidí ponerme en su camino e impedirlo a toda costa, pero la reacción de Yawara fue tomarme de la camisa y arrojarme con fuerza a un lado. Lancé un pequeño quejido.

Ver eso pareció transformar a la rubia.

En vez de alejarse, se le acercó a su atacante y le lanzó una poderosa bofetada. La asiática quedó enmudecida, incapaz de moverse.

—Nadie lastima a mis amigos. ¡Y menos a mi hermanito! —advirtió Leni a continuación. La dura mirada que tanto me había sorprendido en ocasiones anteriores volvió a aparecer.

Varios pasos iban aproximándose. El señor Delmar, papá y dos vigilantes llegaron a la escena a toda velocidad.

—¡Cariño! ¿Estás bien, princesa? ¡No te encontraba! —dijo papá.

—¿Está todo bien, señorita Leni? —preguntó Delmar. Cuando yo le iba a responder y a darle todos los datos posibles, Yawara habló.

—¡Leni me golpeó! ¡Me duele mucho! ¡Itai! —se quejó, moviendo la cabeza para mostrar la mejilla enrojecida. Los recién llegados se veían impactados al notarlo. Delmar le revisó la mejilla con una preocupación visible. Claro está que el recipiente misterioso había desaparecido por arte de magia.

El diseñador preguntó con seriedad: —¿Usted hizo esto, señorita Leni?

Ella respondió, con tono de arrepentimiento: —Sí lo hice. Y fue porque empujó a Lincoln.

Yo iba a añadir que estuvo a punto de lanzarle algo al rostro de Leni, pero Delmar me interrumpió.

—Esto es grave. A mi colega no le gustará saber que la diseñadora que propongo haya golpeado a la suya.

Como si esas palabras lo hubieran invocado, esa persona hizo acto de presencia. Se trataba de aquel caballero elegante de edad que vino con Yawara el otro día: Un hombre de traje oscuro, cabello gris y piel casi blanca.

—¡Mizu-chii! ¿Estás bien, preciosa? —dijo tras apartar a los vigilantes y abrazar a la asiática.

—¡Oh, Louie-san! ¡Esa chica odiosa me golpeó en el rostro! —fue lo que ella respondió, volviendo a su absurda actuación oriental. Escuchar eso pareció transformar al hombre. Giró hacia Delmar y, tras resoplar, le habló de una forma bastante pesada.

—Escúchame bien, Jerome. Que haya sido tu protegida quien lastimó a mi dulce Mizu-chii no significa que lo voy a tolerar. ¡El evento está a punto de comenzar, y mira su mejilla! Controla a la señorita, ¿quieres?

Antes que Delmar respondiera, Papá se les acercó.

—Lo siento mucho, señor. Mi hija ha recibido ataques de parte de Mizu-chii. ¡Nada más se defendió!

Delmar fue quien respondió a papá: —Es lamentable, señor Loud, pero ya había hablado de esto con Lincoln. Su reacción poco profesional ha traído la consecuencia más visible. Para compensar, dejaré que el turno de Mizu-chii reciba una ventaja.

—Más tiempo, claro está. Y ser el turno final —sentenció el señor Louis.

Mi familia lanzó un grito ahogado. Yawara sonrió por unos segundos.

Yo no pude soportarlo. Me quejé diciendo: —¡Eso es injusto!

La réplica de Delmar fue instantánea: —Al contrario. Es la única forma en que le puedo responder a mi colega por lo que pasó con su protegida. Esta discusión se acabó. Con permiso.

Todos fueron saliendo del camerino. Yawara y el señor Louis se dirigieron rumbo al camerino de ella, muy juntos.

—¿Y qué fue de tu guardiana Nobuko? —preguntó él.

—La arrestaron por volverse loca. No pienses en ella.

Leni, Papá y nos quedamos en silencio un rato. Yo no podía levantar la mirada: hacerlo significaría verlos sufrir sin que yo pudiera hacer nada. Mis planes se acabaron. Yawara ahora tenía la parte estelar del evento, y eso, por muchas razones, sabía a derrota.

Lancé un suspiro apenas audible, ya que sentía como si algo apretaba mi garganta.

Pero la sensación cambió. Ahora eran unos brazos suaves los que me rodeaban desde atrás. Leni me dijo cerca del oído: —Gracias por todo.

Yo no hallé qué responder. Ella prosiguió:

—Lincoln. Mi querido Linky... Me alegra tanto ser la primera en hablar.

—Pero Yawara será la estrella del evento. Tendrá más tiempo que tú.

—Que Melanie tenga el tiempo que quiera. Eso no me importa. Lo único que me importa es que ustedes y Stuart ya no sufran más. Quiero pasar de inmediato y hacerles sentir orgullosos a todos ustedes.

—No digas eso, hijita. Tú siempre has sido un orgullo para nosotros —intervino Papá.

—Eso lo sé, papi. Solo que esta vez será mejor, porque seguiré el consejo que Lincoln me dio una noche: Que aprovechara la oportunidad. Que enfrentara mi miedo. Y que cumpla mi sueño más grande.

Ella nunca olvidó lo que le dije aquella noche.

Alcé la vista, y giré para encontrarme frente a su lindo rostro. Se veía feliz. Ese era el verdadero premio. Mi premio.

El nudo en mi garganta se sintió más fuerte.

—Siempre has sido la mejor, Leni —fue lo que le dije a duras penas. Ella acarició mi rostro.

—¡Eso es totalmente cierto! —dijo Papá con entusiasmo.

La voz de Alban sonó desde afuera.

Mademoiselle, llegó la hora de su intervención. ¿Puede salir, por favor?

—¡Ya casi estoy lista! Salgo en un momento! —fue su alegre respuesta. Yo me dirigí a su tocador para alcanzar el papel en que escribimos lo que iba a decir, pero ella no lo tomó de mis manos. —No lo necesito. Diré algo mejor.

Y antes que pudiera preguntar a qué se refería, se puso tras el biombo de su camerino con rapidez y empezó a cambiarse. Salió con un abrigo beige elegante, pero corto.

Mientras los cuatro íbamos hacia la sala de conferencias, le pregunté en voz baja a Alban: —¿Qué fue de Nobuko Kyouyama?

—El hijo de monsieur Delmar la detuvo. Fue una pelea increíble, según dicen.

—¿Y han sabido algo de Stuart Brennan? Ella lo dejó malherido a unas siete cuadras de aquí. Quisiera ir a traerlo.

—Lo iré a buscar en un instante con otros compañeros. No se preocupe, será rápido.

El salón de conferencias estaba lleno de periodistas. Todos parecían esperar con serenidad el comienzo del evento. Cuando entramos, Alban no indicó a Papá y a mí cuáles serían nuestro asientos, justo en la zona de honor, cercana a las mesas de los conferencistas. Alban había guiado a Leni hacia otro lado, por donde los conferencistas debían entrar.

A mi izquierda estaba un asiento vacío... Notarlo me hizo sentir mal.

Tras unos minutos de escasa conversación, el maestro de ceremonias anunció el inicio del evento, y en una pantalla grande al fondo del escenario se proyectó el video de Leni. Era un producción increíble: Habían elegido las mejores tomas de las dos modelos, con música rítmica, y luego empezaron las tomas de mi hermana. Aparecían textos informando su edad, su ciudad de origen, y unas tomas en que se le oía hablar acerca de lo mucho que le gustaba diseñar ropa.

Al terminar, el señor Delmar y Leni pasaron a la mesa. Decenas de flashes empezaron a dispararse, así que los dos se detuvieron, y mi hermana posó con elegancia para las cámaras. Antes de sentarse, nos saludó de forma alegre a Papá y a mí.

El señor Delmar fue el primero en hablar al micrófono. Lo que él decía iba siendo traducido de forma simultánea al francés por la voz de una mujer.

—Buenos días. Nos honra su presencia a este evento. Para mí es un gusto presentarles a una talentosa joven que viene desde una pequeña ciudad de Michigan, en Estados Unidos, donde tuve la oportunidad de notar su destacable habilidad para el diseño, como se puede notar en su página web "Oro Puro". Ya que nuestro tiempo es reducido, me gustaría que ella contara un poco acerca de lo que le inspira y la vuelve tan creativa. Adelante, señorita Leni.

Leni había pasado todo el rato distraída, observando el micrófono. Delmar carraspeó y le dio un pequeño codazo. Ella despertó y dijo con inocencia: —Lo siento. ¡Esta cosita para hablar es brillante!

La voz de la mujer lo tradujo, y se oyeron unas cuantas risas.

La rubia sonrió apenada, e inició su intervención.

—Hola a todos. Qué bien que hayan venido a verme. Soy Leni Loud, y me gusta diseñar ropa. ¿Saben? Lo mejor de diseñar es que tú pones lo que te gusta. Si es algo casual, lo haces de colores brillantes, y si es algo para el frío, lo haces grueso pero procuras no verte más gorda. Pero hay algo que yo le pongo a absolutamente todo lo que yo hago: amor. Siempre he dicho que para recibir amor primero debes amar, ¡y funciona! Si ven abajo, ahí está un chico bastante bonito y un elegante señor. ¡Son mi hermanito y mi papi! Ellos, junto con un amigo muy dulce, vinieron hasta aquí para acompañarme. ¿No les parece algo bello? Además tengo a mi mami y a nueve hermanas. ¡Nueve! Esa gran familia es mi inspiración, y pensando en ellos es que diseño con amor. Les cuento que hace unos días estuve en un desfile de modas y presenté un vestido con colores y formas alusivas a mi hermanito Lincoln. ¡Me encantó hacerlo! De igual forma, en su momento, me encantó hacer esto…

Fue en ese momento que se levantó de su asiento, se paró a un lado de la mesa y empezó a desabrocharse el abrigo.

Papá y yo nos volvimos a ver con asombro, mientras unos murmullos empezaron a sonar entre el público.

El abrigo cayó al suelo. Y se escuchó el asombro de los asistentes.

Ahora la rubia lucía un vestido corto y holgado, cuyo diseño tenía flores de cerezo, un cinturón negro grueso, y unos pliegues superiores que lo hacían ver como un saco cruzado. En la parte de abajo había una fila de símbolos japoneses. Así es… Me refiero a que su vestido simulaba ser un kimono.

—Fue bonito hacer este diseño. Lo hice pensando en una persona agradable que creí sería mi amiga, y para que ella lo modelara. Ella es una chica japonesa muy hermosa, pero ahora me odia.

Su voz se volvió sombría en ese momento.

—Lo malo de este diseño es que en estos símbolos de aquí dice "Amiga Mizu-chii"... Y ella no se llama así. En realidad se llama Melanie.

Un grito repentino proveniente del final del pasillo hizo saltar a varios de los que presenciábamos el curioso espectáculo.

—¡CÁLLATE! ¡Pronuncia ese nombre otra vez, y juro que te romperé la cara, perra!

El fuerte acento californiano de Yawara, y esa odiosa palabra, le hirió los oídos a todo el público. Ella apareció, caminando pesadamente hacia la mesa, y lo hacía con un vestuario… Bastante conocido. ¡Era casi idéntico al de Leni! Un kimono con flores de cerezo parecidas y unos símbolos similares.

Delmar perdió la paciencia al verla actuar así. Se puso de pie e hizo un gesto pidiéndole calma a la intrusa. A la vez, dos vigilantes se iban acercando con serenidad a la mesa desde el otro lado.

—Melanie… ¿Ya es tu turno? —preguntó Leni con cara de sorpresa. Eso pareció ser la gota que colmó el vaso. La mujer traía el rostro desencajado por la furia.

Delmar lo notó al parecer, ya que exclamó: —¡Señorita Yawara, vuelva a su asiento!

Ella no obedeció.

La voz del señor Louis le gritó: —¡Mizu-chii, no hagas una locura!

Ella no se detuvo. Sin embargo, una tercera voz le hizo frenar en seco.

—¡Melanie... Jill... Yawara!

Yo reconocí esa voz.

Venía de la puerta.

¡Era Stuart! A todos los presentes nos impactó verlo apenas de pie, con visible cansancio, pero con un sonrisa victoriosa. La gorra torcida de los Expos de Montreal seguía en su cabeza. El nuevo murmullo de la gente cesó cuando él empezó a hablar de nuevo.

—¿Por qué me ves así? Creí que tu nombre era… Mi-Sushi, o algo así… ¡Ja! Niña, sé que naciste en San Francisco, y hasta sé el nombre de tus padres. Esos a los que decepcionaste, y ahora no quieren verte ni en pintura. ¡Y te lo mereces! Y por eso Leni es mejor que tú. Ella recibe amor porque regala amor. No como tú, que ni a tu fiel guardiana has ayudado.

La mujer reaccionó: —Saquen a ese farsante. ¡Está mintiendo!

—¡Ah! ¿Yo soy el farsante? Por lo menos no estoy vistiendo una copia del diseño de Leni. Lo hizo para ti… Y mira lo grata que has sido. No solo la humillaste en frente de sus amigos y conocidos, también le robaste sus diseños. ¡Eso has estado haciendo! ¡Le ofreces amistad a diseñadoras y luego les robas sus ideas!

El señor Louis se vio a lo lejos, preguntando: —¿Es eso cierto, Mizu-chii? ¿Robas ideas y ni siquiera eres japonesa?

Pero fue Stuart quien respondió.

—Señor Louis Laterre. Es un honor. Disculpe las fachas.

Tres guardias empezaron a sacar amablemente a Stuart, mientras el gritaba, alzando su celular: —¡Todo está aquí! Si quieren pruebas, ¡búsquenme!

Louis Laterre observó a Yawara en silencio.

Louie-chan… ¿Dō shita no? —dijo la farsante.

El hombre vio hacia Delmar.

—Jerome, todo el tiempo es tuyo. No tengo a quien promocionar.

Y se alejó.

Melanie Yawara iba a correr tras su promotor, cuando una periodista preguntó:

—¿Es cierto que usted ha robado más diseños ajenos?

Otro preguntó:

—¿Por qué fingió ser japonesa?

Y Leni preguntó:

—¿Por qué cambiaste? ¿Te pasó algo?

La respuesta fue como una explosión.

—¡Porque nadie quería a Melanie! ¡En cambio, todos aman a Mizu-chii! Hasta tú… A quien más detesto. Eres tan… Tan… Eres lo que yo quise ser. Tu familia te apoya, Lincoln te adora… ¡Porque eres talentosa!

Yo hablé.

—No es por talento. Te equivocas. Es por el corazón de Leni. Es puro cariño, y tú lo sabes bien.

Leni agregó: —¿Has intentado amar sin esperar nada a cambio?

Noté que Melanie cerró los puños. Estaba dispuesto a subir al escenario, a proteger a mi hermana, cuando la mujer vio hacia el público y decidió retirarse.

—Cierren la boca. Púdranse —dijo finalmente sin voltear.

Creo que pocos vimos eso, pero casi al abandonar Yawara el salón, apareció la señora Nobuko frente a ella, maltratada como si hubiera estado forcejeando. ¿Había escapado?

La tomó con violencia por el cuello del vestido.

—Como le dije antes… La confianza no significa nada para usted… Melanie —le dijo furiosa, y se la llevó a toda velocidad de la escena. La chica lanzó un quejido.

Jamás supe de ellas tras eso.

Minutos después, se restableció la calma en el evento.

Leni pudo responder muchas de las preguntas que le hicieron. En algunas desplegó tanta ingenuidad que resultaba adorable, y por lo tanto, les pareció agradable a los periodistas. Fue una larga sesión.

Una hora después, el señor Delmar, su hijo y Stuart llegaron al camerino, donde Papá y yo charlábamos alegremente con Leni. Ella recibió al organizador de eventos con un gran abrazo.

—¿Te sientes bien, Stu? —preguntó la rubia.

—Me duele como patada de burro, pero verte me alivia, hermosa.

Yo pregunté: —¿Cómo averiguaste tanto sobre Melanie?

—Fácil: El conocer su verdadero nombre me facilitó averiguar más con mis contactos. Ese era el dato clave.

—A propósito… Gracias por lo del callejón, Stuart.

—De nada. Eso sí, no esperes que vuelva a hacerlo —respondió, con una mueca de dolor.

Fue el turno para hablar del señor Delmar.

—Señorita, lo siento si desconfié de usted en algún momento. Su desempeño a pesar de la bochornosa situación con la señorita Yawara fue de respeto. Y la prensa quedó encantada con usted. Es por eso que, aprovechando que el señor Loud está presente, he decidido ofrecerle un puesto en mi empresa. Estará a la par de mis colaboradores, aprendiendo cada detalle del trabajo en una empresa de diseño de modas de clase mundial. ¿Qué le parece?

Fue una noticia maravillosa, y todos saltamos de alegría. Menos Leni.

—Señor Delmar, se lo agradezco muchísimo, pero yo prefiero un favor… ¿Puede contratar a Stuart?

Todos quedamos boquiabiertos.

—Es que… Me encantaría trabajar aquí con usted, pero… Quizás todavía no estoy lista. Casi lo estropeo todo. Pronto lo estaré, pero no todavía. No quiero darle problemas.

El amigo de Leni reaccionó.

—¡Leni! Espera… ¿Por qué dices eso? Todo esto ha sido un logro tuyo. ¡Eres quien se lo ha ganado!

—En verdad ha sido un logro de ustedes. En especial tú, que a pesar de tener graves problemas de dinero y de sentirte mal por lo del desfile en casa, siempre buscaste que me sintiera feliz. Llegaste hasta a endeudarte para darme aquel hermoso collar. ¡Y te empujé a hacer cosas que no querías!

—¡Lo hice con gusto!

—Lo sé. Y yo también hago esto con gusto. Señor Delmar, ¿cree que sea posible? Se lo ruego.

Delmar se rascó la cabeza, y su hijo hizo lo mismo a la vez.

—Bueno, pues la organización del evento en Royal Woods fue impresionante, a pesar de los pocos recursos y el sabotaje inesperado. Creo que necesitaré a alguien con ese talento aquí. ¿Qué le parece, señor Brennan? Le ayudaremos a buscar alojamiento, si es necesario.

Stuart quedó mudo por unos segundos, pero terminó tomando las manos del empresario.

—¡Gracias, señor Delmar! ¡Será un honor trabajar con usted! ¡Voy a dar el doscientos por ciento a toda hora!

—...Solo si deja de ser tan lambiscón —sentenció el hombre con frialdad. Stuart le soltó, apenado.

Yo pregunté en voz baja: —Leni, ¿estás segura?

—Sí. Se lo merece. Es un buen amigo.

Eso último era una gran verdad.

Delmar ahora se dirigió a Leni.

—Su madurez me ha sorprendido, señorita. Tanto, que si algún día se siente lista para trabajar en lo que sabe hacer tan bien, avíseme. Me honrará contratarla.

—¡Gracias! —exclamó Leni, y abrazó a Delmar y a su hijo a la vez. El muchacho sonrió, rojo como un tomate.

Nuestro vuelo de regreso salió dos días después de la conferencia. En el aeropuerto nos despidieron Delmar, Alban y Stuart.

—¡Buena suerte con tu nuevo trabajo, gran Stu! —comentó Papá, tomándolo por los hombros.

—Y suerte para ti. Espero que llegues a tener un gran restaurante algún día.

Fue mi turno.

—Oye… Trata de no ser tan molesto —le dije en tono de broma.

—Y tú deja de sentirte un superhéroe —me respondió con otra sonrisa.

Entonces se acercó a Leni.

—Leni… Quisiera decirte que yo te…

—Yo también —le interrumpió. —Por eso te saludaré a diario. Lo juro por mi meñique.

Entonces le besó la mejilla. Nunca antes estuve tan convencido de que él se mereciera un beso así.

Al llegar a nuestro país, nos recibió toda la familia. Ya necesitaba ver a mamá y las chicas… Toda esa alegría reunida es lo mejor de ser un Loud.

Tras una rica cena en casa, salí al pórtico a ver la noche. Sentado a la entrada, pensaba en cómo habían sido estas últimas dos semanas. En la suerte de Leni con la lotería, en la noche en que le sugerí ser diseñadora, el encuentro con Stuart y luego con Yawara… Volví a lamentar no haber visto la batalla entre Nobuko y Jerome Junior. Rayos.

Leni llegó y se sentó a la par mía.

—¿No te molesta si me siento a tu lado? No quiero aburrirte —preguntó.

—Nunca me aburriré de ti.

—Qué bien. ¿Has pensado en todo lo que hemos vivido estos días?

—Eso hacía. Fue una gran aventura. ¿A ti qué te pareció?

Tras una pausa, ella respondió: —Me hizo cambiar.

Escucharla decir eso me dio un pequeño susto. Gasté la mitad de mis neuronas pensando en la terrible posibilidad de un cambio en esa niña perfecta. Entonces ella prosiguió.

—Siento que ahora soy mejor. O sea… ¿Sabías tú que quise vengarme de Melanie? Fui tan terrible, que quise pedirle a Stuart que la hiciera sufrir… Pero me arrepentí. Me di cuenta que odiar no era algo bueno. Que me haría rencorosa como Melanie. Y quien me lo hizo ver fuiste tú.

—¿Yo?

—Claro que sí. Verte junto a mí, siempre cuidándome, haciéndome feliz, me recordó por qué ella era infeliz y tuvo que cambiar. Soy afortunada, y no por ganar la lotería… Sino por tenerte. En Montreal dijiste que te asustaba perderme. ¿Te cuento algo? No sé qué tan grande es mi corazón… Pero sé que sólo hay espacio para un chico ahí dentro.

Y me dio un beso en la mejilla, pero muy cerca de la comisura de los labios.

Ella rió, quizás por verme enrojecido y notar cómo se aceleraba mi pulso.

—Oopsie… ¡Casi, casi! —dijo, y salió corriendo hacia el patio, entre risas.

Mis hermanas salieron al pórtico al escuchar las risas.

—¿Alguien se ríe? ¿Sin mí? —preguntó Luan.

—¿Qué es literalmente lo que está pasando? —fue lo que Lori dijo.

Pensé en decirles "Nada".

Pero les dije: —¡Atrapen a Leni!

Y salimos todos tras ella, corriendo como locos y derrochando alegría.

Hasta la fecha, sigues siendo la mejor, Leni.

FIN

(Bueno, ni tanto… ¡Sigue el epílogo!)