DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen, los tomo prestados de la maravillosa obra de Kyoko Mizuki, la historia aquí presentada es enteramente mía.
LIRIOS BLANCOS
Por Andrea Tsukino
CAPÍTULO 2 "Tony"
Durante los años de guerra el corazón de Terry se vio en constante agitación cada que los titulares de los periódicos anunciaban una nueva emboscada al ejército de los Aliados. En cada desventurada nota el actor parecía leer entre líneas el nombre de Candice White Andley, temiendo con todo su ser que en aquellas bajas que los periodistas de guerra reportaban en cruda sinceridad, estuviese el de una enfermera de Chicago devota a su deber. A pesar de que Terrence nunca tuvo la certeza de que ella hubiese ido a la guerra, la determinación de la rubia y sobre todo su obcecada necedad de inmiscuirse en todo lo que supusiese ayudar a los demás le mantuvo en unas ascuas capaces de hacerle enviar un telegrama o de presentarse personalmente con quien pudiese darle información acerca de la situación de Candy.
Haber siquiera intentado un acercamiento hubiese significado sobrepasar con creces las líneas de lo políticamente correcto. Flagelante como era consigo mismo desde su renuncia al amor, Terry nunca se consideró merecedor ni siquiera de una escueta reseña sobre la vida de Candy. Así es que, con los años, encontró en el tormento de las noticias de guerra un merecido castigo a su cobardía. Hasta que un buen día mientras tomaba el té en alguna habitación de hotel durante su gira por la Costa Oeste, una fotografía en la sección principal le hizo recuperar medianamente la tranquilidad. Un enorme complejo arquitectónico se alzaba detrás de lo que parecía ser el clan Andley reunido a la entrada de un lujoso hotel propiedad de los Leagan. El padre de Eliza y Neil había amasado una considerable fortuna con la creación de una cadena hotelera a lo largo y ancho del país. Charles Leagan había sabido aprovechar la oleada de inmigración deseosa de trabajo aunque este estuviese condicionado a jornadas extenuantes y mal pagadas. Malas prácticas en apariencia desapercibidas gracias a las buenas relaciones y las considerables sumas de dinero que Leagan manejaba en las ciudades en donde operaba.
Para Terrence Graham hubiese sido una fotografía más de la ostentosa clase alta estadounidense de no haber sido porque su mirada recayó instantáneamente en el conocido y redondo rostro que parecía bastante incómodo en una esquina de la última fila. Ahí, entre los Leagan, los Cornwell y los Andley estaba Candy, ajena a la parafernalia de su familia adoptiva con una discreta, pero hermosa sonrisa.
Candy...
Terry tuvo que hacer un esfuerzo para no llevar el diminuto rostro impreso de la chica a sus labios, pero antes de que sus sentimientos reprimidos le traicionasen, dejó el periódico sobre la mesita de centro agradeciendo internamente que Candy estuviese bien.
—¿Vienes por un bebé?
Graham sacudió la cabeza regresando de los recuerdos que después de saberle a salvo le atacaron durante un tiempo. ¿Estaría casada?, ¿comprometida? Al menos en la dichosa fotografía no aparecía al lado de nadie a diferencia de Annie Britter que lucía rozagante del guante del tipito elegante.
—¿Te comieron la lengua los ratones? —escuchó desde la copa del árbol.
—Disculpe, mi Lady —respondió mientras hacía una exagerada reverencia que arrancó infantiles risotadas. —Permítame presentarme como debe ser, para eso... ¿sería tan amable de bajar?
Graham necesitaba verle de cerca. La primera impresión había sido la de ver a Candy a través de la mirada afable de la niña, pero sin duda tenía que tratarse de jugarretas de su mente. Las mujeres pecosas eran comunes en el sur así es que aquello no debía ser más que una coincidencia.
—No puedo —balbuceó la niña en volumen poco audible—. Si bajo ahora la Hermana María va a retarme, estoy esperando a mi papá.
"¿Papá?", pensó Terry.
—No se preocupe, señorita. Entonces yo subiré.
Con agilidad, Terry tomó la primera rama con apenas el leve esfuerzo de estirar el brazo causando la admiración inmediata de la chiquilla que ya esperaba por él a mitad del árbol. A medida que el ex noble avanzaba podía sentir como su corazón se encogía entre las diminutas pecas que adornaban el pueril rostro y las palabras de ella: "estoy esperando a mi papá". El parecido era innegable y si alguien lo sabía era él. En aquellos años de juventud, Terry había aprendido a hacer un discreto mapa de la fisonomía de Candy con apenas uno que otro vistazo que no delatase sus sentimientos. Al estar al fin en el mismo ramaje que aquella misteriosa niña, Terry bien pudo apostar toda su fortuna a que tenía frente a sí a la copia casi exacta de Candice White Andley.
—Eres muy rápido para ser un señor.
Un brillo apareció en los ojos de Terry, la chiquilla también era mordaz.
—Debo decir que me esforcé para no hacer el ridículo ante tan bella dama.
La niña rio.
—Soy Tony, ¿y tú?
El nombre retumbó con fuerza en la cabeza de Terrence que aturdido, tuvo que recargar su peso sobre el tronco dudoso de seguir escarbando en algo que probablemente no quería saber.
—Sí que te comen la lengua los ratones, ¡eh! —enunció Tony mientras agitaba su pequeña mano frente a la mirada perdida de Graham.
—Con que Tony —logró decir en mediana compostura—. Yo soy... soy... Romeo, encantado de conocerle.
Un ruborcito corrió por las mejillas salpicadas de puntos marrón.
—¡Oh, mire nada más, mi Lady!, ahora esas pecas suyas están rojas como tomate recién cortado. ¿Acaso he dicho algo malo?
La niña se llevó instintivamente las manos al rostro intentando ocultar sus reacciones. La cariñosa mano de Terry viajó hasta la cara sonrojada. Había algo extraño que lo animaba a ser amable.
—Pero no te cubras, Tony. Te diré un secreto: no existe rasgo más bello en una mujer que este —dijo señalando la respingada nariz.
—¿De verdad? A mí no me gustan, aunque los adultos dicen que son bonitas.
—¡Bah!, más que bonitas son preciosas, nunca dejes que ningún tonto te diga lo contrario —zanjó sonriendo mientras internamente se burlaba del auto insulto.
El potente ruido de un motor alcanzó a llegar a los oídos de ambos. Desde el padre árbol la entrada al Hogar de Pony era fácil de divisar.
—¡Ahí viene, ahí viene papá!
Terry elevó la mirada en la misma dirección de Tony entreviendo la polvareda del camino principal.
De pronto, un temor a ver a Candy bajando del brazo de un galante hombre le hizo sentir nauseas. Se sentía irracional, todo era tan sencillo como indagar con la niña, pero algo dentro de sí le decía que el interrogatorio estaba de más.
—Señorita pecas, debo irme. Prometa que bajará con cuidado —enunció con cierto dejo de melancolía antes de dar tremendo salto hasta la rama más cercana al suelo.
Apresurado y todavía conmocionado, Terry ingresó de nueva cuenta a la salita en donde Susanna parecía bastante animada platicando con la hermana.
—Mil disculpas, pero debemos irnos ya.
—Pero... ni siquiera has estado aquí para presentar nuestras intenciones.
—Por favor, en otra ocasión será.
Sin dar pie a más explicaciones y con los ojos interrogantes de la hermana María clavados en su nuca, Terry empujó con prisa la silla de ruedas de su esposa hacia la salida.
—Hermana, lo siento mucho —susurró Susanna en dirección a la monja que permanecía en silencio.
—No se preocupe, los esperaremos en otro momento.
La partida de los Graham no contuvo más allá de un frío ademán con la cabeza para decir adiós a la monja y a los pocos niños que ilusionados se habían congregado.
¿La vería? Acaso el angosto camino de entrada y salida del Hogar de Pony sería tan cruel como para cruzar a ambas "familias", o sería solamente el infame rostro del dueño del corazón de Candy el que le recordase con fuerza lo que ya sabía, pero se negaba a entender, que la había perdido para siempre. Un ardor comenzó a quemarle las entrañas a medida que avanzaba. Susanna reclamaba de fondo, pero él no escuchaba. Todo lo que le pasaba en la vida era su culpa, su maldita y jodida culpa. ¡¿Qué se había creído al pensar que aquello había sido una buena idea?! Era como si el destino le estuviese devolviendo el escupitajo ante su osadía. Se sentía estúpido y terriblemente egoísta al creer que Candy le sería perpetuamente fiel.
"No quiero... no puedo verle", pensó con amargura mientras viraba con brusquedad para salir del camino.
—¡Terry! —gritó Marlow.
Justo en el instante que el auto de los Graham quedaba casi perdido entre el follaje un elegante Rolls-Royce sin capote circuló ajeno. En un impulso masoquista Terry volteó, del copiloto no había señales, pero lo que el hombre al volante reflejó fue un dardo envenenado directo a su corazón.
—¡Terry! ¡Terry! —repetía una y otra vez Susanna—. ¡Terrence Graham, ¿qué demonios te pasa?!
Por toda respuesta Terry hundió el pie en el acelerador. Una vez que el auto recobró el camino, Terrence aceleró tanto como su modelo Bugatti le permitió.
—¡Basta, basta, para por favor! —sollozaba la rubia aterrada— ¡Te he dicho que pares el auto!
El crujido del motor sobre cargado competía con los coléricos gritos internos de Graham. ¡¿Cómo se había atrevido?! ¡¿Cómo se habían atrevido?! ¿Acaso se habían burlado de él desde los tiempos en que se suponía ella le amaba? Albert había sido para él más que un amigo, era un hermano y ahora todo cobraba sentido en su mente. Aquel embustero no había hecho más que esperar en las sombras la oportunidad idónea para robarle a la mujer de su vida. Tenían una hija, seguramente la primera de muchos más.
De pronto, una mano sobre su brazo y la mirada aterrada de Susanna repleta de lágrimas le hicieron frenar con hosquedad.
—¡Para! —sollozaba ella con apenas un poco de fuerza.
Terry mantenía las manos ardientes pegadas al volante y la vista fija en el camino afortunadamente despejado.
—Susanna, yo...
Quería disculparse, pero en ese momento todo su ser se reducía al punzante dolor de quien se siente traicionado. Muy en el fondo sabía que se lo merecía, sabía que no tenía derecho a juzgarles, pero al mismo tiempo el orgullo herido no lo dejaba pensar con claridad.
—¡Deja de llorar!, por favor... —suplicó con un poco de rabia en las palabras.
Como nunca en su vida la presencia de Susanna le pareció asfixiante. Todo el peso del compromiso con ella se le vino encima, y no conforme con eso, también abrió los ojos a los que estaban a punto de hacer en absoluto egoísmo arrastrando a un inocente a su pequeño y retorcido mundo de apariencia. No la amaba, jamás lo haría por mucho que lo intentase, y siendo honestos, lo que fuese que Susanna canturreara profesarle distaba mucho del amor que una vez creyó vivir con Candy.
"¿Albert, Candy?... ¡Albert! De todos los hombres del mundo tuviste que escoger a alguien con quien jamás podré competir".
Un profundo suspiro más parecido a un alarido salió de Terry haciendo temblar a Susanna que, contraria a como siempre actuaba, esta vez se quedó callada tal y como él había pedido.
—Te llevaré al hotel y mañana mismo regresaremos a Nueva York.
—¡¿Nueva York?! ¿Y lo que dijimos acerca de adoptar?
—Sé lo que dije Susanna —interrumpió—. Y te pido mil disculpas por no actuar como se suponía. Esto... esto fue un error.
—Un bebé nunca es un error, Terry, yo...
—No hablo de un hijo, Susanna. Lo nuestro es un error.
En medio de la carretera, Terry pudo apreciar la brisa del campo en sus mejillas. Por primera vez en más de una década se había sentido con libertad. Aquella breve, pero poderosa declaración le recordó a una muy lejana mañana en la que bajo una espesa bruma abordó un barco dejando atrás todo lo conocido para empezar de nuevo.
•••
HELLO!
Paso de volada a dejarles esta segunda entrega antes de que el trabajo me consuma.
Por fis no me maten, a veces las cosas no son como parecen, y pues debo decirles que soy bien fan de la tensión dramática.
Por fa denme amor.
Con cariño, Andrea Tsukino.
