DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen, los tomo prestados de la maravillosa obra de Kyoko Mizuki, la historia aquí presentada es enteramente mía.


LIRIOS BLANCOS

Por Andrea Tsukino

CAPÍTULO 3 "Amores de guerra"

Lejos de la mistificación a la que fue sometida París entrados los veintes, una joven dama asignaba las últimas indicaciones a su empleada de confianza quien veía con ojos melancólicos la discreta maleta al costado de la que fuese su ama. Madame Bisset había servido a la familia Drumont durante más de cuatro décadas siendo la nana y sirviente fiel de ya tres generaciones. Los Drumont eran una familia acomodada procedente del sur de Francia, su apellido fue bien conocido entre las altas esferas de la sociedad parisina gracias a que una de las primeras descendientes llegadas a la capital había sido íntima de Marie Antoinette.

El rumbo sombrío que tomó la familia desde los comienzos de la Gran Guerra otorgó a la anciana Bisset la entereza para ver partir con resignación a la mujer que parecía, hubiese llegado a alegrar la vida de su chouchou como tiernamente llamó desde pequeño al segundo Drumont a su cargo.

—Esta casa no será lo mismo sin usted, Madame. Realmente creí que había regresado para reclamar lo que es suyo.

Candy acarició acongojada el petril de la escalera principal, el barroco que la adornaba en formas complejas le recordó la primera noche que pasó en París. Por momentos le parecía que aquella aventura que hubiese iniciado luego de intercambiar correspondencia con Flammy estaba viendo su fin y no precisamente como lo había imaginado.

Maman Flo, ¿está segura que no quiere venir con nosotras?

La respuesta fue una cálida sonrisa que arrugó considerablemente la hilera de pliegues que bordeaban los ojos celestes de Florance Bisset.

—Mi lugar está aquí, pero siempre que lo desee podrá volver. A mi edad, los recuerdos por más dolorosos que sean son la única ancla que me mantiene en serenidad.

La rubia respiró hondo temiendo que las lágrimas arremetieran con insurgencia sobre sus mejillas. Sin saberlo, aquella sería la última ocasión que Candice le volviese a ver. Hacía casi siete años que había retornado a Chicago con algo más que el uniforme de enfermera. A pesar de que hubiese deseado no volver a pisar Europa, el regreso al lugar que le dio tantas amarguras y efímeras alegrías resultó inaplazable. Las propiedades a su nombre y la burocracia de rigor, dada su posición social, terminaron por traerla de regreso justo un mes después de la celebración de su cumpleaños número 27. Los recuerdos acumulados palpitaban impetuosos dentro de su pecho mientras recorría la Rue de Vaugirard. Anthony apareció como siempre en su mente. A pesar de ser una adulta la dulce memoria de su primer amor seguía intacta en algún rincón de su apaleado corazón.

"¿Por qué Anthony?, ¿por qué? ¿Acaso estoy maldita como para lograr que todas las personas importantes en mi vida me dejen sola?", pensó con amargura al tiempo que se quitaba un hermoso anillo que dentro llevaba la inscripción: "Je porte le sourire que tu m'as donné" MD.

¡Qué extraño le parecía ese París! Francia entera le era desconocida si lo pensaba con quietud. La tercera República se había sumido en profundísimos cambios sociales, el creciente nacionalismo y la progresiva industrialización habían alcanzado a la ciudad de forma casi idílica. Era como si ni el tiempo, ni la guerra hubiesen hecho mella en aquellas calles de la Ciudad de la Luz que estoica se negaba a caer.

Una vez instalada en el tren que la llevaría hasta Le Port de Marseille, la oji verde dejó que el estupor de los acontecimientos la sumiese en un profundo sueño en el que volvía a verse con su viejo y gastado uniforme de enfermera de guerra.

Durante el primer tercio de 1916, Candy había partido al frente motivada en gran medida por la camaradería que comenzó a surgir entre ella y Flammy a través de cartas y telegramas. La siempre ruda enfermera del Santa Juana le había relatado a Candy las innumerables andanzas a las que se sometía día a día en pro de su labor. La sangre parecía hervirle a la joven cada que una nueva noticia llegaba sintiendo en lo profundo de su ser la genuina necesidad de unirse a su vieja compañera. Fue así que, contra la voluntad de todos cuantos la conociesen, Candy abordó un trasatlántico en el punto más agudo del conflicto en París. Lo que encontró no fue ni medianamente lo que su mente enarboló en las peores pesadillas. El aroma a sangre que dominaba el ambiente también se apoderó de ella y aunque por momentos internamente lo desease huir nunca fue una opción. Pronto, Candy se acostumbró a las titánicas jornadas gracias a la ayuda de Flammy que rápidamente fungió como su guía. Al cabo de unos meses la rubia llegó a desempeñarse con la misma eficiencia que la enfermera de anteojos. Sin embargo, lejos de la imagen romántica de los uniformes conspicuos de la Cruz Roja, el trabajo en sí mismo resultaba agotador. El descanso no era algo que la rubia recordase y la mayor parte del tiempo la labor era repugnante. Las relaciones entre las enfermeras profesionales y las asistentes voluntarias, en esos entonces, estuvieron reducidas a la rígida e inquebrantable disciplina de hospital ocasionando interacciones en la mayor parte de los casos desprovistas de la calidez a la que Candy estaba acostumbrada. Por ello, el rostro conocido de un viejo amigo entre tanto pesar recargó a Candice de inusitadas fuerzas. El Doctor Michael Drumont había sido traslado al hospital para el que servían Candy y Flammy apenas unas semanas después de la firma del Tratado Económico de París. La amistad que surgió entonces entre el francés y la americana fue incluso más fuerte que aquel primer vistazo durante la fiesta de Eliza Leagan. Michael continuaba siendo el chico encantador que Candy conociese, gestándose entre ellos, casi de inmediato, un trato más allá del de médico/enfermera muy visible para todo el personal.

A sabiendas de las intenciones del galeno y con la honestidad que le caracterizaba, Candy decidió hablarle a Michael con la verdad. Aunque doliese, él tenía que saber que su corazón irremediablemente pertenecía a alguien más. Profundos y misteriosos ojos de mar seguían impávidos adornando sus sueños, aderezando con la última noche que se vieron un sufrimiento que creía, jamás iba a terminar de consumirle. Aún con todo lo dicho por Candy, Michael jamás desistió en la tarea de agradarle. El esfuerzo que parecía impensable entre tanta desgracia y en un ambiente que sólo procuraba lo profesional se produjo. Drumont estaba convencido de que una mujer como ella no sería fácil de volver a encontrar. Día a día, con inmensa paciencia abrió en Candy la perspectiva sobre lo que podía significar una relación de pareja más allá de la utópica idea de novela. Él sabía que no era visto en el mismo grado de intensidad, pero al menos había aprecio, tal vez hasta abusando de su confianza bien pudo decir que Candy le quería y eso le fue suficiente para mostrarle que podía ser el hombre que ella necesitase.

Y así, en la intimidad de su habitación, Candy se dijo noche a noche que era el momento de dejar ir a Terrence y aceptar de una buena vez el amor que le ofrecía el médico francés aunque este nunca se acercase a lo que seguía sintiendo por su ex compañero del colegio. Oscuros y húmedos pasillos, precarios como suponía una labor en el frente, fueron testigos silenciosos del temeroso intento de Candy por darle una nueva oportunidad al amor. De la mano de Michael, Candice White comenzó a dejarse envolver en lo que muchos años después comprendió, fue solamente una escapatoria a lo que su mente y alma jamás dejaron de desear.

El 11 de noviembre de 1918 cayó como un mensaje de aliento sobre el viejo continente. Las heridas aún estaban frescas y las vidas cobradas nunca iban a resarcirse, pero la esperanza era el motor suficiente para lo que se viniese. Consumados los trámites de rigor Candy y Michael pudieron al fin verse más allá de las murallas del hospital al que estaban adscritos. La relación pareció formalizarse el día en que Candy decidió enviar dos cartas contando lo que estaba pasando en su vida y corazón.


01 de diciembre de 1918

París, Francia.

Mi queridísimo, Albert:

Sé que cuando estas líneas lleguen a tus manos habrás podido perdonarme por haberte hecho sufrir con mi partida. ¿Ahora ves que no mentí cuando dije que nada iba pasarme? Se necesita más que una guerra para detener a quien tú formaste.

Albert, te escribo con la frente sudorosa confesando que es la décima hoja que desperdicio con mis rodeos tontos. Tranquilo, que estoy intacta, tal vez únicamente con un nuevo accesorio que aún no me atrevo a portar cotidianamente.

He conocido a alguien. Perdona lo abrupto de mis palabras, pero a ti no puedo mentirte, no a ti que me conoces mejor que nadie.

Michael (ese es su nombre), es un gran hombre, honorable ante todo y el mejor cirujano que he visto en mi vida. Conociéndote sé que en estos momentos te preguntas si acaso únicamente estoy describiendo a un buen compañero y la verdad es que hay más que eso. Michael fue la mano fuerte que me sostuvo cuando creí que no podía más, fue también la voz dulce que me calmó en los momentos más infernales de esta cruenta guerra que no trajo nada más que muerte y desolación. Con esto que te digo, bien podrás entender a qué me refiero con decirte que: he conocido a alguien.

Ese alguien está próximo a convertirse en mi esposo y quiero que sepas que no anhelo nada más que saber que el mejor amigo, padre y hermano que la vida pudo darme está feliz por nosotros.

Las inquietudes que sé, asaltan tu alma con esta torpe confesión, prometo se verán resueltas tan pronto como la situación política te permita viajar a Francia.

No voy a volver, Albert.

Tú mejor que nadie sabe que si lo hago dejaré ir esta oportunidad de empezar de nuevo. Lo entiendes, ¿cierto?

Por último, abusando de nuestra enorme confianza, te pido que mantengas esto al margen de los demás. Ya haré mis propias confesiones dado el momento, por ahora, sólo tú y mis amadas madres estarán al tanto de lo que pienso hacer con mi vida.

Con amor, Candice White Andley.


01 de diciembre de 1918.

París, Francia.

Señorita Pony y Hermana María:

Escribo esta carta en la emoción de mi primer día en un típico café parisino. El Sena a mis pies me hace pensar tanto en nuestros paseos veraniegos. Quizá piensen que no viene mucho al caso, pero quiero agradecerles por la hermosa infancia que nos dieron a mí, a Annie y a Tom.

La guerra al fin ha terminado y debo decir que no me hubiese sido posible soportarle de no haber aprendido de ustedes, mis queridas madres. La abnegación y el amor por el prójimo que tantas veces les observé fueron los elementos indispensables de mis días en el hospital.

Tal vez se estén preguntando cuándo es que será mi regreso, y aquí es en donde las palabras comienzan a costarme. Hermana María, Señorita Pony, confío en que sabrán entenderme... He decidido quedarme en Europa, la razón, es que estoy intentando con todas mis fuerzas rehacer mi vida, y quién sabe, hasta darle una nueva oportunidad al amor.

Deben saber que he aceptado las buenas intenciones de un honorable médico que fue mi compañero al frente y que ya tenía el gusto de conocer durante mi adolescencia. Michael Drumont es el hombre que pretende ser mi esposo. Sé que ustedes saben que jamás faltaría a mis principios y que sí he aceptado su propuesta es porque veo en él la nobleza que ustedes mismas me enseñaron a distinguir.

Disculpen si consideran que no estoy haciendo las cosas correctamente, pero en mi corazón apenas alcanzo a divisar una pequeña ranura con luz y esa luz es Michael.

Prometo que más pronto de lo que imaginan estaré al pie de la colina con un hombre bueno a mi lado.

Con amor, Candice White Andley.


La vida pareció sonreírle a Candy en ese entonces cuando ambas cartas fueron contestadas con bienaventuranzas para los futuros y con la confirmación de viaje de Albert entrados los primeros meses de 1919.

Excusez moi, Madame, nous sommes arrivés.

La aterciopelada voz del mozo despertó a Candy. El sol se encontraba cerca del crepúsculo cuando finalmente llegó al puerto de Marsella. El ambarino del cielo y el bombardeo de recuerdos durante el trayecto recapitularon en ella aquel día en que portó por primera vez el anillo que ahora guardaba celosamente en el interior de su bolso de mano.

Los tímidos pasos de Candice ataviada en un exquisito vestido blanco contrastaron aquella tarde de mayo con la magnificencia de Saint Sulpice. La madre de Michael, Claudine Drumont hubo aceptado de buena gana la unión de su primogénito al saber que la enfermera americana procedía de una de las mejores familias de Estados Unidos. Siendo así, no objetó la precipitada decisión con la única condición de que la ceremonia fuese celebrada en la iglesia que la había visto desposarse con el general Michael Alexandre Drumont, difunto padre del prometido.

Dulces Candy no adornaron las manos de la novia, pero en lo profundo de su ser la rubia se sintió acompañada por todo lo que le recordase a su casa. En el momento del intercambio de votos, Candy tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas cuando sin saberlo, el novio hubo intercalado una cita de Romeo y Julieta junto a la promesa de amor eterno.

Romeo...

La temperatura helada de aquella noche de estreno jamás dejó de estar latente en las madrugadas de insomnio, ni en los besos desprovistos de pasión que apocadamente aceptaba de Michael. Aunque Candy jamás mintió entorno a sus sentimientos, la realidad era que seguía creyendo, tal vez ingenuamente, que un día habría de olvidar. Años habían pasado desde la última revista en la que le vio en portada. Desde su huida al frente Candy se había empeñado en exterminar cualquier acercamiento a noticias de Terry, incluso llegó a prohibirle a la Hermana María que continuase con la absurda colección de recortes y cada que alguien sacaba Broadway a colación no dudaba ni un segundo en finiquitar la conversación.

—Terry...

El par de sílabas salieron involuntarias de sus labios mientras abordaba el barco. Tanto tiempo llevaba el nombre vedado que el escucharlo nuevamente de su propia voz le provocó un estremecimiento en todo el cuerpo hasta hacerle palidecer. No podía explicarse cómo era posible que, a tantos años de aquello y con incluso un duelo de por medio, la sensación avasalladora que representaba Terrence Grandchester, o Graham seguía intacto como flecha apostada en lo más profundo de su maltrecho corazón.

•••


NOTA: La traducción de la inscripción del anillo de Candy es: Llevo la sonrisa que tú me has dado*.

Hey!

OMG, primero una gran disculpa, sé que no tengo perdón por ser tan tardada en esto de las actualizaciones, pero agradezco enormemente la paciencia y el amor que me están dando. Sé que muchas de ustedes están algo inquietas por la historia y su progreso, pero creanme que cuando empiezo algo, lo termino.

Este capítulo es muy especial para mí, creo que aquí algunas inquietudes serán medianamente resueltas. Hace mucho, cuando tuve la idea de escribir un fanfic en este fandom, me llamó la atención la idea de Michael en la vida de Candy, ¿lo recuerdan? es el médico francés que conoce durante una fiesta de Eliza. Creo que él hubiese sido un buen hombre para aliviar un poco a nuestra adorada pecosa.

Partiendo de lo anterior, aquí es cuando me gustaría dejar claro algo, mis ideas, salen de locuras que pasan por mi cabeza. Claro que los escenarios pueden ser parecidos, las situaciones incluso, pero digo esto, porque ya me he topado con comentarios como: Candy no fue a la guerra, tu historia no concuerda con CCHF, etc. y la realidad es que no concuerda, ni concordará simple y sencillamente porque es mía. Así es que si no son estrictos en ese aspecto, están en el lugar indicado.

Agradezco nuevamente a quienes se pasan por este espacio, ustedes saben lo especial que es para mí cada review, fav y follow, incluso sus vistas anónimas. :)

Y por fa no me maten por andar rehaciendo la vida de los protagonistas, a fin de cuentas no pierdan de vista que es un Terryfic y que muy pronto comenzará lo mero mero bueno, já.

Les mando un gran abrazo y todo mi amor.

Con cariño, su amiga: Andrea Tsukino.